SUICIDIO FRENTE AL MAR

Para ser un suicida, lo que se dice un suicida como Dios Nuestro Señor manda no se necesitan estudios. No se necesita, vamos, ni decisión. Tan solo se necesita, pongamos por caso, ir a casa de tu novia para darle una sorpresa y que te la encuentres jugando a Blancanieves X, con los siete enanitos en la cama. Para ser un suicida se necesita, eso sí, un sitio alto si es que quieres suicidarte haciendo el salto del ángel o un tren –el AVE no vale porque va vallado en todo su recorrido- y una vía donde tumbarse.
El Calasancio Turienzo, joven benidormense, estaba enamorado perdidamente de la Acacia Carrillo, peluquera de la coifure pour dames, del paseo marítimo, junto al hotel Cimbel en la avinguda de Alcoi. El Calasancio Turienzo había invitado a su novia al baile en honor de la Virgen del Sufragio, que no es Leire Pajín, como pudiera parecer, pidiendo el voto, sino la patrona de Benidorm. El Calasancio acudió, con un ramo de genista silvestre, que había recogido de una riera cuando bajaba al pueblo y que, al llegar a la cita, se había ajado hasta parecer una escarola pocha. La Acacia, al verle de aquella guisa le dijo que nones; que ella ya había quedado y que, lo que era ella, se marchaba a bailar con un turista de Madrid que se había cortado el pelo esa misma tarde y que le había llevado, después, a montar al güitoma del parque de atracciones. El Calasancio Turienzo, que nunca fue un dechado de luces, prometió, por estas que son cruces, que aquella misma tarde iba a acabar con su vida arrojándose desde el mirador del balcón del Mediterráneo.
Son las nueve de la noche y, en el balcón del Mediterráneo, el ayuntamiento ha concedido licencia para montar un chiringuito con unas mesas y unas sillas y una pequeña barra de bar. El lugar está muy animado y una pequeña orquestina toca el bolero Benidorm. Cuando la animadora ataca el estribillo

Benidorm, bonito;
Benidorm, bolero;
Benidorm, cariño;
Benidorm, te quiero…

el Calasancio, a voz en cuello, trata de hacerse oír por encima de las guitarras, la batería y los instrumentos de viento.
¡Alto, señores! ¡Alto. Me voy a suicidad aquí mismo y ahora!
La voz del Calasancio no era, en puridad, una voz autoritaria, ni una voz audible. La voz del Calasancio sonó tímida, tenoril y delicada. Una mierda de voz, vamos. La orquesta seguía a lo suyo y a la animadora, parecía que la iba a dar un perrengue con cada golpe de pelvis. El camarero servía cañas que era un no parar y los tres camareros que atendían las mesas no daban abasto llevando sardinas asadas y ensaladas de lechuga, tomate y cebolla.
¿Por qué no me hace caso nadie?, se preguntó el Calasancio. ¿Será posible? ¿Es que estos insensatos no ven que un hombre va a perder la vida?
¡Silencio, que me tiro!
Algunos clientes de las mesas -pocos esa es la verdad- se volvieron un instante y dejaron de mirar las grasientas sardinas lo que aprovechó un moscardón para arrearle un viaje a la amarga tripa de una de ellas.
¡Huy!, dijo una señora metida en años. ¡Qué suicida más gracioso!
El Calasancio estaba hecho un basilisco y estaba, a ratos, indignado y como azorado.
¡Silencio he dicho!, que me voy a tirar a las rocas de cabeza ¿Es que no ven que me vengo a suicidar?
En una mesa sonó una carcajada.
¡Qué tío más gracioso!, Oye, suicida, tómate un tinto con nosotros, anda. ¡A ver, maitre!, una copa para el suicida.
El Calasancio se cabreó, esta vez, de verdad.
¡Oiga usted!, dijo dirigiéndose al que le invitaba. Usted a mí no me toma a broma. ¡Abrase visto!
Las carcajadas del señor se escuchaban desde la playa del Poniente.
Vamos, hombre. ¡Cálmate, que la cosa no será para tanto!
¡Cómo que no es para ponerse así! Yo vengo aquí, con toda la pena del mundo, arrastrando una situación desesperada ¿me entienden?, a suicidarme, y ustedes, en vez de saltar para agarrarme y abortar mi salto, se parten la caja riéndose de mí y de mi desgracia. A usted, señor, dijo dirigiéndose a un hombre calvo que comía sepionet a la plancha con alioli, ¿a usted qué le parecería si y yo me riera de usted y no lo tomara en serio?
La orquesta, en estos momentos, se arrancó por Francisco Alegre mientras, de entre las mesas, grupos de mayores –seguramente de algún viaje del IMSERSO- salieron a bailar apretándose con furor a sus parejas.
¡Silencio, coño! ¡Silencio!, que me tiro
Algunos clientes, y la orquesta lo acompañó, comenzaron a cantar: a que no se tira, a que no se tira…
El Calasancio, abatido, preguntó.
Bueno, vamos a ver. ¿Me tiro o no me tiro?
La gente estaba muertecita de la risa. Las señoras más mayores decían que era un sol y que tenía un aire al conde Lecquio.
De cintura para arriba, claro. Puntualizó una señora.
El Calasancio notó un bache en su decisión. Un hondo bache en su presencia de ánimo y en la resolución de cara a suicidarse.
¡Bueno!, dijo resignadamente y con su voz más delicada. A ver, esa copita de vino. Pero, si es posible, que sea de la Rioja, que a mí el de la Ribera del Duero me parece vinagre. Al fin, en lugar de estar muerto por el salto. lo estoy de sed. ¡Qué cosas…!
La gente estaba encantada, la orquesta no chiflaba una nota de más y, por si esto era poco, una suave brisa venía desde la isla.
El dueño del chiringuito es un diablo, dijo uno de los clientes. ¡Hay que ver, qué cosas se le ocurren para dar ambiente a la noche!
El Calansancio, sentado en una silla, y viendo bailar a la Acacia con el madrileño, componía una naturaleza muerta. Pero, claro, en el sentido artístico de la imagen, no en el real. El Calasancio, terminó su copita de Beronia, que estaba perfecto de temperatura, se marchó caminando mientras, del cielo de Benidorm, una gaviota cagó una bola de guano que, mira por donde, fue a caerle al Calasancio justo en el remolino de la nuca.
Hay noches, se dijo, que uno no está ni para suicidarse.

