AQUEL VERANO DEL 69

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Un 20 de julio de 1969, mientras los madrileños salían a las puertas de su casa a tomar el fresco y beber agua del botijo, y celebraban en sus verbenas a los santos Bárbasa, Macrobio y Vulmaro los norteamericanos mandaron tres hombres a la Luna ganando así a los soviéticos, quienes una semana antes habían fallado en su intento de alunizaje suave. El hombre, ese simio erecto que (por que camina y se empina) cree estar hecho a imagen y semejanza de Dios, en su idiocia y su superior necedad, envía a otros simios a la Luna en lugar de utilizar ese conocimiento y ese dinero en gobernar, pacificar y hasta alimentar al resto de los simios del mundo; o en curar el cáncer, o en prevenir el SIDA o el Ébola, que aún no existían pero que, ¡sabe Dios!, si no lo estaba preparando y provocado ese mismo simio jefe.
Nosotros, los que no éramos norteamericanos mirábamos, mientras bebíamos a chorro del botijo, para el Cielo por ver de esquivar la nave, si es que caía sobre nuestras cabezas. A los españoles, quizá por eso de haber tenido que andar con pies de plomo esquivando Torquemadas, nunca nos gustó la exploración de las estrellas, sino la conquista y posteriores dominio de la mar océana y la corteza terrestre. Los españoles, por aquellas calendas, estábamos más preocupados por asuntos menos mundanos: dos días antes de hollar la Luna Edward Kennedy, el otro hermano putero de la saga, el que no murió disparado, se precipitaba por un puente cuando volvía de una fiesta –hasta el corbatín del smoking de whiskey y otras bebidas más espirituosas- y mataba a Mary Jo Kopechne cuya familia, posiblemente, quedó muy agradecida por la carta autógrafa de disculpa del borracho conductor y un puesto de cabo de la Guardia Nacional en su pueblo de Wisconsin. No en vano era hermano de nuestro Comandante en Jefe, diría el afectado padre.
En España, mientras naves espaciales tripuladas por el gran simio ruso o americano, cruzaban el espacio infinito, nuestro particular chimpancé nombraba sucesor en la jefatura del estado español a un mono de sangre azul. Este, al menos, era más dado al rijo, como posteriormente se demostró y, lo que se le fue por el Ifni lo recuperó por Mallorca. Por aquella España rústica y poco higiénica, corría un chiste muy del régimen: los norteamericanos iban por el Apolo 11 y Franco, por el contrario, seguía montado en la Polo I.
El mono jefe, aquel que comandaba el Imperio, marchó a Vietnam del Sur para arengar a sus soldados y pedirle un poco más de contundencia con las armas pues tenían que seguir enviando armas para matar vietnamitas y, con ese dinero, seguir mandando norteamericanos con nombre de líderes revolucionarios irlandeses a la Luna. La Unión Soviética, los simios del oriente, tenían serios encontronazos con los monos amarillos de la China por un quíteme allá esas piedras de la frontera y, Honduras y El Salvador, titís selváticos y pajilleros, se enzarzaron en la denominada Guerra de la Legítima Defensa, mientras Inglaterra y Rodesia rompían relaciones. Esa misma Inglaterra, mona gibraltareña, vieja y fea, ¡vaya por Dios!, desembarcó en Irlanda del Norte. Eso eran Telediarios, que parecía que los presentaba John Wayne vestido de boina verde y no los de ahora con esa siesa de la Ana Blanco.
Mientras los grandes simios de la investigación y la carrera espacial trataban de conquistar la Luna, en el propio zoo norteamericano, en la cinematográfica e impoluta Beverly Hills, don Charles Milles Manson, le rebana el pescuezo a doña Sharon Tate, de profesión actriz y esposa de don Roman Polanski, de profesión sus películas de miedo y hace, otro tanto, con otras cuatro personas. Es lo que tiene el ser el leader del Imperio, que te conviertes en una Unidad de Destino en lo Universal pero tienes la casa, sin darte cuenta, con un olor a cadaverina que para qué…
Mientras los grandes simios continuaban su locura espacial el resto de simios se reunían en un pequeño lugar, una granja de Bethel, que significa en hebreo Casa de Dios, en el condado de Ulster, Nueva York, para celebrar el Festival de Woodstock, congregado a medio millón de hippies y rockeros fumaos y LSDeaos hasta las trancas para horror y pavor de los pobres granjeros del contorno.
Jimi Hendrix, un negro irreverente que para colmo se apellidaba Marshall, tocó el himno nacional ¡con una guitarra eléctrica!, por Dios, por Dios… molestando así a los adventistas, cuáqueros y el resto de pichaflojas del rebaño bienpensante del catolicismo kennediano. Bob Dylan, que era natural de Woodstock, estaba también aterrado. Él, que era más de la Isla de Wight, se negó a tocar con toda esa chusma maloliente y procaz que eran partidarios del amor libre y no fue, hasta el verano del 94, donde cantó en su pueblo. El locutor le presentó con aquella famosa frase de “We waited 25 years to hear this. Ladies and gentlemen, Mr. Bob Dylan!”.
En España, además del botijo, ya existía la radio; sí, sí… y además se hacía buena radio. En España, decía, mientras los padres salían a la calle a beber agua del botijo, los hijos escuchaban los 40 Principales quien, en su lista, llevaban Las flechas del amor, de Karina; el Vivo cantando, de Salomé; la María Isabel de los Payos y, ¡cómo no!, la veraniega plasta de Georgie Dann, El Casatschock. Entre la música extranjera que se escuchaba había Beatles: Hey Jude, Get Back. El Eloise, de Barry Ryan y, ya más suavecito aquella Mama, de Jean Jacques y, sobre todo, La Charanga, de Juan Pardo en su versión castellana y gallega. Una muestra más de que los idiomas vernáculos estaban prohibidos, claro. Zager y Evans se ponían hasta el culo de tripis y se hacían los psicodélicos con aquel In the year 2025, pero claro, siempre quedaban la melaza de aquel Sugar, sugar de los Archies para facilitar la digestión.
Aquel verano de 1969, el hombre, ese simio erecto que, por que camina, cree estar hecho a imagen y semejanza de Dios, en su idiocia y su superior necedad envía a otros simios a la Luna en lugar de curar el cáncer.
Sí, pero esa carrera, don Matías, nos ha traído grandes avances, como el horno de microondas y el teflón.
Que también acelera el cáncer. Y los conservantes E951, Aspartamo y el E954, sacarina y el E200, ácido sórbico y su puta madre.
Vale, vale, don Dimas. No se me ponga violento y eche usted un trago al botijo.
Aquel verano de 1969, mientras el simio norteamericano echaba carreras al mono ruso nosotros, españoles preeuropeos, bebíamos agua del botijo y nos preguntábamos ¿cómo va a ser posible que el hombre, esté fabricado a imagen y semejanza de Dios, si el hombre –y alguna mujer, claro- no son sino una muestra de la propia torpeza de su creador, a quien llamamos infalible.

