DON COSCONIO SE EXPLICA

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Don Cosconio Hergueta Calzadilla era, según suele decirse, un intelectual autónomo o, por ser más concreto, autodidacto. Don Cosconio Hergueta Calzadilla tenía una teoría que daba mucho que pensar. Las teorías, como los esfínteres están repartidas a razón de una por persona y la de don Cosconio Hergueta Calzadilla era que el hombre blanco no descendía del mono sino de un pescado; más concretamente del salmón noruego. Según don Cosconio Hergueta Calzadilla el hombre, en sus orígenes, era negro pero, trasladado por mor de la pertinaz sequía africana hacia el norte, se afincó en Vossevangen, Noruega, un día 15 de febrero, festividad de Claudio de la Colombiere y de Santa Jovita, de hace ya más de quince mil años.
¡Vaya forma de puntualizar!
Sí señor. Así es. Ustedes, los españoles, decía don Cosconio, que se consideraba miembro de una raza todavía por descubrir, aunque eventualmente había nacido en Foramontanos de Tábara, provincia de Zamora, ustedes los españoles -decía- son, sobre incultos, algo espantadizos con la realidad.
Bueno, serán algunos, ¿verdad?. Otros, sin embargo, son más de confiar en cualquiera.
Claro, eso también es cierto.
El caso es que don Cosconio mantenía que el hombre comenzó a ser europeo a raíz de perder el color negro de su piel por la ingesta de salmón noruego y que la dermis y la epidermis -tanto la reticular como la papilar- se volvieron del color rosado de la carne del salmón perdiendo así su tradicional color negro.
Entonces, le pregunta don Dimas, según su teoría los africanos son de color negro por la ingesta de calamares, chipirones y potas ¿no?
Pues pudiera ser; sí señor. En el África Occidental, que decía la canción del Cola Cao, no se dan ni los salmones ni los reos ni las truchas arco iris pero sí el cefalópodo en todas sus variantes como bien puede comprobarse siguiendo las etiquetas de las pesquerías del Capitán Pescanova.
¿Y los chinos?
Los chinos para mí son un enigma, amigo. Los chinos, como son muchos y muy parecidos entre sí, cualquiera sabe el origen o la descendencia. Cuando digo chinos, claro, me refiero a los indonesios, ceylaneses, filipinos y demás familiares de esta raza. Además de ser parecidos entre sí yo creo que les pasa como a los dueños de perros, que se acaban pareciendo. Mire usted si no al novio de la señora Preysler.
¿A cual de ellos?
Al peruano. ¿Usted no cree que el peruano, desde que come bombones de Ferrero Roche y se sienta en la taza del güater de Procelanosa se está volviendo chino?
¿Será Porcelanosa, no?
¡Ah, no sé! Yo de la casa de esa señora me parece todo muy proceloso y tumultuario.
Ahora que usted habla de esta señora, ¿me permite una pregunta?
Naturalmente. Pregunte…
¿Usted no cree que el machismo, como hace el feminismo, debería hacer hincapié en que se cambien algunos de los mandamientos?
¿Qué mandamientos?
Pues Los Diez Mandamientos, hombre. ¡Cuáles habrían de ser!
Hombre, pues no sé. ¿A qué se refiere usted?
Pues me refiero, concretamente, al noveno: no desearás la mujer de tu prójimo. El mandamiento, claro, no habla nada de el hombre de la prójima y esto, según los nacionalistas catalanes, al no venir en el texto como prohibido, debería estar permitido.
Yo, don Cosconio, con su permiso me tengo que marchar. Es que yo, ¿sabe usted?, tengo prohibido por el médico exponerme mucho a las teorías que hagan mucho de pensar, por los dolores de cabeza, ya sabe…
Claro, claro. Pues si no le parece a usted mal, otro día le cuento mi teoría de cómo un rumano se convierte en vasco y juega en el Athletic Club.
Pues sí… Otro día mejor, si a usted le parece bien.

