MADRID EN EL RECUERDO

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Don Alcíbiades Olmedilla se pasaba las tardes enteras pulsando con evidentes muestras de aburrimiento el arpa frente a su ventana. Los gorriones, que son de natural ignorantes, se azoraban con el canoro sonido del arpa y salían volando en otra dirección como alma que lleva el diablo. Don Alcíbiades, entonces, hacía volar su imaginación desde el caserón familiar de la calle de Serrano, esquina a Columela, el romano agricultor, hasta la Cartuja de Valldemosa. Sí, a don Alcíbiades, cuando le entraba la murria hacía viajar su mente hasta la vieja alquería mallorquina y soñaba emular a Chopin componiendo polonesas, mazurcas, preludios y nocturnos como un loco para la Gregoria, o George, como él la llamaba. Don Alcíbiades Olmedilla siempre se lo decía a su amigo don Teodoro cuando este iba a visitarle a la tarde: a mí, mi querido amigo, lo que más me gusta es una polonesa. Hombre, decía el don Teodoro, si está buena la polonesa, normal que a usted le guste. No, hombre, que la polonesa es un ritmo ternario que acompaña a los bailes cortesanos de Polonia. ¡Ah!, usted perdone, solía decirle el don Teodoro. A mí, sacándome de la jota, no crea, no me gusta demasiado la música. Yo creo que la música, y perdóneme usted por la manera de señalar, es propia de tísicos, de locos y de gitanos que se pasan el día con la cabra por esos pueblos de Dios. ¡Ah!, la dulce ignorancia, decía don Alcíbiades. Cuánto admiro, don Teodoro, a quienes tienen el magín ocupado en otras vicisitudes. No, si yo no tengo de esas cosas, don Alcíbiades. A mí, lo que de verdad me gusta, son las señoras en edad de merecer, incluso si esa edad ya la han superado, el tocino a la brasa y el mus, ya ve usted. ¿Y nunca sintió usted, don Teodoro, la necesidad de comprobar si Madame de Maintenon, pongamos por caso, era una ninfa, como decía la Historia, la nymphe cependant se laissa faire et ne lui refusa aucune faveur, o no lo era. ¿Mande? No, déjelo. No tiene importancia. Entonces don Alcíbiades volvía a tañer el arpa con desgana manifiesta. ¿Se sabe usted aquella de A la Mariloli le ha pillado el toro?, le preguntó don Teodoro a don Alcíbiades. No. Esa no me la sé. Y la de A mí me gusta el pimpiribinpimpí de la bota empinar? Pues no, tampoco, pero si quiere usted le taño una variación sobre un aria de Domenico Cimarosa. No, no. Déjelo, hombre. Por mí no lo haga. Don Teodoro se marchó, tras agradecerle el platillo de torreznos con patatas revolconas con que le había obsequiado y la humeante taza de té rojo y salió del viejo caserón de Serrano en dirección a la Puerta de Alcalá. Este Alcíbiades, se decía para sí, mira que es relamido. Pues no me pone los torreznillos con té, como si yo fuera un Lord inglés, en lugar de hacerlo con un buen porrón de Valdepeñas. ¡Abur, guapa!, eso es mover el rulé y no lo que hacen las brasileñas. Es usted un viejo verde, le contestó la modistilla y un tío grosero, que tiene suerte de ser el año que es. Si me llega usted a decir eso en el siglo XXI le denuncio por machista y facha. Don Teodoro se caló, asustado, el bombín que se había levantado para echar el piropo a la modistilla y salió huyendo en dirección al Retiro. Una vez en el Retiro estuvo pensando, seriamente, si embarcarse pero desistió pues hacía mucho sol y podría darle una insolación. Lo mejor, pensó, es ir a la Casa de Fieras. En el pequeño zoológico, a su entrada, había una gran algarabía. Al parecer se había escapado uno de los monos rijosos y estaba intentando meterle mano a una jirafa. Estos micos, son como humanos, pensó don Teodoro. En cuanto les dejas un poco de manga ancha, ¡dale que te pego!, sin mirar si son tirios o troyanos. Con razón dicen que el hombre desciende del mono. En el Paseo de Coches se encontró, don Teodoro, con un hombre que tocaba el acordeón con una sola mano. Estuvo escuchándole un rato y, cuando acabó la pieza que estaba tocando, el tango Caminito le pidió, por favor, y tras echarle una moneda en la boina, si