Don Genuino Granadilla. Un echador de cartas con poca suerte

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Don Genuino Granadilla, ex cautivo y adivinador del futuro, tiene una fístula de ano como un huevo de remendar calcetines. Don Genuino Granadilla, se ha tenido que dar de baja por no poderse sentar a la mesa de camilla donde adivina el porvenir. Ya no puede sentarse ni sobre la cámara del Seat Seiscientos donde, hasta ahora, se sentaba. Don Genuino, rendido al dolor, se frotó, una noche en que no pudo pegar ojo, la fístula con un chile habanero. Había que verlo saltar como un potro sin doma. La Elisea, su cachirula (ver El cillero de las palabras), tuvo que llevarlo a la casa de socorro de Tetuán de las Victorias para que le untaran un ungüento que le calmase la desazón. El médico, se conoce que con la guasa de imaginarse la escena, le conminó a que tirase el chile y no lo reutilizase en las lentejas. La medicina, cuando se hace de balde, se vuelve insensible y vulgar, no como la de pago que es atenta y servil.
Oiga, ¿y esto a qué viene?
Pues no lo sé, qué quiere usted que yo le diga, pero pega muy bien en esta frase. ¿No le parece?
Sí. Eso sí que es verdad.
Don Genuino Granadilla fue, hasta hace dos años, hermano Marista, pero se salió del convento en el que había entrado cuando le liberaron de la checa de Porlier donde estaba recluido. Posteriormente, ya reordenado y al descubrir que una fuerza externa, distinta de la Divina, le impelía el miembro autónomo por las noches se marchó del convento y se empleo como echador de cartas y descubridor de ovnis. Además se hizo perito en parapsicología, los papeles del Mar Muerto y la Piedra Roseta.
¿Cómo?
Jesús, don Dimas. Que espeso que me anda usted esta mañana.
Usted perdone.
Está perdonado.
Don Genuino se hizo un nombrecito entre la parroquia -parroquia de parroquianos, que la otra, la de ir a misa, no quería saber de él desde su huída- echándoles las cartas y adivinando el futuro porvenir.
Esto de futuro porvenir no es redundancia don Matías.
Pues sí, quizá si. Ponga entonces futuro por venir.
Siga, por favor.
El caso es que, una tarde, tras mostrarle a la Elisea cómo de bien funcionaba el muelle del miembro autónomo, salió a comprar el cupón de los ciegos ya que, según dijo, había soñado que saldría el 1998 que, además, era el año en curso. La Elísea, siguiendo órdenes, disolvió la cola de la consulta y los parroquianos, algo enfadados, es cierto, se marcharon a casa sin poder consultar sus cuitas extraterrestres.
El caso es que, al cruzar la calle, un tranvía que venía desbocado, le atropelló cortándole, de cercén, la pata izquierda.
¿Y la derecha?
Pues la derecha, como siempre, a lo suyo, ya sabe…
No, si digo la pierna derecha, no las derechas.
¡Ah!, usted perdone. Pues la derecha no; se conoce que echó antes la pata izquierda y esa fue su perdición. El caso es que, ahora, ya no tiene clientes. ¿Cómo habría de tener clientes un adivino que es incapaz de adivinar el atropello?
Eso también es cierto.
Claro. Naturalmente. Eso es lo primero que dijeron sus tres clientes más fieles, don Espeusipo, don Eleusipo y don Meleusipo.
Oiga, don Dimas, estos nombres se los inventó usted, ¿verdad?
No señor. Estos tres nombres se corresponden con los santos trigéminos cuya festividad se celebra el 17 de enero, festividad, asimismo, de san Antón abad, el de los bichos.
Y entonces, don Dimas. ¿A qué se dedicó el don Genuino si quedó inútil para el trabajo.
Pues a qué se habría de dedicar si ya no estaba capacitado para trabajar; a senador, hombre. A senador…
Claro, claro.

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SWEET Y EL JARAMA

 

