MORIR O PERDER LA VIDA, ¡QUÉ DILEMA!

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Otelo, aquél moro negro, gordo y veneciano que se parecía a Plácido Domingo pintado con el corcho quemado de una botella de sidra El Gaitero, se tomó muy en serio su desventura y los celos y se quitó la vida sin ningún tipo de consideración. Hizo bien, ¡qué coño!, cada hijo de vecino tiene su corazoncito y nadie es ajeno a la idea de preferir perder la vida en lugar de eso tan cómodo que es el morir y al que todos, tarde o temprano, acabaremos afiliándonos como si fuera el Canal Plus.
Una señora eslovaca, doña Alojzia Zenevieva, natural de Radovljica, en la Cuenca de Liubliana, temperamental y enamoradiza como solo las eslovacas son capaces de ser, a lo que dice el Slovenske Novice, no pudo reprimirse cuando vio que su querido esposo, el Beyla Zeneviev, estibador de paquetes diversos en el río Ljubljanica, la engañaba con su mejor amiga, Alina, que tiene nombre de canción francesa, cosa que, por lo común, no debería extrañar ni a las más membrillas de las eslovacas pues es muy cómodo y resultón para el garañón.
Pues bien, resulta que la Alojzia prefirió morir a perder la vida cosa que, aunque parezca lo mismo no es, ni por el forro, igual. En las torres Gemelas los pobres currinchis del piso 52 se tiraron por la ventana para no morir quemados. Esto es morir pues nadie sabe, por no haber ocurrido aún, si el pobre administrativo iba a perder la vida o, por el contrario, los bomberos llegarían, como el Séptimo de Caballería, tocando la turuta a salvarle. Cosas tenedes, Cid, que dijo el rey en circunstancias todavía no aclaradas.
La loca de la Alojzia, con su insensato proceder se tiró por la ventana abajo situación que, como es fácil imaginar, suele ser puesta en práctica por gentes de mente obnubilada por la desesperación o la cabezonería que, a estos efectos, tanto monta. El caso es que la muy burra se echó por la ventana y ¡vaya por Dios!, fue a caer sobre los hombros mismos del Beyla Zeneviev, su bien consolado esposo, y la propia amiga, Alina dejándolos, en el acto, como un sello de correos, el uno junto a la otra, de perfil, como si fuesen dos monarcas regentes.
Este pronto, como es fácil suponer, es lógico en una española, en una italiana del sur o en una portuguesa de negros velos y fado tristón pero… ¿en una eslovaca? ¿Se imaginan ustedes a una eslovaca que decida poner fin a sus días por un quítame allá esos polvos –con perdón- o estos lodos? Es rarísimo, desde luego.
Pero ahora viene lo malo… o lo bueno, según se quiera mirar. Resulta que la muy insensata, por aquello de tirarse a tontas y locas, no se le ocurrió mirar primero para abajo. Y, claro, en lugar de decir aquello tan socorrido de ¡suicida va!, pues se tiró sin avisar y ¡zas!, les cayó encima al Beyla, su marido, y a la Alina, la amiga despechada –no enfadada, no; sino que iba sin sweter y con el pecho suelto por aquello de las prisas- y los mató pero ella, la muy boba, quedó vivita y coleando. El caso es que el señor juez, que hasta en Eslovaquia suelen ser muy serios y circunspectos, ha ordenado ingresarla en la Casa de Socorro como paso previo a ingresarla en el talego. La acusación –lo que son las cosas- pretende enchiquerar a la Alojzia como asesina u homicida feminicida y machista –ya que los amantes eran uno y otra de distintos géneros cosa que, salvo en Chueca, suele ser normal hasta en Eslovaquia-.
Yo creo que la acusación se ha pasado con la petición y espero que el señor juez, que para eso lo es, pueda juzgar el presunto homicidio como un accidente vulgar aunque, si bien es cierto que despenó a los pecadores sin pena ni gloria, en el pecado llevan la penitencia, no es menos cierto que la señora Zenevieva procedió con excesiva insensatez y harta desconsideración, pero de ahí a meterla en el maco, como si fuera una quinqui va un mundo.
Acciones como esta de la alocada Zenevieva deberían estar prohibidas en el código penal de cualquier país, es cierto, que el buen orden jurídico precisa que todo quede claro desde el primer momento y debe reconocer que, el encontrarse uno en su propio colchón con una lumi, sea o no tu amiga, es algo que confunde y desazona.
¡Vamos, digo yo…!

