EL DERECHO A LA DIGNIDAD

HAMBRE-ESPAÑA-HURGANDO-EN-CONTENEDOR

En nuestra Sociedad pensamos (craso error) que vivimos en el primer mundo; un mundo donde no existe la injusticia, donde las oportunidades están repartidas entre todos los ciudadanos, donde no existen las necesidades básicas para el desarrollo del ser humano y dedicamos nuestro esfuerzo a la lucha por “una muerte digna”, curioso eufemismo para designar lo menos digno de la vida: la pérdida de esta. Pero ¿por qué hacemos hincapié en la muerte digna y no reclamamos con la misma fuerza de la razón una vida digna? Yo se lo digo a ustedes… Porque nosotros ya tenemos una vida digna. Pero… ¿Y el que no la tiene?
La Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su artículo primero dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…” Y es cierto. Entonces, ¿cuándo renuncian los ciudadanos a ese derecho irrenunciable? El refranero español, además de rico es muy claro en este sentido: Donde no hay harina, todo es mohína. Cuando no existe la base mínima de alimentación, del trabajo, de todo aquello que hace al hombre digno todo lo que le rodea se vuelve pobreza, y falta de recursos y desgracia, en suma. Y lo primero que se pierde es la capacidad de lucha, y la confianza en la Humanidad y con esa pérdida perdemos todos.
La Unión Europea ha decidido que los españoles, en tanto que miembros de la Unión Europea, tenemos que admitir una cuota –una nueva cuota- de migrantes hacia nuestro continente. Una emigración que, salvo la que proviene del centro y del sur del continente americano, no debería afectarnos. Los emigrantes, en tanto que pobres y desorientados, sólo tienen un recurso afectivo y localizador: el idioma. Los emigrantes africanos, casi todos francófonos, quieren emigran a Francia, Bélgica, Mónaco… y preferirían este destino aunque –a la fuerza ahorcan- no desdeñarían cualquier otro donde exista la posibilidad de ejercer un trabajo en libertad, que suele ser su meta y su sueño.
Esta nueva cuota nos va a obligar a hacer un esfuerzo mayor, no solo para admitir esta emigración, sino para ofrecer a los migrantes un mínimo de calidad de vida. Cuando ingresamos en la Unión Europea admitimos unos derechos, disfrutamos de unas ayudas económicas para países emergentes y, con nuestro esfuerzo –todo hay que decirlo- conseguimos ponernos, rápidamente, al nivel que merecíamos. Ahora nos toca hacer el esfuerzo a nosotros y no vale pensar que derechos, sí; pero obligaciones, no. Nuevamente el refranero es terco y sabio: hay que estar a las duras y a las maduras.
El emigrante no es un turista. La emigración siempre es una derrota: una derrota propia y una derrota colectiva de la Sociedad. Si, además, esa Sociedad tiene problemas endémicos de hambrunas, de falta de agua, de guerras intestinas y/o religiosas, de pandemias, la derrota es de todos; la derrota es de toda la Humanidad.
¿Qué estamos nosotros dispuestos a hacer por los demás? ¿Vamos a cerrar, nuevamente, los ojos? España ha sido, no hay más que recordar a esos gallegos, a esos vascos, a esos asturianos y cántabros de caserones indianos, a esos españoles de cualquier otra región, un país de emigrantes. Todos recordamos esos viejos reportajes del NO-DO con el españolito de turno transportando una pequeña maleta de cartón atada con una cuerda, la bota al hombro y el bocadillo envuelto en el Marca, tomando el tren sin saber si había vuelta atrás y dónde se iba a meter. ¿Ya no nos acordamos? Algunos dicen, y es verdad, que esos emigrantes españoles iban con todos los papeles en regla. Bien; es cierto. Entonces, ¿es tan solo un problema de papeles?
En España, según el Instituto Nacional de Estadística, un 22,5% -2 de cada 10 españoles- se encuentra en riesgo de pobreza, en peligro grave de miseria. ¿Saben ustedes, según esta encuesta, ¿qué se considera materia de carencia severa? Pues puede decirse que la sufre una familia española que cumpla cuatro de estas nueve condiciones:

1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año, algo que le ocurre al 45% de la población, con los datos de 2013.
2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días (3,3% de los españoles).
3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada. (11% de hogares).
4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (42%).
5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses. (10%)
6) No puede permitirse disponer de un automóvil (6,5%).
7) No puede permitirse disponer de teléfono (6,9%).
8) No puede permitirse disponer de un televisor.
9) No puede permitirse disponer de una lavadora.

Imagínense, cuántas de estas nueve condiciones, les faltan a los inmigrantes que la Unión Europea va a entregar a España como cuota.
Debemos estar preparados para ver situaciones como la que me ocurrió, no hace mucho, en la ONG donde trabajaba hasta mi jubilación: Un ciudadano de etnia gitana reclamaba prioridad sobre el resto de personas que esperaban una ayuda. A fin de cuentas él era español, decía. Cuando se le hizo ver que esto no era imprescindible para las ayudas, ni que le daba mayor derecho que a otros, se enfadó. Un emigrante africano se acercó a él y le dijo: mire usted, yo en mi tribu soy un príncipe. Ahora vivo de comer lo que los demás echan al contenedor. Pero la dignidad de la persona está por encima de todo.
Ayúdennos, por favor… Sean ustedes dignos del ser humano.