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A la Dulce Nombre de María le dicen las amigas Sweet que hace más yeyé. La Dulce Nombre de María tiene los ojos verdes y el pelo negro y largo. A la Dulce Nombre de María le dijo un día en la boite Cleofás una frase que ha pasado a la historia del piropo, las galanterías, los donaires y zalemas. Señorita, le dijo, dice, cierre usted los ojos, por favor, que me tiñe el gintonic del color del pipermín. La Dulce Nombre de María, o sea, la Sweet, cerró los ojos, sí; pero abrió su corazón de corza enamorada al Camerino. El Camerino se llama Camerino Torralba Salsipuedes y es zamorano de El Cubo de la Tierra del Vino, municipio que da, además de buenos vinos, mejores carpinteros. El Camerino es transportista pues ni el vino ni la madera le probaban en su salud. Al Camerino le gustaba echar a la camioneta un bocadillo grande, de tortilla de patata y cebolla, un par de pimientos verdes fritos y dos filetes de ternera empanados y salir a hacer portes por do le llevara la diosa Fortuna. ¡Coño, qué manera más poética de señalar! ¿Verdad usted que sí? ¡Ya lo creo! Pues bien, el Camerino, con su bocadillo, sus filetes y su bota de vino se creía el rey de la carretera. En verano, cuando al Camerino le salía un porte a Alcalá de Henares, o a San Fernando o Coslada aprovechaba para darse un baño bajo en el río Jarama, bajo el puente de San Fernando de Henares. Oiga usted, si ha dicho que el río era el Jarama ¿cómo es que el pueblo se apellida de Henares? Las reclamaciones a don Paco, el de las rebajas. Al parecer, y según dicen, como a la tropa de Franco le dieron para el pelo en la batalla del Jarama decidió que este topónimo no era apto para el pueblo. ¡Ah!, que cosas pasan, ¿verdad usted que sí? Ya lo creo. Oiga este de verdad usted que sí y ya lo creo lo ha puesto usted antes, ¿no lo quiere cambiar? No, para qué. Si se repite, pues que se repita. Al que no le guste, que no lo lea. Aquí no se obliga a nadie. Bueno, bueno, que uno lo decía por ayudar. La Dulce Nombre de María se enamoró como una colegiala del Camerino, al que llamaba Ino con lo que, en algunos foros le confundÍan el nombre con Inocencio. No, no; decía, yo soy Camerino, lo de Ino es una subrogación. ¿Una subrogación? Sí, hombre. Ya sabe, una delegación de competencias que uno ha hecho a la Sweet, que es mi señora, ¿sabe? Ah, ya. Comprendo. Pues la Dulce Nombre de María, o sea la Sweet va y le dice, dice. Oye Ino, cuando vayas esta semana a Torrejón podríamos ir a bañarnos al río. Eso, le dice el Inocencio, pero nos llevamos a tu madre, que la gusta mucho el agua. No sé, dice la Sweet mosqueada por ese afán del Ino en llevarla al río. Las nueras, cuando uno se porta como un caballero con sus señoras suegras, piensan, enseguida, que el marido las quiere ahogar. Yo había pensado algo romántico. Tú y yo solos. El Camerino, que siempre fue muy flojo con las mujeres, máxime si le miraban desde unos ojos color Chartreuse. ¿Pero no eran del color del pipermín? Pues sí, pero el Chartreuse también es de color verde. ¡Ah!, usted perdone, es que yo no consumo alcohol. ¿Y eso? Pues ya ve usted, intolerancia. ¿Le da alergia? No. Es que mi padre nunca toleró que lo consumiera. Claro, claro… El Camerino nunca fue capaz de negarle a la Sweet nada. ¿Vamos a chupar caracoles al Rastro, Ino? Sí, amor. Lo que tú digas. ¿Me puedes echar un remiendo a la faja, Ino? Sí, amor. Lo que tú digas, etc. El Camerino recogió los bártulos y se preparó para llevar a la Sweet al río. No, amor. Hoy no vamos a llevar el picnic. Mejor nos vamos temprano y tomamos unas chuletas en Las Moreras. Pero si dicen que son de perro. ¡Cómo van a ser de perro, hombre! ¿Tú sabes cuántos perros hay que matar para surtir de chuletas a todo el mundo que va un fin de semana a Las Moreras? ¡Anda, pues es verdad! Claro, hombre, claro. Además, Ino, si yo te pido que comas perro por mi ¿no lo harías? Yo por ti, amor me como el mundo por los pies. La Dulce Nombre de María, entonces, sentía como los carrillos de la cara se le llenaban del arrebol rojo de las camelias de Outeiriño. ¿La molinera de Cariño? Sí señor. Ella misma. Las chuletas de Las Moreras estaban muy buenas, sí señor. Cuando un plato está bueno hay que decírselo al camarero, que no está bien callárselo y que piense, mira estos tíos estirados, les damos las chuletillas de palo, bien torraditas y con las patatas fritas al punto y, los muy desagradables ni nos dicen si estaban buenas. La ensalada ya era otra cosa. A la Dulce Nombre de María, o sea a la Sweet la entró una escurribanda muy fuerte y tuvo el Camerino que aparcar, junto al aeropuerto, al lado de dos chotos magantos que pastaban, aburridos, para que evacuara los líricos productos de la ensalda. ¡Jo, que frase! Gracias, pueblo. Para mí que va a ser el escabeche, amor. Me pareció que picaba un poco. El Camerino volvió a subir a la Dulce Nombre de María a la cabina y, tras cubrir sus piernas con la manta palentina que llevaba para echar sobre la hierba fresca del río cuando iban de picnic, se apresuró a enfilar el camino de Madrid. ¿Quieres, amor, que paremos en la Princesa, para que te hagan algún analís? No, Ino. Sigue para casa. Mi madre me hará un poleo menta. El Ino, agachó la cabeza y no dijo nada del verdor de los ojos de la Sweet y el poleo menta, aunque le quedaron ganas. Contente, Camerino, que no está el horno para bollos…

LA KABRA KABRONA, UN TEATRILLO DE TENTETIESOS

 

