DE CHINOS Y CÁNTABROS. EL MARMITAKO Y OTRAS DENOMINACIONES

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Gastronómicamente hablado, un cántabro es un chino. A un cántabro, sobre todo si es de la costa oriental: castreño, laredano o santoñés le da usted un plato guisado en cualquier comunidad, sobre todo si es, la vasca y les falta tiempo para adecuar la receta y la nomenclatura al curioso hablar de los naturales de la tierruca. Los cántabros son, por lo general, aficionados a copiar y apropiarse de todo lo que se come, se merienda o se cena. Son rémoras que le han salido a los euskaldunes en justa correspondencia por la invasión bilbaína de Castro Urdiales y Laredo y que, de no mediar la ley con todo su peso acabarán, como los chinos, invadiendo restaurantes y mesas familiares como si tal cosa.

Viene esto a cuento del artículo que hoy campea en Vozpópuli titulado El bonito del norte y los recuerdos de otros veranos. En este artículo, Caius Apicio, el autor de nombre enmascarado, rememora su infancia y la llegada del túnido a las veraniegas  mesas  norteñas.  El  bonito,  viene  a  decir  Apicio,  elige  el  verano –como antaño la realeza- para veranear y, después, se marcha de luna de miel al Caribe, como las parejas de recién casados del cinturón marrón -Móstoles, Fuenlabrada y Alcorcón- madrileño. Habla Apicio de platos a base de bonito y cita el rollo de Viveiro, el sorropotún cántabro y el marmitako (no dice de Mutriku, lugar de invención del guiso) nacido a bordo de botes pesqueros.

¿El sorropotún cántabro?, se preguntarán ustedes. ¿Qué coño es eso de sorropotún cántabro? Pues, sobre poco más o menos la anguila all i pebre de San Lorenzo del Escorial. Porque exactamente es eso lo que le pasa al denominado “sorropotún”. Verán. Zurruputun, o zurrukutun y su voz Surruputun -pues la “zeta” se pronuncia “ese”- es voz que significa, en euskara, zurrup (pronunciado surrup) que es la onomatopeya del sorbo y kutun (agradable o íntimo) para algunos autores o putun (de pot –o pote-, tazón donde se servía para otros). El surruputun o surrukutun no es sino una sopa de ajo enriquecida con bacalao, pimientos choriceros, tomate, huevos y en algunos casos también patata. ¿Qué gaitas significa la voz “sorropotún?, pues eso… all i pebre en el habla serrana de El Escorial.

Otro tanto ocurre con el marmitako. En Cantabria, al marmitako se le denomina “marmita”, el puchero en el que se guisa. En Euskadi se dice marmitako que significa “en marmita” y significa eso, precisamente, porque el marmitako no siempre se hacía con bonito o atún, sino con el pescado que se pescaba en la marea: chicharro, palometa, o lo que buenamente salía de cada echada. El marmitako, por lo tanto, es un guiso que se hace con cebolla, patata, un poco de pimiento verde y un espíritu de tomate frito, que es lo que los marineros llevaban a bordo y un pescado. No lleva carne de pimiento choricero, ni caldos de pescado, ni fondos de ningún tipo; no. La marmita cántabra es un plato de patatas con bonito, una suerte de patatas a la riojana pero sustituyendo el chorizo por bonito.

Si esto era poco, a la hora de copiar y alterar las denominaciones originales, otro tanto les pasa con la conserva de pescado. A la anchoa -el humilde boquerón- ellos le llaman bocarte (desconozco, aunque me imagino que será así, dada su habitual fanfarria, que será por aquello de arte en la boca) pero, nobleza obliga, para poderlo vender lo llaman anchoas en las cajas comercializadas. Las conservas de salazón, y eso lo sabe bien Maru Outeiriño, nieta de anchovero catalán afincado en Cariño, las trajeron a España los italianos, más concretamente los sicilianos, desde su tierra, donde la anchoa emigró en vista de la fuerte demanda a otras tierras y, el siciliano, siempre tan constante, la persiguió desde Cataluña hasta Galicia siguiendo el desplazamiento habitual del pescado. El primer conservero sicialiano que vino a España fue Orlando; sí, sí, el del tomate, y a partir de él toda su familia y sus vecinos.

Los cántabros son muy suyos, aunque no solo con el pescado. ¡Si hasta el cocido montañés lleva alubia blanca, en lugar de garbanzos, como es tradicional en cualquier cocido que se precie, ya sea madrileño, lebaniego o maragato! ¿Se imaginan ustedes algún comercio de estos que aparecen por su barrio que vendiera sobaos de Leganés? ¿Verdad que no? Pues eso. Coman ustedes aquello que les pete, ya sea pescado, ensaladas o carnes pero, eso sí, pídanlas por sus nombres pero no por aquellos nombres que los cántabros se inventan.

ODIO EL VERANO…

Odio el verano con todo mi ser. Es llegar la calorina y ¡zas!, nubes de bichos, plagas de insectos de todo tipo trepan por tus piernas, te pican al vuelo o están esperando junto a una rama, bajo el mantel de la mesita del velador o sobre la hamaca de la piscina. Moscas tercas, mosquitos rejoneadores, arañas titiriteras, hormigas hambrientas, pulgas saltarinas…
La mosca es pesada, contumaz, obstinada. La mosca es la visita que, cuando niño, siempre nos decía al oído ¿qué, ya con novia?, a sabiendas de lo que nos turbaba la pregunta. La mosca es esa vecina que siempre está atenta, tras el visillo de la ventana. La mosca es esa tía que se comía siempre el bizcocho bañado en chocolate de la caja de galletas variadas, la que se comía los nevaditos y dejaba, tan solo, las insulsas galletas María.
El mosquito no; el mosquito es un legionario; un boina verde del verano. El mosquito ataca en picado, sin ningún tipo de miramiento. El mosquito es el funcionario cabrón; el guardia emboscado tras un seto para multarte, el inspector de Hacienda con su calculadora de palanca, la voz de la empleada de MoviStar que te repite, de forma machacona que todos sus agentes están ocupados y que sigas a la espera. El mosquito es un cabrón redomado.