AQUELLOS MEDICAMENTOS

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Hace años, cuando uno era aún mozo –o más mozo que ahora, mi querida lectora- la gente se curaba y se ponía lustroso comiendo cosas que se anunciaban en el Blanco y Negro y en el ABC: el chocolate de don Matías López daba lustre y quitaba las penas del insomnio; los lectores se curaban los granos –entonces la gente tenía granos- con el depurativo infalible Richelet, decía adiós a los catarros con los parches Sor Virginia y masajeaba su pelo con el selvático y misterioso Abrótano Macho. Otros males, más del bandujo que de los cueros, se curaban con yerbas que preparaba un clérigo francés llamado abate Hammon. Eso los señores y algunas señoras, claro. Ellas, por su parte, tomaban un compuesto que las dejaba el busto como una pasiega criadera a base de pilules Orientales. A los niños nos daban aceite de hígado de bacalao -además de coscorrones o patadas por ponernos brutos y hacer ascos- y Calcio 10 que sabía a natillas o ferro. Hoy ya no se toma nada de esto. Hoy, y desde que Romay el listo, o sea, Becaria, aquel ministro sonriente y calvo descubrió la administración ajena de la Sanidad, y le puso ojitos al copago se toman mierdas químicas que envenenan a los indios como en Bhopal y mucha aspirina que deja una panoja a un laboratorio alemán que ficha, para su equipo de Munich a los más conspicuos futboleros del orbe. Las medicinas químicas se han impuesto ante las otras mucho más domésticas que se anunciaban en la prensa de antaño.
Y es que todo ha cambiado a una velocidad de vértigo. Ahora la gente ya no quiere engordar, como era de ley no hace tanto. Lo importante era no parecer un tísico. Ahora hay que parecer un tísico para no parecer mayor. Esto, seguramente, es culpa del nivel de vida, de los bíceps de Ronaldo y de las tetas de las presentadoras de televisión. Ahora los hijos son más altos, pero siguen teniendo granos, y calvicie y resfriados y las señoras –algunas tan solo, gracias a Dios- parecen tablas de contrachapado y al cambiar la pilule por la píldora se dejan el bigote como don José María Iñigo, pero miren… están tan contentas y hasta las hay que reinan en España, o en lo que queda de ella. Y es que, lo crean o no, una de las peores enfermedades que existe hoy en día es la medicina en sí y la aprensión a la enfermedad.
La Seguridad Social, mal que nos pese, no ha mejorado con el uso de estos remedios químicos, ni tan siquiera debido a la gestión privada, como nos quiere hacer creer el Pasmo de Pontevedra. La Sanidad ha mejorado (créanmelo ustedes aunque les suene chusco) desde que han quitado los supositorios. Si, sí… No se ría doña Eudiviges. Desde que los han suplido por pastillas. Se conoce que había un exceso de placer no declarado en la posología y su administración. La Seguridad Social, aunque no lo confiese nadie, pelea desde hace años, por curar los dos males del ibero medio: la enfermedad y su síntoma, que en algunos casos es peor que la propia enfermedad.
Hubo un tenista -todos los que peinamos canas o lustramos nuestra cabeza con Sidol sabemos quién era- que tomaba hormonas para el crecimiento. Al final salió rana y le dijo a su papá, que era el responsable de la altura en precario del vástago, que nanai de las chimbambas y se retiró del tenis. Los bajitos, bien lo sabemos quienes fuimos gobernados por la Gracia de Dios durante cuarenta largos años, suelen ser propensos a la histeria y a la mala leche. Un alto artificial, un alto con mentalidad y hábitos de bajito, puede resultar más peligroso que un bajito pregonao. Se lo digo yo que conozco a algunos.
Confieso que nunca voy al médico. Es más, una vez que fui, porque tenía una uña que se me clavaba en el dedo me operaron y acabaron cortando el dedo y se lo echaron al gato. A ese gato negro que hay en cada quirófano esperando su dieta diaria. No me permitieron ni hacerle un buen funeral. Un funeral de dedo gordo como Dios manda, con sus caballos blancos y su auriga de chistera negra. No volví más al médico, claro ¡Cualquiera lo hacía!
Pero ahora sí, ahora estoy yendo al hospital, por la mancadura de mi hijo y veo una atención personalizada que para sí quisiera el mejor de los hoteles. Un esfuerzo de los profesionales sanitarios encomiable y una dedicación que debería ser objeto de estudio en el resto de las carreras profesionales. ¡Ya no hay, ni gatos en los quirófanos!
