VUELTA A CASA

Hoy vuelvo a mi casa tras dos meses fuera de ella. Ya casi ni me acuerdo de cómo es, como no me acuerdo de muchas cosas que pasaron ayer mismo pero que, por comunes, ni las recuerdas. Hace tanto que no nado que yo creo que ya ni floto. Con la bicicleta nunca me pasó eso, pues le tenía tanto pánico que nunca conseguí montar en una de ellas. Con la hípica me pasó otro tanto: me caí de niño de un burro y le tengo pánico a los caballos. Tampoco disfruto, como antes, leyendo, viendo cine, bebiendo o comiendo. Los escritores, los directores y los médicos tienen mucho que ver en ello. Estoy seguro que este desapego por las cosas comunes las trae la vejez. ¿Cuándo empieza uno a ser viejo? No sé… Yo creo que la vejez es como cuando entras al cine con la película ya comenzada; sabes que estás en el cine pero ni has visto la sala ni a la gente que está en ella. Con la vejez pasa otro tanto, llegas a ella cada día, con cada minuto que pasa, pero no eres consciente de ello.Nunca fui muy viajero. Es más, siempre me gustó viajar desde la pantalla del televisor. El canal de viajes, como el de cocina, te permiten viajar sin el cansancio del turista y comer sin la hipoteca de la obesidad. Ese y no otro es el éxito de las nuevas tecnologías. Ya no me gustan las ciudades. Yo que siempre viví en una ya no puedo ya con ellas. Me gusta el campo, sí; me gusta ver pasar el agua de los ríos, mirar las formas caprichosas que adquieren las nubes, me gusta la tranquilidad del aburrimiento. Me gustan los pueblos donde nunca pasa nada; esos pueblos donde hasta los perros se mueren sin aprender a ladrar.

La prensa me cansa. Ya no leo periódicos, ni sigo la política, que me parece la peor actividad que lleva a cabo el ser humano. Me gusta, eso sí, leer las esquelas de la prensa. Las del ABC son las mejores. Las hay que relatan una vida de éxito. Una vida que, ¡vaya por Dios!, también se acaba. Leyendo los cargos que disfrutó en vida el difunto y que, comparados con los nuestros, me lleva siempre a una reflexión: ellos, a lo largo de sus vidas, tuvieron currículos, historias, experiencias, mientras que el resto de la sociedad se tenía que conformar con tener antecedentes. ¡Qué le vamos a hacer!

La amistad, el amor, la familia… Son asuntos tan serios y crean un vínculo tan fuerte y duradero que sólo se necesita de la necedad de uno mismo para acabar con ellos. Y luego está, naturalmente, el blog. Esa cita diaria, o casi diaria con mis mejores amigos, con mis lectores. En el blog hay que contar, cada día, una historia nueva, una historia sincera. Esto parece difícil; no lo crean… La sinceridad consiste en decir siempre la misma mentira. De tanto repetirla hasta uno mismo se la cree. Al final una historia es una especulación adaptada, una historia que, de tanto manipularla, cree uno que ha pasado realmente y el éxito del escritor consiste en que el lector se la crea.

Hoy vuelvo a mi casa, como decía al principio, después de dos meses fuera de ella. Dos meses en los que el agua que escapaba de los radiadores me echó definitivamente de ella. No sé si tengo ganas de volver por ser mi hogar o por encontrarme de nuevo con esa vida mía tan lenta, tan pausada, tan aburrida. Una vida que es, en realidad, con la que disfruto, la que me gusta. Espero que ustedes me perdonen si estoy unos días desconectados de esta pantalla. Hay que adecuar la casa, volver a colocar cada cosa en su sitio, retomar la vida como si el agua no hubiera salido por el radiador. Y eso, amigos míos, es tan difícil como intentar volver a la niñez con el conocimiento aprendido de los muchos años vividos. Hasta pronto.

