UNA BODA EN EL RIF

El Tolentino Arvejas del Pino era, sobre soltero, algo espantadizo con las señoras. Al Tolentino Arvejas del Pino era mentarle una señorita o decirle aquello de: mira Tolentino, ahí viene tu vecina la pantalonera, y le entraba el baile de San Vito. Al Tolentino Arvejas del Pino lo que le gustaba, de verdad, y para lo que estaba señalado por los dioses era para elegir melones. El Tolentino los cogía al peso, los hacía saltar sobre la mano derecha y sabía, a ciencia cierta, si el melón estaba como el arrope o era un pepino de solemnidad. Luego, una vez balanceado, lo golpeaba en el centro y, si el ruido sonaba a hueco era, según decía, buena señal. Finalmente apretaba las dos esquinas y, si el melón cedía era señal de estar a punto de caramelo.
Llévese usted este, doña Paquita. Ya verá, ya… como la miel de caña le va a salir el melón.
Gracias, hijo. Porque le he preguntado al melonero si era bueno y va y me dice que sí, que lleva allí, en el montón, dos días y nadie se ha quejado de él. ¿Tú crees que eso es ciencia y contestación para un melonero?
No, doña Paquita. Lo que ocurre es que hay poco discernimiento en el mundo hortofrutícula, en particular y del agro, en general.
El Tolentino Arvejas del Pino, cuando hablaba con las señoras -las mayores, claro, a las otras no las hablaba- se volvía muy fino y circunspecto. Casi parecía un dependiente de jamonería de fino y delicado que era.
¿Y usted cree, don Dimas, que los dependientes de las jamonerías son muy finos y delicados?
Pues sí señor. De lo más fino y delicados. Saben discernir cuál es el grado máximo de calor en la hoja del cuchillo para que el corte del jamón sea perfecto. Y no le digo nada cuando meten el pincho ese en lo moyar del jamón y lo huelen… Si hasta parece que levitan.
Pues yo siempre he pensado que eso son ganas de tocar la ocarina de oído, don Dimas. Ganas de marear y pose intelectualoide. Yo creo que a los dependientes de jamonería, como a los de cualquier otro gremio, les pasa que saben mucho de lo que venden y deberían tomar nota de lo que dijo el polímeta Pascal: “vale más saber algo acerca de todo que saberlo todo acerca de una sola cosa”.
¡Anda!, ¿pero eso no lo dijo François de La Rochefoucauld?
No señor. Eso lo dijo Pascal, lo que pasa en que en la France, como le ocurre a todos los países gobernados por masones y chisgarabís, se copian unos a otros. En España esto no ocurriría. En España, de hecho, no existen pensadores porque el pensar está pero que muy mal visto.
Y me parece muy bien, don Matías. Yo creo que el pensar es cosa de señoritos de capital. Esos que están todo el día, mano sobre mano, en los cafés, pensando en ocurrencias para luego soltarlas en el casino y quedar como un intelectual.
Ahí, ahí… Y no se pierda usted de vista a los vendedores de prensa. Con eso de que se leen los titulares creen que son académicos.
Bueno, señores, que me parecen muy acertados sus comentarios y observaciones, pero yo les estaba a ustedes hablado del Tolentino Arvejas del Pino, también conocido como espantanovias por mal nombre.
¡Ah, sí!, el Tolentino. Pues al final se casó, aunque usted no lo crea. Y menuda boda que hizo el charrán. Resulta que marchó al servicio militar a Ceuta y allí lo encuadraron en un Tabor de Regulares donde, con su capita blanca y su gorrito rojo, que en aquellas latitudes llamar “tarbuch”, y su borlón negro cayéndole sobre la sien, parecía un general otomano. Las moras, al verlo tan galán y tan encampanado no tardaron en caer en sus brazos… Pero el gato al agua se lo llevó la Azofaifa, la hija pequeña de un Cadí rifeño que le cubrió de lujos y de mimos, a partes iguales.
¿Pero ya no le daban miedo las señoras?
No, hombre… No ve que llevaban el pañuelo tapándoles la boca. En estos casos de miedos y traumas parece ser que el llevar la boca tapada es mano de santo para el enfermo.
¡Qué cosas, verdad, don Dimas! Parece que la Ciencia ha llegado a su cima pero, ¡quía!, siempre sale un descubrimiento nuevo.
Ya lo creo. El caso es que se casó y puso un tentadero de toros bravos en Larache. Con el tiempo, y la afición, llegó a presentarse en Tetuán, en un espectáculo cómico donde alternó con lo más granado de la tauromaquia bufa. Llegó a ser un banderillero de reconocida fama pero, como no hay mal que cien años dure, una tarde, a eso de las cinco y cuarto, un eral de la ganadería de Torrestrella, de nombre Malapena, le arrancó un miembro –y no me haga usted especificar cual, por favor- dejándole para el arrastre. La Azofaifa, cuando escuchó las campanas tocar a clamores se mosqueó.
¡No me diga usted que por un miembro tocaron a clamores!
Pues sí señor, pero es que ¡menudo miembro!
La Azofaifa, decía, lloró hasta la medianoche y el Cadí, que no tenía, entre sus legajos jurídicos, nada que invalidase la boda puesto que los sarracenos no son especialmente taurinos decidió dar por buena la boda pese a la ausencia del miembro arrancado y le pagó al Tolentino hasta un implante del miembro nuevo que, al parecer, funcionaba bastante bien con una hidraulicidad que para sí quisiera el esposo antes del accidente. Y nada, pues como en los cuentos, que fueron felices y no comieron perdices porque allí, en las montañas del Riff no se dan, pero de escorpiones y alacranes se pusieron como el Tenazas.

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Una respuesta a “UNA BODA EN EL RIF

  1. La Aguela

    Bien ha de parecer que después de 2 cortos meses de espera y solaz veraneo, que no vacaciones, nos deleite vuecencia con este relato al que solo puedo ponerle una pega y es el nombre de la parroquia compradora de melones de infame recuerdo, por lo demás, otro estupendo relato de D. Dimas y D. Matías que tanto echaba de menos. Grande HERMANO.