EL PREGÓN

11burgo2

Don Serapio Olmedilla Rastrojo, el afamado y conspicuo filósofo autor de un tratado sobre la centralidad de la letra redondilla en la obra de don Lope Félix de Vega y Carpio estaba terminando ya su discurso. A don Serapio Olmedilla Rastrojo como era un intelectual destacado le pidieron que diera el pregón del pueblo pero no le pusieron –craso error- ningún tipo de cortapisa en cuanto al tema a tratar y la duración del discurro. Cuando a un filósofo se le deja abierto el portillo de la palabra –máxime si esta se le paga con un vino español- no hay quien le calle o le silencie.

Don Serapio Olmedilla Rastrojo, después de saludar y echar cuatro vivas, uno tras otro, a san Obicio de Brescia, patrón de la villa; a la virgen del Salterio (aquí explicó el conferenciante que un salterio es un rosario de cuentas como aquel que, según cantaba María Dolores Pradera, había que devolver por ser de la madre de la ofendida); al señor alcalde, a quien dicen Peluso en el pueblo, y el cuarto viva se lo dedicó a a España o a lo que aún queda de ella.

Don Serapio Olmedilla Rastrojo tuvo un recuerdo emocionado con don Apolinar Siguero Lagunero, mancebo de botica en La Poveda de la Obispalía, pedanía de Altarejos, en Cuenca, Spain. Don Apolinar Siguero, antes de fallecer perdió a su esposa, no por las fiebres, que entonces era lo normal, sino por abandono. Se le marchó con el boticario titular a ver las luces de la Navidad en Madrid desde un taxi de gasógeno.

Eso le pasó, dijo don Serapio en su discurso, por casarse con una mujer que no era de su familia.

Y es cierto. El matrimonio, esa institución que al decir de don Matías está sobrevealorada, nunca acaba bien salvo que se lleve a cabo entre gentes de la misma sangre.

La cigüeña, dijo don Serapio, encuentra siempre su campanario. Lo encuentra sin equivocarse. Lo mismo le ocurre al vencejo con su pequeño nido colgado bajo el alero del tejado. O al perro que vuelve a casa desde distancias enormes, o a la abeja con su panal. Los animales, queridos amigos de Poveda de la Obispalía, nunca se equivocan. Y si tienen que elegir pareja lo hacen con hembras de su misma familia.

En aquel mismo instante, y desde el mismo cielo o desde una altura similar cayó una cagada de paloma. Una cagada generosa y cumplida como una bendición y fue a parar sobre la frente amplia del pregonero don Serapio.

Los mozos, que se toman todo a risa, se mofaron con grandes risotadas y dieron orden a la charanga para que tocasen algo. Las mozas comenzaron a bailar y el polvo de la plaza, aún sin regar, subió hasta el mismo balcón del ayuntamiento. Allí, don Serapio, que seguía impávido con la cagada de la paloma en la frente, notó como esta, por el polvo de la arena de la plaza, se le endurecía y se secaba formando una especie de grano sucio y repugnante.

El señor alcalde trató de quitárselo con la punta de la navaja y la reina de las fiestas, la señorita Obdulia Carajal, estudiante de peluquería, avisó al cabo de la guardia civil quien se presentó con dos números y un cabo vestidos los tres con sus trajes de gala y sus tricornios festonados de amarillo y llevaron a don Serapio hasta el pilón donde fue arrojado para ablandar la cagada que ya estaba dura como el cemento.

Una vez recompuesta la frente del conferenciante quiso este volver al ágora para terminar su pregón. Peluso, el alcalde, que sobre ser bastante burro conocía bien a las gentes, le convenció para que diera por terminado su cometido. Don Serapio insistió pero enseguida desistió cuando uno de los músicos se arrancó a cantar aquello de “si te cagao la paloma jodeté, jodeté…”

Si en este país, que aún se llama España, hubiese un mínimo de razón se cogería uno a uno a los músicos de la charanga (dijo) y, bajo las banderas del ayuntamiento y por un par de damas de honor cuidadosamente seleccionadas y primorosamente aleccionadas, se les caparía con dos piedras de pedernal, echando al viento las piltrafas de sus molidas turmas, para que sirvieran de alimento al murciélago, animal quiróptero medio ciego y zascandil, que vive apoyado en las cinco vocales del idioma castellano.

