Y EN AQUEL MADRID, EN VERANO…

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Y en aquel Madrid, en verano, la cerveza, se fabricaba en Amaniel y, más tarde, en el paseo Imperial. Sí, también se fabricaba en Algete, junto al río Jarama. Y los boquerones se comían en vinagre y no fritos, como en otros sitios. Y las Casas de Baño se llenaban de visitantes.
Y en aquel Madrid, cuando caía la tarde, los vecinos se armaban de un bocadillo y una bota de vino y, con su silla al hombro, bajaba a tomar el fresco, a hacer tertulia con los amigos o a ver aquella Italia neorrealista que, en blanco y negro, tan próximas nos eran en el cine de verano. Y los niños, mientras, jugaban al rescate, o a pídola, o a churro, media manga, manga entera. Y las niñas, que aún querían ser princesas, jugaban a la comba, a la goma, a chocar las manos mientras cantaban buscando su profesión: soltera, casada, viuda o monja.

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Y en aquel Madrid, pelaban Chausson, y Hércules Cortes, y L’Angel Blanc en el Circo de Price, o en el Campo del Gas. Y los muletillas toreaban de salón en el Lago, o en el Cerro de los Locos de la Dehesa de la Villa o iban del gimnasio a la Casa de Campo y de la Casa de Campo al gimnasio, como Kid Tarado.
Y en aquel Madrid, cuando Lorenzo se desmayaba sobre la Gran Vía, el madrileño se cogía la camioneta en Moncloa y se marchaba -si tenía posibles- a la piscina del Parque Sindical, o a la de la Playa de Madrid y si no lo tenía pues se conformaba con bañarse en el Manzanares. Junto al Parque Sindical o, entre las barcas de alquiler del Puente de Segovia. Y enfrescaban el agua atando a la Casera, la Revoltosa o la Pitusa, una cuerda y la echaban al río.
Y en aquel Madrid, en verano, se extendía la manta bajo un pino y se sacaban de la nevera de plástico los filetes empanados, la tortilla de patata, los pimientos fritos y se ponía a buen recaudo, en el cuarto de barra de hielo, los botellines. ¡Niñoooo! Cierra la bolsa del pan que se llena de hormigas… Y en la manta de al lado, unos modernos, con un tocadiscos Philip’s de pilas cantan el turista un millón, novecientos noventa y nueve mil, novecientos noventa y nueveeeee.
Y en aquel Madrid, los niños íbamos los jueves a Segarra, para comprar zapatos. Y en la zapatería te regalaban un globo. Si hubiéramos podido comprar unos Gorila nos hubieran obsequiado con aquella pelolita que saltaba y saltaba. En aquel Madrid nos apeábamos en la Red de San Luis y subíamos en el ascensor y salíamos de él y nos quedábamos extasiados ante su templete.
Y en aquel Madrid, los taxis eran negros, con una línea roja que atravesaba todo el coche de principio o fin. Y llevaban un número, el de la licencia, en blanco. Y los taxistas llevaban gorra azul marino y sahariana y pantalones del mismo color. Y los niños se subían al trole del tranvía y el cobrador, para que se bajasen, echaban tierra, del saco que llevaban a bordo, por el cogote a los niños. Y estos, en justa venganza, desenganchaban el trole de la catenaria y el cobrador, corría tras los niños que, ¡a Dios gracias!, eran más ágiles y resistentes.
Y en aquel Madrid olía a linimento Sloan, y a colonia Myrurgia y a loción Floid y las tiendas de coloniales, que también se llamaba de ultramarinos, olían a bacalao en sal y a aceite extraído con una bomba. Y a lenteja en saco y a jabón Lagarto y a escabeche de bonito de una lata abierta que no se guardaba en frío, y a sardina arenque y mantecadas de Astorga…
Y en aquel Madrid, cuando llegaba el verano, los vecinos, que eran casi todos de pueblo, volvían esos tres meses, a sus lugares de origen. De esos meses en el pueblo muchos aprendimos lo que era la trilla, la era, aventar el grano y que las churras no eran las merinas e, incluso, que los pollos (aquello que comíamos por Nochebuena, o en las bodas) no nacían muertos y asados, sino que eran pequeños, amarillos y piaban como gorriones.
Y en aquel Madrid vivía yo con mis abuelos, que siempre tuvieron un rato para sus nietos. Y vivía con mis padres, que bastante tenían con salir adelante. Y vivía con mis vecinos, que eran todos amigos y los conocíamos de siempre. Y cuando una ambulancia llegaba al barrio la gente corría para ver dónde paraba y ofrecerse a ayudar a los hijos, a la esposa, al marido de la persona que se llevaban al hospital. Y en aquel Madrid, mis queridos amigos, se compartía la vida, la miseria y las esperanzas. En aquel Madrid no había todo lo hay ahora pero íbamos tirando. Y en el metro se entraba a empujón limpio, en el tranvía se viajaba con medio cuerpo fuera y los coches… ¡Ay, los coches!, tenías que tener cuidado porque, como decía mi padre, no son de chocolate.

 

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Una respuesta a “Y EN AQUEL MADRID, EN VERANO…

  1. La Aguela

    Un excelentísimo relato de una meláncolica realidad que nos hace retroceder en un tiempo pasado que siempre fué…………….peor.