LA TRISTE Y RADIOFÓNICA HISTORIA DE MARIPAZ (TODO JUNTO) CONEJERO DEL HOYO. MISS VENDIMAS 1962

radio-antigua

Aquel año de 1962 en que Samoa, con dos cojones, se independizó de los Estados Unidos y en el que Juan XXIII excomulgó a Fidel Castro, la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, consiguió el título de Miss Vendimia 1962 en la Feria de la Vendimia de Santa Cruz de Mudela, Ciudad Real. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo lloró un poquito, no mucho, cuando recibió la banda y la corona y dedicó, como no podía ser de otra manera, el título a su papá, funcionario del catastro y a su mamá, sus labores, que la estarían escuchando.
La radio, con su tapete de ganchillo encima de una repisa esquinera, presidía todas las casas y, entre novela y novela nos traía, junto a la sopa minestrone y el chicharro frito, concursos diversos financiados, casi siempre, por empresas alimentarias: Avecrem llama a su puerta, La Fiesta de La Casera, Varietés Sigma, La hora de Cynar… con los que espantábamos el hambre y el frío en blanco y negro que teníamos pegado a nuestros huesos. Entonces sí que hacía frío, solemos decir; y qué verdad que era…
El concurso Un jamón en el tapón lo organiza Radio Intercontinental a finales de los años sesenta, lo patrocina la marca de vinos CASA (Cosecheros Abastecedores, S.A.) de Valdepeñas y lo presenta Enrique Cavestany. Al programa acuden personas que han encontrado en el interior del tapón de una botella de vino de la marca su premio de un jamón -producto mítico en la España del momento y utópico para la gran mayoría de familias-, que recogen entre aplausos y sonrisas en la emisora. Este vino, y sus tapones premiados, se envasan en el barrio de Estrecho, en Madrid. Yo mismo encontré en la calle varios tapones premiados, pero nunca me dieron el jamón. Se conoce que no se fiaban… ¡hacían bien!
Conozca usted a sus vecinos, de la Cadena SER, a principio de los años cincuenta, cuenta con versiones en distintas ciudades españolas, aunque las que alcanzarán más duración y popularidad serán las de Madrid y Sevilla. En diversas emisoras se mantuvo durante más de una década y permitió “descubrir” a un numeroso grupo de futuros artistas, Rocío Durcal, Ana Belén… e incluso el luego humorista Fernando Esteso, que entrega las 500 pesetas de su premio a los damnificados por las inundaciones de Valencia en el otoño de 1957, entre grandes aplausos y parabienes. Lo presentaba José Fernández Manzano, quien, mediados los años sesenta, intentó una segunda etapa, sin el mismo éxito, con el nombre de Los nuevos vecinos.
Contemporáneo sería Ruede la bola que, también, consiguió un programa de gran popularidad y que sirvió de plataforma a artistas tan heterogéneos como Raphael o El Fary. La música, ese elemento básico en la radio, es en todo caso, el eje de otros muchos concursos radiofónicos. Varios de ellos alcanzarían notable popularidad en los años cincuenta, como La melodía misteriosa y su contrapunto, Jaque a la orquesta. El primero lo pone en marcha Bobby Deglané y, posteriormente, el programa magacín Cabalgata fin de semana
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo acude a Cabalgata fin de semana donde Boby Deglané la entrevista después de obsequiarla, por deferencia de camisetas de lana La Camerana, con tres mil pesetas del ala.
¿Señora o señorita?
Señorita
¿Será porque usted lo quiere?
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, al terminar el programa, se largó con un locutor meritorio, el Ginesín Tobajas, a tomar un gin fizz a Pasapoga, local en el que, miren ustedes por donde, se juntaba la crema y la nata de la radiodifusión española. De Pasapoga tomaron un taxi que les condujo hasta Casa Camorra, en la Cuesta de las Perdices, donde escucharon flamenco y acabaron con las reservas de fino y manzanilla del resto del año.
Al día siguiente la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo despertó en una pensión de la calle de la Montera a la que no recordaba cómo llegó. El Ginesín Tobajas, pájaro de mal agüero, había volado del nido y no se le volvió a ver por él. Del bolso de la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo habían desaparecido las tres mil pesetas y la habitación de la pensión estaba pendiente de pagar. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo comenzó a llorar e hipar y no dejó de hacerlo hasta que la señora Aurelia, la patrona de la pensión La Higiénica, le ofreció un trabajo de chica de coro en el Molino Rojo, en la calle de Tribulete. Allí podría ganar un dinerito rápido y de forma limpia con que poder pagar su pensión, la alimentación y el billete de vuelta a Santa Cruz de Mudela.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, entre actuación y actuación, escucha la radio atentamente por si aparecía el Ginesín.
Presurosas y dañinas abandonan su covacha y a despensas y cocinas, cautas y ladinas, van las cucarachas. Pero doña Inés, con el Cucar-ex, espolvoreó por los rincones, es mujer feliz, pues las logra ver muertas tripa arriba y a sus pies.
Yo tengo en mi casa una mujercita buena y elegante que es muy bonita; muy buena y muy guapa es mi dulce esposa, guisa, borda y cose y es muy hacendosa. Mañana es su santo y alguna sorpresa que la guste mucho yo le quiero dar. Pues la cosa es clara yo sé lo que has de regalar: una cosa de gran valor en un mueble muy seductor, es la máquina Alfa para coser, para bordar, no tiene rival y es nacional. Alfa sin igual.
María del alma mía la ropa no está lavada, María del alma mía que no te veo hacer nada. María está tan tranquila y se sonríe un poquito pues la ropa está lavada gracias a Escamas Saquito.
Okal, Okal, Okal es el lenitivo del dolor. Okal, Okal, Okal es un producto superior.
Entre espacio y espacio de publicidad Ama Rosa llora desconsolada. Millones de oyentes que esperaban religiosamente el capítulo de cada día, con ansiedad, despoblando las calles de ciudades y pueblos, dejando desiertos comercios y lugares públicos, sumiendo en el silencio más absoluto talleres, fábricas y otros centros de trabajo donde se seguía con extrema atención la trama y los diálogos de sus radionovelas, al decir de Juan Ginzo, escuchan ávidas la novela. El Diario Hablado de Radio Nacional de España, heredero de aquel Parte, llega puntual a todos los hogares. No hay que olvidar que es obligatorio conectar con “La emisora” puntualmente.
En los meses siguientes a su ingreso en Molino Rojo la señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo ha engordado de forma preocupante. No es por las tres comidas que la señora Aurelia, de la pensión La Higiénica le obliga a comer, claro.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo cuenta su historia, su triste y breve historia de amor con el Ginesín, mientras toma una copa en la mesa de don Guillermo Sautier Casaseca, que ha acudido, con unos amigos, a ver a una chica que debutó la semana pasada: Addy Ventura, de cuya belleza se cuenta y no se para. Don Guillermo escucha atento. Al terminar el relato le ofrece cinco mil pesetas por su historia con la que pagarse el billete de autobús hasta su pueblo y empezar de nuevo.
La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo vive encerrada en la casa de sus papás. No sale apenas a pasear y, cuando lo hace, es con su mamá y con su papá, quien ya no trabaja en el catastro. La señorita Maripaz (todo junto) Conejero del Hoyo, antigua Miss Vendimia 1962 enciende, como todas las noches, la radio para escuchar la novela El derecho de los hijos, en el que una joven de gran belleza es seducida por un locutor y abandonada a su suerte en un lupanar de la capital…

Yo soy aquel negrito
del África tropical
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao
y como verán ustedes
les voy a relatar
las múltiples cualidades
de este producto sin par.