TRISTE BODA PAMPERA

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La boda ya estaba a punto. La novia, Remedios de los Ángeles Custodios, colombiana del departamento del Cauca, estaba blanca y radiante como dice la canción que sólo las novias suelen estarlo en este día. Su padre y padrino, don Edgar Ildefonso, constructor de barcos –no armador como Onassis; no- tocó con mimo en la puerta de la alcoba donde Remedios de los Ángeles Custodios se vestía.
¿Terminaste, sielo? Apúrate no más, que siento los sones de Mendelssohn (don Jacob Ludwing Félix)
Remedios de los Ángeles Custodios salió a la sala con el mirar arrobado y un color de melocotón de viña en las mejillas. Estaba realmente bella. Don Edgar Ildefonso lloró un poquito pensando en que, si su esposa, doña Resti Docampos de Altagracia, viviera para ver a su pequeña en este transe, estaría felís y contenta.
No más no me llores, papito, rogó Remedios de los Ángeles Custodios. Se te quedarán los ojos acuosos y fables como los de los rollisos bebés.
El papá, por darle gusto a su hija se hizo fuerte y pensó en algo agradable. Algo que le hiciera pasar –sin lágrimas- este momento. Lo hizo pensando en su hacienda. En las miles de vacas que pastaban en su finca de la pampa patagónica argentina. Y en el gaucho, con las bolas de derribar vacas, y en su cuchillo descansando en el cinto a su espalda, y una guitarra tocando aquello de virgen morenita, señora del lugar….
Aprestáte, mi niña, ¡cómo sos!, diablos.
Ya me apresuro, papá. Y no usás esos palabrotes
Don Edgar Ildefonso aseleró el auto y nomás atravesó el fuego  de la calle 45 se le crusó un piatón y el carro lo atropelló sin remedio. Don Edgar Ildefonso intentó frenar pero el auto se encabritó y fue a chocar contra una herboristería que vendía yerba mate y el resto de archiperres para tomarlo: la matera, el termo y la boquilla. La niña Remedio de los Ángeles Custodios salió despedida y allí, en un charco de mate y agua caliente, fenesció de muerte natural.
¡Hombre, don Dimas!, de muerte natural…
Pues sí, tras ese golpazo lo natural es morir.
¡Ah!, cierto.
La iglesia estaba, justo, en la cuadra siguiente y hasta allí llegó el ruido del choque. El novio, Fredy Enrique Portillo Benavides, la madrina y madre del novio, doña Justi Benavides de Portillo, su esposo, don Baltasar Portillo y el resto de invitados salieron de naja hasta el lugar del accidente. La bella y trágica novia, la señorita Remedios de los Ángeles Custodios, estaba tan bella como lo estuvo en su propia casa, sí, pero un hilillo de sangre que le manaba de la sien izquierda tenía de rojo el velo transparente de organdí. La bella y joven señorita Remedios de los Ángeles Custodios en lugar de ser trasladada hasta el tálamo envuelta en rosas y tules, que es lo que, en buena lid, le correspondía, fue trasladada al depósito de cadáveres envuelta en una gabardina usada y llena de lámparas.
¡No hay derecho!, proclamó a los siete vientos el previudo, don Fredy Enrique del Portillo Benavides. Remedios de los Ángeles Custodios, linda palomita que no más has volado dejando mi alma yerma de tu amor y tu cariño. Dulse paloma que dejas, espantada de dolor, mi alma terrenal lleváme con vos.
Doña Justi, la señora madre y madrina frustrada de su hijo Fredy Enrique, tocó madera de forma disimulada. Doña Justi, todo hay que reconocerlo, era medio bruja y ya, en su momento, le advirtió a su marido, don Edgar Ildefonso.
Muy rápido va esta boda. No sé, no sé… Si algo no la tuerse
La joven y bella señorita Remedios de los Ángeles Custodios yace en medio del duro pedernal, en medio de los grisáceos, de los duros, de los fríos adoquines de la calle veinticuatro esquina con Ramales, con un trajesito blanco; un trajesito con escote palabra de honor y una cinta de rosas de color rosa palo, de Jericó, sobre el pelo, tapada con una gabardina sucia. A su lado un breve y fresco manojito de gardenias blancas, muestra de sinceridad en el corazón que ella misma había elegido de entre sus cuidadas plantas… Lloremos al cruel destino.

