LA CIRIO, PEPE BOTELLA Y OTRAS ADIVINACIONES

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Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio, tuvo que lidiar con el nombre que le cayó en suerte toda la vida. Hay otras, ya se explicó aquí, en otro momento, que se llamaron Consuelo de los Mozos que aún tiene mucha más coña. Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio, trabajó, de niña, acarreando cubos de leche en la granja Calostros de la Ribera S.R.C, que abandonó con quince años porque no soportaba el olor a chotuno. Hizo bien. Tras dos años de mucama en casa del Andrés Avelino, juez de paz de Arroba de los Montes, provincia de Ciudad Real, Spain, abandonó también pues el Andrés Avelino era de natural sobón y la Cirio, incomodada por los pellizcos y sobos se marchó y se instaló por cuenta propia enjalbegando paredes y fachadas con el blanco albayalde que conforma el pigmento del carbonato básico de plomo. ¡Jesús, don Dimas!, que manera de puntualizar y qué redicho nos salió. Pues sí. ¿Qué quiere usted que le diga? La Candela, en cuanto se enteró de que la pusieron de mote Cirio Blanco, por los chafarrinones que le caía de la pintura abandonó, también, el oficio y se hizo echadora de cartas. La Candela de la Iglesia Grande, alias Cirio y Cirio Blanco se puso, como nombre artístico, Miss Madame. Se conoce que no tenía mucha soltura con los idiomas. Pues bien Miss Madame se especializó en llamadas al más allá y, concretando aún más, en citas con fantasmas de cierto nivel. Comenzó, como todas, llamando a maridos y esposas recién muertos y, de ahí, le vino una cierta fama en la comarca que, con el tiempo, se extendió a la provincia entera. Lucio, preséntate ante nosotros, la Etelvina te llama. Y la mesa, a través de un ingenio eléctrico que pisaba con un pie, comenzaba a vibrar como si el Lucio estuviera allí mismo. Etelvina, ¿qué has hecho con el dinero de las alfalfas? La Etelvina, al escuchar que el Lucio le pedía cuentas por lo de las alfalfas se soltó de las manos de la Cirio y salió hacia la calle haciendo fú, como el gato. Tránsito, aquí tienes a tu Nicéforo que te quiere saludar. La Cirio volvió a apretar el interruptor de la mesa y esta ¡zas!, venga a vibrar… Nicéforo, golfo. Como te vuelva a ver rondando a la Baltasara, la del molino, vuelvo y te clavo la gubia en un ojo, por cabrón. Al Nicéforo, que algo sí que rondaba con la Baltasara, se le soltó el vientre y tuvieron que traerle una jofaina de agua y una palangana para que se aliviara de urgencia antes de llegarse a casa. ¡Qué olor, por Dios!, ¿qué habrá comido este hombre?, decía la Cirio. Pues si no lo sabe usted, que es adivinadora, le respondió el Quirce, el de la Pajarilla, que había acudido al local de la Cirio para entrevistarse con don José. Don José, para quienes no estén puestos en esto de la cartomancia, la magia y el espiritismo, es don José Bonaparte, alias Pepe Botella hermano que fue de don Napoleón, el zar francés y cuñado, por tanto, de la Josefina de la Pagerie también llamada Yeyette. ¿Me siguen ustedes? ¡Huy!, la mar de bien. Siga, siga. El caso es que, una tarde, estando el Quirce casi en trance y a la espera de don José una mano anónima. Una mano que pasó rozando, como pasan los ángeles junto a los pecadores, de forma casi imperceptible, tocó una teta -pecho o mama- a la Candela, o sea a la Cirio Blanco. Allí sí que se formó la de Waterloo… ¿Quién ha sido? ¿Quién es el hijoputa que me ha tocado una teta?, gritó, más que preguntó la Candela. Yo no he sido, dijo el Quirce. Igual ha sido don José. ¡Qué don José ni que niños muertos! Si el don José está más tieso que la mojama. Tú has sido, arrimón pegajoso; especie de carantoñero. ¿Yo?, se defendía el Quirce. Sí, tú, sobón de mierda. Que no, doña Candela. Que no he sido yo, que tiene que haber sido don José, que era muy suyo en esto de las señoras. Mire usted, doña Candela, que don José se benefició a la Condesa del Vado, la esposa del Marqués de Montehermoso, y a la viuda del Marqués de Junco. Recapacite usted, doña Candela, y recuerde la copla: “De Montehermoso la dama/tiene un tintero/donde moja la pluma/José I”. Que don José era muy putero y muy sobón. ¡Pero qué dice este imbécil!, dijo la Candela a cuyos gritos acudió el Decoroso, un gañán con una garrota de siete nudos que era, a tiempo parcial, vigilante jurado en el local de la Cirio Blanco. El Decoroso, nada más correr la cortinilla de la entrada, soltó tal garrotazo al Quirce que, de no llevar la boina puesta, le hubiera reventado la cabeza como un melón. ¡Qué tío el Decoroso! La Candela, por no dar escándalos mandó sacar al Quirce arrastras por los pies y dejarlo junto al pilón como si estuviera borracho y se hubiera caído. La noche la pasó el Quirce en el cuartelillo y, al día siguiente fue soltado sin cargos. En su informe, el comandante del puesto, el cabo Quintanilla, armado de plumín y tintero y con una letra muy clara y caligráfica, escribió: la pasada noche del día del Señor, quince de febrero de los corrientes, festividad de Santa Jovita, los números Cacharro y Frechilla encontraron a un varón de cincuenta y tres años en aparente estado de embriaguez. Interrogado por la herida inciso-contusa de su cabeza, el citado interfecto declara que, al caer la tarde se dirigió al despacho donde la adivina conocida como Miss Madame, doña Candela de la Iglesia Grande, le iba a poner en contacto con don José Napoleón I, alias Pepe Botella, fallecido y hermano que dice ser de don Napoleón Bonaparte, de oficio emperador de la Francia y también occiso, al objeto de realizarle unas preguntas sobre el más allá. Estando esperando su aparición, y de sorpresa, alguien realizó tocamientos no consentidos en el pecho (o teta) de la susodicha adivina Miss Madame que se alteró grandemente y como no podía ser menos. Entonces, declara el detenido, sufrió un garrotazo del que no pudo ver a su autor que, bien podría haber sido, según declara, algún mameluco de la guardia personal del emperador. Vista la declaración el juez de guardia dio instrucciones precisas para que el cabo, a través de Cacharro y Frechilla, internaran en el Sanatorio Municipal al herido para realizar un seguimiento de su estado mental. Es providencia que firmo en Arroba de los Montes, Ciudad Real, Spain, a tantos de tantos, etcétera.