Maripaz, hija, si ya ha terminado la novela apaga la radio, que padre tiene que dormir.
Sí, mamá. Lo que tú digas…

LA FAMILIA CABARRÚS. ILUSTRE E ILUSTRADA

250px-Francisco_Cabarrús

Don Francisco Cabarrús Lalanne, hijo que fue de don Domingo Cabarrús Forcade, comerciante, y de doña Marianne Lalanne, ama de casa, natural de la Bayona francesa y naturalizado español, es el ejemplo palmario de lo que debía haber sido y no fue en esta España que ahora nos contempla, de haber ganado la francesada.
Al cumplir los 18 años don Francisco es enviado a España por su padre para que completase su educación como comerciante. Cabarrús visita el País Vasco, Zaragoza y Valencia, donde se alojó en casa de un paisano, también comerciante como él. Al parecer, Cabarrús se dedicaba a algo más que el comercio y se ligó a la hija del casero, Antonia Galavert Casanova, con la que se casó cuando esta contaba la curiosa edad de catorce primaveras. En su ímpetu, al joven y fogoso Cabarrús, se le olvidó pedir el correspondiente permiso para este acto civil lo que le impidió desarrollar, en un futuro, su carrera en Francia. Atrapado pues decide lanzarse al negocio en España instalándose en el pueblo de Carabanchel Alto, de Madrid, barrio en el que vive, también, José María Aldea, el Capitán Navegante, y en que funda una fábrica de jabones.
En aquel Madrid de chulos, manolas y chisperos no debía haber exceso de materia gris por lo que, el joven jabonero fue, rápidamente captado por Melchor Gaspar de Jovellanos y los condes de Campomanes, Floridablanca y Aranda; la crema y la nata de la Ilustración.
En 1779, antes de cumplir los treinta años de edad, idea la emisión de vales reales para hacer frente a los innumerables gastos de la guerra con el Reino Unido por el asunto de la independencia de los Estados Unidos, asociándose con el banquero vascofrancés, Jean Drouilhet, Musquiz y otros financieros europeos y, en 1782 da forma al proyecto de creación del Banco de San Carlos, primer banco nacional español que emitió el papel moneda impreso en el reino, -los llamados vales reales-. Carlos IV, en agradecimiento, le otorga el título de conde de Cabarrús.
También fue el creador de la Real Compañía de Filipinas que tuvo el monopolio de la industria del comercio entre España y Asia y del denominado Canal de Cabarrús, hoy Canal de Isabel II, una antigua vía de agua, que corría por el noreste de la Comunidad de Madrid, en los términos municipales de Torrelaguna, Torremocha de Jarama y Patones. Se construyó entre 1775 y 1799, llegando a tener 12 kilómetros y unía las cuencas de los ríos Lozoya y Jarama para dedicarlas a usos agrícolas. Durante un período de 25 años desembolsó casi ocho millones de reales, una cifra muy alta para la época, y vio como el canal iba tomando forma y a su alrededor crecían las huertas y los campos de labor. Los ingenieros responsables de la construcción del canal fueron los hermanos Carlos y Manuel Lemaur. Se construyó como infraestructura auxiliar al canal un total de 12 puentes de piedra, cinco acueductos, una acequia y diez casas de guarda para los vigilantes del canal. Por último, se erigió una casa de oficios en Torremocha del Jarama. Se interesó también por la apertura de canales de navegación que nunca se completaron. Uno de ellos, el Canal del Guadarrama, con la pretensión de abrir una vía navegable desde Madrid al Atlántico, a través de una vía de conexión con el Guadalquivir. También pretendió, sin éxito, hacer navegable el Llobregat y dar impulso a Barcelona siguiendo los buenos resultados del canal del Midi y del del Languedoc.
Todo era miel sobre hijuelas, hasta que -¡ay!, España siempre cainita y cañí-, su carrera se vio alterada por la enemistad de importantes personajes políticos. Personajes que, cuestionando sus ideas, idearon un falso fraude que le llevó a prisión dos años en el castillo de Batres tras detenerlo la Inquisición. Posteriormente, y durante los reinados de Carlos IV y José I, Bonaparte, ejerció de Superintendente General de la Real Hacienda. Pepe Botella le nombró Caballero Gran Banda de la Orden Real de España, máximo rango que podía lucir un afrancesado.
Cabarrús dio cuerpo a la Memoria sobre las rentas y créditos públicos (1783) proponiendo la supresión de alcabalas y aduanas interiores, y en su Informe sobre el Montepío de Nobles de Madrid (1784), define su pensamiento económico individualista y liberal, rechazándose el paternalismo social del Despotismo Ilustrado. El Estado, decía Cabarrús, tiene que defender los derechos de los ciudadanos entendidos éstos naturalmente como propietarios libres. Defender pues los derechos y libertades individuales y sobre todo la propiedad privada así como la libertad económica individual es la función del Estado. Esta defensa de la libertad y de la propiedad justifica algunas restricciones de la libertad y de la propiedad: «la defensa de la libertad y propiedad de los individuos que componen un Estado, pide el sacrificio de una parte de esa misma libertad y propiedad. La libertad pública se asegura con el desprendimiento que cada individuo hace de la suya por medio de las leyes, y la imposición resguarda por los mismos términos la propiedad»
Existen, decía Cabarrús, unos derechos naturales del hombre previos a la constitución de la sociedad y del Estado y que por eso mismo son inalienables. El pacto social “se dirige a proteger la seguridad y la propiedad individual, y por consiguiente la sociedad nada puede contra estos derechos que le son anteriores: ellos fueron el objeto, la sociedad no fue más que el medio, y ésta cesa con el mero hecho de quebrantarse aquéllos”.
Murió en Sevilla, en 1810, siendo ministro de Finanzas con José I, el Bonaparte y fue enterrado en la Capilla de la Concepción de la catedral de Sevilla, en el panteón próximo al del conde de Floridablanca, su amigo. Acabada la guerra de la Independencia, su cadáver, -¡que viva Ejpaña!- fue exhumado y precipitados sus huesos en la fosa común del Patio de los Naranjos, donde se enterraba a los reos de pena capital. Otras versiones, aún más españolas, los sitúan en aguas del Guadalquivir, donde fueron arrojados. Pero no fue aquí donde se extinguió la raza de los Cabarrús. ¡Qué va…!
Del matrimonio entre Cabarrús y Galavert nacieron tres hijos, una de ellas, Juana María Ignacia Teresa Cabarrús y Galavert, sintió la llamada de la política, como su padre y, como él, sufrió prisión y un profundo ostracismo, si; pero también un gran éxito social.
Nacida un 3 de julio de 1773, en el pueblo de Carabanchel Alto, Juana María, es enviada a París, tras estudiar francés, italiano, latín, matemáticas y dibujo; materias propias que estudiaban los hijos de la clase acomodada y que les abría la posibilidad personal o profesional allende river side, o sea, frontera adelante. En París se da a conocer en los más altos círculos sociales y, tras unos meses para aposentarla, su madre abandona París dejando a la joven al cargo de madame Boisgeloup, esposa de un consejero del rey Luis XVI.
Su posición social, su guapura y su simpatía e ingenio traían de cabeza a los parisinos. La Juana Mari, que era algo pendón –todo hay que decirlo- ya había roto algún corazón en plena niñez y, de casta le viene al galgo, también se casó a los catorce con el Juan Jacobo Devin, futuro marqués de Fontenay, flor de la raza calé parisina, de veintiséis años y ya consejero del Parlamento de París y presidente de la Cámara de Cuentas de Paría. ¡Vamos, un braguetazo!
