MÓNICA, TE QUIERO…

A

Esta mañana, como hago cada día, he caminado profusamente las calles y plazas de este albañal que llaman Madrid. He vuelto triste. No se preocupen; no. No me ha intentado asesinar ni violar un títere municipal; no. He vuelto triste porque cada mañana leo en un árbol la crónica amatoria, la epístola sexual de anónimos muchachos y muchachas que, con una pequeña navaja o la llave con la que abren su corazón al amor, plasman en el tronco añoso, lleno de nudos y desnudo de corteza de un platanero en la estación de Chamartín. Desdeño, por vanos, los mensajes políticos, las cruces gamadas o las bascas de la gentuza que insulta o veja a cualquiera o por diversos motivos. No; yo solo leo los mensajes tiernos, los mensajes de amor. Esos mensajes juveniles que, el tiempo que todo lo cura, devuelve a la cruda realidad cuando menos se espera. Gonzalo x Eva; Mónica, amor mío, te quiero, dice un anónimo amante… Este es mi mensaje favorito. Lo es, o lo era.
Hoy, en mi mensaje favorito, después de varios meses he visto una ampliación que me ha dejado las carnes heladas. Mónica, amor mío, te quiero. Así de sencillo. Pues bien hoy, la misma persona ha añadido la siguiente frase: dar por el culo, por cabrona y por golfa. ¿Qué le ha podido hacer Mónica al amante para añadir esta barbaridad? ¿Qué ha cabreado tanto al amante para poner a bajar de un burro a su, hasta ayer, idolatrada Mónica? ¿Tiene razón el amante o, por el contrario, es un celoso desmedido al que la chica ha dejado por otro o sin que exista otro que de todo puede haber?
El amor, dicen, es algo que se pasa con el tiempo. ¿Y por qué es así? Pues es así porque enamorarse es disfrazar al otro con lo que nosotros necesitamos. Y este engaño que nos hacemos lo convertimos en una exigencia hacia el otro, lo que es intolerable para la pareja. Así de sencillo. Porque tras el enamoramiento siempre, mal que nos pese, viene la realidad. Y ahí es donde hay que estar preparado y ojo avizor para acometer ese momento y no frustrarse con la cruda realidad. Ni el príncipe es siempre de color azul ni la mujer diez deja de ser –como el príncipe, por otro lado- impuntual, perezosa, vulgar o, lo que es peor, una persona normal, con sus pocas luces y sus muchas sombras, alejada de la idealización que uno se ha hecho de ella, o de él. Lo demás, se quiera o no se quiera, es tocar la ocarina de oído.
Algunas parejas, y no es el caso de la de Mónica y su cabreado amante, logran pasar de la fase de enamoramiento a la del amor y es entonces, cuando comienza lo bueno; lo real, no lo ficticio o lo que uno se ha imaginado, sino lo auténtico. Se pasa de una fase pueril o cuasi infantil –idílica e irreal- a otra plena donde el amor se vuelve generoso, gratificante, maduro y placentero. Se vuelve, en suma, pleno. Y ahí es donde se disfruta del amor.
¿Está usted seguro, Soria?
Pues no lo sé bien, don Dimas, pero a mí particularmente me gustaría que fuese así. ¡Qué quiere usted que yo le diga!
No, hoy no he podido finalizar mi paseíto con esa pizca de felicidad que me da el leer los mensajes optimistas, enamoradiscos y casi infantiles de los jóvenes que buscan, en la oscuridad de la alameda de la estación, ese momento ya tan lejano para este escribidor en que armado de una navajilla rascaba sobre uno de los negrillos que había a las afueras del pueblo donde veraneaba, grabando el nombre de aquella muchacha que vendía la leche o de aquella otra con la que soñó aquella calurosa tarde durante la siesta.
Mónica, te quiero, decía el mensaje antes de que el cafre del amante, cabreado y violento, haya prostituido ese amor que parecía eterno y que, hoy, desgraciadamente, ha dejado impreso en el árbol como una puñalada en el corazón de todos los que pasamos por el lugar. Ni nosotros merecíamos eso ni el cabestro de la navaja merece el amor de Mónica ni de tantas mónicas que por el mundo adelante caminan.