Es cierto que hay un recorte continuo en la atención sanitaria, pero también es cierto que hay una demanda excesiva de este servicio por parte de los afiliados. Las verrugas, que siempre se curaron en mi casa con el lechoso, acre y mordicante jugo de la lechetrezna o con el jugo de la hoja de higuera, se están dejando de atender en el Servicio Público de Salud y hacen bien. Hay enfermedades, y más aún, síntomas, que siempre se han curado en el herborista, con la experiencia del vecino que sufrió una enfermedad similar anteriormente o previendo su aparición con algo de cuidados y mucho de ejercicio. Estos remedios naturales o socialmente admitidos de la prensa nos curaban finalmente, porque, como ya se dijo antes, salvo lo que te hace cascar se cura solo y los enfermos, como habían tenido arte y parte en su propia curación, estaban tan contentos y se gastaba menos de lo público. Volvamos, como se ha hecho siempre, a la manzanilla para los ojos y dejemos las gotas –que algunos confunden con el pegamín y se lía la que se lía- para los que están realmente enfermos. Volvamos al Linimento Sloan y al colutorio bucal, al permanganato y al Vicks VapoRub y dejémonos de pastillas que, en el mejor de los casos, no van a hacer sino que nos salgan pechos donde antes no había sino pelo de osezno, todos lo agradeceremos y el Servicio Público de Salud, mucho más.

¡AQUELLA BALSA INFANTIL!

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Era difícil en aquel Madrid que aún no había alumbrado los años sesenta ser Huckleberry Finn. Y era difícil por varias razones: apenas se leían novelas y nadie conocía el relato, no había un río como el Mississippi y las tías, que también las teníamos como los personajes de Twain, no eran como la tía Polly de Tom Swayer, sino una gruñona que, a la menor, te soltaba un guantazo y se chivaba a tu madre para que te dejaran castigado sin salir a la calle una semana entera. Pero mira, mal que bien se intentaba y, hasta en algunos casos, se conseguía parecerse un poco a aquella alocaba banda americana.
Una tarde los niños del barrio organizamos la construcción de una balsa para navegar la charca que, junto a la Dehesa de la Villa, se formaba por la pérdida de agua del Canalillo. Nos hacían falta tres cosas; a saber: unos troncos de madera, unas lianas y un tonto que quisiera patronearla. Lo de los troncos lo arreglamos con unas maderas que encontramos en el pinar, lo de las lianas lo cambiamos por unas sogas medio podridas que encontramos y, lo del tonto, fue más difícil pero, como entonces no había tontos oficiales, quiero decir tontos puesto a dedo por el municipio –eso vino más tarde con al alcalde Arespacochaga- pues nos tuvimos que valer de un vecino que era algo corto.
Decía lo del tonto municipal porque con la llegada de don Juan, el nuevo alcalde, recaló en el barrio un infeliz que gozaba de ayuda municipal. El hombre no se metía con nadie, es cierto, pero era muy divertido verle, un día sí y el otro también, con la mano pegada a la oreja como si llevara un transistor. Él cantaba y llevaba el ritmo con todo el cuerpo y la mano en la oreja, entonces, nosotros, nos colocábamos tras él y le decíamos: ¡chas! Y empezábamos a cantar: yo soy aquel negrito, o cualquier otra canción de los anuncios…
El orate no perseguía gritando: hijos de puta, que me habéis cambiado la emisora.
En otro momento le dio por llevar un imaginario melón bajo el brazo. Si nos ganábamos su afecto le preguntábamos por el melón. No es melón, nos decía alguna vez, sino sandía, y que lo llevaba para cenar. Algunas veces nos poníamos enfrente suyo, en algún semáforo, y echábamos a correr hacía él. Alguno hacía como que le tiraba el melón –o la sandía, lo que tocara ese día- y se ponía como un cochero. Nunca consiguió cogernos, claro, pero bien que lo intentó. No había maldad por nuestra parte, naturalmente, eran cosas de críos.
Antes de todo esto ya habíamos conseguido, como se dijo más arriba, hacer la balsa. Lo difícil fue engañar al Paquito, que así se llamaba el pobre loco, para subir y hacer de capitán de la balsa. La bautizamos como Hannibal, en honor al pueblo de Missouri donde vivió Mark Twain. Metimos al Paquito en ella y de un empujón echamos la balsa hasta el mismo centro de la charca. Aquello fue un sinsentido total. La balsa se frenó en el mismo centro y comenzó a soltarse, palo a palo, mientras el pobre Paquito daba unos alaridos que para qué… Al final no hubo que lamentar desgracias puesto que, la charca, sobre no tener agua apenas, lo que sí que tenía era limo y lodos que le llegaron casi hasta el pecho. De aquella guisa, el pobre Paquito, volvió a su casa donde, sus tíos –padres no parecía que tuviese-, se quejaron ante nuestros padres por la manera de habernos comportado con él. Lo bueno del todo es que tenían razón. El caso es que ante aquel mar interior, con el Paquito lleno de barro hasta la nuez, perdí, para siempre la ilusión por la náutica, los mares y océanos y, al paso, hasta los ríos y las fuentes. Ahí es donde me hice de secano y así continúo pese a ser amigo del capitán Aldea.
