EL FANTASMA DE DON TRIFÓN

fantasmas

En aquella casa palacio del siglo XVII no había un fantasma al uso. En aquella casa palacio el fantasma era el de don Trifón Añusgo López de Chicherón, Ronquillo de Las Navas, natural de Navas de San Juan en la provincia de Jaén. Ronquillo de Las Navas fue, en mejor vida que la que ahora arrastra, palmero de Castañero de Úbeda, cantante de jondo en las ventas y tabancos de Jerez de la Frontera. El don Trifón Añusgo López de Chicherón, o sea, Ronquillo de Las Navas, había muerto a resultas de un sifonazo que le atizó una vedette de la compañía de Marujita de Entrevías en una noche de vinho verde y calor y entre palmas y tango la fue enredando, etcétera etcétera…

¿Pero oiga don Dimas, eso no es una estrofa de María la Portuguesa?

Pues sí, pero me ha venido al pelo para explicar el enredo del sifonazo.

¡Ah!, usted perdone

Esta usted perdonado. El caso es que don Trifón andaba en el jaleo propio de una taranta, que si tras, tran tran tran tran, taca, taca, tan y dale que te pego y entre palma y jaleo pellizcó a la Saray, quien, en realidad, y por dejar las cosas en su sitio, he de señalar que se llamaba Tiburcia Mondejar, en salva sea la parte o rulé, que también se le dice. La Saray, o sea, la Tiburcia, que era de natural burra le arreó tal sifonazo que le abrió la cabeza como si fuera una sandía de Illescas.

¿Es que son buenas las sandías de Illescas, don Dimas?

¡Cómo que buenas…! Las mejores.

¡Ah! Siga, siga

Sigo, sigo. El caso es que Ronquillo de Las Navas resultó occiso que es como se dice en los certificados de defunción a los muertos. El ventero, Grabiel, y no Gabriel como usted podría sospechar, dijo que a él no le cerraba el local ni la guardia civil ni el juez de guardia y encerraron al Ronquillo en la casa del siglo XVII objeto, posterior, de sus apariciones. Al parecer, y según dicen, esta casa, que era palacio de los Terrón de Acuña, carlistas e insurgentes, a partes iguales, de cuando el tío Tomás, o sea, Zumalacárregui, se ha convertido, ahora, en turismo rural y el Ronquillo, según cuentan, se aparece a los clientes en medio de la noche tocando palmas y cantando aquello de lerele-rele-rele, tran, tran, tacatacatrán y diciendo: arsa, compare, ezo zon tanguiyho y no lo que ze canta en Zeviya.

¿Y los albergados qué dicen?

Pues mire usted, que diría Mariano, los albergados, al principio y como es natural se quedaban un poco así, como descolocados, pero el actual propietario de la casa rural, para que no se espanten, los deja una botella de fino y un plato de jamón en el salón, junto al televisor, y cuando el Ronquillo se lanza por peteneras, ellos empiezan a bailar y a darle al aperitivo y se lo pasan de bigotes.

¿Pues qué bien, verdad?

Ya lo creo. Fíjese que ahora, como se está publicitando en el periódico no hay fechas libres, al menos, en dos años. El nuevo propietario del palacio hasta le ha cambiado el nombre al palacio y ahora, en lugar de Palacio de los Batanares, que era el nombre verdadero y no de los Terrón de Acuña, se llama Venta del Ronquillo y está petándolo en el internet.

Es que, un negocio así, sabiéndolo llevar, ¿verdad don Dimas?

Ya lo creo. Ahora, para cerrar el círculo, el nuevo propietario, que es un lince, está en tratos con los herederos de Carnicerito de Perlora, el último torero asturiano, que murió de un garrotazo, por no saber descabellar, en la plaza de Tomelloso, para comprarle el cadáver y llevarlo al palacio. El fantasma del torero, si es que acude al llamamiento del palmero, puede ser un pelotazo para el turismo. ¿No cree usted?

Ya lo creo, don Dimas. Ya lo creo. Y es que hay gente que parece que atrae al dinero.

La juventud de ahora, don Matías, que es la más preparada de la historia de este país que antes se llamaba España.

Así es, don Dimas. Así es.

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EL HOMBRE Y LA MUJER OBJETO

GUARDIA URBANO 1

Don Termópilas Badajo Expósito fue, mientras le mantuvieron en el cuerpo, cabo de gastadores de la policía municipal de Cabra, provincia de Córdoba. Don Termópilas Badajo Expósito, se conoce que por aquello del primer apellido, acaba de dar la campanada al ser despedido por zafio y machista. Circunstancias que, si bien no resultan agradables, juntas deben de resultar tan impropias para un guardia urbano que han dado con él en la cola del IMSERSO.

