EL PARLA MIENTO


Es que no nos acabamos de enterar. Toda la vida soportándolos y no acabamos de escarmentar con esta gentuza. Resulta que enciendes el televisor, el transistor, la radio del automóvil o lees la prensa y el comentario de los sesudos tertulianos y vividores del momio político es el mismo: no se ponen de acuerdo –en la gobernabilidad, claro- Y es mentira. ¡Vamos que si es mentira…! Cómo se lo diría yo.

¿En qué no se ponen de acuerdo esta calaña que nos intenta gobernar? ¿En mantenernos con un salario de risa? ¿En tenernos un años sí y el otro también apuntados en el paro? ¿Es que no están de acuerdo en que nuestros jóvenes se tengan que marchar a la emigración porque sólo hay trabajos para afiliados al partido –al partido que sea, claro-? ¿Es que no están bien de acuerdo en subirnos todos y cada uno de los impuestos, o de inventarse los que hagan falta para seguir expoliando nuestros ahorros? ¿Es que no están bien de acuerdo en seguir, mes tras mes, gastando dinero público en mantener unas Cortes que no funcionan, en seguir regalándose dispositivos informáticos de última generación a nuestra Costa? ¿Es que no están de acuerdo en seguir el tiempo que haga falta en que se la están tocando a dos manos cuente para sus jubilaciones anticipadas tan distintas de las de los ciudadanos? ¿Es que no están de acuerdo en gastar 600.000 euros –casi noventa millones de pesetas- en viajes en un Congreso y un Senado que están vacíos de competencias? ¿En qué, pues, no se ponen de acuerdo los líderes de los partidos? ¿No están de acuerdo, en definitiva, en continuar regalándose vales de taxi pese a estar las Cortes sin funcionar? ¿No están de acuerdo en seguir burlando y estafando las esperanzas de los ciudadanos?

Están de acuerdo, señores, y muy de acuerdo, en continuar con su mamoneo, con su quítame allá esas pajas y en continuar repartiéndose con sus afiliados los puestos públicos a razón de un tanto para el partido en los sueldos archimillonarios que se auto conceden. Están de acuerdo, naturalmente, en conceder a los canarios lo que haga falta por aplicar la Agencia Canaria, un momio a medida para el único diputado al que, por cierto, no se le cae la cara de vergüenza cuando dice que votará al aspirante a presidente porque ha atendido a “sus” peticiones. No se le cae la cara de vergüenza al vocero de los nacionalistas cuando dicen que no votarán al aspirante porque no les concede la separación de España –que manda carajo- o que no le votarán porque no acerca a los presos terroristas al gallinero donde manda el zorro –o la zorra, no vayamos a ponernos machistas- y donde mantiene acochinadas al resto de gallinas del euskoparlamento.

¿Qué no se ponen de acuerdo?, me dice usted señorito tertuliano que vive de las concesiones que un día u otro le regala el candidato o el candidato opositor. Usted sí que vive del cuento de los políticos que mantienen el desacuerdo. Cuanto menos acuerdo más dinero entra en su buchaca pero, al menos, no tenga usted la falta de vergüenza de decirnos que los políticos –socialistas o populares; populares o socialistas- no se ponen de acuerdo. Están, y ahí las pruebas para quienes las quieran ver, total y absolutamente de acuerdo: cuanto más ruido, más nueces. Y ya se sabe quienes son los que viven de recoger las nueces que otros tiran. Al menos sean decentes, por una vez en la vida, y para variar y reconozcan que si algo tienen ustedes, es que están perfectamente de acuerdo para que todo siga como hasta ahora.

A PETICIÓN DE PARTE


Este post, aunque no lo pareciera, ha sido escrito a petición de parte por uno de sus lectores. Queda aquí dicho por si en adelante tenemos que dedicarnos a las peticiones del oyente. Amén.

