AQUEL PARÍS DEL SIGLO ANTERIOR…

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El Eutiquio Cebollón Agüero, alias Papabuches, natural de La Alberca de Záncara, provincia de Cuenca, Spain, se metió varilarguero en la cuadrilla de Chico de Aralar antes del tomate del 36. Al Eutiquio Cebollón Agüero, o sea, al Papabuches le decían así por mal nombre ya que le gustaba un horror comer chuletas de buche cuando malparía alguna burra. Hay gentes, que para esto de la comida, les da lo mismo un roto que un descosido, ¿verdad usted que sí, don Catarino? Ya lo creo, don Bardomiano. Al Eutiquio Cebollón Agüero, una tarde en que tuvo que dar cuatro varas a un cinqueño de don Baltasar Ibán, se le astilló la vara y, una de las astillas le llegó desde la mano hasta el hombro por la vena basílica. ¡Jesús!, dicen que dijo Chico de Aralar, al ver el estropicio. Corre y mea, le recetó, que es lo mejor para estos casos. ¿Pero eso no es en el fútbol cuando te dan con el balón en las partes pudendas?. Pues igual sí, pero alivia mucho, dijo el maestro. ¡Hombre, maestro! Le dijo el Papabuches, que correr es de cobardes y mear, aquí, en medio del albero iba a quedar feo, ¿verdad? Tienes razón, Eutiquio, saluda al tercio con el castoreño en la mano que te están ovacionando y lárgate para la enfermería que luego voy a verte. Saluda a don Máximo de mi parte y, si me echan puros en la vuelta al ruedo ya te pasaré uno, siempre, claro, que no sea habano. Qué bueno es usted, maestro. Al pobre Eutiquio tuvieron que sajarle el brazo de la muñeca hasta el hombro como si fuera una vaina de judía verde y, por esas cosas que pasan se le quedó el brazo seco de por vida. ¿Pero, seco, seco…? Vamos, como una bacalada. El picador Papabuches, pese a tener un futurón, en esto de la lidia tuvo que retirarse y, gracias a don Victoriano de la Serna, le dieron un quiosco de ciegos en Ahigal de los Aceiteros, provincia de Salamanca, también en Spain. ¿Pero quedó ciego? Pues no, don Bardomiano, es que, en la ONCE, también atienden a quienes, pese a no ser ciegos, pueden ser asimilables. ¡Ah!… gran labor esta de la ONCE, ¿verdad?. Ya lo creo. A Papabuches le ponía ojitos -es un decir, pues era tuerta- la Cleofé Expósito Turrull, nativa que fue de Benavente de Lérida, ahora Benavent de Segrìa, Lleida, también en Spain aunque sea sea por poco tiempo. La Cleofé Expósito Turrull trabajaba en el estanco del pueblo catando tagarninas. A la pobre Cleofé, con tanto trabajar, se le estaban quedando los pulmones negros como los de un minero. Papabuches, ahora de nuevo Eutiquio Cebollón Agüero, tuvo con la Cleofé siete hijos; cinco de ellos varones: el Utiquín, el Usebio, el Ugenio, el Ulogio y el Urelio y dos hembras, con perdón por la expresión: la Verísima y la Rufa. Con los chicos tuvo suerte el Eutiquio y se le marcharon, en el express de la tarde a Madrid camino de Alemania. El Utiquín se quedó en el pueblo labrando la tierra y hoy, ya jubilado, pela a sus paisanos a máquina y a tijera en el café por un vaso de vino o una taza de corriente con leche. El Ulogio, es árbitro de fútbol internacional y lleva de linieres a otros dos, el Usebio y el Ugenio. El Urelio está empleado en una fábrica de pepinillos agridulces donde están muy contentos con él. En verano, como quien no quiere la cosa, alquilan un Mercedes cada uno, y se presentan en el pueblo donde son la envidia de sus paisanos. Las chicas, sin embargo, tuvieron menos suerte; a la Verísima le hizo una tripa un viajante de polvos de zotal que se desentendió del fruto y la Rufa, que era algo artista, se la llevaron unos zíngaros de esos de la cabra que sube escaleras y, dicen, la vieron por la capital pasando la pandereta tras la actuación de la troupe. No han vuelto, ninguna de las dos, por el pueblo. Una tarde en que al Eutiquio le cayó el gordo de la ONCE la Cleofé se le escapó con el décimo en La Continental hasta Irún donde cruzó la frontera en el tren que llaman Topo y, de Hendaya a París en un express. En París, a la Cleofé le arreglaron lo del ojo con un retoque y, tras comprarse un terno de pret a porter, se metió en el Moulin Rouge donde la sacaron con una papalina de órdago y la mandaron al pueblo vestida de cabaretera y con la pluma del tocado metida en el ojo malo que, ¡vaya por Dios!, volvió a torcerse. Se conoce que el medico era un farsante o que no le aplicó el champagne. ¡Vaya usted a saber! ¿Y qué tal era París, Cleofé?, le preguntaban las vecinas. No sé… era de noche. París bien vale un misa, dicen que dijo el rey hugonote cuando se hizo católico para gobernar el reino. La Cleofé, como el rey, también cree que visitar París, aunque sea de noche y se le tuerza el ojo mereció la pena. Quien no pensaba otro tanto era el Equtiquio Cebollón Agüero, alias Papabuches a quien, por estafa por apropiarse del cupón encerró el juez una tarde para que comiera y vistiera a cuenta del procomún durante veinticinco años. Parafraseando al escritor Moliere o el astrónomo Flammarion, la Cleofé, cuando le preguntan si mereció la pena, contestaba, anda y que se joda…

