EN TRANVÍA A CHAMARTÍN

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Hermetas Aldanondo trabaja, mientras el cuerpo aguante, de enfermero en la clínica del doctor Ampudia -aparato digestivo, prurito de ano, lombrices intestinales, etc- a jornada completa. Al Hermetas Aldanondo no le faltan, cada día, sus tres cincuenta para su paquete de Bisonte o, sus cuatro pesetas, para su paquete de Tres Carabelas de los sábados o su paquete de Reno mentolado cuando acude, los domingos, a la kermesse de la Bombilla o al baile de la Vereda de Postas, que ahora se llama calle de Orense. El Hermetas Aldanondo lo único que echa en falta es algún amigo con el que pegar la hebra en la barra del bar al salir de la clínica. El Hermetas Aldanondo, es cierto y lo sabe, no puede quitarse, fácilmente, el tufo a lavativa que se le pega a las manos. ¿Y qué quiere usted que le haga?, le dice a doña Tránsito, la dueña de la pensión donde vive, en plena calle de la Ternera. Uno se lava continuamente, y eso que, en cada enema, pongo una dosis de Listerine para que los gases del enfermo no apesten la clínica. ¿Y eso no le hace mal al enfermo?, pregunta doña Tránsito. Pues no, o al menos hasta ahora no hay queja. Se conoce que, como ya vienen enfermos, lo achacan a la úlcera o al ardor. El Hermetas Aldanondo se toma, cada día, su vermú con sifón en El Brillante, en la Carretera Mala de Francia, que ahora se llama Bravo Murillo. ¿Oiga usted, don Dimas, por qué dice siempre el nombre antiguo de las calles de Madrid? Pues porque la gente ya no se acuerda de ellos y servidor lo pone aquí para su mejor comprensión. ¿Entiende ahora? Sí, sí. Ahora lo entiendo. Muchas gracias. Siga, por favor. La Carretera Mala de Francia, o lo que es ahora Bravo Murillo, comenzaba en la confluencia del Camino de Aceiteros y el Paseo de Ronda, o sea, en Reina Victoria y Raimundo Fernández Villaverde, justo en la Glorieta de los Cuatro Caminos, y llegaba hasta la Plaza de Castilla. Pues bien, el Hermetas, según se dijo, trabajaba en la clínica que estaba en terrenos de Chamartín de la Rosa, y el recorrido diario lo hacía en tranvía. En el tranvía se podía ver mundo con un poco de imaginación y buenas dosis de calma. En su traqueteo el Hermetas creía atravesar la tierra del Pan y del Vino, por la tundra castellana. En realidad, claro, era el recorrido que existía, tras dejar atrás el Hotel del Negro, hasta llegar al pinar de Chamartín de la Rosa, justo después de la Quinta del Recuerdo, donde Napoleón puso casa mientras guerreaba en España. ¿Y usted es partidario de la Paradoja de Epiménides, le preguntó un día el cobrador del tranvía, que llevaba, sobre su gorra, el número 1961. Pues no sé, servidor no gasta de eso, contestó. Si usted es tan amable de informarme pues igual sí que gasto. Verá usted, el Epiménides se hizo famoso al pronunciar la siguiente paradoja: Todos los cretenses son unos mentirosos. ¿Y?, preguntó el Hermetas. Pues que como él era cretense el público a quien realizó la pregunta pensó con muy buen criterio que, si él era cretense y todos los cretenses mienten, era mentira que los cretenses eran unos mentirosos. ¿Lo coge? Sí; sí que lo cojo. ¡Menudo era el Epiménides! Ya le digo… dijo el tranviario. Es que los hay que tienen un reflejo que para qué. Mire usted, le dijo el tranviario bajando la voz para no ser escuchado. Epiménides no fue famoso por la paradoja, pese a lo que digan los libros, sino porque estuvo dormido durante cincuenta y siete años seguidos. ¡Dios!, eso es echar una cabezada y no lo que hacemos los españoles después del cocido. Y tanto, dijo el tranviario, pero yo no lo creo. Yo creo más a Plutarco que dijo que fueron sólo cincuenta los años que durmió. Eso ya es otra cosa, ¿verdad usted que sí?. ¡Hombre. Dónde va a parar! ¿Hace un pito?, le dijo el Hermetas al tranviario ofreciéndole un Bisonte. Hace. ¡Vamos que si hace!, y se lo colocó tras la oreja para reservarlo hasta el cambio de vía del final de trayecto. El Hermetas, por el contrario, sí que lo encendió y soltó una buena bocanada del humo, medio dulzón y medio achocolatado del aromático tabaco. Ya se puede, le dijo un vecino del tranvía que iba tras él, ya se puede disfrutar con un tabaco tan rico. Y usted que lo diga, caballero. Pues dicen que si van a prohibir el fumar en el tranvía. Eso no lo verán sus ojos, amigo. No hay un cigarrillo que sepa mejor que el que se fuma uno a bordo del tranvía tras correr para saltar a él. Eso sí, dijo el otro. El Hermetas, cuando fue a bajarse del tranvía extendió su mano para despedirse de su vecino de tranvía. Cuando se bajó de él el cobrador le entregó al viajero un trozo de la Hoja del Lunes para que se limpiase la mano. Todo cuidado es poco, amigo. Este hombre, ahí donde lo ve, el pobre, se pasa el día poniendo lavativas y enemas a los enfermos de la clínica del doctor Ampudia. ¿El de las cagaleras? Si señor. El mismo. El viajero se limpió la mano con asco. No sé cómo dejan ustedes que suban a estas gentes en el tranvía. ¡No sé adonde vamos a llegar! Las reclamaciones a la compañía, amigo. Yo cumplo con avisar. Pues estaríamos amolados…

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Una respuesta a “EN TRANVÍA A CHAMARTÍN

  1. La Aguela

    He vuelto a recordar la Paradoja de Epiménides y el celtas en el trole a La Paloma y aunque hayas tenído que escatolizar el relato, ES BUENO, breve, pero bueno.