Y EL PIAMONTE CAE POR GALICIA

Cuando en una casa se sabe recibir, cuando en una casa se sabe hacer de comer, cuando en una casa se sabe saciar la sed desmesurada de sus invitados, cuando se consigue una tertulia como la de ayer se está, sobre poco más o menos, en las mismas puertas de Paraíso. Y el paraíso, señores, está ahí mismo, antes de cruzar Navacerrada, en el mismo Guadarrama.

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El menú, que los señores Outeiriño-Billotti nos ofrecieron, tras un antipasto exquisito: vitello tonnato (unos canapés de finísima carne de ternera con salsa de anchoa y atún), torreznos de lacón gallego, queso batido con mermelada de moras, etc. Después, y ya en una mesa perfectamente adornada y servida. Una mesa que daba gusto de verla, tomamos una crema de boletus y setas –champiñon, chantarellas y cebolla caramelizada- que estaba perfectamente ligada.

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Y, coronando todo ello, un pollo guisado y acompañado de una polenta gloriosa. Un pollo criado en San Andrés de Teixeido, aquel lugar en el que va de muerto, quien no fue de vivo. A las faldas de la sierra de Capelada y asomado a los acantilados de la mar de Cedeira.

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Un pollo alimentado por todas aquellas cosas que comen los pollos y que hace que sus carnes, además de blandas, sean compactas y tengan la edad que debe de tener un pollo para su consumo. De postre una exquisita crema de chocolates y frambuesas frescas y en su perfecto punto de acidez, y luego, tras los cafés, el riquísimo licor de abruños, de cerezas y hasta de café para quien lo quiso.

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Al llegar la noche y la poquita de nieve que cayó para recordarnos que estamos en febrerillo el loco, cada mochuelo volvió a su olivo y, ya instalados en él, recordamos todos y cada uno de los minutos tan agradables  que hemos pasado y, en lo más hondo de nuestro corazoncito pensamos que qué bien, que qué agradable y cuánto le debemos a aquella loca de Güeñes que, en otros tiempos, nos engañó y nos embarcó en un proyecto falso pero que, gracias a él, podemos contar con tan buenos y entrañables amigos.

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Muchas gracias Billotti, Maru, Cari y Carmello. Muchas gracias a los cuatro por ser como sois.

UN DÍA EN FRESNEDILLAS

 

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Hoy hemos cogido el coche y hemos aprovechado el descanso que, entre ciclogénesis y ciclogénesis, nos ha permitido disfrutar de un día frío, pero soleado, y nos hemos marchado a Fresnedillas de la Oliva, aquel Fresnedillas que cumplió un papel esencial en el Programa Apolo de la NASA y que permitió hablar a los primeros astronautas que llegaron a la Luna en el Apolo 11. Aquella Fresnedillas en las que se construyó una estación que, junto a la de Camberra, en Australia y a la de California, en los Estados Unidos permitieron dividir en tres husos y posibilitar la conexión constante con las naves estuvieran donde estuvieran en su rotar a la Tierra y a la Luna.

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No hemos ido, pese al Museo Lunar que alberga el pueblo, a ver nada extraterrestre sino las pinturas de Elena Parlange, la Basky de la sierra de Madrid. En Fresnedillas Elena ha pintado, sobre casas abandonadas a personajes que asoman sus cabezas por ventanas, puertas, verjas… Son escenas de la vida cotidiana del pueblo, de un pueblo que quiere mantener viva su memoria y sus recuerdos infantiles.

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La idea (a ver si aprenden ciertos alcaldes) patrocinada por el Ayuntamiento nace del empeño del anterior regidor, D. Antonio Reguilón, para recuperar algunas casas abandonadas, ruinosas, de las que sólo quedaba en pie la fachada y poco más. Eso sí, unas magnificas fachadas de piedra que sirven de soporte para, a través de la pintura, echar la vista atrás y recordar la vida a pie de calle de sus habitantes.

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Elena Parlange, que estudió Bellas Artes y trabajó durante años como diseñadora gráfica en varias publicaciones, encontró una convocatoria del INEM, que le permitiría involucrarse en esta aventura. Gracias a ella, se convirtió en una “intrusa” que “invadió” esas casas abandonadas que, muy pronto, empezaron a susurrarle vivencias del pasado.

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Elena convierte en un trampantojo estas casas muertas, ahora con vida terminando, como colofón, un mural de 12 metros donde recrea la Fiesta de la Vaquilla, una mascarada que recorre las calles del pueblo y cuyos orígenes se remontan a la época prerrománica y que se celebra el 20 de enero, festividad de San Sebastián.

