ETELVINA Y YO

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No fue una buena idea, no, la de llevar a bailar a aquel tugurio a la joven Etelvina. Cuando las tardes comienzan a acortarse en septiembre es cuando más se recuerdan las cosas que a uno le han ocurrido en la infancia. Al local donde fuimos a bailar se accedía por la cuadra. A la derecha los animales, a la izquierda, las parejas y, entre medias, una pequeña barra donde se acodaban los mozos del pueblo. Habrá una tibia luz que desprende de una bombilla a todas luces –y no es juego de palabras- escasa, le dije. Y allí estaba, enroscada a un viejo casquillo sin protección, colgado de un cable trenzado. Es un sitio rústico. No importa, me dijo Etelvina, para mi cualquier lugar, a tu lado, es el paraíso. Hacía ya más de treinta años que había salido de aquel pueblo y aún recordaba todas y cada una de las imágenes que se me presentaban de forma vívida.
¿Cómo elegiste este pueblo? Es espantoso. Yo quise aclararle que no es espantoso, sino único en su fealdad pero era, aunque no me gustase, el marco donde se desarrolló mi infancia. Hasta la olma que se alzaba en el centro de la plaza le pareció fea. La olma siempre había acogido en su copa redondeada un sinfín de nidos y, cuando caía la tarde, de dentro de su agradable sombra se escapaba la algarabía de los pequeños pájaros pidiendo su alimento.
Paseamos hasta el ferial, una antigua era donde se instalaban, durante las fiestas patronales, los feriantes con sus pequeños puestos que, para los niños suponían todo un mundo de sueños y descubrimientos. Ella se quejó: nunca pensé que el pueblo sería así. Y el pueblo, es cierto, es bastante feo. La torre elevadora de agua, de ladrillo, el viejo silo para el grano, las casas con esos adefesios de cochera para meter los tractores… todo en el pueblo estaba destartalado y desproporcionado en sus medidas. No obstante, y a lo largo del paseo, la niñez, mi primera adolescencia, iba aflorando a cada paso. De aquella viga que sale de esa bajera vi una vez, cuando tenía cuatro años, colgado de una soga a un suicida. Era el padre de un amigo mío que se colgó por perder al gilé la cosecha del año.
Etelvina seguía sin explicarse cómo fue posible que yo, una persona a la que tenía por culto y exquisito en sus maneras, me hubiera criado en un lugar tan feo y tan hostil. No podía explicarle que no era culpa suya el no pertenecer a este lugar. Pasamos por la pequeña iglesia románica dedicada a El Salvador. Las piedras de cantería se desmoronaban raídas por el viento y las lluvias. El pórtico, de madera, no había visto una sola mano de pintura o de barniz en años y la madera estaba desvencijada y blanquecina. A lo lejos un penetrante olor a purín de los cochinos me devolvió la sensación de la primera infancia. De no haber vuelto a este pueblo, ahora semivacío, no habría descubierto esta sensación tan penetrante. Esa vuelta a una infancia que no fue, ni particularmente feliz, ni especialmente desdichada; unos años en los que el frío que subía de la costra seca de la arena del suelo envolvía, hasta hacer doler los huesos a los niños. Ese aroma a sabina quemada en el hogar, a la humedad del ambiente, me hizo retroceder por un instante. ¿Habrá sido una buena idea traer a Etelvina a bailar a este antro?
Sobre la puerta de entrada un pequeño cartel que, en algún momento debió estar iluminado, indicaba que ese era el Nemesio’s Pub. Un poco más allá, la tienda de Ambrosio era ahora Ambrosio Snack. ¿Se habrán vuelto todos bobos?, pensé. En mi pueblo siempre fueron muy de imitar al forastero, esa es la verdad, pero yo creo que no es sano hacerlo hasta este punto. ¿Y el hotel, me preguntó Etelvina, cómo se llama? Creí descubrir un rictus de burla pero lo dejé pasar. Es cierto, deberíamos llegarnos hasta la posada. Seguramente seguirá como antaño pero, por lo que decía la gente, era un buen lugar para descansar. El hotel se llama ahora Las Vegas, antes se llamaba posada Inocencia, que era el nombre de su propietaria.
¿Por qué no cenamos algo antes de ir a bailar y acostarnos? Yo, llegado a este punto, lo único que deseaba era estar solo para poder volver, en silencio y sin nadie alrededor mío, a recordar todos y cada uno de los sitios por los que se desarrolló mi niñez. Antes de volver a pisar las calles del pueblo no recordaba nada del mismo pero, al hollar de nuevo sus polvorientas calles me devuelve cada lugar, cada pequeña cosa a aquellos años de frío y privaciones. De no haber venido con Etelvina podría haber sido muy feliz recordando, de manera melancólica, esos paseos por la otoñal chopera del río, descubriendo aquellos pequeños detalles, aquellas pistas de aquellos años en los que, pese al frío y el hambre, a la despoblación tras los años sesenta aún había expectativas. Ahora, con Etelvina de por medio ya nada sería igual. Mis recuerdos están, sin que pueda evitarlo, compartidos con ella. Con una persona que odia este pueblo, que le parece un horror de sitio y que, desgraciadamente para ella, no significa nada en su vida. Ella, Etelvina, es capitalina y no sabe lo que es tener un recuerdo propio al que regresar. Ella no tiene –todo se lo llevó la burbuja inmobiliaria- esos lugares infantiles a los que volver.