Don Termopilas Badajo Expósito encontró, compungido y en un mar de lágrimas a un sujeto sin identificar que dijo llamarse Florián Lupescu, natural de Timisoara, en el distrito de Timist y en la región de Banat, Rumania. El tal don Florián, al parecer, y según el informe dado por don Termópilas a sus superiores, presentaba tal mierda de tinto que no sabía, a ciencia cierta, dónde se encontraba. El cabo, comandante de puesto, de la guardia municipal de Cabra, en la citada provincia de Córdoba, tachó, con lápiz rojo, la palabra mierda y puso: el ciudadano había ingerido vino en proporciones que ignoraba la razón que, como puede suponerse, es mucho más descriptivo y sano que poner mierda.

Oiga, don Dimas, ¿y lo de machista?

Pues lo de machista, don Matías, se lo ganó a pulso el don Termópilas dado que el rumano, al parecer, había perdido a su esposa de vista y al guardia no se le ocurrió cosa mejor que enviarle al Departamento de Objetos Perdidos. Las feministas de la localidad, al enterarse de la ocurrencia del don Termópilas bloquearon la entrada de la comisaría y se manifestaron al grito de “Termópilas, machista, eres un fascista”.

El que el ciudadano Lupescu hubiera perdido la razón, la orientación y hasta la señora son circunstancias que, a cualquiera que beba puede sucederle. Pero lo que ya no es de recibo es que una autoridad, máxime cuando viste uniforme (¡y qué uniforme, oiga!) con su sombrero de salacot, su chaquetilla blanca y sus correajes de charol, puede pensar que la mujer, en su conjunto, o de una en una, es un objeto, ha dicho en un editorial muy sensato y sesudo La voz de Cabra (que por cierto, podría titularse, perfectamente, El balido, que no El chozpido, dado que chozpar, pese a lo que digan algunas fuentes, es saltar, brincar o dar chingoletas con alegría, pero no una voz).

Don Termópilas, más concretamente, don Segismundo Bobo Jurel, su abogado, ha alegado, con mucho fundamento, que los objetos, los oficios y las sensaciones, y con mucha más razón las personas, deben de nombrarse, no describirse porque ello no conduce sino al empobrecimiento de la lengua. Y ha puesto un ejemplo: al león se le debe llamar león y no félido carnívoro, rey de la selva. Cuando la palabra -ha redundado don Segismundo Bobo Jurel- se suple por frase que quiere significar lo mismo, la lengua recibe un duro golpe del que, malamente, ha puntualizado, suele salir airosa. Al practicante, señoría, dijo mirando fijamente al señor juez, se le dice ahora ayudante técnico sanitario; al criado, empleado del hogar, aunque trabaje en una segunda vivienda; al maestro -¡ya ve usted!- profesor, cuando no enseñante, como si fuera una pilingui y al cura, y si no al tiempo, acabará llamándosele perito en misas, cuando no ingeniero técnico de obispado. No, y mil veces no, señores miembros del jurado; don Termópilas actuó como debería hacerlo cualquier español: defendiendo el idioma patrio. Ese idioma que nos une y que es el segundo en importancia en el mundo y que, de producirse el brexit y seguir el señor Trump haciendo esos discursos, igual nos lleva al liderazgo. ¿Es que el señor letrado de la parte contraria quería decir, con que la señora de Lupescu era una perdida, que se trataba de una golfa? No, señores. El letrado de las señoras feministas lo que quería decir es que había extraviado a su esposa y, por ello, envió a don Florián al departamento de objetos perdidos, no porque piense que una señora es un objeto.

La ovación de los asistentes fue de las de época. El señor juez, que era algo quisquilloso con la aplicación de la Justicia, mandó callar a los espectadores que, una vez don Termópilas fue absuelto, le sacaron a hombros hasta la comisaría donde, el sindicato de guardias municipales de Cabra, provincia de Córdoba, convidó a la concurrencia a un vino español y donde se bridó por la lengua, por el señor Bobo (aquí parecía que había algo de coña) y por el guardia Badajo, quien cumplió con su obligación incluso más allá de donde el deber le obligaba.