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Si usted tiene un rato no dude en visitar este bello pueblo. Eso sí, yo le recomiendo que lo haga en día de labor. Ya, ya… ya sé que usted trabaja y no está jubilado, pero verá que es mucho más gratificante y divertido.

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EL DANÉS ASLOG ANDERSEN, EREMITA

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Junto al río Tajuña, en el término de Perales, vive un danés al aire libre. Algunos dicen que si es masón; otros que no, que masón no es, que lo que es es un eremita que se alimenta de hierbas y frutos de la zarzamora y que se pasa el día haciendo gimnasia sueca. Los más dicen que está loco, que es aseveración muy socorrida cuando no se sabe nada del asunto. El danés se llama  Aslog Andersen y pinta cantos del río y hace flautas con las cañas secas y collares con los juncos. Luego, cuando el mercado medieval, lo vende en la plaza. Al Aslog Andersen le preocupa mucho su alimentación.

En el purgatorio está prohibido meter alimentos, dice. Según san Mateo hay un cartel a la entrada que dice: prohibido meter alimentos y cantar, aunque sea bien.

Hombre Aslog, y eso ¿cómo lo sabe usted?

Eso lo dice la Biblia, don Dimas. Ya sé que usted no es muy de leer la Biblia pero de hacerlo vería usted cómo disfrutaba con ella.

Ya lo intenté, no crea. Pero me costaba mucho aprender los personajes. Más de la mitad de la Biblia se va en explicar las familias y los personajes.

Sí, dijo el Aslog. Eso es cierto.

Y el purgatorio, Aslog, ¿hacia dónde queda?

Pues está entre Tielmes y Carabaña. Después de un canchal que hay junto a la vía del tren.

¡Anda!, pero si está aquí mismo.

¿Y el limbo?

El limbo queda más lejos, pasando Ambite, y ya metidos en Guadalajara.

El Aslog Andersen tiene amores con la Ermitas, una gitana de Villaconejos que fue iza en el Cerro de la Plata, de Madrid. A la Ermitas, por aquellos tiempos, la decían Reintegro porque devolvía el dinero a los hombres si ella quedaba satisfecha. Al parecer, y como en la lotería, tres de cada diez recibían el reintegro.

Hay gentes que, de puro buena, merecerían entrar en el santoral, ¿verdad, don Matías?

Ya lo creo.

¿Y el infierno, Aslog. Dónde queda el infierno?

En Parla. Nada más pasar el desguace de coches.

Claro, claro.

A la señorita Jovita Hernangómez Conejo le pareció que el título de Miss Simpatía no era suficiente y que ella, que era la más mona, merecía el de Miss Piscina. La señorita Jovita Hernangómez Conejo dio a entender que la señorita Aurelita Torres de la Alameda tenía algo más que amistad con don Senén Grijota, el presidente del casino y así lo expuso públicamente en el momento de entregarla la banda. Don Senén, visiblemente nervioso se dirigió a la señorita Aurelita y le dijo, dice:

¿Verdad que no es cierto, churri?

No, amor, le dijo la Aurelita, que sí que estaba como un tiro, pero que era algo monguis.

Y aquello fue el acabose. Los mozos –siempre empiezan las guerras civiles los mozos tras un calentón- se abalanzaron contra el jurado y echaron a la piscina al don Senén quien, pese a ser presidente de honor del club náutico de Perales de Tajuña, no sabía nadar.

¡Que se ahoga!, gritaban unos

¡Que nos cierra el juez la piscina si se ahoga!, decían otros.

¡El móvil!, gritaba la señorita Aurelita, la Miss, que lleva mi móvil en su bolsillo.

¡Dejadle y que se joda!, gritaba Miss Simpatía, aún dolida por el tongo.

Será el tanga, dice don Dimas que le aprieta.

No, el tongo, don Dimas, le aclara don Matías. Que es que estaban conchabados.

¡Pero qué me dice…! Y luego dicen de Jordi Pujol.

Al final el Restituto Virumbrales, que sacó el carné de socorrista en la Cruz Roja de Arganda, se hizo con un bichero y logró sacar al don Senén de la piscina sin más daño que un empanzamiento de agua.

La señorita Aurelita Torres de la Alameda quería hacerle el boca a boca lo que, añadido al escándalo de la denuncia de Miss Simpatía, no contribuyó, precisamente, a apaciguar los ánimos.