Jesús, don Serapio, qué manera de señalar

Y tanto, Peluso. Y tanto

CERTIFICADOS QUE CERTIFICAN


Los certificados de defunción certifican –que para eso están- la muerte administrativa o burocrática de los finados –o presuntos finados-pero no la muerte cierta. Es verdad que siempre suelen coincidir un tipo de muerte con la otra pero, mire usted por dónde, aunque poco habitual, no siempre lo hacen.

Don Tribuno Esperanza y Gallarta –se pone la conjunción copulativa para demostrar que Esperanza es apellido y no nombre- murió, administrativamente, treinta años después de partir (el báculo en una mano y el fardelillo breve en la otra) camino de la Argentina en busca de la fortuna que La Mancha, esa tierra de quijotes y molinos, le negaba. Su reciente esposa, la Esperancita Álvarez Gil, de profesión sus labores, tras no saber más del Tribuno se casó, en segundas nupcias y tras recibir el certificado de defunción del emigrante, treinta años después, en la localidad de Cortijo de Tortas, Albacete, su pueblo, un quince de febrero, festividad de santa Jovita, con el Cástor Esperanza y Torres, ex cura párroco y primo hermano del difunto.

El cura a la fuga, tras levantarse del tálamo, se dirigió a la puerta esperando que, el lechero le hubiera dejado su botella de semidescremada en el quicio de la misma. Quería hacerle a su Esperancita una quesadilla de almuerzo y quedar como un marido ejemplar. Pero no, lo que se encontró, tras su noche de bodas el antiguo perito en almas, fue al primo Tribuno en cumplidas carnes y cueros. Fue tal la impresión que se llevó que del aire que le dio tardó en curar más de dos décadas.

Como el matrimonio no se había consumido, aunque sí consumado, se dio por válido pese a la renuencia de la Esperancita que vio así cómo se esfumaba la posibilidad de heredar, en un futuro, los abundantes cuartos que el Tribuno había amasado en la Argentina y que, una vez juntados, traía a España para compartir con ella.

¿Y cómo es que no escribió en estos treinta años a su esposa?, le preguntó el juez con mucho fundamento

Pues ya ve usted, señor juez, servidor que no gastaba en latines e instrucción. Además, quien iba a esperar tan poca paciencia de una esposa.

Claro, claro…

¿Y ahora qué hacemos?, le preguntó el juez. Si usted quiere podríamos escribir a Madrid, para que nos confirmen si usted está difunto o, por el contrario, está vivo. Para que nos digan si la Esperancita es viuda, bígama o qué otra cosa es.

Deje, deje, le dijo el Tribuno, que yo me acomodo en la pensión hasta final de agosto y, antes de que llegue el invierno, me marcho a Marina D’Or, ciudad de vacaciones, donde tengo una amiga que tiene más paciencia que la Esperancita.

No todas las personas, claro, ni los casos, se resuelven con tanta facilidad. En algunos otros, como aquel de la bella localidad transilvana de Zamfira donde un supuesto guarda del depósito de cadáveres resucitó, por métodos distintos del socorrido boca a boca o del más habitual del masaje cardíaco a una joven transilvana. Al parecer, y según la prensa, estando el joven sobre la difunta, esta, quiero decir la falsa muerta, al notar determinada sensación grata tan distinta de las artes funerarias, sonrió, se incorporó y, muy educada, le agradeció sus cuidados que, según dijo, iban más allá de lo que el contrato laboral le exigía.

Se desconoce, porque la prensa, sobre inventarse las noticias no sabe rematarlas de forma literaria y novelesca, si los padres de la joven resucitada, en agradecimiento al celador, le premiaron con la mano de la difunta o, por el contrario, el necrófilo funerario fue encarcelado o si se recuperó de la impresión y se cortó la coleta –dicho sea sin ánimo de señalar- para siempre jamás.