DE CÓMO EL VIEJO JONH M. VILLAGE SE LIBRÓ DE TERMINAR EN LAS TRIPAS DEL MONSTRUO DEL LAGO NESS

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En el pub Ya está el mirlo de los cojones silbando bajo mi ventana, Joseph M. Village bebía cerveza negra y whisky mientras un ciego tocaba, en un pequeño bandoneón, la canción Sweet bubble cheiw de forma cadenciosa y doliente. Un bandoneón que había corrido tifones, soportado huracanes y remontado maremotos por todo la mar de la China. Un bandoneón que había cazado ballenas en las costas de Terranova y Labrador, en St. Pierre et Miquelon y en la isla de Langlade, al este del Atlántico Norte. Un bandoneón, en suma, que tenía lapas, mejillones y sal marina entre sus teclas.
A Joseph M. Village le pesaban como la carga de un buque metanero, los tres chelines que llevaba en la faltriquera. Joséph M. Village vivía, sí, junto a Inverness, la ciudad por la que discurre, limpio y plateado, el río Ness, en el extremo suroccidental del fiordo de Moray. Un país donde los hombres gastan las faldas más cortas que las de sus mujeres. Un país donde se bebe whisky y pintas de cerveza y se cuentan historias de lagos ocupados por monstruos con alas de dragón y cuerpo de culebra.
Joseph M. Village entró en el pub y le pidió a la camarera, Peggy McGregor, una pinta de negra cerveza. El ciego continuaba con su triste canción y parecía que del bandoneón salían vientos salinos que hacían crujir la osamenta de los escasos clientes.
¿Estás bien, Peggy?
Yes, sir
Sírveme otra pinta
Yes, sir
¿Vas bien del vientre?
Yes, sir
El ciego que tocaba el bandoneón se llamaba John de Canongate y presumía de haber tocado el bandoneón por toda la mar de Java, los hielos del Perito Moreno y los ídolos de la isla Jeju y de la de Juan Fernández. El ciego John de Canongate era una pirata ciego, como los de la Isla del tesoro pero con menos mala leche.
La aldea en la que vivía Joseph M. Village, junto a Iverness, se sobresaltó, una noche con un ruido que provenía del lago Ness. Un ruido de crujir de maderas que, desde el centro del lago, llegaba hasta la playa. Peggy, que tenía el oído de una tísica, escuchó, perfectamente, el crujir y un raro murmullo de voces que se alejaban, pero no le dio importancia.
¿Han oído?, dijo a su escasa clientela, compuesta por Joseph M. Village, el ciego Canongate y Long John García, un pirata del gaélico Cariño en el norte de España. También había dos polices, que secaban sus húmedos uniformes junto a la lumbre pero que, debido al ruido del bandoneón, no escucharon nada.
Joseph M. Village se tomó su whisky y sus pintas de cerveza y, aligerado el peso de sus tres chelines, salió del pub en dirección a su casa.
Bye, sir, le despidió Peggy quien, sobre joven y bella, era monotemática en la conversación.
John de Canongate, para despedir a Joseph M. Village tocó, nuevamente, la canción Sweet bubble cheiw. Joseph. M. Village se sentía feliz. Incluso inmensamente feliz y fue, todo el trayecto hasta su pequeña casa de tejado de brezo y pequeño huerto frente a la entrada, tarareando la canción. A Joseph M. Village siempre le gustaron las canciones que apagaban, con su estribillo, el resto de los ruidos.