LA TIZA DE STORTON

Jack Storton, el detective Storton, era un tipo peculiar. Le gustaban las noches claras, los días oscuros, el whisky caliente y las mujeres frías. Al detective Storton no le gustaban la policía, los soplones, ni esos periodistas aficionados a levantar los cadáveres antes de su fallecimiento. Jack Storton, el detective Storton podría pasear, entre el lumpen de los bajos fondos acojonando al personal con la sola presencia de una tiza en su mano. Jack Storton había hincado su rodilla en todas y cada una de las calles de la ciudad trazando, con su tiza blanca, perfiles de asesinados. A lo largo de una década no hubo muerto en la ciudad que no hubiese disfrutado, entre la visita del forense y la del capitán Steward, del perfil de cal dibujado por Storton. Ahora Storton había abandonado la policía y tan solo echaba en falta de su trabajo aquellas ruedas de reconocimiento en la parte de atrás de la comisaría, o los interrogatorios en los que el detenido no sólo cantaba, sino que bailaba y siempre lo hacía con la más fea.

La comisaría de Storton era una cloaca. La humedad había llenado de líquenes los desconchones de la pared y el musgo parecía pintar de verde un imaginario zócalo que llegaba hasta la altura del cinturón de la canana. El mostrador de la comisaría estaba atendido por el sargento O’Callahan un griego que cambió su apellido por uno irlandés para obtener el puesto apoyado por el sindicato. El sargento O’Callahan fue el primero que le avisó de la que se avecinaba.

Ten cuidado Storton, el capitán busca un chivo expiatorio en el asesinato de Betty la Corneja. Ya sabes que nunca fuiste santo de su devoción.

Al parecer Betty la Corneja, una starlet del club Amazon había sido asesinada y el perfil pintado por la tiza de Storton se asemejaba más a un mafioso siciliano que a una joven y aún bella vedette. El capitán Steward creyó que Storton, con el perfil trazado por su tiza, estaba dirigiendo hacia la mafia la investigación. Al capitán Steward, aunque nadie lo asegurase en voz alta, todo el mundo le relacionaba con la familia de don Salvatore.

Capitán, aquí tiene mi placa y mi revólver. No puedo pertenecer en esta policía que usted dirige. Con gente como usted el único delito que podría no cometer sería el de cruzar el semáforo en rojo.

El capitán Steward cogió la placa con dos dedos como quien coge el pene de un difunto en una autopsia y se la entregó al sargento O´Callahan. Sargento, dijo el capitán Steward, quiero que este imbécil de Storton pase tanto hambre en la vida que tenga que vender la dentadura por falta de uso.

Storton, pasadas unas semanas se pasó por el Amazon para preguntar por la Corneja a sus compañeras. Scarlet, la mujer del guardarropa, entregó al detective, por debajo de la cajita de madera donde descansaban los pitillos sueltos sobre un paño de terciopelo de color burdeos, una caja de fósforos con un número de teléfono. Storton metió cinco dólares convenientemente doblados en el valle de los dos montes que coronaban la cordillera de la cintura de Scarlet. Esta le sopló un beso que, antes de llegar a su destino perdió el rojo brillante del pintalabios en el camino..

Storton llamó al número y, al otro lado del auricular, se escuchó la voz gangosa, de profundo acento siciliano, de Fredo Mascarpone, el segundo de don Salvatore.

¿Presto?

Fredo, soy Storton, dile a don Salvatore que la tiza que va a pintar su contorno ya está afiliada y preparada.

Fredo colgó el teléfono y, nervioso, sopló el mensaje en la oreja de don Salvatore. Este palideció y se quedó mirando hacia el teniente Steward quien, frente a él, aspiraba un plato de linguine con salsa boloñesa. Don Salvatore sonrió de forma imperceptible y, de entre sus piernas salió un tiro que sonó como la tos de un bisonte. El capitán Steward cayó sobre sus linguine y la boloñesa se confundió con el reguero de sangre negra que caía de la comisura de sus labios.

