LA VERDADERA Y CRUDA HISTORIA DE DON ROSICLER, MÚSICO SORIANO

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Don Rosicler Cerrajero Expósito, natural de Suellacabras, en la provincia de Soria, quiso hacer carrera estudiando, a distancia, para estibador del puerto de Astracan, uno de los cuarenta y siete óblast que, junto a las veintiuna repúblicas, nueve krais, cuatro distritos autónomos y dos ciudades federales conforman los ochenta y tres sujetos federales de Rusia. Esto, dicho así, de corrido, parece fácil, pero aprendérselo, en ruso, a través de unos apuntes que CCC le envió a don Rosicler a Suellacabras no es, en absoluto, moco de pavo. Don Rosicler, que era un fiera para el estudio, se lo aprendió de corrido pero, en las pruebas del examen práctico no consiguió superar la prueba. La prueba práctica consistía en meter en un barco dos contenedores que la academia te enviaba por correo. En Suellacabras, claro, no hay mar, ni tan siquiera un lago. Suellacabras está situada entre las sierras del Almuerzo y la del Madero y su corriente de agua más próxima es el arroyo de Magañuela. Pero si Aldea ha llegado a capitán de la Mercante por qué no puedo yo llegar a estibador, decía don Rosicler. Pues porque el pueblo de Aldea está rodeado de masas ingentes e ignotas de agua: el río Ucero y el Abión y no muy lejos la Fuentona y la Laguna Negra. ¡Qué suerte tienen algunos!, se lamentaba don Rosicler. No sufras, le decía su madre para quien el muchacho era su paño de lágrimas. Entonces don Rosicler, que nunca cejaba en su empeño, decidió estudiar música, más concretamente canto, y solicitó plaza de becario en la Academy de St. Martin in the Fields, una iglesia anglicana sita en la londinense plaza de Trafalgar Square, en la ciudad de Westminster, London, England. Don Rosicler siempre fue muy admirador de Sir Neville Marriner pero, al no saber inglés le dijo Sor, en lugar de Sir y el director, mosqueado, mando que lo caparan para afinarle el tono de voz. Don Rosicler, que no estaba dispuesto a convertirse en eunuco de por vida, cogió el petate y se volvió a Suellacabras donde puso una plantación de níscalos que, por aquellas cosas de la vida, se fue al garete. Para ser agricultor no se necesita excesivo mimo ni mucha ciencia, es cierto, pero sí algo más que para ser consejero de bastantes empresas. Don Rosicler sembró de níscalos dos hectáreas de viña que no eran productivas, por aquello del frío, pero ese año no llovió en agosto y, ya se sabe que el micelio si no se nutre de agua en verano pierden poder sus hifas y se marcha todo a tomar por donde amargan los pepinos. ¿Oiga don Dimas, usted sabe por qué en uno de los extremos del pepino aparecen enseguida las semillas y por el otro no? Pues verá usted, eso debería preguntárselo a don Rosicler, que era el agricultor y no a mi que no soy sino el relator de esta historia. Usted perdone. Está usted perdonado. ¿Puedo continuar?. Siga, por favor. Gracias. Don Rosicler sufrió, por la sequía pertinaz, el cáncano que, como muy bien sabe usted, tanto mal hace a personas y animales lo que, unido a la falta de peculio, le produjo una zangarriana que, a poco, no se lo lleva al otro barrio. Don Rosicler, empero, no era de los que cejan en su intento y marchó a Madrid con la intención de convertirse en jilmaestre de húsares. Pero quiso Dios, que todo lo puede y manipula, que el vestido a la húngara desapareciese de los uniformes militares en España, dando paso a la parda estameña del tres cuartos caqui y esto, como era de imaginar, a don Rosicler no le pareció ni oportuno, ni de recibo. ¡Será posible mayor despropósito!. Mira que cambiar un vestido elegante, casi de camarero de bodas de alcurnia o de violinista ruso por un terno de gañán de montería. Don Rosicler, naturalmente, firmó un documento por el cual deshacía su compromiso con el ejército y marchó, en busca de especias y otras mercaderías inciertas, siguiendo los pasos de Marco Polo. Cuando un soriano abandona su país nunca olvida, en su equipaje, dos cosas sin las que no puede emprender aventura alguna: una rebequita, por si refresca y una plancha de panceta para hacer torrenillos. Con sus dos tesoros don Rosicler marchó, un pie tras otro, a la gran aventura de su vida: un viaje a pie desde Suellacabras a Yangzhóu, esquina a Jiangusú. Don Rosicler sabía, pese a lo que digan los morcilleros burgaleses y doña Pilar M. Sancho que las mejores morcillas de Burgos se hacen en Soria y quería, por tanto, comprar las especias chinas para surtir de ellas las cárnicas de toda Soria. El viaje era apasionante y, además, una oportunidad, como ninguna, para hacerse un nombre en el Reino, a la vuelta del mismo, y ofertar toda la experiencia del viaje a algunas personas que estuvieran interesadas en el mismo. Así, como si nada, y por el buen hacer y mejor visión de futuro, fue como un soriano, y no nadie otro de otro país, inventó las agencias de viaje. Nuevamente, no obstante, sufrió el gafe que le arrastraría de por vida. La mula que llevaba todas sus pertenencias cayó por un barranco y se partió el tejuelo dejando a don Rosicler sin medio de transporte. Me cagó en tos sus muertos, dicen que dijo Krause, el creador del panenteismo y