Los certificados, ya se ponía más arriba, certifican, aunque no siempre con notable éxito aquello para lo que fueron concebidos. La administración, ese parásito que todos llevamos encima y al que recebamos con nuestros impuestos, es constante y machacón pero, ¡vaya por Dios!, algunas veces, por aquello de que no hay mejor cuña que la de la propia madera, se encuentra con la horma de su zapato y queda, retratado, con la camisa subida y el ojete al aire. ¡Que se jodan!

VINOS DE SEIS GENERACIONES

Cinco generaciones preceden a la de Juan José Martínez Yebra trabajando la viña y elaborando vino. «En Villadecanes no puedes hacer otra cosa», dijo alguna vez este guardián de la Mencía. El caso es hacerlo bien. Y él sí sabe cómo.

RAFAEL BLANCO

02/12/2016

http://www.diariodeleon.es/noticias/destinos/vinos-seis-generaciones_1119407.html

Si hay personajes imprescindibles en el vino berciano, y de eso no hay duda, Martínez Yebra tiene que ser uno de ellos. Juanín —esa referencia siempre cariñosa universaliza su conocimiento en y del vino berciano— es el depositario de un gran legado familiar que relaciona a seis generaciones con la viña y el vino.

Pero fue su padre quien en 1975 dio forma a lo que hoy es Martínez Yebra. Viticultor histórico que siempre entregó su vendimia a la desaparecida cooperativa de Villafranca del Bierzo, fue también impulsor de la Denominación de Origen Bierzo, en la que la bodega que ahora dirige su hijo fue una de los primeras en inscribirse. Ocurría en el año 1989, el mismo de la constitución del consejo regulador. Elaborador y granelista como su padre y a partir de 1997 ya embotellador, Juanín se siente sobre todo viticultor y se ocupa personalmente del trabajo en la viña, con los necesarios apoyos puntuales, siempre bajo su tutela, en la poda y la vendimia de las 16 hectáreas que administra.

Con los Viñadecanes como referencia de la bodega desde 1997 para situar al consumidor en una de las localizaciones vitivinícolas más características de la comarca, fue el crianza de esa etiqueta el que en el año 2009 conquistó para la Mencía el primer Gran Zarcillo de Oro del vino berciano. Supuso un reconocimiento importante y merecido para su labor. Y también una reafirmación de sus convicciones: «Somos una bodega de tintos y esa es mi apuesta. Me gustan más que los blancos». Pese a ello se felicita por el auge del godello, que él elabora «de manera testimonial» aprovechando las viejas cepas del varietal que salpican las de Mencía y separando la uva. «Es una variedad muy atractiva, completa, con una gran estructura y con una nariz impresionante, pero con muy bajo rendimiento en mosto», analiza. Considera «estupendo» que el mercado la haya descubierto «como novedad» y sobre todo que haya demanda de ese tipo de vinos: «Es bueno que lo elaboremos y, sobre todo, que se venda». Apenas 4.000 kilos de los 140.000 que recogió la pasada vendimia fueron de la variedad blanca. Lo demás, Mencía de vieja cepa y de muy buena calidad.

Martínez Yebra exporta el 70% de su producción a Asia, el centro de Europa y Estados Unidos y bajo la premisa de que «lo importante siempre es vender lo que haces» a través del conocimiento, adapta la bodega a las nuevas exigencias del enoturismo convirtiendo una vieja casona de piedra en centro de acogida y actividad social.

BERENGUELA DE CASTILLA, DOS BODAS Y SIN COSTILLA

Hay cosas que no pueden ser, y que además son imposibles, que diría El Gallo. Por ejemplo, un torero con barba, un cura con bigote y un cantaor flamenco de gorrilla. No puede ser y no hay más. Sí que es posible que un torero, antes de ponerse el vestido de torear, se deje la barba, como hace Cayetano, el de los Rivera, o que un cura rebotao y metido en Comisiones Obreras, se deje el bigote al colgar los hábitos. Incluso, ¿por qué no? que un cantaor flamenco, fuera del escenario, y por pasar desapercibido, lleve gorra en lugar de sombrero, pero ¿en el escenario? Imposible. Lo demás sería impostura. Impostura y malaje, don Dimas. Lo que yo le diga.¿Y es normal que un Nobel case con moza tagala?

