MIRA POR DONDE, EN SORIA QUIEREN QUE NUMANCIA SEA PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

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Una tarde de frío en Soria, en aquel final de febrero de 2007 –calle Tejera, sede de UPyD- cuatro personas se devanan los sesos para encontrar un buen punto de enganche de cara a la ciudadanía para la campaña electoral que se acercaba. Uno de los afiliados, amigo de don Dimas y don Matías, tiene una idea que, seguramente, será una locura; ¿por qué no implicar a las instituciones públicas, partidos políticos, organizaciones cívicas, agentes económicos y sociales y a la ciudadanía en general, soriana y del resto de España, solicitando el compromiso público de apoyar la petición, para Numancia, de declaración de Patrimonio de la Humanidad a la UNESCO?
Álvaro de Marichalar, el portavoz del partido en Soria, se ilusiona como él sólo sabe hacerlo y, aprovechando su políglota capacidad envía al organismo internacional una carta, en inglés, en francés y en español, preguntando los trámites a iniciar para llevar a cabo la solicitud. Enseguida contesta la UNESCO diciendo que, la petición, debe hacerse desde la Comunidad de Castilla y León, responsable política del yacimiento. La jodimos, pensamos, y no nos faltó razón.
Enviamos una nota a la dirección del partido –Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán, etc.- quienes nos ignoran y pasan de nosotros. Uno de los dos, y no Rosa Díez precisamente, ya avisó, en su momento, sobre lo que le importaban a él Soria y los sorianos. Escribimos pues, a la Junta de Castilla y León y, su vicepresidenta, soriana ella; también nos ignora. Menos mal… Más tarde amenazó, en la portada del Diario de Soria, con llevarnos a la cárcel por ir en contra del desarrollo de Soria.

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Como no hay nada que a un soriano espante, los cuatro afiliados se lanzan a buscar alianzas. La más importante, María Jesús Perex Agorreta, Doctora en Historia Antigua y profesora titular de Historia de la Universidad Española a Distancia. Con su ayuda y la de la UNED, además del infinito trabajo de los afiliados y otras personas del partido que, a título personal y en contra de la opinión del mismo, comenzamos a hacer visible nuestra preocupación y nuestro interés por llevar a Numancia al punto que le corresponde. Comienza aquí una carrera de fondo. Se redactaron informes, se escribieron cartas, se solicitaron apoyos a través de Internet, se recibieron adhesiones de infinidad de instituciones, organismos y personas. Se produjo una Declaración conjunta de las Reales Academias de Bellas Artes de San Fernando y de la Historia. En la página de la UNED que a continuación se cita:

http://portal.uned.es/portal/page?_pageid=93,1330995&_dad=portal&_schema=PORTAL

pueden ustedes consultar la relación de instituciones, organismos y personas públicas que apoyaron nuestra iniciativa y ver el video que TVE, dentro de su espacio El escarabajo verde le dedicó a esta iniciativa

http://www.rtve.es/alacarta/videos/el-escarabajo-verde/escarabajo-verde-nuevo-cerco-numancia/996857/