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UNA HISTORIA DE VAQUEROS Y JUECES

 

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Lyndsay Byrne, la escultural capitana de las cherleaders del equipo de rugby de Ekalaka en Montana, USA, tomaba el whiskey con una pastilla de limpiarse la dentadura. Así, decía, te ahorras una pasta en el SevenUp y, al paso, tienes la atarjea inmaculada. Lyndsay Byrne nos salió un poco burra, es cierto, pero muy ahorradora lo cual, visto lo que se ve por ahí y es consuetudinario, no es poco.
Lyndsay Byrne, también, toma laxante y se viste alivio de luto los miércoles. A Lyndsay Byrne le dejó, un miércoles de mayo tirada, y al desgaire, un pastor luterano, ante el juez de guardia y en pleno registro municipal vestidita de organdí y con una corona de margaritas de plexiglás que había comprado en el Chinatown de su pueblo. Esto, claro, no es fácil de olvidar. Por eso, ella, cada miércoles, decide aliviarse el luto y salir a beber para olvidar en los pubes y bares de carretera de la zona.
Lyndsay Byrne, antes de ser la escultural capitana de las cheeleaders del equipo de rugby de Ekalaka había trabajado en una funeraria llamada La última vuelta del camino que, en inglés de Montana se dice The last turn of the road pero que, como aquí no se habla más que el español hemos traducido convenientemente. Lyndsay Byrne dejó la funeraria y se dedicó al wind-surf donde triunfó con el nombre de La libélula de Ekalaka. ¡Había que verla volar sobre las olas en su ligera embarcación!
Lyndsay Byrne era muy valiente. Tan valiente que, una tarde, toreó seis búfalos en Springfield, a puerta cerrada y los dio muerte a estoque como si fueran seis Pabrorromeros en los sanfermines. De aquella gesta se hizo cargo la NBC, en un monográfico sobre Hemingway, diciendo que, desde Pancracia La Retrechera, la señorita torera de Castilleja de la Cuesta, en el Aljarafe sevillano, nadie había tomado la alternativa de un modo tan señalado en todo el medio oeste americano. De haber vivido Buffalo Bill la hubiera fichado, con toda seguridad, para su circo ambulante.
Lyndsay Byrne se enamoró, entonces, de Paul Merriman, hijo que fue, de don Robert Hale Merriman, el economista de Eureka, que fuera leader de las Brigadas Internacionales en España durante la última guerra civil. Paul Merriman, al contrario que su padre, no tenía muy claro las batallas con las que tenía que lidiar y se escapó del tálamo nupcial -vulgo cama- en dirección a Pensacola ciudad portuaria de la bahía del mismo nombre y en el condado de Escambia, al noroeste de la Florida. Esta bahía la navegó, en la nao Santa María, don José María Aldea, cuando don Juan de la Cosa, le contrató, allá en Palos, una tarde que estaba comiendo fresas de Lepe.
Lyndsay Byrne no volvió a tener noticias de Paul Merriman hasta que, una tarde, un funcionario del juzgado de instrucción Number two de Ekalaka le entregó una citación para una vista oral por un presunto delito de bigamia. ¡How!, dicen que dijo Lyndsay Byrne al serle entregada la citación. My god, ¿qué carajos es esto? El funcionario -¡estos funcionarios!- se encogió de hombros y, tras desearle que pasara un buen día, se marchó montado en su patinete por la Quinta Avenida abajo.