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CON UÑAS Y DIENTES

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Higinio Zamarreño Tolaretxipi, natural de Bera de Bidasoa, en la merindad de Pamplona fue, cuando niño, algo dejado para sus cosas. El Higinio Zamarreño se dejó las uñas largas como un Fumanchú navarro y, por darle utilidad, se metió guitarrista de flamenco en un tablao de Pontevedra; Casa Andresiño que, como pueden imaginar, tuvo que cerrar a la semana. Es que Pontevedra, le dijo el propietario, no es muy de fandangos y farrucas. Ya me parecía a mi, ya, contestó el Higinio que, si algo tenía, es que las veía venir de largo. Pero, si hubiésemos durado otra semana yo hubiera fusionado la taranta con la muñeira y ya vería usted. Pues igual sí, hijo. Pero mejor lo dejamos para más adelante. El Higinio Zamarreño Tolaretxipi se metió, entonces, veedor de reses bravas en los campos de Salamanca. En invierno, como no hay corridas -de toros, claro- se marchó a Onteniente donde probó como maestro horchatero y más adelante, pelador de gambas en Garrocha, Almería, Spain. El pelar gambas, cuando se tienen las uñas tan largas, es una ventaja sobre quien se las corta, no crean. El Higinio, lo primero que hacía, era darles un tajo con el meñique sobre la cola (de la gamba, claro) y, a partir de ahí, abría la piel y sacaba el cuerpo limpio del todo. Luego, y ya con la uña del dedo índice, rasgaba el cuerpo, por la parte de encima, y extraía el intestino de la gamba de un solo tajo. ¡Qué tío, dijo el propietario de la fábrica de gambas!, y ordenó a todos los empleados que se dejasen crecer las uñas. Algunos no quisieron, naturalmente, y fueron despedidos. ¡Estaríamos buenos!, dijo el propietario mientras firmaba los finiquitos. Nos ha amolado los comunistas estos… Al terminar la temporada de la gamba el Higinio se marchó a Soria donde se empleó como guardabarreras en la línea Valladolid-Ariza que, ¡vaya por Dios!, cerró a la semana. De allí se marchó porquero de montanera a Huelva, más concretamente a la zona de Ubrique donde estuvo casi un otoño y de allí a Ciudad Real para varear olivos. El Higinio, vareando olivos, era digno de ver. Cantaba malagueñas y alegrías de Cádiz mientras vareaba lo que, desgraciadamente, entretenía a la cuadrilla que no rendía lo debido. Por ello fue despedido y, tras este nuevo período sin empleo saltó el charco, como se suele decir, y entró a formar parte, como guitarrista del conjunto Los Chalchaleros donde se hizo un nombre interpretando el tema María Bonita. Una tarde que estaba rondando a la hija de un terrateniente del sur de Argentina le soltaron los perros. Las desgracias nunca vienen solas y el can, espantado por los gritos del bardo le mordió un jarrete dejando tullido al Higinio por los siglos de los siglos amén Jesús. De la Argentina se llegó hasta Caracautin, en Chile. Allí, junto a Salvador Allende, intentó reprimir -sin éxito- el golpe Pinochero y fue dado preso y expulsado del país. De vuelta a España, y tras recuperar el pasaporte, marchó a Londón, en las islas británicas y se hizo hippie. Estuvo en el concierto de la Isla de Wight donde, por una diarrea, tuvo que sustituir al guitarrista y cantante Mac Bolan, del conjunto músico-vocal Tyrannosaurus Rex, con gran éxito de público y crítica. Acabado el concierto se unió a un coro suizo que cantaba en las iglesias metodistas los temas de la película Sonrisas y Lágrimas pero no duró mucho porque lo suyo era más el cante jondo que el oleiolei de los alemanes. Cuando terminó sus bolos suizos y alemanes se metió gondolero en Venecia. Allí, por mor de la humedad, sufrió una baja por enfermedad -la primera de su azarosa vida- y tuvo que estar hospitalizado casi tres semanas. Estas tres semanas fueron, a lo largo de sus sesenta años de vida laboral, las únicas en las que no trabajó aunque sí que estuvo dado de alta. De Venecia, vamos, del hospital veneciano, volvió a Valencia y se empleó como paellero en Gandía. El Higinio Zamarreño Tolaretxipi tenía una mano mágica para darle el punto a la paella. Un poquito caldosa, con sus azafrán calentado previamente y su socarrat en el fondo… Una gozada, vamos. Pero, como no hay mal que cien años dure, acabó la temporada y tuvo que volver, ya frisando los sesenta a su pueblo, Bera de Bidasoa, la patria chica de don Pío y su sobrino Julio Caro. En Bera puso un asador de pollos que daba gusto de verlo y olerlo. Dicen quienes lo conocieron que, algunas tardes, era tan bueno y notable el aroma de los pollos asados del Higinio que venían a Bera gentes de Biriatou, Urrugne y Ascain, en el país de los francos y hasta de Irún y Lesaka, el pueblo de los Marichalar, en la parte española, para comprar y degustar los pollos a la Beresko que era como los llamaba. En euskera a la Beresko significa tal y como salgan, lo que da idea de que, el Higinio, los sacaba tan bien sin ningún tipo de esfuerzo. De Bera volvió a marcharse una tarde en que se cansó de asar pollos al Japón, donde entró a formar parte de la compañía de José Mercé en la que se mantuvo una temporada entera como guitarrista clásico. También, y por una corta etapa, participó en exhibiciones de Sumo, para lo que tuvo que engordar diez arrobas. Pero fue allí y no en otro sitio donde se rompió la uña del dedo gordo. Aquella que es imprescindible para el rasgueo de los fandangos. Entonces, claro, tuvo que pedir la cuenta y volverse a España. Una vez aquí, y como ya tenía sesenta y cinco años pidió la vida laboral al Instituto de la Seguridad Social. Han pasado diez años y todavía -¡vaya por Dios!- siguen los funcionarios recopilando toda su vida laboral para ver de darle su pensión. ¿Qué a qué se debe estar historia, preguntarán ustedes? Pues que esto no es nada para la que les queda a los funcionarios una vez que se quieran jubilar los jóvenes que entran ahora en el mercado laboral, con tanto Erasmus, tanta beca de la UE y tanto empleo precario por el mundo… Que Dios Nuestro Señor les pille confesados.