Curiosamente ningún partido políticos soriano, ninguna institución cultural, económica o social –salvo ASDEN, la asociación de Ecologistas de Soria- nos apoyaron lo más mínimo; todo lo contrario. Hoy, ocho años después y tras muchos trámites y trabajos desechados y olvidados, nos enteramos que don Alfredo Jimeno, director de las excavaciones de Numancia, ha rescatado el 1 de agosto, en los prolegómenos de la representación del cerco de Escipión, la vieja iniciativa, según dice Heraldo de Soria sin citar, naturalmente, de quien era la vieja iniciativa. También, ¡vaya por Dios!, se le ha iluminado el magín a la Asociación Tierraquemada, quien también dice apoyar la iniciativa y han “instado a la Junta y al Ministerio de Cultura” para que soliciten la Declaración de Bien Patrimonio de la Humanidad para Numancia. Ellos evitan “y sus alrededores”, claro. En esos alrededores está la mal denominada Ciudad del Medio Ambiente, un pelotazo urbanístico que el Tribunal Constitución ha ordenado demoler y que, entre todos andan ahora, intentando transfigurar para colarnos de rondón la CMA y el chaleteo que la acompaña y seguir adelante con la barbarie.
Damos la bienvenida al profesor Jimeno a nuestra lucha aunque, también es cierto, nos hubiera gustado que ésta se hubiera producido en su momento y no cuando han pasado ya ocho años y el Soto de Garray ha sido arrasado y el Paisaje Cultural Numantino ha sido transformado para siempre. También nos hubiera gustado que Tierraquemada hubiera tenido un poco más de visión de futuro y mayor decisión, aunque las subvenciones no sean tan cuantiosas y ¡qué decir de la sociedad civil soriana!, prensa, radio, televisión… Silenciada y silenciosa siempre en apoyo al poderoso, al político, al responsable de las subvenciones, de las ayudas, del reconocimiento…
Al final, mi amigo Pedro Requena también tenía razón ecuando decía ¿qué es lo que hacen los tontos primero? Lo que los listos hacen después.

UN OLVIDO, SIN QUERER…

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Nunca he sentido tanto cariño por un español, o por una española, como lo he sentido por aquella persona que es, a la vez y de forma injusta, dos veces extranjera: extranjera en su país de origen y extranjera en el de adopción. La emigración, esa lacra fomentada desde la carcunda de aquel tiempo que, digan lo que digan los nostálgicos de las filas prietas, nunca será mejor; convirtió a los mejores de nuestros hombres y mujeres, a los más sanos, a los más jóvenes, a los más preparados, en mano de obra barata; en chinos de Fuenlabrada; en senegaleses de Salou; en marroquíes de El Ejido. Españoles y españolas dispersados, desubicados y sufriendo el sentimiento de culpa propia por el abandono de la familia, del pueblo, de los amigos… El régimen publicaba un folleto, -ya lo conté en otro post anterior- que entregaba en el propio andén pidiendo el envío del dinero ganado fuera de casa para, de esa manera, eliminar parados y obtener divisas para el mantenimiento de ese mismo régimen. Pidiendo que no gastaran el dinero en origen sino que lo mandaran a casa para engrandecer la Patria. Esa misma Patria que les empujaba fuera de casa a ganarse la vida.