Ya era muy tarde incluso para la aldea donde vivía sir Village, al suroeste de Iverness. Era, casi, la hora de la media noche. Esa hora en que los fantasmas de los castillos salen de paseo arrastrando cadenas y grillos. Joseph M. Village volvía tarareando Sweet bubble cheiw y soñando con los carnosos labios de la joven Peggy quien, joven y bella, le traía recuerdos de juventudes pasadas. La madre de Peggy, Miss Eldeberry McGregor fue, es cierto, incluso más bella que su hija Peggy. Al doblar la curva final se encontró, en la playa donde estaba su casa, a un grupo de vecinos que, sudorosos, se afanaban en recuperar trozos de madera que la mar arrastraba hasta la playa. El más viejo de la cuadrilla, un escocés de patillas blancas y falda de cuadros roja y verde gritaba a los demás.
¡Adelante, hijos de McFarland, no desfallecer! Nuestro vecino Joseph M. Village bien se lo merece.
A Joseph M. Village, a medio camino de la playa se le encogió el corazón. Un niño que lo vio salió corriendo, en dirección hacia la playa.
¡Joseph M. Village! ¡Joseph M. Village! ¡Father, I have seen to Joseph M. Village! –padre, he visto a Joseph M. Village, para los que no saben el inglés- mientras corría en dirección a la playa.
Joseph M. Village pensó que quizá el whisky, mezclado con la malta de la cerveza, le había jugado una mala pasada y, borracho como un galón de ron, soñaba que volaba sobre una nube negra, como la conciencia de Grace O´ Malley, la reina del Mar de Connaugh.
Sí, yo soy Joseph M. Village, desde el mismo día en que nací. El hijo del viejo sir Village, que sirvió al rey Eduardo, ¿qué tiene de extraño que me vea un niño y grite que soy Joseph M. Village?
Los vecinos se aglomeraban junto a él y, aún dudando sobre la veracidad de la aparición, tocaban su pecho fuerte y sus anchas espaldas. Alguno, el más intrépido, le quitó la boina y tocaba su cabeza calva. Las mujeres, claro, no le tocaban -¡faltaría más!- pero le alumbraban con sus quinqués de aceite para comprobar que, efectivamente, era él y no una aparición.
El más viejo de los vecinos, aquel que alentaba a los hijos de McFarland, le contó qué hacía toda aquella gente ahí y cómo, del mismo centro del lago, un crujir de madera trajo hasta la orilla, viejos y destrozados pedazos del chinchorro que él, Joseph M. Village, utilizaba para pescar chipirones y calamares con potera las tardes en las que no gastaba sus tres chelines en el pub.
El monstruo, dijo el viejo McFarland. Creímos que el monstruo le había destrozado a usted, junto con su barca.
Joseph M. Village sintió que, aquella noche, había sonado su hora en el remoto campanil de la vieja ermita de St. Peter, junto al acantilado norte del lago pero que, milagrosamente y gracias a Peggy McGregor y al ciego John de Canongate y su vieja canción Sweet buble cheiw, se había librado de morir entre las fauces del viejo monstruo del lago Ness que es medio dragón y medio culebra. Sintió que el reloj que gobierna los mundos y las personas había tocado su hora y que él, de forma inhabitual, se había librado de doblar la servilleta y de perecer, como aquella Alfonsina que fue a morir entre las cinco sirenitas y los fosforescentes caballos marinos del fondo del lago.
Y dio gracias al Dios de Escocia y Peggy, y al ciego Canongate. y al whisky. y a la negra pinta de cerveza. y al estribillo de la canción, y al bandoneón que había sobrevivido a los siete mares, y a sus vecinos y, para celebrarlo, volvió a cantar el estribillo de Sweet bubble cheiw mientras, entre las espumas del lago, el monstruo rugía, herido, de dolor y de hambre.
Esta es la historia de Jonh M. Village un marino jubilado a quien, una canción y un vaso de whisky salvaron de servir de cena al monstruo del lago Ness. Bebed, cantad y admirar las bellas Peggys que por el mundo caminan y no esperéis, sentados frente a la chispeante hoguera del pub, vuestra hora. Esa hora que, cuando menos lo esperas, pasa sin previo aviso. Amén.