Aquel era un Madrid de tranvías y carros tirados por mulas, de meloneros en verano y vaquerías en cada calle todo el año. Un Madrid de gitanos que echaban lañas a los calderos y de braseros en la puerta los inviernos. Era un Madrid duro, sin apenas parques pero con infinidad de solares donde llevar a cabo aquellas correrías, y otras peores. En aquel Madrid se jugaba a las carreras de bicicletas pero con chapas y se hacía las carreras apartado la arena con las dos manos. Se jugaba al peón, y al tacón, si llovía a la lima y se corría. Todo el día estábamos corriendo: el rescate, el escondite, la brújula… En fin, no sé cómo, en lugar de jugar a Tom Swayer no lo hacíamos a las olimpiadas. Igual porque era, aún más difícil ver las olimpiadas que leer las novelas, esa es la verdad.
Sí, entonces, como hoy, también aquel día era dieciocho de julio, y los guardias iban de gris y con un tabardo que acojonaba lo suyo, y un señor bajito, con un bigote ridículo, decía no sé qué de la gracia de Dios, pero nosotros, niños todavía, sabíamos tanto de aquel dieciocho de julio y de aquel señor bajito como lo que saben ahora de él y de esa fecha los niños que ya no tienen que jugar a Tom Swayer o a Huckleberry Finn. No digo yo que eran otros tiempos mejores o peores -que seguro que lo eran-. Eran, eso sí, otros tiempos.

PEPIÑO CEDEIRA SUEIRO, NATURAL DE CARIÑO Y MARMITÓN DE SU SERENÍSIMA MAJESTAD BRITÁNICA

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Esta historia, que es una historial naval, podría haberla contado perfectamente el capitán Aldea, que mareó los siete mares conocidos y hasta el Mar Menor que es un mar turístico, un mar doméstico, que no existe más que en las cartas y mapas españoles. Pero no, esta historia, que no pudo, o no quiso, contarla el capitán Aldea ocurrió en el mar de Tasmania, más concretamente en la isla de Lord Howe un mes de mayo de 1778, unos días antes de morir Voltaire. El barco HMS “Suply” bajo el mando del teniente Henry Ligbird Ball, de la Royal Navy, hace una travesía desde Botany Bay a la Isla de Norfolk. El barco trasladaba convictos a un nuevo penal que su caritativa majestad pensaba inaugurar en la Polinesia. A bordo del barco va, como marmitón, el gallego Pepiño Cedeira Sueiro, natural de Cariño, provincia de A Coruña –para Aldea La Coruña- buscando su sustento y hacer un dinero para volver al pueblo el día de mañana y mandar construir unas escuelas a las que pondrá el nombre de su madre y una casa con cinco palmeras que destaque sobre las de los conserveros catalanes que se asentarán, Dios mediante, en la villa proximamente.
Los gallegos, peritos en meigas, trasgos y otras ánimas, saben mejor que nadie que el hombre propone y Dios, Nuestro Señor, dispone y, mira por donde, el teniente Ball cree descubrir una nueva isla que no figura en carta alguna. Manda virar el barco y pone proa a un saliente natural de la costa y, a menos de una milla -náutica of course-, manda parar el barco y botar una chalupa (observese que el escribidor no dice bote por no caer en redundancia) con seis marineros a bordo al objeto de hacer una descubierta. Entre esos marineros figura el Pepiño Cedeira Sueiro, intrépido marmitón de Cariño en A Coruña –La Coruña para Aldea-
Efectivamente la isla no estaba descubierta y el teniente da orden de enviar un recado al almirantazgo de Su Majestad comunicándole el descubrimiento y dando nombre a la nueva isla. Esta recibe el nombre de Isla de Lord Howe, en honor al Primer Lord del Almirantazgo. Ya se ve, que incluso en tierra de infieles –protestantes, anglicanos y otras subespecies-, también hay pelotas y lameculos. ¡Paciencia y barajar!