El Honorable O’Connell presidía el juicio en el que, un guardia armado, mandó levantarse a todo el mundo ante la irrupción del Honorable en la Sala.
El pueblo contra Paul Merriman por un delito de bigamia, dijo el señor juez. ¿Cómo se encuentra el acusado?
Muy bien, señor juez. Muchas gracias.
Le preguntaba que si se considera usted culpable o inocente, hombre, dijo el juez visiblemente molesto.
¡Ah, perdón!, me considero inocente, of course, que en inglés quiere decir por supuesto.
Well. Prosigamos, dijo el Honorable.
Un momento -vamos, one moment– dijo el abogado defensor de Merriman. En este momento mi cliente se acoge a la vigésima octava enmienda que limita la capacidad de juicio de la Corte por falsear el cargo con el que se le juzga.
¿Eh, dijo el juez? Pero si sólo se han aprobado veintisiete enmiendas a la Constitución.
Pero esta, Señoría, está a punto de aprobarse y no querrá Su Señoría, ser el primer juez que mete la pata, ¿Verdad?
Landsbury, llamó el juez a su secretaria. Pregunte usted en el Supremo si esto es admisible.
Well, Señoría.
Mi defendido, prosiguió el abogado, no es bígamo, sino trígamo y, claro, no puede, por tanto, acusársele de bigamia sino, en tal caso, de trigamia.
Explíquese, ordenó el Honorable.
Mr. Merriman, aquella desgraciada tarde en que se casó con Mss. Lyndsay Byrne, huyó agobiado por el paso dado incierto y frustrante del tálamo vacío, como un féretro de pino soriano. Es cierto. Pero huyendo de la boda se encontró, como sin querer, con la señorita Melania McGorve, también llamada Culo Inquieto y, se conoce que por los nervios, terminó casado vestido de Johnny Cash y ella de Dolly Parton a los compases de Ring of Fire, ya sabe su
Señoría: And it burns, burns, burns/The ring of fire/The ring of fire…
Prosiga, dijo el Honorable, y deje usted la música para el karaoke.
Well, dijo el abogado. El caso es que, aquí, mi defendido, Mr. Merriman no es bígamo, tal y como se le acusa en su auto, sino trígamo que es otra categoría, dentro del multi ejercicio del matrimonio.
¡Oh, my god!, dijo el Honorable. Is’t trude, o sea, ¡Oh, Dios mío!, es cierto. Y, como no podía ser de otra forma, soltó al trígamo y declaró el juicio nulo.
A Lyndsay Byrne, La libélula de Ekalaka, y ahora capitana de las cheeleaders del equipo de rugby de su pueblo le entró como una basca y se desmayó. Mr. Merriman, que conocía el motivo pidió una cuchara y, con el mango de la cuchara, despegó la dentadura postiza de Lyndsay Byrne que, al verse liberada de ella, respiró aliviada. Mr. Merriman, con mucha delicadeza y amor, acercó su boca a la de Lyndsay y depositó en ella un beso leve, un beso de hermano recuperado tras cinco años en presidio, y le declaró su amor.
Por el cielo tormentoso de Montana cruzaron más de mil nubes a una velocidad de vértigo, los rayos, más de quince mil en diez minutos, pusieron un nudo en sus gargantas pero, ante tamaña tormenta, la Corte entera, dirigida por el Honorable O’Connell, entonó el Santa Bárbara bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita y, como por un milagro, la tormenta se alejó camino a Utah donde viven los mormones.
Que se jodan, dijo el Juez. Que se hagan católicos y así no les lloverá…

 

MORALEJA: Hablar bien un idioma, aunque este sea el inglés, es fundamental a la hora de casarse y evitar las pejigueras posteriores.