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Obdulio Gandarillas Sala pasa la mañana entera sentado en un banco de la Plaza de la Remonta, en Tetuán de las Victorias, Madrid. Obdulio Gandarillas Sala lee el periódico gratuito que le dan en la boca del metro y, tras leerlo de pe a pa se queda mirando a la gente que pasea la plaza de arriba a abajo. Le gusta ver y adivinar, sobre todo, el origen racial, étnico, geográfico de los paseantes: allá va un marroquí, allá una búlgara. Este debe de ser rumano y aquel boliviano, por el poncho, digo. El Obdulio Gandarillas Sala, de profesión sastre, disfruta también, el hombre, adivinando la talla -especialmente de las jóvenes en sazón- y echa en falta (a la vejez viruelas) el tacto de la pana, la estameña y el percal; la tiza de marcar la ropa; el hilo y las fornituras. Obdulio Gandarillas Sala fue quinto en tierra de infieles: en el Ifni antes de la Marcha Verde. El Obdulio Gandarillas Sala está, ahora, algo fondón porque no hace apenas ejercicio. No es que en el taller de sastre hubiera una actividad física excesiva pero, algo es algo, sí que tenía mucha más actividad que en la actualidad. El restorán mesón Gallego II está enfrente del banco donde se para a leer el Obdulio. Si pone Gallego II es que habrá un Gallego I. En el barrio de la Guindalera, en Madrid, hay un restorán Luis I que este escribidor pensó que era en honor al rey alemán de Baviera, el muchacho de Maximiliano y María de Prusia, ya saben… y resulta que no; que era Luis número 1. Lo aprendió el escribidor el día en que descubrió un Luis II que había en San Sebastián de los Reyes. Esto de usar los números ordinales en lugar de los cardinales es lo que tiene, que resulta confundidor y azorante. No se pierdan, dicho sea de paso, este restorán, el Gallego, digo. En el restorán mesón Gallego II dan ricas navajas a la plancha, buen pulpo y pimientos de Padrón, que unos pican y otros no. Allí, y no en otro lado, fue donde se le ahogaron al Pedro Hilario unas almejas que nadaban en salsa verde. A la espalda del restorán mesón Gallego II hay un centro de mayores en el que Obdulio no se ha asomado nunca. Eso es para viejos, dice. Entre el mesón restaurante Gallego II y el banco donde está sentado en Obdulio Gandarillas Sala un grupo de hombres jóvenes llenos de tatuajes y pendientes, están montando un tingladillo. El Obdulio juraría que es un teatrito de marionetas. Y sí que lo es. No hay más que verlo. Los jóvenes de los pendientes y los tatuajes llevan camisetas de rayas verticales, negras los unos y rojas los otros. Parecen presos o legionarios, por aquello del “amor de madre” que cree, llevan tatuado en los brazos. Ninguno fuma. En este país ya solo fuman las señoras, que de tan feministas como resultan han adoptado todas las costumbres malas de los varones. Ya lo decía Flores, el montañero: ¡qué lío, todas las tías se han vuelto tíos!. Debe de ser por aquello de la cuota. ¡Vaya usted a saber! Antes, cuando el Obdulio no estaba de más, el espectáculo de la cachiporra, la dama en apuros y el príncipe salvador, vamos, lo que viene siendo el espectáculo de cristobitas, títeres y tentemozos se cobraba mediante al escaso óbolo de la gratitud, que no es moneda de curso legal como los bitconins y los sellos de Forum Filatélico. Ahora no; ahora, con esto de las alegrías presupuestarias los títeres están financiados y así el hambre se vuelve más democrática y resulta más repartida que lo que estaba en su juventud. No hay mal que por bien no venga. El espectáculo de los jóvenes de los tatuajes y los pendientes se llama La Kabra Kabrona y no son todos, como Obdulio pensó, varones. O al menos no lo parece. También el aspecto físico se ha democratizado mucho en estos tiempos. Uno de los titiriteros es titiritera. Luego -lo que son las pintas, se dice el Obdulio- resulta que no; que todos eran titiriteras menos uno que era titiritero. ¡Qué manera de confundir! La señorita titiritera, que resultó ser titiritero es separado. Vamos, no es separado, propiamente dicha sino que la legítima se le dio a la fuga, como un catalán en trance de ser electo. Al Obdulio no le extraña pues ese flequillo tazonero, esa camiseta ajada por las axilas y esa rabadilla de fontanero bajo el bidé no podía ser muy agradable. La dama fugada del titiritero, no contenta con abandonarle le dejó una nota en que se acordaba de sus muertos. Las hay desconsideradas, ¿verdad usted que sí? ¡Ah, yo no opino!, yo tengo un hijo en edad de merecer y ya sabe usted lo que dice el refrán: quien tenga hijas en edad de casar, que se abstengan de opinar. ¿Y usted cree que esto de los titiriteros puede ser bueno? Pues claro. En España faltan titiriteros y lo que sobran son intelectuales, e inversores. Y gente de orden, y hasta autónomos, que se está llenando esto de autónomos y gente de orden, como si fuera la armería de Trump. De eso también sobra, si señor. A ver si ahora, que hemos presidido el Banco Mundial, y hemos dejado, como Tenorio, memoria amarga de mi, van a venir esta gente tirando por tierra los logros de los enviados españoles al Banco Mundial. En eso tiene usted razón, ¿ve?. Uno cuando comprende que alguien tienen razón, pues se la da y ya está. El Obdulio Gandarillas, mientras los titiriteros colocan los matihuelos en el alféizar del teatrillo, ve llegar a los niños corriendo y gritando. ¿Por qué gritarán, tanto y tan fuerte, los niños. En esto parecen entrevistados de la televisión a la entrada del fútbol. ¡Qué afán con gritar! En el teatrillo de la Kabra Kabrona los niños se miran entre sí cuando ven que la reina mata al bufón y al caballero le castran con un casco de sidra El Gaitero. Al parecer, y según ha escuchado el Obdulio el bufón le había echado un piropo a la princesa y esta, que era del género contrario -no del masculino, o del femenino; del contrario, del genero no sabe, no contesta- ha sido condenado a muerte por machista y el caballero, ¡ay, el caballero!, pensó que el bufón se estaba metiendo con la princesa y fue a rescatarla pensado que, quizás, por un beso de la princesa daría lo que fuera, hasta volverse sapo -rana no, que eso es para el género femenino-. Lo que no sabía el caballero es que la Kabra Kabrona era un teatrillo generalista, feminista y contrario a la Tauromaquia. ¡Joder, que tropa!, pensó el Obdulio mientras se refugió en la residencia de viejos, por si las moscas, claro.