Había conocido a Etelvina en el hospital donde me operaron de un pequeño infarto. Era la enfermera de la sala donde estaba ingresado. Seguramente hay una definición psicológica para el enfermo que se enamora de su enfermera. Lo más probable es que esa definición me cae a mí como un guante. Igual, ¡vaya usted a saber!, es una fantasía sexual. Esto de las enfermeras, como lo de los bomberos y los butaneros da mucho juego. Etelvina me cuidó con mimo y, posiblemente por el miedo a la recaída, me aferré a su cariño como si no hubiera otro en el mundo.
Tomamos un bocado en la casa de Ambrosio. Este no quitaba su mirada de nuestra mesa. No sabía si miraba a Etelvina, que es una mujer muy voluptuosa, o lo hacía hacia mí. No creo que aún me recordara. Ambrosio era mayor que yo, no mucho, pero sí algunos años mayor que yo. A Ambrosio le gustaba la mecánica y estaba, todo el día, reparando la motocicleta de su padre. Siempre pensé que Ambrosio se había ido a la capital para probar suerte en la mecánica. Ya se ve que no fue así. Después de tomar café y pagar salimos a la calle y nos dirigimos hacia el baile. Etelvina prefería pasear. Yo creo que lo hacía por no entrar al baile. Luego, le dije, cuando salgamos, podríamos ir hacia la chopera que, por aquellos entonces, estaba prohibido hacerlo a las mozas. En mis tiempos…
¿En tus tiempos?
Sí. ¿No te dije que nací aquí?
¿Cómo…? ¿Naciste en este sitio tan destartalado? Me imagino que habrás cumplido un sueño infantil trayéndome aquí. Quizás un sueño de pubertad en que creíste acompañar a las mozas en sus prohibidos paseos hacia la chopera.
Me gustaba el perfume de Etelvina, tan acogedor y tan suave como un ramo de flores primaverales. También me gustaba el rojo de sus labios. Un rojo brillante que me atraía como las flores a las abejeas.
Al dar la vuelta a la esquina un grupo de niños y niñas corriendo desaforadamente y gritando al tiempo despertaron en mí aquellas carreras veraniegas, al salir de la escuela, para llegar el primero al río y tirarse de cabeza. El premio para el ganador era presumir ante el resto de las niñas de Tarzán. Los niños llevaban teléfonos móviles y, ahora, las carreras era para llegar el primero al lugar del pueblo donde había cobertura suficiente para hacerlos funcionar. Cambian las personas, pensé, no las cosas.
Algo está fallando en el retrato en el que me muevo, pensé. Ese algo era Etelvina. No, en realidad no había sido buena idea traerla aquí. Junto al baile, la pequeña casa del alcalde de entonces, aún tenía en su jardín los redodendros saliendo hacia la calle en cascada de color rosado. Tomamos algunas bebidas en la barra del baile. El ambiente era a cada momento más asfixiante. Decididamente Etelvina no pintaba nada en este viaje de vuelta a la infancia. Mira, Etelvina, yo voy a dar una vuelta alrededor del pueblo, y lo quiero hacer solo, sin ninguna persona a mi lado. Te pido perdón por ello y te ruego que me esperes en el restaurante donde hemos cenado. Etelvina torció el morro enfadada pero, ante la expectativa de verse deambulando por el pueblo prefirió quedarse en casa de Ambrosio.
Recorrí, con un ansia desmedida, todas y cada una de las calles, me apoderé de imágenes, de recuerdos, de pequeñas dudas que aún me quedaban de la infancia y, cuando el cielo se llenó de estrellas, en un espectáculo impresionante, decidí volver en busca de Etelvina.
Al entrar en el salón Ambrosio bailaba con ella un viejo bolero. Etelvina, seguramente embriagada, estaba entregada a sus brazos. Los brazos de Etelvina rodeaban la nuca de Ambrosio y, este, cogía con ambas manos los dos carrillos de su prieto trasero. Al entrar me quedé parado, sonaba el estribillo de Luna de Miel, cantada por Gloria Lasso.
Siempre fuiste un mierda, pocapicha, me dijo Ambrosio con un desprecio y un odio inimaginable. ¿A qué has vuelto al pueblo, a ver otra vez tu fracaso?
Etelvina puso sus ojos sobre mí y soltó una carcajada que aún me duele. Adios, pocapicha, me dijo.
No, no fue una buena idea llevar a Etelvina al pueblo.