Don Trifón Anguila Aguirre, natural de Zaorejas, provincia de Guadalajara y de profesión ganchero había vendido trescientas vigas de pino de Valsaín a don Vicente Trueba Pérez, alias la Pulga de Torrelavega, natural de Sierrapando, Cantabria, y se las trajo por el río Cifuentes hasta el chalét que la Pulga tenía en Cifuentes, junto a la casa del Chás.. Al parecer don Vicente no le pago nunca las vigas puesto que, pese a lo que pudiera parecer, la gente no suele acordarse siempre de todo aquello que compra. Una vez yo mismo, sin ir más lejos, me compré un ataúd de pino repujado y con la cerrajería dorada y se me olvidó retirarlo de la funeraria. Afortunadamente, el amo de la tienda, Loureiro Pitaña, un gallego de Orense, lo comprendió y se lo vendió a la familia de un portugués que se cayó por una quebrada del monte mientras le perseguía la guardia civil por contrabandear cafés El Dromedario que metía desde la freguesía de Gondarén hasta O Rosal, donde el vino, que, sobre ser clarete o rosado, tiene aguja como la sidra El Gaitero.¡Céntrese usted, don Dimas, que se le va el santo al cielo!

Pues sí, tiene usted razón don Matías. Decía que el don Trifón Anguila Aguirre, ganchero de Zaorejas vendió unas vigas de pino de Valsaín a la Pulga de Torrelavega y este, que no entendió el error a la hora de recibirlo aprovechaba todas y cada una de las vueltas ciclistas en las que participaba La Pulga para perseguirlo, monte arriba, reclamándole la deuda.

¡Vamos, Vicente!, le gritaban los espectadores en cada curva de la subida a la Cruz Verde y el don Trifón, que seguía confundiendo el culo -con perdón- con las cuatro témporas, dale que te pego, que qué pasa con las trescientas vigas; que o me paga o de aquí no hay quien me mueva y le persigo hasta el Puy de Dôme o hasta el Parque de los Príncipes, si es menester..

Entonces, don Dimas, ¿usted cree que don Trifón fue el inventor de perseguir a los ciclistas a lo largo de los puertos de montaña?

No, en realidad él no inventó nada. A él, como le pasaba a Forrest Gump, le siguieron en su ejemplo cienes y cienes de aficionados que, ora con una gaseosa, ora con un botellón de agua los persiguen cuesta arriba animándoles hasta la misma cima del monte.

¿Y siempre los obsequian con agua?

Pues no siempre; no crea. Al parecer, y esto lo cuenta don Eddy Merckx, una tarde, en uno de los puertos del centro de Francia, uno de los seguidores que perseguían al belga, escapado como siempre del grueso del pelotón, que aunque usted no lo crea no es un gordo en bici, sino el mogollón de bicicletas, vamos; lo que se viene llamando la serpiente de colores. El caso es que uno de los que corrían a su lado le ofreció una cantimplora, presuntamente de agua. El belga, que llevaba la lengua como la axila de un dromedario, se echó tal trago que le dio culo a la cantimplora sin pararse a comprobar su contenido. El dicho contenido era, en realidad, coñac. Pero no coñac Hennessy, o Martell, como se esperaba de un gabacho como Dieu manda, sino de Coñac La Parra, que el que lo toma la agarra. El pobre belga pegó tal respingó en la bicicleta que a poco no salta por encima del manillar.

¿Y qué ocurrió?

Pues ocurrió lo que tenía que ocurrir. El hombre, con un melocotón como un piano tomó un desvío y acabó en una boite de los Alpes tomando coñac con batido de chocolate, que allí le llamaban Lumumba y, cuando quiso volver a la meta le habían dado la etapa y el tour al Darrigade, un landés de Dax, que tenía el flequillo así, tirando a Tintín.

¡Qué cabrones!

Eso es lo que dijo Merckx, pero como lo dijo en belga, que no es ni idioma, sino una forma muy de hablar, nadie le entendió.

 

DON JUAN ANTONIO RIÑE AL ESCRIBIDOR


La gente decente, la gente consecuente, con criterio, tiene sus principios y de ahí no hay quien los mueva. He conocido familias muy tradicionales y circunspectas; familias que están incluidas en él Gota de las familias castellanas, que no se hablan más que la noche de Nochebuena. El resto del año, los restantes trescientos sesenta y cuatro días se los pasan sin hablarse, como Dios manda. ¡Nos ha amolado, estaría bueno lo contrario!, gente culta y educada faltando a los principios naturales del brazo irretorcible de la Historia…

¿Cómo contar la historia de una familia así? Don Juan Antonio Sebastián, que vaca desde hace años junto al río Alberche, me amonesta suave y delicadamente, como aquella canción de Roberta Flack, –killing me softly– por llevar varios días sin escribir en este blog. No sabe don Juan Antonio que hasta las musas se ausentan en agosto.