Dile a Storton, Fredo, que tire la tiza. Ya no necesitamos de sus mañas.

LA MUERTE DEL MUERTO

Sobre el campo vacío, inerte, silencioso, pasan las interminables horas de la noche con lentitud, con su paso de lobo. De vez en cuando, muy de vez en cuando, el canto nocturno del mirlo rasga la fina capa de silencio. A lo lejos el rumor de la chopera y el discurrir monótono del río rompen el hermetismo. Noche y silencio…El Críspulo camina cuidando donde pone el pie. Se diría que su paso es rápido y etéreo como el de la raposa pero no, no es rápido y liviano, sino lento y firme. Apenas se ve a un metro de distancia. Las márgenes del río, bajo el viejo puente de piedra, están cubiertas de un ramaje que se va depositando en ambas orillas. Las junqueras y las mimbreras, rilan con el paso de la corriente. Por encima del puente un serrijón de piedra caliza, seca, y áspera reluce cuando la luz de la luna aparece tras una nube. Una garza sentada, empollando, asusta al Críspulo que calla para evitar que eche a volar. El Críspulo teme a las aves tanto como al ruido. Las aves son aliadas de los guardias y estos, como cada noche, están despiertos junto al río, escondidos, parapetados tras los chopos a la espera de los furtivos.

Del otro lado del río un rumor, apenas imperceptible, para un oído no acostumbrado a la noche, le obliga a esconderse detrás de una zarza. Al otro lado del río un hombre arrastra un bulto pesado. El hombre jadea mientras sigue arrastrando su carga. Sí, se trata de un cazador furtivo que arrastra al cuerpo de un corzo adulto. El Críspulo está escondido y sigue atento los esfuerzos del cazador sin atreverse a mover un dedo. Estos cazadores furtivos no se andan con chiquitas y podrían disparar contra cualquiera si se ven descubiertos. De pronto el cazador se detiene y abandona su presa. Se agacha y permanece en cuclillas, como para abalanzarse de un salto contra algo o contra alguien. Un haz de luz brillante se apodera de la noche como si una puerta se abriera y un rayo de luz blanca, brillante y cegadora invadiera la noche. Dos personas salen del haz de luz. El furtivo alza su arma y apunta a las dos apariciones. Una potentísima luz amarilla sale de una de la palma de la mano de uno de los aparecidos y fulmina, en el acto, al cazador. El Críspulo deja escapar un pequeño gemido y los dos aparecidos iluminan, con sus manos, la margen contraria del río. El Críspulo, agazapado, no es descubierto y, una vez que desaparecen los dos fantasmas se marcha corriendo hacía el pueblo abandonando, en su huída, los reteles, el cebo y las capturas que ya llevaba en un pequeño saco.

El pueblo ha comenzado a despertar. Una bruma de color gris perla sube del río. Se escucha la algarabia del balido de cientos de ovejas, el correr de los cerrojos de las puertas de las cocheras, el trasiego de los tractores y otros aperos. El ruido de los esquilones de los carneros invade el espacio.

¡Críspulo! Le grita el Andresito. ¡Críspulo…!

¿Qué quieres? ¡Sube aquí y no grites!

El muerto, dice el Andresito. Los guardias han encontrado muerto al muerto. Estaba junto al río. Llevaba un corzo viejo, como él. Y le han encontrado muerto. Parece que la ha caído un rayo.

¿Un rayo?, dice el Críspulo. Ayer no hubo tormenta.

Eso dicen los guardias. Que es raro que le haya matado un rayo. También, dicen, han encontrado en la otra orilla un saco de cangrejos y unos reteles. Dicen que si eran tuyos. No sé, yo creo que, sin tardar mucho vendrán a buscarte. Si estás en el ajo huye. Sal del pueblo cuanto antes.

Pero el muerto… ¿Quién era?