MANOLO RIZZO’S BARBER SHOP

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El Amonario Barriga Berbedel dejó el colegio al punto de comenzar la trigonometría. El Amonario Barriga Berbedel, cuando abandonó el colegio, se metió becario en una barbería. Allí, hasta que aprendió a pelar y afeitar barbas, barría el pelo, lavaba cabezas y afiliaba los archiperres del señor Lucio, el barbero titular que, además, de ser el fígaro titular, era el propietario del negocio. El Amonario Barriga Berbedel andando el tiempo y, tras pelar multitud de cabezas, heredó el negocio una vez que el señor Lucio entregó la tijera a San Marín de Porres antes de entrar en el paraíso de los barberos. Oiga, don Dimas, no me diga usted que el santo patrono de los barberos es San Martín de Porres. Pues sí señor. Para que usted lo sepa, San Martín, cuyo nombre en la vida civil fue Martín de Porras, hijo de burgalés y limeña de Lima, como aquella que iba del puente a la alameda, ¿me entiende? Sí que le entiendo, sí. Pues bien, San Martín de Porres, sobre ser el primer santo negro fue barbero y herborista a un tiempo. ¡Qué bárbaro!, no conocía esto de que era negro. Pues sí señor, además, para que usted lo sepa, cuando en su comunidad, la de Santo Domingo de Guzmán, se quedaron sin pasta para sobrevivir se ofreció -ya que era negro- a ser vendido como esclavo para que los demás comieran. ¡Qué tío!, ¿y lo vendieron? No, hombre; no. Cómo iban a venderlo si era el único cura negro que había… Yo que sé, esto del santoral es, para mí, muy misterioso y confundidor. Ya veo, ya. Siga. Sigo… Pues como le decía el Amonario Barriga Berbedel, una vez que se vio propietario de la barbería, y tras pagar el impuesto de transmisiones, el IBI, la notaría y el resto de impuestos a la banda de estafadores que gobernaba en su pueblo, se decidió por darle un cambio y ponerla más moderna e innovadora. La pintó de colores llamativos, puso wifi y un sofá, un televisor y una bañera con un ventilador dentro, para que pareciera una bañera de hidromasaje y la denominó Chill out lounge barber shop Manolo Rizzo’s. ¡Ostras!, ¿Y eso? Pues ya ve usted. El Amonario Barriga pensó, y con mucho fundamento, que Amonario Barber Shop y menos aún Barriga’s Shop no era nombre para una peluquería moderna. Si acaso, decía, lo de Barriga’s Shop podría valer para un centro de adelgazamiento, pero lo que es para una peluquería como que no. ¿Y por qué le llamó Manolo Rizzo’s? Pues porque decía que su Barber era la Monolo Blanik de las barberías. Y lo de Rizzo’s pues por darle un nombre más moderno: un look, decía italoamericano ya que Fígaro Fígaro Fiiiiiigaro era un canto operístico bien conocido entre la clientela. Claro, claro. Pero haría algo más, claro porque, que yo sepa, no por cambiar el nombre por otro más complicado de pronunciar, se vuelve uno rico como el hombre ese del Zara. Pues sí, claro. Algo más hizo. Lo que hizo, y tiene mucho mérito, es encargar a doña Ágatha Ruiz de la Prada, el diseño de unos tazones que revolucionase el mundo de la porcelana. Unos tazones que, vista la corriente hipster entre nuestros jóvenes, fue un auténtico pelotazo. Córtese usted un pelo… a tazón, como antaño, puso en la publicidad. También daban, y eso fue algo muy moderno, masajes craneales para desestresar la musculatura facial, con presiones y alargamientos desde la nuca hasta el óvolo de la cara y toda la zona frontal. ¡Jesús, don Dimas!, todo eso lo pensó usted solo. Sí señor. Sin ninguna ayuda de nadie. Para que vea. Ya veo, ya. Luego les daba un cóctel de planctón para que encontraran la armonía entre cuerpo y mente y, claro, lo que ya era la bomba: el corte con un tazón de Ágatha. Aquello, claro, y poner el pelao a 125 euros fue lo que revolucionó Chueca, Malasaña y el Barrio de las Letras. Oiga usted, no se lo va a creer, más de tres meses era el plazo medio para que le cogieran a uno. Hasta los de las entradas por internet se les ofrecieron para vender tickets y turnos de peluquería. Eso y poner a trabajar a diez barberos marroquíes a los que vistió de negro, obligó a pelarlos con la cabeza a cuadros y un mechón desfallecido sobre una de las dos sienes (cinco en la sien de babor y los otros cinco, en la de estribor). Eso, claro y obligarse a manifestarse como si fuesen flores de alhehí, ya me entiende… Oiga, don Matías, eso es de un machista y un homófobo que espanta. Sí, así es; machista, homófobo y de las JONS, pero era así. Los marroquines que era como les llamaba Manolo Rizzós hablaban con muchos osás, mucha tía y mucho arrrrrg, cuando se asustaban. Osá tía, osá, ¡que fuerte, qué fuerte!, cómo te han dejado el cabello por ahí. Arrrrrga. Osá, no sé como os arriesgáis a dejar el pelo, que es vuestra personalidad en manos de cualquier fígaro de pueblo. ¿O es que te han pelado en la mili?, decía ¿Qué pasa, Muamá? (El Manolo Rizzo’s llamaba Muamá a Mojamé) Osá, tío, osá, has visto cómo nos trae el pelo este caballero? Arrrrrg, gritó Manolo Rizzo’s. Fuera, fuera… Sácalo de aquí. ¡Qué horror!, qué podrían pensar Isabel o Mario sin vienen en estos momentos! Isabel y Mario, claro, eran Vargas Llosa y su chola filipina. Sácalos de la shop que me desacreditan. Y Mojamé, o sea, el Muamá los echaba sin ningún tipo de pudor. Hasta ese punto llegó el negocio de la barbería del Amonario Barriga. Pero ¡ay!, como no hay mal que cien años dure, ni noches que, por mucho madrugar, se amanezca más temprano -esto último no pega, ya lo sé, pero engorda el texto- la barber fue convirtiéndose, por el virus de la moda, en algo viejuno y decadente, a los seis meses de abrir. Así son, en estos momentos, las tendencias. Cuatro influencers a los que no peló grátis y dos artículos en Tendencías, una revisteja de ambiente en Chueca dieron con el cierre definitivo y con los muchos huesos y pocas carnes del Amonario Barriga Berbedel en el paro. Hoy, consumido el paro y la prestación social, Amonario Barriga Berbedel trabaja en Parla, en la peluquería de Mojamé, que se llamaba, en realidad, Faysal. Corta el pelo con una máquina eléctrica haciendo jeribeques y dibujos en las nucas de los parleños y aletas de tiburón en el flequillo de los jóvenes marroquíes. Va vestido de mameluco y le obligan a llamar paisa a los clientes. La vida, esa puta que va vestida de verde, es como el péndulo de un reloj: unas veces gira a la izquierda y las otras, ¡válgame Ala, el Misericordioso!, a derechas. ¡Qué le vamos a hacer!

