LA TERTULIA

 

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La verde pradera con el viento suave del solano enseñorea su paleta de colores con el verde del trigo que, racheado por el viento, asemeja el ondear de la bandera española en la popa de un bergantín de las Indias.

¡Qué frase, amigo Soria!, si parece del mismísimo marqués de Santillana.

Gracias, gracias, amigo don Dimas. Pues es mía y muy mía. Fíjese que la acabo de inventar. Pero tómese usted algo a mi salud, que yo tengo mucho gusto en convidarle a usted, ya que es tan buen crítico de mi obra.

Doña Basílides, la esposa del cartero Magencio, que trabajó como ama seca en casa del marqués de Entrambasaguas come, a la sombra de una higuera, un bocadillo de pencas de acelgas rebozadas. Ya no come ningún producto derivado del cerdo porque el médico, don Eraida, que es natural de Solares, donde el agua, se lo ha prohibido.

Mire usted, doña Basílides, usted ya, hasta nueva orden, no puede comer ningún producto derivado del cerdo. A partir de ahora agua de Solares y mucha verdura.

La doña Basílides, sí que le hizo caso con lo del agua, y se la añadía al vino tinto como si fuera un cura concelebrante pero no así con lo del cerdo ya que, decía, que ella comía la verdura filtrada por el estómago del cerdo. Esto es, que ella le daba la verdura al cerdo y, más tarde, se comía la verdura que el cerdo había metabolizado convertida en solomillos y chuletas de riñonada.

No era esto lo que yo le dije, doña Basílides. Ahora bien, que como bien dijo el insigne filósofo francés, don Juan Jacobo Rousseau, a quien san Juan se la dé, san Pedro se la bendiga.

El Magencio, el cartero, tenía un perro mil leches que siempre iba pegado a su bicicleta. La bicicleta del Magencio llevaba, bajo la barra, un cartelito con la bandera de España pintada, donde se leía, en letras negras: correos. El perro del cartero Magencio se llamaba, mejor le llamaban, Plutarco. Al parecer, y según el Magencio, el perro Plutarco era un retórico de tomo y lomo y gran visitador de la barbería del Argimiro el Fígaro. A la barbería le decían en el pueblo El oráculo de Delfos pues era donde las musas de Apolo, o sea, los corifeos de don Potamiena, el boticario, volcaba toda su ciencia. El don Potamiena tiene dos hijos, el Papio que está estudiando protésico dental en Valencia y el Ireneo que está quinto en el Regimiento de Zapadores Ferroviarios número 13, en Cuatro Vientos, provincia de Madrid.

Pues sí, don Eraide, le decía el don Potamiena al médico, en Verona fue, y no en ningún otro sitio, donde el rey lombardo Alboíno resultó asesinado mientras se echaba la siesta. Y lo fue por culpa de la esposa, Rosamunda, la hija del Cunimundo, rey de los gépidos, la muy puta.

Ahora, a Dios gracias, don Potamiena, ya no tenemos mujeres de ese jaez. Ahora, como mucho, van y lo cuentan en la televisión, pero ya no se ponen tan así, ¿no le parece?

Pues no sé qué decirle a usted. Ya ve lo que le ocurrió, ayer mismo, según cuentan en el casino, a la señora Gerosa, la del Justo, el del Canchal.

¿Pues qué ha sido lo que le ha pasado?

Casi nada para la feria. Resulta, que la mujer, no sabía nada de la aventura que tenía el Justo con la Vicentita, la del Club Enagua’s, ya sabe usted… el puticlub que le dicen

Sí, sí… siga hombre, que me tiene en ascuas

Pues el caso es que la Vicentita, nada más enterarse, va y se calla y no le dice nada, pero espera a que se duerma el marido y le desnuda y fotografía y se va a la capital y saca copias del marido dormido en pelota picada. Y ha empapelado toda la comarca con la fotografía del marido en pelota bajo una leyenda que dice: por esta mierda de pene la Vicentita se la liado con el Justo, el del Canchal.

¡Pero qué me está diciendo…!

Lo que usted oye, mi querido don Eraide.

Como dijo Demócrito, el traciano, ¡vaya toalla!

Oiga don Potamienta ¿está usted seguro de que esa frase es atribuible a Demócrito, el ilustre pensador de Tracia?

¿Es que acaso duda usted de mí, tío pelabarbas?

No, no, Dios me libre, doctor. Pero es que no me suena de Demócrito. Si acaso de Tácito

¡Ah, bueno!

DOÑA DIGNA Y EL POETA LEOPARDI

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Doña Digna reconvino gravemente a don Gerasimo por su lenguaje. Doña Digna, es una mujer muy limpia, muy decente y muy católica y no consiente, ni de cerca, el más mínimo desliz en el lenguaje correcto y educado de guardarropía.