TRES REFRANES

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Don Heraclio Olmedilla de la Calva, funcionario del Instituto Nacional de Previsión, Dirección de Madres Solteras en Pecado Mortal, está casado con doña Remigia Matamala Tritón, de profesión sus labores quien le ha dado tres hijos que da gloria de verlos. Los hijos de don Heraclio Olmedilla de la Calva, funcionario de primera y de doña Remigia Matamala Tritón, sus labores, se llaman Heraclito, el mayor, que es clavadito a su padre, Segundito, el segundo –su padrino era un hombre muy cabal acristianando ahijados- y Marcelinita, la niña que hacía tercera en la línea sucesora y que heredó el nombre de la abuela paterna. El Heraclito estudiaba Ciencias Empresariales y el Segundito Delineante. La Marcelinita, como era joven todavía, estaba con el bachillerato, aunque mostraba ya maneras de ingeniero de varias mañas distintas.
Don Heraclio Olmedilla de la Calva, cuando el milagro económico español, se compró un seiscientos, y un televisor Marconi con filtro de tres colores, pagados con letras de cambio. También se compró un piso en San Fernando de Henares –antes del Jarama- y una plaza de garaje. Don Heraclio, eso es cierto, tenía más letras que el brazo de un legionario pero, pasando el tiempo y pagando una a una todas las letras, juntó un capitalito que le permitió cambiar el piso por un chalet en Pozuelo de Alarcón, que por aquellas calendas, se construyó en una era de trillar trigos, cebadas y otras gramíneas menores. Los madrileños, de golpe, sintieron una especie de furor por el campo y la vida salvaje y aventurera y poblaron -como los extremeños la Baja California- Pozuelo, Aravaca y Majadahonda. Esto es vida, se decían, y menudo aire más sano que se respira.
Pero una tarde Heraclio hijo y el Segundín se plantaron y le dijeron a don Heraclio que eso no era un chalét sino una casa baja y que no tenían, como sus amigos, ni piscina ni pista de tenis. Don Heraclio, que se bañaba, como buen católico, de Pascuas a Ramos, lo tomó a broma, pero no; no lo era. Doña Remigia influyó para que los nenes, que ya salían con dos señoritas de la urbanización –urba, decía ella- de muy buena familia. La del mayor, era título, decía doña Remigia y la del menor es Fifita de Puturruá Lasagne, hija de los señores de Puturruá Lasagne nada menos, que trabajaban de administrativos en la embajada de la France. Don Heraclio (a la fuerza ahorcan) acabó transigiendo y, en lugar de liarse a palos con todos que es lo que hubiera hecho un hombre sensato, vendió la casita y se compró un chalet con una hipoteca a cuarenta años.
Heraclito se casó con el título –nunca sabremos si era título, subtítulo o mote, pues no consta- y tuvieron tres niños: Borja, Pelayo y Cayetana y el Segundín lo hizo también con Fifita y tuvieron dos hijos: Bosco, como el cura y Mencía, como las uvas del Bierzo. Don Heraclio les pidió que, al primero de sus hijos le dieran el nombre de Heraclio ya que tanto él, como su padre y su abuelo se llamaron así.
No, papá. Heraclio es un nombre tabernario. Suena a baraja sobada y a calendario vintage de albañiles y ferroviarios.
Don Heraclio, que no sabía qué era eso de vintage, juró en arameo y se preguntó qué habría hecho él para tener dos camándulas como aquellos pero, según le dijo doña Remigia, habría que ofrecer un padrenuestro por tres avemarías. Nunca entendió, don Heraclio qué tenía que ver tanta letanía con la idiotez de sus vástagos.
Menos mal que nos queda la Marcelinitaa que no se anda con las tontadas de sus hermanos.
Eso, Heraclio. Confiemos en que ella sea más sensata.
Las dos bodas de los mayores las pagó don Heraclio con una ampliación de la hipoteca. También (nobleza obliga) pagó la entrada del chalet de ambos y, cuando ya no le quedaban más ingresos que su salario y las pocas rentas que le daban sus inversiones en bolsa se dio de manos a bruces con madame jubilación.
Eso es la gloguia, le dijo Monsieur Puturruá, mon ami Hegaclio. Ahoga puede jugag a la bolsa pego no como vous juega sino aguiesgando paga sacag les plus beneficios a l’Etat.
¡Qué me dice mesié Puturrá! ¿Usted tendría a bien asesorarme?