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¿Y la homiga? Ese bicho asqueroso, sobrevalorado, con alma de perroflauta de Podemos que se pasa -dice- el día trabajando. Que te mira a ti, desde su mísero tamaño y se pone a tirar de la alpargata como si fuera a llevarte al hormiguero para bacilar con la hormiga reina y ponerla cachonda a cuenta tuya.
Y tú, que nunca aprenderás de los moros, esos tipos que, a cincuenta grados a la sombra se cubren de telas como si fueran una tienda de campaña en lugar de quedarse en canicas, te pones un pantalón corto y te cubres las carnes morenas con un polo sin mangas. Ahí es donde la has cagado… Ahí es donde el mosquito, la mosca, esa pequeña araña que desciende desde la desmayada rama del sauce te arrea el primer mordisco del verano. Es en ese momento donde, además de la mosca coñazo, el mosquito banderillo y la araña danzante aparece, por si era poco, la pulga de cardo. Las pulgas, en los pueblos donde hay ganado, son instrumentos de terror al servicio de la maldad. No hay nada tan irritante como el paseo por uno de tus jarretes de una pulga. Los picotazos siguen la ruta de la vena safena o como carajo se llame la vena que va desde el tobillo hasta la ingle. En quince centímetros una buena pulga; una de esas pulgas bilbaínas que toman txikitos y comen pintxos en el batzoki de las pulgas te puede hacer un desaguisado que para qué.
El primer picotazo del verano te produce un grano del tamaño de una aceituna. Para entonces ya es tarde. Ya no hay lugar a echarse el spray ese que hemos comprado en Mercadona, ya no vale encender el braserillo con la cintronella. No; ya no hay vuelta atrás. En ese momento, nadie sabe por qué, se ha abierto la veda, se ha inaugurado la barra libre del picoteo goloso del muslamen del veraneante, del costillar del turista, de los brazos sonrosados del guiri desavisado. Para entonces, decía, ya no hay tu tía. Españoles, dice la pulga, queda inaugurado este pantano.
Donde esté ese otoño morriñento, esa lluvia calma, esa niebla baja que te reconforta el alma que se quiten los veranos soleados, los estíos ferragostanos y las calimas titilantes que curvan hasta los raíles del tren. El verano es para los belgas, que miran al sol como si fuese el bicho de Alien; para los ingleses que meriendan sándwiches de alfalfa con tomate podrido; para los rusos que piensan que el sol es una moneda de oro. ¿Cuándo han visto ustedes un chino tomando el sol? Los chinos son como españoles pero a los que les altera el sol, por eso entornan los ojos. ¿O que creen ustedes, que tenía los ojos así por comer arroz? No, hombre, no. Es para que no les deslumbre el sol. Los chinos… esos sí que son tíos listos.

EL PAISAJE ESTÁ EN EL OJO DEL QUE MIRA

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A usted, Soria, que tanto le gustan los paisajes, ¿por qué siempre sale solo cuando va a pasear o a escribir, sobre esos paisajes?.
Pues verá usted, don Matías, el paisaje es aquel el espacio que la Naturaleza devuelve en toda su plenitud a la mirada humana. Y si voy siempre solo es porque un paisaje es un lienzo en el que el hombre no está presente. La presencia del hombre convierte un paisaje en un retrato, desvirtuándolo por tanto.
¿Cómo que no existe el paisaje, Soria? O sea, que si yo voy con usted esas montañas del final, que parecen tan lejanas, no existen.
No, don Matías. El paisaje está en los ojos del que mira.
¡Anda! Pues ya puedes usted explicarnos.
Verán; el protagonismo con que el hombre ocupa el espacio supera todo lo que le rodea convirtiendo siglos de transformación por el agua, el viento y los años, en un trampantojo irreal. Donde está el hombre presente los confines se confunden; el horizonte se acorta; el espacio se oscurece. Así, don Matías, aunque usted no lo crea, el paisaje es una conquista del hombre, una conquista fatal ya que, el hombre, todo aquello que conquista lo transforma en algo peor que el original. Para descubrir un paisaje, para mantenerlo en su ser, necesitamos retirar de él la figura humana.
O sea, que según usted lo que pintaba Monet, o don Vicente van Gogh no eran paisajes ¿no?
Pues algo así, don Dimas. Don Matías yo creo que me entiende mejor, pero no obstante yo se lo explico a ustedes. Verán; es el hombre, quien convierte a través de su arte (literatura, pintura, música, escultura…) una porción de tierra, el recodo de un río, una encina que recibe la plateada luz de la luna, en una obra de arte, transformando su aspecto “en bruto” en una rima perfecta, en un trazo sublime, en una novela irremplazable. En la Introducción a los Milagros de Nuestra Señora, Gonzalo de Berceo escribía:

La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árboles de temprados sabores
refrescaron me todo, e perdí los sudores;
podrie vevir el omne con aquellos olores.

En el robledal de Corpes, sobre la vega del Duero en Langa de Duero, al bajar de Castillejo, donde tanto les gusta a ustedes ese vinillo clarete, el autor del Cantar del Cid, nos explica cómo los Infantes de Lara pergeñaron su infamia en un espacio natural donde

los montes son altos, las ramas pujan con las nuoves
e las bestias fieras que andan aderredor

También nos dice que

Fallaron un vergel con una limpia fuont

Fray Luis en el capítulo «Pastor» de Los nombres de Cristo, nos narra, acerca de la «vida pastoril»:

Tiene sus deleites, y tanto mayores cuanto nacen de cosas más sencillas y más puras y más naturales: de la vista del cielo libre, de la pureza del aire, de la figura del campo, del verdor de las yerbas y de la belleza de las rosas y de las flores. Las aves con su canto y las aguas con su frescura le deleitan y sirven.