UNA BODA EN EL RIF

El Tolentino Arvejas del Pino era, sobre soltero, algo espantadizo con las señoras. Al Tolentino Arvejas del Pino era mentarle una señorita o decirle aquello de: mira Tolentino, ahí viene tu vecina la pantalonera, y le entraba el baile de San Vito. Al Tolentino Arvejas del Pino lo que le gustaba, de verdad, y para lo que estaba señalado por los dioses era para elegir melones. El Tolentino los cogía al peso, los hacía saltar sobre la mano derecha y sabía, a ciencia cierta, si el melón estaba como el arrope o era un pepino de solemnidad. Luego, una vez balanceado, lo golpeaba en el centro y, si el ruido sonaba a hueco era, según decía, buena señal. Finalmente apretaba las dos esquinas y, si el melón cedía era señal de estar a punto de caramelo.
Llévese usted este, doña Paquita. Ya verá, ya… como la miel de caña le va a salir el melón.
Gracias, hijo. Porque le he preguntado al melonero si era bueno y va y me dice que sí, que lleva allí, en el montón, dos días y nadie se ha quejado de él. ¿Tú crees que eso es ciencia y contestación para un melonero?
No, doña Paquita. Lo que ocurre es que hay poco discernimiento en el mundo hortofrutícula, en particular y del agro, en general.
El Tolentino Arvejas del Pino, cuando hablaba con las señoras -las mayores, claro, a las otras no las hablaba- se volvía muy fino y circunspecto. Casi parecía un dependiente de jamonería de fino y delicado que era.
¿Y usted cree, don Dimas, que los dependientes de las jamonerías son muy finos y delicados?
Pues sí señor. De lo más fino y delicados. Saben discernir cuál es el grado máximo de calor en la hoja del cuchillo para que el corte del jamón sea perfecto. Y no le digo nada cuando meten el pincho ese en lo moyar del jamón y lo huelen… Si hasta parece que levitan.
Pues yo siempre he pensado que eso son ganas de tocar la ocarina de oído, don Dimas. Ganas de marear y pose intelectualoide. Yo creo que a los dependientes de jamonería, como a los de cualquier otro gremio, les pasa que saben mucho de lo que venden y deberían tomar nota de lo que dijo el polímeta Pascal: “vale más saber algo acerca de todo que saberlo todo acerca de una sola cosa”.
¡Anda!, ¿pero eso no lo dijo François de La Rochefoucauld?
No señor. Eso lo dijo Pascal, lo que pasa en que en la France, como le ocurre a todos los países gobernados por masones y chisgarabís, se copian unos a otros. En España esto no ocurriría. En España, de hecho, no existen pensadores porque el pensar está pero que muy mal visto.
Y me parece muy bien, don Matías. Yo creo que el pensar es cosa de señoritos de capital. Esos que están todo el día, mano sobre mano, en los cafés, pensando en ocurrencias para luego soltarlas en el casino y quedar como un intelectual.
Ahí, ahí… Y no se pierda usted de vista a los vendedores de prensa. Con eso de que se leen los titulares creen que son académicos.
Bueno, señores, que me parecen muy acertados sus comentarios y observaciones, pero yo les estaba a ustedes hablado del Tolentino Arvejas del Pino, también conocido como espantanovias por mal nombre.
¡Ah, sí!, el Tolentino. Pues al final se casó, aunque usted no lo crea. Y menuda boda que hizo el charrán. Resulta que marchó al servicio militar a Ceuta y allí lo encuadraron en un Tabor de Regulares donde, con su capita blanca y su gorrito rojo, que en aquellas latitudes llamar “tarbuch”, y su borlón negro cayéndole sobre la sien, parecía un general otomano. Las moras, al verlo tan galán y tan encampanado no tardaron en caer en sus brazos… Pero el gato al agua se lo llevó la Azofaifa, la hija pequeña de un Cadí rifeño que le cubrió de lujos y de mimos, a partes iguales.
¿Pero ya no le daban miedo las señoras?
No, hombre… No ve que llevaban el pañuelo tapándoles la boca. En estos casos de miedos y traumas parece ser que el llevar la boca tapada es mano de santo para el enfermo.
¡Qué cosas, verdad, don Dimas! Parece que la Ciencia ha llegado a su cima pero, ¡quía!, siempre sale un descubrimiento nuevo.
Ya lo creo. El caso es que se casó y puso un tentadero de toros bravos en Larache. Con el tiempo, y la afición, llegó a presentarse en Tetuán, en un espectáculo cómico donde alternó con lo más granado de la tauromaquia bufa. Llegó a ser un banderillero de reconocida fama pero, como no hay mal que cien años dure, una tarde, a eso de las cinco y cuarto, un eral de la ganadería de Torrestrella, de nombre Malapena, le arrancó un miembro –y no me haga usted especificar cual, por favor- dejándole para el arrastre. La Azofaifa, cuando escuchó las campanas tocar a clamores se mosqueó.
¡No me diga usted que por un miembro tocaron a clamores!
Pues sí señor, pero es que ¡menudo miembro!
La Azofaifa, decía, lloró hasta la medianoche y el Cadí, que no tenía, entre sus legajos jurídicos, nada que invalidase la boda puesto que los sarracenos no son especialmente taurinos decidió dar por buena la boda pese a la ausencia del miembro arrancado y le pagó al Tolentino hasta un implante del miembro nuevo que, al parecer, funcionaba bastante bien con una hidraulicidad que para sí quisiera el esposo antes del accidente. Y nada, pues como en los cuentos, que fueron felices y no comieron perdices porque allí, en las montañas del Riff no se dan, pero de escorpiones y alacranes se pusieron como el Tenazas.

