AQUEL MADRID…

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Aquel Madrid de posguerra; duro y frío, en el que, un día sí y el otro también, colgaban de los desvencijados canalones témpanos de hielo es hoy, pasadas más de seis décadas, un recuerdo amable; una añoranza que, con el paso del tiempo, se ha convertido en melancólica memoria de un tiempo que -¡ay!- se fue de forma irremediable.
Aquel Madrid de la manga riega, que aquí no llega… Agua. Agua fresca. A perra el trago. El de los adoquines; el de las vías de tranvía con su chapa encima para que la aplaste el tren; el de pan y quesillo; el de la tómbola diocesana; el de la ronca motora del Retiro; el del Canalillo de puras y transparentes aguas del Lozoya…
Aquel Madrid de traperos y vaquerías; de hombres empujando carros de mano; de camionetas con hombres colgados de sus puertas -¡al fútbol, al fútbol!- de entierros y gallinejas en Las Ventas…
Aquel Madrid con sus pavos sueltos por Nochebuena; de ferias del Campo; de Suburbano; de toros quietos, expectantes, en la Venta del Batán; de las verbenas; del Circo Americano, con dos pistas, señores, único en el mundo…
Aquel Madrid de la horchata valenciana, de chufa, oiga, de chufa; del aguaducho en la Castellana, con sus cervezas frías; sus raciones, su leche merengada. El de los bocadillos de calamares en la Plaza Mayor. El de las bravas, del doble de cerveza, del zarajo y los caracoles, de los callos y el cocido; el del turrón de Casa Mira; el de las gambas a la plancha en la Encomienda; el de las aceitunas de Campo Real…
Aquel Madrid que se estira -¡Mamita dile a papá, que compre un piso en Moratalaz. Que tiene cine, tiene colegios y tiene sitios para jugar! Quiero vivir en Moratalaz-; el que mira a su río con condescendencia; el que se asoma a la Almudena para ver el teleférico pasar; el que se atufaba en la Casa de Fieras; el que miraba de reojo a Florida Park y sentía del gusanillo de la boite; el que se asustaba con las Torres de Valencia; el que paseaba por los boulevares, hoy despojados de árboles; el que acudía el domingo al Rastro; el que se quedaba atónito en la Gran Vía, en Fuencarral, con los cartelones del cine. ¡La Gaceta de hoy, oiga. Con el resultado de los partidos!. El que bajaba -Reina Victoria abajo- al Metropolitano; las mocitas madrileñas que iban alegres y contentas a Chamartín…
Aquel Madrid del pulpo en las escalinatas de Ópera; del vino añejo y la tapa de encurtido; del vermú en Los Pepinillos de Fuencarral; el de los mesones junto a la Cava Baja; el del mercado de pescado en la Puerta de Toledo; con sus viejas camionetas desvencijadas; los moscardones que suben desde el Matadero; el de los mozos de cuerda en las mudanzas; el de las chabolas y los charcos sucios…
Aquel Madrid, mis queridos amigos, es este Madrid de hoy. Mucho más limpio, mucho más moderno, mucho más poblado y tan acogedor como siempre. Este Madrid que es mi Madrid. El Madrid de todos, de los madrileños y el de los otros, sean de donde sean. El Madrid de siempre. Ni mejor, ni tampoco peor. El Madrid que, en cuanto te alejas de él, te llama, como un pariente lejano que siempre te lleva en el corazón. Este Madrid que ahora, ya viejo y jubilado, me hace huir lejos de él para, inmediatamente, echarlo de menos. Este, señores, es mi Madrid.

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Una respuesta a “AQUEL MADRID…

  1. La Aguela

    Y el mío, si señor.