EL CLEOFÁS Y LA CASTORA…. HISTORIA DE UN DIVORCIO

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El joven Cleofás Mucientes Canseco es entomólogo y trabaja con moscas, moscardones, avispas, abejas, abejorros y todo tipo de bichos; la joven Castora Fresnedillas Argila es halterofílica y, pese a lo que pudiera parecer por su hobby, no padece de ninguna enfermedad en la sangre.
Los domingos, antes del vermouth el joven Cleofás y la señorita Castora coinciden en el casino. El joven Cleofás está acompañado de un hombre pequeño y enclenque que tiene el pelo del color de la zanahoria y que se llama Gil.
Hola, se presenta a la señorita Castora. Soy Gil ¿y tú?
Yo no. Yo soy normal, dice la señorita Castora mirándole de arriba a abajo.
Esto… yo… insiste el pelirrojo, quería decir que soy Gil de nombre.
¿Además, no?, insiste la Castora.
Es un amigo mío, dice el joven Cleofás saliendo al quite en favor del Gil. Esta joven es la señorita Castora Fresnedillas Argila, halterofílica, y campeona provincial de pulso. Aquí, donde usted la ve lleva al pulso a toda la provincia.
¿Quiere usted que echemos uno?, le pregunta la señorita Castora, por cumplir.
¿Un pulso?, pregunta el Gil
¡Hombre!, no va a ser un polvo.
¡Huy, por Dios!, que boca, dijo el Gil saliendo a escape y abandonando al joven Cleofás a la suerte esquiva y confundidora de su deslenguada novia.
La señorita Castora Fresnedillas Argila disfruta bailando el tango con el Cleofás pero, cuando tienen que hacer el corte o la quebrada, es la Castora la que le lleva y arrastra.
No está bien, Castorcita, que me dobles de esa manera.
Tú a callar.
Sí, amor.
Oye, Cleofás.
Dime, palomita.
¿Tú crees que los lecheros, después de ordeñar cientos de vacas, tocarán las tetas a sus señoras?
¡Hija!, qué manera de señalar.
¿Qué pasa?
Pues que no me parece bien. Además, ¿por qué quieres saber eso?
Porque si lo hacen sería como llevarse el trabajo a casa ¿No te parece?
Pues sí, sobre poco más o menos.
El Cleofás y la señorita Castora bailan tangos y pasodobles, de costadillo, que es más difícil. El Cleofás y la señorita Castora no bailan boleros y sambas, ni tampoco merengues y cumbias. Estos bailes son para los que van a escuelas municipales a aprender, a costa del contribuyente. Los danzantes de escuela no hablan mientras bailan…
¿Y usted, señorita, estudia o trabaja?
Uno, dos, tres, un, dos, tres, giro. Un, dos, tres…
Los bailarines de escuela municipal, mientras cuentan los pasos, ponen cara de estar haciéndose un selfie. Las señoras ponen morritos y los hombres, a la que giran, entornan los ojos como si fueran el Fred Astaire, pero con boina y botines color caramelo con cremallera en el tobillo.
¿Y a ti, Cleofás, te gusta la luz genital?
Cenital, Castorcita. Se dice cenital.
Mira que te gusta corregirme. Cualquier día te quiebro la muñeca en el pulso y te manco el brazo de por vida.
¡Por Dios, Castorcita, repórtate!, cualquiera que te oiga va a pensar que dices esas cosas en serio.
Una tarde la Castora se acercó a casa del Cleofás y se encontró el salón lleno de moscas, moscardones y otros bichos zumbadores. Sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo cogió el flit del DDT y se cargó la colección completa.
¿Qué has hecho, Castorcita?
¡Sucio, que eres un marrano! Conmigo no cuentes para meterme en mi casa esos bichos asquerosos.
Pero si es mi colección, pichoncito.
Ni colección ni leches. Haces colección de sellos, como todo el mundo. O de vitolas de los puros, que luego valen para pegar en los ceniceros.
Una tarde, sin previo aviso, la Castora cogió sus bártulos, los metió en un petate de la mili y, con él al hombro, se montó en La Rápida y se marchó del pueblo. La gente, como no sabía que se había ido, creyó que, finalmente, el Cleofás le había sentado las costuras.
Estos poca cosa, son muy suyos; no crea usted, don Matías. Estos que parecer débiles, cuando se les hincha la vena de la sien, se sacan el cinto y ponen los puntos sobre las ies a la más brava.
Una tarde de verano, hacía ya más de dos meses que no se había visto a la Castora por las calles o en el casino. Una tarde, decía, llegó al pueblo un cinematógrafo veraniego. Los vecinos, y algunos veraneantes salieron con sus bocadillos de tortilla española con pimientos verdes fritos y su silla de enea a ver la película. Antes de la misma pusieron el NO-DO. Tras la inauguración de la consabida presa eléctrica por parte del Caudillo –este Franco, murmuró por lo bajo un vecino algo rojo, es como las ranas; va de charco en charco- y del manido reportaje de la victoria del Real Madrid sobre el Racing de Santander, goles de Amancio (2) y uno de Veloso, apareció un reportaje sobre el entrenamiento de Urtain. Y allí, peleando guante contra guante, como sparring, el Cleofás reconoció a la Castora. Al principio nadie se dio cuenta pero, en un descuido, le arreó tal bofetón al Urtain que dio con el morrosko en el tapiz. Alarmada, la Castora se quitó el casco de entrenamiento y su rostro ocupó la totalidad de la pantalla como si fuera la Gilda.
El Cleofás tragó saliva y, poco a poco, como aquella luz genital…
Cenital, Castorcita, cenital.
Como aquella luz cenital se fue haciendo pequeño hasta casi desaparecer.
De buena se libró el Cleofas, ¿verdad, don Matías?
Ya lo creo, don Dimas. Ya lo creo.

VIDA Y OBRA DE DON PERSEVERANTE IJICOS BONACHERO, ALIAS PALOMETA.