Ahí está lo raro. El muerto llevaba muerto más de diez años. Según dicen en el pueblo a este muerto ya le enterraron hace diez años y ahora resulta que está recién muerto. La guardia civil lo está investigando. Por eso aún no han venido por ti. La gente, ya sabes, en cuanto han descubierto los reteles han dado tu nombre.

¡Mierda! Cuando aprenderán a callar…

El Críspulo comenzó a liar un hatillo de ropa. Un par de camisas, un pantalón y un gabán de cuero. Un mechero, un par de costillares secos de la matanza y un perolo de aluminio para guisar. Me voy, Andresito. Tú no se lo digas a nadie, pero ya sabes dónde estaré. Si puedes, en unos días me visitas y me traes el resto de cosas. Ten cuidado que no te sigan. ¿Me entiendes? La cosa es gorda. Los que han matado al muerto no son de aquí. Ni del pueblo, ni de la provincia, ni de este mundo. Lo que yo te diga…

Nunca más volvió a verse al Críspulo por el pueblo. Algunos, los más, creyeron verlo en la sierra, corriendo liebres y viviendo como una alimaña. Otros, el Andresín entre ellos, dicen que se lo llevaron unos marcianos. ¡Ya ven…! El señor cura, y el señor alcalde creen que el Andresín tiene licuado el cerebro y que, el pobre, que es un inocente, cree en los extraterrestres.

La noche de san Lorenzo, mientras las parejas pasean por la chopera para ver las lágrimas del santo y pedir un tierno, un secreto deseo, el Andresín saluda con la mano en dirección a una estrella.

¿Qué haces, Andresín?, suelen decirle los vecinos cuando le ven

El Críspulo, dice, que me cuca el ojo.

THE FABOLOUS HERMANOS BROTHERS, CONJUNTO MÚSICO VOCAL


Don Trinitario Anchústegui, hermano del bombardino Tesifonte Anchústegui y primo, a su vez, del Pomposo Jarreño Anchústegui formaron un conjunto músico vocal llamado Hermanos Brothers pese a que, como ya se dijo, eran primos. El Trinitario que había estudiado órgano –con perdón de la expresión- en el Seminario Menor Diocesano de Lugo era el leader del grupo; el Tesifonte tocaba –mejor hacía sonar- una pandereta que no tenía pellejo y el Pomposo golpeaba con mucho fuste el bombo.El conjunto músico vocal Hermanos Brothers, para ser un conjunto músico vocal necesitaba una voz. El Tesifonte propuso contratar a la Melchora Puerta, sobrina del señor Pionio, el de la fábrica de sifones, que cantaba en el coro. Ni el Trinitario ni el Pomposo estaban de acuerdo pues la pobre Melchora, sobre ser fea, era bizca y estaba picada de viruela.

¿Y qué tiene que ver, decía el Tesifonte. No está la Venus de Milo manca?

Al Tesifonte, al decir del Pomposo, lo que le gustaba de la Melchora no era la voz, sino otras cosas más al sur de la garganta..

Finalmente el Tesifonte tragó y los otros dos componentes del conjunto músico vocal Hermanos Brothers ficharon, como si fuera un futbolista, a la Humildad Martínez, que era algo mayor, sí que es cierto, pero que cantaba muy bien por Conchita Bautista. A la Humildad la compraron un par de pantalones cortos y una falda de flecos. La pobre Humildad, con su falda de flecos, parecía una lámpara de pasamanería. Una tarde, en que el conjunto músico vocal Hermanos Brothers actuó en la sala Bolero’s Rhythm and Blues de Quintanamanvirgo, provincia de Burgos, la Humildad cantó aquello de Corazón de melón, un paisano le tiró una raja de sandía que le fue a caer justo en la espetera del vestido. El Pomposo tiró el bombo y se arrojó a la pista con tan mala suerte que fue a caer sobre la mesa del señor delegado local del Movimiento, un falangista llamado don Jesús que siempre vestía de chaqueta blanca, como los niños de la comunión. Se conoce que, del susto, a don Jesús, el delegado, se le produjo una fricción en el frenillo de la lengua que le impedía meterla –la lengua, claro; y en la boca- y se quedó tartamudo y como si tuviera un aire, el pobre.