Lo que no supo, hasta la noche, el teniente Ball es que se habían dejado olvidado en la isla al gallego Pepiño Cedeira Sueiro. El olvido se descubrió una vez que el cocinero le buscó para guisar un pulpo a feira para la cena de los oficiales. El teniente quiso dar la vuelta, bien es cierto pues no entendía una cena sin pulpo a feira, pero fue rápidamente convencido por el resto de la oficialidad de que aquello era una insensatez. Los gallegos, dijo el contramaestre, son gentes de cueros duros y bregados y pueden, en un momento dado, llegar a nado si es preciso hasta Finisterre desde la mismísima Polinesia. Nunca pensó el contramaestre que, sin quererlo hacer, diría mayor verdad…
El almirantazgo recibió, a la vez, la noticia del descubrimiento y la de la pérdida –ahogamiento dijeron a bordo- del marinero Cedeira que fue comunicada, a su vez, al consulado español en Southampton, al que pertenecía el HSM Suply. El cónsul, como no podía ser menos, envió noticia a la comandancia marítima de A Coruña –La Coruña para Aldea- y de ahí le enviaron noticia a su familia en Cariño. La noticia, como era de prever, alteró la vida del municipio y sus padres y hermanos le hicieron un bonito entierro y pagaron, a escote, misas en la parroquia, durante un año. Don Benitiño, el párroco, que tenía dos sobrinas a su servicio –la una morena y la otra, rubia, como en las zarzuelas- se gastó más de dos duros de plata en chocolate y una jícara nueva para celebrarlo. El resto de las ofrendas de la familia Cedeira ya veremos de comernoslas en mariscos de concha y cáscara y otras golusmerías.
Una tarde cualquiera, medio año después después del presunto ahogamiento, la parroquia esta llena de gente del pueblo. Se celebraba un Rosario por el alma de Pepiño y unas rogativas pidiendo a nuestro Señor Santiago, cuyo féretro llegó flotando a tierras gallegas, que apareciera su cadáver. Pasados los misterios Gozosos y los Luminosos y, cuando aún no se habían terminado los Dolorosos se escuchó, claramente, cómo caminaba sobre las losas de los muertos que rodeaban la parroquia, una pata de palo. Un sonido seco que hacía retumbar la oquedad de las tumbas. Los asistentes al Santo Rosario, cagaditos de miedo, eran incapaces de volver la cabeza. Hasta don Benitiño, el párroco, sintió como se le cerraba la glotis del propio pánico. Poco a poco fueron girando las cabezas los asistentes, acojonados de miedo, claro, pero no pudieron ver de quién se trataba puesto que el sol impedía, desde la oscuridad de la iglesia, ver la cara del cojo visitante.
Los vecinos y parientes, como es natural y lógico, se pegaron tal susto al ver al Pepiño en carne mortal que no pararon de correr hasta llegar al faro del Cabo Ortegal, y eso que es cuesta arriba. La gente, en especial los gallegos y los escoceses, tienen gran experiencia en esto de la presencia inusual de ánimas de la Santa Compaña pero, pese a ello, se pegaron un susto del carajo de la vela.
¿Cómo es que volviste?, le preguntó el párroco don Benitiño al Pepiño
Ya lo vio usted, padre. Uno tiene hábitos conservadores y aficiones ortodoxas y, como en la miña terra, nada.
Don Benitiño le devolvió a la familia del Pepiño todo el dinero de las misas. Todo menos, claro, lo que había gastado en el chocolate, la jícara nueva y un ciento de pimientos de Padrón que había comprado para cenar y que, por no hacerle de menos, se los cenó junto al Pepiño en la sacristía.
Muchos barcos militares que navegan, aún hoy, entre Nueva Gales del Sur y la Isla de Norfolk hacen escala en la isla, de la misma forma que lo hacían, antaño, algunos balleneros y barcos mercantes en honor a Pepiño Cedeira Sueiro, natural de Cariño, A Coruña –La Coruña para Aldea- pues los gallegos, ¡miren que es costumbre!, nunca comunican a las autoridades cuándo cesan como difuntos. No hubo asentamientos permanentes en la isla, por respeto al gallego muerto, hasta 1834, en un área de la isla conocida hoy como Old Settlement, o asentamiento antiguo, en la lengua de María Santísima. Amén.

LA MUJER, OBJETO PERDIDO

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Mundo, demonio y carne; así, como a los enemigos del alma, llaman en la residencia La última espera a la mesa en la que se sientan, pacientes y discutidores, don Edmundo Cabezal Esquivel, alias Mundo, don Longinos Ahujetas Tinajer, demonio y don Juvenal Hormigo Mazarambroz, carne. Don Edmundo, como su tocayo Dantés, había sido, de joven, un hombre viajado. Más por el hambre –causa que antepone la emigración forzosa al turismo recreativo- que por nomadismo. Don Edmundo, decía, es educado, limpio y presumido como un quinto en jueves de feria. Don Juvenal, es todo lo contrario a su apodo demonio. No es que sea malo, no; tampoco es eso, es que don Juvenal se pasa el día y sus noches vigilando las vidas de los demás y haciéndose eco de las que cosas que ve y, lo que es aún peor, las que inventa. Don Longinos, la carne, debe el mote a la carnicería que se produjo en las encías cuando le sobrevino el parkinson. Dicen, que era aficionado a andarse en la dentadura con un palillo. Esto nunca se sabrá de cierto y que, con el temblequeo de las manos, se rajó toda la encía superior.