VACACIONES INTRÉPIDAS

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Hay personas –no todas, claro- que cogen las vacaciones anuales y las convierten en una aventura apasionada. Un empleado administrativo, don Jovito Pedrezuela, se saca un billete de aviación a Laponia, se pone una chupa del Coronel Tapioca, se hace un selfie en Östersund y ya se cree Admunsen trasegando licor del polo con la novia abandonada de Indiana Jones.
¿Qué, Jovito, y ya conoces Cuenca?
No señor. Eso para los jubilados. Yo, como mínimo, viajo a las junglas, a los desiertos y a los lugares más alejados de la Taiga.
¡Ah!, como George de la Jungla
Pues sí señor, sobre poco más o menos
Yo siempre pensé que, para ir de vacaciones, lo mejor es conocer el país a visitar, el paisaje a descubrir y el paisanaje a abordar. Y no ir a tontas y locas por esos mundos de Dios. Por ejemplo, ¿don Jovito Pedrezuela es conocedor o no de si los lapones crían malvas cuando se mueren o, por el contrario crían líquenes y otras ericáceas? ¿Si se dice taiga o tundra? ¿Si en el igloo hay calefacción central o, por el contrario, tienes que picar la pared con el pincho de Saron Stone para sacar hielo para el ginonic? ¿Si se come reno o lo que se come es alce en el poronkäristys?
Oye, Jovito, ¿los lapones comen lepóridos o por el contrario hacen más a fócidos?
Pues no lo sé, don Dimas. ¿Qué quiere usted que yo le diga? Una tarde, mientras iba a visitar el corral de comedias de Almagro me ofrecieron atascaburras, y tampoco sabía en qué consistía.
Claro, claro. Diga usted que sí, hijo. Lo importante es alimentarse, sea lo que sea que uno ingiera, ¿verdad?
Claro, don Dimas. Claro…
¿Qué puede pasársele por las cabezas a cuatro amigos de San Pedro del Pinatar, provincia de Murcia, lugar que es famoso en el mundo entero por estar más de seis meses al año bloqueado por las nieves y los hielos, para liarse la manta a la cabeza –nunca mejor dicho- y recorrer en un trineo tirado por un reno o dieciocho chuchos de la marca Alaskan Malamute a descubrir los Inuit, los Algonquinos y otros pueblos esquimales de las zonas árticas? ¿Qué extraño viento le ha soplado a estos cuatro murcianos para abandonar el tranquilo y soleado Mar Menor y meterse, tras bañarse en un lago helado a menos treinta grados, en una sauna a ocho mil grados centígrados? ¿Es que ya no hace calor suficiente en Murcia? ¿Es que el arroz en caldero está mejor en Laponia?
Una tarde, en Langa de Duero, paseaba junto a Mutriku cuando un vecino me paró para echar una parrafada. Salió el tema de los viajes y le dije que había renunciado –por mi conocido miedo a los aeroplanos- a unos billetes gratis a un lugar del Mar Caribe. Creo que era Cancún, aunque no podría asegurarlo puesto que renuncié, incluso, a ir a recogerlos a la agencia. Me dijo que estaba tonto –la gente, ya se sabe, es muy amable y sagaz- y me dijo que cómo no se los había regalado a él. Yo le contesté que el regalo era unipersonal y no se podía ceder o vender a nadie. Me contó, eso sí, cómo él y su esposa –los hijos no, claro- habían estado vacando una semana en el Caribe. Me contó lo bien que estuvieron en la piscina todo el día, con una pulserita multicolor cada uno que les permitía beber todo aquello que les apeteciera de forma gratuita. Tras cantarme y contarme las excelencias del hotel se dirigió a la esposa, que le escuchaba, como debe de ser, arrobada y silenciosa, y le preguntó:
¿Oye, churri, cuando fuimos a aquel hotel del Caribe, dónde era, Méjico o Santo Domingo?
A ustedes, mis queridos amigos, les parecerá que este relato del langueño es producto de mi magín, pero no es absolutamente cierto. ¡Vaya que si era cierto! Luego, una vez que nos marchamos, me imagino la situación.
Estos de la estación están como dos chotas. Mira que pudiendo ir al Caribe a ponerse ciegos de aquello que nos daban de beber en la piscina. Por cierto, churri ¿cómo se llamaba aquello que bebíamos en la piscina?
Pues no sé, le contestaría su churri. A mí me sabía todo como aquel volcán humeante que servían en el Mauna Loa de Madrid cuando aún éramos jóvenes y paseábamos por la ciudad en lugar de saltar los fríos bloques de hielo en el Perito Moreno.