Y don Antonio, el maestro e Soria, cuando escribe a Juan de Mairena, le aclara que para él, lo campesino es aleatorio en un paisaje. Para él el paisaje es un espacio de soledad:

Nuestro amor al campo es una mera afición al paisaje, a la Naturaleza como espectáculo. Nada menos campesino y, si me apuráis, menos natural que un paisajista… El campo, para el arte moderno, es una invención de la ciudad, una creación del tedio urbano y del terror creciente a las aglomeraciones humanas. ¿Amor a la Naturaleza? Según se mire. El hombre moderno busca en el campo la soledad, cosa muy poco natural. Alguien dirá que se busca a sí mismo. Pero lo natural en el hombre es buscarse en su vecino, en su prójimo, como dice Unamuno…

Y es así, mis queridos amigos que el paisaje es una foto fija en la que el hombre, tan solo consigo mismo se enfrenta, en un solo segundo, con toda la Historia, con la Naturaleza en su máximo esplendor, con años y años de lenta transformación sin nada que le distraiga, sin nadie que le aturulle. El hombre, en su soledad, encuentra en un paisaje la mano de Dios. El paisaje, en verdad le digo a ustedes, don Matías y don Dimas que no existe. El paisaje está en el ojo del que mira.
Muy cierto, Soria. Muy cierto…

LA CALLE DE SANTA ISABEL EN MADRID

Un madrileño que se jubilase debería, por Real Decreto Municipal y si quiere cobrar la jubilación, pasarse los dos primeros años de su vida visitando la ciudad en la que ha pasado su vida. Debería ser obligatorio. Han sido tantos años viviendo la ciudad e ignorando sus calles, sus edificios, sus anécdotas, que corremos el riesgo de pasar a mejor vida (¿la hay mejor que la de jubilado?) sin conocer la ciudad en que nacimos y en la que pasamos toda nuestra vida. Ya sé, ya… que todos ustedes que me leen conocen Madrid pero, ¿es cierto?
La calle de Santa Isabel, por ejemplo. Esta calle abigarra, dentro de su trazo, conserva un mundo único dentro de una sola calle. Mercado, cine, palacios, cultura, monasterio… Historia, en suma. ¿Conocemos la calle de Santa Isabel y su entorno? Veamos.
La calle de Santa Isabel debe su nombre al Real Monasterio de Santa Isabel que se encuentra en la misma. El monasterio dio nombre a la antigua Fábrica de Tapices de Santa Isabel (pintada por Velázquez en su cuadro Las hilanderas), localizada en sus proximidades. La calle, que ofrece una caída en cuesta, va desde su zona más elevada en la Plaza de Antón Martín hasta la inferior en la Plaza del Emperador Carlos V, y discurre de forma paralela a la calle de Atocha. Más castiza, imposible.

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El Monasterio de Santa Isabel se fundó en 1593 por encargo personal de Felipe II en memoria de su hija, la infanta Isabel Clara Eugenia. La obra se adjudicó al alarife* Juan Pérez de Mora. En tiempos de Felipe V fue destinado a la educación de niños y niñas desvalidos. Este monasterio aloja la Fábrica de Tapices de Santa Isabel y se convirtió en monumento histórico a finales del siglo XX.

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Carlos III, a través de su arquitecto, Francisco Sabatini y entre 1769 y 1788, encargó la construcción del Hospital General mejorando los hospicios que había en la zona. La obra quedó incompleta. Ya se ve que, por aquellos entonces, como pasa ahora, el rey proponía y su ministro de Hacienda, disponía. En sus comienzos, el Hospital General albergó en su edificio al Real Colegio de Cirugía de San Carlos que se ubicó en los sótanos del Hospital General, en donde se habilitaron dos enfermerías para impartir la docencia.

South-east facade of Queen Sofia Museum (MNCARS) in Madrid (Spain).

En el número 22 de la calle vivía Teresa Mancha, amante de José Espronceda quien, el 18 de septiembre de 1839 murió en su casa ahogada por un vómito de sangre. No somos nadie, don José. Paciencia y a barajar…

La reina María Victoria, esposa de don Amadeo I, el de los duros de plata, fundó en la calle el Instituto Oftálmico. Se encontraba ubicado en esta calle el cuartel de Santa Isabel destinado al alojamiento de tropas de Infantería. Este cuartel fue lugar de diversas revueltas liberales, ¡Jesús, Jesús, donde iremos a parar…! durante el siglo XIX.
La calle de Santa Isabel en pleno siglo XX acababa en los muros del Hospital Provincial (antes denominado Hospital General) sin acceso directo a la glorieta de Atocha.

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En 1912 se inauguró el cine Doré, que debía su nombre, según algunos, a un afrancesamiento habitual –ya había otro con denominación similar en Barcelona- y según otros al grabador don Gustavo. Finalmente, y aún existen fotos que lo atestiguan, su nombre, en realidad, era DO-RE, en alusión a las dos notas musicales. Posteriormente se convirtió este cine en la sede oficial de la Filmoteca Española. También desde la calla Santa Isabel se tiene acceso al Mercado de Antón Martín, construido en 1934 con el objeto de regular y reunir los cajones de venta que se encontraban a lo largo de la calle a comienzos del siglo XX. Es habitual, especialmente a primera hora de la mañana, ver el desencajonamiento de la mercancía que se trae desde Mercamadrid, conformándose un atasco de tráfico fenomenal. Pasear a primera hora es oler las lonjas norteñas, visionar la mejor huerta de España y ver la descarga de vacas y terneras en canal por forzudos mozos de carga.

Antiguo mercado de Santa Isabel (1929)

Antiguo mercado de Santa Isabel (1929)

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En la actualidad, y ya en la parte inferior de la calle, se encuentra la sede del Colegio Oficial de Médicos de Madrid, así como un acceso lateral al Real Conservatorio Superior de Música de Madrid en parte de las antiguas dependencias del Real Colegio de Cirugía de San Carlos. La calle de Santa Isabel, casi en su confluencia con la glorieta del Emperador Carlos V constituye el punto de acceso al Museo Reina Sofía.  Aún se mantiene en pie la fuente de Santa Isabel, obra del cantero Martín de Gortairy construida entre 1621 y 1622.