La Juana Mari, que pasó a llamarse Teresa, mucho más chic, había aprendido a moverse en sociedad y, como aún no se imprimía el ¡Hola!, siguiendo la moda del siglo XVIII abrió su propio salón en París al que acudían personalidades como Lafayette, Mirabeau o Lameth, del que se decía, que además de la pasta té, mojaba otra cosa en Fontenay-aux-Roses. Un 2 de mayo, ¡vaya por Dios!, tenía que ser un 2 de mayo… nació su primer hijo. Tres días después, Luis XVI abría, oficialmente, los Estados Generales de Versalles, con un único objetivo: resolver la grave crisis hacendística por la que atravesaba el país. Todo se precipitó y, en tanto solo dos meses, se pasó de un Estado General a una Asamblea Constituyente, una nueva Constitución en la que el matrimonio Fontenay fue partícipe y en la que Lafayette fue nombrado jefe de la Guardia Nacional. Por el contrario Mirabeu y Lameth, apoyando al rey, las pasaron canutas.
Tras la muerte del rey la Teresa –antes Juana Mari- se largó con viento fresco a Bordeaux, donde ya constaba como mujer divorciada, tras un acuerdo con Devin para disolver el matrimonio. En Burdeos, Teresa se dedico a cobijar y amparar a los perseguidos por París, llegando incluso a intervenir ante el Comité de Vigilancia para impedir la ejecución de la orden de detención de Juan Valerio Cabarrús, primo de su padre. Las actividades de Madame de Fontenay, conocida como Nuestra Señora del Buen Socorro, llegaron a Paría, fue acusada de atentar contra la seguridad del Estado y se ordenó su detención e inmediato traslado a la prisión de Hâ. El comisario Tallien contravino la orden de París y no la detuvo. El tal Tallien y la Teresa se convirtieron en pareja.
Enteradas las autoridades del Comité de Vigilancia de París poco tardaron en revocar la decisión de su emisario. Además, era necesario saber qué estaba pasando exactamente en Burdeos, ciudad a la que no tardó en llegar Jullien, un discípulo fiel de Robespierre. Tallien, a su vez, se vio obligado a trasladarse a París para explicar su actuación en Burdeos y a dejar sola a Teresa sobre la que se fue tejiendo una red de informes y serias acusaciones, que eran enviadas puntualmente a la capital.
El viaje de Tallien a París no sólo no supuso un castigo por parte de las autoridades, sino que fue elegido presidente de la Convención Nacional el 21 de marzo de 1794, un cargo que le situó en el centro de la política de la época y un éxito probablemente inesperado. Por su parte, Teresa, vigilada y acosada en Burdeos, recibió en mayo de 1794 la noticia de una nueva ley que prohibía a los aristócratas permanecer en puertos o villas fronterizas, con lo que decidió emprender viaje hacia Fontenay-Aux Roses, la casa de campo de su ex marido. En la finca supo de la orden de arresto que pesaba sobre ella y de nuevo emprendió la huida hacia Versalles, donde finalmente fue arrestada por el general Boulanger y trasladada a prisión. El destino certero de los prisioneros de la Force era el cadalso, sobre todo si eran aristócratas y acumulaban un historial contrarrevolucionario como el de Teresa. Tallien no podía permanecer impasible ante la condena de su amante, lo que le llevó a incorporarse al grupo de conspiradores, junto con Fouché y Barras, que organizaron el golpe del 9 Termidor (27 de julio de 1794) para acabar con la vida de Robespierre.
Liberada Francia del dictador y del miedo a la guillotina, se desató una explosión de vida que se manifestó en una reorganización de la vida social y en una reapertura de los salones, como antes de 1789. Las mujeres volvieron a desempeñar un papel decisivo en este momento, como catalizadoras de una liberación y un cambio largamente esperado. Ellas pusieron de moda el atuendo a la manera grecolatina, (una especie de fiesta de camisetas mojadas) consistente en vestidos tipo túnica de muselina, que mojaban para que se pegaran más al cuerpo —de esta guisa retrató el pintor Gérard a Teresa en 1804—. Teresa no se quedó al margen y convirtió la Choumière, (no confundir con la Chuminier) nueva vivienda del matrimonio Tallien, casados el 26 de diciembre de 1794, en uno de los lugares más importantes de encuentro del período del Directorio. Volvió a demostrar sus grandes cualidades sociales como anfitriona de madame de Staël, madame Récamier, Sièyes, Fréron, Barras, el joven Bonaparte y tantos otros. De esta época también data la estrecha amistad entre Teresa y Rosa de Beauharnais, futura esposa de Napoleón y más conocida por el nombre Josefina. De hecho, la hija de Teresa y Tallien llevó el nombre de Rosa Termidor en honor de su madrina Josefina.
La vida de Teresa había vuelto a entrara en la dinámica molona que le gustaba. Su churri, el Tallien, en cambio, empezó a declinar y, nuestra amiga, se deshizo de él más pronto que tarde, liándose –ya se dijo que era algo pendón- con el banquero y financiero Gabriel Ouvard, con el que tuvo cuatro churumbeles que -¡hay que joderse!- tomaron el apellido del Tallien, que estaba en Egipto haciendo de buey Apis.
Ahora bien, en 1799, el golpe de Estado del 18 Brumario que situó a Napoleón en el poder, volvió a dar un giro a la vida de Teresa. Amiga íntima de Josefina, nada podía hacerle imaginar que Napoleón iba a prohibir a su esposa frecuentar la compañía de la española. Quizá Teresa representaba todo lo que Bonaparte quería desterrar del nuevo Estado francés: la alegría de vivir, la liberalidad de las costumbres y la influencia social de la mujer. La afrenta era seria para Teresa que quedaba condenada al ostracismo si el más alto dignatario mostraba su desprecio hacia ella. Así pues, Teresa intentó dar un golpe de efecto para congratularse con el cónsul: apareció en la ópera, a la que también asistía Napoleón, vestida de Diana cazadora, con el escote y los brazos desnudos, con una túnica por las rodillas, una piel ceñida a la cintura y un carcaj de flechas. Si aún le quedaba una ínfima posibilidad de congraciarse con su antigua amiga y con su esposo, ese día la agotó. El Napo que era de todo menos marchoso, pasó de ella.
La Teresa había cometido un error grave y fue tomando conciencia de su desgraciada situación. Pero no hay mal que cien año dure… Tenía 30 años, seis hijos, dos matrimonios fallidos y una buena lista de líos y apaños pero; donde hay mata hay patata… La Teresa se compró un vestidito nuevo, se ajustó el corpiño, marcó pechugona y liga en ristre, se largo a bailar un rigodón al sitio de moda donde se ligó al Francisco José Riquet, que más que Riquet era ricachón y conde de Caraman. La familia de Francisco José se mosqueó pero él, -pueden más dos tetas que dos carretas- se lanzó a fondo y, dado que las nuevas leyes habían anulado todos los matrimonios, Teresa volvía a estar casada con Fontenay. Pidió la anulación al arzobispo de París y, cuando le llegó la anulación se casaron por la Iglesia y cenaron, opíparamente, en el restauran De Torres… ya saben: entremeses fríos y calientes, calamares a la romana, ternera guisada y pollo asado con ensalada. Tarta nupcial, sidra El Gaitero, vinos tintos y blancos de reserva y café y copa de coñac o anís, a elegir.
El Caraman, que era además príncipe de Chimay, le puso un castillo a la Teresa en el que se refugió el resto de su vida viviendo como una princesa. Aún tuvo tiempo de tener otros tres hijos. Se volcó en la educación de su heredero, en obras benéficas y en organizar pequeñas reuniones musicales en el castillo.
Su último viaje fue en 1930 cuando acudió al estreno del melodrama histórico Robespiere, una especie de musical tipo Gran Vía, en el que ella misma aparecía como personaje. Un 15 de enero, mientras en Chimay hacía un frío del carajo de la vela, la Teresa Cabarrús y Galavert entregó la cuchara, siendo enterrada en la colegiata de San Pedro y San pablo del mismo pueblo belga que le sirvió de retiro. Requiescat in pace.