LA CIRIO, PEPE BOTELLA Y OTRAS ADIVINACIONES

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Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio, tuvo que lidiar con el nombre que le cayó en suerte toda la vida. Hay otras, ya se explicó aquí, en otro momento, que se llamaron Consuelo de los Mozos que aún tiene mucha más coña. Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio, trabajó, de niña, acarreando cubos de leche en la granja Calostros de la Ribera S.R.C, que abandonó con quince años porque no soportaba el olor a chotuno. Hizo bien. Tras dos años de mucama en casa del Andrés Avelino, juez de paz de Arroba de los Montes, provincia de Ciudad Real, Spain, abandonó también pues el Andrés Avelino era de natural sobón y la Cirio, incomodada por los pellizcos y sobos se marchó y se instaló por cuenta propia enjalbegando paredes y fachadas con el blanco albayalde que conforma el pigmento del carbonato básico de plomo. ¡Jesús, don Dimas!, que manera de puntualizar y qué redicho nos salió. Pues sí. ¿Qué quiere usted que le diga? La Candela, en cuanto se enteró de que la pusieron de mote Cirio Blanco, por los chafarrinones que le caía de la pintura abandonó, también, el oficio y se hizo echadora de cartas. La Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio y Cirio Blanco se puso, como nombre artístico, Miss Madame. Se conoce que no tenía mucha soltura con los idiomas. Pues bien Miss Madame se especializó en llamadas al más allá y, concretando aún más, en citas con fantasmas de cierto nivel. Comenzó, como todas, llamando a maridos y esposas recién muertos y, de ahí, le vino una cierta fama en la comarca que, con el tiempo, se extendió a la provincia entera. Lucio, preséntate ante nosotros, la Etelvina te llama. Y la mesa, a través de un ingenio eléctrico que pisaba con un pie, comenzaba a vibrar como si el Lucio estuviera allí mismo. Etelvina, ¿qué has hecho con el dinero de las alfalfas? La Etelvina, al escuchar que el Lucio le pedía cuentas por lo de las alfalfas se soltó de las manos de la Cirio y salió hacia la calle haciendo fú, como el gato. Tránsito, aquí tienes a tu Nicéforo que te quiere saludar. La Cirio volvió a apretar el interruptor de la mesa y esta ¡zas!, venga a vibrar… Nicéforo, golfo. Como te vuelva a ver rondando a la Baltasara, la del molino, vuelvo y te clavo la gubia en un ojo, por cabrón. Al Nicéforo, que algo sí que rondaba con la Baltasara, se le soltó el vientre y tuvieron que traerle una jofaina de agua y una palangana para que se aliviara de urgencia antes de llegarse a casa. ¡Qué olor, por Dios!, ¿qué habrá comido este hombre?, decía la Cirio. Pues si no lo sabe usted, que es adivinadora, le respondió el Quirce, el de la Pajarilla, que había acudido al local de la Cirio para entrevistarse con don José. Don José, para quienes no estén puestos en esto de la cartomancia, la magia y el espiritismo, es don José Bonaparte, alias Pepe Botella hermano que fue de don Napoleón, el zar francés y cuñado, por tanto, de la Josefina de la Pagerie también llamada Yeyette. ¿Me siguen ustedes? ¡Huy!, la mar de bien. Siga, siga. El caso es que, una tarde, estando el Quirce casi en trance y a la espera de don José una mano anónima. Una mano que pasó rozando, como pasan los ángeles junto a los pecadores, de forma casi imperceptible, tocó una teta -pecho o mama- a la Candela, o sea a la Cirio Blanco. Allí sí que se formó la de Waterloo… ¿Quién ha sido? ¿Quién es el hijoputa que me ha tocado una teta?, gritó, más que preguntó la Candela. Yo no he sido, dijo el Quirce. Igual ha sido don José. ¡Qué don José ni que niños muertos! Si el don José está más tieso que la mojama. Tú has sido, arrimón pegajoso; especie de carantoñero. ¿Yo?, se defendía el Quirce. Sí, tú, sobón de mierda. Que no, doña Candela. Que no he sido yo, que tiene que haber sido don José, que era muy suyo en esto de las señoras. Mire usted, doña Candela, que don José se benefició a la Condesa del Vado, la esposa del Marqués de Montehermoso, y a la viuda del Marqués de Junco. Recapacite usted, doña Candela, y recuerde la copla: “De Montehermoso la dama/tiene un tintero/donde moja la pluma/José I”. Que don José era muy putero y muy sobón. ¡Pero qué dice este imbécil!, dijo la Candela a cuyos gritos acudió el Decoroso, un gañán con una garrota de siete nudos que era, a tiempo parcial, vigilante jurado en el local de la Cirio Blanco. El Decoroso, nada más correr la cortinilla de la entrada, soltó tal garrotazo al Quirce que, de no llevar la boina puesta, le hubiera reventado la cabeza como un melón. ¡Qué tío el Decoroso! La Candela, por no dar escándalos mandó sacar al Quirce arrastras por los pies y dejarlo junto al pilón como si estuviera borracho y se hubiera caído. La noche la pasó el Quirce en el cuartelillo y, al día siguiente fue soltado sin cargos. En su informe, el comandante del puesto, el cabo Quintanilla, armado de plumín y tintero y con una letra muy clara y caligráfica, escribió: la pasada noche del día del Señor, quince de febrero de los corrientes, festividad de Santa Jovita, los números Cacharro y Frechilla encontraron a un varón de cincuenta y tres años en aparente estado de embriaguez. Interrogado por la herida inciso-contusa de su cabeza, el citado interfecto declara que, al caer la tarde se dirigió al despacho donde la adivina conocida como Miss Madame, doña Candela de la Iglesia Grande, le iba a poner en contacto con don José Napoleón I, alias Pepe Botella, fallecido y hermano que dice ser de don Napoleón Bonaparte, de oficio emperador de la Francia y también occiso, al objeto de realizarle unas preguntas sobre el más allá. Estando esperando su aparición, y de sorpresa, alguien realizó tocamientos no consentidos en el pecho (o teta) de la susodicha adivina Miss Madame que se alteró grandemente y como no podía ser menos. Entonces, declara el detenido, sufrió un garrotazo del que no pudo ver a su autor que, bien podría haber sido, según declara, algún mameluco de la guardia personal del emperador. Vista la declaración el juez de guardia dio instrucciones precisas para que el cabo, a través de Cacharro y Frechilla, internaran en el Sanatorio Municipal al herido para realizar un seguimiento de su estado mental. Es providencia que firmo en Arroba de los Montes, Ciudad Real, Spain, a tantos de tantos, etcétera.