LA VERDADERA Y CRUDA HISTORIA DE DON ROSICLER, MÚSICO SORIANO

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Don Rosicler Cerrajero Expósito, natural de Suellacabras, en la provincia de Soria, quiso hacer carrera estudiando, a distancia, para estibador del puerto de Astracan, uno de los cuarenta y siete óblast que, junto a las veintiuna repúblicas, nueve krais, cuatro distritos autónomos y dos ciudades federales conforman los ochenta y tres sujetos federales de Rusia. Esto, dicho así, de corrido, parece fácil, pero aprendérselo, en ruso, a través de unos apuntes que CCC le envió a don Rosicler a Suellacabras no es, en absoluto, moco de pavo. Don Rosicler, que era un fiera para el estudio, se lo aprendió de corrido pero, en las pruebas del examen práctico no consiguió superar la prueba. La prueba práctica consistía en meter en un barco dos contenedores que la academia te enviaba por correo. En Suellacabras, claro, no hay mar, ni tan siquiera un lago. Suellacabras está situada entre las sierras del Almuerzo y la del Madero y su corriente de agua más próxima es el arroyo de Magañuela. Pero si Aldea ha llegado a capitán de la Mercante por qué no puedo yo llegar a estibador, decía don Rosicler. Pues porque el pueblo de Aldea está rodeado de masas ingentes e ignotas de agua: el río Ucero y el Abión y no muy lejos la Fuentona y la Laguna Negra. ¡Qué suerte tienen algunos!, se lamentaba don Rosicler. No sufras, le decía su madre para quien el muchacho era su paño de lágrimas. Entonces don Rosicler, que nunca cejaba en su empeño, decidió estudiar música, más concretamente canto, y solicitó plaza de becario en la Academy de St. Martin in the Fields, una iglesia anglicana sita en la londinense plaza de Trafalgar Square, en la ciudad de Westminster, London, England. Don Rosicler siempre fue muy admirador de Sir Neville Marriner pero, al no saber inglés le dijo Sor, en lugar de Sir y el director, mosqueado, mando que lo caparan para afinarle el tono de voz. Don Rosicler, que no estaba dispuesto a convertirse en eunuco de por vida, cogió el petate y se volvió a Suellacabras donde puso una plantación de níscalos que, por aquellas cosas de la vida, se fue al garete. Para ser agricultor no se necesita excesivo mimo ni mucha ciencia, es cierto, pero sí algo más que para ser consejero de bastantes empresas. Don Rosicler sembró de níscalos dos hectáreas de viña que no eran productivas, por aquello del frío, pero ese año no llovió en agosto y, ya se sabe que el micelio si no se nutre de agua en verano pierden poder sus hifas y se marcha todo a tomar por donde amargan los pepinos. ¿Oiga don Dimas, usted sabe por qué en uno de los extremos del pepino aparecen enseguida las semillas y por el otro no? Pues verá usted, eso debería preguntárselo a don Rosicler, que era el agricultor y no a mi que no soy sino el relator de esta historia. Usted perdone. Está usted perdonado. ¿Puedo continuar?. Siga, por favor. Gracias. Don Rosicler sufrió, por la sequía pertinaz, el cáncano que, como muy bien sabe usted, tanto mal hace a personas y animales lo que, unido a la falta de peculio, le produjo una zangarriana que, a poco, no se lo lleva al otro barrio. Don Rosicler, empero, no era de los que cejan en su intento y marchó a Madrid con la intención de convertirse en jilmaestre de húsares. Pero quiso Dios, que todo lo puede y manipula, que el vestido a la húngara desapareciese de los uniformes militares en España, dando paso a la parda estameña del tres cuartos caqui y esto, como era de imaginar, a don Rosicler no le pareció ni oportuno, ni de recibo. ¡Será posible mayor despropósito!. Mira que cambiar un vestido elegante, casi de camarero de bodas de alcurnia o de violinista ruso por un terno de gañán de montería. Don Rosicler, naturalmente, firmó un documento por el cual deshacía su compromiso con el ejército y marchó, en busca de especias y otras mercaderías inciertas, siguiendo los pasos de Marco Polo. Cuando un soriano abandona su país nunca olvida, en su equipaje, dos cosas sin las que no puede emprender aventura alguna: una rebequita, por si refresca y una plancha de panceta para hacer torrenillos. Con sus dos tesoros don Rosicler marchó, un pie tras otro, a la gran aventura de su vida: un viaje a pie desde Suellacabras a Yangzhóu, esquina a Jiangusú. Don Rosicler sabía, pese a lo que digan los morcilleros burgaleses y doña Pilar M. Sancho que las mejores morcillas de Burgos se hacen en Soria y quería, por tanto, comprar las especias chinas para surtir de ellas las cárnicas de toda Soria. El viaje era apasionante y, además, una oportunidad, como ninguna, para hacerse un nombre en el Reino, a la vuelta del mismo, y ofertar toda la experiencia del viaje a algunas personas que estuvieran interesadas en el mismo. Así, como si nada, y por el buen hacer y mejor visión de futuro, fue como un soriano, y no nadie otro de otro país, inventó las agencias de viaje. Nuevamente, no obstante, sufrió el gafe que le arrastraría de por vida. La mula que llevaba todas sus pertenencias cayó por un barranco y se partió el