ROMANCE DE LA CORDILLERA Y EL MANICURAS

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Demetria La Cordillera no era, pese a lo que podría parecer por su apodo, ni geógrafa, ni montañera, ni vecina de Heidi. Demetria La Cordillera trabajaba cortando cordilla, intestinos, entrañas y otros mondongos en el matadero de Legazpi. A Demetria La Cordillera le seguían los gatos hasta el tranvía cuando salía del matadero. Asterio El Manicuras vivía con La Cordillera en la Corredera Baja de San Pedro, justo al lado de la prendería del Tío Trapos. Al Asterio, que era enjabelgador de fachadas le decían Manicuras porque tenía las manos perdiditas de cal y las uñas con más padrastros que Tamara Presley.
Oiga, los hay con un afán de señalar que para qué, ¿verdad, don Dimas?
Ya lo creo. Diga usted que sí. El caso es que, los domingos por la mañana la Demetria y el Asterio se marchaban al Rastro, por ver de encontrar un barreño de cinc con pocas lañas, un lebrillo sin apenas uso o una pollera para meter al pequeño que ya empezaba a andar y no había quien hiciera carrera de él. Luego, después de comprar lo que buenamente encontraban se metían en Casa Amador y se tomaban un blanco con un par de caracolillos picantes de aperitivo.
Esto es vida, ¿eh?, Asterio. Mira que si Dios quiere que cuando seamos viejos no se han pulido la caja de las pensiones y podemos vivir como los jubilados de ahora?
Ya te digo, Deme -el Asterio llamaba Deme a la Demetria cuando estaban solos- Eso sería como si nos tocara la lotería
O se nos apareciera San Ildefonso, con sus niños cantores.
Eso.
Luego, el Asterio, que sabía que a la Demetria le hacía mucha ilusión coger cromos de los que la gente tiraba en la Tómbola Diocesana de la Vivienda, se acercaban al Palacio de Correo, junto a La Cibeles, donde estaba puesta la tómbola y, de vez en cuando, y si tenían suerte, encontraban un cromo premiado con un exprimidor de plexiglás o un abrelatas El Explorador.
Hoy hemos echado el día, ¿eh, Asterio?
Ya te digo, Deme. Verás que contento se va a poner el Anselmo cuando le entreguemos los cromos.
Va a pensar que es día de Reyes. El Anselmo, claro, era el mayor del Manicuras y la Cordillera
Ya te digo. Deme.
Oye, Asterio…
Diga, digo, dime Deme.
Que digo que si ves aquella moneda que baja, donde la Caja Postal y se mete en la hucha.
Claro, como para no verla.
¿A que se parece a la luna esa que canta Gustavo Adolfo?
¿El tísico?
Sí, ese.
Que ya te he dicho que no quiero que se te reblandezcan los sesos con las poesía. Además, ese tío tísico igual te pega algo…
Como puede apreciarse, el Asterio no era, lo que suele decirse un dechado en esto de la oratoria y la cultura pero, lo que era bailando el pasodoble al costadillo estaba hecho un hacha. Y eso que, en cuanto la Deme se descuidaba, metía pierna.
¡Ay, este hombre…! Solía decir. Aunque luego se enfurruñaba, claro, porque el Asterio le tocaba el culo o la pechuga y, claro, con esas manos siempre llenas de polvo de yeso del enjabelgado le ponía perdidito el terno.
Otra vez la pechera llena de yeso. ¿Es que no ves que la rebeca es azul marina y me llenas de yeso la pechera?
Espera, decía. Yo lo lo quito. Y entonces aprovechaba para meter mano sin descuido y ponerle la espetera como un saco de escayola.
Que nos miran, uxuricida, le decía la Demetria, que era muy leída. Que vas a acabar matándome a disgustos. ¡Mira cómo me has puesto, uxuricida, que eso es lo que eres, un uxuricida!
¿Yo uxiricida…? ¡Y tu urogallo!, le reprochaba, enfadado, el Asterio. ¡Qué digo urogallo, eurogallo que es todavía peor!
El Asterio y la Demetria, de nuevo en su cubil se cenaban unas patatas guisadas con bofe y se metían en la cama. Durante la cena el Asterio, que había echado una quiniela, y que por no gastar en comprar La Gaceta a los chicos a la salida el cine se quedó escuchado los resultados después del parte.
¿Ha habido suerte, Asterio?
No, Deme. La suerte que yo tengo; la única y auténtica suerte que tengo, es haberme casado contigo.
La noche; la negra noche, se apodera de Madrid. En la Gran Vía refulgen los neones de los cines. En la puerta de Pasapoga se agolpan los taxis y, tres o cuatro golfos, se pelean por abrir la puerta a los señoritos que vienen acompañando a sus queridas. Asterio duerme con un escándalo de ronquidos que no parece humano y Demetria, ¡ay, Demetria!, no puede conciliar el sueño y piensa en la moneda de la Caja Postal de Ahorros del Paseo de Recoletos que es dorada y redonda como una luna llena. A lo lejos el golpeo del chuzo del sereno contesta a un vecino que ha palmeado…
¡Serenoooooo>
Vaaaa.

 

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Una respuesta a “ROMANCE DE LA CORDILLERA Y EL MANICURAS

  1. La Aguela

    Muy tierno y revindicador hermano.