Verá usted, doña Digna, servidor, llevado por su entusiasmo por la poesía, ha hablado, con su permiso, del gran poeta lírico romántico napolitano don Giacomo Leopardi. Uno, con su bendición y permiso, es un gran defensor de la narrativa desamparada, angustiosa y desesperada del poeta Leopardi y de cómo explica el dolor que acompaña al ser humano desde su nacimiento hasta la muerte y ese pesimismo del antedicho Leopardi, dicho sea con todo respeto a su persona, doña Digna, se recoge en una obra suya titulada Opúsculos morales. Un opúsculo, doña Digna se refiere a cualquier obra literaria de poca extensión y no, como usted, seguramente confundida por el vértigo de los tiempos, achaca a la sodomía y otras taras de la juventud alocada que nos ha tocado sufrir.

Es cierto, se atreve a añadir don Gervoldo. El poeta Leopardi no es un joven disoluto, como el señor Becquer o el señor que llaman Clarín, no; el señor Leopardi es un joven marqués, hijo del conde Monaldo y de la marquesa de Antici. Es un poeta que goza de gran prédica y fama en Italia y aún en el resto de Europa.

Europa, Europa… de ahí es de donde vendrá el maligno para acabar con la civilización. Esto del poeta Leopardi así será, si ustedes, que son dos personas ejemplares, me lo dicen, pero es que una, cuando va a misa se encuentra cualquier cosa por esas calles. Y es que está Madrid lleno de manolas y de chulos que no hacen sino ofender al Señor con esas palabrotas y esas zarzuelas que escribe el diablo.

Don Gerasimo, que está muy afectado porque doña Digna haya confundido su opúsculo con una grosera blasfemia, mira para el balcón que da a la calle. En la calle hace calor. Un calor que no entra en la casa porque la sala mantiene las luces apagadas hasta que se produce el ocaso. El visillo de gasa evita que entren en la sala rococó de doña Digna las moscas y los mosquitos. En el jardín de la casa, y rodeando al alcanforero unas briznas de hierba escapan de entre las losas de piedra. En el pozo suena, de vez en cuando, el chirrido de la polea que cuelga de los morcones del pozo. En el brocal un viejo cubo de cinc, abollado y agujerado en su base, sirve para regar las hortensias y la azalea que, doña Marciana, la amiga de doña Digna, llama rododendro porque le parece mucho más chic.

Don Gerasimo se ha descuidado y mira, fijamente, para doña Digna que, al saberse observada hace huir sus ojos de los de don Gerasino como un gazapo asustado. Doña Digna sigue siendo, pese a su provecta edad, una señora guapa y elegante; una mujer vestida de riguroso negro y con el pelo, ya níveo, recogido en un moño elegante a la vez que discreto. Don Gerasimo apura, sorbo a sorbo, la copita de cristal tallado, con apenas unas gotas de moscatel y deja, con sumo cuidado, la copa sobre la bandejita de alpaca con una gineta y una flor de lis talladas en su base.

Un silencio espeso cae sobre la sala. Doña Digna da instrucciones a Florita, la criada, para que encienda la luz eléctrica. La luz, apenas un destello de cuatro bombillas de escasas bujías cae lenta y pesadamente sobre doña Digna y sus visitas. Don Gerasimo carraspea mirando para don Gervoldo que coge, a la primera, la indicación de su amigo. Con toda finura del mundo besan la mano de doña Digna y se despiden, con una estudiada genuflexión de doña Marciana. La Florita, cuando se van las visitas retira la bandejita con las pastas, los bizcochos de soletilla y las copitas de moscatel. Doña Digna, al ver que la criada duda sosteniendo la bandeja, la riñe más por costumbre que por enfado.

Cuidado con esas copas, niña. Son del ajuar de mi abuela.

Sí, doña Digna. No se preocupe.

¡Ay, Marciana, mi querida amiga!, usted dirá lo que quiera pero no se qué nos va a traer de bueno el futuro y esta Europa de los masones. Ya lo decía mi Epaminondas, que para eso tenía nombre de general tebano, el futuro, Digna querida no existe. El futuro es pasado por venir. ¡Qué frase!, ¿verdad Marciana?

Ya lo creo, dijo doña Marciana con cierta sombra de peloteo. Su esposo, que Dios Nuestro Señor tenga en su gloria sí que era un hombre muy hombre, como los que a mí me gustan.

¡Marciana, por Dios…! ¿Qué frase es esa?

Huy, doña Digna. Perdóneme usted, es que una, que es algo burra, en tratándose de hombres muy hombres, como era el difunto Epaminondas se me nubla la razón y hasta pierdo los pulsos.

Vamos a rezar un rosario para el Señor no le tenga en cuenta sus pensamientos

¡Qué buena es usted, doña Digna!, y qué señora tan señora.

¡CÓMO PASA EL TIEMPO!

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Don Jovito Cifuentes Barba, ex cautivo y caballero mutilado, funcionario por la Gracia de Dios y bedel en el Servicio Nacional del Trigo tocaba, de oído, el fagot. El fagot, para aquellos que no lo sepan es un instrumento de la familia del oboe y tiene un sonido grave que le da una sonoridad muy particular. Bien lo sabían en la pensión de doña Auxibia la Piñorra, soriana de Vinuesa, que le tenía alojado de balde por la amistad que había trabado con su viudo en el frente.