tejuelo dejando a don Rosicler sin medio de transporte. Me cagó en tos sus muertos, dicen que dijo Krause, el creador del panenteismo y cuya cita usó don Rosicler sin ánimus injuriandi pues, como bien saben los juristas, para que se produzca el ánimus injuriandi se precisa que el presunto delincuente lo haga de forma voluntaria y con ánimo de ofenderle y, que se sepa, don Rosicler no quería injuriar u ofender a Krause con su desdichada cita. Pero como no hay mal que cien años dure, ni peor ciego que el que no quiere ver, don Rosicler se enteró, mientras estaba alojado en Teruel en la posada del Torico Adobado que la canela y el anís estrellando, que el ajonjolí y la cúrcuma, el jengibre y el paloduz ya se vendían, por correo incluso, en Amazón. ¿Y a qué coño tengo yo que ir hasta la China con lo cerca que está, en Fuenlabrada, el polígono Cobo Calleja? Ya se lo dije yo, le contestó la Aniceta, una sirvienta de Torralba de los Sisones. La Aniceta era moza recia, colorada y de talle enjuto, el pelo suelto y la lengua aún más suelta que el pelo. Una moza de las que uno, aunque sea de Suellacabras, es capaz de tomar por esposa a nada que se lo propongan. La Aniceta dio el sí a don Rosicler y, tras la boda y su posterior consumación, marcharon a la cercana villa zaragozana de Paniza, donde los padres de la Aniceta tenían un secadero de jamones. Don Rosicler, como buen soriano, no extrañó el frío de la sierra del Águila y bajaba, todas las tardes, desde el pueblo hasta el secadero en mangas de camisa pese a los ocho grados bajo cero que solía marcar el termómetro. En habiendo torrenillos, aguardiente y guindillas en vinagre para desayunar no hay frío que se me meta en el cuerpo. La Aniceta, no obstante, le hacía ponerse la boina sobre las cejas porque decía, de forma atinada, que el calor del cuerpo, por donde realmente se pierde es por el entrecejo. Y es que la cultura popular, ¿verdad don Matías?, es así de sabia. Ya lo creo. Siga. Sigo… Don Rosicler, al que le gustaba un horror la tortilla de huevos de cigüeña asaltaba cada tarde la torre de la iglesia, el tejado de la casa consistorial y cinco o seis nidos que había en las torres del tendido eléctrico. Cuando algún huevo había medrado y ya había nacido el cigoñino don Rosicler no se desanimaba y se lo comía escabechado. Hacer el escabechado de cigoñino es fácil. Basta cortar una zanahoria cumplidita, una cebolla hermosa, un par de hojas de laurel y una vara de romero (esto es si se prefiere que tenga sabor campero, pero no es obligatorio), un vaso de vinagre, tres de aceite y una pizca de sal. ¡Ah!, también unas bolitas de pimienta negra, que se me olvidaba. Dicen que los cigoñinos tienen tracoma y que producen ceguera. No es así, de haber sido así don Rosicler llevaría ciego más de treinta años. Don Rosicler, después de unos años de comer jamón, tortillas de huevo de cigüeña y de beber vino de Cariñena se hartó de una vida tan regalada y se marchó, de nuevo, a hacer camino al andar, como dijo don Antonio, el maestro de Soria. Tomó el camino que salía hacia el sur y, tras pasar de nuevo la capital del Reino, giró hacia el Levante y, una vez en Valencia, se embarcó en dirección a Trípoli. Don Rosicler no conocía Trípoli pero sabía, por un libro que leyó en el Bibliobús de Suellacabras que allí, en Trípoli, estuvo la biblioteca Dar Al´IIm pero, lo que no pudo imaginar don Rosicler es que, para entonces, los mamelucos habían invadido la ciudad y se habían calentado las turmas con el fuego de los libros que allí había. En su desesperación don Rosicler dejó el Líbano y marchó a Jalisco, en Méjico donde, aprovechando su canora voz formó parte de un mariachi que acompañó, en todas sus actuaciones por la península del Yucatán a María de los Ángeles de las Heras, de nombre artístico Rocío Dúrcal. Acabada la gira del Yucatán don Rosicler entendió que debía volver a Suellacabras y sentar cabeza, definitivamente. Y así lo hizo. Se casó con Edelmira de los Santos, ama de leche del duque de la Sinagoga, título que, a día de hoy, ha desaparecido con el último de sus poseedores. Cuando alcanzó la edad de ochenta años se presentó en el pueblo una pareja de la guardia civil montada en una bicicleta de tándem que llevaba una cestilla en el manillar donde reposaban los dos naranjeros y el tricornio, pues el director del cuerpo les obligaba a llevar casco, y le detuvieron por bígamo. Resulta que, enterada la Aniceta, la de los jamones, que había vuelto a España y se había vuelto a casar lo denunció aunque, finalmente, quitó la denuncia y todo quedó en agua de borrajas. El don Rosicler, cansado de vagar por el mundo y desilusionado por la denuncia de la Aniceta fue a ahorcarse del badajo de la campana más gorda de la Iglesia de Suellacabras. Se dijo en el pueblo, aunque nadie pudo corroborarlo, que mientras moría movía los pies de un lado para otro y, con ese movimiento, la campana tocó el pasodoble En er mundo. Gloria y prez a don Rosicler, músico al que, el cáncamo y la amenaza de ser capado retiró de la música para siempre. Descanse en paz. Amén.