CON UÑAS Y DIENTES

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Higinio Zamarreño Tolaretxipi, natural de Bera de Bidasoa, en la merindad de Pamplona fue, cuando niño, algo dejado para sus cosas. El Higinio Zamarreño se dejó las uñas largas como un Fumanchú navarro y, por darle utilidad, se metió guitarrista de flamenco en un tablao de Pontevedra; Casa Andresiño que, como pueden imaginar, tuvo que cerrar a la semana. Es que Pontevedra, le dijo el propietario, no es muy de fandangos y farrucas. Ya me parecía a mi, ya, contestó el Higinio que, si algo tenía, es que las veía venir de largo. Pero, si hubiésemos durado otra semana yo hubiera fusionado la taranta con la muñeira y ya vería usted. Pues igual sí, hijo. Pero mejor lo dejamos para más adelante. El Higinio Zamarreño Tolaretxipi se metió, entonces, veedor de reses bravas en los campos de Salamanca. En invierno, como no hay corridas -de toros, claro- se marchó a Onteniente donde probó como maestro horchatero y más adelante, pelador de gambas en Garrocha, Almería, Spain. El pelar gambas, cuando se tienen las uñas tan largas, es una ventaja sobre quien se las corta, no crean. El Higinio, lo primero que hacía, era darles un tajo con el meñique sobre la cola (de la gamba, claro) y, a partir de ahí, abría la piel y sacaba el cuerpo limpio del todo. Luego, y ya con la uña del dedo índice, rasgaba el cuerpo, por la parte de encima, y extraía el intestino de la gamba de un solo tajo. ¡Qué tío, dijo el propietario de la fábrica de gambas!, y ordenó a todos los empleados que se dejasen crecer las uñas. Algunos no quisieron, naturalmente, y fueron despedidos. ¡Estaríamos buenos!, dijo el propietario mientras firmaba los finiquitos. Nos ha amolado los comunistas estos… Al terminar la temporada de la gamba el Higinio se marchó a Soria donde se empleó como guardabarreras en la línea Valladolid-Ariza que, ¡vaya por Dios!, cerró a la semana. De allí se marchó porquero de montanera a Huelva, más concretamente a la zona de Ubrique donde estuvo casi un otoño y de allí a Ciudad Real para varear olivos. El Higinio, vareando olivos, era digno de ver. Cantaba malagueñas y alegrías de Cádiz mientras vareaba lo que, desgraciadamente, entretenía a la cuadrilla que no rendía lo debido. Por ello fue despedido y, tras este nuevo período sin empleo saltó el charco, como se suele decir, y entró a formar parte, como guitarrista del conjunto Los Chalchaleros donde se hizo un nombre interpretando el tema María Bonita. Una tarde que estaba rondando a la hija de un terrateniente del sur de Argentina le soltaron los perros. Las desgracias nunca vienen solas y el can, espantado por los gritos del bardo le mordió un jarrete dejando tullido al Higinio por los siglos de los siglos amén Jesús. De la Argentina se llegó hasta Caracautin, en Chile. Allí, junto a Salvador Allende, intentó reprimir -sin éxito- el golpe Pinochero y fue dado preso y expulsado del país. De vuelta a España, y tras recuperar el pasaporte, marchó a Londón, en las islas británicas y se hizo hippie. Estuvo en el concierto de la Isla de Wight donde, por una diarrea, tuvo que sustituir al guitarrista y cantante Mac Bolan, del conjunto músico-vocal Tyrannosaurus Rex, con gran éxito de público y crítica. Acabado el concierto se unió a un coro suizo que cantaba en las iglesias metodistas los temas de la película Sonrisas y Lágrimas pero no duró mucho porque lo suyo era más el cante jondo que el oleiolei de los alemanes. Cuando terminó sus bolos suizos y alemanes se metió gondolero en Venecia. Allí, por mor de la humedad, sufrió una baja por enfermedad -la primera de su azarosa vida- y tuvo que estar hospitalizado casi tres semanas. Estas tres semanas fueron, a lo largo de sus sesenta años de vida laboral, las únicas en las que no trabajó aunque sí que estuvo dado de alta. De Venecia, vamos, del hospital veneciano, volvió a Valencia y se empleó como paellero en Gandía. El Higinio Zamarreño Tolaretxipi tenía una mano mágica para darle el punto a la paella. Un poquito caldosa, con sus azafrán calentado previamente y su socarrat en el fondo… Una gozada, vamos. Pero, como no hay mal que cien años dure, acabó la temporada y tuvo que volver, ya frisando los sesenta a su pueblo, Bera de Bidasoa, la patria chica de don Pío y su sobrino Julio Caro. En Bera puso un asador de pollos que daba gusto de verlo y olerlo. Dicen quienes lo conocieron que, algunas tardes, era tan bueno y notable el aroma de los pollos asados del Higinio que venían a Bera gentes de Biriatou, Urrugne y Ascain, en el país de los francos y hasta de Irún y Lesaka, el pueblo de los Marichalar, en la parte española, para comprar y degustar los pollos a la Beresko que era como los llamaba. En euskera a la Beresko significa tal y como salgan, lo que da idea de que, el Higinio, los sacaba tan bien sin ningún tipo de esfuerzo. De Bera volvió a marcharse una tarde en que se cansó de asar pollos al Japón, donde entró a formar parte de la compañía de José Mercé en la que se mantuvo una temporada entera como guitarrista clásico. También, y por una corta etapa, participó en exhibiciones de Sumo, para lo que tuvo que engordar diez arrobas. Pero fue allí y no en otro sitio donde se rompió la uña del dedo gordo. Aquella que es imprescindible para el rasgueo de los fandangos. Entonces, claro, tuvo que pedir la cuenta y volverse a España. Una vez aquí, y como ya tenía sesenta y cinco años pidió la vida laboral al Instituto de la Seguridad Social. Han pasado diez años y todavía -¡vaya por Dios!- siguen los funcionarios recopilando toda su vida laboral para ver de darle su pensión. ¿Qué a qué se debe estar historia, preguntarán ustedes? Pues que esto no es nada para la que les queda a los funcionarios una vez que se quieran jubilar los jóvenes que entran ahora en el mercado laboral, con tanto Erasmus, tanta beca de la UE y tanto empleo precario por el mundo… Que Dios Nuestro Señor les pille confesados.