LA TERTULIA

 

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La verde pradera con el viento suave del solano enseñorea su paleta de colores con el verde del trigo que, racheado por el viento, asemeja el ondear de la bandera española en la popa de un bergantín de las Indias.

¡Qué frase, amigo Soria!, si parece del mismísimo marqués de Santillana.

Gracias, gracias, amigo don Dimas. Pues es mía y muy mía. Fíjese que la acabo de inventar. Pero tómese usted algo a mi salud, que yo tengo mucho gusto en convidarle a usted, ya que es tan buen crítico de mi obra.

Doña Basílides, la esposa del cartero Magencio, que trabajó como ama seca en casa del marqués de Entrambasaguas come, a la sombra de una higuera, un bocadillo de pencas de acelgas rebozadas. Ya no come ningún producto derivado del cerdo porque el médico, don Eraida, que es natural de Solares, donde el agua, se lo ha prohibido.

Mire usted, doña Basílides, usted ya, hasta nueva orden, no puede comer ningún producto derivado del cerdo. A partir de ahora agua de Solares y mucha verdura.

La doña Basílides, sí que le hizo caso con lo del agua, y se la añadía al vino tinto como si fuera un cura concelebrante pero no así con lo del cerdo ya que, decía, que ella comía la verdura filtrada por el estómago del cerdo. Esto es, que ella le daba la verdura al cerdo y, más tarde, se comía la verdura que el cerdo había metabolizado convertida en solomillos y chuletas de riñonada.

No era esto lo que yo le dije, doña Basílides. Ahora bien, que como bien dijo el insigne filósofo francés, don Juan Jacobo Rousseau, a quien san Juan se la dé, san Pedro se la bendiga.

El Magencio, el cartero, tenía un perro mil leches que siempre iba pegado a su bicicleta. La bicicleta del Magencio llevaba, bajo la barra, un cartelito con la bandera de España pintada, donde se leía, en letras negras: correos. El perro del cartero Magencio se llamaba, mejor le llamaban, Plutarco. Al parecer, y según el Magencio, el perro Plutarco era un retórico de tomo y lomo y gran visitador de la barbería del Argimiro el Fígaro. A la barbería le decían en el pueblo El oráculo de Delfos pues era donde las musas de Apolo, o sea, los corifeos de don Potamiena, el boticario, volcaba toda su ciencia. El don Potamiena tiene dos hijos, el Papio que está estudiando protésico dental en Valencia y el Ireneo que está quinto en el Regimiento de Zapadores Ferroviarios número 13, en Cuatro Vientos, provincia de Madrid.

Pues sí, don Eraide, le decía el don Potamiena al médico, en Verona fue, y no en ningún otro sitio, donde el rey lombardo Alboíno resultó asesinado mientras se echaba la siesta. Y lo fue por culpa de la esposa, Rosamunda, la hija del Cunimundo, rey de los gépidos, la muy puta.

Ahora, a Dios gracias, don Potamiena, ya no tenemos mujeres de ese jaez. Ahora, como mucho, van y lo cuentan en la televisión, pero ya no se ponen tan así, ¿no le parece?

Pues no sé qué decirle a usted. Ya ve lo que le ocurrió, ayer mismo, según cuentan en el casino, a la señora Gerosa, la del Justo, el del Canchal.

¿Pues qué ha sido lo que le ha pasado?

Casi nada para la feria. Resulta, que la mujer, no sabía nada de la aventura que tenía el Justo con la Vicentita, la del Club Enagua’s, ya sabe usted… el puticlub que le dicen

Sí, sí… siga hombre, que me tiene en ascuas

Pues el caso es que la Vicentita, nada más enterarse, va y se calla y no le dice nada, pero espera a que se duerma el marido y le desnuda y fotografía y se va a la capital y saca copias del marido dormido en pelota picada. Y ha empapelado toda la comarca con la fotografía del marido en pelota bajo una leyenda que dice: por esta mierda de pene la Vicentita se la liado con el Justo, el del Canchal.