MADRID EN EL RECUERDO

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Don Alcíbiades Olmedilla se pasaba las tardes enteras pulsando con evidentes muestras de aburrimiento el arpa frente a su ventana. Los gorriones, que son de natural ignorantes, se azoraban con el canoro sonido del arpa y salían volando en otra dirección como alma que lleva el diablo. Don Alcíbiades, entonces, hacía volar su imaginación desde el caserón familiar de la calle de Serrano, esquina a Columela, el romano agricultor, hasta la Cartuja de Valldemosa. Sí, a don Alcíbiades, cuando le entraba la murria hacía viajar su mente hasta la vieja alquería mallorquina y soñaba emular a Chopin componiendo polonesas, mazurcas, preludios y nocturnos como un loco para la Gregoria, o George, como él la llamaba. Don Alcíbiades Olmedilla siempre se lo decía a su amigo don Teodoro cuando este iba a visitarle a la tarde: a mí, mi querido amigo, lo que más me gusta es una polonesa. Hombre, decía el don Teodoro, si está buena la polonesa, normal que a usted le guste. No, hombre, que la polonesa es un ritmo ternario que acompaña a los bailes cortesanos de Polonia. ¡Ah!, usted perdone, solía decirle el don Teodoro. A mí, sacándome de la jota, no crea, no me gusta demasiado la música. Yo creo que la música, y perdóneme usted por la manera de señalar, es propia de tísicos, de locos y de gitanos que se pasan el día con la cabra por esos pueblos de Dios. ¡Ah!, la dulce ignorancia, decía don Alcíbiades. Cuánto admiro, don Teodoro, a quienes tienen el magín ocupado en otras vicisitudes. No, si yo no tengo de esas cosas, don Alcíbiades. A mí, lo que de verdad me gusta, son las señoras en edad de merecer, incluso si esa edad ya la han superado, el tocino a la brasa y el mus, ya ve usted. ¿Y nunca sintió usted, don Teodoro, la necesidad de comprobar si Madame de Maintenon, pongamos por caso, era una ninfa, como decía la Historia, la nymphe cependant se laissa faire et ne lui refusa aucune faveur, o no lo era. ¿Mande? No, déjelo. No tiene importancia. Entonces don Alcíbiades volvía a tañer el arpa con desgana manifiesta. ¿Se sabe usted aquella de A la Mariloli le ha pillado el toro?, le preguntó don Teodoro a don Alcíbiades. No. Esa no me la sé. Y la de A mí me gusta el pimpiribinpimpí de la bota empinar? Pues no, tampoco, pero si quiere usted le taño una variación sobre un aria de Domenico Cimarosa. No, no. Déjelo, hombre. Por mí no lo haga. Don Teodoro se marchó, tras agradecerle el platillo de torreznos con patatas revolconas con que le había obsequiado y la humeante taza de té rojo y salió del viejo caserón de Serrano en dirección a la Puerta de Alcalá. Este Alcíbiades, se decía para sí, mira que es relamido. Pues no me pone los torreznillos con té, como si yo fuera un Lord inglés, en lugar de hacerlo con un buen porrón de Valdepeñas. ¡Abur, guapa!, eso es mover el rulé y no lo que hacen las brasileñas. Es usted un viejo verde, le contestó la modistilla y un tío grosero, que tiene suerte de ser el año que es. Si me llega usted a decir eso en el siglo XXI le denuncio por machista y facha. Don Teodoro se caló, asustado, el bombín que se había levantado para echar el piropo a la modistilla y salió huyendo en dirección al Retiro. Una vez en el Retiro estuvo pensando, seriamente, si embarcarse pero desistió pues hacía mucho sol y podría darle una insolación. Lo mejor, pensó, es ir a la Casa de Fieras. En el pequeño zoológico, a su entrada, había una gran algarabía. Al parecer se había escapado uno de los monos rijosos y estaba intentando meterle mano a una jirafa. Estos micos, son como humanos, pensó don Teodoro. En cuanto les dejas un poco de manga ancha, ¡dale que te pego!, sin mirar si son tirios o troyanos. Con razón dicen que el hombre desciende del mono. En el Paseo de Coches se encontró, don Teodoro, con un hombre que tocaba el acordeón con una sola mano. Estuvo escuchándole un rato y, cuando acabó la pieza que estaba tocando, el tango Caminito le pidió, por favor, y tras echarle una moneda en la boina, si le podía tocar algo de Chopin. Verá usted, le dijo el músico, servidor podría tocarle algo de monsieur Chopin -el decía Shopén- si tuviera las dos manos, pero un accidente en la Casa de Fieras me dejó así. ¡Anda!, pues qué le pasó. Pues verá usted, yo quería compartir con el león mi bocadillo de chicharrones fritos. ¿A usted le gustan los chicharrones fritos? ¡Huy, la mar! A mí los chicharrones fritos, y la cabeza de jabalí, me gustan un horror. Pues eso, a mí también. El caso es que quise darle un trozo de mi bocadillo al león y, como está la cosa tan achuchada, que el rey nuestro señor, ya no paga de su bolsillo el mantenimiento de las fieras, el animalito hizo como dice el refrán que se le da la mano y se tomó hasta el codo. Ya veo, ya. ¿Entonces no puede usted tocar nada de Chopin? Pues no señor, ya le digo. Pues venga acá esa peseta que le eché a la boina. ¡Oiga, pero si usted echó dos reales! Don Teodoro se marchó sin hacer ni puñetero caso al manco en dirección a Cibeles donde se tomó un quinto de cerveza en el Café Lyon. En el café, don Teodoro, parecía un magnate del acero alemán. ¡Qué tío, qué porte y qué manera de presumir! ¿Limpia, señor? Gracias, ya lo hice antes, mintió. ¿Un pitillo rubio?, le ofreció un hombre que llevaba una caja de gambas con una cinta de persiana cogida de la nuca y que vendía el tabaco al detall. No, gracias. ¿Y una piedra de mechero? Tampoco. Tengo gomas higiénicas, de auténtica duración. No gracias. ¿Y una pulsera flexible para el reloj? Gracias, lo gasto de bolsillo. El camarero, con su chaquetilla blanca, inmaculada, y sus hombreras doradas, como las de un edecán, salió a espantar al de la caja. ¿Un décimo de doña Manolita? Mire usted, señorito que llevo el gordo. Pues que le aproveche, señora, y no lo venda que así le toca a usted. Malajé, ojalá cuando llegues a tu casa te encuentres al gato jugando con la calavera de tu puta madre, le maldijo la gitana. ¡Ajú!, dijo el caballero que estaba en la mesa contigua. Qué forma de maldecir… La educación, caballero, filosofó don Teodoro, que es la asignatura pendiente del gobierno. Si en lugar de gastar el dinero de los españoles en hacer ministerios en la Castellana, y dejar el hipódromo como estaba, se gastasen los cuartos en colegios, cuánto mejor nos iría a todos. Diga usted que sí, así se habla, si señor. ¿Me admite usted que le convide a un refrigerio? Si es a su cuenta, lo que usted guste, contestó don Teodoro. El vecino, que ya había pegado la hebra, se sentó en la mesa de don Teodoro. ¿En la mesa? No, hombre; no. En la mesa no, ¡qué ocurrencias!, quería decir, alrededor de la misma mesa que don Teodoro. ¡Ah, bueno!. Siga. Sigo… ¿Y usted viene mucho por el café? Pues no, sólo cuando tengo sed o estoy cansado. Desde este velador se ve pasar al todo Madrid, del Retiro a La Cibeles. ¿Y a La Chata? ¿También se ve pasar a La Chata? Pues sí, ayer mismo pasó por aquí, en dirección a Palacio, ya sabe. Pero iba en un simón, y con la velocidad y el desenfreno que tiene ahora la capital, pues casi ni nos dimos cuenta. Ya lo creo, no hay quien cruce el Paseo del Prado sin que te alcance un coche. Además, ¿ha visto usted como ponen todo los caballos con las cagadas? Ya lo creo. Como no se espabile el alcalde y contrate más alguaciles no sé adonde vamos a parar. Yo creo que deberían poner un impuesto de circulación a los coches de caballos. Y otro de aparcamiento. Así es. Bueno, usted dispense es que me tengo que ir, ¿sabe usted?. Por cierto, muchas gracias por el convite. No me he presentado. Mi nombre es Teodoro. Teodoro Retuerta Alpechí ¿Y su gracia? Pues yo me llamo Aldea. José María Aldea, para servirle. Soy capitán de la Marina Mercante, ¿sabe? Ahora le están poniendo motores a los barcos y ya no son de remos. ¡Jesús!, no sé adonde vamos a parar con estas modernidades…

EPISODIOS NACIONALES

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Don Tarsicio Albuín Perogil estudió, en sus años jóvenes, para callista. Ahora, a los callistas, se les llama podólogos, que es un nombre equívoco y que induce a errores. Algunas señoras y no pocos caballeros creen, apoyándose en el latín, que podo es pie y logos palabra con lo que, el podólogo, es el hombre que habla por los pies y esto, claro, no es así. Don Tarsicio Albuín Perogil es hombre con mucho mundo interior. Don Tarsicio no necesita de familiares, ni amigos, ni tan siquiera de vecinos. Él vive en un hotelito que se construyó sobre la casa familiar y sin ninguna persona cerca que le moleste. Don Tarsicio no tiene televisor, ni aparato de radio, ni ninguna otra cosa que le aparte de su auténtica pasión: la lectura. Don Tarsicio, como va mal del vientre lee, sobre todo, en el guaterclós. Sentado en la fría porcelana del mismo y con el libro sobre una especie de facistol que es, en realidad, un viejo tambor de jabón de lavadora.