Ya está otra vez don Jovito con el fagot

Pues que tomen bicarbonato, decía doña Auxibia. Luego se quejan de que en esta casa sólo se cena pescadilla congelada y bien que les duele el estómago de las empanzadas que se dan. A ver, don Jovito, que vuelvo a tener quejas de los demás pupilos que los está usted fagocitando.

Que uno no se come a nadie, doña Auxibia. Eso es envidia de estos ignorantes. No ve usted que no conocen más que la zambomba y la pandereta, y eso por Navidades.

Vale, vale… pero deje usted de soplar el tubo ese.

Los pupilos de la pensión de La Piñorra estaban convencidos de que, entre el fagotista y la patrona había algo más que afición musical. Algunas tardes, cuando volvían del trabajo, se encontraban a don Jovito haciéndole un solo de fagot en la mesa de camilla. Doña Auxibia asistía a la lección magistral, los pies sobre el brasero de picón, en silencio, mientras de forma maquinal escarbaba las piedras y los gorgojos de las lentejas. Don Jovito allí, con su batín corto de cuadros príncipe de Gales y sus pantuflas con reborde de macramé, su bufanda gris y su boina capada acometía, con un entusiasmo sin mácula, Los sitios de Zaragoza, o la ronda de los enamorados de la zarzuela La del soto del parral. Doña Auxibia, transida de emoción, se entregaba a los recuerdos juveniles del ágape tras su boda con el don Antofagasta, brigada de carabineros del cuartel de Covaleda, también provincia de Soria.

¡Qué apostura la de mi Antofagasta, don Jovito! Con aquellos bigotes de guía, como los del Kaiser. Y qué elegancia con su traje de fiesta de carabinero.

Sí, doña Auxibia… Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Don Jovito, por recomendación de un antiguo compañero también excombatiente, le encontró sitio en el café Los gozos y las sombras, nombre literario donde los haya, para animar las tardes soplando el fagot. Al principio –lo que son las cosas- le daba un poco, no sé, como reparo estar ahí, sobre un altillo, soplando el fagot mientras los hombres jugaban a las cartas y alguna señora, pocas, es cierto, mojaban el churro –con perdón de la expresión- en el café con leche. Pero con el tiempo se le pasaron estas vergüenzas y pudo salir del trance económico y aportar, mes a mes, lo justo para poder convidar a doña Auxibia a una ración de gallinejas y un porrón de clara de cerveza en las fiestas del santo, allá por el mes de mayo y entregar, un par de cientos de pesetas, en calidad de alquiler que doña Auxibia rechazó pero que él, como no podía ser menos, entregó para el engrandecimiento de la cuenta corriente de la soriana.

¿Quiere usted que subamos a las barcas o al güitoma, doña Auxibia?

Por Dios, don Jovito, cualquiera que le oyera qué podría decir de nosotros.

¡Anda!, ¿y qué mal hacemos a nadie?

La doña Auxibia, cuando se iban los demás pupilos freía al don Jovito unos torreznos sorianos que daban gusto de verlos con su cochura perfecta, su corteza churruscada y su veta de tocinillo bien frita.

Estos son mejores que los del otro día, ¿verdad don Jovito?

Ya lo creo, doña Auxibia. Y es que como los torreznos de El Burgo de Osma ninguno. Ya lo dice el Navegante.

Pero él los llama torrenillos, ¿verdad?

Sí, es que así es como les dicen en Soria

Yo…, se sinceró el don Jovito, querría decirle una cosa a usted, doña Auxibia. Verá usted, ya llevamos mucho tiempo viviendo en esta pensión y la gente empieza a murmurar. Algunos, usted lo sabe mejor que yo, hasta dicen que si yo estoy aquí, de chuleo. ¡Ya ve usted!

Quite, quite… No los haga ni caso.

El caso es que yo, doña Auxibia, había pensado, si usted me lo permite, había pensado, decía, que podríamos unir nuestras vidas y enterrar, de una vez por todas, a mi buen amigo y camarada Antofagasta y permitirme que sea yo quien, en adelante, mire por usted como su esposo.

A la doña Auxibia se le cayó hasta la mantilla del susto. ¡Pero qué insensatez está usted diciendo, tío carcamal. Fuera. Fuera de esta casa! Habrase visto mayor ingratitud y mayor desahogo.

Pero yo, Auxibia… Pero yo.

Oiga, y sin apear el tratamiento. Fuera de esta casa y a escardar cebollinos a la puñetera calle. ¡Camándulas!

El don Jovito, ahora, tras la declaración de su amor a la doña Auxibia, vive en un desmonte tras la calle de Alcalá, justo donde los marmolistas, de frente al cementerio, tienen su taller. Allí, y con la única compañía de su fagot mata el tiempo en soledad.

El amor, ese esquivo ángel que se nos escapa entre los dedos pasó dejando su fría sombra sobre el forrillo del corazón del músico y voló por entre las nubes plomizas de los campos próximos de Vicálvaro. Allá por el lugar donde en 1854, los leales a don Leopoldo, se pronunciaron contra la reina Isabelota dando paso al llamado Bienio Progresista.