MANOLO RIZZO’S BARBER SHOP

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El Amonario Barriga Berbedel dejó el colegio al punto de comenzar la trigonometría. El Amonario Barriga Berbedel, cuando abandonó el colegio, se metió becario en una barbería. Allí, hasta que aprendió a pelar y afeitar barbas, barría el pelo, lavaba cabezas y afiliaba los archiperres del señor Lucio, el barbero titular que, además, de ser el fígaro titular, era el propietario del negocio. El Amonario Barriga Berbedel andando el tiempo y, tras pelar multitud de cabezas, heredó el negocio una vez que el señor Lucio entregó la tijera a San Marín de Porres antes de entrar en el paraíso de los barberos. Oiga, don Dimas, no me diga usted que el santo patrono de los barberos es San Martín de Porres. Pues sí señor. Para que usted lo sepa, San Martín, cuyo nombre en la vida civil fue Martín de Porras, hijo de burgalés y limeña de Lima, como aquella que iba del puente a la alameda, ¿me entiende? Sí que le entiendo, sí. Pues bien, San Martín de Porres, sobre ser el primer santo negro fue barbero y herborista a un tiempo. ¡Qué bárbaro!, no conocía esto de que era negro. Pues sí señor, además, para que usted lo sepa, cuando en su comunidad, la de Santo Domingo de Guzmán, se quedaron sin pasta para sobrevivir se ofreció -ya que era negro- a ser vendido como esclavo para que los demás comieran. ¡Qué tío!, ¿y lo vendieron? No, hombre; no. Cómo iban a venderlo si era el único cura negro que había… Yo que sé, esto del santoral es, para mí, muy misterioso y confundidor. Ya veo, ya. Siga. Sigo… Pues como le decía el Amonario Barriga Berbedel, una vez que se vio propietario de la barbería, y tras pagar el impuesto de transmisiones, el IBI, la notaría y el resto de impuestos a la banda de estafadores que gobernaba en su pueblo, se decidió por darle un cambio y ponerla más moderna e innovadora. La pintó de colores llamativos, puso wifi y un sofá, un televisor y una bañera con un ventilador dentro, para que pareciera una bañera de hidromasaje y la denominó Chill out lounge barber shop Manolo Rizzo’s. ¡Ostras!, ¿Y eso? Pues ya ve usted. El Amonario Barriga pensó, y con mucho fundamento, que Amonario Barber Shop y menos aún Barriga’s Shop no era nombre para una peluquería moderna. Si acaso, decía, lo de Barriga’s Shop podría valer para un centro de adelgazamiento, pero lo que es para una peluquería como que no. ¿Y por qué le llamó Manolo Rizzo’s? Pues porque decía que su Barber era la Monolo Blanik de las barberías. Y lo de Rizzo’s pues por darle un nombre más moderno: un look, decía italoamericano ya que Fígaro Fígaro Fiiiiiigaro era un canto operístico bien conocido entre la clientela. Claro, claro. Pero haría algo más, claro porque, que yo sepa, no por cambiar el nombre por otro más complicado de pronunciar, se vuelve uno rico como el hombre ese del Zara. Pues sí, claro. Algo más hizo. Lo que hizo, y tiene mucho mérito, es encargar a doña Ágatha Ruiz de la Prada, el diseño de unos tazones que revolucionase el mundo de la porcelana. Unos tazones que, vista la corriente hipster entre nuestros jóvenes, fue un auténtico pelotazo. Córtese usted un pelo… a tazón, como antaño, puso en la publicidad. También daban, y eso fue algo muy moderno, masajes craneales para desestresar la musculatura facial, con presiones y alargamientos desde la nuca hasta el óvolo de la cara y toda la zona frontal. ¡Jesús, don Dimas!, todo eso lo pensó usted solo. Sí señor. Sin ninguna ayuda de nadie. Para que vea. Ya veo, ya. Luego les daba un cóctel de planctón para que encontraran la armonía entre cuerpo y mente y, claro, lo que ya era la bomba: el corte con un tazón de Ágatha. Aquello, claro, y poner el pelao a 125 euros fue lo que revolucionó Chueca, Malasaña y el Barrio de las Letras. Oiga usted, no se lo va a creer, más de tres meses era el plazo medio para que le cogieran a uno. Hasta los de las entradas por internet se les ofrecieron para vender tickets y turnos de peluquería. Eso y poner a trabajar a diez barberos marroquíes a los que vistió de negro, obligó a pelarlos con la cabeza a cuadros y un mechón desfallecido sobre una de las dos sienes (cinco en la sien de babor y los otros cinco, en la de estribor). Eso, claro y obligarse a manifestarse como si fuesen flores de alhehí, ya me entiende… Oiga, don Matías, eso es de un machista y un homófobo que espanta. Sí, así es; machista, homófobo y de las JONS, pero era así. Los marroquines que era como les llamaba Manolo Rizzós hablaban con muchos osás, mucha tía y mucho arrrrrg, cuando se asustaban. Osá tía, osá, ¡que fuerte, qué fuerte!, cómo te han dejado el cabello por ahí. Arrrrrga. Osá, no sé como os arriesgáis a dejar el pelo, que es vuestra personalidad en manos de cualquier fígaro de pueblo. ¿O es que te han pelado en la mili?, decía ¿Qué pasa, Muamá? (El Manolo Rizzo’s llamaba Muamá a Mojamé) Osá, tío, osá, has visto cómo nos trae el pelo este caballero? Arrrrrg, gritó Manolo Rizzo’s. Fuera, fuera… Sácalo de aquí. ¡Qué horror!, qué podrían pensar Isabel o Mario sin vienen en estos momentos! Isabel y Mario, claro, eran Vargas Llosa y su chola filipina. Sácalos de la shop que me desacreditan. Y Mojamé, o sea, el Muamá los echaba sin ningún tipo de pudor. Hasta ese punto llegó el negocio de la barbería del Amonario Barriga. Pero ¡ay!, como no hay mal que cien años dure, ni noches que, por mucho madrugar, se amanezca más temprano -esto último no pega, ya lo sé, pero engorda el texto- la barber fue convirtiéndose, por el virus de la moda, en algo viejuno y decadente, a los seis meses de abrir. Así son, en estos momentos, las tendencias. Cuatro influencers a los que no peló grátis y dos artículos en Tendencías, una revisteja de ambiente en Chueca dieron con el cierre definitivo y con los muchos huesos y pocas carnes del Amonario Barriga Berbedel en el paro. Hoy, consumido el paro y la prestación social, Amonario Barriga Berbedel trabaja en Parla, en la peluquería de Mojamé, que se llamaba, en realidad, Faysal. Corta el pelo con una máquina eléctrica haciendo jeribeques y dibujos en las nucas de los parleños y aletas de tiburón en el flequillo de los jóvenes marroquíes. Va vestido de mameluco y le obligan a llamar paisa a los clientes. La vida, esa puta que va vestida de verde, es como el péndulo de un reloj: unas veces gira a la izquierda y las otras, ¡válgame Ala, el Misericordioso!, a derechas. ¡Qué le vamos a hacer!