Tampoco. Mire usted, esa moza que usted dice dejó de serlo gracias al señor Iglesias, don Julio, según consta en su canción Lo mejor de tu vida. En ella, y en verso suelto y poco delicado con la señora, dice así: Tu experiencia primera,/el despertar de tu carne, /tu inocencia salvaje, /me la he bebido yo, /me la he bebido yo…

Vaya manera de señalar, ¿verdad usted que sí?

Ya lo creo. ¡Y menuda sed! Pero es que verá usted. Esta señora, que casó muy joven con el trovador ha tenido más maridos que doña Berenguela, reina de Castilla.

¿La hija de don Alfonso y la Leo de Plantagenet?

Esa misma.

¿Pues cuantos tuvo? No muchos, la verdad, para lo que ahora se estila, pero sí los que tuvo y casi ni pudo disfrutarlos. Verá usted; doña Berenguela fue la heredera nominal al trono castellano, pues los infantes nacidos posteriormente no habían sobrevivido.

Pues sería un partidazo, ¿verdad?

Ya lo creo. Su papi, que para esto de las bodas era muy suyo, acordó casarla con don Conrado, duque de Rothenburg e hijo que fue de Federico, el primero de los Barbarroja. Llegaron hasta dotarla con 42.000 maravedíes, que era para entonces una guita. Conrado se vino para Castilla y se casó en Carrión de los Condes pero, mira por donde, después nació el infante Fernando que fue declarado heredero y el Barbarroja dijo que nanay, que p’a su padre la Berenguela y pidió la devolución de la dote. ¿Es que acaso, le dijo el suegro, soy El Corte Inglés, que devuelve el dinero al insatisfecho? Don Conrado, con el rabo entre piernas se volvió para su feudo. La chata Berenguela, por su parte y como dice el canto infantil, solicitó la anulación inducida por su abuela la Leo de Aquitania que no quería Hohenstaufenes a su vera, siempre a la verita suya… Temor infundado porque al duque le dieron matarile por lo bajines en 1196.

¿Y qué más?

Pues nada, que al año siguiente de cargarse al Barbarroja se echó novio y se casó en Pucela con Alfonso IX, rey de León y pariente suyo en tercer grado. Tuvieron cinco churumbeles pero, el papa Inocencio III, que había sustituido a Celestino III quien, haciendo caso a su nombre, celestineó para casarlos fue y lo anuló. ¡Hala, con un par! Alfonso y la Berenguela se pusieron como unos cocheros y le dieron la matraca todo el papado, pero el Inocencio, que era un integrista, no lo permitió, eso sí, a los cinco churumbeles los consideró legítimos.

Mira, algo es algo.

En efecto.

El caso es que, como declararon ilegítima la boda se volvió a casa de sus padres, (¿quién no lo ha hecho al ser abandonado retomando para sí la habitación de cadete, donde sacó la EGB?) y se dedicó a cuidar a los niños. Bueno, a cuidar a los niños y a hacer de regente, a reinar y a ser consejera real del niño.

¿Y a usted le parecen mucho un par de bodas?

Pues no, la verdad. Pero que las dos te salgan rana, pues qué quiere usted que le diga. Por eso, al principio de este post decía yo que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

¿Usted cree, don Matías, que Soria, el del blog, es algo pariente de Rita Haywoorth?

¡No, hombre…! Además, si no se apellida Cansino.

Ya, apellidarse no, pero anda que cansino está resultando un tanto con eso de la Historia.

La culpa no es de él, no crea. Sino de quien le llama enciclopedia con patas. Luego va, se impla, y se pone esponjado como un bizcocho de tutifruti y no hay quien le aguante.