DIVANGANDO CON EL AVENANCIO

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Hoy se ha despertado la mañana de oro y purísima. El calor va a pegar fuerte y, para evitar sofocos, decido pasear muy de mañana. He tomado el camino de las viñas. Entre el verdor de los renuevos comen, distraídos, una familia de corzos. El otro día un corzo se me quedó mirando y, como el que no quiere la cosa, me habló de forma decidida y con voz de tenor alto. El corzo hablador era el fantasma de Avenancio Fresnedillas, capitán del tercio de Flandes que murió, una mala tarde, tras un duelo en un descampado junto a la Fuente del Berro. Eso, al menos, es lo que dijo él. Algunos pensarán –total, es gratis- que el escribidor se ha vuelto loco. Nada de eso. Me dijo que en el más allá las cosas son, sobre poco más o menos, como en el más acá, pero con frío y algo de niebla. Me dijo que san Pedro, a pesar de lo del llavero, tiene cedido a san Roque todo lo referente a la entrada y salida del Paraíso. Vamos, que San Roque, como tiene perro, se ha puesto de jefe de seguridad en la mojonera del cielo y emplea al chucho como cancerbero. Los bienaventurados salen poco, esa es la verdad. Sin embargo los que enredaron en su vida terrenal lo hacen cada noche. Algunos, se conoce que los que menos zascandilean, salen como el Avenancio a medio día. La fantasma del Avenancio por donde más a gusto vagabundea es por Langa de Duero. Se conoce que le tiene querencia por algún desvarío que no viene a cuento. Y dentro de Langa, por donde más le gusta pasear es por los pagos de los viñedos. No es que el Avenancio fuera natural de Langa de Duero, no. El Avenancio era natural de Baños de Río Tobia, en La Rioja, que celebra fiestas patronales en honor a san Mateo y san Pelayo y a la Virgen de los Parrales. Al Avenancio, caso de dejarse caer por La Rioja lo que más le gusta es caminar entre las viñas y ver a los corzos ramonear los tiernos brotes de la uva. También le gusta acercarse hasta Haro para tomarse un vino con los amigos. Ahora ya no. Ahora, desde que se ha muerto se le ve mucho más por Langa de Duero. Se conoce que, esa querencia a la hora de ver corzos le ha condenado a transfigurarse en uno de ellos. ¡Qué cosas tiene el más allá! Al Avenancio, ya se dijo, le gustan los corzos; sí, pero también le gustan las raposas cuando son listas –a las tontas las desprecia- y las rapaces que hacen vuelos rápidos y picados vertiginosos sobre las viñas. Por las noches le gusta ver las luciérnagas, de las que dice que pintan en la viña, luces de árbol de Navidad. No le gusta, porque siempre está mojado, la huerta y los espacios de regadío. Se conoce que, como vive en el más allá, y siempre está nublado no le hace bien la humedad. La reúma, seguro. Al Avenancio, de volver a nacer le gustaría ser galgo. Los galgos llevan una vida muy particular y, ahora, con esto de los ecologistas no temen tanto por su vida. Un buen galgo de pueblo, si no es muy cazador, se queda, en tiempo de siesta, tumbado bajo la sombra reponedora del alero del tejado o en una esquina del patinillo de casa y, hasta que el amo no sale a tomar la fresca, no se mueve del sitio. ¡Vida de perros, dicen…! Pues menuda vida la que se pegan los galgos. No como el perro de san Roque, que sí que tiene rabó, pese a lo que dice el trabalenguas. El perro de san Roque es de raza mil leches, medio garabito, y tiene una nube en el ojo izquierdo. Por eso, los que salen, como el Avenancio, aprovechan ese campo muerto del ojo del perro para escapar sin que los vean. No sabe nada el Avenancio. Ahora le ha dado –ya ve usted- por aparecérsele a las mozas que van por lo oscuro. Las mozas, como van en busca de los mozos, claro, no temen nada, y a la menor le arrean cada cantazo que para qué. De Baño de Río Tobía, el pueblo del Avenancio, eran naturales, el cardenal Martínez Somalo y Abel San Martín, “Barberito”, que fue un pelotari de mano individual al que no había quien ganara. También en Baño nacieron el arzobispo de Manila, Domingo Salazar y el obispo de Barcelona mosén Benet Ignasi de Salazar, que se llamó, en realidad Benito Ignacio de Salazar, aunque cambió el nombre para llegar al cardenalato y, posteriormente, ¡viva Dios!, presidir la Generalidad de Cataluña. ¡Quién dijo miedo! Se conoce que en Baño de Río Tobía se da mejor el curato que la pelota a mano. Al Avenancio, sin embargo, nunca le dio por la Iglesia. Él era más de correr la liebre y raposear el sotobosque. Al Avenancio, ya se lo advirtió un día el cabo de puesto de la guardia civil, se le iban a caer los palos del sombrajo como le pillaran con algún gazapo o con alguna patirroja fuera de veda. El Avenancio, ya lo dije antes, se ha vuelto ahora más escurridizo y solo se aparece en el cuerpo de un corzo medio altito, que tiene, a su servicio, más de media docena de corzas. ¡Los hay con suerte! Sí, sí… me dice él. Aquí te querría yo ver, durante la berrea. Y es que nadie está conforme con lo que le tocó vivir. Me despido del Avenancio porque dice Mutriku que hay que preparar la cena, sino aquí podríamos seguir divagando. En fin, que se ha levantado hoy el día del color dorado y azul como el manto de la Purísima. Amén.