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ROMANCE DE LA CORDILLERA Y EL MANICURAS

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Demetria La Cordillera no era, pese a lo que podría parecer por su apodo, ni geógrafa, ni montañera, ni vecina de Heidi. Demetria La Cordillera trabajaba cortando cordilla, intestinos, entrañas y otros mondongos en el matadero de Legazpi. A Demetria La Cordillera le seguían los gatos hasta el tranvía cuando salía del matadero. Asterio El Manicuras vivía con La Cordillera en la Corredera Baja de San Pedro, justo al lado de la prendería del Tío Trapos. Al Asterio, que era enjabelgador de fachadas le decían Manicuras porque tenía las manos perdiditas de cal y las uñas con más padrastros que Tamara Presley.
Oiga, los hay con un afán de señalar que para qué, ¿verdad, don Dimas?
Ya lo creo. Diga usted que sí. El caso es que, los domingos por la mañana la Demetria y el Asterio se marchaban al Rastro, por ver de encontrar un barreño de cinc con pocas lañas, un lebrillo sin apenas uso o una pollera para meter al pequeño que ya empezaba a andar y no había quien hiciera carrera de él. Luego, después de comprar lo que buenamente encontraban se metían en Casa Amador y se tomaban un blanco con un par de caracolillos picantes de aperitivo.
Esto es vida, ¿eh?, Asterio. Mira que si Dios quiere que cuando seamos viejos no se han pulido la caja de las pensiones y podemos vivir como los jubilados de ahora?
Ya te digo, Deme -el Asterio llamaba Deme a la Demetria cuando estaban solos- Eso sería como si nos tocara la lotería
O se nos apareciera San Ildefonso, con sus niños cantores.
Eso.
Luego, el Asterio, que sabía que a la Demetria le hacía mucha ilusión coger cromos de los que la gente tiraba en la Tómbola Diocesana de la Vivienda, se acercaban al Palacio de Correo, junto a La Cibeles, donde estaba puesta la tómbola y, de vez en cuando, y si tenían suerte, encontraban un cromo premiado con un exprimidor de plexiglás o un abrelatas El Explorador.
Hoy hemos echado el día, ¿eh, Asterio?
Ya te digo, Deme. Verás que contento se va a poner el Anselmo cuando le entreguemos los cromos.
Va a pensar que es día de Reyes. El Anselmo, claro, era el mayor del Manicuras y la Cordillera
Ya te digo. Deme.
Oye, Asterio…
Diga, digo, dime Deme.
Que digo que si ves aquella moneda que baja, donde la Caja Postal y se mete en la hucha.
Claro, como para no verla.
¿A que se parece a la luna esa que canta Gustavo Adolfo?
¿El tísico?
Sí, ese.
Que ya te he dicho que no quiero que se te reblandezcan los sesos con las poesía. Además, ese tío tísico igual te pega algo…
Como puede apreciarse, el Asterio no era, lo que suele decirse un dechado en esto de la oratoria y la cultura pero, lo que era bailando el pasodoble al costadillo estaba hecho un hacha. Y eso que, en cuanto la Deme se descuidaba, metía pierna.
¡Ay, este hombre…! Solía decir. Aunque luego se enfurruñaba, claro, porque el Asterio le tocaba el culo o la pechuga y, claro, con esas manos siempre llenas de polvo de yeso del enjabelgado le ponía perdidito el terno.
Otra vez la pechera llena de yeso. ¿Es que no ves que la rebeca es azul marina y me llenas de yeso la pechera?
Espera, decía. Yo lo lo quito. Y entonces aprovechaba para meter mano sin descuido y ponerle la espetera como un saco de escayola.
Que nos miran, uxuricida, le decía la Demetria, que era muy leída. Que vas a acabar matándome a disgustos. ¡Mira cómo me has puesto, uxuricida, que eso es lo que eres, un uxuricida!
¿Yo uxiricida…? ¡Y tu urogallo!, le reprochaba, enfadado, el Asterio. ¡Qué digo urogallo, eurogallo que es todavía peor!
El Asterio y la Demetria, de nuevo en su cubil se cenaban unas patatas guisadas con bofe y se metían en la cama. Durante la cena el Asterio, que había echado una quiniela, y que por no gastar en comprar La Gaceta a los chicos a la salida el cine se quedó escuchado los resultados después del parte.
¿Ha habido suerte, Asterio?
No, Deme. La suerte que yo tengo; la única y auténtica suerte que tengo, es haberme casado contigo.
La noche; la negra noche, se apodera de Madrid. En la Gran Vía refulgen los neones de los cines. En la puerta de Pasapoga se agolpan los taxis y, tres o cuatro golfos, se pelean por abrir la puerta a los señoritos que vienen acompañando a sus queridas. Asterio duerme con un escándalo de ronquidos que no parece humano y Demetria, ¡ay, Demetria!, no puede conciliar el sueño y piensa en la moneda de la Caja Postal de Ahorros del Paseo de Recoletos que es dorada y redonda como una luna llena. A lo lejos el golpeo del chuzo del sereno contesta a un vecino que ha palmeado…
¡Serenoooooo>
Vaaaa.