LA VERDADERA Y CRUDA HISTORIA DE DON ROSICLER, MÚSICO SORIANO

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Don Rosicler Cerrajero Expósito, natural de Suellacabras, en la provincia de Soria, quiso hacer carrera estudiando, a distancia, para estibador del puerto de Astracan, uno de los cuarenta y siete óblast que, junto a las veintiuna repúblicas, nueve krais, cuatro distritos autónomos y dos ciudades federales conforman los ochenta y tres sujetos federales de Rusia. Esto, dicho así, de corrido, parece fácil, pero aprendérselo, en ruso, a través de unos apuntes que CCC le envió a don Rosicler a Suellacabras no es, en absoluto, moco de pavo. Don Rosicler, que era un fiera para el estudio, se lo aprendió de corrido pero, en las pruebas del examen práctico no consiguió superar la prueba. La prueba práctica consistía en meter en un barco dos contenedores que la academia te enviaba por correo. En Suellacabras, claro, no hay mar, ni tan siquiera un lago. Suellacabras está situada entre las sierras del Almuerzo y la del Madero y su corriente de agua más próxima es el arroyo de Magañuela. Pero si Aldea ha llegado a capitán de la Mercante por qué no puedo yo llegar a estibador, decía don Rosicler. Pues porque el pueblo de Aldea está rodeado de masas ingentes e ignotas de agua: el río Ucero y el Abión y no muy lejos la Fuentona y la Laguna Negra. ¡Qué suerte tienen algunos!, se lamentaba don Rosicler. No sufras, le decía su madre para quien el muchacho era su paño de lágrimas. Entonces don Rosicler, que nunca cejaba en su empeño, decidió estudiar música, más concretamente canto, y solicitó plaza de becario en la Academy de St. Martin in the Fields, una iglesia anglicana sita en la londinense plaza de Trafalgar Square, en la ciudad de Westminster, London, England. Don Rosicler siempre fue muy admirador de Sir Neville Marriner pero, al no saber inglés le dijo Sor, en lugar de Sir y el director, mosqueado, mando que lo caparan para afinarle el tono de voz. Don Rosicler, que no estaba dispuesto a convertirse en eunuco de por vida, cogió el petate y se volvió a Suellacabras donde puso una plantación de níscalos que, por aquellas cosas de la vida, se fue al garete. Para ser agricultor no se necesita excesivo mimo ni mucha ciencia, es cierto, pero sí algo más que para ser consejero de bastantes empresas. Don Rosicler sembró de níscalos dos hectáreas de viña que no eran productivas, por aquello del frío, pero ese año no llovió en agosto y, ya se sabe que el micelio si no se nutre de agua en verano pierden poder sus hifas y se marcha todo a tomar por donde amargan los pepinos. ¿Oiga don Dimas, usted sabe por qué en uno de los extremos del pepino aparecen enseguida las semillas y por el otro no? Pues verá usted, eso debería preguntárselo a don Rosicler, que era el agricultor y no a mi que no soy sino el relator de esta historia. Usted perdone. Está usted perdonado. ¿Puedo continuar?. Siga, por favor. Gracias. Don Rosicler sufrió, por la sequía pertinaz, el cáncano que, como muy bien sabe usted, tanto mal hace a personas y animales lo que, unido a la falta de peculio, le produjo una zangarriana que, a poco, no se lo lleva al otro barrio. Don Rosicler, empero, no era de los que cejan en su intento y marchó a Madrid con la intención de convertirse en jilmaestre de húsares. Pero quiso Dios, que todo lo puede y manipula, que el vestido a la húngara desapareciese de los uniformes militares en España, dando paso a la parda estameña del tres cuartos caqui y esto, como era de imaginar, a don Rosicler no le pareció ni oportuno, ni de recibo. ¡Será posible mayor despropósito!. Mira que cambiar un vestido elegante, casi de camarero de bodas de alcurnia o de violinista ruso por un terno de gañán de montería. Don Rosicler, naturalmente, firmó un documento por el cual deshacía su compromiso con el ejército y marchó, en busca de especias y otras mercaderías inciertas, siguiendo los pasos de Marco Polo. Cuando un soriano abandona su país nunca olvida, en su equipaje, dos cosas sin las que no puede emprender aventura alguna: una rebequita, por si refresca y una plancha de panceta para hacer torrenillos. Con sus dos tesoros don Rosicler marchó, un pie tras otro, a la gran aventura de su vida: un viaje a pie desde Suellacabras a Yangzhóu, esquina a Jiangusú. Don Rosicler sabía, pese a lo que digan los morcilleros burgaleses y doña Pilar M. Sancho que las mejores morcillas de Burgos se hacen en Soria y quería, por tanto, comprar las especias chinas para surtir de ellas las cárnicas de toda Soria. El viaje era apasionante y, además, una oportunidad, como ninguna, para hacerse un nombre en el Reino, a la vuelta del mismo, y ofertar toda la experiencia del viaje a algunas personas que estuvieran interesadas en el mismo. Así, como si nada, y por el buen hacer y mejor visión de futuro, fue como un soriano, y no nadie otro de otro país, inventó las agencias de viaje. Nuevamente, no obstante, sufrió el gafe que le arrastraría de por vida. La mula que llevaba todas sus pertenencias cayó por un barranco y se partió el