PENSIÓN LA SANABRESA. HABITACIONES CÓMODAS Y ASEADAS (I)

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La Melchora Mazariego Panero salió de Ribadelago un día antes de aquel fatídico 9 de enero del año 59 del siglo pasado cuando la presa de Vega de Tera se rompió y la aguada se llevó por delante a casi centenar y medio de vecinos. La Melchora Mazariego libró de milagro porque se quedó dos días más, hasta cambiar la Mariquita Pérez que su tío, el Magín Mazariego, sereno en ejercicio y cobrador de la Marconi por el tercio de pluriempleo, había pedido a los reyes para su sobrina y ahijada.
La Melchora, que perdió a toda su familia fue adoptada por el Magín y su mujer, la Mamesa Jaramillo, una alcarriana mala y retorcida como un dolor de muelas, que le hizo la vida imposible mientras el tío Magín apatrullaba el barrio o cobraba efectos impagados. La Melchora, una tarde, se largó con viento fresco y, con lo que recibió como indemnización de la Electra de Moncabril, abrió una fonda en la calle de Moratín, casi esquina a la de Atocha.
La Melchora, que era más limpia que Mr. Propper, se pasaba el día tirada en el suelo fregando con asperón la tarima y puliendo y abrillantando las manivelas de la puerta con Sidol. La Melchora (no sé si se dijo antes) se conoce que debido a la desgracia de la presa y al maltrato de la Mamesa, se hizo pétrea y vigorosa como ella sola.
La Melchora traía a raya a todos sus pupilos. En la fonda de la Melchora, que se llamó mientras estuvo abierta, Pensión La Sanabresa. Habitaciones cómodas y aseadas, había continuamente un puchero al fuego. En casa de la Melchora suciedad no habría, pero hambre, lo que se dice hambre, tampoco. La fonda tenía seis habitaciones. En una de ellas, la principal, tenía su cuarto la Melchora. La habitación de la Melchora daba a la calle de Moratín y, por las mañanas, ni se podía abrir el balcón del ruido y del trasiego de los camiones de reparto. En la habitación de al lado, vivían la señorita Francisca Conejo y su mamá, doña Áurea Martínez, viuda de Conejo, y daba a un patio de luces. Algunos días, del patio de luces, subía un sustancioso y vigorizante aroma a gallinejas y zarajos, a oreja de cerdo a la plancha y a riñones al jeréz. La señorita Francisca era vedette en El Molino Rojo, sito en la calle de Tribulete y se quejaba de que no podía airear sus ropitas para echar de ellas el olor a tabaco del cabaret. En el Molino, la señorita Conejo se anunciaba como Lady Rabbit y bailaba la danza del vientre con muy sensual y placentero desplazamiento del arqueo bruto de sus lorzas y tocinos. A la habitación de la mamá y la artista los demás inquilinos la decían la conejera. ¡Hay que ser malos!
El cuarto pequeño, junto a la cocina lo ocupaba el señorito Alberto, un gallego del concello de Petín de Valdeorras, Orense, Spain y era médico protésico y opositor a la Seguridad Social. El señorito Alberto nunca salía y estaba, por ello, cogiendo olor a la lejía La Tuna que era la que utilizaba la Melchora ya que le parecía una falta de respeto a la mamá y a la artista usar la lejía Conejo. La habitación del señorito Alberto ni tenía ventana, ni se necesitaba. ¿Para qué? si siempre estaba leyendo aquellos mamotretos de aparatos de hierro con botas y correas que se utilizaban para los enfermos de la polio, y otras prótesis menores.
Enfrente del señorito Alberto dormían los hermanos Odón, cerrajeros. Los hermanos Odón, como trabajaban los avisos del sereno salían siempre a deshoras. Tenían en su cuarto una mesita con un tornillo de aprieto, (un gato, vaya), donde apretaban la llave y, con unas limas de distintos tamaños, hacían copias de encargo, aperturas de candados, cajas fuertes y otras pequeñas reparaciones que la Melchora les consentía hacer en la casa. Los hermanos Odón también tenían una pequeña tronera que hacía de ventana interior y daba al pasillo. La ventana, sobre todo los días en que se cocía coliflor y repollo, había que cerrarla para impedir la entrada de los flatulentos aromas.
Al lado de los hermanos Odón vivía don Servando Tomé, sepulturero. El don Servando comía sólo, pues el resto de inquilinos, según pasaba, tocaban madera y hacían cuernos a su paso. Algunos, -¡ya ve usted!-, le acusaban de gafe y hasta de Frankenstein.
La Melchora estaba deseando que dejara de pagar alguna semana o que faltara alguna noche para ponerle la maleta en la puerta.
Estaría bueno. ¡Hombre!. Mire usted, que no dijo, hasta pagar la primera semana, que era enterrador. Si no, ¡vamos!, le iba yo a acoger en mi pensión. Aquí, ¿me oye usted?, somos todos muy limpios y no olemos a cadaverina ni a bofes y otros vacíos. ¿Me entiende? ¡A ver si nos va a pegar lo que no tenemos!
Sí, doña Melchora, decía él. Claro que la entiendo. Lo que no hago es comprenderla a usted. Ya ve.
Pues yo sé lo que me digo.
Una tarde el don Servando se puso reivindicativo con la doña Melchora.
Oiga usted, patrona. Si usted consiente a los hermanos Odón que hagan sus trabajos en casa, ¿por qué no puedo yo traerme, también, trabajo a casa?
¿Será por qué es usted enterrador? ¿Qué quiere usted, tío Landrú? Llenarme la casa de cadáveres y calaveras, como si el salón de la pensión fuera el osario de la Iglesia de Santa María de Wamba.
No se puede discriminar a nadie por motivo laboral, señora. Lo dice la Constitución.
Pues vaya usted a Posada, que para eso se apellida así, y que le aloje a usted en las Cortes, entre los leones; o en el salón de los Pasos Perdidos, si es que le parece poco. ¡No te amuelas, aquí, el funerario!
El don Servando se calló por no tenerla hasta altas horas de la madrugada, pero no era democrático que unos pudieran trabajar en casa y otros no. ¡A saber qué hacen esos dos rasca hierros con la lima! Igual están tramando el robo del Banco de España, o algo por el estilo.
La última habitación de la casa, que también tenía salida a la calle, aunque se asomaba a un esquinazo donde orinaban todos los pobres mendicantes que iban y venían a Jesús de Medinaceli, estaba ocupada por madame Gastona de Foix-Candale Tremoille Saint Omer de Passavant, alias La Madame. Madame Gastona se llamó, de soltera, Tiburcia Salcedilla Juez y era natural de Minglanilla, en la comarca de la Manchuela conquense. La Tiburcia se casó en la France con el Pierre Laverie, un agricultor de Dax, en las Landas. El Pierre Laverie cultivaba espárragos y judías verdes y, en su época, también le daba al pimiento de cuatro morros (verde o morrón) y al tomate. Cuando el Pierre Laverie entregó la cuchara, la Tiburcia le dio sepultura –no cristiana sepultura pues ya se sabe que los franceses son descreídos como micos- y se volvió a España tomando los apellidos de la baronesa de Foix-Candele e impostando el habla de la región. La Tiburcia, ya en Gastona, hablaba con “ege” y decía muchos olalás y güis.
La Gastona, la Madame, había puesto una coiffure pour dames en el pasaje de Doré pero, con el olor de las pescadillas y las sardinas del mercado de Santa Isabel no había manera de fijar la clientela.
Me voy, madame, decían las vecinas. Una viene aquí, para peinarse y quitarse el olor a lombarda y a lentejas quemadas y sale de la peluquería perseguida por todos los gatos de Madrid.
Mademoiselle, rogaba la madama, se il vous plaît, je suis très désolée. Ne vont pas, pour l’amour de Dieu.
Pues anda, ni que fuera la barbería del Fígaro, decían las vecinas, mientras se atusaban sus sucias guedejas. Si vas ande la señá Pepa y te hace la permanente, con sus tornasoleados reflejos de color ciclamen. La señá Pepa te deja los tufos como a la Claudette Colbert, en aquella película, A la sombra de los muelles. ¿La vio usté, señá Trini?