Don Jesús, que no había ganado una guerra para que un tío músico se le echara encima como si fuera Tarzán, mandó llamar a la pareja y dio con el Pomposo en el calabozo donde le cayó una quincena, para ir abriendo boca. Al resto del conjunto músico vocal Hermanos Brothers le cayó una pena de destierro de toda Castilla la Vieja con lo que tuvieron que emigrar a Las Hurdes donde se reinventaros ya con tan solo tres miembros: el Tesifonte, la Humildad y el Trinitario. Adoptaron el nombre de Los 3 Son Americanos y cantaban ritmos cubanos como aquel Cuando salí de Cuba o la Cartagenera. La discográfica Belter los denunció por plagio y la Humildad, al enterarse de que el Pomposo había sido trasladado al Dueso decidió abandonar el grupo y marchar a Cantabria donde se empleó en una fábrica de anchoas abandonando, para siempre, el brillo de las lentejuelas. Se podría decir, empleando un símil futbolístico, que colgó para siempre el pantalón de flecos.

El Trinitario y el Tesifonte, por aquello de seguir comiendo hicieron dúo y se pusieron por nombre El Dúo Titánico que también les dio problemas. Finalmente, tras contratar una nueva cantante, la Norberta Olmedo, se pusieron los TNT, que también estaba ocupado. El Trinitario dijo aquello de que él no había mandado al conjunto a luchar contra los elementos y disolvió la banda. Volvieron a su pueblo y, como aún tenían la pareja de machos y un par de fincas las vendieron y se compraron un camión Ebro. Se pusieron al punto en Astorga e hicieron una fortunita vendiendo pescados en Madrid. Al final de sus días abrieron tienda en la capital, Pescados La Astorgana, pero resultó que también estaba ocupado el nombre por lo que decidieron bautizarla como Pescadería La Inclusera seguros como estaban de que este nombre no estaría cogido. Hoy, Pescaderías La Inclusera tiene tiendas en Miami, en Orlando y en todo el Medio Oeste de los Estados Unidos. Incluso se dice –yo no sé si creerlo- que Donald Trump es un besugo de la Inclusera. ¡Vayan ustedes a saber…!

DE LUBINAS Y SEÑORAS


Don Landelino Trijueque Astorga, es vecino, aunque no natural, de Peleagonzalo, municipio zamorano casi en la mojonera de Valladolid, de donde viene el Duero desde Tordesillas, la ciudad cárcel de la reina loca. Don Landelino Trijueque Astorga, de donde es natural es de Bustillo de Oro, también en Zamora, y está casado con la Angustias Zorriqueta que es, al decir de algunos, un zascandil a la que gustan tanto los hombres como el visitar el ferial durante las fiestas patronales. Es tan así que algunas vecinas –siempre hay un corazón cristiano para echar una mano- la dicen, por mal nombre, Zorrainquieta. ¡Ya ven ustedes las ganas que gastan algunas de señalar! El don Landelino Trijueque Astorga es afilador de dalles y reponedor de piedras en los trillos. Un trillo dura mucho, sobre todo si está mandado construir en la villa de Cantalejo, en la comarca del Duratón, partido judicial de Sepúlveda, arciprestazgo de Cantalejo-Fuentidueña y obispado de Segovia, Spain, donde se hacen los mejores trillos del mundo. Ahora los trillos ya no se utilizan en las eras. Ahora ya no hay ni eras, ni trillos, ni machos, ni cereales.

Ahora lo que hay es mucho vividor y mucho chupatarteras, don Dimas. Lo que yo le diga.