Soy bisnieto de emigrante. Nunca conocí a la familia que se fue y que ya nunca regresó a su tierra. Mi bisabuelo marchó a Cuba dejando una parte de su familia en España. Su hijo mayor, mi abuelo, nunca volvió a ver a su padre. Mi abuelo nunca se quejó de ese abandono, pero siempre lo llevó dentro de sí, como una lacra. Una tarde recibió un correo de un notario cubano que le comunicaba la muerte de su padre y le hacía llegar un dinero que le correspondía por su herencia. Mi abuelo se gastó ese dinero en traer a su padre y enterrar sus restos en el cementerio de Navalcarnero, el pueblo donde nació y el pueblo desde donde su padre marchó para no volver jamás. Así, mi abuelo, pudo dar tierra y sepultura a un recuerdo, a un dolor, a un olvido. Así, pudo dar tierra a un mal recuerdo.
Escribimos en Internet y, cuando recibimos respuesta, creemos que hemos obtenido un premio, que la respuesta recibida es una lisonja, una gentileza que, unas veces te atribuyen cualidades como la tolerancia, otras la piedad y el cariño, otras la comprensión e, incluso, la nobleza de carácter y, algunas, también, ¡vaya por Dios!, le tachan a uno de intolerante y hasta de majadero. Pero lo que no acertamos nunca a imaginar es hasta qué punto le hace bien, a una persona que está como migrante en el extranjero, un comentario, un “me gusta”, un cariñoso recuerdo de quienes les tenemos en nuestro corazón.
He conocido muchos emigrantes. Unos, los gallegos, que solo lo llegan a ser físicos –pues su morriñento carácter les hace estar, en alma, en su Galicia. Otros, asturianos y cántabros, con su objetivo puesto en ahorrar hasta el último peso para volver a su país y construir una casona, con una palmera a cada lado y, si es posible, una escuela para que el pueblo le recuerde por los siglos de los siglos, amén. También he conocido, mucho más, naturalmente, emigrantes vascos. Los vascos, aman, como los gallegos, su país; quisieran volver y comprar un casherio, una casa-torre, como los asturianos y los montañeses pero, sobre todo, el vasco se agrupa allá donde vaya creando Sociedades del País, Círculos del País, restoranes y txokos donde tocar la tamborrada por San Sebastián, donde rezar a su Virgen Blanca o a la de Begoña. Donde hacer, de cada semana fuera de su tierra, una Semana Grande. He visto vascos llorando cada vez que dejaba atrás un pueblo en el trenillo de vía estrecha que le llevaba a El Abra; he visto vascos que, en el barco que le llevaba a Venezuela, a Idaho, a Argentina, añoraban ya el verde maizal, los verdes frutos del nogal, todos y cada uno de los paisajes infantiles, de los montes coronados de nubes…
Hoy he recibido un mensaje privado en mi muro de una muy querida amiga. Una amiga a la que no conozco personalmente pero que me ha presentado a sus nietos, me ha relatado cómo cuida sus flores, cómo añora su Vizcaya querida, cómo ama sus valles y castillos alemanes y que ha añorado –¡fíjense!- unas pequeñas semillas de esa guindilla vasca que llaman piparra o langostino de Ibarra. En ese mensaje mi buena amiga me dice que cree que, por algún motivo que no acierta a comprender, la he dejado de lado. Y creo que tiene razón. No lo he hecho, naturalmente, a sabiendas sino que, la jubilación, el verano y los traslados, y las ocupaciones en las que estoy recientes, casi me ha impedido relacionarme con todos y cada uno de mis amigos. Sí que los he hecho con otros y eso, seguramente, le ha entristecido.
No ha sido así, mi querida Lola. Ni mucho menos; ya te lo conté en la contestación a tu mensaje. Pero, si me lo permites -y seguro que lo haces- déjame que, con este pequeño post, trate, en lo posible, de recibir tu perdón por ese olvido no buscado. Muchas gracias y mis mejores deseos para ti y para toda tu familia.
Ángel

PALABRAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

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Existen palabras de nuestro idioma en peligro de extinción, como existen animales de nuestra cabaña, endemismos en nuestra flora o especies de nuestra fauna en peligro de extinción. Para estos se han creado laboratorios en los que, tras un ordeño previo, se insertan los calostros del lince en la matriz de una lincesa (sustantivo epiceno) y, transcurridos unos meses, aparece una nueva camada de linces para recuperar la especie. Pues bien, igual que se hace esto debería hacerse con las palabras castellanas en peligro de extinción.
¿Quiere usted decir, don Dimas, que debería de crearse la figura del ordeñador de palabras?
No, hombre. Quiero decir que, al igual que se lucha por una especie que de desaparecer no vuelve a encontrar sustituto, pues lo mismo deberían hacer con las palabras que pierden su uso habitual.
Pues para eso está el diccionario, don Dimas.
Pues no, don Matías. El diccionario no está para eso, o al menos no está sólo para eso, sino para compendiar un rol de términos que los hablantes utilizamos habitualmente. El resto, aquellas palabras en desuso, palabras que agonizan y que son patrimonio inmaterial del pueblo; esas palabras que designamos como atavismos, desaparecen del diccionario y quedan arrumbadas en los sótanos fríos y marmóreos de la Academia.
¿Usted cree que la Academia tiene, en los bajos del caserón que habita, una especie de osera o mausoleo donde quedan almacenadas las palabras que ya no se usan?
Pues no sé si lo serán tanto como usted dice pero me barrunto que será algo así.
Pero el idioma español está hecho, en esencia, de gran cantidad de términos locales; los dialectismos. ¿Usted cree que estos vocablos dialectales deberían, también, formar parte de ese rol al que usted aludía antes?
¡Pues claro que sí!, faltaría más. Mire usted, no sé si recuerda aquella letra de la jota que decía por vasco soy navarro y por navarro español ¿la recuerda, verdad? Pues lo mismo ocurre con los dialectos, en tanto que es un sistema lingüístico considerado con relación a un tronco común.
Me imagino que, para hacer ese banco de palabras en peligro de extinción acudiría usted a la literatura, claro
Naturalmente. No hay mejor fondo, para empezar, que los clásicos españoles y los autores fallecidos recientemente: Quevedo, Cervantes, Cela, Delibes…
Pues ahí hay trabajo para rato. Trabajo de investigación; trabajo para ratas de biblioteca.
Y tanto, pero no debería de haber problema. ¿No dicen que tenemos el silo del paro completo y lleno de la juventud más preparada? ¿No dicen, y no paran, que ya hemos salido de la crisis y que de lo que se trata ahora es de crear empleo? Pues ahí tienen una gran labor. Un trabajo sin fin, de esos que se empiezan y no tienen final. Trabajo para varias generaciones de investigadores del idioma. ¿No dicen que no hay nada que una más que el idioma?
Y ya puestos, don Dimas, seguro que nos regala usted tres o cuatro palabras de esas que pondría en el compendio a salvar ¿verdad?
Pues no pensaba hacerlo, pero ya que insiste lo haré. Ahí tiene tres de ellas:
Banzo. (Quizá del celta *wankyos ‘travesaño’). 1. m. Cada uno de los dos listones de madera más gruesos del bastidor para bordar, guarnecidos con tiras de lienzo, a las que se cose la tela. 2. m. Cada uno de los dos largueros paralelos o apareados que sirven para afianzar una armazón, como una escalera de mano, el respaldo de una silla, etc.
Balago. (Quizá del celta hisp. *bálago- o *bálaco-). 1. m. Paja larga de los cereales después de quitarle el grano. 2. m. Paja trillada. 3. m. Espuma crasa del jabón, de la cual se hacen bolas.
Carama. Escarcha. Rocío de la noche congelado.
Pero estas tres palabras, don Dimas, ya vienen en el Diccionario. Estas no están en peligro de extinción.
Deje usted pasar una o dos ediciones más y verá donde paran… Ahora que si lo que quiere usted es una palabra casi extinguida y que no figure en el diccionario yo se la ofrezco, de mil amores y usted, que para esto del Internet es un lince ibérico de los reproducidos, me la busca a ver qué es lo que significa.
Diga, diga…
Baribañuela
¿Eh? De donde carajo se saca usted estas palabras.
Eso es lo que digo yo…

EL BURGO DE OSMA Y SU ZONA MONUMENTAL

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Mi amigo Aldea, entre que es muy del Burgo de Osma y que, además, está obnubilado por su condición de villa catedralicia, dice como Renán, aquel filósofo francés, que quien no se entusiasma ante una catedral es que carece de fantasía. Pudiera ser; ¿quién soy yo para llevar la contraria a Renán y al capitán Aldea? A lo mejor es que no las veo con indiferencia, sino que lo hago sin entusiasmo. A lo mejor es que me pasa con las catedrales como con la política y las garrapatas que viven de ella, que no me las acabo de creer del todo.
Lo mismo que con las catedrales me pasa con los palacios y los castillos, que me parecen un trampantojo para capturar voluntades de vagabundos ilusos que pasean su solaz, las manos tras la espalda y la boca abierta, como un tragabolos de sandalias y calcetines negros; de pantalón pirata y gorra de baseball. A mí me gustan más las pequeñas iglesias románicas. Esas iglesias chaparras, más anchas que altas; hechas para el misticismo, para el rezo y el ascetismo. Me gustan las pequeñas iglesias porque son la esencia misma de Castilla. Y me gustan sí, como me gustan las casas en las que viven los hombres y sus familias y la arquitectura característica de cada país, de cada región o de cada pueblo.