¡Cómo pasa el tiempo!

DON PERFECTO Y EL CICLO DE LA VIDA

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¿Qué sabe usted, don Matías, del ciclo de la vida?

Pues no mucho, don Dimas. Yo sí que sé, por ejemplo, de Ciclos Carmona, que estaba en la calle de Bravo Murillo y se dedicaban a la reparación y alquiler de velocípedos, en general. También, aunque no lo crea, de Ciclos Ezquerra, que fue ciclista profesional, pero del ciclo de la vida, don Dimas, estoy más bien pelado.

¿Pero este Ezquerra, que era algo cojo, no era cajero en la fábrica de la luz?

No; ese era otro.

Don Perfecto Garagoitia Urquiri abandonó, una tarde, la verdura de Llodio para trasladarse a la agreste altura del Tibet enfundado en una sabanilla de color azafrán. También, y por el mismo precio, abandonó el catolicismo que le había acompañado desde su más tierna infancia y decidió hacerse monje tibetano. Por abandonar abandonó hasta la perfección de su nombre y pasó a llamarse Tse Tse Mut, que suena a mosca cojonera y significaba Bolsita de roiboos recién ordeñada para sacar todo su sabor. ¡Los hay como mantas!

Ya lo creo, ya.

¿Y cómo viajó hasta el Tibet?

Pues un pie, tras otro, desde Fuenlabrada, donde vivía en un piso tercero interior, con vistas a un tendedero que era de lo más siniestro. Para mí tengo que al Perfecto, o sea, a Bolsita, etc. lo que le ablandó el pensar fue esta vista. El caso es que se aprendió lo del ciclo de la vida y se pasó la mitad de ella, por esos caminos del señor –del señor Buda, claro- revelando a los infieles la verdad sobre la reencarnación y denunciando la violencia contra los hombres y las pequeñas cosas que los rodean.

La vida, y sus ciclos, es cuestión de mucha confusión y dificultad. Algunos, incluso, pierden su vida intentando aclararlo y, Bolsita, o sea don Perfecto, no fue ajeno a ello. Una tarde, estando rezando bajo un nogal sintió un fuerte dolor de cabeza. Ya se sabe que bajo el nogal no se puede rezar, así como no se puede echar la siesta bajo un desmayo, por el mismo motivo y no se puede holgar, con mujer ajena, bajo las provechosas ramas de un níspero. El caso es que el don Perfecto –ya menos Bolsita y más Perfecto- se enamoró de una señorita que trabajaba en el teatro de La Latina. La señorita era la Ulogia, en la cédula Eulogia, claro y que trabajaba no de cupletista o de cómica; no, sino en los urinarios o excusados, por decirlo más finamente.

¿Y si abandonó la religión a qué se dedicó, don Dimas, si puede saberse?

Pues montó un negocio de bujes de bicicletas y trabajó, en exclusiva para Ciclos Carmona con lo que, como le decía al principio, cerró su ciclo de vida. Vamos, eso era lo que él pensaba. Ocurre, que el hombre propone y Dios, Nuestro Señor, dispone y el don Perfecto, que ya había recuperado su nombre, sus trajes y hasta su pelo –que anteriormente se lo afeitó dejándose una medio coleta- y montó, en paralelo a lo de los bujes, un negocio en el Rastro de compra y venta de pan duro.

¿De compra venta de pan duro? ¿Y para qué sirve eso, si puede saberse?

Mire que es usted ignorante. Con sus años… El pan duro se compra por una cantidad infame pero, posteriormente y tras rayarlo, se vende en los bares y restoranes a precios escandalosos para hacer croquetas y hasta albóndigas.

No me diga.

Pues sí que le digo.

El don Perfecto, metido en esto del pan duro, ganó hasta para un haiga y para sacar del retrete, dicho sea con perdón, a su Ulogia. Había que verla a ella hecha un señorón, con su gabán de nutria de segunda mano y sus zapatos de charol. Y es lo que ella decía, un hombre, cuando menos beba y más le dé al magín más probabilidades tiene de salir adelante.

Eso sí que es verdad, don Dimas.

Y tanto.

Lo que ocurre es que no siempre, la vida, es justa con las personas y, con el don Perfecto y la Ulogia no iba a ser distinto. Con el tiempo el matrimonio matrimonió, que es lo que debe ocurrir cuando la salud y el calor de la siesta se unen en un ciclo de vida y de esos calores interinos y uterinos vino a nacer un varón, el Segis, apócope de Segismundo, que puso un negocio de estopa para grifos y se gastó lo de los bujes y lo del pan duro en bailes y boites. El Segis pensó que podría ser bailarín profesional porque una tarde, en la verbena de la Paloma, ganó un concurso de Bimbó y quedó segundo en el de yenka.

Es lo que tiene la fama, don Dimas, que eclipsa todos los ciclos de la vida convirtiendo estos en círculos viciosos.

¡Joder, qué frase! ¿Se le ocurrió a usted solo?

No señor; era de T.S. Elliot.