DE MÉDIUMS Y OTRAS APARICIONES

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Esto del mundo de las médiums, videntes, brujas o adivinadoras da más juego que el que, en buena ley, le corresponde. Además el de médium, es oficio donde la mujer es mucho más visible que el hombre, como no ocurre en otros oficios. Ayer, por no ir más lejos, en el televisor don Sobera, entre movimiento y movimiento de ceja, trajo al plató a una meiga -ella, más dada al latinajo, se autoproclamó médium- que le relataba a un caballero lo que le transmitía su esposa fallecida desde allende river side. Y lo hacía adivinando su nombre: ¿A que se llamaba María? El caballero no daba crédito con la adivinación. ¿Cuántas de las vivas y las muertas no se llamaron María en algún momento dado de la Historia? ¿A que tenía el pelo rizado, al menos a la altura de la media melena? El caballero, ahí, hasta se acojonó, oiga. Es cierto, decía mientras abría mucho la boca. ¿Pero cómo es posible que le hable a usted un muerto, decía, si una de las condiciones lógicas de la muerte es que los muertos (él dijo occisos) no hablan? ¡Ah, amigo…! Ahí está el quid de esta cuestión siempre espinosa. Me dice su esposa -después del óbito debería ser exposa- que no debe usted casarse hasta pasar cinco años. ¿Por qué? No sé… igual es que tenía un dinero a plazo o una apuesta con otro muerto. Vaya usted a saber.
Hay médiums y hasta brujas que citan por derecho a un coracero francés que quedó en desabillé ante el ataque feroz de un mostoleño armado de faca albaceteña y garrote de siete nudos que deambula por el Campo del Moro penando su muerte. La médium dice que el francés se le aparece y le preguntó qué ha sido de Josefina, la bella esposa de Napoleón, si ya va mejor del vientre y cosas por el estilo.
¿Es que sabe usted francés mi querida médium?
No señor
Y el coracero sabe castellano
No señor
¿Entonces cómo es que interpreta lo que quiere decir?
En el mundo de los espíritus estos siempre se hacen acompañar de un traductor simultáneo, un ángel o un arcángel, según sea el nivel del difunto o un querubín que son los ángeles de quienes no tienen posibles, que va traduciendo las preguntas que, nosotras, las médiums profesionales o las peritas técnicas en el más allá, que es como se llama a las que no tienen título o se lo han sacado en la Rey Juan Carlos, hacemos.
¡Ah!
La Virgen, Nuestra Señora, por poner un ejemplo, cuando se le apareció a Bernardette Soubirous, en Lourdes, pese a ser aragonesa, como bien sabe todo el mundo que Ella eligió, en lugar de reclamar la ciudadanía francesa, le habló en un gascón que ya quisiera Raimbaut de Vaqueiras, el gran trovador del mundo occitano.
Para que usted se entere, don Asdrúbal, además Nuestra Señor que además de Virgen, es una mujer muy educada, le habló de usted: ¿Me haría usted el favor de venir aquí durante quince días?, que en gascón se dice: ¿Boulet aoue era gracia de bié aci penden quinze dias?
¡Pero qué me dice…!
Lo que usted oye.
¡Qué bárbaro!
¿Y a Lucía dos Santos, la niña portuguesa la habló también en gascón?
No, hombre. A ella la habló en portugués. El portugués, a la Virgen, no se le daba tan bien, porque la Virgen es más de idiomas mediterráneos. La Virgen envió, primero, a un ángel, el Ángel de Portugal, según los tres niños, que les enseñó a rezar en el idioma de la Virgen.
De ahí, claro, lo del traductor del coracero.
¡Vaya, como lo ha cogido usted a la primera!
No, si yo, cuando me pongo…
Ya veo, ya.

Y ESE MADRID, EN PRIMAVERA…

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Y Madrid, en primavera, se transforma y se llena de color. En Madrid, cuando llega la primavera, la ciudad se llena de luz, y los árboles echan su polen, los muy marranos, sobre la gente que, ahora, está llena de tiquismiquis y de dengues. Antes, en Madrid, nadie tenía alergias. Sí, es cierto que las latas de sardinas parecían todas de sardinas con tomate por la oxidación del envase, pero te lo comías y no pasaba nada. De vez en cuando, solo de vez en cuando, te salía un sarpullido. Cosas de la primavera, pero nada más.
Y en Madrid, en primavera, los madrileños celebraban, fiestas y ferias de este poblachón manchego: toros en Las Ventas, verbenas en la pradera y, en el Bernabéu, don Paco, el de las rebajas, que se había cambiado el traje de comunión falangista por el de paisano, acompañado de su esposa, que estrenaba collar, yendo a ver cómo los “obreros” hacían gimnasia sueca en camiseta.
Y en Madrid, en primavera, un día del Santo, se inauguró el Parque de Atracciones en la Casa de Campo. Entre El Batán y El Lago. Al Parque se iba en suburbano, que era un metro que, en algunos tramos de su recorrido, se hacía sobre la tierra y no bajo ella. La entrada, para quien la pudiera pagar, no era cara: cinco pesetas. Vamos… un duro. Pero un duro de aquellos. Atrás quedaron atracciones de feria que, de pronto, se hicieron viejas: el güitoma, que pasó a llamarse sillas voladoras; el látigo valenciano, el pulpo, los entrañables caballitos…
Y en Madrid, en primavera, se hizo un censo de chabolas que arrojó un resultado sonrojante: 101.000. Y el parque móvil, gracias al 600 ascendió a 1,3 millones. ¡Jesús, donde iremos a parar! Y se edifica Azca, sobre el solar que acogía al Circo Americano y las viejas verbenas. Y se construyen casas sobre las huertas del Paseo de la Habana. Y la Castellana, la antigua carretera de salida hacia el norte, se llena de rascacielos, como una Nueva York provinciana. Y aquella pequeña ciudad se estira y se ensancha, sin complejos. Y en Colón tiran la Casa de la Moneda para hacer un teatro subterráneo y se trae, junto a Rosales, un templo egipcio. Este Madrid, se está volviendo muy raro…
Y en Madrid, en primavera, Mr. Ellis y Mr. Leafe, don trencillas británicos, anulan ¡cuatro goles! al Real Madrid impidiendo así, ganar su sexta copa de Europa consecutiva. ¿Los beneficiados? El Club de Fútbol Barcelona, claro.