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Don Perseverante Ijicos Bonachero, natural de La Ginebrosa, en el partido judicial de Alcañiz, provincia de Teruel, junto a la melocotonera, milagrera y ruidosa Calanda, patria de cineastas y académicos jurisprudentes, pasaba los días estudiando y escribiendo un Tratado, que como bien se sabe constituye un género literario perteneciente a la didáctica y que consiste en una exposición integral, objetiva y ordenada de conocimientos sobre una cuestión o tema concreto. El don Perseverante, que es un amante del clasicismo, adopta en su Tratado una estructura en progresivas subdivisiones denominadas apartados. El Tratado que estaba escribiendo el don Perseverante Ijicos Bonachero se titulaba “Tratado acerca del Brama brama y otros perciformes de la familia bramidae y sus subgéneros: monografía, opúsculo, diccionario temático y el correspondiente epítome”. El don Perseverante, conociendo como conocía la secular ignorancia del turolense medio, subtitulo el Tratado como “La japuta y sus salsas dentro de la dieta mediterránea” que era, ¡dónde va a parar! mucho más descriptiva y comprensible que el título, que no deja de ser un brindis al sol bruñido y esplendoroso de la Academia.
¡Qué tío el don Perseverante!
Ya lo creo, don Dimas. Se nota que de niño acabó la doctrina.
El don Perseverante, no crean ustedes, se gastó una pasta en el estudio y desarrollo de su Tratado y, para llevarlo a cabo, contó con el apoyo –que agradeció al principio del libro- del Tío Besuguito, el pescatero de Alcañiz, que le surtía de japutas, palometas, castañolas, castañetas, zapateros, alfonsinos, chanchitos, golondrinas, pámpanos, tanquinquis, correplayas, chovas, reyes, virreyes o papardos que de todas estas formas se le llama a la palometa. El don Perseverante pasó treinta años de su vida comiendo y cenando palometas guisadas en miles de formas y con millares de salsas y, todo ello, lo llevó a su Tratado que se convirtió –a la fuerza ahorcan- en el mayor compendio mundial sobre la japuta y su mundo.
¿Oiga, don Dimas, y este don Perseverante no tenía mote en su pueblo?
Pues sí, le decían el Tío Palometa.
¡Qué bárbaro, qué original! ¿Verdad?
Ya lo creo. En los pueblos la gente es así; te sorprende con cosas que nunca esperas.
El Tío Palometa, o sea, el don Perseverante, estaba casado con la señora Malaquías Toribio Negro, quien, de puro mala que era, recibía el nombre de Japuta. El don Perseverante, en su infantil ignorancia, pensaba que la llamaban Japuta por ser la esposa del Tío Palometa. Los hay simples e inocentes…
El Bernardino Flores, alias Tosigo, emponzoñador de voluntades ajenas, siempre fue muy crítico con el don Perseverante y su ciencia palometaril.
Esto del Tío Palometa me parece una ordinariez que debería estar prohibida por la autoridad competente, siempre –naturalmente- que fuera competente esa autoridad; ¡que está por ver! ¿A quién se le importa una higa lo que comen o cenan los demás? Esto de hablar de las palometas y los zapateros es como hacerlo de la genealogía de los demás. ¿A quién le importa de donde provienen los marqueses, las damas de alta alcurnia o las japutas del Tío Besuguito?
Pues también es verdad, don Bernardino.
¡No ha de serlo…!
A las personas decentes, como a las palometas y otros perciformes, que son como Dios Nuestro Señor manda, no les gusta que otros anden rascando en el pretérito de sus personas en busca de dengues y manías para sacar a relucir los trapos sucios y llevarlos a un Tratado o a un árbol genealógico. Estas son ciencias chismosas y actividades de viejas sinvergüenzas y desocupadas.
¿Y Santo Tomás de Aquino y sus estagiritas? ¿Y Aristóteles y sus lógicas filosóficas? ¿Y Platón con sus mayeúticos diálogos?
Unos piernas, don Matías. Y unas cotillas. Lo que yo le diga.
La señora Malaquías Toribio Negro, alias Japuta, cuando se ajuma de anís de Rute canta fandangos de Huelva y baila el Garrotín en el patio de la casa. También canta jotas aragonesas de gruesas y salobres letras como aquella que dice: ¡Quien estuviera, moza, como los pies del Señor. El uno encima del otro y un clavito entre los dos! La señora Malaquías Toribio Negro, alias Japuta, cuando se cuece lanza gritos que, si bien no son patrióticos, sí que son confundidores, aturdientes y aturulladores.
¡Viva la japuta con tomate! ¡Viva los hombres en calzoncillos de media pierna y calcetines con liguero! ¡Viva su Santidad el Papa Inocencio VIII!, y ¡Viva la Real Sociedad de San Sebastián! Al llegar a este punto canta, de forma circunspecta y en un muy buen euskera, el himno de la Real Sociedad o txuri urdin que empieza así:

Txuri urdin, txuri urdin maiteaaaaa!

La  señora  del  don  Perseverante Ijicos Bonachero, alias Palometa, cuya gracia –si es que alguna vez tuvo alguna- es Malaquías Toribio Negro, alias Japuta se cansó, una noche, de rebozar tajadas de palometa y de freír tomate con su pizquita de azúcar por aquello de la acidez y le tiró el plato a la cabeza a su santo y cultural esposo quien, ¡vaya por Dios!, no pudo esquivar el envío que su señora, en plan discóbolo, como una nueva y peculiar Mirón de Eleúteras, le tiró, y sufrió un corte a la altura de la sien izquierda que, bien mirado, le hacía hasta guapo. La señora Malaquías, recién macerada en anís de Ojén y de Cazalla de la Sierra y hasta de Rute (nunca de la alcoholera de Chinchón), se marchó de casa y, más por fastidiar, que por otra cosa, se amontonó con el Bernardino Flores, alias Tosigo, emponzoñador de voluntades ajenas y crítico con la monumental obra del don Perseverante.
Eso, decía el Bernardino, le ha pasado, al Tío Palometa, por prestar más atención a las palometas y su línea genealógica que a su mujer. ¿Qué es lo que le reclamaba la pobre, un vasito de anís y un poco de sexo un sábado sí y otro no? Pues el nada… ¡hale, hale, qué ansias!, todo el día comiendo y cenando palometa. Eso para que se vaya enterando de lo que vale un peine…
Oiga, don Dimas, le voy a hacer una pregunta.
Diga, diga, don Matías
¿El tío Palometa nunca sufrió del bicho ese que llaman anisakis?
No, la que sufrió el anisakis fue la Tía Japuta, su esposa que murió, finalmente, de una sobredosis de Ojén y fue incinerada (¡qué llamarada dio al arrimar el mixto!, debía de ser del alcohol que tenía acumulado. Parecía un ninot valenciano por san José) en la plaza del pueblo un 26 de febrero, festividad de la beata Paula Montal, fundadora de las reverendas hijas de María Escolapias y san Agrícola quien, en Bolonia de la Emilia y junto a san Vidal, que era su siervo, sufrieron tormentos y martirios de los impíos hasta fenecer, que diría don Jorge, el de los ríos que van a dar a la mar. San Agrícola, al ver cómo murió su siervo, san Vidal sin rechistar, le imitó en el martirio por aquello de que no iba a ser menos él, siendo el señorito, que el criado.
Hay gentes, verdad, don Matías, que son ejemplo para venideras generaciones.
¡Ya lo creo, don Dimas! ¡Ya lo creo…!