¡Pero qué me está diciendo…!

Lo que usted oye, mi querido don Eraide.

Como dijo Demócrito, el traciano, ¡vaya toalla!

Oiga don Potamienta ¿está usted seguro de que esa frase es atribuible a Demócrito, el ilustre pensador de Tracia?

¿Es que acaso duda usted de mí, tío pelabarbas?

No, no, Dios me libre, doctor. Pero es que no me suena de Demócrito. Si acaso de Tácito

¡Ah, bueno!

DOÑA DIGNA Y EL POETA LEOPARDI

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Doña Digna reconvino gravemente a don Gerasimo por su lenguaje. Doña Digna, es una mujer muy limpia, muy decente y muy católica y no consiente, ni de cerca, el más mínimo desliz en el lenguaje correcto y educado de guardarropía.

Verá usted, doña Digna, servidor, llevado por su entusiasmo por la poesía, ha hablado, con su permiso, del gran poeta lírico romántico napolitano don Giacomo Leopardi. Uno, con su bendición y permiso, es un gran defensor de la narrativa desamparada, angustiosa y desesperada del poeta Leopardi y de cómo explica el dolor que acompaña al ser humano desde su nacimiento hasta la muerte y ese pesimismo del antedicho Leopardi, dicho sea con todo respeto a su persona, doña Digna, se recoge en una obra suya titulada Opúsculos morales. Un opúsculo, doña Digna se refiere a cualquier obra literaria de poca extensión y no, como usted, seguramente confundida por el vértigo de los tiempos, achaca a la sodomía y otras taras de la juventud alocada que nos ha tocado sufrir.

Es cierto, se atreve a añadir don Gervoldo. El poeta Leopardi no es un joven disoluto, como el señor Becquer o el señor que llaman Clarín, no; el señor Leopardi es un joven marqués, hijo del conde Monaldo y de la marquesa de Antici. Es un poeta que goza de gran prédica y fama en Italia y aún en el resto de Europa.

Europa, Europa… de ahí es de donde vendrá el maligno para acabar con la civilización. Esto del poeta Leopardi así será, si ustedes, que son dos personas ejemplares, me lo dicen, pero es que una, cuando va a misa se encuentra cualquier cosa por esas calles. Y es que está Madrid lleno de manolas y de chulos que no hacen sino ofender al Señor con esas palabrotas y esas zarzuelas que escribe el diablo.

Don Gerasimo, que está muy afectado porque doña Digna haya confundido su opúsculo con una grosera blasfemia, mira para el balcón que da a la calle. En la calle hace calor. Un calor que no entra en la casa porque la sala mantiene las luces apagadas hasta que se produce el ocaso. El visillo de gasa evita que entren en la sala rococó de doña Digna las moscas y los mosquitos. En el jardín de la casa, y rodeando al alcanforero unas briznas de hierba escapan de entre las losas de piedra. En el pozo suena, de vez en cuando, el chirrido de la polea que cuelga de los morcones del pozo. En el brocal un viejo cubo de cinc, abollado y agujerado en su base, sirve para regar las hortensias y la azalea que, doña Marciana, la amiga de doña Digna, llama rododendro porque le parece mucho más chic.

Don Gerasimo se ha descuidado y mira, fijamente, para doña Digna que, al saberse observada hace huir sus ojos de los de don Gerasino como un gazapo asustado. Doña Digna sigue siendo, pese a su provecta edad, una señora guapa y elegante; una mujer vestida de riguroso negro y con el pelo, ya níveo, recogido en un moño elegante a la vez que discreto. Don Gerasimo apura, sorbo a sorbo, la copita de cristal tallado, con apenas unas gotas de moscatel y deja, con sumo cuidado, la copa sobre la bandejita de alpaca con una gineta y una flor de lis talladas en su base.

Un silencio espeso cae sobre la sala. Doña Digna da instrucciones a Florita, la criada, para que encienda la luz eléctrica. La luz, apenas un destello de cuatro bombillas de escasas bujías cae lenta y pesadamente sobre doña Digna y sus visitas. Don Gerasimo carraspea mirando para don Gervoldo que coge, a la primera, la indicación de su amigo. Con toda finura del mundo besan la mano de doña Digna y se despiden, con una estudiada genuflexión de doña Marciana. La Florita, cuando se van las visitas retira la bandejita con las pastas, los bizcochos de soletilla y las copitas de moscatel. Doña Digna, al ver que la criada duda sosteniendo la bandeja, la riñe más por costumbre que por enfado.