 

CARMENA SE LLAMABA EL SASTRE

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Los barrenderos municipales tienen más cuidado con los zapatos de los viandantes que los de la manga riega. Los de la manga riega, en cuanto te descuidabas, te ponen pingando de agua. En la radio dan un pasodoble financiado por Carmena. No la alcaldesa, claro; el sastre. Que me voy casar con una morena, puesta hazte un traje en Carmena, el rey de los gabanes. Carmena se llama el sastre/que viste a la gente bien/hace trajes y hace abrigos/como muy pocos se ven. Me parece a mi, jubilado, que le ha dado a usted, últimamente, por recuperar anuncios antiguos. Pues es cierto, sí señor. Mejor los antiguos que no los de ahora que ya no se llaman anuncios sino patrocinio, como la madame de la casa de putas de la calle de la Luna. En Chamartín de la Rosa están rodando una película el Charton Heston y la Sofía Loren. Es una película sobre la vida de El Cid. Ya no saben qué hacer para llamar la atención. Esto don Dimas no va a acabar bien, ya lo verá. El cine, con su manía de apagar las luces y rociar de ozonopino a las parejas, no puede ser bueno. Y gracias que los acomodadores tienen la linterna de petaca presta a enchufar a la fila de los mancos. Sí, eso sí. ¿Y saldrá también la Lola Flores? Hombre, no creo. Yo creo que Lola tiene una edad, pero no tanta como para haberle cantao al rey Alfonso mientras expulsaba al paladín. ¿Qué va a ser, caballeros? Dos blancos. ¿Ponemos unas olivas y un boquerón en vinagre? Si es de su gusto, póngalo usted. Muchas gracias. No hay de qué, caballeros. A servir. Antes los camareros, ¿verdad don Dimas?, eran mucho más profesionales que ahora. Claro. Es que ser camarero no era cualquier cosa. Camareros los del bar El Racimo de Oro, en Bravo Murillo. ¿Se acuerda? ¡No me voy a acordar!, casi enfrente del cine Cristal, en la esquina de Almansa, con la freiduría a la izquierda y la barra al frente. Yo rindo, antes que rendirme, decía el anuncio de Floid, aquel masaje vigoroso que daban en la barbería. Así es, y también Aún quedan hombres con hombría. Yo Floid. Las mujeres se daban, tras las orejas, con el taponcito del frasco el perfume de Myrurgia. ¿Se refiere usted a Maderas de Oriente, o a Maja, esa colonia que bien pudiera haberse puesto sobre las nalgas la duquesa antes de que Goya la retratase. No, yo me refería a aquel otro que se llamaba… ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Orgía, de claras evocaciones hedonistas. ¡Huy lo que ha dicho usted! Calma, calma, que solo era un pensamiento en voz alta. Las moscas son como los jubilados, don Matías. En cuanto empieza el frío se van a Benidorm. Se conoce que no les hace bien el frío. Las moscas, ya lo dijo don Antonio, son voraces y evocadoras. Uno, siempre que se habla de moscas, recuerda aquellas cintas que colgaban del techo en los colmados y en las tiendas de coloniales. La mosca pasaba revoloteando en busca de miel o de migas de bacalao que rodeaban la guillotina y ¡zas!, quedaban, como decía la fábalua de Samaniego, presas de patas en él. Ya, ya; menuda guarrería. Sí guarrería, pero era de lo más efectivo. Eso sí. Ding, dong. ¿Quién es? El Ocaso, señora. ¿Otra vez el de los muertos? Pues sí señora, como todos los años. ¿Pero es que ya ha pasado el año? Sí señora. Así van los tiempos ahora, que parece que vuelan. Eso, siempre se lo digo yo a mi Aniceta, va a ser por culpa del trolebús. Ya no se puede salir ni a pasear por Bravo Murillo. Está todo lleno de trolebuses y tranvías. SuyBalen, SuyBalen, SuyBalen, las camisas que a todos sientan bien… Oiga usted, jubilado, ¿ese Julio Soria que llamaban El Capitán Maravillas era pariente suyo? Pues no le puedo decir. Yo sí que tuve un pariente Julio Soria, pero era ciclista aficionado y luego puso un taller de motos. Pero lo que es luchador de cacht no creo que fuera. ¿Lo dice usted por algo? No, por nada. Más que nada por contar algo. ¡Ah!. ¿Usted cree que Mariano Cañardo era mejor ciclista que Perico Delgado? Pues no sé que decirle. Mariano ganó más de cien veces a lo largo de su carrera, cuando en España no tenían bicicleta más que los carteros y los guardiaciviles. Es que Cañardo era hijo de guardiacivil. Igual le cogía la burra al padre y se entrenaba de Olite a Tafalla. ¿Hace otro blanco? Hace. Oiga joven, ponga usted un par de vasos más, por favor. ¡Marchando! Dos blancos para los señores. Hace un mejillón al vapor. Si es que convidan, cómo no. Pues ahí van dos mejillones. ¿Nos podría usted rociar un chorrito de limón, por favor? Cómo no, caballero. ¡Hágase millonario! por 38 pesetas. Pidiendo, antes de que se agoten, una maravillosa pluma estilográfica americana marca Manatial, tipo Parker 21, plumín oro 14 kilates, y le mandaremos gratis la baraja quinielista con la que rellenará su boleto y acertará los 14 resultados. Oiga, eso eran anuncios publicitarios. Sí señor. Y seguro que estaban asegurados los 14 aciertos. También, para que vean, había una pluma más económica, pero eso sí… no aseguraban ni una quiniela de once. ¡Es lo que tiene la economía, ¿verdad? Ya dice el refrán: el dinero llama al dinero.