El escritor siempre intenta poner sobre el blanco papel, sobre la alba cuartilla desangelada, aquella parte del corazón que aún late bajo su piel. El escritor narra su infancia, sus paisajes, su mundo y el lector cree hacer suyo ese mundo, esos emplazamientos que el escritor ha narrado y ese mundo propio. ¡Qué iluso el lector! La gran paradoja es que el particular viaje a Ítaca que cuenta el narrador, es una vuelta a la infancia que ya no es posible, que el paisaje es distinto desde el día en que Ulises partió. Faltan, desde entonces en Ítaca el propio Ulises y, por ello, ni Homero con su relato, ni el lector con su ávida curiosidad encontrarán, jamás, la Ítaca auténtica del relato.

¿Pero usted sigue buscando la verdad, no es cierto?

La Verdad es un periódico de Murcia, mi querido amigo. La otra verdad, la que usted dice, es relativa. Póngase a pensar en un pueblo alpino de Suiza. El día está soleado, el verde y la luz del sol ofenden la vista. Un par de vacas pastan sin moscas que las incordien y el aire huele a caramelos Ricola. Tres hombres observan, desde un mirador, la idílica imagen. El uno piensa, ¡qué maravilla!, Dios Nuestro Señor debía de estar muy feliz cuando hizo un paisaje y una naturaleza tan perfecta. El observador número dos piensa, ¡qué tristeza!, aquí mismo, junto a esas rocas, murió mi hijo esquiando aquellas aciaga tarde. El tercero, por el contrario, piensa ¿podré meter en Suiza todo el dinero negro que tengo en España? La verdad no existe, don Juan Antonio. La realidad depende de la mirada de cada uno. El paisaje no puede ser, nunca, la verdad, si no contamos con las personas que lo componen o si nos abstraemos de cada realidad personal. La verdad es el territorio de la duda, de la perplejidad, de la ambigüedad.

Hoy se levantó muy filosófico el escritor, ¿verdad, don Dimas?

Algo andará barruntando…

Yo creo, no sé qué le parecerá a usted, que como se le agotaron las fuentes del magín ahora le dio por la filosofía. Ya verá usted como, el día menos pensado, hasta nos ilustra sobre la escritura de la intermedialidad esa que nos ha puesto hoy en el face.

No, si camino lleva de ello. Y de la inclusión armónica de la incorporación de un medio a otro.

MIRANDO CORRER EL RÍO


Me llego hasta el puente del río y encuentro, en sus márgenes, a varias personas mirando hacia el escaso cauce veraniego. Son personas mayores, aunque no todas sean ancianas. Seis varones, tres mujeres y un niño. Todos están en silencio, aunque apenas unos metros separen a unos de otros. El niño está cogido de la mano de una señora que pudiera ser su madre. Está sola, va vestida de oscuro, a pesar del calor que hace. Junto a ella dos personas ancianas. La señora anciana se agacha y habla al niño en forma queda. Podría ser su abuela. Dicen los pedagogos que para hablar con los niños es preciso ponerse en cuclillas. Dicen que se llama escucha activa. No sé, en mis tiempos, te llamaba tu madre y la única escucha activa era el zumbar de la zapatilla buscando tu trasero. El resto de las personas permanece ajena a la conversación entre la abuela y el nieto. Parece como si estuvieran mirando hacia las altas y ya amarillentas copas de los chopos. Hay una ligera brisa y, de la maraña de juncos del cañaveral saltan, de vez en cuando, algunas carpas capturando el incordiante mosquito de la charca. Hay en el aire una algazara desenfrenada de jilgueros y, en la otra orilla, un pequeño pato parece navegar ajeno a la escena.Delante de la señora vestida de oscuro un señor de aspecto venerable lleva abrazada una pequeña vasija que bien pudiera ser un florero. No lo es, claro, pero podría serlo. Junto al caballero del florero un señor mayor fuma un cigarrillo de liar. Ahora se fuma mucho este tipo de tabaco. Debe de tratarse de algún nuevo avance en esa modernidad que llaman Marca España. El señor que fuma va apoyado en un nudoso bastón de caña. Es un bastón artesano, no uno de esos bastones historiados de empuñadura de marfil. A su derecha cae el arroyo que viene del pueblecito de al lado. Es un cauce pequeño, casi una vena de agua. Yo creo que no tendrá ni nombre. Pero mira… gota a gota es como se consigue un cauce tan caudaloso. ¡Quién lo diría!