cuya cita usó don Rosicler sin ánimus injuriandi pues, como bien saben los juristas, para que se produzca el ánimus injuriandi se precisa que el presunto delincuente lo haga de forma voluntaria y con ánimo de ofenderle y, que se sepa, don Rosicler no quería injuriar u ofender a Krause con su desdichada cita. Pero como no hay mal que cien años dure, ni peor ciego que el que no quiere ver, don Rosicler se enteró, mientras estaba alojado en Teruel en la posada del Torico Adobado que la canela y el anís estrellando, que el ajonjolí y la cúrcuma, el jengibre y el paloduz ya se vendían, por correo incluso, en Amazón. ¿Y a qué coño tengo yo que ir hasta la China con lo cerca que está, en Fuenlabrada, el polígono Cobo Calleja? Ya se lo dije yo, le contestó la Aniceta, una sirvienta de Torralba de los Sisones. La Aniceta era moza recia, colorada y de talle enjuto, el pelo suelto y la lengua aún más suelta que el pelo. Una moza de las que uno, aunque sea de Suellacabras, es capaz de tomar por esposa a nada que se lo propongan. La Aniceta dio el sí a don Rosicler y, tras la boda y su posterior consumación, marcharon a la cercana villa zaragozana de Paniza, donde los padres de la Aniceta tenían un secadero de jamones. Don Rosicler, como buen soriano, no extrañó el frío de la sierra del Águila y bajaba, todas las tardes, desde el pueblo hasta el secadero en mangas de camisa pese a los ocho grados bajo cero que solía marcar el termómetro. En habiendo torrenillos, aguardiente y guindillas en vinagre para desayunar no hay frío que se me meta en el cuerpo. La Aniceta, no obstante, le hacía ponerse la boina sobre las cejas porque decía, de forma atinada, que el calor del cuerpo, por donde realmente se pierde es por el entrecejo. Y es que la cultura popular, ¿verdad don Matías?, es así de sabia. Ya lo creo. Siga. Sigo… Don Rosicler, al que le gustaba un horror la tortilla de huevos de cigüeña asaltaba cada tarde la torre de la iglesia, el tejado de la casa consistorial y cinco o seis nidos que había en las torres del tendido eléctrico. Cuando algún huevo había medrado y ya había nacido el cigoñino don Rosicler no se desanimaba y se lo comía escabechado. Hacer el escabechado de cigoñino es fácil. Basta cortar una zanahoria cumplidita, una cebolla hermosa, un par de hojas de laurel y una vara de romero (esto es si se prefiere que tenga sabor campero, pero no es obligatorio), un vaso de vinagre, tres de aceite y una pizca de sal. ¡Ah!, también unas bolitas de pimienta negra, que se me olvidaba. Dicen que los cigoñinos tienen tracoma y que producen ceguera. No es así, de haber sido así don Rosicler llevaría ciego más de treinta años. Don Rosicler, después de unos años de comer jamón, tortillas de huevo de cigüeña y de beber vino de Cariñena se hartó de una vida tan regalada y se marchó, de nuevo, a hacer camino al andar, como dijo don Antonio, el maestro de Soria. Tomó el camino que salía hacia el sur y, tras pasar de nuevo la capital del Reino, giró hacia el Levante y, una vez en Valencia, se embarcó en dirección a Trípoli. Don Rosicler no conocía Trípoli pero sabía, por un libro que leyó en el Bibliobús de Suellacabras que allí, en Trípoli, estuvo la biblioteca Dar Al´IIm pero, lo que no pudo imaginar don Rosicler es que, para entonces, los mamelucos habían invadido la ciudad y se habían calentado las turmas con el fuego de los libros que allí había. En su desesperación don Rosicler dejó el Líbano y marchó a Jalisco, en Méjico donde, aprovechando su canora voz formó parte de un mariachi que acompañó, en todas sus actuaciones por la península del Yucatán a María de los Ángeles de las Heras, de nombre artístico Rocío Dúrcal. Acabada la gira del Yucatán don Rosicler entendió que debía volver a Suellacabras y sentar cabeza, definitivamente. Y así lo hizo. Se casó con Edelmira de los Santos, ama de leche del duque de la Sinagoga, título que, a día de hoy, ha desaparecido con el último de sus poseedores. Cuando alcanzó la edad de ochenta años se presentó en el pueblo una pareja de la guardia civil montada en una bicicleta de tándem que llevaba una cestilla en el manillar donde reposaban los dos naranjeros y el tricornio, pues el director del cuerpo les obligaba a llevar casco, y le detuvieron por bígamo. Resulta que, enterada la Aniceta, la de los jamones, que había vuelto a España y se había vuelto a casar lo denunció aunque, finalmente, quitó la denuncia y todo quedó en agua de borrajas. El don Rosicler, cansado de vagar por el mundo y desilusionado por la denuncia de la Aniceta fue a ahorcarse del badajo de la campana más gorda de la Iglesia de Suellacabras. Se dijo en el pueblo, aunque nadie pudo corroborarlo, que mientras moría movía los pies de un lado para otro y, con ese movimiento, la campana tocó el pasodoble En er mundo. Gloria y prez a don Rosicler, músico al que, el cáncamo y la amenaza de ser capado retiró de la música para siempre. Descanse en paz. Amén.

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Una respuesta a “LA VERDADERA Y CRUDA HISTORIA DE DON ROSICLER, MÚSICO SORIANO

  1. La Aguela

    Joder hermano vaya compendio de términos antiguos, bien ilvanados y de una extensión desconocida. G R A N D E, Maestro