HISTORIAS DE MÚSICOS Y MINEROS

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Por el otoño, cuando las cepas pintas sus hojas de color granate y las que aún quedaban verdes cambian su color por el ocre, se pisan las hojas áureas y secas que crujen bajo el calzado. Alguna que otra hoja -las que aún quedan por los suelos- se las lleva el viento, como las promesas de los cínicos. Entonces y solo entonces, el Teodomiro Leombruno Montanaro, natural de Minas de Horcajo, pedanía perteneciente a Almodovar del Campo, muy próxima a Puertollano en Ciudad Real, se ajusta la dentadura postiza y sale a la calle para asustar al corzo; para espantar al alucón que se bebe el aceite bendito de la ermita y para correr los galgos antes de que se enzainen.
Minas de Horcajo es un villorrio fronterizo con Córdoba, la califal. En Minas de Horcajo bailan a san Juan Bautista, por junio y, en invierno se calientan con las leñas de los rebollos, los quejigos y los castaños que dan sombra a la Sierra Madrona. El Teodomiro Leombruno Montanaro trabajó en la Sociedad Minero-Metalúrgica Peñarroya antes de perderse para el mundo del trabajo.
¿Y no sería una lechuza, don Dimas?
¿El qué?
Lo que perseguía el Teodomiro.
Pues no señor. El objetivo del Teodomiro era algo mayor; de color pardo rojizo y con manchas blancas.
¿Tenía las remeras y las timoneras rayadas de gris y rojo?
Efectivamente.
Entonces, sí; don Dimas. Entonces era un autillo.
Lo que yo le dije, don Matías: el alucón
El Teodomiro Leombruno Montanaro ya lleva gastadas tres dentaduras postizas y, cuando tiene que comer algo duro: garbanzos torraos, cortezas de torrezno, almendras… se quita la dentadura para no romperla. El Teodomiro Leombruno Montanaro, al que dicen Mandíbulas, corta la carne, como los tiburones ancianos, con las encías y, si algo se le resiste, hace como los cocodrilos, se lo mete en la boca con agua y le da vueltas hasta que lo ablanda.
¡Qué tío!
El Teodomiro Leombruno Montanaro fue campeón de La Mancha jugando al chito. El chito, como bien se sabe, es juego que precisa de mano firme, pulso tenso y respiración dominada.
Y buena vista, claro…
Hombre, claro. No querrá usted que le arree con el tejo al respetable ¿Verdad?
Claro que no. Digo que, esto del chito, don Dimas, será como la petanca pero en vernáculo ¿no?
Pues no. No tiene nada que ver. El chito es un juego de apuesta que consiste en arrojar tejos contra un cilindro de madera, o de hierro, que en unos sitios dicen tango, en otros tantos tanga o tanguilla y en los más de los sitios le dicen tángana, que no tangana, como dicen los locutores del football. Sobre el cilindro se colocan las monedas apostadas y se lleva la panoja quien lo derriba. Hay un premio de consolación para quien se arrima a las monedas más alejadas.
El Teodomiro Leombruno Montanaro se casó, hace ya muchos años, casi tantos como hace que se le escapó la Epaminondas Zarco, la del Tío Gasoil. La Epaminondas, la pobre, nunca tuvo muy claro quién era su marido por lo que compartía la cama con todos.
¡Animalico!
El Teodomiro Leombruno Montanaro gasta úlcera de estómago y, cuando llega el otoño o la primavera se retuerce de dolor. La úlcera del Teodomiro tiene el tamaño de una moneda de 200 pesetas de esas de plata que sacó el Banco de España.
Déjela usted que roa, le dice el Domiciano, el del Canal.
A usted tenía que roerle, pero la calavera, ¡tío cabestro! El Teodomiro Leombruno Montanaro, al tiempo de llamarle cabestro se agachó y le tiró un canto de lo menos dos kilos de peso que le dio en lo alto de espina dorsal; donde se separan las paletillas. A poco lo desgracia para siempre.
Animal, le grita al Teodomiro pero, cuando ve que este vuelve a agacharse echa a correr como alma que lleva el diablo.
¿Usted cree que se acojonó?
Para mí que sí, don Dimas. Para mí que se acojonó.
El Tío Gasoil, el suegro frustrado del don Teodomiro Leombruno Montanaro no tenía gasolineras, ni era taxista ni nada por el estilo. Al Tío Gasoil le decían así porque andaba mucho y gastaba poco.
¿Usted nunca paga una ronda, Tío Gasoil?
Pues no señor. Es que yo no tengo costumbre ¿sabe usted?
Ya se nota, ya.
¿Y por qué no lo intenta una vez, para ver qué se siente?
Quite, quite… Esto de los bares deja mucho vicio. Igual voy y pago y me da por gastar lo que no tengo invitando al personal.
Eso sí. Ahí tiene usted razón.
El Acacio, el del Relojero, es medio tonto. Aquí no se exagera nada, aunque bien podría haberse escrito que es tonto del todo. El Acacio toca la armónica de forma desaforada. Mueve la cabeza sin soltar el instrumento de los belfos y hace hueco con la mano para hacer sonidos y redobles al instrumento. El Acacio, el del Relojero, mientras toca lleva el ritmo con el pie. El Acacio, el del Relojero toca todo tipo de música menos pasodobles.
¿No te sabes Francisco Alegre y Olé, Acacio?
Sí que me lo sé
Pues tócala hombre.
No me sale de los cojones.
El Acacio, quien sobre ser tonto no se la sacude contra la taza del güater, no toca pasodobles para no tener que estar, noche sí y noche también, soplando la armónica en el baile del casino a prestación personal. El Acacio, cuando le escucha alguien toca músicas de mucha enjundia y dificultad y nunca, pero nunca, nunca, música popular. El Acacio, el del Relojero, toca con fruición la ópera El holandés errante. Pero no una versión corta o un potpurrí, no; la versión original de 1843 sin intermedios ni nada.
¡Vaya fuelle!
Ya lo creo.
Dicen los que saben que, en 1939 Wagner iba de gira en un velero desde Königsberg a Londres cuando fue sorprendido por una violenta tempestad. El Richard, que tenía un oído de tísico, sacó mismamente como los truenos, los rugidos de la mar y los relámpagos, que en la France dicen eclaire y lo llevó a la partitura. Pues bien, el Acacio, el del Relojero, lo calca con la armónica. Es ponerse a chiflar el Acacio y al público, en el pueblo, nos acojona la tremenda impresión del espectro del marino condenado en plena tormenta. ¡Vamos que si acojona!
¿Me dejas intentarlo a mí?, le dice el Teodomiro Leombruno Montanaro.
No que me babeas la armónica.
Si me la dejas te doy un puñao de bellotas que he cogido en el encinar.
Vale, pero no la babees.
El Teodomiro Leombruno Montanaro hace chocar la armónica contra el pantalón de pana para soltar las babas. Al Teodomiro Leombruno Montanaro, Dios Nuestro Señor, no le llamó por el camino de la música.
Cagüen sos… Esto no suena.
Es que no sabes, le dice el Acacio.
Es que le has quitao las pilas, ¡cabrón! Y le tira la armónica a la acequia.
El Acacio, que ya se dijo, es un si es que no es, algo tonto, se echa la azada a la espalda y le arrea un azadonazo en toda la cabeza.
Díos… Si no llega a ser por la mierda que tenía la boina que la convertía, prácticamente, en una boina antibalas, lo mata allí mismo.