DON DIMAS Y LA LEOCADIA: FIN DEL RELATO

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Don Dimas, el ya ex esposo de su querida Leocadia, se ha trasladado a Marbella donde, tal y como anunció, se compró un chándal conjuntado, de esos que parecen que sales de la séptima galería de Carabanchel y se ha puesto, en Puerto Banús, de gorrilla. Han pasado ya dos años desde que se divorció de la Leocadia y pasa el día entre Porsches y Ferraris, entre yates y cruceros, entre guiris y lolailos que se encuentran, siempre, siempre, en el Miraflores, el germen de lo que sería, con el tiempo, La Polaca. Don Dimas, ahora se hace llamar, Dim y se ha hecho muy amigo de una cuadrilla a la que dicen Los Choris y alterna –o como se diga eso- con Alfonso de Jodenjoden y con el hermanísimo de Fabiola de Bélgica. Dim se ha hecho un nombre cantando sigiriyas y algunas tarantas y está muy puesto en la venencia y en el aliño de la aceituna manzanilla. Por lo demás, no se le conoce ningún trabajo aunque, como el resto de Los Choris, vive como un rajá.
Al caer la tarde se le ve acompañando a estrellas fugaces de la jet set y a estrellitas de portal de belén que, si lo exige el guión, pueden pasar la jornada desgolletando lo primero que se les ponga en las manos. Ya sean botellas o lo que haga falta. Hasta la media noche aparca los coches deportivos de lo más selecto del Marbella Club y, una vez completado el aforo, pasa al interior donde, tras una importante propinilla, alegra la noche a los multimillonarios a base de flamenco, alguna que otra compra de estraperlo o, por qué no, quitándoles de encima esas muchachas a los jeques y actores a los que ya les aburren las compañías femeninas. Se suele decir que, quien no la corre de joven, de viejo no la perdona y, a don Dimas, que tanto sufrió en el ministerio y en la encuadernación, le ha venido Dios a ver con el cambio.
Esta noche ha llegado una francesa nueva. Habla el francés con mucho acento y con mucha “ege”: amog, Dim, traigme pog favog el champaña –ella dice shampaña, claro- y Dimas, quiero decir, el Dim, que ha visto la ocasión de poner una pica en Flandes –y perdón por señalar a lo patriota- se deshace en zalamerías con la “gubia frangsesa”.
Je sui le grand Dim. Le roy –léase le guá- de la nuit. Demandez ce que vous avez besoin, que yo, o sea, je, suis à votre commande, mademoiselle.
Tú eges un encanto, Dim. Je sui tre, enamogada de tú. ¿Vou casadó, mon cherrie ? ¿Vous habes marrida?
¿Yo esposa…? Ni loco. Libre, je suis libre, comme un oiseau échappé de sa prison, que canta el Nino Bravo. Sí que estuve casado, pero tuve que dejar a mi mujer, ¿vous comprenez?, porque creyó a una vecina que decía que yo era un bala. Ahora me gustaría que me viera. A lo que ella me empujo. ¿Compré pan, mademoiselle? Pero ahora no cambio esta vida por ninguna otra. Ahora tengo lo justo para vivir, beberme mis manzanillas, tomarme mis tapitas y alguna que otra copa, echar varias canas al aire, según venga la noche y el buey solo, bien se lame. ¿Compré pan?
Pego, tu mujeg, seguía una santa que cuidaguía de tus hijitos, ¿vegdad?
¿Una santa…? Dice aquí la Monique… Una hiaputa. Más mala que un dolor. Y con más chocolate en la tripa que el almacén de la Nestle. Si tenía que tener hasta berberechos en la tripa de tanta agua como tomó en el balneario. ¿Una santa dice la tía? Era más avara y más mala que la madre de jotaerre.
La francesa, seguramente pensó el Dim, por el efecto del champán, salió corriendo para los aseos llorando como una magdalena –léase magdalena-.
¿Qué le habrá pasado a esta tía? Ojú que raritas que son la guiris. Has visto tú, Gunilla, cómo sois las guiris. Voy a ver si tiene tabaco en el bolso.
El Dim, o sea el Dimas, abrió el bolso buscando un cigarrillo y se encontró, dentro del bolso una foto de la Leocadia y los dos niños en el balneario. Junto a la fotografía había, también, una carta a su nombre que, temblando todavía, abrió con mucho cuidado. La carta decía lo siguiente:

Amado Dimas:

He comprendido que he sido muy mala contigo y quiero cambiar mi vida para vivirla junto a ti y los niños. Comprendo que había cambiado tanto en mi forma de comportarme como físicamente por lo que, he decidido, con lo que tu madre tenía ahorrado, hacerme una operación de cirugía estética. He decidido, también, tomar el nombre de Monique y hacerme pasar por francesa. De esa manera, seguro que te acercarás nuevamente a mí y sabrás perdonarme. He sufrido mucho para quitarme las dos arrobas que tenía de grasa, quitarme el bigote y ponerme la cara que has visto. Por ello, si mañana, cuando te despiertes, lees esta carta, después de hacerme el amor como un sauvage, sabrás que todo lo he hecho por ti y para volver a estar juntos.