El Aslog Andersen, el danés, ajeno a todo lo que estaba pasando en la piscina siguió con la rebusca de cantos gordos, cantos rodados y modelados con el agua. Algunos, los pintaba como si fuera un perrillo, otros como un pez panzudo y de vivos colores y otros, ¿por qué no? como si fueran la Ermitas, la Reintegro, practicando sus artes amatorias.

¿Y el cielo, Aslog? ¿Dónde está el cielo?

¿Y tú me lo preguntas, Miss Simpatía? El cielo eres tú.

A Miss Simpatía se le cayeron los palos del sombrajo y, enamorada, le dijo que sí, que olé tu cuerpo serrano y se unió a él en su industria de la pintura de piedra y compartieron todas las moras y los tapaculos del río y se pusieron como el Tenazas de comer hierbas y de hacer gimnasia sueca.

Uno, dos. Manos arriba, culo para afuera. Ese pecho Jovita.

¿Qué pasa como mi pecho?

Eso digo yo, ¿qué pasa con tu pecho?

Y colorín colorado que este post se ha terminado. Y si no comieron perdices fue por aquello de ser vegetarianos, pero sí que lo hicieron con unas corujas y unos berros que estaban de chuparse los dedos.

LA MEJOR SOMBRA DEL MONTE

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La mejor tierra para descansar es aquella en la que da sombra el castaño y el haya. Bajo la sombra del castaño y del haya discurren, siempre, los más frescos y claros arroyos de agua. Crecen los grosellos y el aromático laurel y pían los pájaros más canoros y entretenedores. Bajo la sombra del castaño y del haya nunca se guarece ni la picaraza choriza ni la abubilla apestosa; no. Bajo la sombra del castaño y del haya descansan y cantan los ruiseñores, los jilgueros y los mirlos que saben silbar polkas y valses de lo Strauss. Bajo las sombras frescas y reponedoras del castaño y del haya crecen los más gordos y apetitosos hongos y los frescos y picantes berros de ensalada. Esos berros que, con anchoa en salazón y queso Feta están de muerte.

Dice don Camilo, el de los tres premios, en su libro Madera de boj, que quien encuentre el tesoro de la reina Lupa, la céltica señora de las tierras del fin del mundo, será el más rico de todos los demás gallegos juntos. Igual lo encontró Amancio Ortega y el tesoro no era sino los patrones de los vestidos y jerseys de Zara. Esto de la riqueza y su primo hermano el poder son cosas muy confundidoras y desequilibrantes.

En el Uruguay no deben darse los drogueros ni los merceros. ¿Usted, don Dimas, conoce a algún droguero o a algún mercero uruguayo?

Pues no señor. Ahora que lo dice no conozco a ninguno.

Es que, según dejó dicho don Federico Nietzsche por el Uruguay, como hay otro uso horario, no se dan ni los drogueros ni los merceros. Tampoco los sexadores de pollos. Si que se dan, ya ve usted, los psicólogos y los delanteros centro. También hay uruguayos pesados y redichos que se pasan el día chupando hierba mate como locos y asando tiras de carne y hasta chorizos criollos.

Oiga, don Matías, ¿y esto qué tiene que ver con lo anterior?

Pues nada, la verdad, pero es que he parado para tomar un vasito de vino y un pincho de sardinillas en aceite, que tenía algo de hambre y he perdido el hilo.

¡Ah!, usted perdone. ¿Qué hilo?

El de Ariadna.

¡Ah, sí, es cierto! Siga, por favor.

Gracias

Yo nunca me baño en la mar o en el río. Tampoco en la piscina. Yo solo me baño en la bañera de mi casa y antes de desayunar y guardando las dos horas de la digestión. En la mar hay algas. Las algas son como culebras que ahorcan a los hombres por los pies y terminan matándolos tras picar su veneno en las ingles desnudas del incauto. Un hombre al que las algas cojan del tobillo está perdido. Su muerte por ahogamiento y envenenamiento es segura. Luego, el señor juez, al levantar el cadáver se vuelve loco buscando las causas. Si los jueces, en lugar de aplicar el reglamento estuviesen más atentos a lo que cuenta la afición, otro gallo nos cantaría a todos. En los ríos pasa otro tanto con el cieno y las sanguijuelas y te acaban sacando la sangre de las venas a chupetones. En las piscinas no se ahoga nadie ni por ahorcamiento de los pies ni por envenenamiento de las culebras y las sanguijuelas pero está llena de orines de los demás. En las piscinas la gente se ahoga de asco.