Natugalmente, paga esos somos familia ¿no le paguece?
Güi, mesié, dijo don Heraclio frotándose las manos. Sus ojillos brillaron con la codicia, esa llamita que prende en el corazón del jubilado, ora ante el cartón del bingo, ora ante el IBEX35.
Don Heráclito hizo caso a Monsieur Puturruá y vendió todos sus activos y los reinvirtió en un fondo buitre americano que invertía en constructoras españolas. España entera estaba en obras y las constructoras eran un valor serio y seguro ya que, según decía su consuegro dentro del PIB español la construcción soportaba un peso del 17,9% nada más y nada menos.
Don Heraclio, doña Remigia y la niña Marcelinita, una vez celebradas las bodas y tras su primer mes de jubilación, salieron de viaje a Roma donde querían dar gracias al Santo Padre por la bendición apostólica que les envió para la misa de ambas bodas. En la plaza de San Pedro Marcelinita se ligó con un alemán muy guapo que estaba haciendo un Erasmus en Roma. Mientras sus padres visitaban al Papa ellos jugaban a papás y mamás y, como resultado de la experiencia, les dejó un recado en el hotel, avisando a sus padres que se iba a vivir con Gunter, que así se llamaba el adonis germánico y que no se preocupara ya que, al primer fruto del matrimonio le llamarían Herr Heraclio.
A doña Remigia hubo que darle a oler sales y a don Heraclio hubo que atarlo a la pata de la cama pues quería iniciar la tercera guerra mundial. ¡Su Marcelinita!, decía. La última esperanza blanca para retomar el sentido común de su casa se desvanecía como un terrón de azúcar en el café con leche.
¿Qué le vamos a decir ahora a nuestras familias?, le preguntó Heraclito, que se había erigido en portavoz de la honra familiar. ¿Tú crees, padre, que vamos a poder decir a mi familia, que es título, que nuestra hermana se ha marchado con el primer alemán que pasaba por Roma?
Los padres, vía teléfono, amonestaron a la Marcelinita y la dijeron aquello de hasta aquí hemos llegado, o vuelves a casa y te olvidas del alemán o quedas excluida de la herencia. La Marcelinita que no estaba para amenazas les dijo que sí, que vale y que hasta luego que tenía que hacer la compra y colgó el teléfono.
Mientras estaban en Roma y dado que aquello de que Dios aprieta pero no ahoga, es solo un refrán de los tres que se encuentran en esta crónica, en los Estados Unidos se enteraron de que las subprimes, no eran primos segundos o primos monguis, como don Heraclio pensó, sino unas hipotecas de alto riesgo que, en un momento dado, hizo que los bancos se acongojaran y dejaran con el bullarengue al aire al sistema financiero americano y, por ende, al español. La burbuja inmobiliaria hizo ¡cataplás!, y don Heraclio, y el resto de Heraclios de este país que aún se llama España se fueron al garete, que es una forma fina de no decir al carajo. Don Heraclio se quedó en pelota y no pudo pagar, por primera vez en su vida, la letra de la hipoteca. Tampoco la segunda, ni la tercera, ni las siguientes. El banco le llamó a consultas y le dio de plazo setenta y dos horas para formalizar la deuda o, sintiéndolo mucho, pero que mucho, mucho, le ponía de patitas en la calle, sin piso y con la deuda por pagar.
Don Heraclio reclamó ayuda a sus dos hijos y el mayor, como era de esperar le dijo que nones. Que se apuntara a las mareas verdes que hacían piquete frente a Bankia y pidieran la dación en pago. El Segundín disimuló un poco y alego falta de espacio para recogerlos y que, si el mayor, que para eso era mayor no le alojaba no lo iba a hacer él.
Abrevie usted, don Dimas, que se acaba el folio.
Voy, no empuje
Don Heraclio y doña Remigia acabaron, como era de esperar, alojados en casa de la Marcelinita y del alemán. El Heraclito, perdió el trabajo con cincuenta y ocho años. La del título le puso la maleta en la puerta y al Segundín le abandonó la francesa cuando a sus padres les trasladaron a la Guayana. Ahora viven de la renta de inserción y de unos euros que la francesa, manda, desde ultramar, para que no reclame a los hijos.
¿Cría cuervos y te sacarán los ojos?
No; quien a hierro mata, a hierro muere.
¡Qué tío, don Dimas! Mire que es usted vengativo.
Pues sí señor. Qué le vamos a hacer.