Cuidado con esas copas, niña. Son del ajuar de mi abuela.

Sí, doña Digna. No se preocupe.

¡Ay, Marciana, mi querida amiga!, usted dirá lo que quiera pero no se qué nos va a traer de bueno el futuro y esta Europa de los masones. Ya lo decía mi Epaminondas, que para eso tenía nombre de general tebano, el futuro, Digna querida no existe. El futuro es pasado por venir. ¡Qué frase!, ¿verdad Marciana?

Ya lo creo, dijo doña Marciana con cierta sombra de peloteo. Su esposo, que Dios Nuestro Señor tenga en su gloria sí que era un hombre muy hombre, como los que a mí me gustan.

¡Marciana, por Dios…! ¿Qué frase es esa?

Huy, doña Digna. Perdóneme usted, es que una, que es algo burra, en tratándose de hombres muy hombres, como era el difunto Epaminondas se me nubla la razón y hasta pierdo los pulsos.

Vamos a rezar un rosario para el Señor no le tenga en cuenta sus pensamientos

¡Qué buena es usted, doña Digna!, y qué señora tan señora.

¡CÓMO PASA EL TIEMPO!

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Don Jovito Cifuentes Barba, ex cautivo y caballero mutilado, funcionario por la Gracia de Dios y bedel en el Servicio Nacional del Trigo tocaba, de oído, el fagot. El fagot, para aquellos que no lo sepan es un instrumento de la familia del oboe y tiene un sonido grave que le da una sonoridad muy particular. Bien lo sabían en la pensión de doña Auxibia la Piñorra, soriana de Vinuesa, que le tenía alojado de balde por la amistad que había trabado con su viudo en el frente.

Ya está otra vez don Jovito con el fagot

Pues que tomen bicarbonato, decía doña Auxibia. Luego se quejan de que en esta casa sólo se cena pescadilla congelada y bien que les duele el estómago de las empanzadas que se dan. A ver, don Jovito, que vuelvo a tener quejas de los demás pupilos que los está usted fagocitando.

Que uno no se come a nadie, doña Auxibia. Eso es envidia de estos ignorantes. No ve usted que no conocen más que la zambomba y la pandereta, y eso por Navidades.

Vale, vale… pero deje usted de soplar el tubo ese.

Los pupilos de la pensión de La Piñorra estaban convencidos de que, entre el fagotista y la patrona había algo más que afición musical. Algunas tardes, cuando volvían del trabajo, se encontraban a don Jovito haciéndole un solo de fagot en la mesa de camilla. Doña Auxibia asistía a la lección magistral, los pies sobre el brasero de picón, en silencio, mientras de forma maquinal escarbaba las piedras y los gorgojos de las lentejas. Don Jovito allí, con su batín corto de cuadros príncipe de Gales y sus pantuflas con reborde de macramé, su bufanda gris y su boina capada acometía, con un entusiasmo sin mácula, Los sitios de Zaragoza, o la ronda de los enamorados de la zarzuela La del soto del parral. Doña Auxibia, transida de emoción, se entregaba a los recuerdos juveniles del ágape tras su boda con el don Antofagasta, brigada de carabineros del cuartel de Covaleda, también provincia de Soria.

¡Qué apostura la de mi Antofagasta, don Jovito! Con aquellos bigotes de guía, como los del Kaiser. Y qué elegancia con su traje de fiesta de carabinero.

Sí, doña Auxibia… Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Don Jovito, por recomendación de un antiguo compañero también excombatiente, le encontró sitio en el café Los gozos y las sombras, nombre literario donde los haya, para animar las tardes soplando el fagot. Al principio –lo que son las cosas- le daba un poco, no sé, como reparo estar ahí, sobre un altillo, soplando el fagot mientras los hombres jugaban a las cartas y alguna señora, pocas, es cierto, mojaban el churro –con perdón de la expresión- en el café con leche. Pero con el tiempo se le pasaron estas vergüenzas y pudo salir del trance económico y aportar, mes a mes, lo justo para poder convidar a doña Auxibia a una ración de gallinejas y un porrón de clara de cerveza en las fiestas del santo, allá por el mes de mayo y entregar, un par de cientos de pesetas, en calidad de alquiler que doña Auxibia rechazó pero que él, como no podía ser menos, entregó para el engrandecimiento de la cuenta corriente de la soriana.