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Y en Madrid, en primavera, se visitaba en Fuencarral a la ermita de Nuestra Señora de Valverde, la virgen que se escapaba de noche sin dejar señas y donde obsequiaban con pan y queso a los romeros. Y el tranvía llevaba hasta Chamartín de la Rosa, donde estaba la Quinta del Recuerdo, en la que Napoleón durmió en sus viajes españoles. Y la casa y olivar en la que vivía un sabio: don Ramón Menéndez Pídal y un escritor gallego, alto y algo majadero: don Camilo, el de los tres premios. Y, de vuelta, en la Plaza de Castilla el Hotel del Negro, que debía su nombre a que tenía un portero de esa raza, lo que daba idea de los pocos africanos que vivían en Madrid. Y bajando hacia Cuatro Caminos, Tetuán de las Victorias, con su casa de arbitrios. Y el Colegio Zumalacárregui, antes y después Jaime Vera, donde estudió este aprendiz de cronista…

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Y en Madrid, en primavera, los niños se bañaban en el Canalillo, que para eso estaba al aire libre. Eso sí, había que dar esquinazo a aquellos guardas de traje de pana marrón, banda roja y sombrero con escarapela y escopeta de tiros de sal… Y se jugaba al chito, y se cogían piñones y se bebía el agua fresca y limpia de la Fuente de la Tomasa, o la del Caño Gordo, junto al estadio Metropolitano.

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Y en Madrid, en primavera, los niños jugaban a las chapas. Y hacían carreras con las ellas convertidas en ciclistas. Chapas recicladas a las que se colocaba un cristalito que, previamente, se había pulido para embutirlo en ellas y se le rodeaba de jabón. Julio Jiménez, un abulense medio calvo, subía que se las pelaba por aquellos cerros de la Francia.
Y en Madrid, en primavera, El Alcázar, nada menos, y Galerías Preciados, juntaron sus distintas sensibilidades que dirían ahora los cursis, y crearon, nada más y nada menos, que los happenings de música pop en el Parque de Atracciones. Y la juventud, que ya respiraba, se juntaba -nos juntábamos- para cantar a coro con Los Bravos, Los Canarios, Tony Ronald… y hasta descubrimos una voz negra, la de Donna Hightower, que nos dejó catatónicos.
Y en Madrid, en primavera, y en España seguramente sin que el régimen se diera cuenta, empezaba de verdad a amanecer. O lo que es lo mismo, el régimen empezaba a declinar. Y el sol y la luz y la primavera y una libertad, hasta entonces desconocida, convirtió aquella ciudad gris y triste en una ciudad alegre y movida. La movida de Madrid. Y el río, aquel aprendiz de río que escribió el cojo don Francisco, se volvió limpio, y se canalizó y, ¡ay!, se alejó de sus vecinos para convertirse en prisionero de la M-30.
Y en Madrid, en primavera…

 

Y EN AQUEL MADRID, EN OTOÑO…

 

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Y en aquel Madrid, en otoño caían las hojas, pero no lo árboles, como caen ahora. En Madrid, en otoño, cuando llovía y la arena se volvía blanda, los niños jugaban a la lima. La lima sustituía al tacón -palmo y dao, decíamos- y las niñas (también algunos niños) jugaban a la rayuela que, más tarde, supimos que era el título de una novela y que estaba basada, nada menos, que en La Divina Comedia, de Dante Alighieri.
Y en aquel otoño, en Madrid, como apenas si había calefacción los pequeños íbamos a los recados y, en otoño, también, a la carbonería. Carbón de encina, picón de olivo, cisco, almendrilla, bolas… y astillas de tea que tenían mucha resina y daban alegría al brasero. Sobre él se colocaba una especie de chimenea y se sacaba, para encenderlo, al quicio de la puerta para que no atufase la casa. Una vez encendido se retiraba la chimenea y se colocaba una alambrera que impedía que se quemasen las faldas de la mesa de camilla o los pantalones del vecino. En Madrid, en otoño, cuando el brasero perdía calor, se echaba una firma con la badila y se rearmaba la pirámide que guardaba las calorías.