El cocinero guipuzcoano Martín Belaústegui es muy pérfido y malicioso con las carioquillas. A las carioquillas, en algunos sitios, las llaman pijotas. El cocinero guipuzcoano Martín Belaústegui fríe las carioquillas, sin ningún tipo de consideración, poniéndolas con la cola mordida. ¿Al cocinero Martín Balaústegui le gustaría que le friese a él, como a san Lorenzo, en una sartén de aceite hirviendo y mordiéndose la cola… A que no? Pues eso; que debería ponerse en el lugar de las carioquillas, pero no. La gente es muy desconsiderada y malévola. Y muy poco ecologista y sí muy partidaria de la higiene dental y de las prótesis peneanas.

Doña Higinia de la Puerta es muy higiénica y sana. A doña Higinia de la Puerta nunca, jamás, la han tenido que poner una irrigación. Ella va muy bien del vientre y, cada día, nada más levantarse, se sienta en el güater y, mientras silba La Madelón suelta el vientre. ¡Quien pudiera!

¿Y nunca cambia de canción?

Sí, cuando va suelta silba Mis manos en tu cintura, pero en francés, no en español. Silbar en francés no es fácil. En España, además de doña Isabel Sanz, no hay más de dos personas, y las tres son señoras, que el francés es idioma de madamas y monsieurs un poco tutifruti, que sepan hacerlo con soltura y medido ritmo.

La gente gasta por gastar. Nos hemos acostumbrado a no hacer caso a nuestros mayores, que eran mucho más ahorradores que nosotros y así nos va. Yo, por ejemplo, no he gastado en mi vida en despertador. Siempre le rezo un Avemaría y dos Salves, en latín, claro, a la Santa Compaña y no necesito despertador. Cuando la Telefónica se enteró de esto retiró de los teléfonos el servicio de despertador.

¡Anda, es verdad! Ya no hay servicio de despertado.

Claro, ¿quién lo va a utilizar con lo que cuesta si lo de la Santa Compaña es gratis?

Pues también es verdad

Los zurdos no valen para cargar camiones llenos de frigoríficos. Sí que valen para cargar camiones de cocinas eléctricas y aún de gas, pero no de frigoríficos. Si un zurdo quiere cargar un camión con la nevera cogida con la mano izquierda la nevera se abre y se arrea él mismo con la puerta en la cara. Los zurdos, cuando tengan que cargar neveras, lo mejor que se pueden hacer con ellos las empresas de transportes es subirlos al camión y que vayan colocándolas dentro de la caja del camión.

Oiga, don Dimas, a usted no le parece que el post de hoy va algo revuelto.

¿Por…?

No sé, me parece a mí.

Pues no. Nada de eso.

El mejor vino del mundo dejando de lado el de El Bierzo, que es punto y aparte, se hace en el centro de España. En Méntrida, en Colmenar de Oreja y hasta en Cebreros ¡Menudo vino hay en Cebreros! Para mí que es el mejor de la Rioja

Pero si Cebreros es de Ávila.

Pues por eso lo decía, Cebreros pertenece a  la Rioja Avilesa que es la Rioja Alta. La otra Rioja, la Baja, es la Rioja Riojana. En Cebreros, por si usted no lo sabía, abortó una tarde, mientras iba camino de Tordesillas, la reina Isabel la Católica, la que montaba tanto como su esposo. Para mí tengo que abortó por el adoquinado. Parece que no pero tanto traqueteo no podía ser bueno para la criatura.

¿Y la Ribera del Duero?

La Ribera del Duero no es un vino. Es una hermana de Paquirri que nació en Soria, cerca de El Burgo de Osma, el pueblo de Aldea.

¡Ah!, yo penseé…

Pues no piense. En Cebreros han traído, el otro día lo decía la prensa, un montón de emigrantes de pelo blanco. Al parecer eran como los que cantaba Mecano albinos medio hijos de la luna.

¿Albinos y emigrantes?

Si. Albinos Kosovares, decía el periódico

¿Y no sería Albano Kosovares?

No hombre, no. El Albano; el de la Romina Power, es italiano y no kosovar. Además, ahora debe de estar divorciado. Fíjese, ¡quién nos lo iba a decir!, ¿verdad?, y con lo empalagosos que parecían en el televisor.

 

EL SOPLADOR DE VIDRIO

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Los hombres blancos que han sido buenos en su vida y han sido humildes y generosos van al cielo. Pero van al cielo de los blancos, que está en la Vía Láctea, que para eso es del color de la leche. Los negros no. Los negros, aunque hayan sido humildes y generosos van al cielo también, pero van a un agujero negro del cielo infinito. Para eso son negros, claro.