¡Ah, claro, se comprende! Pero ha hecho usted muy bien en traerla aquí.

Gracias.

No hay de qué.

Entonces, don Dimas, el Segis se gastó todo lo que el don Perfecto había conseguido a lo largo de una vida de éxito, en lo profesional ¿no?

Pues sí, así fue. Al final y esto, por favor, no lo cuente usted por ahí, se enredó, de mala manera, con una señora que estaba al punto, como las camionetas de mudanza, en la esquina de la calle de Valverde y se marchó a Suiza, donde, según me cuentan, acabó metido en un loquero porque iba por las calles bailando y asustando a las suizas que, para esto, son muy suyas y muy circunspectas.

¡Ya lo creo!

¿Y del don Perfecto y la Ulogia, qué sabe usted?

Pues que volvieron a Llodio donde, con un préstamo de la Kutxa, compraron un caserío y ahora, a la vejez, se pasan el día ordeñando vacas y haciendo quesos.

¿Eres feliz, le dice la Ulogia, habiendo cerrado tu ciclo vital?

Mucho, Ulogi. Ya ni me acuerdo del tendedero de Fuenlabrada.

La vida, don Matías, es un círculo que, unas veces se cierra completamente lleno y otras vacío. A estas últimas se le llama circunferencia y se diferencia del círculo en su nadería interior o vida vacía. Si el círculo no se cierra, que es lo que pasa la más de las veces, se llama línea recta o vida aburrida o curva o vida perdularia, según el recorrido. Pero esto, que no es lo mío, no sabría explicárselo. Mejor lo dejamos para otra tarde.

No sabe, don Dimas, cuanto le agradezco yo sus sabias explicaciones.

NON TE VAYAS RIANXEIRA, S.L.L.

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La Josefina del Hoyo Verdugo, natural de San Martiño de Fora de Sobrán, parroquia que se localiza en la banda derecha de Villagarcía de Arosa, provincia de Pontevedra, se casó en segundas nupcias con el don Bernabé Ausejón Gil, propietario de la  funeraria Non te vayas rianxeira, S.L.L. La Josefina del Hoyo no quería ser ni enterradora, ni fabricante de coronas de muerto, ni nada que tuviera que ver con la muerte ni aún con el traslado de occisos. La Josefina, en buena lid, no decía occisos, sino ocisos, que suena menos consuetudinario y tradicional y daba, -¡dónde va a parar!- menos yuyu. La Josefina, lo que quería montar en el local de Non te vayas rianxeira, S.L.L. era una peluquería de lujo. Para ello conquistó una noche a su esposo, el Bernabé, dándole a cenar seis pescadillas de enroscar, que era lo que más le gustaba, y un perolo entero de caldo gallego. El Bernabé que como buen gallego se dejaba conquistar por el bandujo y sus interiores (bofes, asaduras y partes menos blandas), accedió con una sola condición: el nombre de la peluquería lo pondría él que tenía muy buena mano para el marketing y su prima más joven, la publicidad. La Josefina accedió y la peluquería pasó a llamarse Fina2, coiffure pour dames, también S.L.L.

Una semana después de la inauguración el don Bernabé murió a resultas de un empanzamiento del chorizo al infierno del convite y dejó, por tanto, Non te vayas rianxeira, S.L.L. y Fina2, coiffure pour dames, también S.L.L. a su esposa ya que no había testado en contrario. La Josefina del Hoyo Verdugo, en justa correspondencia a su generoso legado, le dio un funeral propio de un infante del Reino. Un funeral a la Federica, como no se había visto en toda Galicia.

A la Federica, como es bien fácil de comprender salvo que usted, mi querido lector no lo sepa, es una expresión que significa llevar al difunto como en los tiempos de Federico el Grande de Prusia.

¡Ahí es nada!, le dijo al cadáver del Bernabé la Josefina. Quien te lo iba a decir a ti, que siempre fuiste tan parco en el dispendio.

El cuerpo del don Bernabé iba metido en una petaquita de aromática madera de sándalo y dentro de una lujosa carroza tirada por doce corceles negros que mandó traer de Jerez de la Frontera. El auriga y sus acompañantes (los empleados de las dos S.L.L.) iban vestidos de casaca de seda con terciopelos en las chatarreras y bordada en oro y azabache como si fuera un matador de toros. Un chaleco también bordado y, debajo, una camisa de algodón de Egipto, con sus chorreras almidonadas y, rematando todo ello, un tricornio negro con barbuquejo de seda en el mismo color.

Si en este país, decía la Josefina, se tuviera tanto interés en los funerales como en las bodas de los famosos el ¡Hola! de esta semana estaría, enterito, dedicado al Bernabé y no a la Duquesa de Feria que es un espantajo tísico. A lo que se ve la Josefina no era muy partidaria de la Duquesa, no.