Y también mucho golfo, ¿verdad usted que sí, don Matías?

Huy, más que decentes. Ayer mismo, donde usted me ve, fui a cortarme el pelo a donde el Fígaro, ya sabe, el Encarnación, el hijo de la molinera, ¿me sigue?

Como Timoner detrás de la moto, no le digo más…

Pues eso, que va el Encarnación –yo nunca le digo Encarni, como le dicen otros para molestarle- y me pegó un trasquilón que a poco no me desoreja como al toro blanco de Antoñete. ¡Qué haces, agonías, que me desorejas! Y no va y me dice que total, que para lo que hay que oír. ¡Será lerdol!

No se haga usted mala sangre, que no merece la pena. Piense, además, en su esposa, lo que se disgusta.

¡Pero qué esposa, si soy viudo!

No, hombre. En la suya no; en la del Encarnación.

¡Ah, sí! Usted perdone, que le había interpretado mal el posesivo. Ya sabe, el mi, tú, su, que decía don Régulo, el maestro.

¡Vaya señora la del Encarnación!, ¿eh, don Dimas?

Ya lo creo, una señora de las de antes, de las salvajes, no como las de ahora, que son casi todas de piscifactoría.

¿Cómo?

Sí, hombre. Las señoras, como las lubinas, las hay de dos clases: las salvajes y las de piscifactoría. Las primeras se mantienen sanas y en su justa medida, tal como Dios Nuestro Señor las diseñó, pero las otras… ¡Quite usted allá! Que si el botox, que si la silicona… Al final va uno al restorán se come una lubina y menos a pescado sabe a todo. Pues con las señoras otro tanto. Lo que yo le diga, don Matías…

Oiga, don Dimas que digo yo, sin ánimo de molestar, ¿eh?, que si no le parece a usted que este razonamiento no le ha salido un poco machista y despreciativo con las señoras.

¿Es que le parece a usted que las lubinas son moco de pavo? Por si no lo sabía usted le diré que la lubina, como su prima hermana, la dorada, el besugo, el sargo, el salmonete y los pargos son los pescados preferidos por los grandes gourmets. ¿O es que preferiría usted que las hubiera comparado con las sardinas o los chicharros?

No, si yo no lo digo por eso, sino que no creo que a las lectoras de este blog les resulte muy cómodo verse retratadas como unas lubinas, aunque sean de las salvajes…

Las lectoras de este blog, amigo Matías son, sobre avisadas, bien inteligentes y saben que todo lo que aquí se pone es a mayor gloria mundi de las señoras y que, lo demás, son ganas de tocar la ocarina de oído. Lo que yo le diga…