¿Y los chinos y los aceitunados?

Los chinos y los aceitunados no van al cielo porque no tienen alma. Confucio y Corazón Aquino nunca dejaron escrito que tuvieran alma. A los chinos y a los aceitunados nunca les llegó un duro del Domund porque se gastaba siempre con los negritos, que tenían muchas más necesidades que ellos y claro, no se convirtieron a tiempo. Además los chinos eran seguidores de Mao que era comunista.

Claro, claro.

Una mañana, de hace ya varios años, aparecieron en el pueblo tres hermanos que habían nacido en Eslovaquia. Entonces, Chequia y Eslovaquia eran como las ofertas y daban dos por una: Checoslovaquia. Los tres hermanos se llamaban Molnár y eran, como ya se dijo tres, como las Marías: el Alojz, el Bohusalav y el Dalimin que era el menor de los tres. El Alojz, que era el mayor, sabía tocar la tuba y el cuerno alpino y era tranviario en Bratislava. Después, y por la proximidad a Alemania, salía a tomar cervezas y licor de guindas por las calles vestido de bávaro, con su pantalón corto de peto, medias de lana y un chapiri verde con una pluma de ánade. Cuando llegó al pueblo así vestido los niños le tiraban cantos y hasta cagarrutas de burro. El mediano, el Bohusalav soplaba el vidrio en las montañas de Lusatia, en Baviera. Como en el pueblo no hay vidrio se dedicó a poner lañas a los lebrillos y a reparar varillas de los paraguas. El Dalimin, por eso de ser el pequeño, no hacía nada. Era más vago que la chaqueta de un guardia. El Dalimin, como ni sabía ni quería hacer nada, se apuntó en el ayuntamiento y cobraba la renta básica y hasta le dieron un apartamento y un vale para comer todos los días en la casa de comidas de la Eufrasia.

Claro, como los eslovacos no son ni chinos ni aceitunados les dan la renta y las ayudas que quieran, ¿verdad?

Naturalmente.

También tenemos, en mi pueblo, un dinamarqués; bueno en realidad es estonio pero vino de Dinamarca y es luterano por la gracia de Dios. Los luteranos, a pesar de que son blancos, si han sido buenos en su vida y humildes y generosos tampoco van al cielo. Por ateos y por descreídos. ¡Que se jodan! Van al cielo, eso sí, pero al cielo de los luteranos que ni está en la Vía Láctea ni en los agujeros negros del espacio.

Entonces, don Dimas ¿dónde está el cielo de los luteranos estonios?

En Móstoles. Que ahí cabe de todo. Al lado del Ikea y del Decathlon; a la altura de Loranca.

A los dinamarqueses y a los finlandeses les gusta estar en público en pelota picada sudando como viudas gordas en Benidorm, dentro de la sauna. A los finlandeses y los dinamarqueses les gusta arrearse estopa con un ramo de hojas de abedul.

Una tarde en que el dinamarqués de mi pueblo estaba sudando en la sauna el Dalimin, el eslovaco, le cambió el ramo de abedul por un ramillete de ortigas. ¡Qué cabrón el Dalimin, cómo le dejó la espalda al eslovaco! Nos estuvimos riendo una semana seguida… ¡Y cómo brincaba!

El Alojz una tarde se suicidó tirándose de lo alto del campanario, como si fuera la cabra de Manganeses de la Polvorosa. Cuando cayó y se desparramó por la plaza avisaron a los hermanos que no podían creérselo.

¿Pero el Alojz? ¡Qué raro…! Si tenía vértigo, cómo se va a tirar desde ahí arriba.

Pues ya ve usted, le dijo el Argimiro, el camarero, que levantó el cadáver cuando vino el señor juez con la espátula de volver los sándwiches de la cafetería.

El Dalimin se metió novillero de reses bravas y se anunció, para tomar la alternativa, el día de santa Margarita María de Alacoque, virgen. El Dalimin pidió por adelantado la mitad de la soldada y un adelanto para alquilar el traje en la capital. El Dalimin, como era de prever, no apareció ni el día de santa Margarita María de Alacoque ni el día del Pilar, y eso que era fiesta nacional. Al Dalimin, según contó una vez un corredor de berenjenas de Almagro, murió al caer de un caballo de tiovivo escapando de la guardia civil que montaban un cerdito. Era de prever, siempre anduvo galopando sobre la línea roja del calabozo.