La Josefina del Hoyo Verdugo, por ver de entretenerse y olvidar su dolor, se vino a Madrid donde, por esas cosas del destino, conoció al Sebastián Cuerpo Alegre, natural de Navalcarnero y de profesión pre pensionista quien, dedicaba todo su tiempo, a llevarse a las señoras viudas o solteras, en trance de jubilación, al cine Pleyel, o al cine La Flor o al cine Carretas –cualquiera de ellos le valía- para meterlas mano o, de no conseguirlo, al menos intentarlo.

Este Sebastián, decían los amigos, algún día se le muere alguna en la butaca del cine y menudo follón va a tener con los nietos. Porque lo que es hijos no le van a cargar sus novias, claro, con la edad que gastan… pero anda que algún día, ya lo verán…

La Josefina del Hoyo Verdugo no se dejó meter mano –estaría bueno siendo recién viuda- pero sí que se dejó camelar y se lo llevó a San Martiño de Fora de Sobrán donde lo cebó a base de vieiras, mejillones y almejas del Carril. El Sebastián, que no era muy de pescado, comenzó a sentir el síndrome de la foca que consiste, como es fácil de entender, en el hartazgo hasta el vómito por la ingesta de moluscos bivalvos.

Oiga, don Matías, y esto ¿cómo lo empujaba?

Con el buen vino del Ribeiro, naturalmente. El albariño y el godello no lo bebía pues le parecía un vino intruso; menos del país.

¡Joder, que fino nos salió el Sebastián!

Ya, ya…

La Josefina, que pensó en el Sebastián para sustituto de su Bernabé tuvo que desistir enseguida. Se conoce que al Sebastián, que ya tenía su pensión de jubilación, le daba como repugnancia esto de tener dos sueldos –¡animalito!- y contrató a un sustituto al que pagaba sesenta duros por óbito de mayor y cincuenta por angelito, que siempre pesan menos. El Sebastián, otra cosa no tendría, pero es muy desprendido para aquellos que le sirven con fidelidad y rapidez. ¡Qué tío el Sebastián!

El Sebastián, que ya sabía cómo de lujoso fue enterrado el Bernabé, espera el futuro con la seguridad de quien sabe que no ocupará plaza en la fosa común. El Sebastián sabe, porque la Josefina no daba pagas extraordinarias a sus empleados pero sí que los enterraba, a ellos y a sus familiares, a su costa y de lujo, que la Josefina, sino a la Federica, que lo va a enterrar, cuando le llame la parca, de una forma grande y suntuosa.

¡Viva el rumbo y el tronío de mi Josefina!, solía decir cuando esta le mostraba, en un folleto, los archiperres con los que pensaba celebrar la futura muerte de su enamorado.

¡Qué sería de mí si aquella tarde, en lugar de llevarte al Carretas te hubiera llevado a Conga a bailar el tirurí con la Orquesta Abalos!, se preguntaba. ¿Dónde estaría yo ahora?

La Josefina, entonces, se hinchaba como un pavo y llenaba de besos al Sebastián. En el fondo, pero muy en el fondo, sentía que el Bernabé daba saltos en su tumba pero, se decía, él lo entendería y estaría feliz de ver cómo funcionaba de bien tanto Non te vayas rianxeira, S.L.L. como Fina2, también S.L.L.

La Josefina del Hoyo Verdugo compró al Sebastián un traje color beige con una rayita fina en marrón y una camisa amarilla clarita y una corbata color café con leche y lo sacó a pasear por la bahía de Viilagarcía, que es puerto de mar. Las vecinas, al ver al Sebastián con aquel terno de lujo, sus zapatitos lustrosos en color whisky y un sombrerito loden con pluma en un lateral, se morían de envidia.

¡Qué se jodan!, Sebas, le decía la Josefina. O como se diga eso…

Así está bien dicho Fina.

Es que estás hecho un pincel, Sebas. Una vez, como mi difunto Berna, fui a los toros, en Colmenar Viejo, a ver a un novillero que se llamó, en los carteles, Salerito de Cantimpalos, y que iba, tal que tú, pero con menos apostura. Desde entonces siempre soñé con tener un novio como Salerito y pasearlo del brazo por la bahía de Villagarcía, que es puerto de mar.

Pues yo, le dijo el Sebastián, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé… ¡café!

Por la banda izquierda de la ría de Arosa una bandada de gaviotas chilladoras, caga en vuelo y, ¡vaya por Dios!, ensucia el traje del Sebastián. La gente, siempre la gente con sus insidias y sus envidias, se lo toma a choteo y cantan

Ten cuidado Sebastián

que las gaviotas te cagan.

Ten cuidado Sebastián

que te van a cagar…

Vámonos, Sebas. Vámonos de este pueblo y dejemos las dos S.L.L. en las manos de nuestros administradores. Lo nuestro no es pasear por este pueblo de desgraciados, sino tomar el tren en París y llegar hasta Constantinopla.

Pero Fina, si Constantinopla se llama ahora Estambul.

¿Ah, sí…? Pues entonces vayámonos a Turégano, que tiene castillo y un aire serrano que cuida el cutis y te pone la piel tersa y desarrugada. ¡Verás lo que duramos allí!