(Continuará…)

EL PAPIRO DEL TEÓFILO, EL COSMONAUTA

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El Teófilo Ortiz Santos, alias Cosmonauta trabajó, hasta los treinta y seis años, en la construcción como albañil. Una vez que cumplió esta edad se retiró del oficio y se dedicó a defender su persona del ataque de naves espaciales que, tripuladas por el hombre, cruzan en espacio infinito.
¡Joder que frase!
Gracias, don Dimas. Favor que usted me hace.
El Teófilo, el Cosmonauta, siempre temió que un mal día, sin comerlo ni beberlo, le cayera encima el Soyuz soviético o un Discovery norteamericano y, por eso, siempre caminaba bajo los aleros de los tejados; nunca por el exterior y, menos aún, por medio de la calle.
Quite, quite… Igual va un día usted a cruzar el semáforo y se le viene encima una nave espacial que le deja despanzurrado igual que un gato en una autopista.
El Teófilo Ortiz Santos, alias Cosmonauta, también recibió, en su momento, el mote de Espíritu Santo. Al Teófilo Ortiz Santos le decían Espíritu Santo porque se alimentaba, exclusivamente, de pichones y palomas que cazaba con la boina en el sobrado de su casa.
Su hermana, la Aniceta, siempre se lo decía: un día te van a salir alas y te van a confundir con el Espíritu Santo. La gente, que suele estar siempre al quite y con la oreja puesta, se quedó con el remoquete y el Custodio, el conserje del casino, que era un cotillo, se lo contó a todos los clientes.
¿Y nunca le llamaron Astronauta?
No, porque el Teófilo Ortiz Santos siempre fue muy prosoviético.
¿No me diga?
Como lo oye. Cuando dejó las palomas y los pichones solo comía ensaladilla rusa, filetes rusos y polvorones de La Estepa.
¡Pero si Estepa está en Sevilla, no en Rusia!.
¡Anda, pues es verdad!, pero usted chitón, que no se entere. No sea que se lleve una desilusión y no vuelva a probarlos. Además, que para eso lo compra en mi tienda, no vaya usted a joderme un cliente.
Quite, quite… Ni se me ocurre.
Una tarde, estando derribando un tapial del corral donde vivían la señora Dámasa, la del tío Vencejo, con su esposo el Cirilo, el Arriero y se encontraron, dentro de uno de los ladrillos, un papiro que, en principio, todo el mundo pensó que era egipcio.
¿Egipcio?
¿Qué pasa? ¿Es que no son egipcios los papiros? Pues para que lo sepa el papiro (del latín papyrus, y este del griego πάπυρος) es el nombre que recibe el soporte de escritura elaborado a partir de una planta acuática, muy común en el río Nilo, en Egipto. ¿Qué, era o no era egipcio el papiro?
Bueno, bueno… Cualquiera le lleva la contraria. Siga usted, por favor.
Pues como le decía, la gente pensaba que era un papiro egipcio y llamaron a los responsables de Patrimonio de la Junta de Castilla y León. Los funcionarios vinieron con unos medios técnicos que dejó a todo el mundo boquiabierto. Trajeron una furgoneta de esas del frío, como la de los yogures, para depositar el papiro y que no se estropeara. Todos llevaban guantes y mascarillas para evitar la contaminación del documento. No sé… pensarían que en la tapia donde estaba era zona libre de bacilos, microbios, gérmenes y otras miasmas. Pero el caso es que, al sacarlo, todos nos echamos para atrás, con cierto temor. Era un pequeño trozo de papel enrollado y liado con un trozo de guita, ya sabe… un cordelejo cualquiera, como de esparto.
Esto va a ser algún subproducto del albardín, dijo un técnico.
¿Usted cree, González?, le preguntó el responsable del equipo.
Yo creo que sí, don Lucas. Mire usted esta manufactura, por el tipo de hebra casi seguro se podría decir que proviene de una hierba palustre del valle del Tigris o el Eúfrates. Casi podría asegurarle que proviene de la tumba de Hemaka; chaty que fue, aunque también le decían primer magistrado, del faraón Den.
No me joda, González. ¡Que venga el experto en lectura jeroglífica! A ver, comandante de puesto, gritó el don Lucas a los números de la guardia civil que estaban conteniendo a los curiosos.
A sus órdenes, dijo un cabo joven, que llevaba, bajo la camisa verde del benemérito instituto, una camiseta de la Joven Guardia Roja con una hoz, un martillo y una caricatura del Che Guevara.
El responsable del patrimonio se lo quedó mirando de arriba abajo mientras musitaba:
¡Si levanta la cabeza el Duque de Ahumada vuelve a morirse de golpe! Márqueme usted un perímetro de doscientos pies alrededor del tapial e impida que se acerquen los curiosos, ordenó el don Lucas, al que se le notaban maneras para esto del ordeno y mando.
Yo, verá usted… Si no me lo ordenan desde la capital no puedo llevar a cabo una acción de esta responsabilidad.