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En las proximidades a la calle de Santa Isabel se encuentra el laberinto de calles del Barrio de las Letras, con sus poetas y literatos clásicos, con sus tascas, con sus restaurantes, con sus gintoniquerías y sus caipirinherías. ¿Hay alguien que de más en tan solo unos metros de calle?
Recomendamos, para comer bien, variado y muy, pero que muy barato, la casa de comidas La Sanabresa, calle del Amor de Dios, 12. Teléfono 91-4.29.03.38

*ALARIFE: (Del árabe hispano al‘aríf, y este del árabe clásico ‘arīf ‘experto’). Arquitecto o maestro de obras.

EL DERECHO A LA DIGNIDAD

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En nuestra Sociedad pensamos (craso error) que vivimos en el primer mundo; un mundo donde no existe la injusticia, donde las oportunidades están repartidas entre todos los ciudadanos, donde se da por hecho que existen las necesidades básicas para el desarrollo del ser humano y dedicamos nuestro esfuerzo a la lucha por “una muerte digna”, curioso eufemismo para designar lo menos digno de la vida: la pérdida de esta. Pero ¿por qué hacemos hincapié en la muerte digna y no reclamamos con la misma fuerza de la razón una vida digna? Yo se lo digo a ustedes… Porque nosotros ya tenemos una vida digna. Pero… ¿Y el que no la tiene?
La Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su artículo primero dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…” Y es cierto. Entonces, ¿cuándo renuncian los ciudadanos a ese derecho irrenunciable? El refranero español, además de rico es muy claro en este sentido: Donde no hay harina, todo es mohína. Cuando no existe la base mínima de alimentación, del trabajo, de todo aquello que hace al hombre digno todo lo que le rodea se vuelve pobreza, y falta de recursos y desgracia, en suma. Y lo primero que se pierde es la capacidad de lucha, y la confianza en la Humanidad y con esa pérdida perdemos todos.
La Unión Europea ha decidido que los españoles, en tanto que miembros de la Unión Europea, tenemos que admitir una cuota –una nueva cuota- de migrantes hacia nuestro continente. Una emigración que, salvo la que proviene del centro y del sur del continente americano, no debería afectarnos. Los emigrantes, en tanto que pobres y desorientados, sólo tienen un recurso afectivo que es el mayor nexo de unión entre personas: el idioma. Los emigrantes africanos, casi todos francófonos, quieren emigran a Francia, Bélgica, Mónaco… y preferirían este destino aunque –a la fuerza ahorcan- no desdeñarían cualquier otro donde exista la posibilidad de ejercer un trabajo en libertad, que suele ser su meta y su sueño.
Esta nueva cuota nos va a obligar a hacer un esfuerzo mayor, no solo para admitir esta emigración, sino para ofrecer a los migrantes un mínimo de calidad de vida. Cuando ingresamos en la Unión Europea admitimos unos derechos, disfrutamos de unas ayudas económicas para países emergentes y, con nuestro esfuerzo –todo hay que decirlo- conseguimos ponernos, rápidamente, al nivel que merecíamos. Ahora nos toca hacer el esfuerzo a nosotros y no vale pensar que derechos, sí; pero obligaciones, no. Nuevamente el refranero es terco y sabio: hay que estar a las duras y a las maduras.
El emigrante no es un turista. La emigración siempre es una derrota: una derrota propia y una derrota colectiva de la Sociedad. Si, además, esa Sociedad tiene problemas endémicos de hambrunas, de falta de agua, de guerras intestinas y/o religiosas, de pandemias, la derrota es de todos; la derrota es de toda la Humanidad.
¿Qué estamos nosotros dispuestos a hacer por los demás? ¿Vamos a cerrar, nuevamente, los ojos? España ha sido, no hay más que recordar a esos gallegos, a esos vascos, a esos asturianos y cántabros de caserones indianos, a esos españoles de cualquier otra región, un país de emigrantes. Todos recordamos esos viejos reportajes del NO-DO con el españolito de turno transportando una pequeña maleta de cartón atada con una cuerda, la bota al hombro y el bocadillo envuelto en el Marca, tomando el tren sin saber si había vuelta atrás y dónde se iba a meter. ¿Ya no nos acordamos? Algunos dicen, y es verdad, que esos emigrantes españoles iban con todos los papeles en regla. Bien; es cierto. Entonces, ¿es tan solo un problema de papeles?
En España, según el Instituto Nacional de Estadística, un 22,5% -2 de cada 10 españoles- se encuentra en riesgo de pobreza, en peligro grave de miseria. ¿Saben ustedes, según esta encuesta, ¿qué se considera materia de carencia severa? Pues puede decirse que la sufre una familia española que cumpla cuatro de estas nueve condiciones:

1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año, algo que le ocurre al 45% de la población, con los datos de 2013.
2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días (3,3% de los españoles).
3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada. (11% de hogares).
4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (42%).
5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses. (10%)
6) No puede permitirse disponer de un automóvil (6,5%).
7) No puede permitirse disponer de teléfono (6,9%).
8) No puede permitirse disponer de un televisor.
9) No puede permitirse disponer de una lavadora.

Imagínense, cuántas de estas nueve condiciones, les faltan a los inmigrantes que la Unión Europea va a entregar a España como cuota.
Debemos estar preparados para ver situaciones como la que me ocurrió, no hace mucho, en la ONG donde trabajaba hasta mi jubilación: Un ciudadano de etnia gitana reclamaba prioridad sobre el resto de personas que esperaban una ayuda. A fin de cuentas él era español, decía. Cuando se le hizo ver que esto no era imprescindible para las ayudas, ni que le daba mayor derecho que a otros, se enfadó. Un emigrante africano se acercó a él y le dijo: mire usted, yo en mi tribu soy un príncipe. Ahora vivo de comer lo que los demás echan al contenedor. Pero la dignidad de la persona está por encima de todo.
Ayúdennos, por favor… Sean ustedes dignos del ser humano.