 

MARZO, MES DE NARCISOS

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Doña Perfección Arroyo del Río es la mujer más limpia, más cabal y más decente de la Unión Europea y de los países confluyentes y hasta de los que se separan votando el brexit. Doña Perfección Arroyo del Río es tan decente y tan limpia que la dicen Lejía Conejo. A doña Perfección, cuando joven, la seleccionó un jurado popular para el título de Miss Alto de Extremadura pero, como sus padres eran tan rígidos en lo relativo a la moral y las buenas costumbres no consintieron. ¡Faltaría más!  A la doña Perfección Arroyo del Río se lo dice siempre su esposo: mira Perfe (don Braulio Pardillo Angarillas, el esposo, la decía Perfe en la intimidad del tálamo) otras serán más lucidas y más aparentes, no te digo yo que no. Algunas, hasta tendrán las uñas de color rojo y la bata de andar por casa de faralaes, incluso tendrán el pelo mechado, como la aleta de ternera que hacía mi santa madre el día después de la Pascua de Resurrección, pero lo que viene siendo limpia y decente y sabia como tú… ninguna. Vamos, que el día que naciste, don Jesús Cristo, en el Cielo, rompió el molde y se acabaron las copias para siempre jamás.

El don Braulio, que era, allá en su pueblo, gañán de mancera se vino a Madrid pese a que manejaba la esteva como nadie y tenía, a lo que se ve, un piquito de oro. Un piquito de oro para encandilar a su Perfe como no se había visto hasta entonces. Don Braulio, los sábados a la tarde lleva a la doña Perfección a tomar chocolate con churros al pasadizo de San Ginés. La doña Perfección moja el churro –con perdón- de una forma muy estudiada y fina. No, ¡hala, hala!, como las locas; no. Lo moja de forma disimulada, como si no quisiera hacerlo y, luego, cuando ha terminado su media ración de churros, bebe el chocolate que le queda en la taza a sorbitos y levantando el dedo meñique con estudiada pose, como le enseñaron en su casa, que era una casa muy decente, muy limpia y muy cabal, como ella misma. Al don Braulio lo que de verdad le hubiera gustado es sacar a la doña Perfección a Villa Rosa, a escuchar flamenco pero, como había tanto enredo en el local no se atrevía.

La doña Perfección, como es normal y lógico, cuando el don Braulio Pardillo le decía esto se implaba como una pava real y, si no ponía la colita en forma de abanico multicolor, es porque era la pava más decente de todas las pavas del corral ajeno y hasta del Corral de la Morería.  Doña Perfección, cuando salía de paseo, enjaezábase ricamente como mula de canónigo con cinco parroquias: los oros en los dedos, los zarcillos brillantes en las orejas y, por todo el cuerpo, las cenefas y hasta, los domingos, gastaba un traje sastre de terlenka reluciente y planchadito con todo mimo y cuidado. La doña Perfección, en todo momento, y no solo cuando salía a la calle olía que daba gusto a pastilla de jabón Heno de Pravia y a colonia Joya de Myrurgia.

Servidora de ustedes, solía decir doña Perfección a las visitas, es tan decente, sabia y honrada que hasta cuando paso debajo de un andamio los albañiles, en lugar de echarme piropos se persignan.

Sí, sí; decían las visitas que no eran sino figurantes en paro que cobraban veinte duros por media hora de hacer el papel de visita. Las visitas, ya digo, se levantaban y, entre bandeja y bandeja de galletitas saladas, torraos y chochos -con perdón de la expresión- hacían la ola como en el fútbol. Menuda era doña Perfección Arroyo del Río en esto de ser limpia, cabal y decente.

Lo que no sabía doña Perfección Arroyo del Río, pese a ser una mujer tan  limpia, tan sabia y tan decente, es que los narcisos, con ser bellos y conspicuos también se ajan y encuentran, en una mala tarde, a su Némesis particular que lían a las señoras sabias, limpias y cultas y que, al asomarse a la infecta charca donde sapos, ranas, culebras y otros bichos aún más asquerosos todavía habitan, las hunden en su cieno como se hundió, aunque de manera voluntaria, aquella Alfonsina de la afamada zamba. La mismísima Alfonsina Storni que se fue vestida de mar a jugar con las caracolas y los hipocampos de la mar océana.

Pobre doña Perfección, ¿verdad usted que sí, don Dimas?

Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo. Con lo limpia que ella era, y lo decente y lo sabía que era y ahora cubierta de lodos como los pecios de los barcos del virrey de las Indias.

EL BEEFEATER SEVERINO

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Mr. Steward Wells, cabo primero de beefeaters en la Torre de Londres no se llamaba, en realidad, Mr. Steward Wells sino Severino Ocenillas Molinero y no era natural de Chelsea, de Witehall o de Picadilly, como pudiera parecer; no. El don Severino Ocenillas Molinero había nacido, antes de emigrar al frío y nublado Londón, en El Bonillo, partido judicial de Villarrobledo, en el Campo de Montiel, arzobispado de Toledo y provincia de Albacete, Spain.