HOY ME JUBILO. QUÉ ALEGRÍA, QUÉ ALBOROTO…

descarga

Aquel miércoles, 15 de noviembre de 1967, festividad de san Alberto Magno, obispo y doctor y patrono de las Ciencias, el almirante don Luis Carrero Blanco y el resto de Consejeros del Movimiento juraban, en solemne ceremonia, sus cargos en el palacio de El Pardo ante el Caudillo y el ministro de Justicia y Notario Mayor de un Reino que no tenía rey (por la Gracia de Dios). Ese día, este joven abuelo, empezaba su vida laboral vestido de pantalón corto gris marengo, jersey de ochos hecho por su madre -en color azul marino- y calcetines del mismo color hasta las rodillas. Hacía frío, aunque aún no había helado. El metro, ese refugio cálido y acogedor engullía, en sus vagones, a cientos y cientos de semovientes que, anclados a la barra central, se bamboleaban con cada curva; parecían caer de bruces con cada frenada y, milagrosamente, seguían en pie, como un tentetieso, al parar en la estación. Ese mismo miércoles, según decía el Marca de mi vecino de vagón, la Unión Popular de Langreo Fútbol Club daba el campanazo y eliminaba al Real Granada, Club de Fútbol, en la Copa del Generalísimo, por un gol a cero. Los ciento dieciséis acertantes de catorce resultados de la quiniela cobraban 222.412 pesetas del ala. ¡Quién las pillara!
Aquel mismo miércoles el ABC insertaba una esquela recordando el fallecimiento de don Francisco Javier González Jaúregui, secretario general de los Laboratorios Españoles de Farmacología Aplicada (LEFA) –con perdón- que había fallecido en la ciudad alicantina de Denia, el mismísimo día de Difuntos. Aquél miércoles 15 de noviembre de 1967 un joven botones (812 pesetas al mes, sin derecho al beneficio eléctrico ni a trienios pero, eso sí, con derecho a economato), comenzaba su larga vida laboral en una pequeña empresa –no más de una treintena de personas- con más ilusión y ganas que otra cosa. Aquel primer día de trabajo añoré con fuerza, con mucha fuerza y mucha ilusión, mi jubilación.
En el año 1999, al tiempo en que nos incorporaban al euro, la pequeña empresa, que ya cuenta con más de quinientos empleados, decide llevar a cabo un ERE y desprenderse (¡Viva España. Viva el Rey!. ¡Viva la Virgen del Rivero!) de los trabajadores con mayor antigüedad para, entre otras cosas, esconder el denominado “Agujero de las eléctricas” pufo consentido por los sucesivos gobiernos de la nación. La empresa celebra un aquelarre en el que despide a los trabajadores con más de treinta años de antigüedad para, entre otras cosas, apropiarse de sus aportaciones a sus planes de jubilación… El bufete que asesoraba a la empresa, Cuatrecasas, consiente, pese a la certeza de su ilegalidad (solo la empresa tenía asesor jurídico), que los trabajadores firmemos una renuncia expresa a reclamar nuestros derechos. Hoy, el propietario de aquel bufete, Emilio Cuatrecasas, acepta dos años de prisión y una multa de 1,5 millones de euros por ocho delitos contra la Hacienda Pública. A la vejez, viruelas.
Tras siete años de paro y trabajos en casa, una década larga en una ONG –Cruz Roja Española- hasta que, cogido por los pelos y acabando la prórroga del partido, aquel joven botones de pantalón corto y aún más corta experiencia, se jubila. Se prejubiló con 61 años y se jubila definitivamente hoy, miércoles 13 de mayo, tras seis meses más que ha tenido que trabajar para compensar el 15% del tiempo que le cotiza la empresa. Han sido 47 años y medio. Diecisiete mil doscientos noventa días fichando, toreando cretinos, apoquinando a una Seguridad Social que hoy ¡vaya por Dios!, agoniza y te deja con una mierda de pensión. También, por qué no decirlo, he disfrutando de algún que otro amigo, que de todo ha habido en la viña del Señor.
Desde los tres años he acudido, invariablemente, a la escuela y desde los trece que terminé la misma, he acudido a una oficina, a una de las dos en las que trabajé. Nunca he tenido, salvo los cortos períodos de vacaciones, la posibilidad de gestionar mi tiempo; mi vida.  Ahora  sí;  ahora  todo el tiempo que me quede –poco o mucho- será mío y de nadie más. Bueno, sí… de algunos de ustedes con los que lo compartiré con sumo gusto y con todo aquel (absténganse ladrones, ignorantes y pesados) que quiera compartir conmigo, un vino en Langa de Duero.
Con la velocidad del rayo el mañana se ha convertido en hoy, y el futuro en presente. Ya sólo hay pasado y pasado por venir (porvenir, quería decir). Hoy es miércoles,  día  13  de  mayo  de  2015,  víspera  de  la  festividad  de  san  Matías –gracias, don Dimas y don Matías, por su amistad- y festividad también de Pacomio, el Joven, concluyó mi vida laboral mientras se abre una más placentera. Deseo, por mi bien, que sea tan larga, o que, al menos, la aproveche tanto como la laboral. Amén.

¡VIVA EL MAQUINISMO!

Vosges-panoramica

Esta tarde, mientras dormitaba mi siesta frente al televisor, he visto a una señora que, durante los años 50, mecanografiaba un texto en un papel al que, previamente, había añadido tres hojas de papel de calco. Me han venido recuerdos ya casi borrados de aquellas oficinas que conocimos y en las que trabajábamos en nuestra juventud. Mi hijo tiene treinta y un años y, yo creo que nunca habrá visto un papel de calco; ni tan siquiera –estoy seguro- sabrá para qué servía o cómo se utilizaba. ¿Qué decir del Tipp-Ex o de aquellos lápices de borrador para corregir errores mecanográficos? Las propias máquinas de escribir. El telefax, con el correo electrónico, es ya casi una antigualla. El télex con aquella cinta perforada –tac, tac, tac- que se rompía y había que unir con pegamento o, directamente, repetir con sumo cuidado. Las máquinas fotocopiadoras, las calculadoras, con aquella palanca que –trac- sumaba los datos que se le suministraba a mano. Las cintas perforadas que luego había que llevar a IBM para que las pasaran por las lectoras…
Cientos de miles, incluso millones de personas trabajaban para crear, para utilizar, para reparar esas máquinas. Trabajos que se han perdido con los ordenadores y otros artefactos que no tienen ni mantenimiento. Se estropean y se tiran; resuelto el problema. Tengo una impresora que cuesta menos toda ella que la tinta de su depósito. Una impresora que no merece la pena rellenar y que, cuando se acaba la tinta, se sustituye por otro mamotreto igual. Eso sí, se tira todo ello en un contenedor específico porque, como somos muy ecológicos y recicladores, no tenemos la mala conciencia del gasto excesivo, del derroche, del despilfarro más absoluto ¿Qué pasó con las personas que fabricaban el papel calco, el papel cebolla, aquellas cintas de la máquina de escribir, los mecánicos que venían a la empresa para arreglar ese tilín de la campanilla cuando iba a llegar al final del párrafo.

Plaza-de-los-Vosgos
En la plaza de los Vosgos, en París, las fachadas de las casas están igual que cuando se erigieron, en 1605. En sus jardines centrales, de estilo gótico y que permanecen intactos el tiempo parece haberse detenido. En sus arcadas, en las columnas que las sujetan, en sus fachadas, nunca apareció una pintada, un papel pegado, un manifiesto. ¡Nunca! Los bancos en los que reposan los parisinos o en los que pasan la tarde los vecinos y turistas no han sido sustituidos nunca. Siguen los mismos. En España no; en España hay una suerte de hijoputas que viven, como los trileros que son, de cambiar a una velocidad que no puede descubrirse, los bancos, las farolas, los buzones, y hasta los trenes. ¿Verdad Ramón Ángel? Un tren al que RENFE no le parecía suficiente con el Talgo de patente nacional y por ello te colocan –miles de millones de euros mediante- un AVE que acorta el viaje de 400 kilómetros en diez minutos. ¡Oiga usted, diez minutos! Ahora va usted y divide, en aquella calculadora manual de la que antes hablábamos, lo que ha costado y el tiempo acortado y verá cómo se paga el minuto de tren en España.
Esos puestos de trabajo a los que antes aludía, se me dirá, se han reconvertido y, ahora, esas personas fabrican ordenadores y robots. ¡Y una mierda! Los ordenadores los hacen los robots, y a los robots los hacen otros robots. Hasta a los chinos que pueblan Usera y presiden el Atlético de Madrid los hace un robot. El robot que hace chinos en Madrid se beneficia a una robota oriunda de Chongqing, que se parece a la novia de Mazinger Z y, tras un embarazo de diez minutos, pare una miríada de chinos todos igualitos y sin hambre ni necesidades. Sin seguridad social y sin derechos civiles. Sin enfermedades y sin vacaciones de verano. Un ejército de chinos empadronados ya y todo y que compran nuestras tiendas, con nosotros dentro, y que se convierten así en nuestros nuevos empleadores.
Los españoles de pasado mañana no sabrán qué era un tampón y un fechador, ¡qué coño van a saber!, pero tampoco lo necesitarán para nada. Al español de pasado mañana sólo le importará si su teléfono móvil coge cobertura y puede ir en el metro, el cuello gacho sobre la pantallita, jugando al candy crush. Y nacerán las siguientes generaciones con joroba, como los bueyes brahmán por ir mirando la pantalla con la cabeza gacha, y tendrán dos dedos prensiles –los dos dedos gordos- con los que marcar las teclas del teléfono y el resto los perderán. Tendrán, también, una sordera congénita, porque nacerán con un sonotone de serie dentro de cada una de las orejas para ahorrar a la casa Fujitsu el pack de regalo del teléfono. ¡Qué gusto!
En fin, que he escrito este post en el blog y le he pedido a Mutriku que me traiga la máquina de escribir. Ahora viene mi hijo y voy a enseñarle cómo se escribía un informe en la oficina cuando yo tenía su edad. Y lo voy a hacer sin cobrarle la entrada que le cobrarían en el Museo Smitsonian de New York. ¡Viva el maquinismol!

brahman

YA NO HAY CRÍMENES COMO LOS DE ANTES…

00Trosky

España es un país de grandes criminales. Mejor aún, es un lugar de grandes crímenes. Crímenes que han pasado a la historia, ¡qué digo a la historia!; no… a la Historia. Así con mayúsculas. En España se ha matado a gente muy curiosa y de forma aún más curiosa. Siempre, oiga usted, con herramientas y a traición. Parece como si, la manufactura y la emboscada fuese la firma patria.
Por ejemplo Vjekoslav Luburić, general croata conocido también como Maks Luburić o Maks el carnicero, quien, en la Segunda Gran Guerra, dirigió el Campo de concentración de Jasenovac, considerado uno de los campos de exterminio más crueles de todos los tiempos.
El criminal Luburić, una vez acabada la guerra emigró a España donde el terreno era abonado para nazis y otras lumbreras. En España recibió el nombre falso de Vicente Pérez García y pasó los últimos años de su vida en Carcagente (Valencia) protegido por el régimen. En Carcagente se casó con una española con la que tuvo cuatro hijos. Don Paco, el del Ferrol de Sí Mismo, le puso una imprenta y le daba trabajillos para fuera tirando, algo así como lo de los EREs pero en Valencia, que además de ser la tierra de las flores, las mujeres y del sol también lo es de pelotazos, bolsos, trajes y otras corrupciones menores.
Una tarde, en la que estaba tomando el fresco a la puerta de su casa, un tal Ilija Stanic, espía de Tito a quien dio trabajo en su imprenta (para que te fíes de los soldados…) le dio matarile arreándole candela con una llave inglesa en la cabeza sin que ni los grises ni la benemérita hicieran nada por echarle el alto. Aquí paz, y después gloria, debieron pensar.
En la acera de enfrente, Lev Davídovich Bronstein, alias León Trotski, fue asesinado por el catalán Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, un agente de la NKVD –la policía política soviética-, aunque esta vez fue en Méjico. Al Ramón Mercader le ayudo su mamá, doña Caridad (que ya es nombre para una asesina). Nuestro compatriota, como cantó Machado, lo hizo de una manera muy española, se liga a su secretaria –todo un clásico-, la Silvia Ageloff, quien era algo pendón y tirando a sucia y poco afeitada encima del belfo superior. El caso es que el Mercader se hizo amigote del León Trotski y un día, con el aquel de pedir un vaso de agua, subió al despacho y, por la espalda (también muy nacional) le arreó tal pioletazo que para qué le voy a contar.
No debió entrar a matar por derecho porque el Trotski daba unas voces que para que…
¡Nos ha jodido!, que le claven a usted un piolet en la nuca a ver si aún canta el Cucurrucucú, Paloma.
Pues, como le decía, el Trotski, que se vino arriba con el pico en todo lo alto, aún tuvo fuerzas para salir de la habitación y dar el queo a su mujer y la identidad del criminal. Una vez dicho esto cayó en coma y murió al día siguiente.
Hay gente, oiga usted, don Dimas, que tienen una encarnadura del carajo ¿verdad?
Ya lo creo, don Matías.
Ya no hay muertes como las que había en la antigüedad en nuestra patria. ¿Se acuerda? Don Favila, que recibió el abrazo del oso y se lo merendó sin soltar, tan siquiera, un regüeldo de agradecimiento.
Eso eran osos y eso eran reyes, ¡sí señor!
España, país de grandes traidores y grandes asesinatos. Vellido Dolfos, aquel felón que traicionó al rey Sancho en las mismas barbas de El Cid y todo por echar un polvo a doña Urraca que era, como la otra, pero sin color magenta. Aún se escucha por Zamora, al ulular del viento y por las esquinas…

¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido…

Paco Pizarro, aquel conquistador analfabeto que dejó la piara de guarros en la dehesa trujillana para marchar a conquistar las Indias Orientales. Don Paco murió, como vivió, espada en mano; traicionado y de un tajo en la garganta, y otras tres navajás en los vacíos, en una celada en su propia casa. El pobre Juan de Escobedo, quien se compró el ¡Qué me dices!, de la época y se enteró que la muy golfa de la tuerta de Pastrana se beneficiaba a Felipe II, que muy católico, como su primo, el de la reina y yo…, pero sólo de cintura para arriba…
Oiga, don Matías. Una pregunta… ¿Se puede saber a qué viene esto de hoy?
Pues nada. ¿Ha visto usted lo del avión de Duseldorf? Pues eso pasa en España y, al día siguiente, tenemos a la novia del pilote en la portada del Interviú, en canicas y peleando con la Olvido Hormigos o, a unas malas, disputándose el libro del año con Belén Esteban o bajo un edredón tirándose a un mandinga.

AQUEL VERANO DEL 69

C-Jimi-Ladyland-po_1711987i

Un 20 de julio de 1969, mientras los madrileños salían a las puertas de su casa a tomar el fresco y beber agua del botijo, y celebraban en sus verbenas a los santos Bárbasa, Macrobio y Vulmaro los norteamericanos mandaron tres hombres a la Luna ganando así a los soviéticos, quienes una semana antes habían fallado en su intento de alunizaje suave. El hombre, ese simio erecto que (por que camina y se empina) cree estar hecho a imagen y semejanza de Dios, en su idiocia y su superior necedad, envía a otros simios a la Luna en lugar de utilizar ese conocimiento y ese dinero en gobernar, pacificar y hasta alimentar al resto de los simios del mundo; o en curar el cáncer, o en prevenir el SIDA o el Ébola, que aún no existían pero que, ¡sabe Dios!, si no lo estaba preparando y provocado ese mismo simio jefe.
Nosotros, los que no éramos norteamericanos mirábamos, mientras bebíamos a chorro del botijo, para el Cielo por ver de esquivar la nave, si es que caía sobre nuestras cabezas. A los españoles, quizá por eso de haber tenido que andar con pies de plomo esquivando Torquemadas, nunca nos gustó la exploración de las estrellas, sino la conquista y posteriores dominio de la mar océana y la corteza terrestre. Los españoles, por aquellas calendas, estábamos más preocupados por asuntos menos mundanos: dos días antes de hollar la Luna Edward Kennedy, el otro hermano putero de la saga, el que no murió disparado, se precipitaba por un puente cuando volvía de una fiesta –hasta el corbatín del smoking de whiskey y otras bebidas más espirituosas- y mataba a Mary Jo Kopechne cuya familia, posiblemente, quedó muy agradecida por la carta autógrafa de disculpa del borracho conductor y un puesto de cabo de la Guardia Nacional en su pueblo de Wisconsin. No en vano era hermano de nuestro Comandante en Jefe, diría el afectado padre.
En España, mientras naves espaciales tripuladas por el gran simio ruso o americano, cruzaban el espacio infinito, nuestro particular chimpancé nombraba sucesor en la jefatura del estado español a un mono de sangre azul. Este, al menos, era más dado al rijo, como posteriormente se demostró y, lo que se le fue por el Ifni lo recuperó por Mallorca. Por aquella España rústica y poco higiénica, corría un chiste muy del régimen: los norteamericanos iban por el Apolo 11 y Franco, por el contrario, seguía montado en la Polo I.
El mono jefe, aquel que comandaba el Imperio, marchó a Vietnam del Sur para arengar a sus soldados y pedirle un poco más de contundencia con las armas pues tenían que seguir enviando armas para matar vietnamitas y, con ese dinero, seguir mandando norteamericanos con nombre de líderes revolucionarios irlandeses a la Luna. La Unión Soviética, los simios del oriente, tenían serios encontronazos con los monos amarillos de la China por un quíteme allá esas piedras de la frontera y, Honduras y El Salvador, titís selváticos y pajilleros, se enzarzaron en la denominada Guerra de la Legítima Defensa, mientras Inglaterra y Rodesia rompían relaciones. Esa misma Inglaterra, mona gibraltareña, vieja y fea, ¡vaya por Dios!, desembarcó en Irlanda del Norte. Eso eran Telediarios, que parecía que los presentaba John Wayne vestido de boina verde y no los de ahora con esa siesa de la Ana Blanco.
Mientras los grandes simios de la investigación y la carrera espacial trataban de conquistar la Luna, en el propio zoo norteamericano, en la cinematográfica e impoluta Beverly Hills, don Charles Milles Manson, le rebana el pescuezo a doña Sharon Tate, de profesión actriz y esposa de don Roman Polanski, de profesión sus películas de miedo y hace, otro tanto, con otras cuatro personas. Es lo que tiene el ser el leader del Imperio, que te conviertes en una Unidad de Destino en lo Universal pero tienes la casa, sin darte cuenta, con un olor a cadaverina que para qué…
Mientras los grandes simios continuaban su locura espacial el resto de simios se reunían en un pequeño lugar, una granja de Bethel, que significa en hebreo Casa de Dios, en el condado de Ulster, Nueva York, para celebrar el Festival de Woodstock, congregado a medio millón de hippies y rockeros fumaos y LSDeaos hasta las trancas para horror y pavor de los pobres granjeros del contorno.
Jimi Hendrix, un negro irreverente que para colmo se apellidaba Marshall, tocó el himno nacional ¡con una guitarra eléctrica!, por Dios, por Dios… molestando así a los adventistas, cuáqueros y el resto de pichaflojas del rebaño bienpensante del catolicismo kennediano. Bob Dylan, que era natural de Woodstock, estaba también aterrado. Él, que era más de la Isla de Wight, se negó a tocar con toda esa chusma maloliente y procaz que eran partidarios del amor libre y no fue, hasta el verano del 94, donde cantó en su pueblo. El locutor le presentó con aquella famosa frase de “We waited 25 years to hear this. Ladies and gentlemen, Mr. Bob Dylan!”.
En España, además del botijo, ya existía la radio; sí, sí… y además se hacía buena radio. En España, decía, mientras los padres salían a la calle a beber agua del botijo, los hijos escuchaban los 40 Principales quien, en su lista, llevaban Las flechas del amor, de Karina; el Vivo cantando, de Salomé; la María Isabel de los Payos y, ¡cómo no!, la veraniega plasta de Georgie Dann, El Casatschock. Entre la música extranjera que se escuchaba había Beatles: Hey Jude, Get Back. El Eloise, de Barry Ryan y, ya más suavecito aquella Mama, de Jean Jacques y, sobre todo, La Charanga, de Juan Pardo en su versión castellana y gallega. Una muestra más de que los idiomas vernáculos estaban prohibidos, claro. Zager y Evans se ponían hasta el culo de tripis y se hacían los psicodélicos con aquel In the year 2025, pero claro, siempre quedaban la melaza de aquel Sugar, sugar de los Archies para facilitar la digestión.
Aquel verano de 1969, el hombre, ese simio erecto que, por que camina, cree estar hecho a imagen y semejanza de Dios, en su idiocia y su superior necedad envía a otros simios a la Luna en lugar de curar el cáncer.
Sí, pero esa carrera, don Matías, nos ha traído grandes avances, como el horno de microondas y el teflón.
Que también acelera el cáncer. Y los conservantes E951, Aspartamo y el E954, sacarina y el E200, ácido sórbico y su puta madre.
Vale, vale, don Dimas. No se me ponga violento y eche usted un trago al botijo.
Aquel verano de 1969, mientras el simio norteamericano echaba carreras al mono ruso nosotros, españoles preeuropeos, bebíamos agua del botijo y nos preguntábamos ¿cómo va a ser posible que el hombre, esté fabricado a imagen y semejanza de Dios, si el hombre –y alguna mujer, claro- no son sino una muestra de la propia torpeza de su creador, a quien llamamos infalible.