EPISODIOS NACIONALES

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Don Tarsicio Albuín Perogil estudió, en sus años jóvenes, para callista. Ahora, a los callistas, se les llama podólogos, que es un nombre equívoco y que induce a errores. Algunas señoras y no pocos caballeros creen, apoyándose en el latín, que podo es pie y logos palabra con lo que, el podólogo, es el hombre que habla por los pies y esto, claro, no es así. Don Tarsicio Albuín Perogil es hombre con mucho mundo interior. Don Tarsicio no necesita de familiares, ni amigos, ni tan siquiera de vecinos. Él vive en un hotelito que se construyó sobre la casa familiar y sin ninguna persona cerca que le moleste. Don Tarsicio no tiene televisor, ni aparato de radio, ni ninguna otra cosa que le aparte de su auténtica pasión: la lectura. Don Tarsicio, como va mal del vientre lee, sobre todo, en el guaterclós. Sentado en la fría porcelana del mismo y con el libro sobre una especie de facistol que es, en realidad, un viejo tambor de jabón de lavadora.

Don Tarsicio, para sus cosas, es muy imaginativo y conspicuo. Don Tarsicio, en el guaterclós lee, sí; pero sobre todo lee los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que es una lectura que está muy bien fundamentada y resulta entretenida y bastante amena para el asunto que se apuntó más arriba. No resulta práctico, en cambio, leer a los clásicos. Los clásicos –Quevedo, Lope, el Arcipreste- suelen ser enjundiosos y claro, esto hace perder el hilo al asunto del tracto y su evacuación. También, aunque lo practica menos, juega solo al ajedrez cuyo tablero y fichas, como el libro, apoya en el viejo tambor de jabón de lavadora de la marca Colón. El reciclado de tambores de Colón y aún de otras marcas debería estudiarse en las universidades de arquitectura, pues da para mucho.

¿Colón Express?

No; Colón a secas. Aunque don Tarsicio le llama Cólon, se conoce que por quedar más cerca del intestino, claro.

Como algunos de los Episodios de don Benito se los conoce al dedillo, en especial el de Los cien mil hijos de San Luis (¿Qué has hecho de mí, Jenara?, se pregunta Salvador Monsalud), de la Segunda Serie algunas veces, por entretenerse, los pasa a taquigrafía como hizo Jenofonte para transcribir la vida de Sócrates, en un viejo cuaderno de doble renglón. La taquigrafía, aunque ustedes no lo crean acompaña mucho en el retrete. Lo que no se puede hacer en el retrete es punto de cruz ni croché.

¡Anda!

Para que vea…

¿Y  rellenar de plomo a los soldaditos?

Bueno, si hay un enchufe para calentar el infiernillo, también. Aunque el humo del plomo es insano y no es aconsejable respirarlo.

A don Tarsicio Albuín Perogil no le echaba en falta casi nadie porque no se relacionaba con nadie, pero sí que le echó en falta María Gladys Velasques, una hondureña que trabajaba de cajera en el Simago, un supermercado de su barrio a donde el don Tarsicio acudía, cada semana, a comprar papel higiénico El Elefante y una barrita de pan y un cuarto de choped.

La primera y la segunda semana la María Gladys no dijo nada porque no quería que su jefe, el Clodomiro Hervás, la riñese por cotilla. El Clodomiro Hervás se lo tiene dicho a sus empleados: a los clientes, respeto, respeto y respeto. Esas son las tres reglas de esta casa. No en vano, y gracias a ellas, hemos llegado a la cumbre del supermercado en la provincia. Ahí me tienen ustedes. Aunque no lo crean mi familia regentó un pequeño colmado en el chiscón de un zapatero bajo la escalera del portal y que era, a la vez, peluquería, carbonería y se cogían puntos a las medias. Mi familia, se podría decir, que fue la inventora del supermercado. Lo que pasa que la fama se la lleva el de El Corte Inglés, claro… como está en la capital.

Al cumplir se la tercera semana en que don Tarsicio no acudió a comprar sus rollos de papel higiénico El Elefante la María Gladys acudió al despacho del don Clodomiro.

Jefesito, yo no le dije a nadie nada, no más, pero el señor Tarsisio lleva más de tres semanas ausente. Es como si se hubiera muerto. Ya sabe usted, jefesito que el señor Tarsisio es único en su casa y podría haber entregado su alma a Jehová.

Silencio, Gladys. Aquí, ya lo tengo dicho, no se habla de religión ni de política y menos de una religión que no sea la católica, que es la única verdadera. ¿No lo habrá hablado con los clientes, ¿no?

No señor…

Mejor. Estas cosas de las defunciones traen gafes y alejan a la clientela. ¿Usted tiene teléfono móvil de tarifa plana?

Si señor.

Ya podrá, ya… con lo que yo les pago. En fin… Váyase usted a Mercadona y llame a la policía. Diga que usted trabaja en Mercadona así, si la gente se entera y les da por no ir a su supermercado heredamos sus clientes.

El alguacil acompañó al señor Juez y a los guardiaciviles hasta el domicilio del don Tarsicio. El alguacil, armado de una pata de cabra, apalancó la puerta y cedió el paso a la autoridad. Tras el señor Juez y la pareja del benemérito instituto…

¡Jo, que frase tan del Telediario!

¿A que sí?

Este señor está muerto, dice el funerario, nada más entrar.

La muerte, sentencia con gravedad el señor Juez, no es un estado, sino un trance. Nadie, que se sepa, está en estado difunto, sino que le ha acontecido la muerte. Este hombre podría estar muerto o haber perdido la vida, que son dos cosas distintas, aunque parezcan lo mismo.

Sí, señor Juez, dice el funerario, lo que usted ordene.

Y el señor Juez ordena, que para eso es el Juez, que se le entregue un papel con garabatos indescifrable que mandó traducir, por ver si era un testamento vital del difunto. Pero no, no era el testamento, sino una transcripción, a la taquigrafía, de un Episodio galdosiano. Esta vez era sobre Trafalgar y en él se loaba la heroica muerte de don Cosme Damián de Churruca y Elorza, marino motriqués.

Algunos, filosofó el señor Juez, mueren en loor y gloria y otros alcanzan la gloria con olor.

El funerario, miró hacia el señor Juez pero no se atrevió a decir nada. ¡Menudo era el señor Juez!

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Una respuesta a “EPISODIOS NACIONALES

  1. La Aguela

    Que bien acaba la historia, casi como lo del gato de Schrödinger. Que bien, a tardado pero que bien escribe señor usté.