EL SUEÑO

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El escribidor de posts se ha sentado frente al ordenador. La blanca hoja del Word impecable y diáfana como la sábana de abajo. El escribidor de posts no tiene ninguna musa a mano para escribir su post de mañana. Mira para el televisor que está, invariablemente, encendido para hacer ruido. Están dando un programa donde las mariposas vuelan, los narcisos crecen y las sombras de un bosque son frescas y abundantes. Por el aire, además, vuelan a gran velocidad un millar de nubes blancas, algodonosas. El escribidor de posts sueña con los ojos abiertos, que es como debe de soñar un ser humano. ¿Por qué? Pues qué se yo… igual que se ama con los ojos cerrados se sueña con los ojos abiertos. Ahora, no me diga usted por qué pues lo desconozco.
El escribidor no sabe de qué está hablando el locutor. Tampoco le importa. Al escribidor lo que le importa son las imágenes. No las que están saliendo en el programa, no; las que él cree descubrir en cada toma. Así, de un lince que escapa raudo a la cámara, el escribidor ha creído ver una musa que le chiva una buena frase para el post de mañana. Si lo que se mueve es el copete de un chopo de ribera el escribidor cree ver una musa que se despide, pañuelo de seda en mano, del magín del escribidor. ¿Estará el escribidor mal de la cabeza o con problemas de riego como dice el marinero? Tal vez. ¡Vaya usted a saber!
El escribidor está honesta y absortamente mirando para el televisor como se mira al ave que vuela, a la hierba que crece o a la violeta que tiembla, vergonzosa, al refrescor del mediodía. También podría haber puesto aquí que mira como el lagarto que mira, o como el corzo que hace escorzos o como el girasol que da giros en torno a sol, pero parecería que quería hacer juegos de palabras. El escribidor, sobre cursi, odia con un odio africano a los bichos asustadizos y a los juegos de palabras y prefiere poner lo de las aves que vuelan y las hierbas y violetas que crecen y se mueven.
El escribidor de posts, si estuviese ahora en Langa -que no lo está- escribiría que está sentado al borde del camino, o junto al restaño de una playa del Duero o, por hacerlo más verosímil, sobre el andén de la estación. Pero no; el escribidor de post está sentado en el sofá de su casa, como un ministro a la espera de que el motorista le entregue el cese, o como el viejo que espera a la parca apoyado en su cachaba. El escribidor de post está en Madrid como gallo en corral ajeno y echa de menos a su amigo Alberto, sus almuerzos mañaneros y el crepitar de la chimenea. Al escribidor de post le gustaría tener la memoria en reposo, la voluntad dulce y delicada como la caricia de la novia y tener, para variar, un hombro amigo donde apoyarse. Pero no, el escribidor está viendo un documental de la televisión donde le muestran el campo y él, goloso y añorante, disfruta con la serenidad y la tranquilidad del campo como si estuviera allí mismo. Sueña ver cómo se mueven, contra el viento del solano, las espigas del trigal y cree percibir, como si estuviera allí mismo, el aroma del poleo silvestre y de la siete mentas del arroyo; el olor del acre aroma del espliego y la fragancia del leñoso aroma del romero. El escribidor de post, como siga así, se duerme sin remedio. ¡Vaya sopor!
El escribidor de posts, cuando se acaba el documental, mira de nuevo a la hoja blanca del Word y cree que no, que hoy no va a escribir nada. Que ayer, que quiso hacer un ejercicio de relato descriptivo no fue, a lo que parece, bien recibido por sus hoolingans y no le apetece escribir por escribir. El escribidor de post tampoco puede llamar a don Dimas o a don Matías, pues están en Benidorm de nuevo. El escribidor de posts, se ha dormido, como ya temiera y lo ha hecho con los ojos abiertos, con la boca abierta, con el alma abierta a cualquier sueño que quiera invadirle para utilizarlo mañana en el post.
Cuando el escribidor de posts se ha despertado se ha encontrado con que esta página está escrita sin que sepa, muy bien, quien lo ha hecho. El escribidor de posts piensa si habrá sido el angelote regordete, o el corzo saltarín o, quizás, la violeta temblorosa. No lo sabe, pero… mira. No hay mal que por bien no venga. Eso que me ahorro.