Bueno, bueno…

FU-MANCHÚ, EL CHINO MANDARÍN


En mi casa, que yo recuerde, no había espejos. Quiero decir que no había espejos de luna; espejos grandes de esos que devuelven, en toda su amplitud, la breve estatura de un niño. Había, eso sí, un espejo en el baño. Un espejo donde mi padre se afeitaba y al que no llegábamos los niños. Tampoco necesitábamos un espejo para nada. La madre nos arreglaba los cuellos de la camisa, sacándolos por encima del cuello de pico del jersey, nos calaba el verdugo y apretaba la bufanda, a la altura de la nuca hasta hacernos salir los ojos de sus órbitas. Recuerdo el vaho húmedo que mojaba la bufanda y la pelusa de la lana pegada a mis labios. Era jueves y, los jueves, teníamos la tarde libre en el colegio y el abuelo Eduardo nos llevaba al cine. El cine de los jueves era el Bellas Vistas, en la calle de Francos Rodríguez. El acomodador pretendía mandarnos al gallinero y al abuelo al patio de butacas. Ni pensar, dijo el abuelo. Los niños vienen conmigo y van donde yo voy. Se acabó el debate. Echan -que no ponen- dos películas. El precio es de 1,25 si se presenta un ticket del puesto de variantes del mercado de San José. La primera película es de Tarzán: Tarzán de los monos, con Weissmuller y Maureen O’Sullivan y la segunda Fu-Manchú con Christopher Lee dando miedo a mansalva. En los alrededores del cine huele a sardinas a la plancha. Hay un bar que asa sardinas en una plancha gigantesca: sardinas a la bombi, dice el cartel. La gente pasea, pese al frío, arriba y abajo mirando los escaparates donde se exponen camas y mesas de camilla; cunas para bebés y algunas sillas desparejadas. Enfrente hay una vaquería. Ahora, que es invierno no, pero en verano venden una horchata excelente. Son valencianos, claro. De vez en cuando suena el sonido de un hierro contra otro que anuncia la proximidad del tranvía. Los tranvías llevan la panza pintada de dos colores: la mitad inferior azul y la superior en blanco. El tranvía que va, en dirección al Colegio de La Paloma se pega a la acera de los pares y pasa, prácticamente, rozando a los viandantes. El que baja desde el colegio lo hace más separado. Cuando salimos del cine hace aún más frío. Las estrellas también tiemblan de frío y la lluvia, mejor aún, la humedad de la calle se mete en los huesos. El niño, pese al frío, no se arropa para combatirlo. Si por él fuera iría en taparrabos, como Tarzán. Aún tiene el corazón encogido de ver al chino Fu-Manchú y su careto tenebroso. El niño, aunque se lo ordenaran sus padres no tomaría esa noche flan chino Mandarín. ¡De eso nada!. Ahora la calle está mucho menos poblada pero sigue oliendo a las sardinas. De la parrilla salen vaharadas de un humo atufante y, el limón exprimido sobre los lomos de las sardinas, hace que se reavive el fuego de las brasas. La gente come su mejillón al vapor del aperitivo y tira al suelo la concha negra. Caminar sobre ese suelo lleno de féretros de mejillón le hace sentir al niño como un faquir imaginario. Un faquir al que no afectan –gracias a las suelas de las botas de Segarra- el crujir de las negras conchas. Si el niño se esforzase comprobaría que Fu-Manchú teme al faquir más que a la civilización occidental. Fu Manchú es un mandarín chino; un hombre de alta estatura; delgado, de miembros recios, felino en sus actitudes y movimientos, con una uña como una navaja albaceteña, con un entrecejo como el de Shakespeare –el niño, pese a su corta edad tiene un feeling especial con Shakespeare, quien lo diría- y un rostro de expresión verdaderamente satánica. De su cráneo afeitado pende la coleta tradicional de los hijos del «Imperio Celeste». Sus ojos tienen el fulgor magnético de los ojos de la pantera. Vamos… que acojona.El abuelo da la mano al niño y este nota que, ahora, aunque ya no se crea un faquir no tiene miedo. El contacto con la mano sarmentosa del abuelo le ha dado fuerzas; le ha quitado el miedo; le ha quitado, incluso, el frío. El niño ya tiene sesenta y dos años largos y sigue mirando desde la acera de enfrente donde estaba el cine. Ya no hay cine, ni tienda de muebles, ni tranvías, ni bar donde asen sardinas a la bombi. Tampoco hace frío. Es verano y una mariposa, quizás la última de Madrid, revolotea ajena al tráfico. Parece una mosca vestida por Ágatha Ruiz de la Prada. Una mosca que se hubiera quitado el traje de luto de las moscas de agosto y saliera de la calavera misma de Fu-Manchú. El niño se acuerda del abuelo y del tacto de su mano sarmentosa. Y de la habilidad del abuelo para hacer cigarros liados, y sus tragos largos, enormes, del porrón de cerveza con gaseosa. El niño se acuerda hasta de la bufanda y su tacto húmedo y caliente del vaho. De la pelusa de la lana sobre los labios y cree ver, enfrente, saludándole con la mano, a un faquir que camina sobre un mar de conchas de mejillón. El niño, por un momento, ha vuelto a ser niño.

