NON TE VAYAS RIANXEIRA, S.L.L.

gaviota

La Josefina del Hoyo Verdugo, natural de San Martiño de Fora de Sobrán, parroquia que se localiza en la banda derecha de Villagarcía de Arosa, provincia de Pontevedra, se casó en segundas nupcias con el don Bernabé Ausejón Gil, propietario de la  funeraria Non te vayas rianxeira, S.L.L. La Josefina del Hoyo no quería ser ni enterradora, ni fabricante de coronas de muerto, ni nada que tuviera que ver con la muerte ni aún con el traslado de occisos. La Josefina, en buena lid, no decía occisos, sino ocisos, que suena menos consuetudinario y tradicional y daba, -¡dónde va a parar!- menos yuyu. La Josefina, lo que quería montar en el local de Non te vayas rianxeira, S.L.L. era una peluquería de lujo. Para ello conquistó una noche a su esposo, el Bernabé, dándole a cenar seis pescadillas de enroscar, que era lo que más le gustaba, y un perolo entero de caldo gallego. El Bernabé que como buen gallego se dejaba conquistar por el bandujo y sus interiores (bofes, asaduras y partes menos blandas), accedió con una sola condición: el nombre de la peluquería lo pondría él que tenía muy buena mano para el marketing y su prima más joven, la publicidad. La Josefina accedió y la peluquería pasó a llamarse Fina2, coiffure pour dames, también S.L.L.

Una semana después de la inauguración el don Bernabé murió a resultas de un empanzamiento del chorizo al infierno del convite y dejó, por tanto, Non te vayas rianxeira, S.L.L. y Fina2, coiffure pour dames, también S.L.L. a su esposa ya que no había testado en contrario. La Josefina del Hoyo Verdugo, en justa correspondencia a su generoso legado, le dio un funeral propio de un infante del Reino. Un funeral a la Federica, como no se había visto en toda Galicia.

A la Federica, como es bien fácil de comprender salvo que usted, mi querido lector no lo sepa, es una expresión que significa llevar al difunto como en los tiempos de Federico el Grande de Prusia.

¡Ahí es nada!, le dijo al cadáver del Bernabé la Josefina. Quien te lo iba a decir a ti, que siempre fuiste tan parco en el dispendio.

El cuerpo del don Bernabé iba metido en una petaquita de aromática madera de sándalo y dentro de una lujosa carroza tirada por doce corceles negros que mandó traer de Jerez de la Frontera. El auriga y sus acompañantes (los empleados de las dos S.L.L.) iban vestidos de casaca de seda con terciopelos en las chatarreras y bordada en oro y azabache como si fuera un matador de toros. Un chaleco también bordado y, debajo, una camisa de algodón de Egipto, con sus chorreras almidonadas y, rematando todo ello, un tricornio negro con barbuquejo de seda en el mismo color.

Si en este país, decía la Josefina, se tuviera tanto interés en los funerales como en las bodas de los famosos el ¡Hola! de esta semana estaría, enterito, dedicado al Bernabé y no a la Duquesa de Feria que es un espantajo tísico. A lo que se ve la Josefina no era muy partidaria de la Duquesa, no.

La Josefina del Hoyo Verdugo, por ver de entretenerse y olvidar su dolor, se vino a Madrid donde, por esas cosas del destino, conoció al Sebastián Cuerpo Alegre, natural de Navalcarnero y de profesión pre pensionista quien, dedicaba todo su tiempo, a llevarse a las señoras viudas o solteras, en trance de jubilación, al cine Pleyel, o al cine La Flor o al cine Carretas –cualquiera de ellos le valía- para meterlas mano o, de no conseguirlo, al menos intentarlo.

Este Sebastián, decían los amigos, algún día se le muere alguna en la butaca del cine y menudo follón va a tener con los nietos. Porque lo que es hijos no le van a cargar sus novias, claro, con la edad que gastan… pero anda que algún día, ya lo verán…

La Josefina del Hoyo Verdugo no se dejó meter mano –estaría bueno siendo recién viuda- pero sí que se dejó camelar y se lo llevó a San Martiño de Fora de Sobrán donde lo cebó a base de vieiras, mejillones y almejas del Carril. El Sebastián, que no era muy de pescado, comenzó a sentir el síndrome de la foca que consiste, como es fácil de entender, en el hartazgo hasta el vómito por la ingesta de moluscos bivalvos.

Oiga, don Matías, y esto ¿cómo lo empujaba?

Con el buen vino del Ribeiro, naturalmente. El albariño y el godello no lo bebía pues le parecía un vino intruso; menos del país.