LA TRÁGICA Y AZAROSA VIDA DE CASTA NICOLASA Y SU ESPOSO GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (Drama rural de tintes folletinescos)

En el caserío que ahora se conoce como Torrubia de Soria, muy cerca ya de la mojonera de Aragón nació, en el año en que las Cortes nombraron a Espartero regente, doña Casta Nicolasa Esteban y Navarro, hija que fue de don Francisco Esteban, natural de Pozalmuro y de doña Antonia Navarro, descendiente de una distinguida familia de Noviercas, todos ellos en el país que llaman Soria. Don Francisco, médico de profesión y especialista en enfermedades venéreas, ejerció en San Felices, Noviercas, Yanguas y Torrubia antes de desplazarse a Madrid para poner fin a su carrera. Tras su vida laboral vuelve a Noviercas donde fallece el día de san José, esposo de la Virgen, del año 1876. Pero no es de don Francisco, sino de su hija, la señorita Casta Nicolasa, de quien vamos a hablar. De la señorita Casta y de don Gustavo Adolfo Bécquer, su esposo a quien, al parecer, conoció como paciente de su padre. Al padre, como es natural y lógico, no le hacía ni puñetera gracia que su hija, de diecisiete años, se liara con un enfermo de sífilis. Pero mira… debió de pensar.

Casta y Gustavo Adolfo eran dos jóvenes adelantados a su tiempo. Al parecer cohabitaban antes de casarse –calle madrileña del Baño- en unos tiempos en que los bares se llamaban cafés y tenían nombres de países lejanos, de casinos gremiales y de exóticas joyas (el Mercantil, el Casino Militar, La Perla de Catanambú, el Platino…). Tiempos en que el Concordato prohibía ir del brazo de las mujeres, máxime si eran extranjeras. Gustavo Adolfo había roto con una misteriosa enamorada de Valladolid y Casta con su novio. Un clavo, otro clavo saca…

Gustavo Adolfo vivió siempre una vida bohemia y Casta una más regalada. La relación del matrimonio, por ello y otras razones, se va deteriorando. Gustavo Adolfo era un pelele de su hermano Valeriano. Casta termina hasta el castoreño de su cuñado y de cuidar niños mientras que Gustavo Adolfo se da a la vida literaria y el cachondeo por lo fino. Además de ello, y por si era poco, el poeta, que la ve como un freno a su vida romántica, la envía a Noviercas para protegerla de la revolución que terminaría por echar a la reina Isabelota, la del Canalillo, del trono. Gustavo Adolfo se queda en Madrid pues curra con González Bravo, en El Contemporáneo, periódico afín a Narvaez. Al caer Isabel el Gustavo Adolfo queda cesante y tiene que refugiarse en Noviercas donde al muy bobo no se le ocurre otra que ir con el pelma del Valeriano. Casta, que los encontró en el quicio de la puerta como dos vendedores de Avon, se le puso una leche que para qué y decidió darle celos para ver si espabilaba. ¡En qué hora se le ocurrió!

Casta era resultona, y tenía gracia y coquetería por un tubo y empezó a tontear con El Rubio, un macarra, pariente de los Borovia, una familia de toda la vida de Noviercas. Tenían la misma edad y Casta le hacía ojitos de niña, cuando venía de Madrid, en plan veraneante capitalina. Ocurre que El Rubio ya estaba casado y tenía un par de churumbeles lo que, en el pueblo y en aquella época, fue un escandalazo de aquí te espero y vio en este tonteo una forma de sacar la pasta a la Casta y al resto de la familia.

 

«Cuando me lo contaron sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas […]

Cayó sobre mi espíritu la noche»

El caso es que el Gustavo Adolfo que se entera sale a la plaza a buscar a El Rubio y se lió la cosa lo que no se puede usted imaginar. Que si chuloputas, que si poetucho, que si la tienes más abandonada que el hall de Atapuerca… en fin, ya se pueden imaginar. El Gustavo Adolfo, mosqueado, se larga con su hermano a Soria y, posteriormente a Toledo y Madrid.

Pero miren ustedes por donde, un 15 de diciembre, festividad de san Baco el Joven, viene al mundo el tercer hijo, Emilio Eusebio –hay que ver esta familia Bécquer parecían venezolanos poniendo nombres- al que, la gran mayoría, adjudica a El Rubio. Como Valeriano, el cuñao, había muerto, el matrimonio se vuelve a reunir dando, así, tintes de oficialidad de que el mayor de los Bécquer era un palizas y culpable de las riñas familiares. Tres meses después, el día de la lotería, el poeta entrega la cuchara, al parecer, a resultas de un infarto en el hígado, a la edad de 34 años. Casta tenía, tan solo 29.