PESCANDO EN EL RÍO ACEÑA

PISCINA

Las aguas del río se escurrían calmosas hacia la poza de los Frailes. En su restaño un verdín con olor y color de verdín servía de pista de aterrizaje a la libélula de mil colores y transparencias. Las moscas, las cansinas moscas, zumbaban alrededor de la cabeza del pescador quien las espantaba con una mano mientras vigilaba, como si la fuera la vida en ello, la boya de color fosforescente que permanecía estática por la ausencia de corrientes. Liberada de su cárcel de lotos y juncos una trucha subía y bajaba buscando su condumio sobre la raya de agua y ajena al cebo del pescador. El sol; un sol de justicia, un sol plomizo y asfixiante freía, más que calentar, los lagartos y lagartijas que dormían sobre los ardientes cantos rodados de la orilla. En un prado cercano las vacas mordisqueaban las escasas hierbas. Debido a los picotazos de los tábanos, de vez en cuando, una vaca movía enérgica su cabeza haciendo sonar el esquilón. Un sonido hueco, metálico, que retumbaba en la paz de la charca. En el prado, la hierba verde estaba tachonada de fresca manzanilla. La manzanilla, ese aromático botón blanco y amarillo, se ha recuperado desde que está prohibida su recolección. Más allá de la pared de piedra que separa la poza del prado las jaras gotean su resina y la escasa brisa que viene del pueblo trae aromas de la oleorresina, ese aroma tan característico y parecido al ámbar gris que exudan sus leñas. Tras las jaras; robles, castaños, abetos y, entre el bosque y la pradera el piorno, la retama, los aromas del brezo, del cantueso, el enebro y la gayuba. El helecho, la jara, el majuelo de frutos rojo-anaranjados, el romero, y el tomillo. Todo ello en forma abundante y fresca como el hontanal que lo riega. El pescador, por un momento, se ha dormido. Ha cerrado los ojos ofendidos por el solazo del mediodía. A lo lejos, sobre el montecillo que llaman san Benito unas nubes se van formando. Al principio son unos hilos blancos que, por la ausencia de viento, se van uniendo y formando caprichosas formas que, ora son una oveja, ora un Cupido y, finalmente, un botijo o un porrón, nunca se sabe. Se acerca la hora de comer y de la carreterilla que acerca el pueblo baja un automóvil. Es un automóvil grande, quizá incluso se trate de una camioneta. Sí, si… es una camioneta roja, algo destartalada. Trae un montón de gente. Son chiquillos, por la algarabía. También alguna abuela que baja de forma muy cómica y dificultosa ayudada por las nueras. Los chiquillos llevan un gran flotador. Es una cámara del camión hinchada y repleta de coloridos parches por toda su superficie. Se podría decir que el reciclado flotador lleva miles de baños aguantando su segunda vida. Las mujeres han organizado, en una sombra amplia del pinarillo, un comedor. Con las sillas de tijera, unos tableros de madera y una borriquillas de empapelar. Están bajando un sinfín de bolsas y neveras. Neveras blancas y azules que estarán, con toda seguridad, llenas de cervezas, de vino, de refrescantes y grandes trozos de hielo. Los niños se lanzan, como si les fuera la vida en ello, a la poza salpicando y espantando las truchas al pescador que, bastante tiene, con intentar que ninguno se pinche con el anzuelo. Los muchachos se lanzan de cabeza, los más pequeños arrastran el culo por las piedras y, las niñas, miran arrobadas cómo sus primos hacen el cafre. Algunos padres han saltado la valla del prado y se han dirigido hacia el jaral. Han cortado algunas ramas y vienen jurando en arameo por la pegajosa resina. Los abuelos llevan un pañuelo con cuatro nudos a la cabeza y, entre ambos, han reunido leñas y piñas para hacer un fuego. Las abuelas están lavando, con arena y agua en la orilla, la paellera. Una paellera gigante, negra y muy brillante en su interior. Los padres dan fuego a la leña y comienzan a preparar el sofrito de la paella. Uno de ellos corta en trozos un pollo y un conejo mientras el otro va echando al fuego madera de la jara porque, dicen, da buen aroma a la paella. Mientras el pollo y el conejo está sofriéndose corre, de mano en mano, una bota de vino. Algunos dejan caer una pequeña porción sin entusiasmo. Los abuelos, en cambio, atornillan con fruición el pellejo hasta sacarle el espíritu. Al poco rato un aroma característico, un aroma que trae el olor de la paella impregna todo. Un olor que levanta cadáveres. Las madres, mientras los padres llaman a los niños, hacen grandes varias ensaladas de dos clases: las unas mixtas, con su tomate, sus huevos duros y su escabeche de bonito; sus espárragos gordos y blancos y abundantes hojas de lechuga. Las otras tan solo llevan lechuga. Se conoce que algunos son más remilgados que los otros. Después de la comida sacan de una nevera una sandía gorda y verde como un balón de fútbol. Desde donde está el pescador se podría escuchar cómo raja cuando la madre clava en sus tripas el cuchillo como un japonés haciéndose el harakiri. Después de los postres la familia se ha calmado en su algarabía. Ya no gritan, ya no hablan a voces. Algunos, los más mayores se han dormido sobre la mesa. Otros están en un corro hablando en voz baja para no despertar a los que duermen y, los niños, mientras aguardan a hacer la digestión cazan mariposas y ranas; renacuajos y mariquitas. Los más ágiles, lo intentan con los saltamontes. El pescador da una cabezada y se despierta sobresaltado. ¡Qué raro!, se dice… vaya sueño que he tenido, piensa para sí, pues no estaba soñando en una excursión familiar al río. ¡Qué cosas…!

MERLÍN, EX MAGO

Cuando el paladín francés Guy Andouillette de Boeuf a la Bourgignon cabalgaba su caballo bayo camino de las justas, las damas –nobles, viudas, casadas y solteras medio virago- salían a cantar sus loas y canciones de ánimo.