Siempre tuya,

Leonor

Cuando Leonor, o sea Monique, volvió del aseo la carta estaba sobre la mesa. Don Dimas había salido huyendo como alma que lleva el diablo y, en toda la Costa del Sol no se volvió a saber nada de él. Algunos, dicen, está de socorrista en las playas de Esaoouira, en el Moroco. Dicen que en la escalerilla que lleva a su puesto de trabajo hay un cartel que dice: francesas ni locas.
Leonor, o sea Monique, se llevó al pecho la carta que Dimas había leído. En el sobre tan solo una palabra, escrita a lápiz y a toda velocidad, daba idea de la resolución de don Dimas: ¡sape!

FIN DEL RELATO

Y DON DIMAS RESPONDE A LEOCADIA

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Mi amada Leocadia:

Después de conocer tus ímprobos esfuerzos en pro de la economía familiar, y visto el singular afán que te ha entrado por no engordar he decidido, y después de saber que el ministro don Francisco Fernández Ordoñez va a promover una Ley de Divorcio, apuntarme el primero para que, con lo que tú misma ganes, y aún con la pensión de mi madre y la tuya, puedas hacer economías ya que yo, para evitarte disgustos he decidido dejar el puesto del ministerio y el de la encuadernación y marchar de gorrilla al sur de España, más concretamente a Puerto Banús, que se está poniendo muy de moda.
Verás la envidia que vas a dar en el balneario a todas las tísicas, las bronquíticas y las vecinas tan caritativas y simpáticas, como la Reme, que te ponían al día de mis juergas por La Latina. ¡Lo que vas a presumir tú siendo la primera mujer divorciada de España! Igual hasta te saca el Iñigo en su programa. Ahora sí que va a tener materia para contarte, la Reme, cuando me vea en el ¡Hola! con lo más granado de la chusma patria haciendo a suecas, alemanas y demás mujerío extranjerizante. Igual hasta aprendo inglés y puedo presentarme al carnet de conducir en Belfast, y ya soy como el novio de la Reme.
Estate tranquila con lo del Real Madrid que ya no voy a necesitar el carnet. Eso sí, igual me asocio al Marbella, F.C. que, al parecer, tiene a un tan Juanito Gómez que dicen que va para figura. El carnet de socios cuesta menos que el del Real Madrid y, yo creo, que con lo que me saque aparcando coches podré pagarlo. De todas formas, y al ser un ingreso irregular, ya no tendrás que reclamármelo y podré, si me apetece, tomar una manzanilla con unas aceitunas machacás cuando me plazca.
Dile a los niños que, si en lugar de estar todo el día haciendo el gandul en la playa quieren progresar, que se apunten a la escuela de tauromaquia. En Málaga están abriendo una y, como voy a estar bien relacionado con los toreros de Ronda, podría colocarles en alguna corrida buena, de esas que televisan para dar una oportunidad. Quien sabe… igual, con el tiempo, y si triunfan, podrían casarse con la niña chica de la duquesa de Alba, porque yo creo que mira mucho a los novilleros.
Mi madre estará muy contenta contigo, a fin de cuentas, ahora será la que más aporta a tus economías. No obstante, si te parece que gana mucho y aún puedes forrarte los lomos de churros y sobaos, me la manda para aquí. Eso sí, que se traiga también su pensión. Yo no creo que me haga falta pero mira, igual ella, aquí conoce a algún jubilado alemán y se nos vuelve a casar. Esto de tener padrastro alemán te convertiría en nuerastra de un príncipe del acero, o como el ascensorista ese que anda tonteando con la viuda de Tarzán. El caso, mi amada Leocadia, es que tú puedas realizarte como mujer y abanderar la liberación femenina. Por mi parte, te voy a dejar sin un duro para que no tengas rémoras machistas y seas, completamente, libre e independiente.
Si quieres conozco una abogada, de mis vinos con los amigos, que es feminista y laboralistas, además de todas las cosas que acaban en lista. Igual consigues que te tenga que dar la mitad de lo que gano aparcando coches. La habitación con derecho a cocina, también queda a tu disposición. ¡No dirás…! Te llevas nuestro hogar, los hijos y todo el dinero de las dos abuelas. Eso es ser desprendido. Para que luego diga la Reme.
En fin, mi querida y amada Leocadia. Que tras estos veinte años de matrimonio creo que hemos llegado al final como amigos, que es frase muy europeizante y moderna. Casi, casi, parece dicho por un tecnócrata como el señor López Rodó. No te preocupes que jamás se me ocurriría culparte del fracaso de nuestro matrimonio, tenemos, ¿cómo es lo que se dice…? ¡Ah, sí!, incompatibilidad de caracteres.
Te recordaré siempre –a la fuerza, ahorcan- y te tendré en mis oraciones. También es cierto que no esperes mucho pues tanto santa Rita como san Ramón Nonato han hecho lo posible para que sea cada día más descreído.
Aquél que fue tuyo, y bien tuyo…