Estoy paralizado con la escena. Parece el rodaje de un anuncio de esos de la televisión. En un momento, pienso, saldrá alguien de entre el follaje y gritará: ¡acción!. Pero no, no sale nadie y grita acción. Tampoco se mueve ninguno de los actores. Parece como si estuvieran dudando qué es lo que hay que hacer ahora. Me intriga la escena y no puedo marcharme sin cotillear qué gaitas están haciendo.

Finalmente la señora vestida de oscuro avanza junto con quien parece su padre y el señor del florero. Se llegan de forma calmosa hasta la misma orilla y el señor le entrega la vasija a la señora que la lanza al río. El resto de espectadores de la escena bajan la cabeza con cierto alivio. ¿Serán las cenizas de alguien? ¿Será algún objeto del que se quisieran desprender? La señora de oscuro y sus dos acompañantes vuelven hacia el resto de los espectadores. La señora de oscuro vuelve a dar la mano al niño y besa a la señora mayor que le mantenía cogido de la mano. Sí, definitivamente parece que eran las cenizas de alguien que han arrojado al río.

Avanzo por el puente y me cruzo con la señora y con el niño. Al pasar junto a ella levanto levemente mi sombrero y le ofrezco mi pésame. La señora me sonríe de forma triste y me da las gracias. Cedo el paso y espero hasta que pasan también los señores mayores. Vuelvo a repetir el saludo y me agradecen educadamente mi pésame. Cuando, por fin, pasan los últimos acompañantes del duelo le pregunto a uno de ellos.

¿Qué pasó?

Pues ya ve usted. El padre del niño, que se cansó de vivir. Se tiró al río y hemos tardado más de quince días en encontrarlo.

¡Vaya!, les digo. ¿Y no le dan sepultura?

Pues no, ya ve usted. Se conoce que, como tenía querencia al río, los familiares han decidido echar allí las cenizas.

Pues mire usted, es todo un detalle.