¡Huy! no, hija. Dice mi Quintín que el cine es para la golfas y los pendones desorejaos que están todo el día mano sobre mano. Las mujeres decentes, como dice mi Quintín, con escuchar a Ama Rosa y doña Elena Francis, vamos que chutamos.
Y tanto, señá Trini. Yo tampoco he ido. A una… lo que le han contao en la plaza el otro día. Dijo reculando.
Aquella mañana el don Servando el enterrador pasó con su vasito de aluminio con el peine de carey, su cepillito de los dientes y el de las uñas. También llevaba una pastillita, muy gastada ya, de jabón Heno de Pravia y un bote de polvos higiénicos de talco Calber, para los sobacos. El don Servando tendría un oficio poco recomendable y que propendía a la tufarada a muerto pero había que reconocer que era higiénico y pulcro como ninguno.
¿Qué, enterrador, a quitarse el tufo de encima?, le dijo Lady Rabbit.
Sí, Salomé, dijo con cierto cachondeo, mientras contoneaba las caderas como hiciera la Rita Hayworth en la película homónima. Si quiere usted le puedo pasar el jabón para que se quite usted el olor a conejera.
¡Huy lo que le ha dicho a la nena ese degenerao!, dijo la mamá de Lady Rabbit, antes de caer al suelo desmayada.
Dadle a oler amoníaco, dijo el señorito Alberto, que como era médico, aunque aún no ejercía, sabía de lo que hablaba. La mamá de Lady Rabbit volvió en sí y se tomó una caña de vino de Valdepeñas para recobrar la color. A la mamá de Lady Rabbit tuvieron que acostarla en la cama con una moña considerable pero, eso sí, completamente recuperada del vahído.
Bueno, dijo la Melchora disolviendo a los pupilos. Vamos señores, vamos… Ahora de lo que se trata es de comer que la Petrita nos ha preparado un cocido como Dios manda.
Ya se puede, dijo uno de los Odón. Con los sacramentos que le ha echado hoy la Petrita ¡menuda sustancia tiene que haber cogido!
Hala pues. Todos a comer. Bueno, usted, don Servando no. Usted comerá luego, una vez que hayamos recogido la mesa.
Muy bien, como usted diga, señora Melchora.
La Petrita trajo servida la sopa en una sopera de porcelana de Limoges que le había comprado en el desembalaje de sus archiperres a La Madama. Cuando levantó la tapa una vaharada de nutricia humareda envolvió la mesa.
¿Es de arroz la sopa, doña Melchora?, preguntó el menor de los Odón
Es de fideo cabellini, señor Odón. Ya sabe usted que la sopa de arroz, en esta casa, se sirve siempre de noche. El arroz, de día, no quita el apetito y es mejor tomarlo por las noches.
No importa, dijo la Madama. Il est très bon. ¡Y qué sustanciosa!
Ya podrá, ya… dijo la Petrita, menudos huesarrones eran hoy. Debían de ser de jirafa.
¿Cómo?, preguntó la Melchora.
Que digo, ¿sabe usted? Que le he echado al caldo los huesos que trajo usted. Esos que estaban en la cocina, al lado de la despensa. Menudos huesos trajo, si parecían de jirafa.
¡Pero si yo no he traído huesos para el cocido, loca!
Huy que no… Entonces ¿cómo estaban ahí?
A ver, boba. Trae el segundo vuelco y veremos qué huesos son esos.
La Petrita entró con la legumbrera donde reposaban los garbanzos, con su patatita, su tuétano y su zanahoria y una fuente con la berza rehogada. Lo dejó sobre la mesa y volvió a entrar con una fuente donde reposaban dos huesos largos mondos y mondos. Dos huesos exagerados hasta para un buey.
Pero eso, dijo el señorito Alberto, no son huesos de ningún animal. Esos huesos, Petrita, son dos tibias y una rodilla de ser humano. ¿De dónde cogiste esos huesos, burra?
¡Será cabrón!, bramó la Melchora. Eso lo ha dejado ahí el enterrador, el muy cerdo, para que nos lo comamos. Como no le dejamos traerse el trabajo a casa lo habrá ido trayendo en secreto y nos hemos comido la sopa hecha con las tabas de un difunto.
Fue decir eso y empezar, todos a una, a vomitar como los Borrachos de Velázquez.
La Melchora, que fue la primera que se recuperó, llamó a los guardias que se presentaron con un forense que tras echas a las tabas unos polvitos de carbono-14 certificó lo que había dicho el protésico. Los huesos eran de un varón, caucasiano, de 1,75 metros de altura y que, por el tipo de heridas que presentaba en la cara posterior de la rodilla, se llamaba Mohamed, de padres desconocidos y que tenía una tercera esposa llamada Jofaifa. Era morena y le gustaba escuchar las canciones de Emilio el Moro. ¡Qué tío el forense!, dijo el señorito Alberto.
Lady Rabbit y su mamá volvieron a vomitar.
¡Encima eran los huesos de un moro!, dijo la mamá Rabbit con evidente asco.
La Gastona de Foix-Candale Tremoille Saint Omer de Passavant, alias La Madame, enarcó una ceja como sólo saben hacer quienes piensan que están por encima de los demás humanos. Fue un gesto de asco y de sorpresa que, a la mamá de Lady Rabbit, le removió las tripas.
Y usted ¿qué? tía franchuta. Se cree usted mejor que el resto del mundo. Cualquiera diría… La peluquera esta de la mierda.
Ogdinaguia, contestó la francesa con desdén.
Vamos, señoras, tranquilidad. Mandó el sargento. Así que, ustedes dicen que estos huesos son fruto de un hurto de uno de los inquilinos que se trae el trabajo a casa ¿verdad?
Sí señor, dijo la Melchora que ya estaba sacando a patadas la maleta del enterrador hasta la escalera.
¿Ustedes son testigos de que el enterrador pidió permiso a la señora Melchora para traerse el trabajo a casa?, preguntó al pupilaje.
Sí señor, contestaron todos.
Sí, mi sargento. Corrigió el policía.
Usted perdone, mi sargento. Dijeron los cerrajeros.
La policía se llevó, esposado, al don Servando Tomé. Los cargos, se los leyó el sargento de la policía que, al parecer, debía estar opositando a letrado policial. Se le acusa de incumplimiento del Código Penal, artículo 526 que indica que comete un delito de esta naturaleza «el que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos, será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses».
¿Y no le pilla algún agravante por echarlo al cocido y hacérnoslo comer?
Pues no, señora. De eso no dice nada el Código Penal. Para eso deberían poner una denuncia; para que estos hechos figuren, en un futuro, en el Código Penal y estos cocineros de pacotilla no puedan envenenar más a las personas decentes.
Si usted lo dice…
Trascurrido un mes desde el arresto ya nadie se acuerda del don Servando, el enterrador. Nadie murió ya que, aquello que no mata engorda y, algunas, como a Lady Rabbit, las engorda hasta un vaso de agua que beba, mire usted…
Pasado ese mes, decía, la Petrita llegó hasta el cuarto de la doña Melchora. La Petrita estaba llorando como una Magdalena.
¿Pero qué te pasa a ti? Ya te preñó el recadero de los ultramarinos ¿verdad? ¡La muy golfa…!
Que no, doña Melchora. Que no es eso. ¡Ay, que horror..!
Pero muchacha, se puede saber qué ocurre. Habla de una vez, puñetera.
Verá usted, doña Melchora. ¿Se acuerda usted del don Servando, el enterrador?
¡No me voy a acordar!
Pues no era él…
No era él ¿el qué?
El que trajo los huesos.
¿Pero qué dices…?
Que no doña Melchora. Que los huesos eran del señorito Alberto. Que tiene medio esqueleto colgado dentro del armario. Me ha dado un susto cuando he ido a colgar lo de las polillas y me he encontrado ahí al medio cadáver colgado de una percha, como si fuera un hueso de jamón para el cocido.
No puede ser…
Venga y verá.
Cuando abrieron las puertas del armario allí estaba el esqueleto. Todo menos las dos tibias y la rodilla que echaron al cocido. Junto a la calavera, dos pequeños paquetes del Polil, con su etiqueta con el abrigo verde carcomido bailaban de forma tétrica con el bamboleo de las puertas.
Pero este insensato. ¿Por qué no lo dijo?
Yo, doña Melchora… dijo el señorito Alberto tras de ellas. Yo, doña Melchora es que no dije nada porque, como todos dieron por supuesto que había sido el enterrador, me avergoncé y no supe declarar que eran míos.
Pero usted es un canalla. Ese pobre memo encarcelado y usted por ahí, de pisaverde. Usted es un criminal.