¡Oh!, qué poético…

El Bohusalav, el que ponía lañas a los lebrillos y varillas a los paraguas fue el único normal. Se casó con una gitana que venía con una familia medio titiritera y una cabra que subía la escalera. La niña pasaba la pandereta mientras el padre tocaba Paquito el chocolatero haciendo sonar el sobaco con el hueco de una mano. Hay gente que, si le diera usted un instrumento musical, podría llegar a Mozart o más allá. El gitano era uno de ellos. ¡Qué manera de afinar el tío!

Al Bohusalav le enseñó el gitano a mover a gran velocidad los cubiletes del trile y a poner regatones y estoques a los paraguas. El Bohusalav se casó por el rito gitano con la Meregilda, la gitana que, en realidad se llamaba Hermenegilda pero que, en caló, se decía Meregilda. Lo que más le costó fue arrancarse la camisa, como Camarón. Al Bohusalav le costaba entender que las costumbres, en cada país, son distintas. Él quería que la Meregilda se llamase Bohusalava. El abuelo del clan, como es fácil de entender, se negó en rotundo.

¿La niña llamarse mushas bragas? No se lo cree ni usted.

No, no… Bohusa-lava. No muchas bragas

Ah, no… La niña no se lava. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Pero qué se habrán creído el húngaro este. Perder la niña la oló a muhé

Déjelo, atinó a decir el eslovaco. No nos vamos a entender

Mejor asín, payo

Después de seis años de matrimonio la niña Meregilda se marchó del pueblo porque echaba en falta la vida en el camino. Ya lo dijo don Antonio, el poeta de Soria, que se hace camino al andar, pero como no se hace, desde luego, es sin salir del pueblo. Cuando la Meregilda se fue del pueblo al Bahusalav se le vino el mundo encima y se marchó a su tierra donde, mediante el programa Erasmus, sacó un máster de proxeneta que le servía para ejercer en toda la Unión Europea. Ha abierto un puticlub en Lovaina, Bélgica, que se llama Jelou Kitty y que ha llenado de chicas con burka. El nombre no parecía muy apropiado, según le dijo su head hunter, pero él sabía que, ese nombre y esos atavíos, se aseguraba una parroquia muy particular. Y así fue hasta que los okupas y los skaters asaltaron una noche el club y se lo apropiaron. Ahora está de nuevo en Lusatia soplando vasos de cristal y se le han puesto unos labios que parece a Cayetana echando besos a Curro Romero en la corrida del domingo en la Feria.

¿Y ahora, don Dimas, ya no les quedan más extranjeros en el pueblo?

Pues no, la verdad. Ahora sólo nos queda uno que es marino y de El Burgo de Osma. No es extranjero pero mire usted, con lo que ha zascandileado océano arriba y abajo, es como si fuera de Bosnia Hezergovina.

 

RICARDO FUENTECASA, EL MISÓGINO

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El bandolero Buenaventura Barbancho Crujera, alias Venturita de Ubrique no era un dechado de generosidad. El bandolero Barbancho robaba a los ricos para quedárselo él. El bandolero Venturita de Ubrique, jamás, repartía con los pobres. A los pobres que les den, decía. Que espabilen y que se jodan. Además, añadía, que roben, como hago yo. ¡Faltaría más!

Don Dimas tiene mucha paciencia y buena voluntad. Don Dimas, ahora que ha estado en Portugal, aprendió a cantar fados con mucho sentimiento y los canta poniendo los ojos en blanco, como si estuviera en trance. Don Dimas cantando fados se parece a El Puma pero en veterano, claro. Don Dimas, cuando terminan de bailar los viejos aquello de No sufras más mi pobre corazón, con los dedos pulgares en el bolsillo del pantalón vaquero, coge el micrófono y canta fados tristes, fados melancólicos y bellos a sus compañeras de excursión. Se um português marinheiro/dos sete mares andarilho/fosse quem sabe o primeiro... Don Dimas, incluso, cuando van en el autobús de excursión por el Cabo de San Vicente, canta bellos aires de la tierra para amenizar a los ancianos. Da gusto ir de excursión con don Dimas.

Genaro Vallina Noriega, un barrendero de Carrandi, parroquia del concejo de Colunga, en Asturias, está enseñando a bailar claqué a dos andaricas. Las nécoras, las nécoras asturianas, naturalmente, son más listas que el zorro. Usted –y haga la prueba- silba una canción a una nécora y verá cómo lleva al ritmo. Incluso, si a media canción, le cambia de ritmo se adecúa a él como Giogogio Aresu, aquél bailarín que fue cuñado de Ana García Obregón. ¿Le recuerda usted, don Dimas?