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Hoy he vuelto al Burgo de Osma y, frente a la catedral, me han vuelto los dengues a la hora de entrar. ¿Para qué tengo yo que entrar en este mausoleo titánico y gigantesco de patricios electos de Roma? Vengo de la pequeña aldea de Rejas, donde he echado más de una hora en ver, piedra a piedra, san Martín y san Ginés, ambas dos del siglo XII; ambas dos porticadas y preciosas ambas dos. Dos iglesias de mampostería –salvo en la galería y en los esquinales- absolutamente proporcionadas en su diminuta pequeñez. Nada que altere y empequeñezca el pueblo, al medio, a la Naturaleza. Nada que ver con el monstruoso edificio de la catedral burgense que a todo y a todos empequeñece.

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El pueblo de Rejas conserva sus viejas casas de construcción típica de la Ribera, con sus adobes y su angosta estrechez para evitar el frío. Conservan, sobre sus tejas árabes, las típicas chimeneas cónicas de tipo pinariego encestadas y coronadas por su contera y su chipitel que facilitaba la iluminación cenital en la cocina, donde se hacía toda la vida. Conserva también la loca anarquía de una traza irregular y sin ningún tipo de fundamento en su caserío.

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Me gusta el Burgo de Osma, es cierto. Pero me gusta la calle Mayor, pueblerina y casi en blanco y negro; un pueblo donde, cuando menos lo esperas, te puede salir un cura viejo, un cura de teja y sotana desgastada y verdecida hasta los tobillos. Me gustan sus calles estrechas y defendidas del sol y del hielo por las porticadas casas de fachadas entramadas. No me gusta el palacio Episcopal, ni me gustan las murallas, ni nada que supere la medida del ser humano. Me gusta su plaza Mayor, su recoleta plaza mayor, como la de cada capital provinciana. Me gustan los edificios que, a babor y estribor, flanquean el ayuntamiento. Es una plaza para ser vivida, disfrutada. Una plaza accesible a la que los burgenses –por aquellos arcanos ineluctables de siglos y siglos- no acceden ocupando los veladores de bares y cafeterías, sino que se conforman con sentarse en los bancos públicos bajo los plátanos de sombra. Me gusta ver, también, en su calle Mayor a los dos o tres viejos agricultores que, cada día, instalan su tenderete para vender cuatro míseros puerros, un par de pimientos tempranos o unas alubias blancas del año anterior. Unas alubias cuyo pellejo es fomento de tronadas tormentas nocturnas. Me gusta el Burgo de Osma que no le gusta a nadie. ¡Qué se le va a hacer, amigo Aldea!