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LA COMIDA DEL DÍA DE REYES

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No hay mejor menú para un día de Reyes que los macarrones con tomate. ¿Conoce usted a algún niño a quien no le gusten los macarrones con tomate, claro que no. Lo que no se puede poner, una mañana de Reyes es filetes de corazón de vaca empanados. ¿Conoce usted a algún niño al que le guste el corazón de vaca empanado, con su ajo y su perejil como si fuera un rebozado provenzal?, pues no, la verdad es que no conozco a ninguno. De segundo plato, lo que hay que poner un día de Reyes es albóndigas. Pero no albóndigas redondas, con su salsa de tomate y su refrito de pimientos y cebolla, sino unas albóndigas planas, como las que hace la jubilada. Unas pequeñas hamburguesas que no son sino albóndigas aplastadas. ¡Eso sí que les gusta a los niños! De segundo, lo que no se puede poner un día de Reyes son callos a la madrileña o caracoles picantes y con sus tacos de jamón. ¿Conoce usted a algún niño que les gusten los callos a la madrileña o los caracoles picantes, como lo que se guisan en el Rastro? Pues no, la verdad es que no conozco a ninguno. Esto de la alimentación en día feriado no es tan complicado como parece. Es verdad que, en algunas casas, se complica la vida la patrona poniendo de comer. Si por mi fuera yo pondría, en días feriados, platos de legumbre. Platos de toda la vida: cocido madrileño, alubias rojas con su morcilla y su chorizo y panceta. Lentejas estofadas, con patata y zanahoria, con su refrito de pimentón echado al final, antes de servir. Incluso, porqué no, una buena paella. Una paella de pollo claro, con todo pelado, un arroz del señoret, o ciego, que también se le dice, para que nos niños no se quejen de las cáscaras de las chirlas o de los pelos de las gambas. Es que la paella, ¿verdad usted que sí?, es trabajosa y cara. Bueno, pero un día es un día. Eso también es cierto. ¿Y le dejaron a usted muchos regalos? Pues no, ni muchos ni pocos. A mi no me han dejado ni el bigote de una gamba. Se conoce que me he portado mal a lo largo del año. Tampoco es eso, usted es una buena persona. Una mujer como las de antes, como las de toda la vida: honrada, limpia y que no critica a las vecinas. ¿Usted cree que existe alguna así? Bueno, igual sí; vaya usted a saber. Pero antes, cuando se ponían copitas de anís y yemas de coco para los Reyes estos se mostraban más generosos. Ahora los niños ponen verduras para los camellos y leche de soja para los Reyes. ¿Qué Rey va a dejar en una casa que le dejan leche de soja un regalo? Hombre Reyes, lo que viene siendo Reyes, igual no; pero reinas… La consorte del Rey de España seguro que sí dejaba regalos si le dejan leche de soja. Porque es que la consorte del Rey de España guarda una alimentación sana y como Dios Nuestro Señor manda. Así están de guapas y lucidas sus hijas. No hay más que verlas, y lo espigado que tiene al marido. Lo que ya no está tan claro es que la leche de soja sea bueno para la parte de debajo de las personas físicas. Su suegro, por ejemplo, jamás tomó leche de soja y el cetro le funciona, según dicen, a las mil maravillas. Eso es lo que dicen por ahí, en las tertulias del televisor. Yo, como no las