le podía tocar algo de Chopin. Verá usted, le dijo el músico, servidor podría tocarle algo de monsieur Chopin -el decía Shopén- si tuviera las dos manos, pero un accidente en la Casa de Fieras me dejó así. ¡Anda!, pues qué le pasó. Pues verá usted, yo quería compartir con el león mi bocadillo de chicharrones fritos. ¿A usted le gustan los chicharrones fritos? ¡Huy, la mar! A mí los chicharrones fritos, y la cabeza de jabalí, me gustan un horror. Pues eso, a mí también. El caso es que quise darle un trozo de mi bocadillo al león y, como está la cosa tan achuchada, que el rey nuestro señor, ya no paga de su bolsillo el mantenimiento de las fieras, el animalito hizo como dice el refrán que se le da la mano y se tomó hasta el codo. Ya veo, ya. ¿Entonces no puede usted tocar nada de Chopin? Pues no señor, ya le digo. Pues venga acá esa peseta que le eché a la boina. ¡Oiga, pero si usted echó dos reales! Don Teodoro se marchó sin hacer ni puñetero caso al manco en dirección a Cibeles donde se tomó un quinto de cerveza en el Café Lyon. En el café, don Teodoro, parecía un magnate del acero alemán. ¡Qué tío, qué porte y qué manera de presumir! ¿Limpia, señor? Gracias, ya lo hice antes, mintió. ¿Un pitillo rubio?, le ofreció un hombre que llevaba una caja de gambas con una cinta de persiana cogida de la nuca y que vendía el tabaco al detall. No, gracias. ¿Y una piedra de mechero? Tampoco. Tengo gomas higiénicas, de auténtica duración. No gracias. ¿Y una pulsera flexible para el reloj? Gracias, lo gasto de bolsillo. El camarero, con su chaquetilla blanca, inmaculada, y sus hombreras doradas, como las de un edecán, salió a espantar al de la caja. ¿Un décimo de doña Manolita? Mire usted, señorito que llevo el gordo. Pues que le aproveche, señora, y no lo venda que así le toca a usted. Malajé, ojalá cuando llegues a tu casa te encuentres al gato jugando con la calavera de tu puta madre, le maldijo la gitana. ¡Ajú!, dijo el caballero que estaba en la mesa contigua. Qué forma de maldecir… La educación, caballero, filosofó don Teodoro, que es la asignatura pendiente del gobierno. Si en lugar de gastar el dinero de los españoles en hacer ministerios en la Castellana, y dejar el hipódromo como estaba, se gastasen los cuartos en colegios, cuánto mejor nos iría a todos. Diga usted que sí, así se habla, si señor. ¿Me admite usted que le convide a un refrigerio? Si es a su cuenta, lo que usted guste, contestó don Teodoro. El vecino, que ya había pegado la hebra, se sentó en la mesa de don Teodoro. ¿En la mesa? No, hombre; no. En la mesa no, ¡qué ocurrencias!, quería decir, alrededor de la misma mesa que don Teodoro. ¡Ah, bueno!. Siga. Sigo… ¿Y usted viene mucho por el café? Pues no, sólo cuando tengo sed o estoy cansado. Desde este velador se ve pasar al todo Madrid, del Retiro a La Cibeles. ¿Y a La Chata? ¿También se ve pasar a La Chata? Pues sí, ayer mismo pasó por aquí, en dirección a Palacio, ya sabe. Pero iba en un simón, y con la velocidad y el desenfreno que tiene ahora la capital, pues casi ni nos dimos cuenta. Ya lo creo, no hay quien cruce el Paseo del Prado sin que te alcance un coche. Además, ¿ha visto usted como ponen todo los caballos con las cagadas? Ya lo creo. Como no se espabile el alcalde y contrate más alguaciles no sé adonde vamos a parar. Yo creo que deberían poner un impuesto de circulación a los coches de caballos. Y otro de aparcamiento. Así es. Bueno, usted dispense es que me tengo que ir, ¿sabe usted?. Por cierto, muchas gracias por el convite. No me he presentado. Mi nombre es Teodoro. Teodoro Retuerta Alpechí ¿Y su gracia? Pues yo me llamo Aldea. José María Aldea, para servirle. Soy capitán de la Marina Mercante, ¿sabe? Ahora le están poniendo motores a los barcos y ya no son de remos. ¡Jesús!, no sé adonde vamos a parar con estas modernidades…

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Una respuesta a “MADRID EN EL RECUERDO

  1. La Aguela

    Al final mi heroe va a ser D. Teodoro. Genial hermano, bueno y extenso, como a mi me gusta.