LA BOA

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La Ceferina Tirado se ha puesto en la fotografía a la izquierda del novio y entre sus tres hijas: la Macaria y la Otilia que son las que están en todo lo alto, tras la Ceferina y la Demófila que está a su izquierda. La Ceferina Tirado es malencarada; si, pero es solo un rasgo. En la vida real es mucho peor que eso. La Ceferina Tirado camina como un ganadero de bravo, con paso firme y llena de desafiante bravura. Parece un mihura asomado al burladero. La Ceferina Tirado mira para el guitarrista con cara de darle una colleja a la que se le salte un compás. La Ceferina Tirado tiene un aire a María Luisa Ponte cuando hacía de dueña del café en La Colmena, de Mario Camús. La Ceferina Tirado fue, en su lejana juventud, señorita torera y actuaba con el sobrenombre de Gorda de la Isla y estuvo casada, hasta su viudedad, con su apoderado Toribio Escobar, Sordete de Guadalete, cuyas circunstancias civiles ni constan, ni vienen a cuento.
En la esquina inferior está, mucho más relajada, la Eutropia Lagunilla, natural de Alcalá de los Gazules, provincia de Cádiz, y que aparece mucho menos crispada que su consuegra, la Ceferina Tirado. Se conoce que, la pobre, ya había perdido la esperanza de casar a la Tiburcia, que peina unas cuantas canas y que, desde lo del moro aquel del Tabor de Regulares que se dio el dos cuando lo del tomate del 36, ya creía que se quedaba para vestir santos. El que la sigue la consigue, piensa con esa media sonrisilla. A su lado las dos niñas, hermanas del novio: la Telesfora, que está liada con un marqués y que, si Dios quiere, el año que viene se nos casará, doña Adelia, cuando el señor marqués se divorcie de la marquesa. La otra no ha tenido tanta suerte, mire usted, y se ha tenido que poner a servir en casa de don Acisclo, el notario.
El novio, a la derecha de la Tiburcia Hontanares, bailaora retirada desde que su Sinforiano la retiró del tabanco del Cojo, en Jerez, aún no se lo cree y presenta media sonrisilla como temiéndose lo peor a partir de ahora. Si él supiera la que se avecina, saldría corriendo y no pararía hasta Rota, por lo menos. El novio, Constantino Torres Medina, alias Cagueta –al que le toca, le toca- fue novillero de puerta grande en Sanlucar en tarde aciaga para el Croqueta, que perdió el apoyo en una pierna por una coz del caballo del picador. Al ver al Croqueta renco y con medio paralís, se rajó y, con toda la razón del mundo, heredó el apodo.
A la derecha del novio vemos a su compadre, el Croqueta, al que todavía no le había arreado la coz el jumento y su esposa la Escolástica que hace arreglos con el perejil a las embarazadas al descuido. La esposa del Croqueta, en cuanto que acabó la misa, se fue para la novia y le presentó sus respetos dándole una tarjetita por si, en algún momento, necesitaba de sus servicios. Las hay lanzadas con esto del marketing.
El Croqueta lleva la chaqueta a medio hombro, como están acostumbrados los toreros en el campo y un paraguas que, en un momento dado, puede servir, también, como sombrilla. El Croqueta lo lleva para que el sol no le ponga la tez morena a su Escolástica y que no la confundan con una gitana. ¡Faltaría más…! El pantalón que lleva el Croqueta es del Guindilla, el picador, y le está algo pequeño. La Escolástica pensaba plancharlo antes de salir pero como tuvo que asistir de urgencia a una novicia en apuros no tuvo tiempo. Este hombre, decía, menudo Adán me ha caído en suerte. ¡Eh, como lleva el pantalón! Si parece que se ha acostado con él…
El guitarrista, Segismundo el Mochuelo, natural de San Isidro del Guadalete, también en Cádiz, está muy conectado con el flamenco japonés y, por ello, gasta zapatillas de tatami y calcetín blanco. El Mochuelo toca la guitarra con mucho sentío y enjundia. En esta foto está tocando una malagueña popular cuya letra dice así:

Hasta la leña del bosque
tiene su separación:
una sirve para hacer santos
y la otra para hacer carbón

Las letras de las malagueñas y aún de otros palos del flamenco tienen mucho sentido literario. Si se imprimiesen las letras, como los romances de ciego, comprobaríamos, hasta qué punto, la letra de las canciones flamencas están impresas en nuestro ABS
¿Será ADN, no don Dimas?
¡Ah, no sé!, yo de esas cosas tan técnicas no entiendo, don Matías.
La boda, hasta el momento de la foto, transcurrió en la más absoluta normalidad hasta que la Ceferina Tirado se acabó la segunda botella de Anís del Clavel, Cazalla de la Sierra, Sevilla, Spain. Entonces comenzó a molestar a su consuegra, la Tiburcia Hontanares, y esta, en justa correspondencia, la trincó del moño y se despellejaron vivas ayudadas por sus hijas. El Croqueta y su compadre, el Constantino el Cagueta, se marcharon a tomar unos finos y las dejaron ahí, enzarzadas.
¡Bah!, cosas de muhere, compare
Al final tuvo que intervenir la fuerza pública y llevárselas al cuartelillo donde tuvieron que hacer frente a una indemnización por romperle la guitarra en la cabeza al pobre Mochuelo quien tuvo que ser operado con unas pinzas para sacarle las astillas del cuello.
¿Pero señora, se puede saber por qué agredió usted a su consuegra?, preguntó el comisario.
¿A esa tía guarra? Para que aprenda a comportarse como una señora.
La Tiburcia se fue para ella y, de no mediar un madero que había entre medias, se hubiera liado de nuevo.
A media noche trajeron al Croqueta y al Cagueta con una papalina doctor honoris causa. La pareja que se los encontró en la calle logró introducirlos, no sin mucho esfuerzo, en la comisaría.
¡Españoles…! ¡Dadme un punto de apoyo, que más valen barcos sin honra que moverán el mundo!
Yo creo, compare, que ezo está de lo más confundío der mundo.
¿Lo cualo?
Lo del barco y la palanca.
Ezo, Croqueta. La palanca… ¡Olé, la palanca!
Y de dos y hasta tres calabozos sonaron las palmas y el jaleo flamenco de cuñadas, hermanas y demás parientes de la boda.
Arsa, la boa de más tronío de to Caí. Dale.
Tras-tras-tras-tras…