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Y en aquel otoño, en Madrid, al calorcito del brasero, Matilde, Perico y Periquín hacían sonreír a todos. Antes, Guillermo Sautier Casaseca, había puesto un nudo en las gargantas a las señoras y a las chicas de servir con aquel serial sobre El derecho de los hijos; Ama Rosa; Simplemente María; El pecado de la mujer… Raphael era aquel que cada noche te perseguía y Las Grecas te amaban locamenti (Si me acobenzo, si me acombenzo, dame tu ausensiiiii que sabe a beso, lailo la lolailo…)
Y en aquel otoño, en Madrid, las piperas de negra toquilla y pañuelo negro, guardaban su capazo de chucherías y, mediando octubre, cambiaban el puesto y la silla plegable por la estufa y la espumadera de asar castañas. El frío; el inclemente y seco frío del Guadarrama se colaba por los pliegues de las esquinas, se alojaba, insufrible, en el cogote y los pobre críos, con el sempiterno pantalón corto, sufrían de sabañones. Sabañones en las canillas, en las orejas… Las manos enrojecidas, las tobas en las orejas dolían como si se hubieran desprendido de la cabeza.
Y en aquel otoño, en Madrid, de pronto, como quien no quiere la cosa sale el sol y viene un nuevo veranillo de San Martín. Y los niños y niñas juegan en la calle al pañuelo. Los más mayores cambian sus novelas -FBI, Hazañas Bélicas, Marcial Lafuente Estefanía- en los cambios de novela o en el Rastro. En Cuatro Caminos, la Biblioteca Pública Ruiz de Alda tiene un fondo extraordinario de TBOs (por entonces no se llamaban comics). Roberto Alcázar y Pedrín; El Enmascarado; Llanero Solitario -¡Hi yo, Silver. Alway!-; Flash Gordon; Tiovivo, TBO… Un descubrimiento que aún dura: Tintín y Lucky Lou.

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En el colegio se juega en el recreo a los cromos. Dos montones, gana el que saque el futbolista con mayor número de letras en su apellido. ¡Qué putada!, salió Ré, un jugador que lucía bigote en el Elche. Al rival le salió Goyvaerts, del Barcelona. Seis cromos se había jugado el crío. Menos mal que no se juguó los de Vida y Color o los de Historia Natural, de Chocolates Juncosa, que le regaló su hermano…
Y aquel otoño en Madrid, don Ernesto “Che” Guevara, con su boina negra con una estrella en la frente, su uniforme verde olivo y sus barbas y un puro ardiendo se apoya en la barrera de Las Ventas y disfruta de una corrida de toros como un espectador más. Don Paco, el de las rebajas, no se entera de la visita (¿o quizás sí?) y en la pantalla Yul Brynner y sus seis magníficos colegas montan a caballo para defender a los mejicanos fronterizos mientras Bertstein hace sonar una canción que, posteriormente, relacionamos con el tabaco. Chan-chan-chanchán. Y Anita Ekber se bañaba, dejando ojiplático a Marcello en la Fontana de Trevi…

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Y en aquel otoño, en Madrid, el niño iba, como cada domingo, paseando desde Cibeles por la acera del Prado y el Botánico hasta la Cuesta de Moyano. Y rebuscaba en los viejos libros de lance en busca de aquella primera edición, de aquel incunable, de ese libro que, ¡vaya por Dios!, estaba prohibido vender. Aquella mañana de otoño, en Madrid, el librero le entregó tres libros; una trilogía que cambió su vida para siempre: La lucha por la vida. La gran obra de don Pío Baroja. La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja. Manuel Alcázar, el aldeano que vino desde su pueblo hasta este trampantojo que era Madrid, quedó dentro de su corazón para siempre…

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Y aquel otoño, en Madrid, al niño se le fue la infancia como se marchan las hojas del parque después del vendaval previo al chubasco. Y la infancia dejó paso a la pubertad y acabó dando con aquel niño, con aquel pequeño de ojos abiertos y escéptico al que todo le entraba por los ojos hasta el tuétano, en el mundo laboral. Y allí estrenó su primer par de pantalones largos. El uniforme de botones. Y aquel otoño, en Madrid, ese niño dijo adiós a su infancia y a la gestión de su tiempo libre para siempre. Hasta que, por fin, lo recuperó ya viejo y jubilado. Ese niño, hoy mismo, sigue siendo un viejecito de ojos abiertos al que todo lo que ve y le rodea le maravilla y llama su atención.