veo, porque yo, mire usted, sólo veo los documentales de La 2, con sus cochinillas miradas al microscopio y la lucha de las leonas y las tigresas para cuidar de la manada. A los niños no hay que ponerles la televisión mientras se come. En la televisión todo son malas noticias. Es mejor dejarlos solos, que jueguen con las cajas de los juguetes. ¿Usted se ha fijado en que a los niños les gustan más las cajas que el juguete que llevan dentro? Pues sí así es, pero nosotros, en lugar de regalarles varias cajas seguimos insistiendo en regalarles juguetes. Eso es falta de vista de las empresas. Si vendieran cajas de juguetes diciendo a los papás que sus hijos desarrollaban más el intelecto, sus habilidades y el hábito de compartir les regalarían cajas en lugar de juguetes. ¿Y si además, añadieran, que con ello el niño se convertiría en un reciclador prematuro de cartón y papel? Bueno, entonces sí que lo petaban. Es que no puedo entenderlo, con lo fácil que es darles la chapa para que jueguen pretendemos que se beban el cocacola aún a sabiendas de que es malo para su salud. Lo que deberían hacer es darles leche de soja en lugar de cocacolas. Ahí tiene usted a la reina de España. ¿No le parece a usted que está oliendo a quemado en su concina… ¡Huy, la cebolla, que la tenía pochando al mínimo! Es que, desde luego, no hay un segundo de descanso para el ama de casa. Ya ve usted, vecina, los niños desembalando juguetes, el padre venga de cortar jamón, que me lo va a dejar en cueros como no pare y la madre. ¡Ay la madre…! Se pasa el día enviando mensajitos con el teléfono móvil. No sé que habrá visto mi hijo en esta mujer. Y eso, todo ahí que decirlo que lleva a la niños como pinceles. Bueno, doña Altagracia, que usted no se dará cuenta, pero de la sartén ya no sale humo. Ahora salen llamas…

 

EL JUBILADO SE VA A LA PUERTA DEL SOL

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El jubilado se sube al metro para ir a la estación de Sol. No tiene nada que hacer allí, pero va para hacer bulto. En el metro suben, también, doña Tránsito y don Belarmino. Doña Tránsito trabajó, hace muchos años, en una fábrica de somieres. A doña Tránsito le falta el dedo anular de la mano derecha pues uno de los muelles, al estirar, le rebaño el dedo. Su jefe le compró una colcha de tafetán y le dio 25 vales, que le faltaban, para rellenar la cartilla de Simago. Su jefe se portó muy bien con ella. Don Belarmino, al enterarse del percance le empeñó la alianza de boda.

Como ya no la puede llevar en la mano derecha, para qué la quiere.

También es cierto

Don Bernardino pertenece a clases pasivas de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Don Belarmino nunca fue un ansias con el dinero. De haberlo sido podría haber hecho como aquel don Rafael que acumulaba recortes de billetes y luego, a la noche, en su casa, y alrededor de una mesa de camilla, los recomponía en silencio.

¡Anda que si le llegan a coger!

Ya, dice doña Tránsito; pero no le cogieron y ahí le tienes, con moto de sidecar y todo y no como tu y yo, en el metro.

También suben, aunque ya casi en marcha, don Trifón y su amigo Pacheco, que son novios. Ahora le dicen pareja de hecho, antes… bueno antes no les decían nada, sino que los corrían a pedradas.