ETELVINA Y YO

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No fue una buena idea, no, la de llevar a bailar a aquel tugurio a la joven Etelvina. Cuando las tardes comienzan a acortarse en septiembre es cuando más se recuerdan las cosas que a uno le han ocurrido en la infancia. Al local donde fuimos a bailar se accedía por la cuadra. A la derecha los animales, a la izquierda, las parejas y, entre medias, una pequeña barra donde se acodaban los mozos del pueblo. Habrá una tibia luz que desprende de una bombilla a todas luces –y no es juego de palabras- escasa, le dije. Y allí estaba, enroscada a un viejo casquillo sin protección, colgado de un cable trenzado. Es un sitio rústico. No importa, me dijo Etelvina, para mi cualquier lugar, a tu lado, es el paraíso. Hacía ya más de treinta años que había salido de aquel pueblo y aún recordaba todas y cada una de las imágenes que se me presentaban de forma vívida.
¿Cómo elegiste este pueblo? Es espantoso. Yo quise aclararle que no es espantoso, sino único en su fealdad pero era, aunque no me gustase, el marco donde se desarrolló mi infancia. Hasta la olma que se alzaba en el centro de la plaza le pareció fea. La olma siempre había acogido en su copa redondeada un sinfín de nidos y, cuando caía la tarde, de dentro de su agradable sombra se escapaba la algarabía de los pequeños pájaros pidiendo su alimento.
Paseamos hasta el ferial, una antigua era donde se instalaban, durante las fiestas patronales, los feriantes con sus pequeños puestos que, para los niños suponían todo un mundo de sueños y descubrimientos. Ella se quejó: nunca pensé que el pueblo sería así. Y el pueblo, es cierto, es bastante feo. La torre elevadora de agua, de ladrillo, el viejo silo para el grano, las casas con esos adefesios de cochera para meter los tractores… todo en el pueblo estaba destartalado y desproporcionado en sus medidas. No obstante, y a lo largo del paseo, la niñez, mi primera adolescencia, iba aflorando a cada paso. De aquella viga que sale de esa bajera vi una vez, cuando tenía cuatro años, colgado de una soga a un suicida. Era el padre de un amigo mío que se colgó por perder al gilé la cosecha del año.
Etelvina seguía sin explicarse cómo fue posible que yo, una persona a la que tenía por culto y exquisito en sus maneras, me hubiera criado en un lugar tan feo y tan hostil. No podía explicarle que no era culpa suya el no pertenecer a este lugar. Pasamos por la pequeña iglesia románica dedicada a El Salvador. Las piedras de cantería se desmoronaban raídas por el viento y las lluvias. El pórtico, de madera, no había visto una sola mano de pintura o de barniz en años y la madera estaba desvencijada y blanquecina. A lo lejos un penetrante olor a purín de los cochinos me devolvió la sensación de la primera infancia. De no haber vuelto a este pueblo, ahora semivacío, no habría descubierto esta sensación tan penetrante. Esa vuelta a una infancia que no fue, ni particularmente feliz, ni especialmente desdichada; unos años en los que el frío que subía de la costra seca de la arena del suelo envolvía, hasta hacer doler los huesos a los niños. Ese aroma a sabina quemada en el hogar, a la humedad del ambiente, me hizo retroceder por un instante. ¿Habrá sido una buena idea traer a Etelvina a bailar a este antro?
Sobre la puerta de entrada un pequeño cartel que, en algún momento debió estar iluminado, indicaba que ese era el Nemesio’s Pub. Un poco más allá, la tienda de Ambrosio era ahora Ambrosio Snack. ¿Se habrán vuelto todos bobos?, pensé. En mi pueblo siempre fueron muy de imitar al forastero, esa es la verdad, pero yo creo que no es sano hacerlo hasta este punto. ¿Y el hotel, me preguntó Etelvina, cómo se llama? Creí descubrir un rictus de burla pero lo dejé pasar. Es cierto, deberíamos llegarnos hasta la posada. Seguramente seguirá como antaño pero, por lo que decía la gente, era un buen lugar para descansar. El hotel se llama ahora Las Vegas, antes se llamaba posada Inocencia, que era el nombre de su propietaria.
¿Por qué no cenamos algo antes de ir a bailar y acostarnos? Yo, llegado a este punto, lo único que deseaba era estar solo para poder volver, en silencio y sin nadie alrededor mío, a recordar todos y cada uno de los sitios por los que se desarrolló mi niñez. Antes de volver a pisar las calles del pueblo no recordaba nada del mismo pero, al hollar de nuevo sus polvorientas calles me devuelve cada lugar, cada pequeña cosa a aquellos años de frío y privaciones. De no haber venido con Etelvina podría haber sido muy feliz recordando, de manera melancólica, esos paseos por la otoñal chopera del río, descubriendo aquellos pequeños detalles, aquellas pistas de aquellos años en los que, pese al frío y el hambre, a la despoblación tras los años sesenta aún había expectativas. Ahora, con Etelvina de por medio ya nada sería igual. Mis recuerdos están, sin que pueda evitarlo, compartidos con ella. Con una persona que odia este pueblo, que le parece un horror de sitio y que, desgraciadamente para ella, no significa nada en su vida. Ella, Etelvina, es capitalina y no sabe lo que es tener un recuerdo propio al que regresar. Ella no tiene –todo se lo llevó la burbuja inmobiliaria- esos lugares infantiles a los que volver.