DE MISAS, PROCESIONES Y CALDERETAS. COMO FORRARSE SIENDO INDEMNIZADO

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Dentro de la política -ejerciendo la misma- se puede ganar dinero; sí. Se puede ganar dinero, incluso, de forma honorable aunque algunos lo veamos como algo deshonroso. Verán ustedes, que yo se lo explico y por el mismo precio.
La Diputación Provincial de Soria ha cambiado de color. Ha pasado del azul gaviotero al rojo, rojo clavel, que decía la copla. Los diputados populares, ahora en la oposición, han visto cómo sus ingresos han mermado de forma significativa en cantidades que van desde los 23.446 euros del alcalde de Langa de Duero, el más indemnizado, a los 21.221 del alcalde de Los Rábanos, el menos indemnizado. ¿Y en concepto de indemnización dice usted? Bueno, en concepto de indemnizaciones, de dietas y de kilometrajes.
¿Indemnizaciones, dice usted?, si según el Diccionario de la Real Academia indemnizar es “resarcir de un daño o perjuicio”. ¿Qué daño o prejuicio ha sufrido quien se presenta voluntario a un asunto que lleva aparejadas estas servidumbres de antemano? ¡Ah!… buena pregunta.
Estas indemnizaciones son por cada asistencia a comisiones, plenos, patronatos y órganos externos en los que la Diputación tuviera representación. También se indemnizaba por asistir a actos oficiales, reuniones o actividades en general. ¡Toma ya!
¿Y cuál son esos actos?, se preguntará usted… No lo haga; el Heraldo de Soria de 17 de julio de 2015 se lo cuenta en su página 27: “por asistencia a misas, procesiones y calderetas”. Vamos que una popular, reverendísima y católica autoridad acudía a la misa en honor a Nuestra Señora del Espino, la del Vallejo o la de la Buena Leche, pongamos por caso, y ¡catapún!, pasta para el bote. En esa misa, acudían el alcalde, también del PP, los cuatro concejales, también del PP y no cobraban ni un euro, pero ¡ay, amigo!, el compañero de partido que representaba a la Diputación sí que lo hacía. Que era una procesión, pues nada… se ponía detrás del santo, junto al alcalde y ¡cataplás!, más pasta, para él, claro, que el alcalde no cobraba. Que acabada la procesión había una sabrosa caldereta de cabrito –con perdón por quitarles años- ¡tracatá!, otra pasta y, además, el papeo de gorra… Y, a esto se le llama “indemnizar”. Tócate la mandarina, María Josefina. Nos falta saber, -el diario no lo informa- qué ocurría si había misa, procesión posterior y fin de fiesta con caldereta. Igual llenaban el zurrón de billetes…
El truqui, para no caer en dolo o falta, es cobrar menos de 18.000 euros que es el tope marcado por las bases de ejecución del presupuesto de la institución. Entonces, cuidándolo mucho se pueden llegar a cantidades de 17.785,60 y 17.090 a las que han llegado los alcaldes de Cabrejas y de Los Rábanos, respectivamente. Eso es medir ¿verdad? y no lo que hace un sastre. A algunos nos recuerdan los topes de aquellas tarjetas black que no se sobrepasaban de auténtico milagro los topes admitidos. ¡Mal pensados que somos…! ¿Qué quiere usted?
Es que, verá usted, la gasolina se ha puesto por las nubes, dirán los señores alcaldes y diputados provinciales. Pues sí, tienen ustedes razón, pero si desde Langa de Duero a San Esteban de Gormaz, por poner los dos pueblos donde sus alcaldes se han visto más “indemnizados”, sólo hay cuatro kilómetros ¿por qué no iban en un solo coche? A más, a más, que dicen los catalanes. Si el siguiente pueblo, a otros 8 kilómetros, es el Burgo de Osma, desde donde salía el coche oficial del presidente de la Diputación, con su chófer y todo ¿por qué no iban los tres en el coche oficial? ¿Saben cuánto nos habríamos ahorrado los ciudadanos? Pues echen ustedes cuentas, que no lo voy a hacer yo solo…
Bueno, se dirán ustedes, total ¿de qué cantidad hablamos? 23.446,41 euros que cobró el que más. Si son tan solo cerca de cuatro millones de pesetas. Efectivamente, pero a eso hemos de añadirle los 36.000 euros anuales (casi 6.000.000 de pesetas) por ser alcalde, lo que arroja un total de casi 60.000 euros o, lo que es lo mismo, casi el millón de pesetas mensuales y, para el gobierno de un pueblo de menos de 900 habitantes. No está mal, ¿verdad? Pues ya lo saben, si es usted católico, de derechas y tiene buen diente para la caldereta y no se le resiente la andorga, métase alcalde de pueblo pequeño, no tiene apenas cargas y está bien “indemnizado”. Total, para el currículo que piden por serlo…

DE CHINOS Y CÁNTABROS. EL MARMITAKO Y OTRAS DENOMINACIONES

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Gastronómicamente hablado, un cántabro es un chino. A un cántabro, sobre todo si es de la costa oriental: castreño, laredano o santoñés le da usted un plato guisado en cualquier comunidad, sobre todo si es, la vasca y les falta tiempo para adecuar la receta y la nomenclatura al curioso hablar de los naturales de la tierruca. Los cántabros son, por lo general, aficionados a copiar y apropiarse de todo lo que se come, se merienda o se cena. Son rémoras que le han salido a los euskaldunes en justa correspondencia por la invasión bilbaína de Castro Urdiales y Laredo y que, de no mediar la ley con todo su peso acabarán, como los chinos, invadiendo restaurantes y mesas familiares como si tal cosa.