Y EN AQUEL MADRID, EN VERANO…

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Y en aquel Madrid, en verano, la cerveza, se fabricaba en Amaniel y, más tarde, en el paseo Imperial. Sí, también se fabricaba en Algete, junto al río Jarama. Y los boquerones se comían en vinagre y no fritos, como en otros sitios. Y las Casas de Baño se llenaban de visitantes.
Y en aquel Madrid, cuando caía la tarde, los vecinos se armaban de un bocadillo y una bota de vino y, con su silla al hombro, bajaba a tomar el fresco, a hacer tertulia con los amigos o a ver aquella Italia neorrealista que, en blanco y negro, tan próximas nos eran en el cine de verano. Y los niños, mientras, jugaban al rescate, o a pídola, o a churro, media manga, manga entera. Y las niñas, que aún querían ser princesas, jugaban a la comba, a la goma, a chocar las manos mientras cantaban buscando su profesión: soltera, casada, viuda o monja.

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Y en aquel Madrid, pelaban Chausson, y Hércules Cortes, y L’Angel Blanc en el Circo de Price, o en el Campo del Gas. Y los muletillas toreaban de salón en el Lago, o en el Cerro de los Locos de la Dehesa de la Villa o iban del gimnasio a la Casa de Campo y de la Casa de Campo al gimnasio, como Kid Tarado.
Y en aquel Madrid, cuando Lorenzo se desmayaba sobre la Gran Vía, el madrileño se cogía la camioneta en Moncloa y se marchaba -si tenía posibles- a la piscina del Parque Sindical, o a la de la Playa de Madrid y si no lo tenía pues se conformaba con bañarse en el Manzanares. Junto al Parque Sindical o, entre las barcas de alquiler del Puente de Segovia. Y enfrescaban el agua atando a la Casera, la Revoltosa o la Pitusa, una cuerda y la echaban al río.
Y en aquel Madrid, en verano, se extendía la manta bajo un pino y se sacaban de la nevera de plástico los filetes empanados, la tortilla de patata, los pimientos fritos y se ponía a buen recaudo, en el cuarto de barra de hielo, los botellines. ¡Niñoooo! Cierra la bolsa del pan que se llena de hormigas… Y en la manta de al lado, unos modernos, con un tocadiscos Philip’s de pilas cantan el turista un millón, novecientos noventa y nueve mil, novecientos noventa y nueveeeee.
Y en aquel Madrid, los niños íbamos los jueves a Segarra, para comprar zapatos. Y en la zapatería te regalaban un globo. Si hubiéramos podido comprar unos Gorila nos hubieran obsequiado con aquella pelolita que saltaba y saltaba. En aquel Madrid nos apeábamos en la Red de San Luis y subíamos en el ascensor y salíamos de él y nos quedábamos extasiados ante su templete.
Y en aquel Madrid, los taxis eran negros, con una línea roja que atravesaba todo el coche de principio o fin. Y llevaban un número, el de la licencia, en blanco. Y los taxistas llevaban gorra azul marino y sahariana y pantalones del mismo color. Y los niños se subían al trole del tranvía y el cobrador, para que se bajasen, echaban tierra, del saco que llevaban a bordo, por el cogote a los niños. Y estos, en justa venganza, desenganchaban el trole de la catenaria y el cobrador, corría tras los niños que, ¡a Dios gracias!, eran más ágiles y resistentes.
Y en aquel Madrid olía a linimento Sloan, y a colonia Myrurgia y a loción Floid y las tiendas de coloniales, que también se llamaba de ultramarinos, olían a bacalao en sal y a aceite extraído con una bomba. Y a lenteja en saco y a jabón Lagarto y a escabeche de bonito de una lata abierta que no se guardaba en frío, y a sardina arenque y mantecadas de Astorga…
Y en aquel Madrid, cuando llegaba el verano, los vecinos, que eran casi todos de pueblo, volvían esos tres meses, a sus lugares de origen. De esos meses en el pueblo muchos aprendimos lo que era la trilla, la era, aventar el grano y que las churras no eran las merinas e, incluso, que los pollos (aquello que comíamos por Nochebuena, o en las bodas) no nacían muertos y asados, sino que eran pequeños, amarillos y piaban como gorriones.
Y en aquel Madrid vivía yo con mis abuelos, que siempre tuvieron un rato para sus nietos. Y vivía con mis padres, que bastante tenían con salir adelante. Y vivía con mis vecinos, que eran todos amigos y los conocíamos de siempre. Y cuando una ambulancia llegaba al barrio la gente corría para ver dónde paraba y ofrecerse a ayudar a los hijos, a la esposa, al marido de la persona que se llevaban al hospital. Y en aquel Madrid, mis queridos amigos, se compartía la vida, la miseria y las esperanzas. En aquel Madrid no había todo lo hay ahora pero íbamos tirando. Y en el metro se entraba a empujón limpio, en el tranvía se viajaba con medio cuerpo fuera y los coches… ¡Ay, los coches!, tenías que tener cuidado porque, como decía mi padre, no son de chocolate.