Había conocido a Etelvina en el hospital donde me operaron de un pequeño infarto. Era la enfermera de la sala donde estaba ingresado. Seguramente hay una definición psicológica para el enfermo que se enamora de su enfermera. Lo más probable es que esa definición me cae a mí como un guante. Igual, ¡vaya usted a saber!, es una fantasía sexual. Esto de las enfermeras, como lo de los bomberos y los butaneros da mucho juego. Etelvina me cuidó con mimo y, posiblemente por el miedo a la recaída, me aferré a su cariño como si no hubiera otro en el mundo.
Tomamos un bocado en la casa de Ambrosio. Este no quitaba su mirada de nuestra mesa. No sabía si miraba a Etelvina, que es una mujer muy voluptuosa, o lo hacía hacia mí. No creo que aún me recordara. Ambrosio era mayor que yo, no mucho, pero sí algunos años mayor que yo. A Ambrosio le gustaba la mecánica y estaba, todo el día, reparando la motocicleta de su padre. Siempre pensé que Ambrosio se había ido a la capital para probar suerte en la mecánica. Ya se ve que no fue así. Después de tomar café y pagar salimos a la calle y nos dirigimos hacia el baile. Etelvina prefería pasear. Yo creo que lo hacía por no entrar al baile. Luego, le dije, cuando salgamos, podríamos ir hacia la chopera que, por aquellos entonces, estaba prohibido hacerlo a las mozas. En mis tiempos…
¿En tus tiempos?
Sí. ¿No te dije que nací aquí?
¿Cómo…? ¿Naciste en este sitio tan destartalado? Me imagino que habrás cumplido un sueño infantil trayéndome aquí. Quizás un sueño de pubertad en que creíste acompañar a las mozas en sus prohibidos paseos hacia la chopera.
Me gustaba el perfume de Etelvina, tan acogedor y tan suave como un ramo de flores primaverales. También me gustaba el rojo de sus labios. Un rojo brillante que me atraía como las flores a las abejeas.
Al dar la vuelta a la esquina un grupo de niños y niñas corriendo desaforadamente y gritando al tiempo despertaron en mí aquellas carreras veraniegas, al salir de la escuela, para llegar el primero al río y tirarse de cabeza. El premio para el ganador era presumir ante el resto de las niñas de Tarzán. Los niños llevaban teléfonos móviles y, ahora, las carreras era para llegar el primero al lugar del pueblo donde había cobertura suficiente para hacerlos funcionar. Cambian las personas, pensé, no las cosas.
Algo está fallando en el retrato en el que me muevo, pensé. Ese algo era Etelvina. No, en realidad no había sido buena idea traerla aquí. Junto al baile, la pequeña casa del alcalde de entonces, aún tenía en su jardín los redodendros saliendo hacia la calle en cascada de color rosado. Tomamos algunas bebidas en la barra del baile. El ambiente era a cada momento más asfixiante. Decididamente Etelvina no pintaba nada en este viaje de vuelta a la infancia. Mira, Etelvina, yo voy a dar una vuelta alrededor del pueblo, y lo quiero hacer solo, sin ninguna persona a mi lado. Te pido perdón por ello y te ruego que me esperes en el restaurante donde hemos cenado. Etelvina torció el morro enfadada pero, ante la expectativa de verse deambulando por el pueblo prefirió quedarse en casa de Ambrosio.
Recorrí, con un ansia desmedida, todas y cada una de las calles, me apoderé de imágenes, de recuerdos, de pequeñas dudas que aún me quedaban de la infancia y, cuando el cielo se llenó de estrellas, en un espectáculo impresionante, decidí volver en busca de Etelvina.
Al entrar en el salón Ambrosio bailaba con ella un viejo bolero. Etelvina, seguramente embriagada, estaba entregada a sus brazos. Los brazos de Etelvina rodeaban la nuca de Ambrosio y, este, cogía con ambas manos los dos carrillos de su prieto trasero. Al entrar me quedé parado, sonaba el estribillo de Luna de Miel, cantada por Gloria Lasso.
Siempre fuiste un mierda, pocapicha, me dijo Ambrosio con un desprecio y un odio inimaginable. ¿A qué has vuelto al pueblo, a ver otra vez tu fracaso?
Etelvina puso sus ojos sobre mí y soltó una carcajada que aún me duele. Adios, pocapicha, me dijo.
No, no fue una buena idea llevar a Etelvina al pueblo.