LA TRISTE Y RADIOFÓNICA HISTORIA DE MARIPAZ (TODO JUNTO) CONEJERO DEL HOYO. MISS VENDIMAS 1962

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Aquel año de 1962 en que Samoa, con dos cojones, se independizó de los Estados Unidos y en el que Juan XXIII excomulgó a Fidel Castro, la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, consiguió el título de Miss Vendimia 1962 en la Feria de la Vendimia de Santa Cruz de Mudela, Ciudad Real. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo lloró un poquito, no mucho, cuando recibió la banda y la corona y dedicó, como no podía ser de otra manera, el título a su papá, funcionario del catastro y a su mamá, sus labores, que la estarían escuchando.
La radio, con su tapete de ganchillo encima de una repisa esquinera, presidía todas las casas y, entre novela y novela nos traía, junto a la sopa minestrone y el chicharro frito, concursos diversos financiados, casi siempre, por empresas alimentarias: Avecrem llama a su puerta, La Fiesta de La Casera, Varietés Sigma, La hora de Cynar… con los que espantábamos el hambre y el frío en blanco y negro que teníamos pegado a nuestros huesos. Entonces sí que hacía frío, solemos decir; y qué verdad que era…
El concurso Un jamón en el tapón lo organiza Radio Intercontinental a finales de los años sesenta, lo patrocina la marca de vinos CASA (Cosecheros Abastecedores, S.A.) de Valdepeñas y lo presenta Enrique Cavestany. Al programa acuden personas que han encontrado en el interior del tapón de una botella de vino de la marca su premio de un jamón -producto mítico en la España del momento y utópico para la gran mayoría de familias-, que recogen entre aplausos y sonrisas en la emisora. Este vino, y sus tapones premiados, se envasan en el barrio de Estrecho, en Madrid. Yo mismo encontré en la calle varios tapones premiados, pero nunca me dieron el jamón. Se conoce que no se fiaban… ¡hacían bien!
Conozca usted a sus vecinos, de la Cadena SER, a principio de los años cincuenta, cuenta con versiones en distintas ciudades españolas, aunque las que alcanzarán más duración y popularidad serán las de Madrid y Sevilla. En diversas emisoras se mantuvo durante más de una década y permitió “descubrir” a un numeroso grupo de futuros artistas, Rocío Durcal, Ana Belén… e incluso el luego humorista Fernando Esteso, que entrega las 500 pesetas de su premio a los damnificados por las inundaciones de Valencia en el otoño de 1957, entre grandes aplausos y parabienes. Lo presentaba José Fernández Manzano, quien, mediados los años sesenta, intentó una segunda etapa, sin el mismo éxito, con el nombre de Los nuevos vecinos.
Contemporáneo sería Ruede la bola que, también, consiguió un programa de gran popularidad y que sirvió de plataforma a artistas tan heterogéneos como Raphael o El Fary. La música, ese elemento básico en la radio, es en todo caso, el eje de otros muchos concursos radiofónicos. Varios de ellos alcanzarían notable popularidad en los años cincuenta, como La melodía misteriosa y su contrapunto, Jaque a la orquesta. El primero lo pone en marcha Bobby Deglané y, posteriormente, el programa magacín Cabalgata fin de semana
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo acude a Cabalgata fin de semana donde Boby Deglané la entrevista después de obsequiarla, por deferencia de camisetas de lana La Camerana, con tres mil pesetas del ala.
¿Señora o señorita?
Señorita
¿Será porque usted lo quiere?
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, al terminar el programa, se largó con un locutor meritorio, el Ginesín Tobajas, a tomar un gin fizz a Pasapoga, local en el que, miren ustedes por donde, se juntaba la crema y la nata de la radiodifusión española. De Pasapoga tomaron un taxi que les condujo hasta Casa Camorra, en la Cuesta de las Perdices, donde escucharon flamenco y acabaron con las reservas de fino y manzanilla del resto del año.
Al día siguiente la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo despertó en una pensión de la calle de la Montera a la que no recordaba cómo llegó. El Ginesín Tobajas, pájaro de mal agüero, había volado del nido y no se le volvió a ver por él. Del bolso de la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo habían desaparecido las tres mil pesetas y la habitación de la pensión estaba pendiente de pagar. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo comenzó a llorar e hipar y no dejó de hacerlo hasta que la señora Aurelia, la patrona de la pensión La Higiénica, le ofreció un trabajo de chica de coro en el Molino Rojo, en la calle de Tribulete. Allí podría ganar un dinerito rápido y de forma limpia con que poder pagar su pensión, la alimentación y el billete de vuelta a Santa Cruz de Mudela.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, entre actuación y actuación, escucha la radio atentamente por si aparecía el Ginesín.
Presurosas y dañinas abandonan su covacha y a despensas y cocinas, cautas y ladinas, van las cucarachas. Pero doña Inés, con el Cucar-ex, espolvoreó por los rincones, es mujer feliz, pues las logra ver muertas tripa arriba y a sus pies.
Yo tengo en mi casa una mujercita buena y elegante que es muy bonita; muy buena y muy guapa es mi dulce esposa, guisa, borda y cose y es muy hacendosa. Mañana es su santo y alguna sorpresa que la guste mucho yo le quiero dar. Pues la cosa es clara yo sé lo que has de regalar: una cosa de gran valor en un mueble muy seductor, es la máquina Alfa para coser, para bordar, no tiene rival y es nacional. Alfa sin igual.
María del alma mía la ropa no está lavada, María del alma mía que no te veo hacer nada. María está tan tranquila y se sonríe un poquito pues la ropa está lavada gracias a Escamas Saquito.
Okal, Okal, Okal es el lenitivo del dolor. Okal, Okal, Okal es un producto superior.
Entre espacio y espacio de publicidad Ama Rosa llora desconsolada. Millones de oyentes que esperaban religiosamente el capítulo de cada día, con ansiedad, despoblando las calles de ciudades y pueblos, dejando desiertos comercios y lugares públicos, sumiendo en el silencio más absoluto talleres, fábricas y otros centros de trabajo donde se seguía con extrema atención la trama y los diálogos de sus radionovelas, al decir de Juan Ginzo, escuchan ávidas la novela. El Diario Hablado de Radio Nacional de España, heredero de aquel Parte, llega puntual a todos los hogares. No hay que olvidar que es obligatorio conectar con “La emisora” puntualmente.
En los meses siguientes a su ingreso en Molino Rojo la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo ha engordado de forma preocupante. No es por las tres comidas que la señora Aurelia, de la pensión La Higiénica le obliga a comer, claro.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo cuenta su historia, su triste y breve historia de amor con el Ginesín, mientras toma una copa en la mesa de don Guillermo Sautier Casaseca, que ha acudido, con unos amigos, a ver a una chica que debutó la semana pasada: Addy Ventura, de cuya belleza se cuenta y no se para. Don Guillermo escucha atento. Al terminar el relato le ofrece cinco mil pesetas por su historia con la que pagarse el billete de autobús hasta su pueblo y empezar de nuevo.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo vive encerrada en la casa de sus papás. No sale apenas a pasear y, cuando lo hace, es con su mamá y con su papá, quien ya no trabaja en el catastro. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, antigua Miss Vendimia 1962 enciende, como todas las noches, la radio para escuchar la novela El derecho de los hijos, en el que una joven de gran belleza es seducida por un locutor y abandonada a su suerte en un lupanar de la capital…