Don Longinos contó en una celebrada ocasión la anécdota de la mujer perdida. No perdida de perdición, sino de extravío. Al parecer, y según contó, la mujer, en general, siempre ha sido tildada de objeto y, en no pocas ocasiones, aunque siempre de forma malévola y ladina, de objeto de perdición. También, y lo que es peor, lo fue de objeto de placer, de consumo, etc. Don Longinos, como bien saben nuestras vecinas de La última espera, siempre ha sido educado y cortés con ellas pero otros –dijo mirando a sus vecinos- no son así. El caso es que la anécdota tuvo lugar en Pontevedra, país donde se dan los registradores de la propiedad más feos y vagos de Europa. El caso es que don Partenio Calzada Ayllón, natural de la villa de Ponferrada –Galicia es la huerta y Ponferrada la puerta, que dijo el comendador Hernán Nuñez- arciprestazgo de la diócesis de Astorga, hizo lo que nunca jamás había hecho nadie: considerar a su esposa, doña Gliceria Tarabilla de Calzada objeto perdido.
Al parecer, don Partenio tomó tal cantidad de chatos de vino del Ribeiro que perdió la consciencia y a su señora, a la vez. El don Partenio, al verse zozobrante sobre el duro y frío empedrado de la plaza da Leña y sus alrededores, echó en falta a su Gliceria, que en griego ortodoxo quiere decir La dulce, vamos, como el membrillo de Puentegenil.
¿Glicinia?, le decía el camarero. A ver si va a ser glicerina.
No, no… Gliceria, mi esposa.
Si usted aquí ha venido solo, bueno, acompañado de la papalina que ya traía usted de fábrica.
Como quiera que el don Partenio insistía en que había perdido a su Gliceria el camarero decidió lo más apropiado en estos casos: llamar a la autoridad que, en Pontevedra, y a falta de serenos, la ejerce la guardia local con mucho fuste y seriedad.
Los guardias pontevedreses tampoco pudieron colegir qué era eso de una Gliceria y decidieron, con muy buen criterio, llevar al borrachín al depósito de objetos perdidos donde, con toda seguridad, quien hubiera encontrado la Gliceria, fuese esto lo que fuese, con toda seguridad, decía, lo habrá devuelto.
¡Y allí estaba…! Sentadita en una silla de tijera, junto a un paraguero lleno de vetustos, olvidados y desechados paraguas, maletas desflecadas y rotas y una cantidad imperceptible de trastos llenos de polvo por el paso del tiempo.
¿Y qué pasó?, pregunta don Longinos
Pues qué ha de pasar… Esas cosas que pasan en las películas que los domingos pone Televisión Española para acompañar la siesta cálida y reparadora tras la dominical paella. El don Partenio y la Gliceria se abrazaron como si el marido volviese del frente ruso. Ella, todo hay que decirlo, soltó un par de lagrimitas tan solo –una por ojo- y él que sí que se asustó de verdad, prometió a san Judas, patrón de los imposibles, por enésima vez abandonar el vino y el resto de destilados alcohólicos.
Las vecinas de mundo, demonio y carne, como no podía ser menos, lloraron y agradecieron a don Edmundo Cabezal Esquivel el relato terne y emotivo de aquella historia tan dulce. Hasta don Juvenal, que tenía, nuevamente, un palillo en la mano, lloraba de emoción.
¡Coño!, deje usted el palillo, don Juvenal, le dijo don Longinos, que parece usted un espadachín de florete.
¿Florete, la de las lechugas?, preguntó doña Rita
No, las de las lechugas, no. La de las olimpiadas.
¡Ah!, usted perdone.
Está usted perdonada.

LA FERMINITA Y EL SENÉN. HISTORIA DE UNA BODA

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La Ferminita, la criada de don Generoso, hacía la compra en Simago. A la Ferminita le gustaba el Simago porque daba cupones con los que, una vez completada la cartilla, se cambiaba por un tazón de desayuno o un colador, dependiendo de las existencias. La Ferminita está convencida que, tazón a tazón y colador a colador podrá completar el arreo.
¿El arreo, don Dimas?
Sí señor. El arreo, para que usted lo sepa, son los bienes parafernales de la Ferminita.
¿Y eso de los bienes parafernales, don Matías, qué es lo que es?