(Continuará…)

EL ÓRGANO DE LA HUMILDAD

Concierto-de-organo

A la Humildad Tejerina Perrote, hermana de la Isidra Tejerina Perrote y, por tanto, cuñada del Liborio Bonillo Gaite, lo que de verdad le gusta es tocar el órgano barroco. A la Humildad, la pone usted, durante el telediario, frente al órgano de casa; con sus tubos, con su teclado y su taburete que se regula girándolo, y es la mujer más feliz del mundo.
Humildad. ¡A cenar! que ya están las concretas.
¡Ay, hija!, que ordinaria eres. Se dice cocretas y no concretas. ¿Cuándo aprenderás?
La Humildad, a pesar de que la Isidra toca retreta con mucha prédica, vehemencia e imperativa decisión, no se baja del taburete hasta que no acaba el concierto entero. La Humildad toca con mucho sentimiento y aplicación toda la música de Antonio de Cabezón, el insigne organista y arpista de Castrillo Matajudíos, Burgos, Spain, que quedó ciego de niño, como un verderol, y que aprendió a tocar el órgano, con perdón, en Palencia.
¿Ha dicho usted onanista?
No señor, he dicho organista.
¡Ah!, ya me parecía.
Pues eso.
¿Usted cree, don Matías, que para ser músico hay que ser ciego?
Pues no es obligatorio, aunque ayuda mucho. Sobre todo si se quiere ejercer de jazzman o de roncanrolero. También, claro, cuenta el ser negro. Si se es negro y ciego, pues ya está todo hecho. Pero este no era el caso porque la Humildad es blanca y bien blanca, y la vista, ¡vamos! como un alcotán.
Siga, por favor.
Con su permiso.
Usted lo tiene.
Pues, le decía, que la Humildad, en su alcoba interior de la calle de los Trigales, en el mismo centro de Palencia, vivía de forma ascética, como buena castellana. En su alcoba no había más enseres que el órgano, el taburete con su bacín encima y la yacija donde reposaba la organista entre concierto y concierto. Además de ello había un aguamanil de porcelana de Talavera cogido con una laña por el borde y un botijo de arcilla blanca. El botijo, aunque no viene a cuento, tiene en su parte posterior una tapita de ganchillo que le hizo, como regalo de cumpleaños, la Isidra y, en la parte anterior, una cuñita de madera con un cordelito para que las cucarachas y las chinches no pudieran meterse dentro. El agua del botijo de la Humildad siempre está caliente; como si fuera un sopicaldo, pero ella sólo bebe mientras sabe a anís. Cuando se le va el sabor al Machaquito sólo emplea el agua para ponerse fomentos en la frente si es que tiene vahídos por el hambre o por la emoción del concierto. El botijo, como supura por el exterior, reposa sobre un plato hondo con restos de sopa de cocido.
¡Qué cosa más sobria y misantrópica!
¿Para qué quiero más?, decía la Humildad, con mucha humildad (esta última minúscula). La música sacra en Castilla debe ser un modelo de circunspección y debe ofrecerse a Dios Nuestro Señor como purga de nuestros múltiples pecados. ¡Queden los lujos para los ateos y los valencianos, a quienes el arte no asiste con su acompañadora presencia más que en forma de banda pasadoblera y cohete fallero!
¡Qué tía, don Dimas! Vaya frase.
Es una adaptación libre de la frase que dijo Fabila, el del oso, mientras era engullido por el plantígrado. La recogió en una obra magnífica el insigne José María de Pereda, autor de Peñas Arriba y La Puchera.
¡Ah!, siendo así ya puede, ya…
La Humildad entorno los ojos y atacó con furia las Meditations sur la Sainté Trinité, de Messiaen.
¿El del Barça?
Calle, hombre. No sea asno.
Usted perdone. Siga, siga…
¿Para tocar esta música, le preguntó el Liborio a su cuñada, hay que cerrar los ojos con tanto sentimiento?
Pues no, Bonillo –la Humildad llamaba siempre al cuñado por el apellido- si entorno los ojos es por el olor que dejan las empanadillas. Se me mete el vinagre del relleno de escabeche hasta el último recoveco del alma.
¿No podrías tocar un vals, Humildad; o una polonesa de esas de Strauss?
Pues sí; o Paquito el Chocolatero. ¡No te jode!, aquí el jotero.
Huy, hija. Mucha música culta; mucha sacralización del ascetismo teresiano y luego hablas como un pellejero, le afeó la Isidra.
La Humildad ignoró a su hermana y siguió pisando fuelles y tocando teclas. Cualquier día, se decía, tengo que empezar a fumar. Una organista, con el cigarrillo en la comisura de los labios, siempre da otro aspecto.
Di que sí, Humildad. Se contestó a sí misma.
Una mañana, como quien no quiere la cosa, sonó el timbre de la puerta con atropellado furor. Alguien, pensó la Humildad, que viene a interrumpir el retablo medieval, las seis sonatas a trío de don Juan Sebastián…
¿Alegre?
Ese no, coño, que ese está operado. Deje ya de molestar.
Perdón. Siga, siga.
¿Será algún representante?, volvió a preguntarse ¿Será quizá la televisión o alguien del Ayuntamiento para pedirme que toque en algún acto público?
Pues no. Era el Sandalio, el vecino de abajo. El Sandalio trabajaba en la Renault a turno de noche y, ¡también son ganas!, le daba por dormir de día. ¡Hay gente p’ató, ya lo dijo el torero. El Sandalio se presentó despeinado, en camiseta de tirantes y con la bragueta del pantalón a medio cerrar. Parecía que estaba recién levantado.
¿Qué se le ofrece?, preguntó la Isidra mientras procuraba taparse con el boatiné la parte alta de su generosa y pecosa pechuga.
Es que servidor, ¿sabe usted?, trabaja de noche…
Pues dice mi Liborio que, pasadas las ocho de la tarde, no hay ningún trabajo honrado.
Pues igual tiene razón, ¿qué quiere usted que le diga? Pero verá usted. Es que servidor, decía, trabaja en el turno de noche y tiene que dormir de día, y claro, como se pasan ustedes todo el día con la pianola, pues resulta que no puedo dormir.
¡Ah!, no se preocupe usted y duerma, que no es una pianola. Que es un órgano.
Pues mire, eso me deja ya mucho más tranquilo.
Claro hombre; claro. Usted baje y descanse. Que si se pasa el día de palique con los vecinos ¿cómo va usted a rendir luego en el trabajo?
Claro, claro. Pero es que…
La Isidra cerró la puerta sin ningún tipo de consideración. ¿Pero qué se habrá pensado este tratante de blancas? Me ha dicho el portero que este mosquita muerta y su mujer; una tiarrona que da hasta miedo de verla cuando te cruzas con ella en el rellano, se dedican a traficar con chicas a las que colocan en casas de Francia y aún en Inglaterra.
¡Fíjate!, dijo la Humildad. Y además, el muy golfo, dirá que las coloca de Au Paire.
¿Lo habías escuchado tú también?
Pues sí, el portero se lo dice a todo el mundo.
No sé adónde vamos a parar con tanto libertinaje. Ahora que a tí, -dijo dirigiéndose al Liborio que estaba liando un pito-, como te pille algún día con esas que están al pairo, te crujo y te arranco los ojos con una cucharilla del café. ¿Me oyes? Te crujo y te arranco los ojos…
Sí, Isidra. Yo creo que el Liborio te ha oído. Pero es Au Paire y no al pairo.
Total… ¡habas!
Sí, dijo el Liborio. Tú tranquila Isidrita, que a mí me gustan las mujeres como tú, cumplidas de arrobas y listas como el rayo. Sobre todo muy listas, y no esas tísicas medio francesas que confunden las concretas con las cocretas.