VACACIONES INTRÉPIDAS

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Hay personas –no todas, claro- que cogen las vacaciones anuales y las convierten en una aventura apasionada. Un empleado administrativo, don Jovito Pedrezuela, se saca un billete de aviación a Laponia, se pone una chupa del Coronel Tapioca, se hace un selfie en Östersund y ya se cree Admunsen trasegando licor del polo con la novia abandonada de Indiana Jones.
¿Qué, Jovito, y ya conoces Cuenca?
No señor. Eso para los jubilados. Yo, como mínimo, viajo a las junglas, a los desiertos y a los lugares más alejados de la Taiga.
¡Ah!, como George de la Jungla
Pues sí señor, sobre poco más o menos
Yo siempre pensé que, para ir de vacaciones, lo mejor es conocer el país a visitar, el paisaje a descubrir y el paisanaje a abordar. Y no ir a tontas y locas por esos mundos de Dios. Por ejemplo, ¿don Jovito Pedrezuela es conocedor o no de si los lapones crían malvas cuando se mueren o, por el contrario crían líquenes y otras ericáceas? ¿Si se dice taiga o tundra? ¿Si en el igloo hay calefacción central o, por el contrario, tienes que picar la pared con el pincho de Saron Stone para sacar hielo para el ginonic? ¿Si se come reno o lo que se come es alce en el poronkäristys?
Oye, Jovito, ¿los lapones comen lepóridos o por el contrario hacen más a fócidos?
Pues no lo sé, don Dimas. ¿Qué quiere usted que yo le diga? Una tarde, mientras iba a visitar el corral de comedias de Almagro me ofrecieron atascaburras, y tampoco sabía en qué consistía.
Claro, claro. Diga usted que sí, hijo. Lo importante es alimentarse, sea lo que sea que uno ingiera, ¿verdad?
Claro, don Dimas. Claro…
¿Qué puede pasársele por las cabezas a cuatro amigos de San Pedro del Pinatar, provincia de Murcia, lugar que es famoso en el mundo entero por estar más de seis meses al año bloqueado por las nieves y los hielos, para liarse la manta a la cabeza –nunca mejor dicho- y recorrer en un trineo tirado por un reno o dieciocho chuchos de la marca Alaskan Malamute a descubrir los Inuit, los Algonquinos y otros pueblos esquimales de las zonas árticas? ¿Qué extraño viento le ha soplado a estos cuatro murcianos para abandonar el tranquilo y soleado Mar Menor y meterse, tras bañarse en un lago helado a menos treinta grados, en una sauna a ocho mil grados centígrados? ¿Es que ya no hace calor suficiente en Murcia? ¿Es que el arroz en caldero está mejor en Laponia?
Una tarde, en Langa de Duero, paseaba junto a Mutriku cuando un vecino me paró para echar una parrafada. Salió el tema de los viajes y le dije que había renunciado –por mi conocido miedo a los aeroplanos- a unos billetes gratis a un lugar del Mar Caribe. Creo que era Cancún, aunque no podría asegurarlo puesto que renuncié, incluso, a ir a recogerlos a la agencia. Me dijo que estaba tonto –la gente, ya se sabe, es muy amable y sagaz- y me dijo que cómo no se los había regalado a él. Yo le contesté que el regalo era unipersonal y no se podía ceder o vender a nadie. Me contó, eso sí, cómo él y su esposa –los hijos no, claro- habían estado vacando una semana en el Caribe. Me contó lo bien que estuvieron en la piscina todo el día, con una pulserita multicolor cada uno que les permitía beber todo aquello que les apeteciera de forma gratuita. Tras cantarme y contarme las excelencias del hotel se dirigió a la esposa, que le escuchaba, como debe de ser, arrobada y silenciosa, y le preguntó:
¿Oye, churri, cuando fuimos a aquel hotel del Caribe, dónde era, Méjico o Santo Domingo?
A ustedes, mis queridos amigos, les parecerá que este relato del langueño es producto de mi magín, pero no es absolutamente cierto. ¡Vaya que si era cierto! Luego, una vez que nos marchamos, me imagino la situación.
Estos de la estación están como dos chotas. Mira que pudiendo ir al Caribe a ponerse ciegos de aquello que nos daban de beber en la piscina. Por cierto, churri ¿cómo se llamaba aquello que bebíamos en la piscina?
Pues no sé, le contestaría su churri. A mí me sabía todo como aquel volcán humeante que servían en el Mauna Loa de Madrid cuando aún éramos jóvenes y paseábamos por la ciudad en lugar de saltar los fríos bloques de hielo en el Perito Moreno.