LA TIENDA DE ULTRAMARINOS DE MARCIANO

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En la tienda de ultramarinos de Marciano se venden, como es natural y lógico, productos de ultramar; si, pero también de Soria y de Toledo, no vayan a creer. En la tienda de ultramarinos de Marciano huele a bacalada curada en sal y a aceite de oliva algo rancio. En la tienda de ultramarinos de Marciano presumen de tener las sardinas arenques en barril más gordas y grasientas de todo el barrio. La tienda de ultramarinos de Marciano pudo haberse llamado, no obstante, Coloniales Marciano, pero al fin decidieron poner ultramarinos que era más democrático y menos anglófilo. Los productos que se venden en la tienda de ultramarinos de Marciano, pese al nombre del propietario, no provienen de Marte, sino del planeta Tierra.
En la tienda de ultramarinos de Marciano había distintos ingenios que eran de mucha admiración. Así, sobre el mármol donde estaba la máquina de cortar bacalao, había un enorme molinillo de café y un peso de dos bandejas de la marca Arisó Regia, S.A. en el que subía y bajaba una flecha enorme señalando los pesos. También había un artefacto que, a través de poleas, hacía subir el aceite desde un depósito del sótano de la tienda. En la tienda de ultramarinos de Marciano había una suerte infinita de bollos y dulces de la geografía española: mantecadas de Astorga, sobaos pasiegos, perrunillas de Langa y glorias de las monjas, entre otras. En la tienda de ultramarinos de Marciano las legumbres estaban dentro de grandes sacos de arpillera blanca y se servían en estuches de papel con un recogedor. En las estanterías de la tienda de ultramarinos de Marciano había un sinfín de latas de conservas. Latas de confitura, de pescados, de melocotón en almíbar y de piña en rodajas, latas de foigrás –nunca foagrá-. En la tienda de coloniales de Marciano había también una gran variedad de galletas y chocolates. Galletas María, galletas Fontaneda, galletas campurrianas, galletas de nata de dos colores, surtidos de Reglero; chocolates La Taza, Elgorriaga y Vitacal. En la tienda de ultramarinos de Marciano se vende el caldo en cubitos de Gallina Blanca y de Maggi, también el de Starlux en grandes cajas de hoja de lata y la leche condensada en latas a las que picas por dos sitios y puedes chupar y el flan Potax, de polvos amarillos y el del Flan del Chino Mandarín que tenía un dibujo en la cajita mucho más divertido.
La tienda de coloniales de Marciano olía a húmedo, a espeso, a mostrador y trastienda, a dulce de membrillo reciente en su cajita de hoja de lata y flamenca en la portada y a agrio añejo, a café y a achicoria, a jabón en tira cortado con un alambre, a queso a buen recaudo en una campana de cristal, a jamón york para el niño, que anda algo suelto, a vino que rebosa del pellejo y a castañas y avellanas a granel. En la escalera de la tienda de ultramarinos de Marciano no huele mucho mejor. Huele a repollo y a lentejas quemadas y a coliflor lombarda. En la esquina de la tienda de ultramarinos de Marciano se esparce unos polvos amarillos para evitar que los perros orinen en la entrada.
En la casa número seis de una calle cualquiera Marciano ha puesto una tienda de ultramarinos donde vende al fiado, apuntándolo todo con ese lápiz que lleva a la oreja, o bien en el bolsillo superior de su chaquetilla blanca. Una chaquetilla blanca de un blanco reluciente que para sí quisieran los dependientes de El Brillante, pese a sus charreteras y sus hombreras verde oscuro. En la tienda de ultramarinos de Marciano se anotan las cuentas en el papel de estraza. Un papel grisáceo y rígido que lo mismo sirve para envolver el bacalao que para cubrir la sardina arenque antes de pelarla contra el quicio de la puerta. En la tienda de ultramarinos de Marciano, cuando vas a comprar vinagre, le das un pequeño sorbo que te pone el bello de punta. En la tienda de ultramarinos de Marciano, cuando entras y cuando sales, suena una pequeña campanilla que tienen apoyada encima de la puerta. En la tienda de ultramarinos de Marciano los viandantes matan su hambre contra el escaparate. Un hambre que es tan antiguo y añejo como el mármol grisáceo y con venas que cubre toda la fachada. En la tienda de ultramarinos de Marciano cuando llueve esparcen aserrín sobre el suelo para que las criadas y las señoras mayores no se caigan. Por la tienda de ultramarinos de Marciano parece que no pasan los años pero -¡ay!- sí que pasan y a puñados, no crean.
En la tienda de ultramarinos Marciano ya, ni está Marciano ni están sus empleados. En la tienda de ultramarinos Marciano atiende ahora una señorita que se llama Yashmina y que lleva un escote de vértigo. En la tienda de ultramarinos Marciano los recados ya no los llevan los chicos aprendices, sino un par de andinos contratados por horas que se llaman Alan y Gilberto Arturo y que gastan gorrita de baseball y pendientes por la nariz y las orejas. En la tienda de ultramarinos Marciano ya no fía, sino que se paga con una tarjeta de plástico que pone VISA y que, si Dios no lo remedia, pitará porque tiene el crédito agotado. En la tienda de ultramarinos Marciano, cuando esto pasa ya no huele ni a aceite rancio ni a bacalada seca, sino que huele a chamusquina.