HISTORIA DE DOS HERMANAS

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La Tránsito Ballesta Moguda se había casado, de tiro libre directo que se dice en el football, con el Isabelo Terrazas Alpechín. De aquella unión, que unos decían boda y otros cruce, nacieron –primero una y luego la otra, claro- dos niñas feúchas -la Fidela y la Castora- escuchimizadas y renegridas.
Para mí que la Fidela es como tu madre, decía el Isabelo.
Claro, amor.
Y la Leocadia igual que tu padre.
Eso igual no, amor. Mi padre siempre decía que no tuvo nada que ver con sus hijas.
Pues será como los perros, que acaban pareciéndose al amo.
Claro, amor.
A mí me gustaban más los hombres, Tránsito
Y a nosotras también, padre, contestaron las hijas.
Una tarde, harta de aguantar las maldades de su padre la Fidela se cogió el petate y, con sus cuatro trapitos envueltos en la toquilla anudada se marchó sin volver la vista atrás. A la Fidela le fue bien en la vida. Actuó como cupletista por toda España y algunos de los países de habla hispana de América. La Fidela vivía con su representante, el Mister Steel, un gaditano de Chipiona que, en realidad, se apellidaba Hierro. La Fidela vivía, no sé si se dijo o no, en comandita o arrejuntada, con el Mister Steel. Al volver a casa en Puerto Rico, una noche tras una actuación desastrosa, la Fidela se enteró de que el Mister Steel se había cogido el dos y se había largado con las cuatro perras de sus ahorros y lo que sacó de malvender los cuatro trajes que la Fidela tenía para actuar.
La última vez que se supo de ella trabajaba, a destajo, en un burdel de tercera división en Port of Spain, Trinidad y Tobago.
Su hermana, la Castora fue, aún más decidida. La Castora se depilaba las piernas con una navaja de Albacete bien afilada, en seco y a contrapelo. Conducía coches sin permiso de circulación y capitaneaba una banda de alucineros en Orcasistas, Madrid. La Castora tenía más redaños que toda la banda junta.
La Castora va a acabar algún día en el patíbulo, le dijo el Isabelo a la Tránsito.
Pues mira, igual que su hermana.
No, mujer. Su hermana está en un prostíbulo, no en un patíbulo.
Claro, amor.
Si al menos el Delfín, aquel novio que tuvo no hubiera huido…
Claro, amor.
El Delfín Moragón y Copete, natural de Calandrajo de Boñar, en la provincia de León, se había enamorado hasta las cachas de la Castora. La Castora, que ya apuntaba, le daba largas.
Mientras no me traigas un collar no salgo contigo. ¿Qué te crees que me vas a magrear por la cara?
Yo, Casto, no quiero aprovecharme de ti.
¡Cuántas veces he de decirte que no me llames Casto!
Es que me parece mucho más fino y delicado que Castora.
Pues si quieres ponerme un diminutivo llámame Tora
¡Huy, no! No me atrevería. ¡Menuda ordinariez para una mujer de tu belleza!
Una tarde el Delfín se decidió y gastó todos los recursos que tenía en comprarle un collar de perlas. Unas perlas gordas y de colores. Al principio no creía que eran perlas, porque las bolas eran como de silicona pero, le dijo el chino que se lo vendió, que ahora se llevaban así.
A la mañana siguiente, y a la otra, y la otra y así hasta un mes después el Delfín fue a buscar, día tras día, a la Castora a su casa. Allí pasaba, como un chucho apaleado, la tarde recostado sobre la escalerilla que subía al portal.
¿Y a ti qué te pasa?, le preguntó una tarde el Isabelo, que se lo encontró a la espera
Es que estoy esperando a la Castora. Me dijo que cuando la regalase un collar saldría conmigo.
¿Un collar?
Sí; le regalé un collar de perlas gordas de colores y no ha vuelto a salir para que salgamos juntos.
Eso no era un collar, pardillo. Eso se llama bolas chinas, y sirven no para salir contigo, sino para entretenerse sola.
¿Cómo los libros de crucigramas?
Pues sí, sobre poco más o menos.
Es que siempre fue muy intelectual, ¿verdad don Isabelo?
Lo que tu digas, chaval.
Una noche, un joyero de la calle de Lista, en Madrid, mandó pintar, con mucho arte un muro como si fuera la entrada de su tienda. Daba gusto de ver cómo quedó de aparente y de real la entrada falsa que era, en realidad, un muro de piedra. Esa noche, la Castora, el Lañas, el Funky y el Chino –siempre hay un Chino y un Moro en toda banda que se precie- se subieron en un BMW que acababan de robar. A toda velocidad la Castora los fue conduciendo hasta la calle de Lista, la calle que dicen, en Madrid, la Milla de Oro.
Ahí, ahí. Dijo el Chino. Mira cómo mola esa tienda nueva.
La Castora no dudó un momento. Aceleró con toda su alma y se estrelló contra el muro que aquel joyero había mandado pintar como un cruel y lúgubre trampantojo. Los asaltantes quedaron tan destrozados que no pudieron ser identificados en el depósito de cadáveres.
A estos, dijo el médico, no hay quien los identifique, como no sea analizando las muelas no sé cómo lo vamos a conseguir.
El Delfín, que trabajaba en el depósito como camillero, se asomó al amasijo y descubrió, rodeando el cuello de uno de los cadáveres, un collar de bolas chinas. Un collar de bolas de colores que enseguida, como en la canción de El Relicario, en seguida, decía, reconoció. Allí, sobre el frío mármol y con el rostro desfigurado reposaban los restos de la Castora. Que no pudo, pese al augur de su padre, acabar en el patíbulo.
Nos vamos, Tránsito
Claro, amor.