Y si no se le quitan bailando,
los colores a la molinera…

Merlín el mago, que por aquellos entonces ya se había retirado de la magia y había puesto una mercería parisién en Chartres, en el departamento de Eure y Loir, semiesquina a París, cogía puntos a las medias con mucha fruición.
¡Qué tío el Merlín!, decían las señoras que le llevaban las medias para coger puntos. ¡Cómo suelda! Las medias, como es fácil colegir, por aquellos entonces, no eran de nylon, sino de plomo, con lo que la raya de en medio, la que parte el dos los jarretes de las señoras, había que soldarlas muy lentamente y con mucho pulso. ¡Qué tío!, cómo me ha dejado los panties, decían, y con una laña solo…
Viendo que el negocio flojeaba y lo bien que se le daba lo del estaño y el reparar paraguas se hizo afilador-paraguero y se recorrió toda Bouglonge sur Mer con su ocarina reparando alambiques para hacer orujo de sidra, que allí llaman calvados y, también, abriendo cinturones de castidad para las viudas que, al perder el marido, no recuperaban la llave. Entonces, claro, no había costumbre de devolver la llave, como las chapas identificativas de los marines.
Abrir cinturones de castidad es fácil. Se puede hacer con una radiografía. Pero, claro, por aquellos entonces no se habían inventado las radiografías. Lo difícil suele venir después. Una vez abierto el cinturón de castidad es como abrir la caja de Pandora. La dueña del cinturón explotaba como el Besugo.
¿Será el Vesubio, don Dimas?
Usted perdone, pero es que como se está haciendo la hora de comer, ya sabe…
Siga. Siga.
Una tarde, en que el calor apretaba y la humedad relativa del aire, según dijo Brasero en Antena 3, subió hasta el 97 por ciento, Merlín loqueó chocheando, como quien no quiere la cosa.
Hay que ver, sire, le dijo sir Gareth de Orkney, a Lanzarote del Lago, que era natural de Madrid, cómo se ha quedado el pobre Merlín. A poco más dobla la servilleta.
Oiga, don Dimas, ¿de dónde se sacó usted que Lanzarote era de Madrid?
¡Anda! Y de donde iba a ser. Era madrileño y había nacido junto al Batán, por eso le decían de El Lago.
Bueno, si usted lo dice. Continúe, por favor.
Eso. A ver si me deja. Pues bien, como le decía don Lanzarote le dijo: no le extrañe a usted, don Gareth, ¿sabe usted cuántas responsabilidades y qué cosas tan importantes tienen Merlín en la cabeza? A fin de cuentas son muchas las señoras que han gozado de sus mañas y de sus consuelos.
Cuando se le pasó el caloret, que decía doña Rita, la Apandadora, puso en Madrid un negocio con los chicharros y las sardinas que, por aquellos entonces, aún llegaban a la capital en carros de mano cubiertos de nieve de Guadarrama. Lo llamó Pescaderías Coruñesas y, todavía hoy venden junto a los Cuatro Caminos, sus pescados y mariscos. En paralelo le compró la panadería a Pio Baroja, que ya había decidido darse de alta como socio del Real Madrid y escribir libros de cuentos y sucedidos del País Vasco. ¡Cómo era don Pío! Siempre con su boina negra, su batín de boatiné y sus guantes sin dedos.
¿Usted le conoció?
¡No le habría de conocer! Fue cuando su hermana Carmen se casó con el editor Rafael Caro Raggio, en cuya boda estuvimos los tres amigos de siempre.
¿Don Dimas, don Matías y Soria, el del blog?
Quite, hombre, quite… Merlín, sir Lanzarote del Lago y José María Aldea.
¡Ah! Usted perdone es que, como me cambia usted de tercio sin dar pases de pecho, no sé cuando comienza una tanda y acaba la siguiente.
¡Anda!, que taurino me ha resultado usted, don Matías.
Pues sí ya lo ve. Uno, que en esto de la Tauromaquia tiene su corazoncito echado a espadas ¿Y qué fue lo que pasó en aquella boda.
Pues lo que pasa en todas. Yo le refería eso para hacerlo ver que sí que conocía a don Pío, así como a su sobrino Julio Caro, que nació del enlace al que asistimos y que, curiosamente, parecía más viejo que el tío.
Eso sí que es verdad, a don Julio, como era antropólogo parece que se le quedó cara de viejo. Parece que no pero esto de los oficios se pega a la cara como la de los perros a sus dueños.
Bueno, vamos a ver si yo me aclaro… ¿Cómo acabó, entonces, lo de Merlín el mago?
Pues como acaban casi todas estas historias. Se entregó de lleno a la Ginebra hasta que se cruzó por el camino Lanzarote, entonces Arturo…
¿El de la CEIM?
¡Qué coño!, el de la Tabla Redonda.
Perdone, hombre, perdone, estaba disperso…
Pues Arturo expulsó a Lanzarote y murió del disgusto. Ginebra, que llamó a Merlín para que le aliviase del cinturón de castidad se lió con Merlín y se marcharon a Torremolinos, donde pusieron un bar que llamaron Birra’s Corner Pub.
Bueno, don Dimas, que lleva usted ya folio y medio y le va a reñir Soria.
Vale, vale. Hasta mañana. ¡Qué cruz! Ya no le dejan a uno ni expresarse con entera libertad…