El Mr. Steward Wells, mientras fue don Severino, comía cada día conejo al ajillo y liebre guisada con arroz y, por ello, se le había quedado el labio leporino, como al Tutankamón aunque sus padres, naturalmente, no habían tenido relaciones incestuosas como la tuvieron los papás de la momia.

Oiga usted, don Dimas, ¿y gachas y migas de pastor no comía?

Pues sí, pero menos.

Usted perdone. Continúe, por favor.

Gracias. Al don Severino, en el pueblo, y durante las ferias, no le daba baile ninguna moza, se conoce que por lo del labio. Las mozas, en la Siberia castellana, son muy suyas y le hacen ascos a cualquiera. El don Severino, entonces, se quitaba de en medio y, tras los carros que conformaban la plaza, bailaba El gato montés o Amparito Roca en plan secano. Una tarde, mientras estaba bailando Y si no se le quitan bailando los colores a la molinera, también solo, se le presentó, sin avisar, la Julianita, la hija de La espingarda, la del cestero. La Julianita también tenía lo suyo, no crean, pero el Mr. Steward, o sea, el don Severino, pensó aquello de metido en el laberinto… y puesto a compartir compartió, a partir de entonces, su vida con la Julianita ¡Qué bello y edificante es el amor!

El don Severino, por no dar que hablar, se sacó un kilométrico en la RENFE y se marchó en tren a París de la Francia donde, por no tener facilidad para el francés, se embarcó, con la Julianita, en el ferry que sale de St. Malo y llega, Dios mediante, a Porstmouth y se presentó, como quien no quiere la cosa, en la misma capital del reino. Allí, y hasta que encontrase algo, se inscribió como gurka. Los gurka, ya se sabe, son un ejército mercenario formado por nepalíes. El don Severino, ya con el nombre de Steward Wells, por aquello del labio, daba las pintas y, como apenas sabía inglés, pues pasó por oriental y tal.

No duró mucho en el cuartel. Al Steward no le gustaban los vegetales y, los nepalíes se pasan el día comiendo zanahorias especiadas y ruibarbo. A él, era lo que le faltaba, con el labio leporino y sin comer se le quedó el cuerpo como el de su suegra, la espingarda. Firmó la baja y, tras cobrar dos semanas, probó a meterse de beefeater. A la Julianita le gustaba mucho más este cuerpo, o sea, el del Steward, vestido de beefeater.

¿Qué parezco con este traje, Julianita?

Una etiqueta de ginebra, Severino.

¡Que te he dicho que no me llames Severino!, que ahora me llamo Steward.

Vale hijo, lo que tú digas.

¿Y no podrías haberte contratado en la guardia del Vaticano? Para mí que los guardias suizos, con esos bombachos y la lanza con la media luna, parecen mucho más hombres que vosotros con esa levita roja y el delantalillo ese.

Es que el italiano tampoco se me da, Julianita. Además, ya sabes que a mí lo que me gusta es el pastel de beef. El espagueti no que no lo sé comer.

Pues hijo, con ese labio ibas a ser el rey del espagueti. Prueba a ver. Yo creo que sorbes uno y te llevas todos de un solo sorbetón.

Al Steward Wells como no tenía mucho feeling ni comunicación con el personal ni con las visitas le pusieron de cabo joyero. Ya sabe usted, don Matías, que los beefeaters son los que cuidan las joyas de la reina, pues bien. Una tarde que vino a la torre el heredero, Charles, ya sabe usted, el de las orejas, pues no se le ocurrió otra cosa que entregarle unos pendientes para probárselos.

Mire su majestad qué zarzillos más apañaos, le dijo.

El Charles le miró casi con desprecio y, gracias a que no sabía inglés, el Steward no pudo enterarse de lo que salió de la boca del heredero. El caso es que, por su mala cabeza al Steward le desterraron a las Falkland, en la Argentina, donde llegó a jubilarse. Luego, se dejo barba y aprendió a tocar la guitarra.

¿Y la Julianita?

La Julianita bien, gracias. Se quedó en Londres y ahora está de encargada en el Zara. La tratan muy bien y, como habla correctamente el inglés se ha echado novio y todo. Parece que se va a casar y, como no le guarda rencor al Severino igual hasta la convida a la boda. El novio de la Julianita se llama Hortensio, pero en inglés no se dice así, en inglés se dice Hydrangeo y ella le llama Hydra.

¡Como hay confianza…!

Claro, claro.

El Severino, que es muy agradecido, le ha dicho que sí, que acudirá a la boda que se va a celebrar en el pueblo y que irá con el niño Marianito, un niño que encontró una tarde al salir de clases de guitarra y que le acompaña cantando.

Ahora el Steward Wells, o sea el Severino Ocenillas Molinero canta por los Chalchaleros y por Jorge Cafrune. Se hace llamar Ernesto Pampa y pone los ojos en blanco como Borges cuando vivía. El niño no es, claro, el Marito, ni él es el Jorge Cafrune, pero dan el pego. Ya verán, ya, cuando llegue al pueblo para la boda de la Julianita. Me voy a poner el traje de gala de beefeter y, para la actuación, el traje de pampero. Verás cómo se van a quedar en el pueblo…