EL BEEFEATER SEVERINO

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Mr. Steward Wells, cabo primero de beefeaters en la Torre de Londres no se llamaba, en realidad, Mr. Steward Wells sino Severino Ocenillas Molinero y no era natural de Chelsea, de Witehall o de Picadilly, como pudiera parecer; no. El don Severino Ocenillas Molinero había nacido, antes de emigrar al frío y nublado Londón, en El Bonillo, partido judicial de Villarrobledo, en el Campo de Montiel, arzobispado de Toledo y provincia de Albacete, Spain.

El Mr. Steward Wells, mientras fue don Severino, comía cada día conejo al ajillo y liebre guisada con arroz y, por ello, se le había quedado el labio leporino, como al Tutankamón aunque sus padres, naturalmente, no habían tenido relaciones incestuosas como la tuvieron los papás de la momia.

Oiga usted, don Dimas, ¿y gachas y migas de pastor no comía?

Pues sí, pero menos.

Usted perdone. Continúe, por favor.

Gracias. Al don Severino, en el pueblo, y durante las ferias, no le daba baile ninguna moza, se conoce que por lo del labio. Las mozas, en la Siberia castellana, son muy suyas y le hacen ascos a cualquiera. El don Severino, entonces, se quitaba de en medio y, tras los carros que conformaban la plaza, bailaba El gato montés o Amparito Roca en plan secano. Una tarde, mientras estaba bailando Y si no se le quitan bailando los colores a la molinera, también solo, se le presentó, sin avisar, la Julianita, la hija de La espingarda, la del cestero. La Julianita también tenía lo suyo, no crean, pero el Mr. Steward, o sea, el don Severino, pensó aquello de metido en el laberinto… y puesto a compartir compartió, a partir de entonces, su vida con la Julianita ¡Qué bello y edificante es el amor!

El don Severino, por no dar que hablar, se sacó un kilométrico en la RENFE y se marchó en tren a París de la Francia donde, por no tener facilidad para el francés, se embarcó, con la Julianita, en el ferry que sale de St. Malo y llega, Dios mediante, a Porstmouth y se presentó, como quien no quiere la cosa, en la misma capital del reino. Allí, y hasta que encontrase algo, se inscribió como gurka. Los gurka, ya se sabe, son un ejército mercenario formado por nepalíes. El don Severino, ya con el nombre de Steward Wells, por aquello del labio, daba las pintas y, como apenas sabía inglés, pues pasó por oriental y tal.

No duró mucho en el cuartel. Al Steward no le gustaban los vegetales y, los nepalíes se pasan el día comiendo zanahorias especiadas y ruibarbo. A él, era lo que le faltaba, con el labio leporino y sin comer se le quedó el cuerpo como el de su suegra, la espingarda. Firmó la baja y, tras cobrar dos semanas, probó a meterse de beefeater. A la Julianita le gustaba mucho más este cuerpo, o sea, el del Steward, vestido de beefeater.

¿Qué parezco con este traje, Julianita?

Una etiqueta de ginebra, Severino.

¡Que te he dicho que no me llames Severino!, que ahora me llamo Steward.

Vale hijo, lo que tú digas.

¿Y no podrías haberte contratado en la guardia del Vaticano? Para mí que los guardias suizos, con esos bombachos y la lanza con la media luna, parecen mucho más hombres que vosotros con esa levita roja y el delantalillo ese.

Es que el italiano tampoco se me da, Julianita. Además, ya sabes que a mí lo que me gusta es el pastel de beef. El espagueti no que no lo sé comer.

Pues hijo, con ese labio ibas a ser el rey del espagueti. Prueba a ver. Yo creo que sorbes uno y te llevas todos de un solo sorbetón.

Al Steward Wells como no tenía mucho feeling ni comunicación con el personal ni con las visitas le pusieron de cabo joyero. Ya sabe usted, don Matías, que los beefeaters son los que cuidan las joyas de la reina, pues bien. Una tarde que vino a la torre el heredero, Charles, ya sabe usted, el de las orejas, pues no se le ocurrió otra cosa que entregarle unos pendientes para probárselos.

Mire su majestad qué zarzillos más apañaos, le dijo.

El Charles le miró casi con desprecio y, gracias a que no sabía inglés, el Steward no pudo enterarse de lo que salió de la boca del heredero. El caso es que, por su mala cabeza al Steward le desterraron a las Falkland, en la Argentina, donde llegó a jubilarse. Luego, se dejo barba y aprendió a tocar la guitarra.

¿Y la Julianita?

La Julianita bien, gracias. Se quedó en Londres y ahora está de encargada en el Zara. La tratan muy bien y, como habla correctamente el inglés se ha echado novio y todo. Parece que se va a casar y, como no le guarda rencor al Severino igual hasta la convida a la boda. El novio de la Julianita se llama Hortensio, pero en inglés no se dice así, en inglés se dice Hydrangeo y ella le llama Hydra.

¡Como hay confianza…!

Claro, claro.

El Severino, que es muy agradecido, le ha dicho que sí, que acudirá a la boda que se va a celebrar en el pueblo y que irá con el niño Marianito, un niño que encontró una tarde al salir de clases de guitarra y que le acompaña cantando.

Ahora el Steward Wells, o sea el Severino Ocenillas Molinero canta por los Chalchaleros y por Jorge Cafrune. Se hace llamar Ernesto Pampa y pone los ojos en blanco como Borges cuando vivía. El niño no es, claro, el Marito, ni él es el Jorge Cafrune, pero dan el pego. Ya verán, ya, cuando llegue al pueblo para la boda de la Julianita. Me voy a poner el traje de gala de beefeter y, para la actuación, el traje de pampero. Verás cómo se van a quedar en el pueblo…

 

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2 Respuestas a “EL BEEFEATER SEVERINO

  1. La Aguela

    No sabe Ud. lo que se agradece que haya (de haber) pasado del acostumbrado folio y medio, a los dos y pico, y por dicho detalle, gracias que le doy desde ahora mismo y viva Ud. y los suyos muchos años y que yo lo vea, ea, dicho queda.

  2. Oyesssss, mañana vente pronto.