ATILANA ORTEGA PALOMINO, LA BULLA. CANTAORA POR MALAGUEÑAS

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La Atilana Ortega Palomino, en el mundo del cante jondo conocida como La Bulla, era una gitana del barrio de Santiago, en Jerez de la Frontera. La Atilana La Bulla cantaba la malagueña como nadie. La malagueña, para algunos fue una creación de Juan Breva y, para otros, de Juan Reyes, El Canario.
Le digo a usted, don Dimas, decía La Bulla, que el Juan Breva, ¿me entiende usted?, cantaba otra cosa. Cantaba algo asín como un fandago “abandolao”. Como la malagueña de Alora, na de. Ni chicha, ni limoná. Lo que yo le diga…
¿Y qué me dice usted de La Trini, o del Niño Tomares o del maestro Ojana?
Lo que yo le diga a usted, don Matías. Déjese usted de Niños ni de maestros… El Canario; ese sí que cantaba por malagueñas. Después Enrique el Mellizo, y Fosforito Viejo o Chacón y después de ellos, naide.
La Atilana Ortega, La Bulla, desde que se retiró de los escenarios vivía arrimada al don Antenor Castiñeiras Carballada, natural de la parroquia de Seoane de Oleiros, en Ginzo de Limia, provincia de Orense, Spain. El don Antenor cuidaba de  la Atilana y la tenía como una reina. Si a la Atilana se le antojaba, -un suponer-, un par de patas de pulpo asadas, para desayunar, pues el don Antenor mandaba a la Camerina, una gitana muda que acompañó a La Bulla peinándola y planchándole el pelo antes de cada actuación por todo el mundo, y se lo servía en la cama. Calentito, con su chorrito de aceitillo de la variedad Lichín, que el don Antenor se hacía traer de una cooperativa jaenera de las Navas de San Juan y su pimentón de La Vera.
¿No sería de la cooperativa Virgen de la Estrella?
La misma. ¿La conoce usted?
Claro. ¡No he de conocerla…! ¡Eso es desayunarse, sí señor!
Es que La Bulla, sabe usted, hacía más a Galicia que a Andalucía. Entre la manteca colorá y el pulpo prefería el octópodo.
¡Qué tía!
El don Antenor tenía una industria bastante saneada. El don Antenor era el propietario de una red de funerarias por todo el territorio nacional y las antiguas colonias. El don Antenor innovó con aquello del reciclaje y, ya se sabe, en esto del arte fúnebre no hay muchas innovaciones pero mira…
La Atilana Ortega Palomino, en el escenario La Bulla, tenía humos de marquesona. Cuando la Atilana Ortega daba una coz para arreglarse la cola de la bata, mientras cantaba, los espectadores de la primera fila mugían. Los de la segunda y hasta la décima, rebuznaban y los del gallinero, como no se veía ni se oía muy bien, eructaban. La gente pensaba que la Camerina, la muda, era hermana de la Atilana, pero no. La Camerina era vecina de la Bulla y, desde chica, se había ocupado del pelo de la cantaora. A la Camerina, como no aparecía por el escenario, ni la rebuznaban, ni la mugían, ni la eructaban. Eso que ganaba, claro.
Cuando la Atilana se cansó de patear esos escenarios de Dios se retiró y se amontonó con el don Antenor pasando a mejor vida. No es que muriese, claro, sino que se retiró y pasó de parecer una marquesona a serlo. Al don Antenor no le apetecía tener a la muda Camerina en casa y la puso una peluquería en los bajos de la casa para que no subiera más que a peinar a la Atilana por las mañanas, mientras él salía a visitar los tanatorios de la provincia.
El don Antenor, como quien no quiere la cosa, inventó un féretro de plexiglás, que utilizaba para enterrar a los difuntos que iban a ser incinerados. Cuando metían el féretro con el cuerpo en el horno y cerraban la cortinilla sus empleados sacaban al difunto y guardaban el féretro para darle otro uso. Con el precio que cobraban por cada féretro el don Antenor se ahorraba una pasta, llegando a hacer un fortunón.
¿Y luego metía otro difunto en la misma petaca?
Pues sí señor. Naturaca
¿Y no le daba repelús?
¡Hombre, no sea usted mal pensado! Los empleados, antes de meter al otro muerto, le daban una pasadita con la vaporeta y le rascaban con un cepillito de esos de lavar los vasos en el lavaplatos. Ya sabe… esos que se pone Fairy en el depósito. Pues eso, que así se ahorraba unos duros y tacita a tacita…
¿Pero eso es legal?
¡Coño, no va a ser legal! Eso es reciclar. ¿Usted sabe cuántos pinos hay que talar para hacer todos los féretros de la multinacional del don Antenor?
Sí, eso también es verdad.
¿Y a usted, señorita Camerina no le dio por el baile?

Hasta la leña del bosque
tiene su separación:
una sirve para santo
y otra para carbón.

¡Coño!, pero usted no era muda
Pues no señor. Es que a mí, ¿sabe usted?, el don Antenor no me dejaba hablar porque decía que era muy burra y le espantaba la prensa a la señorita Atilana. Pero aquí, en la peluquería, si quiero estoy todo el día hablando. ¿No le parece a usted bien?
Pues sí, tiene usted toda la razón.
Una tarde, mientras la Atilana, la Bulla, estaba desayunando una pata de pulpo con allí-oli una pata que tenía una ventosa con muy mala leche se le quedó pegada en la pared de la garganta y murió, como quien no quiere la cosa sin cantar ni una taranta. El don Antenor al ir a hacerle la maniobra de Heimilch apretó tan fuerte que la Atilana se le escurrió cayéndose al suelo y él, con el impulso, cayó por la ventana sobre el mismo rellano de la entrada de la peluquería.
La Camerina, alertada por el golpe, se asomó a la puerta.
Pero don Antenor cuánto bueno por aquí. Porque se ha molestado usted en bajar. Ya hubiera subido yo…
Cuando la Camerina se dio cuenta que estaba como para entrar en el plexiglás lloró un poquito; no mucho. En realidad, y por lo bajinis, se iba descojonando.
Ahora dime que no hable, mamón… ¡Habla, mudo!
Cuando la Camerina supo que también había muerto la niña Atilana sí que lloró con mucha afectación y duelo. Lloró, al menos, hasta semana santa y eso que el óbito, que decían los periódicos, fue en junio. Después dejó de hacerlo porque se lo pidió el ayuntamiento para que no hubiera inundaciones.
Al abrir el testamento del don Antero y de la niña Atilana se enteró de que el funerario, había declarado heredera universal a la niña Atilana y esta a la Camerina, por los muchos y buenos y leales servicios que siempre me dio… Así pues la Camerina, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un pastón que ya, ya…
Al verse rica y potentada la Camerina volvió a llorar un par de meses más.
Pasado el luto la Camerina vendió todas las funerarias y con el dinero que hizo cogió el petate y se volvió a Jerez de la Frontera, donde compró unas bodegas que estaban en venta y fundó una escuela que el ayuntamiento, siempre tan cursi, llamó Espacio de Arte Atilana Ortega, La Bulla. Allí se enseñó a los niños del pueblo la malagueña y otros palos del flamenco. La Camerina y sus alumnos fueron muy felices y a nosotros nos dieron con el plato en las narices.