Ya, ya, ¿verdad usted que sí? Cuánta ignorancia en cabezas tan impermeables.
Don Trifón está, también, jubilado. Don Trifón se prejubiló debido a unas hemorroides sangrantes que le traían por la calle de en medio.

¿Y pese a todo comía picante?

Pues sí; es que el novio, o sea el Pacheco, es mejicano y le pone ají y pimientos medio venenosos de tanto picante como tienen. Se conoce que también le gusta rascar el bullarengue por el encintado.

¡Jesús, don Dimas!, qué forma de señalar.

Pues sí.

En Ríos Rosas entró don Sebastián Alegrías, que viene de Lloret del Mar, en la provincia de Barcelona.

Dicen, le chismorrea al oído la doña Tránsito, que si ha estado liado con dos francesas con las que hacía las cochinadas en la piscina del hotel ¡Menudo pingo!
Bueno, dice don Belarmino. Habría que verlo. Estos mucho hablar pero ya le ve usted, que si vuelve el hombre, que si anda que no…

En Iglesia montan dos extranjeras. Se sabe que son extranjeras porque llevan maletitas de ruedas y un plano del ayuntamiento. Las extranjeras debe de ser muy listas porque leen su plano en un idioma imposible y, luego, miran al cartel del metro y cuentas las estaciones con el dedo.

¡Qué tías!, dice don Belarmino a su esposa

Repórtate Belar, dice la doña Tránsito, que llama Belar a su esposo en petit comité.

Este, por su parte, la dice Transi y, cuando engorda, Transiberiano. Pero esto, claro, lo dice en voz baja, para que no le oiga.

En la estación de Bilbao entra un joven con una señora mayor. La señora, es elegante, va muy bien vestida y huele a fresas. No es que venga de la compra, no; es que debe llevar alguna colonia o algún perfume de esa fruta. El joven lleva los pantalones rotos por las rodillas. La doña Tránsito le hace un gesto con la cabeza, de desaprobación, a su marido.

Será guarra, dice. Mira como lleva al niño. Esa, por las pintas que tiene, no ha remendado una rodilla en su vida.

Calla mujer, le dice don Belarmino. Que ahora es moda. No ves a las presentadoras de la televisión. Todas van así, con las rodillas rotas. Debe ser que, como están tan huesudas, se les salen las tabas por el roto.

¿Tu crees?

Pues sí; ya lo creo.

La mujer que huele a fresas se enrosca al niño como una bicha y le pega un tiento que para qué.

Anda, dice la doña Tránsito, si no son madre e hijo.

Eso para que saques conclusiones, le dice el don Belarmino

En Tribunal se apea el jubilado y se llega andando hasta la Puerta del Sol. La alcaldesa, se conoce que como no es festivo, deja subir y bajar por la misma calle a los ciudadanos. Lo que aún no ha hecho la alcaldesa es educarlos. Si caminasen por su derecha no haría falta policías-pastores para conducir al rebaño de las rebajas de un Corteinglés a otro. El jubilado se baja de la acera para no reñir con los que le vienen a contramano. En lo que en su momento fue la calzada cagan todos los perros de España y nadie lo recoge. Se conoce que son dueños de perro que no andan en Internet. Porque los que andan en Internet, como bien sabemos todos, lo recogen todo, todo y todo.

En la calle de la Montera el jubilado descubre que hay un microclima.

¿Y eso?

Pues porque algunas señoras están tomando el sol en las esquinas con poca ropa.
Anda, claro. Pues va a ser por eso.

El jubilado se sienta en la plaza para ver cómo los catalanes ofrecen su documentación a los paseantes.

¿Cómo que los catalanes? ¿Pero es que no ve usted que son sudamericanos?
Pues es que como van vestidos de amarillo, me pensé que eran independentistas. Además, como llevan puesto en la espalda eso de “compro oro” pues que pensé que era para llevárselo a Andorra.

Oiga, dice un jubilado que pasa en esos momentos.

Dígame.

Pues que se levante usted de ese asiento y me deje, que soy jubilado.

¡Toma!, y yo también. ¿Por qué debería yo cederle el sitio?

Pues porque tengo una prótesis en la cadera

Y yo otra

¿En la cadera?

No señor. En la boca. Mire usted. El jubilado se saca su dentadura postiza y el jubilado de la prótesis de la cadera se marcha al trote.