MANOLÍN, EL DEL DALE-QUE-TE-PEGO

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La ciudad de Madrid vive bajo un manto sucio de polución y ruidos. Un manto que, en su centro histórico, es casi perpetuo. Ayer, don Dimas, don Matías y Soria, el del blog, lo sufrieron de primera mano. Aunque, en buena lid, hay que reconocer que también lo disfrutaron. Eso sí tuvieron suerte de que Manolín, el del dale-que-te-pego no estuviera activo.
Manolín el del dale-que-te-pego, al decir de don Matías era un muchacho algo crecidito ya para esos menesteres en los que se entretenía, día tras día y hora tras hora; masturbarse como un simio de la Casa de Fieras del Retiro a plena luz del día y tras el parapeto entornado de su balcón. Al parecer, Manolín el del dale-que-te-pego, gastaba un magué que no quiera usted ver. Algo así como un brazo de gitano con su azúcar glass y todo. Se conoce que, en cuanto músculo, al hacer ejercicio se potencia éste y Manolín el del dale-que-te-pego lo ejercitaba de una forma desaforada y contínua. Vaya usted a saber… El caso es que Manolín, el del dale-que-te-pego polucionaba sobre las tranquilas y desavisadas cabezas de los paseantes que, del bar El Abuelo a las Bravas y de estos a las tabernas de la calle de la Cruz, tapeaban con toda calma.
¡Anda!, ¿y esto?, se preguntaba un afectado extrañado.
Ya sabe usted, cosas de la polución. Sí, sí… la polución. Menuda polución…
La Historia en general y la Historia Sagrada en particular no explican nada de esto. La Historia en general y la Historia Sagrada en particular no explican nada de esto como no explican bien y claramente el motivo por el que Gomorra sufrió su desaparición. Los sodomitas, todos lo sabemos se dedicaban a las sodomías propias de su sexo y condición, como su propio nombre indica. Había sodomitas que tenían hasta desprendimiento de retina en el ojo del culo de tanto practicar pero ¿qué hacían los gomorritas? ¿De qué se les acusó? Hay cosas, decía el padre Braulio, que es mejor no preguntarse. Pues va a ser eso.
Manolín, el del dale-que-te-pego se entregaba en cuerpo y alma a aquello de que el buey solo bien se lame, sin tener en cuenta al Ecclesiastés: ¡ay del solo, que si cae no tendrá quien le levante! Pues bien, Manolín, el del dale-que-te-pego se levantaba el solo sin necesidad de ayuda. ¡Y lo que levantaba, verdad doña Úrsula.
Ya lo creo, Jesús, Jesús, qué manera de echar a perder aquello que dio Natura. Y luego decía Séneca que ningún bien se disfruta en soledad. ¡Qué yerro tan grande para un clásico!, ¿verdad doña Sole?
Y tanto, mi querida amiga. Y tanto.
El caso es que los tres amigos salieron bastante airosos y sin mácula para sus pelos o ropajes del cruce de calles. De las bravas –antes habían estado en Casa Revuelta comiendo bacalao- marcharon a la casa de comidas La Sanabresa, en la calle del Amor de Dios. Allí, al ver en el escaparate un cartel que decía: Hoy, cocido completo, se tiraron de cabeza a su interior. Pero el hombre propone y Dios dispone. Don Dimas, tras estar ya ocupando una mesa decidió cambiar a otra y Soria, el del blog, decidió que en lugar de cocido había que cambiar al codillo asado. Un error, como más tarde se comprobó. No porque el codillo estuviera malo, sino porque el cocido era de categoría. Mala suerte y barajar.
De allí y tras un paseíto que les llevó hasta Jesús de Medinaceli y vuelta por la calle de las Huertas, decidieron tomar una copita de Ojén en un velador de la plaza de Tirso de Molina. La plaza, no hace tanto, se recuperó de sus ilustres moradores con la llegada a la alcaldía de Botella, la del inglés por fascículos, y sus puestos de flores. Ahora, con la llegada de los de Podremos –de podredumbre, claro- han vuelto los borrachos, con sus botellas tiradas por el suelo, sus escandaleras, sus vomitonas y sus orines a plena luz del día en medio del mobiliario urbano. Será por eso que la plaza perdió el nombre de Progreso.
Seguramente, don Dimas.
Un nuevo paseo para que don Matías rebajase sus índices de azúcar y don Dimas se explayase convenientemente con el diputado Cantó, el que se quedó tonto con las collejas de Amparo Baró, nos llevó hasta la Puerta del Sol, donde no hay borrachos, ni bares. Tan solo pequeños sudamericanos embutidos en trajes de personajes de Disney, de los dibujos animados, de las series de televisión. Parece como si alguien hubiera dado vida a un tebeo. No hace tanto, lo vimos en youtube, se pegaban Mickey Mousse y Bob Esponja por un espacio de la plaza. Debe de ser algo común. Ahora también se pegan los de la Comunidad con los del Ayuntamiento por un quítame allá esas placas y monumentos franquistas. Y es que, donde no hay mata, no hay patata.
La tarde se fue apagando, como la sed de los tres viejos y, conforme se retiraban los últimos rayos de un sol extraño y forastero para esta época, los tres abuelos volvían para sus descansaderos. El uno a Las Tablas, el otro a Vasmojado de Cerveza y el último… ¡Ay, el último! El último tenía visita soriana en casa y tuvo que ir a buscarla al coche de línea.
Hasta la próxima, don Dimas. Y ya que se queda usted dando un paseo, tenga cuidado, le dijo don Matías. Esta es una hora muy mala para pasear por la calle de la Cruz. Manolín, el del dale-que-te-pego acaba de merendar y no sabe a qué dedicar, como José Luis Perales, el tiempo libre.