Yo soy aquel negrito
del África tropical
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao
y como verán ustedes
les voy a relatar
las múltiples cualidades
de este producto sin par.

Maripaz, hija, si ya ha terminado la novela apaga la radio, que padre tiene que dormir.
Sí, mamá. Lo que tú digas…

LA FAMILIA CABARRÚS. ILUSTRE E ILUSTRADA

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Don Francisco Cabarrús Lalanne, hijo que fue de don Domingo Cabarrús Forcade, comerciante, y de doña Marianne Lalanne, ama de casa, natural de la Bayona francesa y naturalizado español, es el ejemplo palmario de lo que debía haber sido y no fue en esta España que ahora nos contempla, de haber ganado la francesada.
Al cumplir los 18 años don Francisco es enviado a España por su padre para que completase su educación como comerciante. Cabarrús visita el País Vasco, Zaragoza y Valencia, donde se alojó en casa de un paisano, también comerciante como él. Al parecer, Cabarrús se dedicaba a algo más que el comercio y se ligó a la hija del casero, Antonia Galavert Casanova, con la que se casó cuando esta contaba la curiosa edad de catorce primaveras. En su ímpetu, al joven y fogoso Cabarrús, se le olvidó pedir el correspondiente permiso para este acto civil lo que le impidió desarrollar, en un futuro, su carrera en Francia. Atrapado pues decide lanzarse al negocio en España instalándose en el pueblo de Carabanchel Alto, de Madrid, barrio en el que vive, también, José María Aldea, el Capitán Navegante, y en que funda una fábrica de jabones.
En aquel Madrid de chulos, manolas y chisperos no debía haber exceso de materia gris por lo que, el joven jabonero fue, rápidamente captado por Melchor Gaspar de Jovellanos y los condes de Campomanes, Floridablanca y Aranda; la crema y la nata de la Ilustración.
En 1779, antes de cumplir los treinta años de edad, idea la emisión de vales reales para hacer frente a los innumerables gastos de la guerra con el Reino Unido por el asunto de la independencia de los Estados Unidos, asociándose con el banquero vascofrancés, Jean Drouilhet, Musquiz y otros financieros europeos y, en 1782 da forma al proyecto de creación del Banco de San Carlos, primer banco nacional español que emitió el papel moneda impreso en el reino, -los llamados vales reales-. Carlos IV, en agradecimiento, le otorga el título de conde de Cabarrús.
También fue el creador de la Real Compañía de Filipinas que tuvo el monopolio de la industria del comercio entre España y Asia y del denominado Canal de Cabarrús, hoy Canal de Isabel II, una antigua vía de agua, que corría por el noreste de la Comunidad de Madrid, en los términos municipales de Torrelaguna, Torremocha de Jarama y Patones. Se construyó entre 1775 y 1799, llegando a tener 12 kilómetros y unía las cuencas de los ríos Lozoya y Jarama para dedicarlas a usos agrícolas. Durante un período de 25 años desembolsó casi ocho millones de reales, una cifra muy alta para la época, y vio como el canal iba tomando forma y a su alrededor crecían las huertas y los campos de labor. Los ingenieros responsables de la construcción del canal fueron los hermanos Carlos y Manuel Lemaur. Se construyó como infraestructura auxiliar al canal un total de 12 puentes de piedra, cinco acueductos, una acequia y diez casas de guarda para los vigilantes del canal. Por último, se erigió una casa de oficios en Torremocha del Jarama. Se interesó también por la apertura de canales de navegación que nunca se completaron. Uno de ellos, el Canal del Guadarrama, con la pretensión de abrir una vía navegable desde Madrid al Atlántico, a través de una vía de conexión con el Guadalquivir. También pretendió, sin éxito, hacer navegable el Llobregat y dar impulso a Barcelona siguiendo los buenos resultados del canal del Midi y del del Languedoc.
Todo era miel sobre hijuelas, hasta que -¡ay!, España siempre cainita y cañí-, su carrera se vio alterada por la enemistad de importantes personajes políticos. Personajes que, cuestionando sus ideas, idearon un falso fraude que le llevó a prisión dos años en el castillo de Batres tras detenerlo la Inquisición. Posteriormente, y durante los reinados de Carlos IV y José I, Bonaparte, ejerció de Superintendente General de la Real Hacienda. Pepe Botella le nombró Caballero Gran Banda de la Orden Real de España, máximo rango que podía lucir un afrancesado.
Cabarrús dio cuerpo a la Memoria sobre las rentas y créditos públicos (1783) proponiendo la supresión de alcabalas y aduanas interiores, y en su Informe sobre el Montepío de Nobles de Madrid (1784), define su pensamiento económico individualista y liberal, rechazándose el paternalismo social del Despotismo Ilustrado. El Estado, decía Cabarrús, tiene que defender los derechos de los ciudadanos entendidos éstos naturalmente como propietarios libres. Defender pues los derechos y libertades individuales y sobre todo la propiedad privada así como la libertad económica individual es la función del Estado. Esta defensa de la libertad y de la propiedad justifica algunas restricciones de la libertad y de la propiedad: «la defensa de la libertad y propiedad de los individuos que componen un Estado, pide el sacrificio de una parte de esa misma libertad y propiedad. La libertad pública se asegura con el desprendimiento que cada individuo hace de la suya por medio de las leyes, y la imposición resguarda por los mismos términos la propiedad»