DIVANGANDO CON EL AVENANCIO

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Hoy se ha despertado la mañana de oro y purísima. El calor va a pegar fuerte y, para evitar sofocos, decido pasear muy de mañana. He tomado el camino de las viñas. Entre el verdor de los renuevos comen, distraídos, una familia de corzos. El otro día un corzo se me quedó mirando y, como el que no quiere la cosa, me habló de forma decidida y con voz de tenor alto. El corzo hablador era el fantasma de Avenancio Fresnedillas, capitán del tercio de Flandes que murió, una mala tarde, tras un duelo en un descampado junto a la Fuente del Berro. Eso, al menos, es lo que dijo él. Algunos pensarán –total, es gratis- que el escribidor se ha vuelto loco. Nada de eso. Me dijo que en el más allá las cosas son, sobre poco más o menos, como en el más acá, pero con frío y algo de niebla. Me dijo que san Pedro, a pesar de lo del llavero, tiene cedido a san Roque todo lo referente a la entrada y salida del Paraíso. Vamos, que San Roque, como tiene perro, se ha puesto de jefe de seguridad en la mojonera del cielo y emplea al chucho como cancerbero. Los bienaventurados salen poco, esa es la verdad. Sin embargo los que enredaron en su vida terrenal lo hacen cada noche. Algunos, se conoce que los que menos zascandilean, salen como el Avenancio a medio día. La fantasma del Avenancio por donde más a gusto vagabundea es por Langa de Duero. Se conoce que le tiene querencia por algún desvarío que no viene a cuento. Y dentro de Langa, por donde más le gusta pasear es por los pagos de los viñedos. No es que el Avenancio fuera natural de Langa de Duero, no. El Avenancio era natural de Baños de Río Tobia, en La Rioja, que celebra fiestas patronales en honor a san Mateo y san Pelayo y a la Virgen de los Parrales. Al Avenancio, caso de dejarse caer por La Rioja lo que más le gusta es caminar entre las viñas y ver a los corzos ramonear los tiernos brotes de la uva. También le gusta acercarse hasta Haro para tomarse un vino con los amigos. Ahora ya no. Ahora, desde que se ha muerto se le ve mucho más por Langa de Duero. Se conoce que, esa querencia a la hora de ver corzos le ha condenado a transfigurarse en uno de ellos. ¡Qué cosas tiene el más allá! Al Avenancio, ya se dijo, le gustan los corzos; sí, pero también le gustan las raposas cuando son listas –a las tontas las desprecia- y las rapaces que hacen vuelos rápidos y picados vertiginosos sobre las viñas. Por las noches le gusta ver las luciérnagas, de las que dice que pintan en la viña, luces de árbol de Navidad. No le gusta, porque siempre está mojado, la huerta y los espacios de regadío. Se conoce que, como vive en el más allá, y siempre está nublado no le hace bien la humedad. La reúma, seguro. Al Avenancio, de volver a nacer le gustaría ser galgo. Los galgos llevan una vida muy particular y, ahora, con esto de los ecologistas no temen tanto por su vida. Un buen galgo de pueblo, si no es muy cazador, se queda, en tiempo de siesta, tumbado bajo la sombra reponedora del alero del tejado o en una esquina del patinillo de casa y, hasta que el amo no sale a tomar la fresca, no se mueve del sitio. ¡Vida de perros, dicen…! Pues menuda vida la que se pegan los galgos. No como el perro de san Roque, que sí que tiene rabó, pese a lo que dice el trabalenguas. El perro de san Roque es de raza mil leches, medio garabito, y tiene una nube en el ojo izquierdo. Por eso, los que salen, como el Avenancio, aprovechan ese campo muerto del ojo del perro para escapar sin que los vean. No sabe nada el Avenancio. Ahora le ha dado –ya ve usted- por aparecérsele a las mozas que van por lo oscuro. Las mozas, como van en busca de los mozos, claro, no temen nada, y a la menor le arrean cada cantazo que para qué. De Baño de Río Tobía, el pueblo del Avenancio, eran naturales, el cardenal Martínez Somalo y Abel San Martín, “Barberito”, que fue un pelotari de mano individual al que no había quien ganara. También en Baño nacieron el arzobispo de Manila, Domingo Salazar y el obispo de Barcelona mosén Benet Ignasi de Salazar, que se llamó, en realidad Benito Ignacio de Salazar, aunque cambió el nombre para llegar al cardenalato y, posteriormente, ¡viva Dios!, presidir la Generalidad de Cataluña. ¡Quién dijo miedo! Se conoce que en Baño de Río Tobía se da mejor el curato que la pelota a mano. Al Avenancio, sin embargo, nunca le dio por la Iglesia. Él era más de correr la liebre y raposear el sotobosque. Al Avenancio, ya se lo advirtió un día el cabo de puesto de la guardia civil, se le iban a caer los palos del sombrajo como le pillaran con algún gazapo o con alguna patirroja fuera de veda. El Avenancio, ya lo dije antes, se ha vuelto ahora más escurridizo y solo se aparece en el cuerpo de un corzo medio altito, que tiene, a su servicio, más de media docena de corzas. ¡Los hay con suerte! Sí, sí… me dice él. Aquí te querría yo ver, durante la berrea. Y es que nadie está conforme con lo que le tocó vivir. Me despido del Avenancio porque dice Mutriku que hay que preparar la cena, sino aquí podríamos seguir divagando. En fin, que se ha levantado hoy el día del color dorado y azul como el manto de la Purísima. Amén.