LA TERTULIA

 

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La verde pradera con el viento suave del solano enseñorea su paleta de colores con el verde del trigo que, racheado por el viento, asemeja el ondear de la bandera española en la popa de un bergantín de las Indias.

¡Qué frase, amigo Soria!, si parece del mismísimo marqués de Santillana.

Gracias, gracias, amigo don Dimas. Pues es mía y muy mía. Fíjese que la acabo de inventar. Pero tómese usted algo a mi salud, que yo tengo mucho gusto en convidarle a usted, ya que es tan buen crítico de mi obra.

Doña Basílides, la esposa del cartero Magencio, que trabajó como ama seca en casa del marqués de Entrambasaguas come, a la sombra de una higuera, un bocadillo de pencas de acelgas rebozadas. Ya no come ningún producto derivado del cerdo porque el médico, don Eraida, que es natural de Solares, donde el agua, se lo ha prohibido.

Mire usted, doña Basílides, usted ya, hasta nueva orden, no puede comer ningún producto derivado del cerdo. A partir de ahora agua de Solares y mucha verdura.

La doña Basílides, sí que le hizo caso con lo del agua, y se la añadía al vino tinto como si fuera un cura concelebrante pero no así con lo del cerdo ya que, decía, que ella comía la verdura filtrada por el estómago del cerdo. Esto es, que ella le daba la verdura al cerdo y, más tarde, se comía la verdura que el cerdo había metabolizado convertida en solomillos y chuletas de riñonada.

No era esto lo que yo le dije, doña Basílides. Ahora bien, que como bien dijo el insigne filósofo francés, don Juan Jacobo Rousseau, a quien san Juan se la dé, san Pedro se la bendiga.

El Magencio, el cartero, tenía un perro mil leches que siempre iba pegado a su bicicleta. La bicicleta del Magencio llevaba, bajo la barra, un cartelito con la bandera de España pintada, donde se leía, en letras negras: correos. El perro del cartero Magencio se llamaba, mejor le llamaban, Plutarco. Al parecer, y según el Magencio, el perro Plutarco era un retórico de tomo y lomo y gran visitador de la barbería del Argimiro el Fígaro. A la barbería le decían en el pueblo El oráculo de Delfos pues era donde las musas de Apolo, o sea, los corifeos de don Potamiena, el boticario, volcaba toda su ciencia. El don Potamiena tiene dos hijos, el Papio que está estudiando protésico dental en Valencia y el Ireneo que está quinto en el Regimiento de Zapadores Ferroviarios número 13, en Cuatro Vientos, provincia de Madrid.

Pues sí, don Eraide, le decía el don Potamiena al médico, en Verona fue, y no en ningún otro sitio, donde el rey lombardo Alboíno resultó asesinado mientras se echaba la siesta. Y lo fue por culpa de la esposa, Rosamunda, la hija del Cunimundo, rey de los gépidos, la muy puta.

Ahora, a Dios gracias, don Potamiena, ya no tenemos mujeres de ese jaez. Ahora, como mucho, van y lo cuentan en la televisión, pero ya no se ponen tan así, ¿no le parece?

Pues no sé qué decirle a usted. Ya ve lo que le ocurrió, ayer mismo, según cuentan en el casino, a la señora Gerosa, la del Justo, el del Canchal.

¿Pues qué ha sido lo que le ha pasado?

Casi nada para la feria. Resulta, que la mujer, no sabía nada de la aventura que tenía el Justo con la Vicentita, la del Club Enagua’s, ya sabe usted… el puticlub que le dicen

Sí, sí… siga hombre, que me tiene en ascuas

Pues el caso es que la Vicentita, nada más enterarse, va y se calla y no le dice nada, pero espera a que se duerma el marido y le desnuda y fotografía y se va a la capital y saca copias del marido dormido en pelota picada. Y ha empapelado toda la comarca con la fotografía del marido en pelota bajo una leyenda que dice: por esta mierda de pene la Vicentita se la liado con el Justo, el del Canchal.

¡Pero qué me está diciendo…!

Lo que usted oye, mi querido don Eraide.

Como dijo Demócrito, el traciano, ¡vaya toalla!

Oiga don Potamienta ¿está usted seguro de que esa frase es atribuible a Demócrito, el ilustre pensador de Tracia?

¿Es que acaso duda usted de mí, tío pelabarbas?

No, no, Dios me libre, doctor. Pero es que no me suena de Demócrito. Si acaso de Tácito

¡Ah, bueno!

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2 Respuestas a “LA TERTULIA

  1. La Aguela

    Cuanta alegría me dá Ud. de verle de nuevo por estos “nuestros” lares, tan olvidados últimamente, lo dicho mucha alegría y satisfacción(jiji).
    En cuanto a su relato, decirle que en esta ocasión………………….¡¡¡ se ha quedado Ud. a gusto con los nombres ¿eh? ¡¡¡¡¡. 😀

  2. Pues no se lo creerá usted, querida La Aguela, pero era el santoral del día