DON LEONCIANO OCEDILLAS, ESPIRITISTA

espiritismo

Don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, es tuerto del ojo derecho y algo sordo del oído izquierdo. A don Leonciano Ocenilla le dicen El Augur porque sabe echar las cartas y es espiritista. De sus contactos con el más allá se ha hecho muy amigo de los espíritus a los que llama y se le aparecen. Don Leonciano es uña y carne con don Pelayo, el asturiano, y también de la princesa de Éboli, a la que le ha aconsejado, en algunas ocasiones, ciertos colirios para relajar y perder la picazón en el ojo vano. Con quien no se lleva muy bien es con El Cid. Al parecer, y según se dice, es un calzonazos que le come en la mano a doña Jimena.
El don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, echa las cartas y llama a los espíritus en la fonda que dirige, con mano de acero, su esposa la Demetria de la Fuente. La Demetria, como ya se dijo, regenta la pensión La Relimpia, en el barrio de Lavapiés. En la pensión de la Demetria se alojan, ahora, algunos huéspedes magrebíes. Los magrebíes, que son muy ingenuos pero tercos como camellos, quieren que el don Leonciano Ocenilla les ponga una conferencia con sus padres en Tinduf.
¡Que no puede ser! Que yo solo contacto con espíritus del pasado. Con difuntos y no con personas que aún están vivas. Para eso está la Telefónica, que ahora se llama Movistar. ¡Vaya…! Vaya usted a la glorieta de Embajadores, que allí hay un locutorio.
Teléfono caro. Tú llama padre mío a Tinduf del Sahara…
¡Demetria!. Llévate al moro que me tiene hasta las turmas. Y no le vuelvas a dejar entrar. Y no me pases más que a españoles. Estos moros son suspicaces y recelosos como micos.
El don Leonciano Ocenilla no quiere tampoco clientela europea o de comunidades autónomas independentistas.
Es que, ¿sabe usted?, yo tengo que llamar a los espíritus y como no sé francés, ni inglés y mucho menos aún el catalán o el euskera, los espíritus extranjeros y los nacionalistas se me dan fatal.
Claro, claro, le decía el cerillero del Bar El Boquerón, el Anselmo Fonseca, alias Síseñor, todo junto, porque siempre daba la razón al cliente. En qué cabeza cabe que le va a usted a responder en sus citas don Napoleón, el militar corso, o don Louis Pasteur, el de las miasmas. Usted a quien tiene que llamar es a don Santiago Bernabéu y a La Chelito, por decir un par de personalidades nacionales de pro.
¿A usted le gustaría que yo hiciera aparecer en espíritu a La Chelito?
Bueno, yo… la verdad, es que si usted la llama, me gustaría más que la hiciera aparecer en cuerpo que en alma.
El don Anselmo Fonseca, alias Siseñor, todo junto, tenía una hija rubia, joven y bien parecida a la que daba gusto de ver y aún de escuchar. La hija del don Anselmo Fonseca, alias Siseñor, todo junto, se llama Marcelita Fonseca y es tiple de conjunto en el Teatro de la Zarzuela. La Marcelita Fonseca tuvo una crítica muy aceptable en el Teatro Payret de La Habana cuando estrenó María de la O, sainete lírico estructurado en un acto único, cuya música compuso el insigne Ernesto Lecuona, bajo libreto de Gustavo Sánchez Galarraga.
¿Y era la soprano?
¿Cómo?
¿Qué si interpretó a María de la O?
¡Ah!, no. Ella interpretó a Chancletera.
¡Ah, bueno!
¿Cómo que ¡ah, bueno!? ¿Es que le parece poco? Preguntó el don Anselmo Fonseca, mosqueado.
Pues hombre, ¿qué quiere usted que le diga? Tampoco es como para pedir que la hagan hija predilecta de la ciudad, como si fuera el Julio Iglesias.
Mira, aquí, el mago Merlín, dijo el cerillero, con intención de clavar un rejón de muerte al don Leonciano. ¿Y usted qué? que no es capaz de llamar más que al novio de la Moñiguitos, la asistenta de la pensión de su esposa.
¡Usted eso no me lo dice a mí en la calle, tío cerillero!
Aquella tarde, si no hubiera sido por la intervención decidida del encargado de la freiduría del bar y un sereno que estaba franco de servicio tomándose unos blancos con los amigos, el cerillero y el don Leonciano hubiera llegado a las manos.
Una semana después y a media tarde la policía se personó en el hall de la pensión La Relimpia con una orden de detención del don Leonciano Ocenilla. Le acusaban de la desaparición de la Marcelita Fonseca, la hija tiple del cerillero. El don Leonciano negó toda relación pero, le dijeron, la denuncia estaba apoyada en un supuesto enfrentamiento, del que había testigos, del don Sildunfo con el Anselmo Fonseca a cuenta de la tiple.
Tras dos años de prisión provisional al don Leonciano le salió el juicio y le cayeron 20 años del ala, como quien no quiere la cosa. Al principio al don Leonciano le dio por llorar y lamentarse pero, como no hay mal que cien años dure, se entretuvo en llamar a sus espíritus y, gracias a ello, hizo mucha amistad con don Miguel de Cervantes, quien estuvo, como él, preso un porrón de años. Don Miguel le dio las instrucciones precisas y un par de lecciones y el don Leonciano Ocenilla se hizo escritor. Como no quería que apareciera su nombre decidió tomar un seudónimo. Pensó en llamarse Clarín, pero ya estaba ocupado, por lo que se decidió por E.L. James, que significaba El Leonciano James. Lo de James era por James Dean, el actor. La novela se llamó 50 Días a la Sombra de un gay pero, según le dijeron, su compañero de celda le traicionó y le envió la novela a una escritora inglesa que se llamaba Erika Leonard y que aprovechó hasta el seudónimo del pobre don Leonciano por lo que se quedó sin novela y sin pasta.
No te preocupes, Leonciano, le dijo Cervantes, peor fue lo mío que perdí el brazo.
Ya, Miguel, pero a mí ¿para qué me sirve el brazo sin ya no voy a escribir más?
Eso también es verdad, le dijo Cervantes.
Quince años después, una tarde en que el don Leonciano fue a ver el cine en la cárcel salió en el NO-DO un reportaje sobre el centenario del nacimiento de don Ernesto Lecuona. La fecha coincidía con el cincuentenario del estreno de la zarzuela María de la O y, para celebrarlo, se habían reunido en el Teatro Payret de La Habana los cantantes que la estrenaron, todos ellos muy viejecitos y los nietos del autor y un par de hijos, que aún le vivían del libretista Sánchez Galarraga.
El don Leonciano no daba crédito. Allí estaba, más vieja, eso sí, pero igual de guapa la desaparecida Marcelita Fonseca, hija del cerillero y por cuya muerte estaba él penando ya casi veinte años en el trullo.
El don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, denunció al director lo que había visto en la pantalla. El director, como es natural, mandó que le dieran dos lavativas y le encerraran en el psiquiátrico del penal durante un mes. El don Leonciano, a quien al principio creyeron, echó todo a perder cuando dijo que, si no le creían, llamaría a don Miguel de Cervantes para que les certificara cuanto dijo.
Lléveselo usted, Martínez, dijo el director al celador. Ingrésemelo y me lo receta tres lavativas de caballo. Estas locuras, con el vientre suelto son mucho más llevaderas.
¿Y qué fue de él, don Dimas?
Pues allí acabó, el hombre. Mientras, al cerillero Siseñor, todo junto, y en plan venganza se le aparecía don Quijote todas las noches y se las pasaba, enteritas, contándole lo de los molinos y los gigantes y, cuando ya creía que se había dormido, se le aparecía Matías Prats, padre, gritando: ¡gol!, ¡gol!, ¡gol de Marcelino!. O ¡gol de Zarra! España, amigosssss, ha eliminado a la Pérfida Albión… Y así una noche tras otra.
¡Qué putada!
Es lo que tiene la vida, don Matías. Hoy por usted, mañana por mí
Eso sí…