¡Será marrano…!

UN VERANO EN LANGA DE DUERO

Un airecillo fresco, casi gélido, hace sonar el rumor marino, como de caracolas, en las altas copas de los chopos. Se palpa el frescor del amanecer a lo largo de los escarchados huertos. Los tomates, esos gordos y golosos tomates que esperaban un último hálito de calor, el último rayo de sol del verano, han amanecido helados y relucientes como perlas verdes. Las tierras secas, que ayer tan solo eran un festival de colores –el verde de la alfalfa, el amarillo del girasol, el rojo de la amapola- se han puesto hoy el traje de invierno. Un traje que es del color pardo de la estameña franciscana. El cielo está azul. El cielo está de un azul velazqueño, límpido y brillante como el manto de la Purísima. El terruño volteado y al aire, como un muerto mal enterrado, espera la sementera y la lluvia que está tardando en llegar. ¡Triste sino el del agricultor, la mitad de la vida rogando y la otra mitad maldiciendo a ese cielo diáfano, extenso, sin nubes!A la vera de las huertas corre un Duero menguado. Un Duero triste; desaguado; cubierto, en su mayor parte, de carrizales, espadañas y juncales. Un Duero lleno, en su mitad, de verdín y ovas que arrastra el escaso curso de río otrora importante. Un río cuyos márgenes sucios y descuidados denuncian la insidia de unas autoridades a las que importa una higa tanto el río como su discurrir. Un Duero que ha perdido, como yo perdí a mi abuela, a sus pescadores de bogas, a sus pescadores de cangrejos, a las niñas bonitas que, como en los cuentos, ya no pueden asomarse a la orilla a mirarse porque están sus orillas infectas y llenas de carrizos, de zarzas, de viejas ramas sueltas.

Algunos chopos han perdido ya sus amarillos ropajes del otoño. El castaño está también amarilleando y los saúcos negros están bien crecidos. En la chopera ya no canta el grillo, que se metió en su grillera al aparecer el primer frío. Ahora silba el mirlo, salta la picaraza, pasta el corzo y toman el sol las garzas verdiazuladas. Esas garzas que cazara en el Duero y en su arroyo subsidiario, el Valdanzo, el infante don Juan Manuel, perito en cazas y literaturas. ¡Ay de aquellos reyes e infantes de España que eran mando y cultura a partes iguales!

Álamos, sauces, chopos, mimbreras, abedules, fresnos, olmos, arces, tilos, algún negrillo… Espinos, zarzas, endrinos, majuelos, rosales donde sus frutos brillan por la acción del resol de la amanecida; rojos, negros, verdes, colonizados de pájaros de todo trino: jilgueros, gorriones, verderoles, pardillos. En el alto cielo vuelan, o se mantienen suspendidos, abantos y águilas; halcones, cernícalos y aguiluchos

Se acabaron los meses de verano, que este año han sido tres, en Langa de Duero. Noventa días de paseos, día a día, hasta el Mochín, ya lejos de Langa y camino a Soto, por la granja de Alberto y Visi. Paseos junto al río, entre huertas y tierras de regadío. Tierras por las que ya no corre el lebrato, ni vuela la codorniz, ni canta la perdiz, ni se asoma la abubilla. Tierras por las que ya no carea la oveja, ni pasta la vaca, ni ramonea la cabra. Tierras que este año han visto poblarse de preciosos girasoles que, con el final del verano, han perdido sus colores, su magnífico porte convirtiéndose, al final del estío, en secaruzas varas de difíciles genuflexiones como japoneses enjutos y serviles.

El jubilado ahora, como la cigüeña que lleva la bicha en el pico, como el pato de mil colores que nada el restaño del río, como la gentil y graciosa garceta que toma el sol entre los cañaverales, migra al llegar el invierno hacia el sol de Cádiz, el calor del Levante, a la invernal recalada en su rada madrileña. El jubilado, eso sí, se lleva el corazón lleno de Soria y lleno de Langa. Lleno de los buenos amigos que aquí quedan, como la propia casa -casa ferroviaria-, a la espera de san José; a la espera de que medie Marzo, para volver, nuevamente, a recorrer el Duero como cada día; a disfrutar del paseo hasta el Mochín; del refrescor de sus noches de verano y del canto nocturno de las cigarras. El jubilado, bien lo sabe, será de nuevo bien recibido. Amén.