¡Joder, que fino nos salió el Sebastián!

Ya, ya…

La Josefina, que pensó en el Sebastián para sustituto de su Bernabé tuvo que desistir enseguida. Se conoce que al Sebastián, que ya tenía su pensión de jubilación, le daba como repugnancia esto de tener dos sueldos –¡animalito!- y contrató a un sustituto al que pagaba sesenta duros por óbito de mayor y cincuenta por angelito, que siempre pesan menos. El Sebastián, otra cosa no tendría, pero es muy desprendido para aquellos que le sirven con fidelidad y rapidez. ¡Qué tío el Sebastián!

El Sebastián, que ya sabía cómo de lujoso fue enterrado el Bernabé, espera el futuro con la seguridad de quien sabe que no ocupará plaza en la fosa común. El Sebastián sabe, porque la Josefina no daba pagas extraordinarias a sus empleados pero sí que los enterraba, a ellos y a sus familiares, a su costa y de lujo, que la Josefina, sino a la Federica, que lo va a enterrar, cuando le llame la parca, de una forma grande y suntuosa.

¡Viva el rumbo y el tronío de mi Josefina!, solía decir cuando esta le mostraba, en un folleto, los archiperres con los que pensaba celebrar la futura muerte de su enamorado.

¡Qué sería de mí si aquella tarde, en lugar de llevarte al Carretas te hubiera llevado a Conga a bailar el tirurí con la Orquesta Abalos!, se preguntaba. ¿Dónde estaría yo ahora?

La Josefina, entonces, se hinchaba como un pavo y llenaba de besos al Sebastián. En el fondo, pero muy en el fondo, sentía que el Bernabé daba saltos en su tumba pero, se decía, él lo entendería y estaría feliz de ver cómo funcionaba de bien tanto Non te vayas rianxeira, S.L.L. como Fina2, también S.L.L.

La Josefina del Hoyo Verdugo compró al Sebastián un traje color beige con una rayita fina en marrón y una camisa amarilla clarita y una corbata color café con leche y lo sacó a pasear por la bahía de Viilagarcía, que es puerto de mar. Las vecinas, al ver al Sebastián con aquel terno de lujo, sus zapatitos lustrosos en color whisky y un sombrerito loden con pluma en un lateral, se morían de envidia.

¡Qué se jodan!, Sebas, le decía la Josefina. O como se diga eso…

Así está bien dicho Fina.

Es que estás hecho un pincel, Sebas. Una vez, como mi difunto Berna, fui a los toros, en Colmenar Viejo, a ver a un novillero que se llamó, en los carteles, Salerito de Cantimpalos, y que iba, tal que tú, pero con menos apostura. Desde entonces siempre soñé con tener un novio como Salerito y pasearlo del brazo por la bahía de Villagarcía, que es puerto de mar.

Pues yo, le dijo el Sebastián, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé… ¡café!

Por la banda izquierda de la ría de Arosa una bandada de gaviotas chilladoras, caga en vuelo y, ¡vaya por Dios!, ensucia el traje del Sebastián. La gente, siempre la gente con sus insidias y sus envidias, se lo toma a choteo y cantan

Ten cuidado Sebastián

que las gaviotas te cagan.

Ten cuidado Sebastián

que te van a cagar…

Vámonos, Sebas. Vámonos de este pueblo y dejemos las dos S.L.L. en las manos de nuestros administradores. Lo nuestro no es pasear por este pueblo de desgraciados, sino tomar el tren en París y llegar hasta Constantinopla.

Pero Fina, si Constantinopla se llama ahora Estambul.

¿Ah, sí…? Pues entonces vayámonos a Turégano, que tiene castillo y un aire serrano que cuida el cutis y te pone la piel tersa y desarrugada. ¡Verás lo que duramos allí!

 

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4 Respuestas a “NON TE VAYAS RIANXEIRA, S.L.L.

  1. No sé donde está Tuéregano, pero por eso del cutis, me gustaría ir.. ya qué estos tiempos, con tantos jefes de estado, un poco exaltados, por decirlo de alguna mara, mis arrugas entre ceja y ceja son cada vez mas profundas.Excelente relato.:-)

  2. Pues Turégano está en Segovia, en plena meseta castellana, abierto al aire cierzo y a los hielos continuos.

  3. La Aguela

    Si es que daba gusto ver a ese Sebastián con su chapiri loden con plumita y todo, daba gusto verlo en su paseo con su Josefina.

  4. Que cabroncio que eres, por lo menos si se le muere alguna que avise.