¡UNA DE SANTORAL…! MARCHANDO


El menologio, aunque ustedes no lo sepan, porque son unos incrédulos como la copa de un pino, es un servicio de libros que utiliza la iglesia ortodoxa y las iglesias orientales católicas que siguen el rito de Alejandría. Es verdad, y esto se lo apuntamos a su favor, que quizás usted lo leyó o lo escucho como menologión o menologe. El caso es que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Pucela y lleva barbos, carpas y siluros de buen tamaño, vamos a hablar del santoral –el ortodoxo y el cristiano verité- y sus celebraciones a petición de algunos lectores..Hoy es día 15 de septiembre y se celebra a Nuestra Señora de los Dolores. Felicidades, Lola Schmitz y gora Bilbao, que es tu pueblo. Se supone que uno de los dolores, quizá el mayor de todos ellos, sea la Soledad o las Angustias y, por tanto, también se celebra el día de ambos dos dolores.. Del mismo modo, y ya metido en dolores, se celebra en Córdoba Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas y Nuestra Señora de las Tribulaciones y La Paz Interior. Nuestra Señora de Lágrimas y Favores, en Málaga, Nuestra Señora de las Injurias, en Callosa, Alicante y Nuestra Señora del Traspaso, en Guadalajara. ¡Ah…! ¿Que no se lo creen, verdad? Pues vale.

También celebramos a los santos Nicomedes, Cirino y sus hermanos Alfio y Filadelfo, Serapión, Leoncio (no explica el martirológio romano si se refiere al de Frejús, Trípoli, Burdeos o al de Rostov, Herculano, soldado romano que fue devorado por las fieras en Ostia –no a, sino en- Teódoto, santo patrón de los posaderos, Asclepiódoto, Nicetas o Nicetino o Aniceto, como mi abuelo, de Remesiana, y Porfirio, mártires; Albino y Apro, confesores; y los santos menores Aicardo, abad; Rolando, ermitaño.

En lo concerniente a las efemérides, nada… cuatro cosillas: nace Marco Polo, tendero veneciano al que debemos, entre otras fruslerías, el coñazo de los cohetes falleros y los farfalle que es esa pasta con pinta de lacito de corbata y otros espagueti. Pero es de un nacimiento de quién queremos hacer especial hincapié. El de una autora, doña Agatha Christie, la de las mil novelas de intrigas policiales..

Doña Agatha daba vida en sus noveles a sus dos investigadores favoritos: Hércules Poirot y la señorita Marple. Poirot, según decía Christie, era belga. No parecían que lo fuera sino londinense y no se llamaba Hércules, sino Peter Ustinov a quien, algunas mentes calenturientas, decían que se parecía físicamente este escribidor (¡Ya ven…!). Pero es en la señorita Marple donde queremos hacer especial hincapié. La señorita Marple era una ancianita que vivía en el pueblo más peligroso del mundo: Saint Mary Mead, un villorrio con apenas media docena de vecinos y en el que, a lo largo de toda la obra de Agatha Christie, se produjeron más de dos mil asesinatos. ¿Hay quien de más…?

No hay que confundir a la señorita Murple con la señorita Fletcher de Se ha escrito un crimen, una serie de televisión que interpretaba Ángela Landsbury. No es extraño el error pues esta Landsbury era, en la vida real, ex cuñada de Peter Ustinov e interpretó, entre otros actores (David Niven) y actrices (Bette Davis) la cinta Muerte en el Nilo, novela que, también, escribió Agatha Christie.

En fin, que pasen ustedes un día estupendo, que lean un poquito –aunque sea a Agatha Crhistie- y coman farfalle. Están buenísimos con una salsa primavera –verduras frescas salteadas y queso griego feta. ¡Que aproveche!