LOS HIJOS DE DON ADVÍNCULA

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El hombre que mira, desde la lejanía, y con satisfacción esa casa se llama don Advíncula y es natural de Villaescusa la Sombría, localidad muy próxima a Santa María del Invierno, que es el rincón donde se fabrica el frío en la provincia de Burgos. Allí, junto al monasterio de Rodilla, don Advíncula tiene una casa muy próxima a la de sus cinco hijos. Don Advíncula está muy orgulloso de sus cinco hijos aunque no se lo dice nunca, jamás, a nadie. Los hijos de don Advíncula son, por este orden: el mayor, Antenor, que se ocupa de las labores del campo y está, los fines de semana, de portero en el yacimiento de Atapuerca; el Longino, que estudió en el PPO para fresador de maquinaria y ahora repara las vertederas de los tractores en un taller de Quintanapalla; la Cupertina, que se casó con el Buenaventura y que tiene dos rehalas de perros para cazar en la Sierra de la Demanda; el Cecilio, que hizo la mili en Burgos y va y viene pues está de conductor de un banquero y la Crescencia, que sigue soltera, pese a ser elegida, en su día, Miss Spar, y es el nexo de unión de toda la familia. La Crescencia ha tenido, no crean ustedes, sus cortejadores, pero ella –se conoce que para emular a su padre- pretende seguir soltera de por vida.
Don Advíncula, ya se dijo, está muy orgulloso de sus hijos pero no anda por ahí presumiendo de ellos ni habla, nunca, de sus hijos, en público. Don Advíncula sabe lo buenos que son y lo trabajadores que le han salido y con saberlo él tiene bastante.
¿No le parece a usted, don Matías?
Él sabrá, don Dimas. De lo suyo gasta…
Ya, ya. ¡Jesús!, este don Dimas, que hombre más poco comunicativo se ha vuelto.
Don Advíncula trabaja en varios pueblos pese a lo avanzado de su edad. Don Advíncula es de los que no se jubilará nunca y morirá, cuando Dios lo disponga, con las botas puestas. Así son los hombres en esta Castilla dura y gélida.
Don Advíncula nació pobre y, lo más seguro, que pobre morirá. Don Advíncula es hombre bondadoso, paciente y de sosegadas intenciones. No añora más que un buen trago de vino del porrón y un buen plato de esa morcilla tan rica que se hace por Sandoval de la Reina. La morcilla, siempre lo dijo don Advíncula, para que sepa buena tiene que tener su mitad de cebolla, su poquito de arroz, manteca de cerdo y sangre a partes iguales y su sal y sus especias.
¿Y no le gusta a usted el caldo mondongo, o calducho, don Dimas?
¡Quite usted allá! Eso es un aguachirle. Donde esté el buen caldo de hueso del jamón que se quiten estas herejías.
Las mejores morcillas de Burgos son las de Soria, suele decir Soria, el del blog.
Yo también lo creo, don Dimas. Aunque no se le puede decir a Aldea porque se le sube el pavo y se pone que no hay quien le aguante. Además, si lo lee Pilarín, la que canta, se pone hecha una fiera.
Don Advíncula estuvo, durante un tiempo, trasladado a Madrid, y vivía en el barrio de los Cuatro Caminos. Por allí siempre paseaba y llegó a tener su tertulia en el restaurante mesón El Cid, en la calle de Fernández de la Hoz, donde también se comía buena morcilla de Burgos, aunque traída de El Burgo de Osma.
¿Y no coincidió nunca con María Martínez, la de El Espinar?
Pues vaya usted a saber. Por aquellas fechas don Advíncula no reparaba en conocidos. Él se limitaba a dar gracias a Dios por tener unos hijos tan bien educados y tan trabajadores. Es que don Advíncula, no sé si se lo había dicho antes, don Dimas, estaba muy orgulloso de sus hijos, si acaso, de todos menos del Cecilio que, como está en Burgos y es chófer, pues se pasa el día en la calle y, la calle –como bien se sabe- es fuente de conflictos y golfería. Un hombre, siempre lo decía don Advíncula, debe de estar en su casa, con su esposa y sus hijos y estar muy, pero que muy orgulloso de ellos aunque, eso sí, nunca se debe de presumir de los hijos delante de los demás.
Oiga, don Matías, ¿usted me permite a mí una pregunta?
Naturalmente que sí. Suéltela usted.
Verá, es que estoy escuchándole continuamente que don Advíncula estaba muy orgulloso de sus hijos pero que nunca presumía de ellos. ¿Es así?
Sí señor. Así es.
¿Y por qué no presumía de ellos?, si puede saberse.
¡Ah, claro!, es que no se lo dije a usted. Es que don Advíncula, ¿sabe usted?, pese a sus años y lo orgulloso que está de sus hijos, no lo puede pregonar por ahí porque es el cura párroco del pueblo, ¿sabe?
¡Ah, claro!, ahora lo entiendo.