No habría de acordarme… Si era el mayordomo Ambrosio en La Mansión de los Plaff.

¡Joder, vaya memorión!

Don Ricardo Fuentecasa, legionario del Tercio Alejandro Farnesio, tenía dieciséis hijas, cuatro nietas y seis ex esposas. También tuvo seis suegras viudas y ocho hermanas. A don Ricardo Fuentecasa le acusó una legionaria de su compañía de misógino. A don Ricardo Fuentecasa lo que más le gusta en el mundo es llegar a casa y comer, o cenar, un buen solomillo de buey. Tampoco se quejaría si, en lugar de ser de buey fuera de ternera. Lo malo es que todas las mujeres en la vida de don Ricardo Fuentecasa son vegetarianas.

Don Ricardo Fuentecasa, cuando se enteró que había cambios en los ministerios y que iban a poner una ministra del Ejército mujer se dijo aquello de date por jodido. Don Ricardo Fuentecasa fue licenciado y fue enviado a la reserva. La reserva, en una casa dominada por las mujeres suena a territorio comanche. Nada más cierto.

Hay gente que no tiene mucha suerte, la verdad.

La última esposa de don Ricardo Fuentecasa, la Olegaria Turrón no dejaba a don Ricardo comer helados de mango. El helado de mango, decía, produce endorfinas endógenas que, una vez que se alojaban en la sangre de su esposo funcionaban como neurotransmisores excitando el hipotálamo y la glándula pituitaria.

¿Yo?, preguntaba don Ricardo. ¿Yo tengo de eso?

Sí, tú. El santito… Si ya me lo dijo mi madre antes de la boda. A mi estos tíos que no tienen más que hijas y no saben hacer chicos no me gustan un pelo. La señora Leona, la madre de la Olegaria Turrón lo tenía más claro que el caldo de un asilo.

Cuando se está en casa hay que estar bien vestido y arreglado por si acaso. Don FelisindoTrijueque vive solo en su casa. A don Felisindo Trijueque se le cae el pelo y, por evitarlo, se pone todas las noches un ungüento en la cabeza con rodajas de pepino y boñiga de ardilla bien disuelto. Don Felisindo, para que no se le caiga o le manche el ungüento lo cubre con un pañuelo de gasa de color fucsia. Una tarde sonó el timbre de la puerta y, sin darse cuenta de cómo estaba vestido, abrió y se encontró a su vecina, la Jesusa de la siguiente guisa: calzoncillo abanderado azul claro; camiseta de la misma marca de tirilla en color amarillo claro; zapatillas chanclas del oso Yogui que le trajeron unos amigos de un viaje de placer a Yellowstone; calcetines ejecutivo a media pierna y el mentado ungüento y el pañuelo de castañera folk. La Jesusa, al verle de esas pintas chilló y salió corriendo mientras el don Felisindo trataba de cogerla del brazo para que no gritase. Las puertas del resto del edificio de apartamento se abrió y las vecinas, espantadas, llamaron a la policía que se llevó al violador del pasillo hasta la comisaría.

Cuando al bandolero Buenaventura Barbancho Crujera, alias Venturita de Ubrique, le criticó en su programa El gran Wyoming por no repartir con los pobres sus golpes en la serranía de Cádiz contestó con mucho fundamento. ¡Nos ha jodío aquí el Wyoming. ¿No lo hace Montoro? A ver si ahora voy a ser yo el único primo que reparta la guita con los demás.

Yo creo, don Dimas, que el bandolero Venturita de Ubrique tiene razón. ¿No le parece?

Pues sí, don Matías. Ya lo creo.

 

VA A NEVAR EN MADRID

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Madrid se despertó con una capa de nieve impresionante. La radio había dicho, bien de mañana, que esta nevada no se veía en la capital desde que se tenían datos históricos en meteorología. De los tejados colgaban carámbanos de hielo como en el bosque de Santa Claus. Daban ganas de quedarse en la cama y llamar a los clientes, al colegio…, alegando alguna gripe o algún esguince de tobillo. A fin de cuentas, pensó, con este hielo y esta nieve cualquiera podría haberse torcido el pie. Antes de salir a la calle volvió a asomarse a la ventana. Las cuatro personas que caminaban bajo la luz anaranjada de la farola expelían vaharadas de humo por la boca y la nariz. ¡Joder!, murmuró en voz baja, cualquiera sale con este frío.