Don Tarsicio, para sus cosas, es muy imaginativo y conspicuo. Don Tarsicio, en el guaterclós lee, sí; pero sobre todo lee los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que es una lectura que está muy bien fundamentada y resulta entretenida y bastante amena para el asunto que se apuntó más arriba. No resulta práctico, en cambio, leer a los clásicos. Los clásicos –Quevedo, Lope, el Arcipreste- suelen ser enjundiosos y claro, esto hace perder el hilo al asunto del tracto y su evacuación. También, aunque lo practica menos, juega solo al ajedrez cuyo tablero y fichas, como el libro, apoya en el viejo tambor de jabón de lavadora de la marca Colón. El reciclado de tambores de Colón y aún de otras marcas debería estudiarse en las universidades de arquitectura, pues da para mucho.

¿Colón Express?

No; Colón a secas. Aunque don Tarsicio le llama Cólon, se conoce que por quedar más cerca del intestino, claro.

Como algunos de los Episodios de don Benito se los conoce al dedillo, en especial el de Los cien mil hijos de San Luis (¿Qué has hecho de mí, Jenara?, se pregunta Salvador Monsalud), de la Segunda Serie algunas veces, por entretenerse, los pasa a taquigrafía como hizo Jenofonte para transcribir la vida de Sócrates, en un viejo cuaderno de doble renglón. La taquigrafía, aunque ustedes no lo crean acompaña mucho en el retrete. Lo que no se puede hacer en el retrete es punto de cruz ni croché.

¡Anda!

Para que vea…

¿Y  rellenar de plomo a los soldaditos?

Bueno, si hay un enchufe para calentar el infiernillo, también. Aunque el humo del plomo es insano y no es aconsejable respirarlo.

A don Tarsicio Albuín Perogil no le echaba en falta casi nadie porque no se relacionaba con nadie, pero sí que le echó en falta María Gladys Velasques, una hondureña que trabajaba de cajera en el Simago, un supermercado de su barrio a donde el don Tarsicio acudía, cada semana, a comprar papel higiénico El Elefante y una barrita de pan y un cuarto de choped.

La primera y la segunda semana la María Gladys no dijo nada porque no quería que su jefe, el Clodomiro Hervás, la riñese por cotilla. El Clodomiro Hervás se lo tiene dicho a sus empleados: a los clientes, respeto, respeto y respeto. Esas son las tres reglas de esta casa. No en vano, y gracias a ellas, hemos llegado a la cumbre del supermercado en la provincia. Ahí me tienen ustedes. Aunque no lo crean mi familia regentó un pequeño colmado en el chiscón de un zapatero bajo la escalera del portal y que era, a la vez, peluquería, carbonería y se cogían puntos a las medias. Mi familia, se podría decir, que fue la inventora del supermercado. Lo que pasa que la fama se la lleva el de El Corte Inglés, claro… como está en la capital.

Al cumplir se la tercera semana en que don Tarsicio no acudió a comprar sus rollos de papel higiénico El Elefante la María Gladys acudió al despacho del don Clodomiro.

Jefesito, yo no le dije a nadie nada, no más, pero el señor Tarsisio lleva más de tres semanas ausente. Es como si se hubiera muerto. Ya sabe usted, jefesito que el señor Tarsisio es único en su casa y podría haber entregado su alma a Jehová.

Silencio, Gladys. Aquí, ya lo tengo dicho, no se habla de religión ni de política y menos de una religión que no sea la católica, que es la única verdadera. ¿No lo habrá hablado con los clientes, ¿no?

No señor…

Mejor. Estas cosas de las defunciones traen gafes y alejan a la clientela. ¿Usted tiene teléfono móvil de tarifa plana?

Si señor.

Ya podrá, ya… con lo que yo les pago. En fin… Váyase usted a Mercadona y llame a la policía. Diga que usted trabaja en Mercadona así, si la gente se entera y les da por no ir a su supermercado heredamos sus clientes.

El alguacil acompañó al señor Juez y a los guardiaciviles hasta el domicilio del don Tarsicio. El alguacil, armado de una pata de cabra, apalancó la puerta y cedió el paso a la autoridad. Tras el señor Juez y la pareja del benemérito instituto…

¡Jo, que frase tan del Telediario!

¿A que sí?

Este señor está muerto, dice el funerario, nada más entrar.

La muerte, sentencia con gravedad el señor Juez, no es un estado, sino un trance. Nadie, que se sepa, está en estado difunto, sino que le ha acontecido la muerte. Este hombre podría estar muerto o haber perdido la vida, que son dos cosas distintas, aunque parezcan lo mismo.

Sí, señor Juez, dice el funerario, lo que usted ordene.

Y el señor Juez ordena, que para eso es el Juez, que se le entregue un papel con garabatos indescifrable que mandó traducir, por ver si era un testamento vital del difunto. Pero no, no era el testamento, sino una transcripción, a la taquigrafía, de un Episodio galdosiano. Esta vez era sobre Trafalgar y en él se loaba la heroica muerte de don Cosme Damián de Churruca y Elorza, marino motriqués.

Algunos, filosofó el señor Juez, mueren en loor y gloria y otros alcanzan la gloria con olor.

El funerario, miró hacia el señor Juez pero no se atrevió a decir nada. ¡Menudo era el señor Juez!