Casta volvió a casarse, esta vez en Noviercas, con Manuel Rodríguez Bernardo, asturiano y recaudador de impuestos de Hacienda. Dura poco porque, de nuevo El Rubio aparece en escena. Resulta que un martes de Carnaval la Casta y el asturiano van a casa de unos amigos y El Rubio se puso patoso. Al parecer se disfraza de Mihura corniveleto y aparece en la fiesta con un cartelón colgado con el nombre de Gustavo Adolfo. Le echaron de la fiesta y, en vista del mal ambiente, el recaudador le dice a Casta que vale, que se alegra, pero que para casa que se está haciendo tarde. No hacen más que salir y ¡catapún! Suena un tiro y Casta ve cómo el asturiano cae al suelo tieso como la mojama. El pueblo, ese ente tan caritativo y justiciero escribe hasta unas rimas tan crueles como redondas:

Yo con Casta me casé

porque la creía casta

yo por casta la adoré

y hoy reniego de su casta».

El pueblo, decía, da por seguro que el matachín ha sido El Rubio pero, como no consiguieron demostrarlo éste salió de rositas. ¡Qué cabrón!, se dirá usted. Vaya potra que tuvo. Pues no. Resulta que El Rubio era algo colega de El Chupina, un bandolero con leyenda escrita y leída en cordel de ciego que decía así:

 

Salve Reina de los cielos

amparo del afligido.

Dadme luz para explicar

el nuevo caso ocurrido

en este presente año

de mil ochocientos setenta y dos

en la provincia de Soria

y en el pueblo de Beratón

de ciento veinte vecinos

situado al pie del Moncayo

y en territorio muy frío

pero que habitan en él

algunos ricachoncillos

cuyos bienes codiciaron

los desalmados bandidos.

El caso es que El Chupina y El Rubio salen a ganarse la vida con sus asaltos y Dios, que cuando aprieta ahoga lo suyo, decide que ya está bien y que a El Rubio le había llegado su hora.

El caso es que la rueda del infortunio -pasó más hambre que Dios talento y tuvo hasta que mendigar por las calles de Madrid- siguió rodando la cuesta abajo del mal fario para Casta hasta que, en marzo de 1885, es ingresada en el Hospital Provincial madrileño, donde muere un 30 de marzo a consecuencia de una encefalitis. Gerardo Diego dijo que sí pero que murió al abrasarse intentando encender un quinqué. Esto, como un supuesto ejercicio de la prostitución, entra dentro de la imaginería y del Corazón, Corazón de aquella época.

El matrimonio es asunto de mucha complicación, de no menos trabajo de atención y vigilancia continua y, por qué no, de algo de suerte. He conocido hombres y mujeres que están perfectamente capacitados para relacionarse pero absolutamente incapacitados para una relación definitiva. No seré yo, que disfruto de él, quien reniegue del matrimonio, pero tampoco lo promoveré a tontas y locas. Quien quiera peces, ya sabe… A mi me vale con explicar este drama rural de Soria que, ciertamente, tienen tintes de folletinesco.

LA SEÑORITA PURA, ALIAS MEDIAVERDÁ

La señorita Pura Castellón Expósito daba caladas de a medio pitillo apoyada en la esquina de la calle de la Ballesta. La señorita Pura, alias Mediaverdá no era pura, claro, pero sí que era expósito pues permaneció asilada, tal y como determinó en su reglamento la inclusa del Colegio de La Paz, de Madrid, hasta los siete años de edad. Luego, y hasta los diez, estuvo sirviendo en casa de un prendero del rastro para, más tarde emigrar a Zamora donde permaneció hasta los catorce en que se vino a redondear esquinas tras la Telefónica.La señorita Pura Castellón Expósito tenía el cabello negro, algo endrino –se conoce que se daba reflejos-, los ojos autónomos y un abrigo de moutón acaramelado algo sobadillo y sin una solapa. La señorita Pura Castellón Expósito tuvo amores con el picador toledano Fletán de Valmojado que se retiró de su arte una vez que le cayó el jumento encima y le chafó dos costillas flotanes. Desde entonces, cuando se constipa, tose y echa algo de sangrecilla por la boca.