Existen, decía Cabarrús, unos derechos naturales del hombre previos a la constitución de la sociedad y del Estado y que por eso mismo son inalienables. El pacto social “se dirige a proteger la seguridad y la propiedad individual, y por consiguiente la sociedad nada puede contra estos derechos que le son anteriores: ellos fueron el objeto, la sociedad no fue más que el medio, y ésta cesa con el mero hecho de quebrantarse aquéllos”.
Murió en Sevilla, en 1810, siendo ministro de Finanzas con José I, el Bonaparte y fue enterrado en la Capilla de la Concepción de la catedral de Sevilla, en el panteón próximo al del conde de Floridablanca, su amigo. Acabada la guerra de la Independencia, su cadáver, -¡que viva Ejpaña!- fue exhumado y precipitados sus huesos en la fosa común del Patio de los Naranjos, donde se enterraba a los reos de pena capital. Otras versiones, aún más españolas, los sitúan en aguas del Guadalquivir, donde fueron arrojados. Pero no fue aquí donde se extinguió la raza de los Cabarrús. ¡Qué va…!
Del matrimonio entre Cabarrús y Galavert nacieron tres hijos, una de ellas, Juana María Ignacia Teresa Cabarrús y Galavert, sintió la llamada de la política, como su padre y, como él, sufrió prisión y un profundo ostracismo, si; pero también un gran éxito social.
Nacida un 3 de julio de 1773, en el pueblo de Carabanchel Alto, Juana María, es enviada a París, tras estudiar francés, italiano, latín, matemáticas y dibujo; materias propias que estudiaban los hijos de la clase acomodada y que les abría la posibilidad personal o profesional allende river side, o sea, frontera adelante. En París se da a conocer en los más altos círculos sociales y, tras unos meses para aposentarla, su madre abandona París dejando a la joven al cargo de madame Boisgeloup, esposa de un consejero del rey Luis XVI.
Su posición social, su guapura y su simpatía e ingenio traían de cabeza a los parisinos. La Juana Mari, que era algo pendón –todo hay que decirlo- ya había roto algún corazón en plena niñez y, de casta le viene al galgo, también se casó a los catorce con el Juan Jacobo Devin, futuro marqués de Fontenay, flor de la raza calé parisina, de veintiséis años y ya consejero del Parlamento de París y presidente de la Cámara de Cuentas de Paría. ¡Vamos, un braguetazo!
La Juana Mari, que pasó a llamarse Teresa, mucho más chic, había aprendido a moverse en sociedad y, como aún no se imprimía el ¡Hola!, siguiendo la moda del siglo XVIII abrió su propio salón en París al que acudían personalidades como Lafayette, Mirabeau o Lameth, del que se decía, que además de la pasta té, mojaba otra cosa en Fontenay-aux-Roses. Un 2 de mayo, ¡vaya por Dios!, tenía que ser un 2 de mayo… nació su primer hijo. Tres días después, Luis XVI abría, oficialmente, los Estados Generales de Versalles, con un único objetivo: resolver la grave crisis hacendística por la que atravesaba el país. Todo se precipitó y, en tanto solo dos meses, se pasó de un Estado General a una Asamblea Constituyente, una nueva Constitución en la que el matrimonio Fontenay fue partícipe y en la que Lafayette fue nombrado jefe de la Guardia Nacional. Por el contrario Mirabeu y Lameth, apoyando al rey, las pasaron canutas.
Tras la muerte del rey la Teresa –antes Juana Mari- se largó con viento fresco a Bordeaux, donde ya constaba como mujer divorciada, tras un acuerdo con Devin para disolver el matrimonio. En Burdeos, Teresa se dedico a cobijar y amparar a los perseguidos por París, llegando incluso a intervenir ante el Comité de Vigilancia para impedir la ejecución de la orden de detención de Juan Valerio Cabarrús, primo de su padre. Las actividades de Madame de Fontenay, conocida como Nuestra Señora del Buen Socorro, llegaron a Paría, fue acusada de atentar contra la seguridad del Estado y se ordenó su detención e inmediato traslado a la prisión de Hâ. El comisario Tallien contravino la orden de París y no la detuvo. El tal Tallien y la Teresa se convirtieron en pareja.
Enteradas las autoridades del Comité de Vigilancia de París poco tardaron en revocar la decisión de su emisario. Además, era necesario saber qué estaba pasando exactamente en Burdeos, ciudad a la que no tardó en llegar Jullien, un discípulo fiel de Robespierre. Tallien, a su vez, se vio obligado a trasladarse a París para explicar su actuación en Burdeos y a dejar sola a Teresa sobre la que se fue tejiendo una red de informes y serias acusaciones, que eran enviadas puntualmente a la capital.