LA CENCERRADA

cencerrada

Don Jovito Tocino de la Cerda (no es cachondeo) hijo de Lesmes Tocino, molinero, y de Tiburcia de la Cerda, sus labores, era natural de Campisábalos, en el extremo noroccidental de la provincia de Guadalajara, aunque vivía en la vecina Cantalojas, de cuyas hijas dicen las malas lenguas de la envidia, que la que no es puta, es coja. Cantalojas es pueblo fértil que está bañado por los arroyos -que dicen ríos- Lillas y Zarzas que, tras ser encañonados a la salida del pueblo, pasan a denominarse río de La Hoz, afluentes ambos, que son, del río Sorbe…
¿Va a seguir usted con la hidrografía de la sierra de Ayllón o sigue con el relato?
Usted perdone. ¡Pues sí señor!… Vaya humos. Sigo.
Siga.
Pues como le iba diciendo, el clima de Cantalojas es mediterráneo, con clara continentalidad lo que produce bastante frío en invierto y un suave calor en los meses de estío (¿ha visto usted qué frase?). Pues como le decía, en Cantalojas en verano no se suelen superar los 30 grados mientras que en el invierno se llegan a alcanzar temperaturas de hasta -20 grados, que ya es frío hasta para un cantalojeño.
Sí señor; así es.
Pero no importa, en Cantalojas, sobre todo en casa de don Jovito, están muy orgullosos de que su pueblo se encuentre dentro del parque natural de la Sierra Norte de Guadalajara y en el hayedo de Tejera Negra. Hayedo que, junto al de Montejo, en la provincia de Madrid, es uno de los más meridionales de Europa.
¡Fíjate!
Y tanto…
Don Jovito Tocino de la Cerda casó en segundas nupcias con la Ruperta Sangrador de la Vena, tampoco es cachondeo, a quien llamaban La Pandereta, porque todo el mundo la había tocado en algún momento de su vida. La Pandereta era natural de Condemios de Arriba, también en Guadalajara y en el valle del río Condemios, que rinde sus aguas al río Bornoba. Río que nace en la Sierra de Alto Rey y que tiene, como principales afluentes el río Manaderos y el Pelagallinas en su curso alto y el río Cristóbal, en su curso medio.
¿Otra vez con la hidrografía?
Usted dispense. Sigo
Siga
Pues Condemios de Arriba, que tiene su reflejo, como es fácil suponer, en Condemios de Abajo, disfruta de un clima Csb, esto es, templado con veranos secos y templados, según la clasificación climática de Köppen.
¿Eh?
Ya sabe, Csb o mediterránea subtropical
¡Ah, claro!
En Condemios de Arriba los escasos habitantes que quedan se desplazan a otras localidades vecinas. A esto, en rebaños tales como cabras, ovejas y chivas de distintos pelajes se le denomina trashumancia. Cuando se hace con rebaños humanos se le llama emigración temporal. Pues bien, los condemienses aprovechan para casarse, juntarse o amontonarse según el gusto, el uso o la costumbre, con sus vecinos de otras localidades. El don Jovito, por no romper la costumbre, pasados los dos años de luto, se casó con La Pandereta y recibió, como no podía ser menos, una cencerrada de la que aún se tiene memoria.
¡Qué barbaros son en estos pueblos aislados del WiFi y de e-comerce!, ¿verdad, don Dimas?
Y tanto, don Matías. Pero siga, siga…
El caso es que, cuando el don Jovito comenzó a matrimoniar, los vecinos, armados de cencerros, pucheros que golpeaban con un cucharón y otros artefactos sonoros, le cantaban bajo la ventana:

“Viudos que vais a casar
no vayáis al camposanto
no se levanten los muertos
y tengáis algún espanto”.

La Ruperta, La Pandereta, más experta en chuflas que su esposo, le animaba a seguir con el matrimoneo, con escaso éxito, como puede suponerse.
Déjalos, churri, ya se cansarán.
Si, Ruper –el don Jovito siempre llamaba Ruper, como si fuera el peluquero a su señora- pero eso díselo a esta, decía señalándose su hombría, que no me responde.

“Dos viejos muy setentones
se casaron anteayer
y luego dirán que el juicio
se adquiere con la vejez”.

¿Tú escuchas, Ruper?
No te quejes, Jovito –la Ruper, como pensaba que Jovito era diminutivo no le decía Jovi- en mi pueblo, además, nos hubieran hecho lo que allí llamamos el palio.
¿Y en qué consiste?
Pues en que los mozos acompañan a la pareja enganchando dos bueyes viejos o dos burros de peor aspecto todavía a un carro en el que se coloca un palio hecho de sacos rotos y mantas viejas y remendadas y llevan –a grado o a la fuerza- a los contrayentes a paso lento por todas las calles del pueblo. Los mozos, como es natural y de ahí su nombre, van haciendo sonar los cencerros y burlándose de los contrayentes.
¿Y los novios se prestan a ello?
¡Qué remedio! Eso, o ponerse de acuerdo con el cura y casarse a media noche.
¡Por el amor de Dios! A ver si ahora, con la entrada de España en la Unión Europea, se van perdiendo estas costumbre silvestres, pedestres y finiseculares.
¿Usted cree, don Dimas que aquí pega eso de finiseculares?
Pues no lo sé, pero hace muy académico. ¿No le parece?
No sé, no sé…
¿Y qué podemos hacer, Ruper?
Pues pagarles la ronda.
¿Qué es eso?
¡Ay, hijo!, qué sieso. ¿No me digas que no sabes qué es pagar la ronda?
Pues no; en Campisábalos, mi pueblo natal, no se hacen estas barbaries.
Pues hay que salir y pagar a los mozos un par de cántaras de vino y una bacalada para que se lo merienden a nuestra salud.
Pero eso, Ruper, sería como llamar vesania a nuestro enlace.
Y a ti qué más te da…
Ni pensar. Ya verás como arreglo yo esto. El Don Jovito, antes de ver enflaquecer su honra con motivo de la cencerrada, cargo de postas la escopeta lobera y salió a la calle a escarmentar a esa chusma. Cuando estaba frente a ellos ordenó callar en tan bárbara manifestación. Uno de los vecinos, el Cándido, que era el más bestia de todos, se puso farruco y el don Jovito, perdidas las tres potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad) apretó el gatillo tres o cuatro veces seguidas hasta cargarse a la mitad de la rondalla.
El Lesmes Tocino, el molinero padre del Jovito y suegro, por ende, de La Pandereta, murió de tristeza tras la locura transitoria de su hijo. La vida, decía, es como un molino. Que el viento sopla como Dios manda… pues el molino se mueve, la molienda marcha y el trigo se muele. El molinero come y todos los vecinos, hasta los más desgraciados, comen el pan que es vida. Que el viento trae vendavales y vientos grises y aún negros, como aquella desgraciada noche, pues las aspas no se mueven y la desgracia, y el horror consume al pueblo.
¡Qué profundidad la del molinero, don Dimas!
Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo…