Pues es lo que en algunos sitios llaman dote, o sea, los bienes propios de la mujer en el matrimonio, por aportación o por adquisición posterior.
¡Qué bárbaro, Soria!, con razón dice su amiga segoviana que es usted un diccionario con patas.
¡Psche…! Tampoco es para tanto
La Úrsula, la criada y sobrina de don Anselmo, el párroco, no compraba en el Simago. ¿Para qué?, decía ella. Si yo no me voy a casar. Yo bastante tengo con servir a mi tío. La Úrsula compraba, por lo tanto, en el Sarma.
La Ferminita tenía un novio, el Senén, que no trabajaba ya que estaba esperando a que salieran las oposiciones de Director General de Abastos. Nunca han salido, le decía a la Ferminita, por eso, cuando salgan, la gente no estará tan preparada, como lo estoy yo, y me las llevaré de calle.
¿Y por qué no trabajas en otra cosa, mientras salen las oposiciones?
Porque no me sale de las narices. ¿Entendido?
¡Ay Senén, chato. Qué hombre más hombre eres!
¿A que sí…? Pues hala, aligerando para el Simago y mira a ver si coges un exprimidor de limones, para cuando me sirvas la sangría en verano antes de comer. Porque, ¿sabes?, tú si te casas conmigo es para servirme.
Lo que yo te digo, Senén. Que eres todo un macho.
La Ferminita con los cuatro duros de las sisas del Simago le convidaba al Senén los sábados por la tarde a la sesión doble del Montija. El cine Montija es más barato que el Cristal, y eso que están enfrente el uno del otro.
Oiga, don Dimas ¿Y no echarían mejores películas en el cine caro?
Total… Para lo poco que miraban para la pantalla.
Antes de que acabase el NO-DO el Senén ya estaba dormido. La Ferminita, entonces, arrimaba su mejilla a la mejilla del Senén y se tragaba la película soñando que, aquella Escarlata que defendía Los doce robles antes los americanos del norte era ella misma y el galán aquel de las orejas de soplillo, era su Senén ya con su oposición sacada y todo.
El día en que mi Senén aprueba la oposición le llevo un cirio pascual a Jesús. ¡Vamos que se lo llevo!, decía para sí misma mientras el Senén roncaba. Pero es que a este gobierno ya le vale. Mira que no haber sacado nunca esta dichosa oposición…
Una tarde el Senén se despidió de la Ferminita.
Me voy a Francia por ver si encuentro algo de futuro mientras sale la oposición. Tú, Ferminita, me vas mandando todas las semanas un dinerito y yo, cuando junte todo, vuelvo y nos compramos un piso.
¿En Moratalaz?
Eso, en Moratalaz.
La Ferminita, en este punto, casi entró en trance. Ella en Moratalaz, con su Senén y mirando por la ventana para el arroyo Abroñigal. Ya se sentía como la señorita Escarlata en Los doce robles.
El Senén se marchó y la Ferminita fue haciéndole los giros pertinentes pero, un día, de buenas a primeras, el Senén se encontró sin liquidez y sin giros. Escamado se volvió para Madrid con un dinerillo que le dieron por la venta de una esclava de plata que le había regalado la Ferminita el día de san Valentín.
El Senén se llegó hasta la casa donde salió a recibirle el portero.
Buenas noches, señorito Senén.
Buenas noches, Braulio. Llama a la Ferminita y le dices que estoy aquí abajo, esperándola.
Pues no va a poder ser, señorito Senén. La Ferminita me dejó esta carta por si usted volvía por aquí.
¿La carta? ¿Qué carta?
El portero Braulio le entregó una carta que decía así:
Cuando salga la oposición ya me enteraré por la prensa de tu elección como nuevo Director Deneral de Abastos. Para entonces, seguro que ya has ahorrado y tendrás comprado el piso de Moratalaz. Mientras esto llega yo me voy a Benidorm, un pueblo de Alicante donde dicen que el agua está calentita todo el año y se puede uno bañar, incluso en diciembre. No vengas a buscarme pues, hasta que no amuebles el piso de Moratalaz me quedo en la playa. Firmado Fermina Lozoya Candelaria.
El Senén se quedó como si le hubiera dado un paralís.
El portero Braulio le ofreció una silla, en vista de su palidez. ¿Malas noticias, señorito Senén?
¿Eh?
Que digo que si son malas noticias de la Ferminita
¡Quia!, hombre. Nada de eso… Que me dice que se ha ido a Benidorm para ponerse morena para la boda…

AMOR A LA ESCRITURA

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Ella se llamaba Braulia; Braulia Parker y era una pluma estilográfica que había nacido en Arkansas, USA pero que, por motivos que no vienen a cuento, se había quedado, incluso con una resignación elegante a la par que discreta, en el mostrador de la papelería Cimbel, sita en la calle de los Latoneros, Madrid, Spain.