DOBLES PAREJAS

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Amelie Foissard no se apellida Foissard pero como está casada con Benoît Foissard, recortador de vaquillas de corridas landesas, ha perdido su apellido con la boda, pero esto le es imperpendicular, como dice ella. Amelie Foissard trabaja en el río Adour capturando -que no pescando- anguilas y lampreas que deja morir ahogadas en la barca para que no pierdan su sangre. A Amelie Foissard, a estas alturas ya no le importa nada; ni la asfixia de la pesca, ni el escándalo de su matrimonio, ni nada. Bueno esto no es del todo cierto; sí que le importan sus conquistas en el bingo de la localidad de Aire sur Adour donde ambos residen. A Amelie Foissard le gustan los jovencitos musculados y marchosos que acuden a enamorar señoras que se aburren tachando un cartón tras otro, en busca de un premio que no sea en metálico. Esto que hago yo no es malo, dice Amelie. Lo malo es que su esposo, Benoît, tiene los mismos gustos y claro, no es normal, dice ella, que su esposo le levante los ligues siendo un caballero. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Don Dimas no se sorprende con estos cuentos. Eso son cosas de franceses, se dice, pero ocurren en todos los sitios donde, al caer la tarde, se pone el sol. Don Dimas conoció a un diputado por el Tercio de Familia que, cuando salía de las Cortes, entraba en el retrete del restorán Edelweiss y salía disfrazado de Estrellita Castro. El diputado folclórica trabajaba, en El Molino Rojo, en Lavapies, donde cantaba, tras Las Gatitas de Madrid, Mi Jaca y otros éxitos de la aclamada estrella de la copla. ¿Y se peina con el minino sobre la frente?. Natural, don Matías. ¡No se iba a peinar igual que ella! El Agrícola Agrafojo del Agro, es nombre supuesto, está casado con Artemisa Camisa Risa, también es nombre supuesto. Artemisa Camisa Risa, no se apellida Agrafojo porque esto, señores, es España y en España, pese a lo que digan las feministas, ninguna señora está obligada tomar el nombre del varón. Artemisa Camisa Risa trabaja en la Secretaría del Plan de Desarrollo y, por las tardes, de dependienta en La luz al final del túnel, la funeraria del pueblo, barnizando ataúdes y clavando las bisagras de la tapa. El crucifijo y el raso del interior lo pone su jefe, que tiene más estilo y clase que ella. Ya sabe usted, donde hay patrón… Su marido Agrícola no trabaja en la funeraria sino que es pregonero en el pueblo. El Agrícola, los sábados por la tarde, después de la siesta y de bañarse en un cubo grande de cinc calentado al sol, se viste la ropa de los domingos y, después de tomarse un Calisay en el Café Español, el casino, se acerca donde la Esperancita, una madame que tiene puesta casa a las afueras del pueblo. Las vecinas, algunas vecinas, claro, y el señor cura, exigieron al señor Gobernador Civil que metiera mano a la Esperancita, ¡y vaya si lo hizo!. Desde entonces las vecinas, algunas vecinas, claro, y el señor cura también, saben que esta es una guerra que tienen perdida. El señor cura se conforma, desde entonces, con anunciar el averno desde el púlpito a los que viven en pecado, pero lo que es a la Esperancita la han dejado de lo más tranquila con su industria. El Agrícola Agrafojo del Agro los sábados, decíamos, tras su copita de Calisay se encamaba con la Portuguesa, una mujer de rompe y rasga que era natural de Matosinhos, al norte de Oporto. Al Agrícola Agrafojo del Agro le gustaban las mujeres, todas las mujeres, al contrario que al Benoît Foissard. También le gustaban las mujeres a la Artemisa Camisa Risa, en esto estaba al revés que la Amelie Foissard a la que le gustaban los hombres muy hombres. También le gustaban los hombres muy hombres a su marido, en esto, al menos, coincidían. Se conoce que en este mundo ya nada circula por su cauce normal, ¿verdad don Matías? Así es don Dimas. Siga, por favor. Ya va, no empuje… Esta historia me la contó José María Aldea, el barquero del Nilo. ¿El que echó los cimientos en las pirámides? El mismo. Verá usted, el Agrícola y el Benoît se conocieron en Benidorm, un verano, e hicieron algo de amistad. Algunas noches salían a cenar los dos matrimonios -paella, algunas gambas de la bahía y horchata- y luego daban una vuelta por el paseo marítimo, que para eso está y por ello se llama paseo. Claro, claro. ¿Me va a dejar usted de cortar? Huy perdón… Pues como se pone por nada. Una noche en que el camarero del restorán les obsequió con un chupito de aguardiente de hierbas se cogieron un colocón que no es para contar y, lamentándose de su escasa suerte, se confesaron, el uno al otro y la una a la otra sus cuitas con el sexo. ¿Verdad usted que no es pecado lo que hacemos?, le dijo la Artemisa a la Amelie. No, Agtemisá, -los franceses no pueden pronunciar la erre y la vocal última siempre la acentúan- El amog no puede seg pecadó. No existen los pecadós del sexó. Eso es lo que le digo yo al Agrícola, pero él, como es funcionario, tiene que ir a misa todas las tardes y está confundido. ¿E pog cuá, Aggicolá? ¿E pog cuá cuá? No hables como los franceses, le dijo la Artemisa que pareces un pato con tanto cuá cuá. Pegdon, digo perdón. Dice el señor cura que no se puede desear la mujer del prójimo, pero claro, yo la que deseo es la Portuguesa, que no es de ningún prójimo y esta está enamorada de mi mujer, con lo cuál a pesar de ser prójima, en lugar de prójimo, es doble pecado. No, no, Aggicolá, no se pá posiblé. Usted no peca contga Die, sino contga el cuga. Usted cuando hace el amog no lo hace contga Die, ni pagá enfadag a Die. Es lo que yo le digo, dice la Artemisa. Clago, clago. No existen más que truá pecadós. A sabeg: la avaguiciá, la sobergbia e la igá. La lujuguía, la peguezá, la envidiá y la gulá no se pragtican contrga Die. Efectivamente, dijo el Agrafojo. Ahí le ha puesto usted el dedo en la llaga, doña Amelie, nadie come contra Dios, sino por gazuza, nadie fornica contra Dios, sino por rijo, nadie se echa la siesta por molestar a Dios, sino por la calor o el cansancio y nadie envidia nada por molestar al Altísimo sino por no tenerlo. Los tres paseantes aplaudieron al Agrafojo y lo despierto de su discurso pese al aguardiente. La Amelie causó tan buena impresión a la Artemisa que acabaron viviendo juntas y amontonadas al igual que lo hicieron el Benoît y el Agrafojo. ¿Y a usted no le parece que los esposos se liaron por envidia? Pues sí, don Matías, a mí me parece que se liaron por envidia y también, por qué no, por pereza pero como ninguna de las dos cosas son pecado… Ahí le ha dado usted, don Dimas.