Viene esto a cuento del artículo que hoy campea en Vozpópuli titulado El bonito del norte y los recuerdos de otros veranos. En este artículo, Caius Apicio, el autor de nombre enmascarado, rememora su infancia y la llegada del túnido a las veraniegas  mesas  norteñas.  El  bonito,  viene  a  decir  Apicio,  elige  el  verano –como antaño la realeza- para veranear y, después, se marcha de luna de miel al Caribe, como las parejas de recién casados del cinturón marrón -Móstoles, Fuenlabrada y Alcorcón- madrileño. Habla Apicio de platos a base de bonito y cita el rollo de Viveiro, el sorropotún cántabro y el marmitako (no dice de Mutriku, lugar de invención del guiso) nacido a bordo de botes pesqueros.

¿El sorropotún cántabro?, se preguntarán ustedes. ¿Qué coño es eso de sorropotún cántabro? Pues, sobre poco más o menos la anguila all i pebre de San Lorenzo del Escorial. Porque exactamente es eso lo que le pasa al denominado “sorropotún”. Verán. Zurruputun, o zurrukutun y su voz Surruputun -pues la “zeta” se pronuncia “ese”- es voz que significa, en euskara, zurrup (pronunciado surrup) que es la onomatopeya del sorbo y kutun (agradable o íntimo) para algunos autores o putun (de pot –o pote-, tazón donde se servía para otros). El surruputun o surrukutun no es sino una sopa de ajo enriquecida con bacalao, pimientos choriceros, tomate, huevos y en algunos casos también patata. ¿Qué gaitas significa la voz “sorropotún?, pues eso… all i pebre en el habla serrana de El Escorial.

Otro tanto ocurre con el marmitako. En Cantabria, al marmitako se le denomina “marmita”, el puchero en el que se guisa. En Euskadi se dice marmitako que significa “en marmita” y significa eso, precisamente, porque el marmitako no siempre se hacía con bonito o atún, sino con el pescado que se pescaba en la marea: chicharro, palometa, o lo que buenamente salía de cada echada. El marmitako, por lo tanto, es un guiso que se hace con cebolla, patata, un poco de pimiento verde y un espíritu de tomate frito, que es lo que los marineros llevaban a bordo y un pescado. No lleva carne de pimiento choricero, ni caldos de pescado, ni fondos de ningún tipo; no. La marmita cántabra es un plato de patatas con bonito, una suerte de patatas a la riojana pero sustituyendo el chorizo por bonito.

Si esto era poco, a la hora de copiar y alterar las denominaciones originales, otro tanto les pasa con la conserva de pescado. A la anchoa -el humilde boquerón- ellos le llaman bocarte (desconozco, aunque me imagino que será así, dada su habitual fanfarria, que será por aquello de arte en la boca) pero, nobleza obliga, para poderlo vender lo llaman anchoas en las cajas comercializadas. Las conservas de salazón, y eso lo sabe bien Maru Outeiriño, nieta de anchovero catalán afincado en Cariño, las trajeron a España los italianos, más concretamente los sicilianos, desde su tierra, donde la anchoa emigró en vista de la fuerte demanda a otras tierras y, el siciliano, siempre tan constante, la persiguió desde Cataluña hasta Galicia siguiendo el desplazamiento habitual del pescado. El primer conservero sicialiano que vino a España fue Orlando; sí, sí, el del tomate, y a partir de él toda su familia y sus vecinos.

Los cántabros son muy suyos, aunque no solo con el pescado. ¡Si hasta el cocido montañés lleva alubia blanca, en lugar de garbanzos, como es tradicional en cualquier cocido que se precie, ya sea madrileño, lebaniego o maragato! ¿Se imaginan ustedes algún comercio de estos que aparecen por su barrio que vendiera sobaos de Leganés? ¿Verdad que no? Pues eso. Coman ustedes aquello que les pete, ya sea pescado, ensaladas o carnes pero, eso sí, pídanlas por sus nombres pero no por aquellos nombres que los cántabros se inventan.