Mira -se decía Braulia- no hay mal que por bien no venga. Aquí, en esta papelería tan céntrica, igual entra algún paisano y se me lleva de nuevo para Little Rock, que como bien saben todos ustedes, es la capital del estado. Las hay que están peor, se decía también, y ahí están, si no lo creen ustedes, las plumas estilográficas del rastro, tiradas por el suelo o encima de un cobertor de basta lana. Las plumas estilográficas apellidadas Parker, como usted habrá comprobado, tienen ese punto ilustre que da la buena cuna y hablando, no es porque yo lo diga, pero son muy resueltas y puntillosas, muy académicas y redichas.
Braulia, con esto de estar todo el día tumbada en el estante del mostrador, le había echado el ojo a un tinterillo, algo más joven que ella, si bien es cierto, pero que, bien mirado, si no fuera por la falta de luz ni se notaría. El tintero también se había fijado en Braulia y, como era más joven, le daba algo de pudor ser el perejil de todas las salsas en la papelería. Los clips, con eso de que son labiados, pues no hacían más que murmurar, los muy cotillas y los sacapuntas, como es de ley, sacaban punta a todo.
Braulia, como sabía escribir en inglés, le ponía mensajes a Segismundo, que así se llamaba el tintero. Segismundo, por el contrario, como no sabía leer el inglés ponía carita de enterado y, claro, la Braulia se pensaba que estaba al tanto de sus requiebros.
Una tarde, sin saber cómo ni por qué Braulia le decía, ahora ya en español, que estaba deseando que la llenara el cuerpo de sus jugos. El tintero Segismundo, pese a estar lleno de tinta negra, se puso rojo y dijo, dice: ¡anda con la fresca esta, pues no está suelta ni nada!, y miró para otro lado. La Braulia, que no lo pillaba, va y le dice, dice:
Oye, tintero, que tengo un primo calamar en los seas –que es como llaman a los mares en Teneessee- más procelosos que te puede rellenar cuando me vacíes toditos tus jugos internos en mi cuerpo serrano.
El Segismundo, claro, seguía algo mosqueado porque le parecía ya hasta acoso sexual. Joer con la guiri, le decía a un difumino que se llamaba Gervasio Milán.
Sin que ninguno de ellos se diera cuenta entró en la tienda un mocito bastante cursi, vestido con una pajarita de color lila y unos tirantes de color fucsia y preguntó al dependiente si tenía plumas estilográficas. El dependiente echó mano de varias de ellas y, entre todas las que le enseñó, también iba la pluma Braulia.
Esta es una Parker. Una maravilla de máquina. La Braulia hasta se encampanó en cuanto el hortera la llamó máquina y guiñó el plumín al tintero Segismundo.
Pues sí, se dijo el de la pajarita. Me voy a llevar esta.
La pluma Braulia echó una lagrimita al ver que la separaban del tintero Segismundo pero, en cuanto la envolvieron en papel de regalo y se vio ella tan pintiparada sintió como si la presentaran en sociedad.
¿Y un tintero no va a necesitar?, preguntó el dependiente
¿Un tintero?, para qué, dijo el de la pajarita. Si ya no se recargan las plumas. Ahora se las mete un cartucho y funcionan perfectamente.
La pluma Braulia pensó, en un momento, en lo mal que podría pasarlo si la introdujeran por el mato grosso un cartucho rígido y seco sin ningún tipo de tinta de acompañamiento en plan vaselina.
¡Dios!, pensó, así… a lo bestia da hasta repelús pensarlo.
Pensándolo mejor, dijo el de la pajarita. Me voy a llevar también un tintero. Todo sea que se me seque y lo tenga que tirar, pero mire usted, me ha intrigado eso de cargar todas las tardes la pluma. Yo creo que funcionará mucho mejor si se le irriga la tinta que si se le introduce un cartucho, ¿verdad?
¡Donde va a parar!, le dijo el tendero. Mucho mejor.
De la bolsa donde ya estaba guardada con su papel de embalar la pluma Braulia salió, como quien no quiere la cosa un suspiro.
Pues nada. Sírvame usted el tintero y póngamelo en una bolsita. Que me los llevo juntos.
Dentro de la bolsa, al calor de la tarde y libre de las miradas ajenas la pluma Braulia disfrutó de una recarga hasta las mismas trancas que la transportó al séptimo cielo. El tintero Segismundo, por su parte, quedó a medio vaciar pero también muy conforme.