Dimas

LEOCADIA ESCRIBE A DON DIMAS

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Amado Dimas:

Ayer tarde tuve la visita –por otro lado inesperada- de nuestra amable vecina Restituta me cuenta y no para de los paseítos que, últimamente, andas dando con los demás crápulas que viven en la pensión. Que si unos vinos en la Cava, que si unos caracoles en el Rastro, que si una tajada de bacalao en Casa Revuelta… Al parecer, y según dice la Restituta, te debes de estar puliendo la paga con tus amigotes mientras que aquí, una hecha una esclava, cuidado viejos y niños, cogiendo la reuma en la playa y poniéndome como el tranvía de la Universitaria de gorda con tanta fabada y tanto solomillo.
Ya sé, ya sé que me envías tanto el sobre del ministerio como el de la encuadernación pero, estoy segura de que nos sisas tanto a los niños como a mí. Cualquier día, y sí no al tiempo, te veo con mi hermano por esos antros donde las señoritas hablan de tú y fuman. No quiera Dios Nuestro Señor que tenga que ver eso. Antes preferiría verte de cuerpo presente con una mano sobre otra y enterrado en el cementerio civil, por golfo.
Tu madre se ha puesto flamenca y me cuesta que me entregue la paga de viudedad. No sé para qué quiere el dinero, si no lo necesita para nada. Parece mentira, en lugar de dármelo para sus nietos la muy mezquina se pone de morros cuando se lo pido; no como mi madre que me lo entrega enterito nada más cobrarlo y sin rechistar. Ya voy viendo a quién has salido tú. Espero que ninguno de los niños salga a vuestra rama de vividores y tabernarios. Como yo me vuelva a enterar que tomas un blanco, uno solo con esa gentuza, voy y te saco los ojos con el gancho de la lumbre.
Siempre has sido un gandul y un canelo que no has sido capaz ni de sacar la oposición, no como el novio de la Restituta que se sacó, a la primera, el carnet de conducir. Y no me vengas con que es mucho más difícil la oposición que el carnet de conducir. En cuanto a lo que me dijiste por teléfono de venir un fin de semana al balneario, nada de nada. Ni se te ocurra. No sabes tú cómo se ha puesto esto de caro. Tu madre y la mía han tenido que dejar de bajar a jugar al bridge porque, de lo contrario, no tendríamos para la merienda mía y la de los niños. Ellos, eso sí, con un quesito en porciones y un mendrugo de pan van que chutan aunque, el pequeño quería -¡ya ves tú!- que le diera de merienda mantequilla de tres colores. No si este ha salido a ti, va para millonario. Yo, para ahorrar, me he quitado de los picatostes y ahora tomo solo churros y algún sobao con el chocolate. Para que veas los ahorros y los esfuerzos a los que me tengo que someter para que tú vivas de una boite a otra con esa gentuza con la que andas.
Ahora entiendo cómo sabes tú tanto de la vida de Manolete y de las hurgamanderas esas con las que anda. Ya me imagino que estarás todo el día en los tablaos bailando flamenco con esas mujeronas despechugadas que llevan un clavel en el moño y comiendo gambas y bebiendo Moriles. Así tienes tú el vientre que tienes. Luego es muy fácil culparle a una, que está hecha una esclava, y al bonito que no sé ni cómo me molesten en hacerte de comer para el pago que recibe una.
En fin, Dimas, que nunca pensé que llegaría el día en que tuviera que convivir con un Rodríguez baboso de esos que cuentan en la radio, que eso es lo que te gusta a ti, estar suelto como buey sin cencerro mientras que las demás nos dejamos la vida en la playa y en el restorán del balneario.
No tengo nada más que decirte, aunque bien que podría, pero prefiero echarme a llorar sin que los niños me vean, por el hombre que, después de jurarme su amor, se dedica a gastarse el dinero de sus hijos en vino y en juergas. Lo único, eso sí, es que le digas al don Mónico, el contador mayor del ministerio, que te suba el sueldo, que tu mujer y tus hijos tienen que estar viviendo casi de la misericordia porque su padre se gasta el dinero con otras mujeres.
Por cierto, y antes de que se me olvide. Lo de hacerte socio del Real Madrid, no te lo crees ni tú. También estaría bueno que una esté hecha un adefesio con dos partos encima y teniendo que ir solamente una vez a la semana a la coifure y sin un hotelito en El Escorial, como tienen los Sánchez, para que el señorito esté todo el día viendo a once tíos en calzoncillos por el césped. Ya te enterarás por la Gaceta que dice Aldea, o al día siguiente, en la Hoja del Lunes de cómo ha quedado el Real Madrid… ¡Nos ha amolado, aquí Rockefeller!
Tienes una última oportunidad de variar tu rumbo, o decides portarte como un hombre y enviar aquí todo el dinero o da por perdido el matrimonio. Yo, me quedo aquí, con las pagas de mi madre y de la tuya y tú me envías todo el dinero de los dos empleos para tus hijos. Tú decide qué es lo que prefieres. Golfo, que eres un golfo y un librecambista. Y no creas que voy a cuidar yo a tu madre y a tu suegra. Vamos… que te las envío en el primer coche que salga para Madrid.