ODIO EL VERANO…

Odio el verano con todo mi ser. Es llegar la calorina y ¡zas!, nubes de bichos, plagas de insectos de todo tipo trepan por tus piernas, te pican al vuelo o están esperando junto a una rama, bajo el mantel de la mesita del velador o sobre la hamaca de la piscina. Moscas tercas, mosquitos rejoneadores, arañas titiriteras, hormigas hambrientas, pulgas saltarinas…
La mosca es pesada, contumaz, obstinada. La mosca es la visita que, cuando niño, siempre nos decía al oído ¿qué, ya con novia?, a sabiendas de lo que nos turbaba la pregunta. La mosca es esa vecina que siempre está atenta, tras el visillo de la ventana. La mosca es esa tía que se comía siempre el bizcocho bañado en chocolate de la caja de galletas variadas, la que se comía los nevaditos y dejaba, tan solo, las insulsas galletas María.
El mosquito no; el mosquito es un legionario; un boina verde del verano. El mosquito ataca en picado, sin ningún tipo de miramiento. El mosquito es el funcionario cabrón; el guardia emboscado tras un seto para multarte, el inspector de Hacienda con su calculadora de palanca, la voz de la empleada de MoviStar que te repite, de forma machacona que todos sus agentes están ocupados y que sigas a la espera. El mosquito es un cabrón redomado.

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¿Y la homiga? Ese bicho asqueroso, sobrevalorado, con alma de perroflauta de Podemos que se pasa -dice- el día trabajando. Que te mira a ti, desde su mísero tamaño y se pone a tirar de la alpargata como si fuera a llevarte al hormiguero para bacilar con la hormiga reina y ponerla cachonda a cuenta tuya.
Y tú, que nunca aprenderás de los moros, esos tipos que, a cincuenta grados a la sombra se cubren de telas como si fueran una tienda de campaña en lugar de quedarse en canicas, te pones un pantalón corto y te cubres las carnes morenas con un polo sin mangas. Ahí es donde la has cagado… Ahí es donde el mosquito, la mosca, esa pequeña araña que desciende desde la desmayada rama del sauce te arrea el primer mordisco del verano. Es en ese momento donde, además de la mosca coñazo, el mosquito banderillo y la araña danzante aparece, por si era poco, la pulga de cardo. Las pulgas, en los pueblos donde hay ganado, son instrumentos de terror al servicio de la maldad. No hay nada tan irritante como el paseo por uno de tus jarretes de una pulga. Los picotazos siguen la ruta de la vena safena o como carajo se llame la vena que va desde el tobillo hasta la ingle. En quince centímetros una buena pulga; una de esas pulgas bilbaínas que toman txikitos y comen pintxos en el batzoki de las pulgas te puede hacer un desaguisado que para qué.
El primer picotazo del verano te produce un grano del tamaño de una aceituna. Para entonces ya es tarde. Ya no hay lugar a echarse el spray ese que hemos comprado en Mercadona, ya no vale encender el braserillo con la cintronella. No; ya no hay vuelta atrás. En ese momento, nadie sabe por qué, se ha abierto la veda, se ha inaugurado la barra libre del picoteo goloso del muslamen del veraneante, del costillar del turista, de los brazos sonrosados del guiri desavisado. Para entonces, decía, ya no hay tu tía. Españoles, dice la pulga, queda inaugurado este pantano.
Donde esté ese otoño morriñento, esa lluvia calma, esa niebla baja que te reconforta el alma que se quiten los veranos soleados, los estíos ferragostanos y las calimas titilantes que curvan hasta los raíles del tren. El verano es para los belgas, que miran al sol como si fuese el bicho de Alien; para los ingleses que meriendan sándwiches de alfalfa con tomate podrido; para los rusos que piensan que el sol es una moneda de oro. ¿Cuándo han visto ustedes un chino tomando el sol? Los chinos son como españoles pero a los que les altera el sol, por eso entornan los ojos. ¿O que creen ustedes, que tenía los ojos así por comer arroz? No, hombre, no. Es para que no les deslumbre el sol. Los chinos… esos sí que son tíos listos.