Y ESE MADRID, EN PRIMAVERA…

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Y Madrid, en primavera, se transforma y se llena de color. En Madrid, cuando llega la primavera, la ciudad se llena de luz, y los árboles echan su polen, los muy marranos, sobre la gente que, ahora, está llena de tiquismiquis y de dengues. Antes, en Madrid, nadie tenía alergias. Sí, es cierto que las latas de sardinas parecían todas de sardinas con tomate por la oxidación del envase, pero te lo comías y no pasaba nada. De vez en cuando, solo de vez en cuando, te salía un sarpullido. Cosas de la primavera, pero nada más.
Y en Madrid, en primavera, los madrileños celebraban, fiestas y ferias de este poblachón manchego: toros en Las Ventas, verbenas en la pradera y, en el Bernabéu, don Paco, el de las rebajas, que se había cambiado el traje de comunión falangista por el de paisano, acompañado de su esposa, que estrenaba collar, yendo a ver cómo los “obreros” hacían gimnasia sueca en camiseta.
Y en Madrid, en primavera, un día del Santo, se inauguró el Parque de Atracciones en la Casa de Campo. Entre El Batán y El Lago. Al Parque se iba en suburbano, que era un metro que, en algunos tramos de su recorrido, se hacía sobre la tierra y no bajo ella. La entrada, para quien la pudiera pagar, no era cara: cinco pesetas. Vamos… un duro. Pero un duro de aquellos. Atrás quedaron atracciones de feria que, de pronto, se hicieron viejas: el güitoma, que pasó a llamarse sillas voladoras; el látigo valenciano, el pulpo, los entrañables caballitos…
Y en Madrid, en primavera, se hizo un censo de chabolas que arrojó un resultado sonrojante: 101.000. Y el parque móvil, gracias al 600 ascendió a 1,3 millones. ¡Jesús, donde iremos a parar! Y se edifica Azca, sobre el solar que acogía al Circo Americano y las viejas verbenas. Y se construyen casas sobre las huertas del Paseo de la Habana. Y la Castellana, la antigua carretera de salida hacia el norte, se llena de rascacielos, como una Nueva York provinciana. Y aquella pequeña ciudad se estira y se ensancha, sin complejos. Y en Colón tiran la Casa de la Moneda para hacer un teatro subterráneo y se trae, junto a Rosales, un templo egipcio. Este Madrid, se está volviendo muy raro…
Y en Madrid, en primavera, Mr. Ellis y Mr. Leafe, don trencillas británicos, anulan ¡cuatro goles! al Real Madrid impidiendo así, ganar su sexta copa de Europa consecutiva. ¿Los beneficiados? El Club de Fútbol Barcelona, claro.

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Y en Madrid, en primavera, se visitaba en Fuencarral a la ermita de Nuestra Señora de Valverde, la virgen que se escapaba de noche sin dejar señas y donde obsequiaban con pan y queso a los romeros. Y el tranvía llevaba hasta Chamartín de la Rosa, donde estaba la Quinta del Recuerdo, en la que Napoleón durmió en sus viajes españoles. Y la casa y olivar en la que vivía un sabio: don Ramón Menéndez Pídal y un escritor gallego, alto y algo majadero: don Camilo, el de los tres premios. Y, de vuelta, en la Plaza de Castilla el Hotel del Negro, que debía su nombre a que tenía un portero de esa raza, lo que daba idea de los pocos africanos que vivían en Madrid. Y bajando hacia Cuatro Caminos, Tetuán de las Victorias, con su casa de arbitrios. Y el Colegio Zumalacárregui, antes y después Jaime Vera, donde estudió este aprendiz de cronista…

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Y en Madrid, en primavera, los niños se bañaban en el Canalillo, que para eso estaba al aire libre. Eso sí, había que dar esquinazo a aquellos guardas de traje de pana marrón, banda roja y sombrero con escarapela y escopeta de tiros de sal… Y se jugaba al chito, y se cogían piñones y se bebía el agua fresca y limpia de la Fuente de la Tomasa, o la del Caño Gordo, junto al estadio Metropolitano.

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Y en Madrid, en primavera, los niños jugaban a las chapas. Y hacían carreras con las ellas convertidas en ciclistas. Chapas recicladas a las que se colocaba un cristalito que, previamente, se había pulido para embutirlo en ellas y se le rodeaba de jabón. Julio Jiménez, un abulense medio calvo, subía que se las pelaba por aquellos cerros de la Francia.
Y en Madrid, en primavera, El Alcázar, nada menos, y Galerías Preciados, juntaron sus distintas sensibilidades que dirían ahora los cursis, y crearon, nada más y nada menos, que los happenings de música pop en el Parque de Atracciones. Y la juventud, que ya respiraba, se juntaba -nos juntábamos- para cantar a coro con Los Bravos, Los Canarios, Tony Ronald… y hasta descubrimos una voz negra, la de Donna Hightower, que nos dejó catatónicos.
Y en Madrid, en primavera, y en España seguramente sin que el régimen se diera cuenta, empezaba de verdad a amanecer. O lo que es lo mismo, el régimen empezaba a declinar. Y el sol y la luz y la primavera y una libertad, hasta entonces desconocida, convirtió aquella ciudad gris y triste en una ciudad alegre y movida. La movida de Madrid. Y el río, aquel aprendiz de río que escribió el cojo don Francisco, se volvió limpio, y se canalizó y, ¡ay!, se alejó de sus vecinos para convertirse en prisionero de la M-30.
Y en Madrid, en primavera…

 

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2 Respuestas a “Y ESE MADRID, EN PRIMAVERA…

  1. La Aguela

    Vas a mejor, ¿eh?, parece que el campo te sienta bien, ánimo que solo te queda una estación, ¿a que no te superas?

  2. Angel Soria

    Que no queda ninguna, Laguela. El invierno era la primera