¿Quiere usted que subamos a las barcas o al güitoma, doña Auxibia?

Por Dios, don Jovito, cualquiera que le oyera qué podría decir de nosotros.

¡Anda!, ¿y qué mal hacemos a nadie?

La doña Auxibia, cuando se iban los demás pupilos freía al don Jovito unos torreznos sorianos que daban gusto de verlos con su cochura perfecta, su corteza churruscada y su veta de tocinillo bien frita.

Estos son mejores que los del otro día, ¿verdad don Jovito?

Ya lo creo, doña Auxibia. Y es que como los torreznos de El Burgo de Osma ninguno. Ya lo dice el Navegante.

Pero él los llama torrenillos, ¿verdad?

Sí, es que así es como les dicen en Soria

Yo…, se sinceró el don Jovito, querría decirle una cosa a usted, doña Auxibia. Verá usted, ya llevamos mucho tiempo viviendo en esta pensión y la gente empieza a murmurar. Algunos, usted lo sabe mejor que yo, hasta dicen que si yo estoy aquí, de chuleo. ¡Ya ve usted!

Quite, quite… No los haga ni caso.

El caso es que yo, doña Auxibia, había pensado, si usted me lo permite, había pensado, decía, que podríamos unir nuestras vidas y enterrar, de una vez por todas, a mi buen amigo y camarada Antofagasta y permitirme que sea yo quien, en adelante, mire por usted como su esposo.

A la doña Auxibia se le cayó hasta la mantilla del susto. ¡Pero qué insensatez está usted diciendo, tío carcamal. Fuera. Fuera de esta casa! Habrase visto mayor ingratitud y mayor desahogo.

Pero yo, Auxibia… Pero yo.

Oiga, y sin apear el tratamiento. Fuera de esta casa y a escardar cebollinos a la puñetera calle. ¡Camándulas!

El don Jovito, ahora, tras la declaración de su amor a la doña Auxibia, vive en un desmonte tras la calle de Alcalá, justo donde los marmolistas, de frente al cementerio, tienen su taller. Allí, y con la única compañía de su fagot mata el tiempo en soledad.

El amor, ese esquivo ángel que se nos escapa entre los dedos pasó dejando su fría sombra sobre el forrillo del corazón del músico y voló por entre las nubes plomizas de los campos próximos de Vicálvaro. Allá por el lugar donde en 1854, los leales a don Leopoldo, se pronunciaron contra la reina Isabelota dando paso al llamado Bienio Progresista.

¡Cómo pasa el tiempo!

DON PERFECTO Y EL CICLO DE LA VIDA

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¿Qué sabe usted, don Matías, del ciclo de la vida?

Pues no mucho, don Dimas. Yo sí que sé, por ejemplo, de Ciclos Carmona, que estaba en la calle de Bravo Murillo y se dedicaban a la reparación y alquiler de velocípedos, en general. También, aunque no lo crea, de Ciclos Ezquerra, que fue ciclista profesional, pero del ciclo de la vida, don Dimas, estoy más bien pelado.

¿Pero este Ezquerra, que era algo cojo, no era cajero en la fábrica de la luz?

No; ese era otro.

Don Perfecto Garagoitia Urquiri abandonó, una tarde, la verdura de Llodio para trasladarse a la agreste altura del Tibet enfundado en una sabanilla de color azafrán. También, y por el mismo precio, abandonó el catolicismo que le había acompañado desde su más tierna infancia y decidió hacerse monje tibetano. Por abandonar abandonó hasta la perfección de su nombre y pasó a llamarse Tse Tse Mut, que suena a mosca cojonera y significaba Bolsita de roiboos recién ordeñada para sacar todo su sabor. ¡Los hay como mantas!

Ya lo creo, ya.

¿Y cómo viajó hasta el Tibet?

Pues un pie, tras otro, desde Fuenlabrada, donde vivía en un piso tercero interior, con vistas a un tendedero que era de lo más siniestro. Para mí tengo que al Perfecto, o sea, a Bolsita, etc. lo que le ablandó el pensar fue esta vista. El caso es que se aprendió lo del ciclo de la vida y se pasó la mitad de ella, por esos caminos del señor –del señor Buda, claro- revelando a los infieles la verdad sobre la reencarnación y denunciando la violencia contra los hombres y las pequeñas cosas que los rodean.