¿Y no será que fumaba, don Matías?

Pues igual. Vaya usted a saber. Este mundo del toro es muy dado a los vicios.

Al parecer a la señorita Pura Castellón Expósito la abandonó su madre en el cajón de La Paz antes de largarse con un bersaglieri, del que se enamoró por las negras plumas de su sombrero, cuando el tomate del 36. La cuñada de la señorita Pura Castellón Expósito se llamaba, en su arte, Guindilla de Perales y era una buena cantante de arte chico: bulerías, tarantas y fandanguillos. La soleá y el fandango ya es otra cosa.

Claro, claro…

Guindilla de Perales tuvo dos amores –uno acabó en niño y el otro en niña- con un palmero agitanado, el Tiento de Chipiona, que tenía la mano pronta, la chirla fría y el vaso malo.

Quitando eso, decía, mi Manolo -que se así se llamaba el Tiento- es un santo, oiga usté. Lo que yo le diga, padre cura. Un santo como san Cristobalón, el chofer.

Bueno, bueno, decía el confesor. Cada uno en su oficio. No mezclemos.

El niño de la Guindilla y el Tiento quiso ser novillero de novillos y toros bravos pero como era tonto, quiere decirse inocente, claro, no le dejaron.

Los funcionarios del Ministerio del Interior, decía la Guindilla, para esto del Reglamento de Toros son muy puntillosos y oficialistas. Muy ordenancistas y tecnócratas. Para mí, fíjese usté, don Matías, que son del Opus Dei.

Pues no le diría yo que no, señora Guindilla. Estos del Opus Dei, sobre ordenancistas y tecnócratas son algo capones, es cierto.

La niña no; la niña no quería ser artista ni señorita torera. Lo que quería la niña de la Guindilla era ser heroína de la Historia de España. La niña de la Guindilla tenía la página recortada de la Historia de España de don Modesto Lafuente donde explicaba la gesta de Agustina de Aragón y la niña, claro, ansiaba con engrosar la nómina de héroes y heroínas patrias.

A la señorita Pura Castellón Expósito le hubiera gustado trabajar de fija en alguno de los clubes de alterne de la calle de la Ballesta pero esto, como es fácil de imaginar, obligaba a ciertos asuntos por los que la señorita Pura no estaba dispuesta a transigir. Así pues, en cuanto se levantaba de la siesta, la señorita Pura Castellón Expósito se ponía su gotita de colonia Myrurgia, se echaba unos pocos de polvos de talco Ausonia, envase rosa, por supuesto, en las axilas, se subía la falta por la cinturilla para enseñar sus redondas rodillas y se echaba a la calle hasta que gastaba las dos cajetillas de Rumbo. Esta era la señal, para la señorita Pura de final de la jornada. Hoy, pasados unos años, la calle de la Ballesta no es lo que era y la señorita Pura, y otras señoritas, como la Mediaverdá, han pasado a mejor viva. Y no es una forma de hablar, naturalmente.

Oiga, Soria. Tan solo por informarme ¿eh? ¿Cómo es que sabía usted tantas cosas de la señorita Pura Castellón?

Pues muy sencillo, don Matías, porque a servidor de usted, aquí donde me ve, me gustaba ir por aquellos barrios a tomar mis vasitos de vino y a comer dos o tres gambas a la plancha con que me obsequiaba en la calle de la Encomienda. Luego, pasito a pasito, me bajaba por aquellas calles del centro hasta coger el metro en la Gran Vía.

Ya, ya… ahora comprendo.