EL CUBISMO, ESE SENCILLÍSIMO Y QUINTAESENCIADO ARTE

Rossy de Palma La Ley del Deseo

Cuando se compró la dentadura nueva, a don Matías le pareció que el castañeo de los dientes era algo excesivo. Era, claro, por los nervios y la falta de práctica al hablar, pero es verdad que era lo más parecido a Sara Baras encima de un cajón. Oiga, ¡qué forma de zapatear con los piños!
Yo soy, decía, la salud y la vida, la elasticidad en la mandíbula y la elegancia en el rictus. Bienaventurados los mellados, los que tienen la boca como una gallina, sin un solo diente, porque de ellos será el paraíso de las sopas y las cremas de zanahoria.
¿A usted no le gustan las sopas y las cremas de zanahoria?, don Dimas
Pues no señor. A servidor, como tiene dientes y hasta muelas, aunque no juicio, prefiere los tacos de jamón, aunque sean del bueno, y las almendras sin pelar, para cascarlas, con perdón por la forma de señalar, con los dientes. Y, ya al paso, el torrezno de Soria, con su piel churrascada y su veta firme y dura como el seno de una núbil señorita.
Oiga, usted lo que es es un marrano como la copa de un pino.
Pues sí señor, y a mucha honra. Pero usted, y mal que le pese, desde que se ha comprado esa dentadura parece al cantante de Los Tarantos cuando pide un vino.
¿A usted nunca le ensañaron que no está bien reírse de los defectos de los demás?
Pues no señor. A mí, lo que me enseñaron en la escuela de Alcorcón fue la geometría del azar y la filosofía del tiento. Usted esto no lo entenderá porque son habilidades propias del intelecto cosa que, por lo visto, aún se le resiste.
Oiga, don Dimas, y usted que sabe tanto… Me podría informar de lo que es un tomín.
Pues no. Yo gilipolleces no contesto. Además, seguro que lo ha estado mirando hoy en el diccionario para hacerse el chulo y el intelectual en el blog de Soria.
Sí, es verdad. Con usted no hay quien pueda. Me tiene cogida la medida. ¿Y las gandumbas?
En el bar Casa Gandul se toman muy buenas raciones de gambas a la gabardina. También zarajos de Cuenca y huevos rotos. Los huevos rotos de Casa Gandul son tan famosos que el propietario se ha hecho unas tarjetas de visita que dice así:

Manuel Canchales Fernández
Propietario
Bar Casa Gandul
Huevos frescos. Del culo a la boca

Es lo que tiene el marquétin, don Matías, que una frase ocurrente, bien dicha en el sitio preciso, se vuelve viral.
¿Cómo la gripe?
No, hombre. ¡Qué coño tiene que ver la gripe con los huevos de Casa Gandul?
Como dice usted que tiene virus. En el diccionario dice que viral es relativo a los virus.
¿Y usted cree que el diccionario es como el oráculo de Belfos?
¿De quién?
De Belfos
¿Será de Delfos, no?
Bueno, si se lo ha traspasado, ahora será de Delfos. ¿También me tengo yo que saber quién compra los bares en su barrio?
¿Está usted, entonces, de acuerdo conmigo, en que el cubismo es un movimiento que rompe con las leyes de la perspectiva clásica y descompone los objetos de estructuras geométricas?
Pues ahora que lo dice…
Se lo digo porque resulta que antes, una señora como Rossy de Palma era un callo malayo y ahora resulta que es una belleza cubista.
Me temo que sí.
Pues en ese caso, don Dimas, yo creo que el sencillísimo y quintaesenciado arte de la pintura cubista es una reiteración en el distorsionado mundo de la plasmación.
Ahí tiene usted razón, ¿ve? Y yo, cuando uno tiene razón siempre se la doy.
Muchas gracias, don Dimas. Por cierto ¿quiere usted decir algo antes de despedirse?
Pues sí, claro que quiero. Quiero añadir que el fracaso del marxismo no puede justificar una dictadura de los mercados, pero el fracaso del capitalismo salvaje no justifica, tampoco, la llegada de un marxismo salvaje.
Lo ha bordado. ¿Y mañana qué?
Huy mañana… Mañana tenemos títeres. Don Dimas, don Matías, Soria el del blog… La puerta del Sol. Y miralá, miralá..
Pero esa era otra puerta
Pues seguro que esa otra también la abrimos.