A ver, el alcalde… Que pase por aquí.
Dígame. Yo soy el alcalde.
Aquí tiene usted mis credenciales. Estoy facultado por la Diputación Provincial, por mandato de la Junta de Castilla y León, para llevar a cabo un estudio del terreno y extraer, de esa tapia, el papiro del faraón. Esto es lo más importante que ha ocurrido en nuestra comunidad desde lo de la Beltraneja. Le exijo colaboración municipal y que usted, a su vez, haga lo mismo con la fuerza pública, que para eso es usted alcalde presidente y responsable de la custodia y policía del pueblo.
Sí señor, dijo el alcalde, encogiéndosele el ombligo por el acojone.
A ver, cabo, haga usted lo que ordena este señor mientras llamo a su comandante, al presidente de la diputación y a la Junta.
A sus órdenes, señor alcalde.
Con un pequeño robot que bajaron de un remolque del camión frigorífico, procedieron a la extracción del papiro que estaba dentro del ladrillo. El don Lucas, ayudado por otros técnicos disfrazados de astronautas y, mediante unas pinzas, extrajeron y desenrollaron el papel.
¿Qué es esto?, preguntó el don Lucas a González. ¿Qué cojones pone ahí?
Yo… verá…
Dígalo, coño. Diga de una puta vez qué es lo que pone
Pues dice: “por mis cojones que no vuelvo a trabajar más el día de Nochebuena y firma Teófilo Ortiz Santos”.
La carcajada aún resuena por el pueblo. La gente, que es mala por naturaleza y goza y disfruta con el ridículo ajeno, se partía las tripas mirando la cara que tenía el don Lucas y el señor González. El resto de funcionarios, bien es cierto que con mucho disimulo, también se reían lo suyo.
¿Quién es este Teófilo Ortiz Santos?, le preguntó el don Lucas al alcalde.
El Cosmonauta. Es un albañil que ahora no ejerce.
¿Un astronauta?, dijo el don Lucas. A ver si ahora resulta que es un extraterrestre que ha transportado el papiro desde el pasado al futuro.
No creo, dijo el alcalde, yo…
¿Usted qué? Usted a callar. ¡Hombre!. Aquí hasta los gatos quieren zapatos. Lo que me faltaba por escuchar ya, hasta la opinión del alcalde.
Que venga inmediatamente el tal Ortiz Santos.
El alcalde hizo llamar al Espíritu Santo, o sea al Cosmonauta que estaba en el casino. Fue a buscarle el Benito, el de la Tía Biroja, la de Manolo el Patas, que hacía los recados al alcalde, echaba el pregón y capaba los cerdos en su momento.
Cuando el Teófilo Ortiz Santos se presentó y vio aquel camión y a los funcionarios con aquel traje de Encuentros en la tercera fase se temió lo peor.
¡Ya está, ya lo dije…! ¿A que ha caído la nave encima de alguno?
No, hombre. Estate tranquilo… Estos señores, que dicen que han encontrado no sé qué mensaje dentro de un ladrillo y dicen que viene tu nombre escrito en él.
¿Un mensaje mío en una nave espacial que ha caído desde el espacio infinito?
Calle, calle… ¿O es que está bebido?, le dijo el don Lucas
Pues sí señor; como todos los días. Pero yo no conduzco ¿eh? A mí no me puede usted quitar los puntos.
Calle, insensato. ¿Qué es esto que pone aquí?
Pues ya lo ve usted, dijo el Teodoro. Que ya no voy a trabajar más en día de Nochebuena. Pero lo diga usted, el alcalde o el sursum corda.
Y cómo se le ocurrió poner esto aquí.
Pues el día que estaba levantando esta tapia. Resulta que era día de Nochebuena, ¿sabe usted? Y yo tenía que ir a casa para asar el pavo que me lo había pedido la Diega, mi señora. Entonces, como el que no quiere la cosa, me di tal martillazo en el dedo gordo que a poco no se me cae la uña. Cogí tal mala leche que, para que no hubiera dudas, puse en un papel, escrito a lápiz, lo de la Nochebuena. ¡Oiga usted!, ha sido mano de santo. ¡No he vuelto a trabajar más un solo día de Nochebuena!
¡Pero este tío es un demente!, dijo el don Lucas
O sea, dijo el Teófilo, ¿Viene usted al pueblo como si fuera un cazafantasmas, se visten todos de mamarrachos y me dice a mí si soy demente? Usted lo que es, es un cachondo mental. ¡No te jode, aquí el Luke Skaywalker!

DE ALACRANES, ESCORPIONES Y OTROS BICHOS ARÁCNIDOS

escorpión

Don Tesifonte Cubillas Mota fue un fino y veloz extremo diestro del Lokomotiv Fútbol Club de Terradillos de los Templarios, una pedanía de la villa de Lagartos, en la comarca de la Vega-Valdavia, Palencia, Spain. El don Tesifonte, por aquello de la racialidad y el ¡a mí, Sabino, que los arrollo!, jugó la mitad del segundo tiempo contra el Sporting de San Nicolás del Real Camino, Foatball Club mancado de un remo por un patadón que le arreó el Escolástico de Juan, una mala bestia que repartía estopa desde su puesto de defensa lateral derecho.