Del armario del vestidor sacó un chaquetón plumífero de cuando iba al monte. Hacía años que no se lo ponía. Tantos como hacía que no nevaba en Madrid. Se cubrió el cuello con una bufanda y la cabeza con un gorro de lana. Salió a la escalera y esperó al ascensor. En el ascensor bajaba Marta, una vecina a la que conocía desde niña. Marta, cuando tenía dieciocho años aparentaba treinta y tantos. Ahora que tiene cincuenta aparenta dieciocho. Algunas mujeres,  se dijo, parece que van y vienen de un calendario a otro como en un bucle.

Al poner el pie en la calle se dio verdadera cuenta del frío que hacía. Estaba cayendo agua nieve y, el viento, rascaba en la escasa piel de la cara que estaba desguarnecida. En las aceras la nieve estaba dura y parecía ya más hielo que nieve. En la calzada, por el contrario, las rodadas de los coches habían convertido la nieve en un aguachirle sucia y muy peligrosa de pisar.

En la esquina de la calle, pese a lo temprano que era, ya había una castañera, badila en mano, atizando el fuego del bidón donde asaba las castañas. El puesto –una especie de trampantojo de maderas- cubría sus espaldas y la anciana castañera se cubría del frío con una mantilla negra de lana y un pañuelo negro como el de las plañideras. Llevaba las manos cubiertas de guantes con los dedos cortados y, después de avivar el fuego, se dedicó a fabricar cucuruchos de papel de periódico. Esta pobre mujer, pensó, ¿no tendría que estar en alguna residencia o al cuidado de algún hijo? Al llegar al cruce de las dos calles se detuvo frente al semáforo. No pudo, como hacía siempre, cruzar en rojo puesto que los coches iban despacio para evitar derrapes.

De una de las cornisas caían gotas de agua que se le introdujeron entre el cuello de la camisa y la nuca. Un repelús del frío del agua recorrió su cuerpo. ¡Dios!, pensó. Mira que tener que pasarme a mí, precisamente. Cuando el semáforo cambió a verde para los peatones inició la marcha pero, ¡vaya por Dios! un coche se saltó el semáforo y le puso perdido del agua sucia y de la nieve derretida. El coche siguió su marcha sin disculparse mientras que él, empapado y sucio, le amenazaba con un puño cerrado y le cubría de improperios. No, hoy no era un buen día. Tenía que haber seguido su instinto y quedarse en la cama.

Por fin llegó hasta la calle donde tenía aparcado el coche. El coche tenía, sobre el capó y el techo, una enorme cantidad de nieve que tuvo que quitar con la mano. Tenía la mano helada y no atinaba a meter la llave en la cerradura. Le dolía del frío y le impedía coger la rasqueta para quitar el hielo del parabrisas. Como pudo fue rascando el hielo del parabrisas y de la luneta térmica posterior. Se dio cuenta, tarde desde luego, que la nieve que estaba quitando con la rasqueta se le metió por dentro del zapato. La sensación de frío, ahora, era tremenda.

Cuando por fin había quitado el hielo al parabrisas metió la llave en el contacto pero el coche no respondió. Está helado, pensó, y volvió a intentarlo. Nada. El coche no arrancaba. Será la batería, o vaya usted a saber. ¿Ahora qué hago? No hay taxi, a esta mierda de urbanización no llega el metro y, el autobús, es una entelequia.

Don Dimas se despertó sobresaltado. Estaba sudando en su cama. El sol, un sol de justicia incluso para un mes de enero, había invadido la habitación de su hotel. ¿Dónde estoy?, pensó. ¿Y la nieve, y el hielo, y el coche que no arranca…?

¡Uffff!, respiró aliviado. Era un sueño. Se asomó a la ventana y vio la playa de Benidorm relucir bajo un sol de invierno que invitaba a su paseo. A lo lejos la isla de los Periodistas plateaba, junto a las aguas, por el efecto del sol. ¡Qué susto!, pensaba que todavía estaba trabajando y que ya no estaba jubilado. Madre mía, volvió a exclamar todavía sin apenas despertar. Por un momento creí que era Alex Fuentetaja o Isabel Sanz que tenía que ir este lunes, dieciséis de enero, a trabajar.

Don Dimas tuvo un cariñoso recuerdo para ambos. En la vida, se dijo, hay que se agradecido ¡Que Dios, Nuestro Señor, que siempre es justo y necesario les premie por sus aportaciones a final de mes a Hacienda para el mantenimiento de mi pensión. Amén.