EL FANTASMA DE DON TRIFÓN

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En aquella casa palacio del siglo XVII no había un fantasma al uso. En aquella casa palacio el fantasma era el de don Trifón Añusgo López de Chicherón, Ronquillo de Las Navas, natural de Navas de San Juan en la provincia de Jaén. Ronquillo de Las Navas fue, en mejor vida que la que ahora arrastra, palmero de Castañero de Úbeda, cantante de jondo en las ventas y tabancos de Jerez de la Frontera. El don Trifón Añusgo López de Chicherón, o sea, Ronquillo de Las Navas, había muerto a resultas de un sifonazo que le atizó una vedette de la compañía de Marujita de Entrevías en una noche de vinho verde y calor y entre palmas y tango la fue enredando, etcétera etcétera…

¿Pero oiga don Dimas, eso no es una estrofa de María la Portuguesa?

Pues sí, pero me ha venido al pelo para explicar el enredo del sifonazo.

¡Ah!, usted perdone

Esta usted perdonado. El caso es que don Trifón andaba en el jaleo propio de una taranta, que si tras, tran tran tran tran, taca, taca, tan y dale que te pego y entre palma y jaleo pellizcó a la Saray, quien, en realidad, y por dejar las cosas en su sitio, he de señalar que se llamaba Tiburcia Mondejar, en salva sea la parte o rulé, que también se le dice. La Saray, o sea, la Tiburcia, que era de natural burra le arreó tal sifonazo que le abrió la cabeza como si fuera una sandía de Illescas.

¿Es que son buenas las sandías de Illescas, don Dimas?

¡Cómo que buenas…! Las mejores.

¡Ah! Siga, siga

Sigo, sigo. El caso es que Ronquillo de Las Navas resultó occiso que es como se dice en los certificados de defunción a los muertos. El ventero, Grabiel, y no Gabriel como usted podría sospechar, dijo que a él no le cerraba el local ni la guardia civil ni el juez de guardia y encerraron al Ronquillo en la casa del siglo XVII objeto, posterior, de sus apariciones. Al parecer, y según dicen, esta casa, que era palacio de los Terrón de Acuña, carlistas e insurgentes, a partes iguales, de cuando el tío Tomás, o sea, Zumalacárregui, se ha convertido, ahora, en turismo rural y el Ronquillo, según cuentan, se aparece a los clientes en medio de la noche tocando palmas y cantando aquello de lerele-rele-rele, tran, tran, tacatacatrán y diciendo: arsa, compare, ezo zon tanguiyho y no lo que ze canta en Zeviya.

¿Y los albergados qué dicen?

Pues mire usted, que diría Mariano, los albergados, al principio y como es natural se quedaban un poco así, como descolocados, pero el actual propietario de la casa rural, para que no se espanten, los deja una botella de fino y un plato de jamón en el salón, junto al televisor, y cuando el Ronquillo se lanza por peteneras, ellos empiezan a bailar y a darle al aperitivo y se lo pasan de bigotes.

¿Pues qué bien, verdad?

Ya lo creo. Fíjese que ahora, como se está publicitando en el periódico no hay fechas libres, al menos, en dos años. El nuevo propietario del palacio hasta le ha cambiado el nombre al palacio y ahora, en lugar de Palacio de los Batanares, que era el nombre verdadero y no de los Terrón de Acuña, se llama Venta del Ronquillo y está petándolo en el internet.

Es que, un negocio así, sabiéndolo llevar, ¿verdad don Dimas?

Ya lo creo. Ahora, para cerrar el círculo, el nuevo propietario, que es un lince, está en tratos con los herederos de Carnicerito de Perlora, el último torero asturiano, que murió de un garrotazo, por no saber descabellar, en la plaza de Tomelloso, para comprarle el cadáver y llevarlo al palacio. El fantasma del torero, si es que acude al llamamiento del palmero, puede ser un pelotazo para el turismo. ¿No cree usted?

Ya lo creo, don Dimas. Ya lo creo. Y es que hay gente que parece que atrae al dinero.

La juventud de ahora, don Matías, que es la más preparada de la historia de este país que antes se llamaba España.

Así es, don Dimas. Así es.