DOÑA DIGNA Y EL POETA LEOPARDI

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Doña Digna reconvino gravemente a don Gerasimo por su lenguaje. Doña Digna, es una mujer muy limpia, muy decente y muy católica y no consiente, ni de cerca, el más mínimo desliz en el lenguaje correcto y educado de guardarropía.

Verá usted, doña Digna, servidor, llevado por su entusiasmo por la poesía, ha hablado, con su permiso, del gran poeta lírico romántico napolitano don Giacomo Leopardi. Uno, con su bendición y permiso, es un gran defensor de la narrativa desamparada, angustiosa y desesperada del poeta Leopardi y de cómo explica el dolor que acompaña al ser humano desde su nacimiento hasta la muerte y ese pesimismo del antedicho Leopardi, dicho sea con todo respeto a su persona, doña Digna, se recoge en una obra suya titulada Opúsculos morales. Un opúsculo, doña Digna se refiere a cualquier obra literaria de poca extensión y no, como usted, seguramente confundida por el vértigo de los tiempos, achaca a la sodomía y otras taras de la juventud alocada que nos ha tocado sufrir.

Es cierto, se atreve a añadir don Gervoldo. El poeta Leopardi no es un joven disoluto, como el señor Becquer o el señor que llaman Clarín, no; el señor Leopardi es un joven marqués, hijo del conde Monaldo y de la marquesa de Antici. Es un poeta que goza de gran prédica y fama en Italia y aún en el resto de Europa.

Europa, Europa… de ahí es de donde vendrá el maligno para acabar con la civilización. Esto del poeta Leopardi así será, si ustedes, que son dos personas ejemplares, me lo dicen, pero es que una, cuando va a misa se encuentra cualquier cosa por esas calles. Y es que está Madrid lleno de manolas y de chulos que no hacen sino ofender al Señor con esas palabrotas y esas zarzuelas que escribe el diablo.

Don Gerasimo, que está muy afectado porque doña Digna haya confundido su opúsculo con una grosera blasfemia, mira para el balcón que da a la calle. En la calle hace calor. Un calor que no entra en la casa porque la sala mantiene las luces apagadas hasta que se produce el ocaso. El visillo de gasa evita que entren en la sala rococó de doña Digna las moscas y los mosquitos. En el jardín de la casa, y rodeando al alcanforero unas briznas de hierba escapan de entre las losas de piedra. En el pozo suena, de vez en cuando, el chirrido de la polea que cuelga de los morcones del pozo. En el brocal un viejo cubo de cinc, abollado y agujerado en su base, sirve para regar las hortensias y la azalea que, doña Marciana, la amiga de doña Digna, llama rododendro porque le parece mucho más chic.

Don Gerasimo se ha descuidado y mira, fijamente, para doña Digna que, al saberse observada hace huir sus ojos de los de don Gerasino como un gazapo asustado. Doña Digna sigue siendo, pese a su provecta edad, una señora guapa y elegante; una mujer vestida de riguroso negro y con el pelo, ya níveo, recogido en un moño elegante a la vez que discreto. Don Gerasimo apura, sorbo a sorbo, la copita de cristal tallado, con apenas unas gotas de moscatel y deja, con sumo cuidado, la copa sobre la bandejita de alpaca con una gineta y una flor de lis talladas en su base.

Un silencio espeso cae sobre la sala. Doña Digna da instrucciones a Florita, la criada, para que encienda la luz eléctrica. La luz, apenas un destello de cuatro bombillas de escasas bujías cae lenta y pesadamente sobre doña Digna y sus visitas. Don Gerasimo carraspea mirando para don Gervoldo que coge, a la primera, la indicación de su amigo. Con toda finura del mundo besan la mano de doña Digna y se despiden, con una estudiada genuflexión de doña Marciana. La Florita, cuando se van las visitas retira la bandejita con las pastas, los bizcochos de soletilla y las copitas de moscatel. Doña Digna, al ver que la criada duda sosteniendo la bandeja, la riñe más por costumbre que por enfado.

Cuidado con esas copas, niña. Son del ajuar de mi abuela.

Sí, doña Digna. No se preocupe.

¡Ay, Marciana, mi querida amiga!, usted dirá lo que quiera pero no se qué nos va a traer de bueno el futuro y esta Europa de los masones. Ya lo decía mi Epaminondas, que para eso tenía nombre de general tebano, el futuro, Digna querida no existe. El futuro es pasado por venir. ¡Qué frase!, ¿verdad Marciana?

Ya lo creo, dijo doña Marciana con cierta sombra de peloteo. Su esposo, que Dios Nuestro Señor tenga en su gloria sí que era un hombre muy hombre, como los que a mí me gustan.

¡Marciana, por Dios…! ¿Qué frase es esa?

Huy, doña Digna. Perdóneme usted, es que una, que es algo burra, en tratándose de hombres muy hombres, como era el difunto Epaminondas se me nubla la razón y hasta pierdo los pulsos.

Vamos a rezar un rosario para el Señor no le tenga en cuenta sus pensamientos

¡Qué buena es usted, doña Digna!, y qué señora tan señora.

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Una respuesta a “DOÑA DIGNA Y EL POETA LEOPARDI

  1. Bueeeeeno, nunca es tarde si la dicha es buena y lo es, bienvenido de nuevo a este su sitio.

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