El don Tesifonte Cubillas Mota, como es fácil de adivinar, tuvo que abandonar la práctica del sport y se hizo top model de zapatos con alza para cojos. El don Tesifonte fue, de siempre, muy bien hablado y esto, entre la gente del football no es habitual. El don Tesifonte decía guarismos, en lugar de decir números. La afición, como no sabía qué significaba guarismos, y creían que era unas gárgaras, se lo tomaba a mal. ¡Ya se sabe!, la secular ignorancia de la plebe a la que le gusta retozar en el lodo de su ignorancia.
¡Qué tío!, vaya frase…
Se la cedo.
Gracias, don Dimas.
¡Qué manía, verdad, doña Úrsula, esa, digo, de hablar con palabras que producen hasta nauseas!
¿Mande?
Nauseas… ya sabe, arcadas, ascos y vómitos.
Ya, ya. Fíjese que decir guarismos… Estas licencias del idioma tendrían que estar prohibidas por la autoridad competente, ¿verdad doña Úrsula?
A eso es a lo que iba, señora Tránsito.
Es como lo de envergadura. ¡Cómo permiten esa voz tan pornográfica!
¡O desparpajo!
Eso. Fíjese usted: en-verga-dura. Si hasta le pone cachonda a una el escucharla ¿verdad que sí?
Ya lo creo, doña Úrsula. Y eso a nosotras, que somos decentes. ¿Qué no hará con las golfas esas que trabajan fuera del hogar?
La doña Úrsula Pajizo Villahambres quiso estudiar para cura, pero como era señora no la dejaron. Monja, la verdad es que nunca quiso ser, pues le gustaba hablar y pasear por las eras a media noche y eso, claro, con el hábito de las Agustinas iba a quedar chocante.
¿Y santera en una cueva del roquedal?
Pues tampoco. Quite, quite… con la reúma que debe de dar la umbría esa.
La señora Tránsito se casó, el año de la División Azul, con el Cliserio Portillo Coronado, natural del país que dicen de la Polvorosa, junto a la villa de Benavente, en la provincia de Zamora, diócesis de Astorga y reino de León, también Spain. El Cliserio fue a Rusia con el batallón de Muñoz Grandes y, nada más entrar en las tundras de papá Stalin, abrió la puerta del vagón para orinar y fue obsequiado con un tiro en la rodilla.
Eso por finolis. Si se hubiera meado dentro, como hacían los demás…
El Cliserio, que fue promovido a cabo y repatriado a España, recibió una medalla que nunca lució pues tenía que pagarla de su bolsillo. Eso sí, le concedieron una plaza de cerillero en el bar La Amistad, junto a los retretes.
Debía tratarse de mi signo, esto del urinario, digo. Ya que me lo concedieron por un mal pis que hice en la Siberia…
El Cliserio, cuando volvió del frente paró en Madrid y se metió, por aquello de que los héroes no pagan, en el museo del Prado, de gorra.
Oiga usted, don Tesifonte. Aquello sí que es arte. Todos los cuadros están de un bien pintado que no se puede usted hacer idea. Incluso los dibujos se parecen a la gente de bien terminados que están. Los borrachos de Velázquez, por ejemplo, ¡si están todos borrachos! y en el cuadro de las lanzas no se hace usted idea de la cantidad de ellas que hay pintadas.
Es que en las capitales hay de todo, amigo Cliserio.
Ya le digo, no como aquí en el pueblo, que quitando lo de ir los domingos a ver pasar los coches que se estrellan a la vuelta del fin de semana, no tenemos en qué entretenernos.
El don Tesifonte Cubillas Mota posó una tarde en el castillo de la Mota, en la cercana Medina del Campo y hasta allí, por ver modelos guapos, se acercaron un grupo de mozas de Pozas de Gallinas, villa que intentó, en su momento, cambiar el nombre por Morales del Rey pero que no fue admitido. Las gallinatas, que ese es su gentilicio, se quedaron prendadas de los modelos. La Graciana Tobalinas, alias Ms. Grace Sit, domadora de alacranes, escorpiones y arañas de mucho pelo, con aquello de que tenía mundo, coqueteó con el don Tesifonte y, al terminar la sesión, fueron a la fonda de la estación a tomar un porrón de cerveza con gaseosa. El don Tesifonte, convidando a las chicas, siempre fue muy fino y de mucho rumbo.
La dueña de la fonda les sirvió, de regalo, un platillo de garbanzos torraos y unas cortezas de cerdo a las que no habría venido mal una mano en la barbería. El don Tesifonte, que desconocía el oficio de la Ms. Sit, y viendo que un arraclán le asomaba por la mangueta de la rebeca, se descalzo una bota y le arreó tal zapatazo al bicho que despanzurró tanto el prosoma como el opistosoma.
¿Eh?
El tronco y el abdomen
¡Ah!
Ms. Grace Sit, o sea la señorita Graciana Tobalinas, viendo que el Faruk, su escorpión favorito, aquel que utilizaba para rellenar las quinielas de fútbol, estaba hecho papilla lloró como sólo pueden llorar aquellos que han perdido a un hermano. ¡Dios, que perra pilló!
Perdóneme usted, Ms. Grace, ¿cómo iba yo a saber que ese bicho del diablo era una de sus herramientas…
¿Y qué pasó, por fin?
Nada, que la Ms. Grace Sit dejó la doma de arácnidos y scorpionidas y se pasó a la doma de cérvidos. La Ms. Grace Sit consiguió un éxito muy reconocido con un número de doma de corzos que bailaban la polka pizzicato, de los Strauss, ladrada por un gamo europeo, del género Dama y cuyo nombre científico es Dama dama.
¡Anda, mira, como la canción de la Cecilia!
Más o menos.
Tras la boda su carrera alcanzó el cenit. Él, fue portada de la revista Prótesis, que editaba el Colegio de Protésicos del Calzado y ella fue contratada en Alaejos, que anteriormente se llamó Falafeios.
¿De falafel?
No, aquí el garbanzo gusta, pero en cocido; no en puré. Falafeios de Halaf o Jalafe, antropónimo mozárabe que, luego, se castellanizó en el habla local, con aspiración de la f- inicial y la intervocálica; así como tratamiento velar del diminutivo.
Sí, sí; don Tesifonte, como usted diga. Usted siempre fue un piquito de oro. ¡Menuda labia tiene usted!
¡Bah!, favor que usted me hace, amigo.
Pues la Ms. Grace Sit, como le decía, dio un espectáculo tan mentado y famoso que salió de Alaejos con un contrato para el Brasil, donde se trasladó, junto al don Tesifonte y a su mamá, la señora Adolfina. Cuentan, porque no se sabe con exactitud que fue en el estado de Tocantins, entre el Mato Grosso y Minas Gerais, donde la afamada domadora Ms. Grace Sit, cuyo nombre verdadero fue Graciana Tobalinas, murió picada por una araña bananera, de la familia de las Ctenidae. Su esposo, el don Cesifonte Cubillas Mota fue acusado de su muerte y juzgado y encarcelado en el penal de Pedrinhas, en el estado de Maranhao. De la señora Adolfina nunca más se supo. Posiblemente fue echada a un puchero en alguna de las tribus aún sin descubrir de la selva amazónica. Es lo que tiene el Brasil que, cuando se les acaban las pilas de la radio y no oyen el samba, les da por comer.
¿Y los nativos pudieron hincarle el diente a la señora Adolfina? Debería estar dura como el pedernal.
A buen hambre, don Dimas…
Pues sí; también es cierto.

