Y EN AQUEL MADRID, EN OTOÑO…

 

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Y en aquel Madrid, en otoño caían las hojas, pero no lo árboles, como caen ahora. En Madrid, en otoño, cuando llovía y la arena se volvía blanda, los niños jugaban a la lima. La lima sustituía al tacón -palmo y dao, decíamos- y las niñas (también algunos niños) jugaban a la rayuela que, más tarde, supimos que era el título de una novela y que estaba basada, nada menos, que en La Divina Comedia, de Dante Alighieri.
Y en aquel otoño, en Madrid, como apenas si había calefacción los pequeños íbamos a los recados y, en otoño, también, a la carbonería. Carbón de encina, picón de olivo, cisco, almendrilla, bolas… y astillas de tea que tenían mucha resina y daban alegría al brasero. Sobre él se colocaba una especie de chimenea y se sacaba, para encenderlo, al quicio de la puerta para que no atufase la casa. Una vez encendido se retiraba la chimenea y se colocaba una alambrera que impedía que se quemasen las faldas de la mesa de camilla o los pantalones del vecino. En Madrid, en otoño, cuando el brasero perdía calor, se echaba una firma con la badila y se rearmaba la pirámide que guardaba las calorías.

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Y en aquel otoño, en Madrid, al calorcito del brasero, Matilde, Perico y Periquín hacían sonreír a todos. Antes, Guillermo Sautier Casaseca, había puesto un nudo en las gargantas a las señoras y a las chicas de servir con aquel serial sobre El derecho de los hijos; Ama Rosa; Simplemente María; El pecado de la mujer… Raphael era aquel que cada noche te perseguía y Las Grecas te amaban locamenti (Si me acobenzo, si me acombenzo, dame tu ausensiiiii que sabe a beso, lailo la lolailo…)
Y en aquel otoño, en Madrid, las piperas de negra toquilla y pañuelo negro, guardaban su capazo de chucherías y, mediando octubre, cambiaban el puesto y la silla plegable por la estufa y la espumadera de asar castañas. El frío; el inclemente y seco frío del Guadarrama se colaba por los pliegues de las esquinas, se alojaba, insufrible, en el cogote y los pobre críos, con el sempiterno pantalón corto, sufrían de sabañones. Sabañones en las canillas, en las orejas… Las manos enrojecidas, las tobas en las orejas dolían como si se hubieran desprendido de la cabeza.
Y en aquel otoño, en Madrid, de pronto, como quien no quiere la cosa sale el sol y viene un nuevo veranillo de San Martín. Y los niños y niñas juegan en la calle al pañuelo. Los más mayores cambian sus novelas -FBI, Hazañas Bélicas, Marcial Lafuente Estefanía- en los cambios de novela o en el Rastro. En Cuatro Caminos, la Biblioteca Pública Ruiz de Alda tiene un fondo extraordinario de TBOs (por entonces no se llamaban comics). Roberto Alcázar y Pedrín; El Enmascarado; Llanero Solitario -¡Hi yo, Silver. Alway!-; Flash Gordon; Tiovivo, TBO… Un descubrimiento que aún dura: Tintín y Lucky Lou.

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En el colegio se juega en el recreo a los cromos. Dos montones, gana el que saque el futbolista con mayor número de letras en su apellido. ¡Qué putada!, salió Ré, un jugador que lucía bigote en el Elche. Al rival le salió Goyvaerts, del Barcelona. Seis cromos se había jugado el crío. Menos mal que no se juguó los de Vida y Color o los de Historia Natural, de Chocolates Juncosa, que le regaló su hermano…
Y aquel otoño en Madrid, don Ernesto “Che” Guevara, con su boina negra con una estrella en la frente, su uniforme verde olivo y sus barbas y un puro ardiendo se apoya en la barrera de Las Ventas y disfruta de una corrida de toros como un espectador más. Don Paco, el de las rebajas, no se entera de la visita (¿o quizás sí?) y en la pantalla Yul Brynner y sus seis magníficos colegas montan a caballo para defender a los mejicanos fronterizos mientras Bertstein hace sonar una canción que, posteriormente, relacionamos con el tabaco. Chan-chan-chanchán. Y Anita Ekber se bañaba, dejando ojiplático a Marcello en la Fontana de Trevi…

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Y en aquel otoño, en Madrid, el niño iba, como cada domingo, paseando desde Cibeles por la acera del Prado y el Botánico hasta la Cuesta de Moyano. Y rebuscaba en los viejos libros de lance en busca de aquella primera edición, de aquel incunable, de ese libro que, ¡vaya por Dios!, estaba prohibido vender. Aquella mañana de otoño, en Madrid, el librero le entregó tres libros; una trilogía que cambió su vida para siempre: La lucha por la vida. La gran obra de don Pío Baroja. La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja. Manuel Alcázar, el aldeano que vino desde su pueblo hasta este trampantojo que era Madrid, quedó dentro de su corazón para siempre…

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Y aquel otoño, en Madrid, al niño se le fue la infancia como se marchan las hojas del parque después del vendaval previo al chubasco. Y la infancia dejó paso a la pubertad y acabó dando con aquel niño, con aquel pequeño de ojos abiertos y escéptico al que todo le entraba por los ojos hasta el tuétano, en el mundo laboral. Y allí estrenó su primer par de pantalones largos. El uniforme de botones. Y aquel otoño, en Madrid, ese niño dijo adiós a su infancia y a la gestión de su tiempo libre para siempre. Hasta que, por fin, lo recuperó ya viejo y jubilado. Ese niño, hoy mismo, sigue siendo un viejecito de ojos abiertos al que todo lo que ve y le rodea le maravilla y llama su atención.

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Una respuesta a “Y EN AQUEL MADRID, EN OTOÑO…

  1. La Aguela

    Pues si que ha crecido el niño, si. Ya solo falta la primavera y el invierno, los espero.