El viaje de Tallien a París no sólo no supuso un castigo por parte de las autoridades, sino que fue elegido presidente de la Convención Nacional el 21 de marzo de 1794, un cargo que le situó en el centro de la política de la época y un éxito probablemente inesperado. Por su parte, Teresa, vigilada y acosada en Burdeos, recibió en mayo de 1794 la noticia de una nueva ley que prohibía a los aristócratas permanecer en puertos o villas fronterizas, con lo que decidió emprender viaje hacia Fontenay-Aux Roses, la casa de campo de su ex marido. En la finca supo de la orden de arresto que pesaba sobre ella y de nuevo emprendió la huida hacia Versalles, donde finalmente fue arrestada por el general Boulanger y trasladada a prisión. El destino certero de los prisioneros de la Force era el cadalso, sobre todo si eran aristócratas y acumulaban un historial contrarrevolucionario como el de Teresa. Tallien no podía permanecer impasible ante la condena de su amante, lo que le llevó a incorporarse al grupo de conspiradores, junto con Fouché y Barras, que organizaron el golpe del 9 Termidor (27 de julio de 1794) para acabar con la vida de Robespierre.
Liberada Francia del dictador y del miedo a la guillotina, se desató una explosión de vida que se manifestó en una reorganización de la vida social y en una reapertura de los salones, como antes de 1789. Las mujeres volvieron a desempeñar un papel decisivo en este momento, como catalizadoras de una liberación y un cambio largamente esperado. Ellas pusieron de moda el atuendo a la manera grecolatina, (una especie de fiesta de camisetas mojadas) consistente en vestidos tipo túnica de muselina, que mojaban para que se pegaran más al cuerpo —de esta guisa retrató el pintor Gérard a Teresa en 1804—. Teresa no se quedó al margen y convirtió la Choumière, (no confundir con la Chuminier) nueva vivienda del matrimonio Tallien, casados el 26 de diciembre de 1794, en uno de los lugares más importantes de encuentro del período del Directorio. Volvió a demostrar sus grandes cualidades sociales como anfitriona de madame de Staël, madame Récamier, Sièyes, Fréron, Barras, el joven Bonaparte y tantos otros. De esta época también data la estrecha amistad entre Teresa y Rosa de Beauharnais, futura esposa de Napoleón y más conocida por el nombre Josefina. De hecho, la hija de Teresa y Tallien llevó el nombre de Rosa Termidor en honor de su madrina Josefina.
La vida de Teresa había vuelto a entrara en la dinámica molona que le gustaba. Su churri, el Tallien, en cambio, empezó a declinar y, nuestra amiga, se deshizo de él más pronto que tarde, liándose –ya se dijo que era algo pendón- con el banquero y financiero Gabriel Ouvard, con el que tuvo cuatro churumbeles que -¡hay que joderse!- tomaron el apellido del Tallien, que estaba en Egipto haciendo de buey Apis.
Ahora bien, en 1799, el golpe de Estado del 18 Brumario que situó a Napoleón en el poder, volvió a dar un giro a la vida de Teresa. Amiga íntima de Josefina, nada podía hacerle imaginar que Napoleón iba a prohibir a su esposa frecuentar la compañía de la española. Quizá Teresa representaba todo lo que Bonaparte quería desterrar del nuevo Estado francés: la alegría de vivir, la liberalidad de las costumbres y la influencia social de la mujer. La afrenta era seria para Teresa que quedaba condenada al ostracismo si el más alto dignatario mostraba su desprecio hacia ella. Así pues, Teresa intentó dar un golpe de efecto para congratularse con el cónsul: apareció en la ópera, a la que también asistía Napoleón, vestida de Diana cazadora, con el escote y los brazos desnudos, con una túnica por las rodillas, una piel ceñida a la cintura y un carcaj de flechas. Si aún le quedaba una ínfima posibilidad de congraciarse con su antigua amiga y con su esposo, ese día la agotó. El Napo que era de todo menos marchoso, pasó de ella.
La Teresa había cometido un error grave y fue tomando conciencia de su desgraciada situación. Pero no hay mal que cien año dure… Tenía 30 años, seis hijos, dos matrimonios fallidos y una buena lista de líos y apaños pero; donde hay mata hay patata… La Teresa se compró un vestidito nuevo, se ajustó el corpiño, marcó pechugona y liga en ristre, se largo a bailar un rigodón al sitio de moda donde se ligó al Francisco José Riquet, que más que Riquet era ricachón y conde de Caraman. La familia de Francisco José se mosqueó pero él, -pueden más dos tetas que dos carretas- se lanzó a fondo y, dado que las nuevas leyes habían anulado todos los matrimonios, Teresa volvía a estar casada con Fontenay. Pidió la anulación al arzobispo de París y, cuando le llegó la anulación se casaron por la Iglesia y cenaron, opíparamente, en el restauran De Torres… ya saben: entremeses fríos y calientes, calamares a la romana, ternera guisada y pollo asado con ensalada. Tarta nupcial, sidra El Gaitero, vinos tintos y blancos de reserva y café y copa de coñac o anís, a elegir.
El Caraman, que era además príncipe de Chimay, le puso un castillo a la Teresa en el que se refugió el resto de su vida viviendo como una princesa. Aún tuvo tiempo de tener otros tres hijos. Se volcó en la educación de su heredero, en obras benéficas y en organizar pequeñas reuniones musicales en el castillo.
Su último viaje fue en 1930 cuando acudió al estreno del melodrama histórico Robespiere, una especie de musical tipo Gran Vía, en el que ella misma aparecía como personaje. Un 15 de enero, mientras en Chimay hacía un frío del carajo de la vela, la Teresa Cabarrús y Galavert entregó la cuchara, siendo enterrada en la colegiata de San Pedro y San pablo del mismo pueblo belga que le sirvió de retiro. Requiescat in pace.