DON ROSENDO CARUDEL, DE PROFESIÓN SUS LIGUES

Seat600E-4

Don Rosendo Carudel tuvo amores, en el pasado, con una telefonista que gastaba medias de la color de la primavera. Esto del color primavera no me lo inventé yo, don Matías, por mucho que don Dimas, por aquellos entonces aún en Nuñez de Balboa, diga que esto es así. De eso nada, don Rosendo Carudel, que gastaba pintas de burrero por el arco de sus piernas, tenía, además de la labia precisa para ligarse telefonistas, capacidad de enchufar familiares en la empresa donde trabajaba.
Rodríguez, un secretario pequeñito y bastante chulesco, tocaba la bandurria en la orquesta de la Casa de Aragón y daban conciertos en otras casas regionales. Cuando Rodríguez y sus compañeros de orquesta se barruntaban tomatazos y abucheos finalizaban su interpretación tocando una pieza cuya letra decía así:

Por treinta cochinos reales
ninguna banda puede hacer más.
Paraban panchún paraban pam pam…

Otro de los secretarios –tampoco viene a cuenta aquí decir su nombre, porque don Matías se mosquea- se aliviaba los picores del bajo vientre con la vibradora de los paquetes de los folios. ¿Qué le parece?
¿Y le daba gusto?
Pues así parece, porque siempre volvía la burra al trigo.
Una tarde, la telefonista de las medias color primavera debió de sufrir, como el innombrable, picores en lo suyo y le pasó a Tony, el del magué manual, un papel de recado.
Ni se te ocurra abrir el papel ¿eh?
El botones, como no podía ser de otra forma, abrió el papel y decía así

Ay, Tony, garañón… si se te acaba las pilas
te queda siempre el muñón…

El Tony, que siempre fue muy retrechero y cumplidor se repatingó en la silla y, satisfecho, le dijo al botones:
¡Chico! Acércate hasta la cafetería y te traes un largo con leche bien caliente y una ración de picatostes.
El botones se quedó esperando a que Tony le diese el dinero. Tony siempre llevaba el dinero en fajos de billetes y, para contarlo, ponía encima el muñón mientras, con la mano que le quedaba, rascaba billete tras billete hasta pagar la cuenta.
¿Y don Rosendo Carudel no se puso celoso?
Yo creo que nunca se llegó a enterar. Don Rosendo estaba siempre muy ocupado.
Sí, eso sí, claro.
Rodríguez se echaba en la mesa de la oficina la siesta cada día. Lo que más le cabreaba a Rodríguez era que su jefe le molestase a la hora de la siesta.
¡Rodríguez…! le llamaba
¡Joder!, ya está el tío este a la hora de la siesta, como siempre. Parece que lo hace aposta el tío…
¿Y el jefe le permitía hacer la siesta en la empresa?
¡Hombre, claro! Faltaría más. ¿A qué cree usted que iban algunos de los empleados a aquella oficina si no?
Pues no lo puedo creer.
Pues no lo crea usted, pero ¿es que ya no se acuerda cuando a don Matías le sancionaron con aquellos tres días de empleo y sueldo?
Pues no, no lo recuerdo. ¿Y los cumplió?
Claro que los cumplió. Aunque se pasó los tres días pescando peces en el retiro. Daba gusto de ver las carpas que cogía. ¡Qué tío! Yo creo que equivocó su carrera. Don Matías merecía haber sido pescador de caña. Si por aquellos entonces hubiera sido la pesca deporte olímpico ya le digo yo que se habría traído, al menos, tres medallas de oro.
Rodríguez, tras más de una docena de años, vendió su Seat 600 que llevaba adornado con manguitos en los mandos y un relojillo, comprado en los decomisos de la calle de Arenal. Al despedirse de él le besó en el capó y vio cómo se lo llevaba derramando cada lagrimón.
Es que la gente, por aquellos entonces, era muy sentida.
Bueno don Dimas, que yo le dejo que voy a cenar. Hasta mañana…