DOBLES PAREJAS

AD443FE3-2891-4EAD-86B1-203091CED93B

Amelie Foissard no se apellida Foissard pero como está casada con Benoît Foissard, recortador de vaquillas de corridas landesas, ha perdido su apellido con la boda, pero esto le es imperpendicular, como dice ella. Amelie Foissard trabaja en el río Adour capturando -que no pescando- anguilas y lampreas que deja morir ahogadas en la barca para que no pierdan su sangre. A Amelie Foissard, a estas alturas ya no le importa nada; ni la asfixia de la pesca, ni el escándalo de su matrimonio, ni nada. Bueno esto no es del todo cierto; sí que le importan sus conquistas en el bingo de la localidad de Aire sur Adour donde ambos residen. A Amelie Foissard le gustan los jovencitos musculados y marchosos que acuden a enamorar señoras que se aburren tachando un cartón tras otro, en busca de un premio que no sea en metálico. Esto que hago yo no es malo, dice Amelie. Lo malo es que su esposo, Benoît, tiene los mismos gustos y claro, no es normal, dice ella, que su esposo le levante los ligues siendo un caballero. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Don Dimas no se sorprende con estos cuentos. Eso son cosas de franceses, se dice, pero ocurren en todos los sitios donde, al caer la tarde, se pone el sol. Don Dimas conoció a un diputado por el Tercio de Familia que, cuando salía de las Cortes, entraba en el retrete del restorán Edelweiss y salía disfrazado de Estrellita Castro. El diputado folclórica trabajaba, en El Molino Rojo, en Lavapies, donde cantaba, tras Las Gatitas de Madrid, Mi Jaca y otros éxitos de la aclamada estrella de la copla. ¿Y se peina con el minino sobre la frente?. Natural, don Matías. ¡No se iba a peinar igual que ella! El Agrícola Agrafojo del Agro, es nombre supuesto, está casado con Artemisa Camisa Risa, también es nombre supuesto. Artemisa Camisa Risa, no se apellida Agrafojo porque esto, señores, es España y en España, pese a lo que digan las feministas, ninguna señora está obligada tomar el nombre del varón. Artemisa Camisa Risa trabaja en la Secretaría del Plan de Desarrollo y, por las tardes, de dependienta en La luz al final del túnel, la funeraria del pueblo, barnizando ataúdes y clavando las bisagras de la tapa. El crucifijo y el raso del interior lo pone su jefe, que tiene más estilo y clase que ella. Ya sabe usted, donde hay patrón… Su marido Agrícola no trabaja en la funeraria sino que es pregonero en el pueblo. El Agrícola, los sábados por la tarde, después de la siesta y de bañarse en un cubo grande de cinc calentado al sol, se viste la ropa de los domingos y, después de tomarse un Calisay en el Café Español, el casino, se acerca donde la Esperancita, una madame que tiene puesta casa a las afueras del pueblo. Las vecinas, algunas vecinas, claro, y el señor cura, exigieron al señor Gobernador Civil que metiera mano a la Esperancita, ¡y vaya si lo hizo!. Desde entonces las vecinas, algunas vecinas, claro, y el señor cura también, saben que esta es una guerra que tienen perdida. El señor cura se conforma, desde entonces, con anunciar el averno desde el púlpito a los que viven en pecado, pero lo que es a la Esperancita la han dejado de lo más tranquila con su industria. El Agrícola Agrafojo del Agro los sábados, decíamos, tras su copita de Calisay se encamaba con la Portuguesa, una mujer de rompe y rasga que era natural de Matosinhos, al norte de Oporto. Al Agrícola Agrafojo del Agro le gustaban las mujeres, todas las mujeres, al contrario que al Benoît Foissard. También le gustaban las mujeres a la Artemisa Camisa Risa, en esto estaba al revés que la Amelie Foissard a la que le gustaban los hombres muy hombres. También le gustaban los hombres muy hombres a su marido, en esto, al menos, coincidían. Se conoce que en este mundo ya nada circula por su cauce normal, ¿verdad don Matías? Así es don Dimas. Siga, por favor. Ya va, no empuje… Esta historia me la contó José María Aldea, el barquero del Nilo. ¿El que echó los cimientos en las pirámides? El mismo. Verá usted, el Agrícola y el Benoît se conocieron en Benidorm, un verano, e hicieron algo de amistad. Algunas noches salían a cenar los dos matrimonios -paella, algunas gambas de la bahía y horchata- y luego daban una vuelta por el paseo marítimo, que para eso está y por ello se llama paseo. Claro, claro. ¿Me va a dejar usted de cortar? Huy perdón… Pues como se pone por nada. Una noche en que el camarero del restorán les obsequió con un chupito de aguardiente de hierbas se cogieron un colocón que no es para contar y, lamentándose de su escasa suerte, se confesaron, el uno al otro y la una a la otra sus cuitas con el sexo. ¿Verdad usted que no es pecado lo que hacemos?, le dijo la Artemisa a la Amelie. No, Agtemisá, -los franceses no pueden pronunciar la erre y la vocal última siempre la acentúan- El amog no puede seg pecadó. No existen los pecadós del sexó. Eso es lo que le digo yo al Agrícola, pero él, como es funcionario, tiene que ir a misa todas las tardes y está confundido. ¿E pog cuá, Aggicolá? ¿E pog cuá cuá? No hables como los franceses, le dijo la Artemisa que pareces un pato con tanto cuá cuá. Pegdon, digo perdón. Dice el señor cura que no se puede desear la mujer del prójimo, pero claro, yo la que deseo es la Portuguesa, que no es de ningún prójimo y esta está enamorada de mi mujer, con lo cuál a pesar de ser prójima, en lugar de prójimo, es doble pecado. No, no, Aggicolá, no se pá posiblé. Usted no peca contga Die, sino contga el cuga. Usted cuando hace el amog no lo hace contga Die, ni pagá enfadag a Die. Es lo que yo le digo, dice la Artemisa. Clago, clago. No existen más que truá pecadós. A sabeg: la avaguiciá, la sobergbia e la igá. La lujuguía, la peguezá, la envidiá y la gulá no se pragtican contrga Die. Efectivamente, dijo el Agrafojo. Ahí le ha puesto usted el dedo en la llaga, doña Amelie, nadie come contra Dios, sino por gazuza, nadie fornica contra Dios, sino por rijo, nadie se echa la siesta por molestar a Dios, sino por la calor o el cansancio y nadie envidia nada por molestar al Altísimo sino por no tenerlo. Los tres paseantes aplaudieron al Agrafojo y lo despierto de su discurso pese al aguardiente. La Amelie causó tan buena impresión a la Artemisa que acabaron viviendo juntas y amontonadas al igual que lo hicieron el Benoît y el Agrafojo. ¿Y a usted no le parece que los esposos se liaron por envidia? Pues sí, don Matías, a mí me parece que se liaron por envidia y también, por qué no, por pereza pero como ninguna de las dos cosas son pecado… Ahí le ha dado usted, don Dimas.

Anuncios

Una respuesta a “DOBLES PAREJAS

  1. La Aguela

    Vaya hombre, además extraordinario, extenso, ¿que más se le puede pedir al escribidor? mereció la pena la espera.