 

AQUEL MADRID…

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Aquel Madrid de posguerra; duro y frío, en el que, un día sí y el otro también, colgaban de los desvencijados canalones témpanos de hielo es hoy, pasadas más de seis décadas, un recuerdo amable; una añoranza que, con el paso del tiempo, se ha convertido en melancólica memoria de un tiempo que -¡ay!- se fue de forma irremediable.
Aquel Madrid de la manga riega, que aquí no llega… Agua. Agua fresca. A perra el trago. El de los adoquines; el de las vías de tranvía con su chapa encima para que la aplaste el tren; el de pan y quesillo; el de la tómbola diocesana; el de la ronca motora del Retiro; el del Canalillo de puras y transparentes aguas del Lozoya…
Aquel Madrid de traperos y vaquerías; de hombres empujando carros de mano; de camionetas con hombres colgados de sus puertas -¡al fútbol, al fútbol!- de entierros y gallinejas en Las Ventas…
Aquel Madrid con sus pavos sueltos por Nochebuena; de ferias del Campo; de Suburbano; de toros quietos, expectantes, en la Venta del Batán; de las verbenas; del Circo Americano, con dos pistas, señores, único en el mundo…
Aquel Madrid de la horchata valenciana, de chufa, oiga, de chufa; del aguaducho en la Castellana, con sus cervezas frías; sus raciones, su leche merengada. El de los bocadillos de calamares en la Plaza Mayor. El de las bravas, del doble de cerveza, del zarajo y los caracoles, de los callos y el cocido; el del turrón de Casa Mira; el de las gambas a la plancha en la Encomienda; el de las aceitunas de Campo Real…
Aquel Madrid que se estira -¡Mamita dile a papá, que compre un piso en Moratalaz. Que tiene cine, tiene colegios y tiene sitios para jugar! Quiero vivir en Moratalaz-; el que mira a su río con condescendencia; el que se asoma a la Almudena para ver el teleférico pasar; el que se atufaba en la Casa de Fieras; el que miraba de reojo a Florida Park y sentía del gusanillo de la boite; el que se asustaba con las Torres de Valencia; el que paseaba por los boulevares, hoy despojados de árboles; el que acudía el domingo al Rastro; el que se quedaba atónito en la Gran Vía, en Fuencarral, con los cartelones del cine. ¡La Gaceta de hoy, oiga. Con el resultado de los partidos!. El que bajaba -Reina Victoria abajo- al Metropolitano; las mocitas madrileñas que iban alegres y contentas a Chamartín…
Aquel Madrid del pulpo en las escalinatas de Ópera; del vino añejo y la tapa de encurtido; del vermú en Los Pepinillos de Fuencarral; el de los mesones junto a la Cava Baja; el del mercado de pescado en la Puerta de Toledo; con sus viejas camionetas desvencijadas; los moscardones que suben desde el Matadero; el de los mozos de cuerda en las mudanzas; el de las chabolas y los charcos sucios…
Aquel Madrid, mis queridos amigos, es este Madrid de hoy. Mucho más limpio, mucho más moderno, mucho más poblado y tan acogedor como siempre. Este Madrid que es mi Madrid. El Madrid de todos, de los madrileños y el de los otros, sean de donde sean. El Madrid de siempre. Ni mejor, ni tampoco peor. El Madrid que, en cuanto te alejas de él, te llama, como un pariente lejano que siempre te lleva en el corazón. Este Madrid que ahora, ya viejo y jubilado, me hace huir lejos de él para, inmediatamente, echarlo de menos. Este, señores, es mi Madrid.