La vida, y sus ciclos, es cuestión de mucha confusión y dificultad. Algunos, incluso, pierden su vida intentando aclararlo y, Bolsita, o sea don Perfecto, no fue ajeno a ello. Una tarde, estando rezando bajo un nogal sintió un fuerte dolor de cabeza. Ya se sabe que bajo el nogal no se puede rezar, así como no se puede echar la siesta bajo un desmayo, por el mismo motivo y no se puede holgar, con mujer ajena, bajo las provechosas ramas de un níspero. El caso es que el don Perfecto –ya menos Bolsita y más Perfecto- se enamoró de una señorita que trabajaba en el teatro de La Latina. La señorita era la Ulogia, en la cédula Eulogia, claro y que trabajaba no de cupletista o de cómica; no, sino en los urinarios o excusados, por decirlo más finamente.

¿Y si abandonó la religión a qué se dedicó, don Dimas, si puede saberse?

Pues montó un negocio de bujes de bicicletas y trabajó, en exclusiva para Ciclos Carmona con lo que, como le decía al principio, cerró su ciclo de vida. Vamos, eso era lo que él pensaba. Ocurre, que el hombre propone y Dios, Nuestro Señor, dispone y el don Perfecto, que ya había recuperado su nombre, sus trajes y hasta su pelo –que anteriormente se lo afeitó dejándose una medio coleta- y montó, en paralelo a lo de los bujes, un negocio en el Rastro de compra y venta de pan duro.

¿De compra venta de pan duro? ¿Y para qué sirve eso, si puede saberse?

Mire que es usted ignorante. Con sus años… El pan duro se compra por una cantidad infame pero, posteriormente y tras rayarlo, se vende en los bares y restoranes a precios escandalosos para hacer croquetas y hasta albóndigas.

No me diga.

Pues sí que le digo.

El don Perfecto, metido en esto del pan duro, ganó hasta para un haiga y para sacar del retrete, dicho sea con perdón, a su Ulogia. Había que verla a ella hecha un señorón, con su gabán de nutria de segunda mano y sus zapatos de charol. Y es lo que ella decía, un hombre, cuando menos beba y más le dé al magín más probabilidades tiene de salir adelante.

Eso sí que es verdad, don Dimas.

Y tanto.

Lo que ocurre es que no siempre, la vida, es justa con las personas y, con el don Perfecto y la Ulogia no iba a ser distinto. Con el tiempo el matrimonio matrimonió, que es lo que debe ocurrir cuando la salud y el calor de la siesta se unen en un ciclo de vida y de esos calores interinos y uterinos vino a nacer un varón, el Segis, apócope de Segismundo, que puso un negocio de estopa para grifos y se gastó lo de los bujes y lo del pan duro en bailes y boites. El Segis pensó que podría ser bailarín profesional porque una tarde, en la verbena de la Paloma, ganó un concurso de Bimbó y quedó segundo en el de yenka.

Es lo que tiene la fama, don Dimas, que eclipsa todos los ciclos de la vida convirtiendo estos en círculos viciosos.

¡Joder, qué frase! ¿Se le ocurrió a usted solo?

No señor; era de T.S. Elliot.

¡Ah, claro, se comprende! Pero ha hecho usted muy bien en traerla aquí.

Gracias.

No hay de qué.

Entonces, don Dimas, el Segis se gastó todo lo que el don Perfecto había conseguido a lo largo de una vida de éxito, en lo profesional ¿no?

Pues sí, así fue. Al final y esto, por favor, no lo cuente usted por ahí, se enredó, de mala manera, con una señora que estaba al punto, como las camionetas de mudanza, en la esquina de la calle de Valverde y se marchó a Suiza, donde, según me cuentan, acabó metido en un loquero porque iba por las calles bailando y asustando a las suizas que, para esto, son muy suyas y muy circunspectas.

¡Ya lo creo!

¿Y del don Perfecto y la Ulogia, qué sabe usted?

Pues que volvieron a Llodio donde, con un préstamo de la Kutxa, compraron un caserío y ahora, a la vejez, se pasan el día ordeñando vacas y haciendo quesos.

¿Eres feliz, le dice la Ulogia, habiendo cerrado tu ciclo vital?

Mucho, Ulogi. Ya ni me acuerdo del tendedero de Fuenlabrada.

La vida, don Matías, es un círculo que, unas veces se cierra completamente lleno y otras vacío. A estas últimas se le llama circunferencia y se diferencia del círculo en su nadería interior o vida vacía. Si el círculo no se cierra, que es lo que pasa la más de las veces, se llama línea recta o vida aburrida o curva o vida perdularia, según el recorrido. Pero esto, que no es lo mío, no sabría explicárselo. Mejor lo dejamos para otra tarde.

No sabe, don Dimas, cuanto le agradezco yo sus sabias explicaciones.