EL RAIMUNDO Y LA HERMINITA

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Hay mujeres, (también algunos hombres, no crean), que son como mantas. Están en la vida porque debe haber de todo. La Herminita, la esposa del Raimundo, por ejemplo, que se le marchó un mediodía con el pescadero es buena prueba de ello. El pescadero, un leonés de Astorga que al parecer, y según cuentan algunas clientas que estaban presentes en el momento de la fuga, esta se produjo cuando le gritó, y con aviesa intención, aquello de ¡cómo tengo hoy el besugo, señora! ¡A la gamba, a la gamba roja de Huelva!, y cosas por el estilo. Se conoce que el Raimundo, en su ensoñación, nunca había imaginado que a las señoras se las puede conquistar a voces y recitándolas la lista de la compra, o la delantera stuka del Sevilla, F.C.: Busto, Joaquín, Villalonga, Juanito Arza y Araujo.

La Herminita le dejó al Raimundo con los dos frutos de su matrimonio, (se conoce que para recuerdo amargo) el Raimundín, que se sobreponía muy bien a las privaciones, se conoce que iba para santero o para eremita de Soria, tierra que da muchos y buenos ayunadores. También le dejó a la Herminitina, que tenía mucho carácter y lloraba por todo. Dos frutos que, pese a su juventud, ya apuntaban maneras de poca madurez.

Esta va para cómica, madre, le decía el Raimundo a su madre, no sabe usted cómo actúa y qué plantas hace. Yo creo que valdría como intérprete de El milagro de Ana Sullivan.

A ver, a ver, decía la abuela. A ver si Dios, Nuestro Señor, quiere y nos quita de pobres casándola con un marqués o amontonándola con un industrial de Barcelona.

Ojalá, madre. Dios la oiga.

El Raimundo es bastonero, pero como ahora nadie gasta bastón y a los que lo llevan se lo presta la Seguridad Social, pues no traía mucho dinero a casa, esa es la verdad. La Herminita se lo decía siempre:

Raimundo, decía, lo mejor es que elijas otro oficio. Este oficio de bastonero se ha quedado obsoleto, como el de poner culos de enea a las sillas o el de lañador de orinales. Pero el Raimundo, que siempre fue muy suyo, no le hacía caso.

Luego que si las mujeres te dejan tirado, ¿verdad don Dimas?

Así es, don Matías. Pero no crea. Para mí que las señoras, con esto de la liberación femenina y con lo de la mujer trabajadora de mañana, ya no aguantan ni un pelo. Y hacen bien. Pero que muy requetebién.

A la Herminita, una vez que se le pasó la ilusión que da que le griten a una lo del besugo y la chirla, le empezaron a venir bascas con el olor al pescado. Luego, como se vio tres meses después no era por el olor a pescado sino por antojo.

Tira pa’llá, Tirso, le decía al pescatero que tenía nombre de literato. Tira pa’llá que echas un tufo a mejillón caduco que espanta.

¿Yo?, decía entonces el Tirso. ¿Yo a mejillón caduco? Oiga usted, tía tiquismiquis, -aquí la Herminita se ponía en jarras y al Tirso se le arrugaba el ombligo- Oiga usted, señora clienta, rebajaba el tono el Tirso, servidor de usted tiene el mejillón más fresco que en Villagarcía de Arosa. La Herminita, que no se lo creía, se largó con viento fresco y volvió con el Raimundo quien la recibió perdonando su marcha. A su suegra, la mamá del Raimundo, no le parecía bien pero, como así se libraba del Raimundo y de los frutos de la Herminita, pues tampoco se quejó mucho ni hizo lenguas de su vuelta.

Al cabo de tres meses tuvo la Herminita un nuevo fruto de su vientre, Jesús. El nuevo fruto pesó seis kilos y el Raimundo pensó que era muy hermoso para un tresmesino, pero no dijo nada por no molestar. De lo que sí se quejó, aunque tampoco mucho, es del color negro zaíno de la criatura.

A mí me parece, Herminita, que el niño es demasiado negro para moreno. No sé, no sé… yo creo que nos lo han cambiado en la maternidad.

Quía, qué nos lo van a cambiar… Eso será porque yo, mientras anduve con el Tirso, el pescadero, estuve mucho tiempo sacándole la tinta a los chipirones y a las sepias y eso, quieras que no, se pega. ¿Ves? ¿Ves, cariñito, lo que ha tenido una que sufrir para poder volver contigo?.

Eso sí. Y bien agradecido que estoy yo por ello.

Ves tonto… Si al final deberías estarme agradecido por haber vuelto y dejar ya de decir que el niño es negro. Para mí que eso es cosa de tu madre, que no me traga.

Bajo la ventana del piso de la Herminita y el Raimundo un grupo de gitanos, con su cabra Margarita y su escalera; con sus churumbeles que bailan zambras y tarantas y su gitana que pasa la pandereta, tocan al organillo y el acordeón el pasodoble Marcial eres el más grande. El Raimundo se mosquea cuando, al salir de casa, los gitanos hacen sonar clarines y timbales como si fuera el quinto de la tarde. El Raimundo, quizás sea por los años, se está haciendo muy gruñón y muy suspicaz.

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3 Respuestas a “EL RAIMUNDO Y LA HERMINITA

  1. La Aguela

    Esta Herminita ¿no es esa, que es calva como una mona y de la que tengo noticias de otros pagos?, no, creo que esta es otra.

  2. Esa es otra, Laguela