DON AGURIO PIEDRAFRITA. GASTADOR Y SEXAVIUDO

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Don Agurio Piedrafrita, falangista de primera hora, caído por Dios y por España, sección mano izquierda, y sexaviudo reincidente, trabajaba de ujier en el economato Abastos Personal Eléctricas en la calle de Sainz de Baranda, casi esquina al arroyo de la Media Legua. Don Agurio Piedrafrita, alias Rifeño, no era, pese al apodo, torero de reses bravas o de toros-novillo; no. Don Agurio Piedrafrita era –ya se dijo- ujier de economato y sexaviudo reincidente.
Y eso, don Dimas, si puede saberse, claro. ¿Qué es? Lo de sexaviudo, digo…
Pues eso, don Matías, como bien dice el nombre, significa que don Agurio Piedrafrita, alias Rifeño, era seis veces viudo.
¡Coño!
Pues sí. Verá usted. Don Agurio Piedrafrita, sobre ser viudo era, además, domador de suegras. Vamos que don Agurio Piedrafrita coleccionaba las suegras, o mamás políticas, adquiridas, como si fueran un bien parafernal, en sus distintos himeneos o, como decía él, las mamás de sus finadas.
Entonces…
Entonces le decían El Rifeño como sobrehúsa.
¿Sobre qué…?
Apodo; ya me entiende. Se corrió el rumor de que el don Agurio Piedrafrita acumuló en su casa, como si fuera un harén de la tercera edad, una cabila de hasta seis suegras que le regalaban sus escasas rentas y sus pensiones de viudedad para uso del procomún, que era como denominaba el don Agurio a su propio bolsillo. Las mamás de la Silicita, la Marcianita, la Anacletita, la Canutita, la Sindulfita y la Herculanita vivían, pues, en la casa del don Agurio llevando, como podían, sus lutos con decoro y silencio. Los domingos, antes del vermouth, el don Agurio Piedrafrita las llevaba a misa de doce como si se tratara de una reata de obedecedoras mulas de carga. Todas vestidas de negro, bien enjaezadas; con su permanente de color ciclámen y su velo de gasa, también negro, por supuesto, tapando sus compungidos rostros.
El don Agurio Piedrafrita, si la misa era a mediodía se tomaba un vermouth con seltz y una tapa de aceitunas rellenas de tripa de anchoa; nunca de pimiento, pues le repetía. Si la misa era a media tarde del sábado, el don Agurio se iba a la cafetería Yago, de la calle de Serrano, donde se recetaba media ración de picatostes y un café con leche, corto de café, para poder dormir a la noche a pierna suelta.
¿Y a las viudas no las convidaba a tomar café?.
Jamás. No señor. A las viudas las daba a beber, en casa, claro, una tisana de pamporcino, esa planta herbácea vivaz, de la familia de las primuláceas que es espontánea en toda Europa y cuyo rizoma, buscan y comen los cerdos (de ahí su nombre). El pamporcino se emplea como purgante, generalmente en pomadas, ya que es peligroso su uso interno.
Las viudas, decía el don Agurio, lo más decente es que vayan ligeras del vientre. Así se evitan pensar en otras cosas que a nada bueno conducen.
Si, Agurio, decían todas a coro, con arrobo y subordinado sometimiento.
Una tarde, después de la misa y ya con todas las viudas a buen recaudo, el don Agurio Piedrafrita se cambió de americana y se enfundó el tapamuñones de ganchillo gris sobre su minusvalía y salió a dar un bureo por el barrio. Ya era de noche y la Socorrito, la mujer del sereno, se estaba lavando y arreglando. Ya se sabe que las esposas de los serenos, como salen sólo de noche, se atusan el pelo y se arreglan después de cenar. Son las servidumbres del cargo. Pues bien, el don Agurio requebró a la Socorrito y ésta, ¡en buena hora!, le siguió la gracia. A la mañana siguiente, mientras el sereno descansaba la recogió de su casa y la llevó en su moto Sanglas, montada a la española, a una venta de la Cuesta de las Perdices donde cayó rendida a los pies del ujier.
A lo mejor era por el olor al Floid
Pues igual, sí; ¡vaya usted a saber!
Las vecinas, siempre tan comprensivas y edificantes, criticaban a sus espaldas a la Socorrito y al don Agurio.
Para mí, doña Cleta, que el don Agurio, mucho falangista y mucho dengue y yo creo que se vale del muñón cuando le menguan las fuerzas en su hombría. ¡Ya podrá, el muy Landrú!
¡Huy, por Dios!, doña Adolfa. Ni en las 50 sombras del Gay ese, se lee nada tan verde.
¿A usted no le parece falta de educación hacerle tres hijos de un solo envite a la Socorrito?
Ya lo creo. ¡Menudo triple! Ni que fuera el Gasoil, ese del baloncesto.
El sereno, que tenía la mosca sobre la oreja, todas las noches, cuando pasaba junto a la puerta del don Agurio, golpeaba repetidamente el chuzo contra el suelo. El don Agurio, como tenía agarraderas con lo del régimen y con los litros que pasaba de estraperlo en el aceite del economato, no temía por sus costillas pero eso, siempre se decía, no es óbice para que un día, en un ataque de cuernos, no se venga arriba. Por si acaso, y por impresionar se ponía, al chocar el chuzo, la americana blanca de Falange y la camisa azul con el correaje y se apoyaba, chulángano, sobre el quicio de la puerta…
El don Agurio, -¡nobleza obliga!-, arregló los papeles para que a la Socorrito la dieran una dote de tres mil pesetas (mil por lechón) en la Secretaría General del Movimiento, como premio de natalidad. La Socorrito puso el dinero del taxi y las dos cincuenta de la póliza y, del dinero restante, le entregó mil quinientas al don Agurio como comisión por su ayuda.
El don Agurio salió aquella tarde al bingo y ligó con una taxista -¡Dios mío, a donde vamos a llegar con las mujeres tan sueltas y conduciendo un taxi!- y se gastó en ella las mil quinientas de la Socorrito, la mitad de las pensiones de las viudas y diez mil duros que le pidió prestado a su compañero Pedro Hilario.
¿Y el Pedro Hilario cobró la deuda?
Pues no; claro. Parece ser que se puso como un búfalo, pero no consiguió cobrar.
Hay gentes, no crea usted, don Dimas, que con una sola mano, son capaces de fundir más pasta que la diosa Kali con sus cuatro brazos.
Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo…