EL BURGO DE OSMA Y SU ZONA MONUMENTAL

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Mi amigo Aldea, entre que es muy del Burgo de Osma y que, además, está obnubilado por su condición de villa catedralicia, dice como Renán, aquel filósofo francés, que quien no se entusiasma ante una catedral es que carece de fantasía. Pudiera ser; ¿quién soy yo para llevar la contraria a Renán y al capitán Aldea? A lo mejor es que no las veo con indiferencia, sino que lo hago sin entusiasmo. A lo mejor es que me pasa con las catedrales como con la política y las garrapatas que viven de ella, que no me las acabo de creer del todo.
Lo mismo que con las catedrales me pasa con los palacios y los castillos, que me parecen un trampantojo para capturar voluntades de vagabundos ilusos que pasean su solaz, las manos tras la espalda y la boca abierta, como un tragabolos de sandalias y calcetines negros; de pantalón pirata y gorra de baseball. A mí me gustan más las pequeñas iglesias románicas. Esas iglesias chaparras, más anchas que altas; hechas para el misticismo, para el rezo y el ascetismo. Me gustan las pequeñas iglesias porque son la esencia misma de Castilla. Y me gustan sí, como me gustan las casas en las que viven los hombres y sus familias y la arquitectura característica de cada país, de cada región o de cada pueblo.

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Hoy he vuelto al Burgo de Osma y, frente a la catedral, me han vuelto los dengues a la hora de entrar. ¿Para qué tengo yo que entrar en este mausoleo titánico y gigantesco de patricios electos de Roma? Vengo de la pequeña aldea de Rejas, donde he echado más de una hora en ver, piedra a piedra, san Martín y san Ginés, ambas dos del siglo XII; ambas dos porticadas y preciosas ambas dos. Dos iglesias de mampostería –salvo en la galería y en los esquinales- absolutamente proporcionadas en su diminuta pequeñez. Nada que altere y empequeñezca el pueblo, al medio, a la Naturaleza. Nada que ver con el monstruoso edificio de la catedral burgense que a todo y a todos empequeñece.

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El pueblo de Rejas conserva sus viejas casas de construcción típica de la Ribera, con sus adobes y su angosta estrechez para evitar el frío. Conservan, sobre sus tejas árabes, las típicas chimeneas cónicas de tipo pinariego encestadas y coronadas por su contera y su chipitel que facilitaba la iluminación cenital en la cocina, donde se hacía toda la vida. Conserva también la loca anarquía de una traza irregular y sin ningún tipo de fundamento en su caserío.

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Me gusta el Burgo de Osma, es cierto. Pero me gusta la calle Mayor, pueblerina y casi en blanco y negro; un pueblo donde, cuando menos lo esperas, te puede salir un cura viejo, un cura de teja y sotana desgastada y verdecida hasta los tobillos. Me gustan sus calles estrechas y defendidas del sol y del hielo por las porticadas casas de fachadas entramadas. No me gusta el palacio Episcopal, ni me gustan las murallas, ni nada que supere la medida del ser humano. Me gusta su plaza Mayor, su recoleta plaza mayor, como la de cada capital provinciana. Me gustan los edificios que, a babor y estribor, flanquean el ayuntamiento. Es una plaza para ser vivida, disfrutada. Una plaza accesible a la que los burgenses –por aquellos arcanos ineluctables de siglos y siglos- no acceden ocupando los veladores de bares y cafeterías, sino que se conforman con sentarse en los bancos públicos bajo los plátanos de sombra. Me gusta ver, también, en su calle Mayor a los dos o tres viejos agricultores que, cada día, instalan su tenderete para vender cuatro míseros puerros, un par de pimientos tempranos o unas alubias blancas del año anterior. Unas alubias cuyo pellejo es fomento de tronadas tormentas nocturnas. Me gusta el Burgo de Osma que no le gusta a nadie. ¡Qué se le va a hacer, amigo Aldea!

DE MISAS, PROCESIONES Y CALDERETAS. COMO FORRARSE SIENDO INDEMNIZADO

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Dentro de la política -ejerciendo la misma- se puede ganar dinero; sí. Se puede ganar dinero, incluso, de forma honorable aunque algunos lo veamos como algo deshonroso. Verán ustedes, que yo se lo explico y por el mismo precio.
La Diputación Provincial de Soria ha cambiado de color. Ha pasado del azul gaviotero al rojo, rojo clavel, que decía la copla. Los diputados populares, ahora en la oposición, han visto cómo sus ingresos han mermado de forma significativa en cantidades que van desde los 23.446 euros del alcalde de Langa de Duero, el más indemnizado, a los 21.221 del alcalde de Los Rábanos, el menos indemnizado. ¿Y en concepto de indemnización dice usted? Bueno, en concepto de indemnizaciones, de dietas y de kilometrajes.
¿Indemnizaciones, dice usted?, si según el Diccionario de la Real Academia indemnizar es “resarcir de un daño o perjuicio”. ¿Qué daño o prejuicio ha sufrido quien se presenta voluntario a un asunto que lleva aparejadas estas servidumbres de antemano? ¡Ah!… buena pregunta.
Estas indemnizaciones son por cada asistencia a comisiones, plenos, patronatos y órganos externos en los que la Diputación tuviera representación. También se indemnizaba por asistir a actos oficiales, reuniones o actividades en general. ¡Toma ya!
¿Y cuál son esos actos?, se preguntará usted… No lo haga; el Heraldo de Soria de 17 de julio de 2015 se lo cuenta en su página 27: “por asistencia a misas, procesiones y calderetas”. Vamos que una popular, reverendísima y católica autoridad acudía a la misa en honor a Nuestra Señora del Espino, la del Vallejo o la de la Buena Leche, pongamos por caso, y ¡catapún!, pasta para el bote. En esa misa, acudían el alcalde, también del PP, los cuatro concejales, también del PP y no cobraban ni un euro, pero ¡ay, amigo!, el compañero de partido que representaba a la Diputación sí que lo hacía. Que era una procesión, pues nada… se ponía detrás del santo, junto al alcalde y ¡cataplás!, más pasta, para él, claro, que el alcalde no cobraba. Que acabada la procesión había una sabrosa caldereta de cabrito –con perdón por quitarles años- ¡tracatá!, otra pasta y, además, el papeo de gorra… Y, a esto se le llama “indemnizar”. Tócate la mandarina, María Josefina. Nos falta saber, -el diario no lo informa- qué ocurría si había misa, procesión posterior y fin de fiesta con caldereta. Igual llenaban el zurrón de billetes…
El truqui, para no caer en dolo o falta, es cobrar menos de 18.000 euros que es el tope marcado por las bases de ejecución del presupuesto de la institución. Entonces, cuidándolo mucho se pueden llegar a cantidades de 17.785,60 y 17.090 a las que han llegado los alcaldes de Cabrejas y de Los Rábanos, respectivamente. Eso es medir ¿verdad? y no lo que hace un sastre. A algunos nos recuerdan los topes de aquellas tarjetas black que no se sobrepasaban de auténtico milagro los topes admitidos. ¡Mal pensados que somos…! ¿Qué quiere usted?
Es que, verá usted, la gasolina se ha puesto por las nubes, dirán los señores alcaldes y diputados provinciales. Pues sí, tienen ustedes razón, pero si desde Langa de Duero a San Esteban de Gormaz, por poner los dos pueblos donde sus alcaldes se han visto más “indemnizados”, sólo hay cuatro kilómetros ¿por qué no iban en un solo coche? A más, a más, que dicen los catalanes. Si el siguiente pueblo, a otros 8 kilómetros, es el Burgo de Osma, desde donde salía el coche oficial del presidente de la Diputación, con su chófer y todo ¿por qué no iban los tres en el coche oficial? ¿Saben cuánto nos habríamos ahorrado los ciudadanos? Pues echen ustedes cuentas, que no lo voy a hacer yo solo…
Bueno, se dirán ustedes, total ¿de qué cantidad hablamos? 23.446,41 euros que cobró el que más. Si son tan solo cerca de cuatro millones de pesetas. Efectivamente, pero a eso hemos de añadirle los 36.000 euros anuales (casi 6.000.000 de pesetas) por ser alcalde, lo que arroja un total de casi 60.000 euros o, lo que es lo mismo, casi el millón de pesetas mensuales y, para el gobierno de un pueblo de menos de 900 habitantes. No está mal, ¿verdad? Pues ya lo saben, si es usted católico, de derechas y tiene buen diente para la caldereta y no se le resiente la andorga, métase alcalde de pueblo pequeño, no tiene apenas cargas y está bien “indemnizado”. Total, para el currículo que piden por serlo…

DE CHINOS Y CÁNTABROS. EL MARMITAKO Y OTRAS DENOMINACIONES

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Gastronómicamente hablado, un cántabro es un chino. A un cántabro, sobre todo si es de la costa oriental: castreño, laredano o santoñés le da usted un plato guisado en cualquier comunidad, sobre todo si es, la vasca y les falta tiempo para adecuar la receta y la nomenclatura al curioso hablar de los naturales de la tierruca. Los cántabros son, por lo general, aficionados a copiar y apropiarse de todo lo que se come, se merienda o se cena. Son rémoras que le han salido a los euskaldunes en justa correspondencia por la invasión bilbaína de Castro Urdiales y Laredo y que, de no mediar la ley con todo su peso acabarán, como los chinos, invadiendo restaurantes y mesas familiares como si tal cosa.

Viene esto a cuento del artículo que hoy campea en Vozpópuli titulado El bonito del norte y los recuerdos de otros veranos. En este artículo, Caius Apicio, el autor de nombre enmascarado, rememora su infancia y la llegada del túnido a las veraniegas  mesas  norteñas.  El  bonito,  viene  a  decir  Apicio,  elige  el  verano –como antaño la realeza- para veranear y, después, se marcha de luna de miel al Caribe, como las parejas de recién casados del cinturón marrón -Móstoles, Fuenlabrada y Alcorcón- madrileño. Habla Apicio de platos a base de bonito y cita el rollo de Viveiro, el sorropotún cántabro y el marmitako (no dice de Mutriku, lugar de invención del guiso) nacido a bordo de botes pesqueros.

¿El sorropotún cántabro?, se preguntarán ustedes. ¿Qué coño es eso de sorropotún cántabro? Pues, sobre poco más o menos la anguila all i pebre de San Lorenzo del Escorial. Porque exactamente es eso lo que le pasa al denominado “sorropotún”. Verán. Zurruputun, o zurrukutun y su voz Surruputun -pues la “zeta” se pronuncia “ese”- es voz que significa, en euskara, zurrup (pronunciado surrup) que es la onomatopeya del sorbo y kutun (agradable o íntimo) para algunos autores o putun (de pot –o pote-, tazón donde se servía para otros). El surruputun o surrukutun no es sino una sopa de ajo enriquecida con bacalao, pimientos choriceros, tomate, huevos y en algunos casos también patata. ¿Qué gaitas significa la voz “sorropotún?, pues eso… all i pebre en el habla serrana de El Escorial.

Otro tanto ocurre con el marmitako. En Cantabria, al marmitako se le denomina “marmita”, el puchero en el que se guisa. En Euskadi se dice marmitako que significa “en marmita” y significa eso, precisamente, porque el marmitako no siempre se hacía con bonito o atún, sino con el pescado que se pescaba en la marea: chicharro, palometa, o lo que buenamente salía de cada echada. El marmitako, por lo tanto, es un guiso que se hace con cebolla, patata, un poco de pimiento verde y un espíritu de tomate frito, que es lo que los marineros llevaban a bordo y un pescado. No lleva carne de pimiento choricero, ni caldos de pescado, ni fondos de ningún tipo; no. La marmita cántabra es un plato de patatas con bonito, una suerte de patatas a la riojana pero sustituyendo el chorizo por bonito.

Si esto era poco, a la hora de copiar y alterar las denominaciones originales, otro tanto les pasa con la conserva de pescado. A la anchoa -el humilde boquerón- ellos le llaman bocarte (desconozco, aunque me imagino que será así, dada su habitual fanfarria, que será por aquello de arte en la boca) pero, nobleza obliga, para poderlo vender lo llaman anchoas en las cajas comercializadas. Las conservas de salazón, y eso lo sabe bien Maru Outeiriño, nieta de anchovero catalán afincado en Cariño, las trajeron a España los italianos, más concretamente los sicilianos, desde su tierra, donde la anchoa emigró en vista de la fuerte demanda a otras tierras y, el siciliano, siempre tan constante, la persiguió desde Cataluña hasta Galicia siguiendo el desplazamiento habitual del pescado. El primer conservero sicialiano que vino a España fue Orlando; sí, sí, el del tomate, y a partir de él toda su familia y sus vecinos.

Los cántabros son muy suyos, aunque no solo con el pescado. ¡Si hasta el cocido montañés lleva alubia blanca, en lugar de garbanzos, como es tradicional en cualquier cocido que se precie, ya sea madrileño, lebaniego o maragato! ¿Se imaginan ustedes algún comercio de estos que aparecen por su barrio que vendiera sobaos de Leganés? ¿Verdad que no? Pues eso. Coman ustedes aquello que les pete, ya sea pescado, ensaladas o carnes pero, eso sí, pídanlas por sus nombres pero no por aquellos nombres que los cántabros se inventan.

ODIO EL VERANO…

Odio el verano con todo mi ser. Es llegar la calorina y ¡zas!, nubes de bichos, plagas de insectos de todo tipo trepan por tus piernas, te pican al vuelo o están esperando junto a una rama, bajo el mantel de la mesita del velador o sobre la hamaca de la piscina. Moscas tercas, mosquitos rejoneadores, arañas titiriteras, hormigas hambrientas, pulgas saltarinas…
La mosca es pesada, contumaz, obstinada. La mosca es la visita que, cuando niño, siempre nos decía al oído ¿qué, ya con novia?, a sabiendas de lo que nos turbaba la pregunta. La mosca es esa vecina que siempre está atenta, tras el visillo de la ventana. La mosca es esa tía que se comía siempre el bizcocho bañado en chocolate de la caja de galletas variadas, la que se comía los nevaditos y dejaba, tan solo, las insulsas galletas María.
El mosquito no; el mosquito es un legionario; un boina verde del verano. El mosquito ataca en picado, sin ningún tipo de miramiento. El mosquito es el funcionario cabrón; el guardia emboscado tras un seto para multarte, el inspector de Hacienda con su calculadora de palanca, la voz de la empleada de MoviStar que te repite, de forma machacona que todos sus agentes están ocupados y que sigas a la espera. El mosquito es un cabrón redomado.

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¿Y la homiga? Ese bicho asqueroso, sobrevalorado, con alma de perroflauta de Podemos que se pasa -dice- el día trabajando. Que te mira a ti, desde su mísero tamaño y se pone a tirar de la alpargata como si fuera a llevarte al hormiguero para bacilar con la hormiga reina y ponerla cachonda a cuenta tuya.
Y tú, que nunca aprenderás de los moros, esos tipos que, a cincuenta grados a la sombra se cubren de telas como si fueran una tienda de campaña en lugar de quedarse en canicas, te pones un pantalón corto y te cubres las carnes morenas con un polo sin mangas. Ahí es donde la has cagado… Ahí es donde el mosquito, la mosca, esa pequeña araña que desciende desde la desmayada rama del sauce te arrea el primer mordisco del verano. Es en ese momento donde, además de la mosca coñazo, el mosquito banderillo y la araña danzante aparece, por si era poco, la pulga de cardo. Las pulgas, en los pueblos donde hay ganado, son instrumentos de terror al servicio de la maldad. No hay nada tan irritante como el paseo por uno de tus jarretes de una pulga. Los picotazos siguen la ruta de la vena safena o como carajo se llame la vena que va desde el tobillo hasta la ingle. En quince centímetros una buena pulga; una de esas pulgas bilbaínas que toman txikitos y comen pintxos en el batzoki de las pulgas te puede hacer un desaguisado que para qué.
El primer picotazo del verano te produce un grano del tamaño de una aceituna. Para entonces ya es tarde. Ya no hay lugar a echarse el spray ese que hemos comprado en Mercadona, ya no vale encender el braserillo con la cintronella. No; ya no hay vuelta atrás. En ese momento, nadie sabe por qué, se ha abierto la veda, se ha inaugurado la barra libre del picoteo goloso del muslamen del veraneante, del costillar del turista, de los brazos sonrosados del guiri desavisado. Para entonces, decía, ya no hay tu tía. Españoles, dice la pulga, queda inaugurado este pantano.
Donde esté ese otoño morriñento, esa lluvia calma, esa niebla baja que te reconforta el alma que se quiten los veranos soleados, los estíos ferragostanos y las calimas titilantes que curvan hasta los raíles del tren. El verano es para los belgas, que miran al sol como si fuese el bicho de Alien; para los ingleses que meriendan sándwiches de alfalfa con tomate podrido; para los rusos que piensan que el sol es una moneda de oro. ¿Cuándo han visto ustedes un chino tomando el sol? Los chinos son como españoles pero a los que les altera el sol, por eso entornan los ojos. ¿O que creen ustedes, que tenía los ojos así por comer arroz? No, hombre, no. Es para que no les deslumbre el sol. Los chinos… esos sí que son tíos listos.

EL PAISAJE ESTÁ EN EL OJO DEL QUE MIRA

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A usted, Soria, que tanto le gustan los paisajes, ¿por qué siempre sale solo cuando va a pasear o a escribir, sobre esos paisajes?.
Pues verá usted, don Matías, el paisaje es aquel el espacio que la Naturaleza devuelve en toda su plenitud a la mirada humana. Y si voy siempre solo es porque un paisaje es un lienzo en el que el hombre no está presente. La presencia del hombre convierte un paisaje en un retrato, desvirtuándolo por tanto.
¿Cómo que no existe el paisaje, Soria? O sea, que si yo voy con usted esas montañas del final, que parecen tan lejanas, no existen.
No, don Matías. El paisaje está en los ojos del que mira.
¡Anda! Pues ya puedes usted explicarnos.
Verán; el protagonismo con que el hombre ocupa el espacio supera todo lo que le rodea convirtiendo siglos de transformación por el agua, el viento y los años, en un trampantojo irreal. Donde está el hombre presente los confines se confunden; el horizonte se acorta; el espacio se oscurece. Así, don Matías, aunque usted no lo crea, el paisaje es una conquista del hombre, una conquista fatal ya que, el hombre, todo aquello que conquista lo transforma en algo peor que el original. Para descubrir un paisaje, para mantenerlo en su ser, necesitamos retirar de él la figura humana.
O sea, que según usted lo que pintaba Monet, o don Vicente van Gogh no eran paisajes ¿no?
Pues algo así, don Dimas. Don Matías yo creo que me entiende mejor, pero no obstante yo se lo explico a ustedes. Verán; es el hombre, quien convierte a través de su arte (literatura, pintura, música, escultura…) una porción de tierra, el recodo de un río, una encina que recibe la plateada luz de la luna, en una obra de arte, transformando su aspecto “en bruto” en una rima perfecta, en un trazo sublime, en una novela irremplazable. En la Introducción a los Milagros de Nuestra Señora, Gonzalo de Berceo escribía:

La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árboles de temprados sabores
refrescaron me todo, e perdí los sudores;
podrie vevir el omne con aquellos olores.

En el robledal de Corpes, sobre la vega del Duero en Langa de Duero, al bajar de Castillejo, donde tanto les gusta a ustedes ese vinillo clarete, el autor del Cantar del Cid, nos explica cómo los Infantes de Lara pergeñaron su infamia en un espacio natural donde

los montes son altos, las ramas pujan con las nuoves
e las bestias fieras que andan aderredor

También nos dice que

Fallaron un vergel con una limpia fuont

Fray Luis en el capítulo «Pastor» de Los nombres de Cristo, nos narra, acerca de la «vida pastoril»:

Tiene sus deleites, y tanto mayores cuanto nacen de cosas más sencillas y más puras y más naturales: de la vista del cielo libre, de la pureza del aire, de la figura del campo, del verdor de las yerbas y de la belleza de las rosas y de las flores. Las aves con su canto y las aguas con su frescura le deleitan y sirven.

Y don Antonio, el maestro e Soria, cuando escribe a Juan de Mairena, le aclara que para él, lo campesino es aleatorio en un paisaje. Para él el paisaje es un espacio de soledad:

Nuestro amor al campo es una mera afición al paisaje, a la Naturaleza como espectáculo. Nada menos campesino y, si me apuráis, menos natural que un paisajista… El campo, para el arte moderno, es una invención de la ciudad, una creación del tedio urbano y del terror creciente a las aglomeraciones humanas. ¿Amor a la Naturaleza? Según se mire. El hombre moderno busca en el campo la soledad, cosa muy poco natural. Alguien dirá que se busca a sí mismo. Pero lo natural en el hombre es buscarse en su vecino, en su prójimo, como dice Unamuno…

Y es así, mis queridos amigos que el paisaje es una foto fija en la que el hombre, tan solo consigo mismo se enfrenta, en un solo segundo, con toda la Historia, con la Naturaleza en su máximo esplendor, con años y años de lenta transformación sin nada que le distraiga, sin nadie que le aturulle. El hombre, en su soledad, encuentra en un paisaje la mano de Dios. El paisaje, en verdad le digo a ustedes, don Matías y don Dimas que no existe. El paisaje está en el ojo del que mira.
Muy cierto, Soria. Muy cierto…

LA CALLE DE SANTA ISABEL EN MADRID

Un madrileño que se jubilase debería, por Real Decreto Municipal y si quiere cobrar la jubilación, pasarse los dos primeros años de su vida visitando la ciudad en la que ha pasado su vida. Debería ser obligatorio. Han sido tantos años viviendo la ciudad e ignorando sus calles, sus edificios, sus anécdotas, que corremos el riesgo de pasar a mejor vida (¿la hay mejor que la de jubilado?) sin conocer la ciudad en que nacimos y en la que pasamos toda nuestra vida. Ya sé, ya… que todos ustedes que me leen conocen Madrid pero, ¿es cierto?
La calle de Santa Isabel, por ejemplo. Esta calle abigarra, dentro de su trazo, conserva un mundo único dentro de una sola calle. Mercado, cine, palacios, cultura, monasterio… Historia, en suma. ¿Conocemos la calle de Santa Isabel y su entorno? Veamos.
La calle de Santa Isabel debe su nombre al Real Monasterio de Santa Isabel que se encuentra en la misma. El monasterio dio nombre a la antigua Fábrica de Tapices de Santa Isabel (pintada por Velázquez en su cuadro Las hilanderas), localizada en sus proximidades. La calle, que ofrece una caída en cuesta, va desde su zona más elevada en la Plaza de Antón Martín hasta la inferior en la Plaza del Emperador Carlos V, y discurre de forma paralela a la calle de Atocha. Más castiza, imposible.

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El Monasterio de Santa Isabel se fundó en 1593 por encargo personal de Felipe II en memoria de su hija, la infanta Isabel Clara Eugenia. La obra se adjudicó al alarife* Juan Pérez de Mora. En tiempos de Felipe V fue destinado a la educación de niños y niñas desvalidos. Este monasterio aloja la Fábrica de Tapices de Santa Isabel y se convirtió en monumento histórico a finales del siglo XX.

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Carlos III, a través de su arquitecto, Francisco Sabatini y entre 1769 y 1788, encargó la construcción del Hospital General mejorando los hospicios que había en la zona. La obra quedó incompleta. Ya se ve que, por aquellos entonces, como pasa ahora, el rey proponía y su ministro de Hacienda, disponía. En sus comienzos, el Hospital General albergó en su edificio al Real Colegio de Cirugía de San Carlos que se ubicó en los sótanos del Hospital General, en donde se habilitaron dos enfermerías para impartir la docencia.

South-east facade of Queen Sofia Museum (MNCARS) in Madrid (Spain).

En el número 22 de la calle vivía Teresa Mancha, amante de José Espronceda quien, el 18 de septiembre de 1839 murió en su casa ahogada por un vómito de sangre. No somos nadie, don José. Paciencia y a barajar…

La reina María Victoria, esposa de don Amadeo I, el de los duros de plata, fundó en la calle el Instituto Oftálmico. Se encontraba ubicado en esta calle el cuartel de Santa Isabel destinado al alojamiento de tropas de Infantería. Este cuartel fue lugar de diversas revueltas liberales, ¡Jesús, Jesús, donde iremos a parar…! durante el siglo XIX.
La calle de Santa Isabel en pleno siglo XX acababa en los muros del Hospital Provincial (antes denominado Hospital General) sin acceso directo a la glorieta de Atocha.

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En 1912 se inauguró el cine Doré, que debía su nombre, según algunos, a un afrancesamiento habitual –ya había otro con denominación similar en Barcelona- y según otros al grabador don Gustavo. Finalmente, y aún existen fotos que lo atestiguan, su nombre, en realidad, era DO-RE, en alusión a las dos notas musicales. Posteriormente se convirtió este cine en la sede oficial de la Filmoteca Española. También desde la calla Santa Isabel se tiene acceso al Mercado de Antón Martín, construido en 1934 con el objeto de regular y reunir los cajones de venta que se encontraban a lo largo de la calle a comienzos del siglo XX. Es habitual, especialmente a primera hora de la mañana, ver el desencajonamiento de la mercancía que se trae desde Mercamadrid, conformándose un atasco de tráfico fenomenal. Pasear a primera hora es oler las lonjas norteñas, visionar la mejor huerta de España y ver la descarga de vacas y terneras en canal por forzudos mozos de carga.

Antiguo mercado de Santa Isabel (1929)

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En la actualidad, y ya en la parte inferior de la calle, se encuentra la sede del Colegio Oficial de Médicos de Madrid, así como un acceso lateral al Real Conservatorio Superior de Música de Madrid en parte de las antiguas dependencias del Real Colegio de Cirugía de San Carlos. La calle de Santa Isabel, casi en su confluencia con la glorieta del Emperador Carlos V constituye el punto de acceso al Museo Reina Sofía.  Aún se mantiene en pie la fuente de Santa Isabel, obra del cantero Martín de Gortairy construida entre 1621 y 1622.

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En las proximidades a la calle de Santa Isabel se encuentra el laberinto de calles del Barrio de las Letras, con sus poetas y literatos clásicos, con sus tascas, con sus restaurantes, con sus gintoniquerías y sus caipirinherías. ¿Hay alguien que de más en tan solo unos metros de calle?
Recomendamos, para comer bien, variado y muy, pero que muy barato, la casa de comidas La Sanabresa, calle del Amor de Dios, 12. Teléfono 91-4.29.03.38

*ALARIFE: (Del árabe hispano al‘aríf, y este del árabe clásico ‘arīf ‘experto’). Arquitecto o maestro de obras.

EL DERECHO A LA DIGNIDAD

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En nuestra Sociedad pensamos (craso error) que vivimos en el primer mundo; un mundo donde no existe la injusticia, donde las oportunidades están repartidas entre todos los ciudadanos, donde se da por hecho que existen las necesidades básicas para el desarrollo del ser humano y dedicamos nuestro esfuerzo a la lucha por “una muerte digna”, curioso eufemismo para designar lo menos digno de la vida: la pérdida de esta. Pero ¿por qué hacemos hincapié en la muerte digna y no reclamamos con la misma fuerza de la razón una vida digna? Yo se lo digo a ustedes… Porque nosotros ya tenemos una vida digna. Pero… ¿Y el que no la tiene?
La Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su artículo primero dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…” Y es cierto. Entonces, ¿cuándo renuncian los ciudadanos a ese derecho irrenunciable? El refranero español, además de rico es muy claro en este sentido: Donde no hay harina, todo es mohína. Cuando no existe la base mínima de alimentación, del trabajo, de todo aquello que hace al hombre digno todo lo que le rodea se vuelve pobreza, y falta de recursos y desgracia, en suma. Y lo primero que se pierde es la capacidad de lucha, y la confianza en la Humanidad y con esa pérdida perdemos todos.
La Unión Europea ha decidido que los españoles, en tanto que miembros de la Unión Europea, tenemos que admitir una cuota –una nueva cuota- de migrantes hacia nuestro continente. Una emigración que, salvo la que proviene del centro y del sur del continente americano, no debería afectarnos. Los emigrantes, en tanto que pobres y desorientados, sólo tienen un recurso afectivo que es el mayor nexo de unión entre personas: el idioma. Los emigrantes africanos, casi todos francófonos, quieren emigran a Francia, Bélgica, Mónaco… y preferirían este destino aunque –a la fuerza ahorcan- no desdeñarían cualquier otro donde exista la posibilidad de ejercer un trabajo en libertad, que suele ser su meta y su sueño.
Esta nueva cuota nos va a obligar a hacer un esfuerzo mayor, no solo para admitir esta emigración, sino para ofrecer a los migrantes un mínimo de calidad de vida. Cuando ingresamos en la Unión Europea admitimos unos derechos, disfrutamos de unas ayudas económicas para países emergentes y, con nuestro esfuerzo –todo hay que decirlo- conseguimos ponernos, rápidamente, al nivel que merecíamos. Ahora nos toca hacer el esfuerzo a nosotros y no vale pensar que derechos, sí; pero obligaciones, no. Nuevamente el refranero es terco y sabio: hay que estar a las duras y a las maduras.
El emigrante no es un turista. La emigración siempre es una derrota: una derrota propia y una derrota colectiva de la Sociedad. Si, además, esa Sociedad tiene problemas endémicos de hambrunas, de falta de agua, de guerras intestinas y/o religiosas, de pandemias, la derrota es de todos; la derrota es de toda la Humanidad.
¿Qué estamos nosotros dispuestos a hacer por los demás? ¿Vamos a cerrar, nuevamente, los ojos? España ha sido, no hay más que recordar a esos gallegos, a esos vascos, a esos asturianos y cántabros de caserones indianos, a esos españoles de cualquier otra región, un país de emigrantes. Todos recordamos esos viejos reportajes del NO-DO con el españolito de turno transportando una pequeña maleta de cartón atada con una cuerda, la bota al hombro y el bocadillo envuelto en el Marca, tomando el tren sin saber si había vuelta atrás y dónde se iba a meter. ¿Ya no nos acordamos? Algunos dicen, y es verdad, que esos emigrantes españoles iban con todos los papeles en regla. Bien; es cierto. Entonces, ¿es tan solo un problema de papeles?
En España, según el Instituto Nacional de Estadística, un 22,5% -2 de cada 10 españoles- se encuentra en riesgo de pobreza, en peligro grave de miseria. ¿Saben ustedes, según esta encuesta, ¿qué se considera materia de carencia severa? Pues puede decirse que la sufre una familia española que cumpla cuatro de estas nueve condiciones:

1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año, algo que le ocurre al 45% de la población, con los datos de 2013.
2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días (3,3% de los españoles).
3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada. (11% de hogares).
4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (42%).
5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses. (10%)
6) No puede permitirse disponer de un automóvil (6,5%).
7) No puede permitirse disponer de teléfono (6,9%).
8) No puede permitirse disponer de un televisor.
9) No puede permitirse disponer de una lavadora.

Imagínense, cuántas de estas nueve condiciones, les faltan a los inmigrantes que la Unión Europea va a entregar a España como cuota.
Debemos estar preparados para ver situaciones como la que me ocurrió, no hace mucho, en la ONG donde trabajaba hasta mi jubilación: Un ciudadano de etnia gitana reclamaba prioridad sobre el resto de personas que esperaban una ayuda. A fin de cuentas él era español, decía. Cuando se le hizo ver que esto no era imprescindible para las ayudas, ni que le daba mayor derecho que a otros, se enfadó. Un emigrante africano se acercó a él y le dijo: mire usted, yo en mi tribu soy un príncipe. Ahora vivo de comer lo que los demás echan al contenedor. Pero la dignidad de la persona está por encima de todo.
Ayúdennos, por favor… Sean ustedes dignos del ser humano.