DON DIMAS SUEÑA CON EL ÁTICO DE NACHO

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¡Todos en pie!, grita la oficial del Juzgado de Estepona.
Preside la sala la Honorable juez de Estepona, doña Mariana Peregrina.
Usted, don Ignacio, es propietario, junto con su esposa, de un ático dúplex en la urbanización Guadalmina, en Marbella. ¿Esto es así?
Sí señoría. Pero desde hace poco. Antes, ¿sabe usted? Estábamos de alquiler con derecho a cocina.
Ustedes, señores policías, dicen que el ático es propiedad de unos señores costarricenses que son indigentes, pero propietarios de ese casoplón a través de Panamá ¿verdad? Y que don Ignacio tiene, a la entrada un cerezo del Atlético de Madrid, plantado en la misma puerta del ático ¿verdad?
No señoría. Quien lo dice es El Mundo. Y lo que dice es que, don Ignacio tiene un ático comprado a través de un testaferro que era empleado de Cerezo.
¿El de las tiendas de electrodomésticos?
No, el del Atléti.
¿Pero en el Atleti no es presidente Jesús Gil y Gil?
No, señoría. Jesús Gil murió
Pues Villar, el presidente de la Federación le pregunta a su hijo cómo está
Es que Villar, sabe usted, anda un poco desinformado. Como no para en España…
Claro, claro. Bueno sigamos y dejemos el fútbol de lado. ¿Por qué dicen ustedes que el ático era de la empresa de una guarra?
De una guarra no, señoría. Delaware. Que es un paraíso fiscal norteamericano.
¡Ah! ¿Y la hija de Franco?
Esa es vecina, pero no tiene nada que ver en esta historia.
¿Y Aznar?
¿Mande…?
No, nada. Déjelo estar. Entonces, sigamos… ¿A qué fue el señor González a Colombia con el directivo de Martinsa que no construye áticos en esa zona y sí en otras, aunque ni los acaba, ni los entrega, ni devuelve el dinero. Todos sabemos que ese viaje se produjo y que fue grabado con cámara oculta? ¿Es que quería comprarse el ático en Colombia en lugar de en Marbella?
El Ministerio del Interior dice que esas pesquisas no son ciertas.
¡Pero si aparecieron fotos en El Mundo!
Cuando las vieron en El Mundo, el Ministerio dijo que “eran pesquisas no oficiales”.
¡Ah, claro! A ver si es que le estaban aplicando a usted sus compañeros del PP, señor González, la Ley Mordaza, en grado de tentativa.
Pues eso mismo digo yo.
¿Y en lugar de un Cerezo no prefería usted un Granado?
Quite, quite… Ni me miente usted ese fruto amargo.
Entonces don Ignacio, según usted, lo que gana son 112.725 euros y de este total 104.000 euros son de sueldo y el resto, 1.452.000 pelas del ala, es de trienios por su empleo de la Comunidad, empleo que, por cierto, tiene usted abandonado para presidir la comunidad ¿verdad?
Pues sí, señoría.
Joder con los trienios, pues casi parecen trinquenios.
¿Por qué dice usted eso, señoría?
Pues porque si usted ha interrumpido su trabajo lo lógico sería que se interrumpiera también la percepción de la antigüedad ¿no le parece?
Yo, señoría sólo pongo el cazo. Yo no hago la ley. Lo que dice el Estatuto de los Trabajadores…
Ya, ya… Y es solo por ejercer la política, claro. Porque si usted pide una excedencia no siendo funcionario, no tiene derecho a ello. Esto parece una graciabilidad para una casta de trabajadores.
¡Huy lo que ha dicho…!
Resumiendo, don Ignacio. Usted dijo que el famoso ático lo había comprado el año anterior. Vaya, vaya… de tenerlo alquilado y ser todo mentira a comprarlo ¿No le parece una decisión poco madurada? ¿Y cómo es que tenía usted tanta panoja, don Nacho?
Pues verá usted, señoría, es que mi churri, sabe usted…?
¿Cómo?
Mi Lulú… Quiero decir Lourdes, mi esposa, había sido despedida de la UNESA, la patronal eléctrica, como si fuera una Agüela o un Búfalo cualquiera, pero ella ¿sabe usted?, era directiva de la UNESA y, claro, tenían que darle una pasta. Fíjese, casi 700.000 mortadelos (más de 116.000.000 de pesetas) y un puestecillo que ya le tenía preparado Arturo Rostroduro en la CEIM ¿Qué le parece?
Pues que no se resentiría la empresa. Con inventarse unos costes a la competencia más y un porcentaje mayor en el recibo de la luz, la empresa lo recupera enseguida.
Eso sí.
Y dice usted que era directiva ¿verdad?
Pues sí señor. Ahí donde la ve usted, tan poquita cosa, las empresas se la rifan. Que si Arturo, que si Rivero…Ya dice ella, que hasta que no salió de UNESA no sabía lo valorada que estaba. Allí estuvo trabajando más de 25 años.
¿Y qué dirigía?
Bueno, verá usted… ella llegaba a la UNESA, se dirigía a la secretaria y la decía aquello de ¡qué monas eres!, luego bajaba a la máquina del café. Luego, esto… subía y después bajaba otra vez a la máquina de café.
Pues con tanto café ¡como tendría los Cabellos!
Puff. No se lo imagina usted, cómo los tenía.
¿Y cómo es que pagaban ustedes casi tres veces menos de alquiler de lo que costaba un chabolo de esos?
Pues porque Lulú, ¿sabe usted?, entre café y café se enchufa en el ordenador a una página de esas de chollos y estaba muy al día.
Claro, claro.
Así pues usted, que cobraba 4.800 euros al mes pagaba casi 1.600 de letra; los gastos de comunidad del ático; los gastos del chalet que constituye su vivienda habitual, el sueldo de los empleados de servicio de ambos chalets, las inversiones en el negocio de antigüedades de su esposa y, por si era poco, mandaba a las tres Gracias a una universidad privada carísima ¿verdad?
Pues sí señor.
Además de eso, comía, merendaba y cenaba ¿no?
Pues sí señor. Como Lulú tenía vales de comida que le daban en la CEIM pues podíamos comer todos los días. Porque ¡no sabe usted cómo se está poniendo de cara la vida!
Ya me lo imagino, ya.
………
¡Coño, don Dimas, deje ya de gritar, que no me deja dormir!
¡Huy. Usted perdone, don Matías!. Pero es que estaba soñando que se celebraba un juicio
Pues por la conversación lo que parecía es era usted el que había perdido el juicio.