tejuelo dejando a don Rosicler sin medio de transporte. Me cagó en tos sus muertos, dicen que dijo Krause, el creador del panenteismo y cuya cita usó don Rosicler sin ánimus injuriandi pues, como bien saben los juristas, para que se produzca el ánimus injuriandi se precisa que el presunto delincuente lo haga de forma voluntaria y con ánimo de ofenderle y, que se sepa, don Rosicler no quería injuriar u ofender a Krause con su desdichada cita. Pero como no hay mal que cien años dure, ni peor ciego que el que no quiere ver, don Rosicler se enteró, mientras estaba alojado en Teruel en la posada del Torico Adobado que la canela y el anís estrellando, que el ajonjolí y la cúrcuma, el jengibre y el paloduz ya se vendían, por correo incluso, en Amazón. ¿Y a qué coño tengo yo que ir hasta la China con lo cerca que está, en Fuenlabrada, el polígono Cobo Calleja? Ya se lo dije yo, le contestó la Aniceta, una sirvienta de Torralba de los Sisones. La Aniceta era moza recia, colorada y de talle enjuto, el pelo suelto y la lengua aún más suelta que el pelo. Una moza de las que uno, aunque sea de Suellacabras, es capaz de tomar por esposa a nada que se lo propongan. La Aniceta dio el sí a don Rosicler y, tras la boda y su posterior consumación, marcharon a la cercana villa zaragozana de Paniza, donde los padres de la Aniceta tenían un secadero de jamones. Don Rosicler, como buen soriano, no extrañó el frío de la sierra del Águila y bajaba, todas las tardes, desde el pueblo hasta el secadero en mangas de camisa pese a los ocho grados bajo cero que solía marcar el termómetro. En habiendo torrenillos, aguardiente y guindillas en vinagre para desayunar no hay frío que se me meta en el cuerpo. La Aniceta, no obstante, le hacía ponerse la boina sobre las cejas porque decía, de forma atinada, que el calor del cuerpo, por donde realmente se pierde es por el entrecejo. Y es que la cultura popular, ¿verdad don Matías?, es así de sabia. Ya lo creo. Siga. Sigo… Don Rosicler, al que le gustaba un horror la tortilla de huevos de cigüeña asaltaba cada tarde la torre de la iglesia, el tejado de la casa consistorial y cinco o seis nidos que había en las torres del tendido eléctrico. Cuando algún huevo había medrado y ya había nacido el cigoñino don Rosicler no se desanimaba y se lo comía escabechado. Hacer el escabechado de cigoñino es fácil. Basta cortar una zanahoria cumplidita, una cebolla hermosa, un par de hojas de laurel y una vara de romero (esto es si se prefiere que tenga sabor campero, pero no es obligatorio), un vaso de vinagre, tres de aceite y una pizca de sal. ¡Ah!, también unas bolitas de pimienta negra, que se me olvidaba. Dicen que los cigoñinos tienen tracoma y que producen ceguera. No es así, de haber sido así don Rosicler llevaría ciego más de treinta años. Don Rosicler, después de unos años de comer jamón, tortillas de huevo de cigüeña y de beber vino de Cariñena se hartó de una vida tan regalada y se marchó, de nuevo, a hacer camino al andar, como dijo don Antonio, el maestro de Soria. Tomó el camino que salía hacia el sur y, tras pasar de nuevo la capital del Reino, giró hacia el Levante y, una vez en Valencia, se embarcó en dirección a Trípoli. Don Rosicler no conocía Trípoli pero sabía, por un libro que leyó en el Bibliobús de Suellacabras que allí, en Trípoli, estuvo la biblioteca Dar Al´IIm pero, lo que no pudo imaginar don Rosicler es que, para entonces, los mamelucos habían invadido la ciudad y se habían calentado las turmas con el fuego de los libros que allí había. En su desesperación don Rosicler dejó el Líbano y marchó a Jalisco, en Méjico donde, aprovechando su canora voz formó parte de un mariachi que acompañó, en todas sus actuaciones por la península del Yucatán a María de los Ángeles de las Heras, de nombre artístico Rocío Dúrcal. Acabada la gira del Yucatán don Rosicler entendió que debía volver a Suellacabras y sentar cabeza, definitivamente. Y así lo hizo. Se casó con Edelmira de los Santos, ama de leche del duque de la Sinagoga, título que, a día de hoy, ha desaparecido con el último de sus poseedores. Cuando alcanzó la edad de ochenta años se presentó en el pueblo una pareja de la guardia civil montada en una bicicleta de tándem que llevaba una cestilla en el manillar donde reposaban los dos naranjeros y el tricornio, pues el director del cuerpo les obligaba a llevar casco, y le detuvieron por bígamo. Resulta que, enterada la Aniceta, la de los jamones, que había vuelto a España y se había vuelto a casar lo denunció aunque, finalmente, quitó la denuncia y todo quedó en agua de borrajas. El don Rosicler, cansado de vagar por el mundo y desilusionado por la denuncia de la Aniceta fue a ahorcarse del badajo de la campana más gorda de la Iglesia de Suellacabras. Se dijo en el pueblo, aunque nadie pudo corroborarlo, que mientras moría movía los pies de un lado para otro y, con ese movimiento, la campana tocó el pasodoble En er mundo. Gloria y prez a don Rosicler, músico al que, el cáncamo y la amenaza de ser capado retiró de la música para siempre. Descanse en paz. Amén.