¿TOROS…? NO, GRACIAS

Al ferroviario le gusta mucho la tauromaquia. Lo que no le gusta al ferroviario son las corridas de toros. La Tauromaquia, pese a lo que muchos piensan, no es el gusto por las corridas de toros; o por los espectáculos en sí mismo. La Tauromaquia, en su más amplio sentido, incluye todo aquello que se desarrolla previamente al espectáculo mismo de las corridas: la cría del toro bravo, su presencia en el campo, las normas del espectáculo, los vistosos carteles que anuncian los espectáculos, los vestidos de torear, el tejemaneje de los pícaros en los alrededores de la plaza antes de la corrida para ver y hacerse ver sin pagar un real…El ferroviario tiene mucho aprecio al toro y mucho más a los que se ponen frente a ellos y sufre durante la corrida y, además, ¿qué quiere usted?, a uno le da jindama esto de ver un toro con unos cuernos que parecen de persona, enfurecido y arrancándose por derecho como un AVE arreglado por Ramón Ángel. El ferroviario, además, sabe que el último torero muerto en la plaza de toros de Tetuán de las Victorias se llamó Ángel Soria y, desde entonces, procura no acercarse a ellas. Además, el ferroviario, que no es supersticioso porque trae mala suerte, sabe que en ciertas plazas, se producen cosas de difícil explicación y que, por lo tanto, cuanto más lejos mejor.

¡Pero hombre, Soria…! Ahora nos sale usted con supersticiones

Pues sí, don Dimas. Qué quiere usted que le diga. Verá usted; en Sevilla –por mal señalar- hubo, aunque algunos no lo conocen, otra plaza de toros que nació con mal pie y murió de inasistencia de los espectadores, a los dos años justos de inaugurarla. La llamaron Plaza Monumental, pues monumental era, y la levantaron en el barrio de San Bernardo, frente a la Huerta del Rey. Era promotor de la plaza don José Gómez Ortega, más conocido como Joselito o Gallito en los ambientes taurinos. Se inauguró un 6 de junio del año en que a Antonio Maura le eligieron presidente de la República. Antes de la inauguración ya hubo polémicas y los graderíos se vinieron abajo, afortunadamente, durante los momentos de las pruebas de resistencia.

Malafollá, que dicen por Granada.

Así es. Pero es que la inauguraron pese al malaje con una corrida en la que alternaron el sestaotarra Diego Mazquiarán Torrontegui, alias Fortuna (torero al que le fue concedida la Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia tras enfrentarse, en el Rastro, de Madrid, a un toro que se había escapado y al que sacó faena con su abrigo. Consiguió matarlo con un estoque improvisado y le llevaron a hombros hasta la Puerta de Toledo), Francisco Posadas y Joselito. Los dos primeros murieron locos y al tercero lo mató Bailaor, toro negro, hideputa y pequeñajo en Talavera de la Reina, Toledo. Este Joselito, al decir de mi abuela, pudo haber sido, de no mediar Bailaor, su esposo, miren ustedes por donde, el torejo me dejó sin abuelo. Los sevillanos, gente sensata y que no se toma a chufla esto del malaje, cerró de inmediato la plaza que era aún mayor y con más cabida que La Maestranza y se quedó con la buena conocida en lugar de la más monumental por conocer.


Hombre, Soria… No sé; mira que darle canguelo este par de circunstancias.

No hombre. No son esas dos circunstancias sino que, en una tercera ocasión, siendo ya bastante veterano, la víspera de san Ramón Nonato, patrón de Robledondo, acudí a los toros a Colmenar Viejo. La tarde era buena y la corrida de expectación: corrida de Marcos Núñez, con Chenel -mi favorito junto con Curro-, el soriano Palomar y Yiyo, un joven de Burdeos que se había formado en Canillejas, Madrid. Yiyo había toreado aquella tarde en Pozoblanco con Paquirri, y El Soro. A Rivera se lo llevó por delante Avispado y a Yiyo, en plena sierra, le despenó Burlero. Sólo libró El Soro que sufrió una lesión de rodilla que le obligó a retirarse de los toros.

Por lo tanto, y mal que les pese, servidor de ustedes seguirá viendo los programas de tauromaquia del televisor y no acercándose a los burladeros por si canta la gallina y me pasa como a Fortuna. Que no es que me de miedo ¿eh?, es que yo no suelo gastar abrigo. ¡Que conste!