Tuya, por ahora…

Leocadia

DON DIMAS SIGUE ESCRIBIENDO

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Amada Leocadia:

No sabes cuánto placer me da saber que estáis los niños y tú, además de mamá, tu mamá y la abuela en San Sebastián, alejados del calor de Madrid. Por aquí ni respiramos y, tan solo saber que vosotros estáis fresquitos y bañándoos en la playa me conforta. Ya se me quitaron los habones que me salieron de los mosquitos. El bonito escabechado que me dejaste estaba muy rico aunque algo picante. No sé… en algunos momentos pienso si no estaría fermentado y los habones, en lugar de ser los mosquitos sean del bonito. ¿Sigues bien del vientre? Yo, seguramente por lo del bonito, también.
Doña Amelia, la casera, está cada día más rara. Ahora quiere alquilar el cuarto ciego de debajo de la ventana a un zapatero remendón para taller. Ya le he dicho que no vamos a poder dormir con el ruido y me ha levantado una lezna del zapatero de forma agresiva. Yo creo que está mal de la cabeza. Menos mal que su marido, el Ulises, le ablanda los lomos cada dos por tres.
Ayer vi a tu hermano en la calle de la Ballesta, cuando salía de poner la conferencia a San Sebastián para hablar contigo. Estaba, otra vez, con la mujerona aquella que le pegó aquellas ladillas que parecían nécoras. Yo creo que tu hermano nació para mono por lo del rijo. ¡Qué tío! Perdona por la ordinariez pero es que no conozco un caso igual.
Don Mónico, el contador mayor del ministerio me tiene mucha ley, Leocadia. El otro día me dijo que era su habilitado favorito. Yo creo que esta vez sí que gano la oposición. Ya sé que debería haberla sacado antes de casarnos pero con el nacimiento de Dimasín, todo se adelantó. ¿Sigue enfadado tu mamá por aquel desliz de Satanás? Yo creo que fue tu hermano quien pinchó el preservativo, porque Roberto, mi amigo, me lo dio envuelto en papel del Marca y estaba enterito, pero claro, no lo podría asegurar. ¿Cómo está el pequeño Matías? A este papá nunca le llama morito. Claro, como nació estando ya casados…
Yo, cuando salgo del ministerio me llego hasta la encuadernación para echar unas horas extras. No te preocupes por el cansancio. Lo importante es que tú tomes las aguas y no pases este calor. Ayer decía Pueblo que habíamos llegado a los 40 grados y que se había terminado la cerveza en la fábrica del Mahou. ¡Fíjate! Ya se ha arreglado la huelga del metro. Han retirado a los soldados y seguimos yendo igual de apretados pero, al menos, vamos más seguros. Dicen que han nombrado al conde de Motrico embajador en Argentina. A ver si tenemos suerte y nos manda Evita Perón algo más carne de la que a ellos le sobra. No sé, igual es que está Franco liado con ella, que dicen que era muy descocada de soltera. Para mí que como se entere doña Carmen le hace lo que a mí la patrona con la lezna del zapatero.
Lleva el jueves a los niños a tomar un helado a Igueldo, que no lo tomen en los italianos que son mejores, sí; pero mucho más caros. Si se asuntan con la osa Úrsula los llevas a la montaña suiza que es mucho más divertido y menos asustadizo. Que no suba la abuela que se traga la dentadura y me tocaría ir, de nuevo al rastro a comprarle otra de su medida, como el día que se la tragó durmiendo.
Dicen por aquí que Manolete está liado con la Lupe Sino. No sé, esto de la vida de los famosos se está convirtiendo en el pan nuestro de cada día. No sé a dónde vamos a llegar como sigan los de la prensa sacando cada día noticias de estas. A Di Stefano ya le rescató la policía en Venezuela y parece que el Real Madrid va a ficha a un canario que se llama Luis Molowny y al que dicen El mangas. No te preocupes por mí, ya volveré a sacarme el carnet de socios cuando vayamos mejor. Mientras, yo me apaño siguiendo el partido en la puerta del estadio. Lo malo es que, cuando marca el contrario, como la gente no chilla no sabemos nunca si va ganando o perdiendo.
Yo no he ido a misa este domingo porque ya que ni santa Rita ni san Ramón Nonato han hecho nada por mí en esto de las oposiciones tampoco voy a estar yo todo el día poniéndoles velas. Al final va a tener razón mi compañero don Tiburcio, el anarquista, que dice que las misas y los rosarios solo les pluge a los señoritos y a los marqueses. No le digas nada a mamá y tu madre pues, de lo contrario se enfadarían.
Te dejo por hoy, amada Leocadia. Dales muchos besos a los niños y a los papás y disfruta cuanto puedas de la mar. Ten, eso sí, cuidado con la olas porque, a lo que dicen, si tomas siete seguidas puedes quedarte embarazada.

Tuyo,

Dimas