EL SOPLADOR DE VIDRIO

Traditional Glass Christmas Baubles Are Made By Glass Blowers

Los hombres blancos que han sido buenos en su vida y han sido humildes y generosos van al cielo. Pero van al cielo de los blancos, que está en la Vía Láctea, que para eso es del color de la leche. Los negros no. Los negros, aunque hayan sido humildes y generosos van al cielo también, pero van a un agujero negro del cielo infinito. Para eso son negros, claro.

¿Y los chinos y los aceitunados?

Los chinos y los aceitunados no van al cielo porque no tienen alma. Confucio y Corazón Aquino nunca dejaron escrito que tuvieran alma. A los chinos y a los aceitunados nunca les llegó un duro del Domund porque se gastaba siempre con los negritos, que tenían muchas más necesidades que ellos y claro, no se convirtieron a tiempo. Además los chinos eran seguidores de Mao que era comunista.

Claro, claro.

Una mañana, de hace ya varios años, aparecieron en el pueblo tres hermanos que habían nacido en Eslovaquia. Entonces, Chequia y Eslovaquia eran como las ofertas y daban dos por una: Checoslovaquia. Los tres hermanos se llamaban Molnár y eran, como ya se dijo tres, como las Marías: el Alojz, el Bohusalav y el Dalimin que era el menor de los tres. El Alojz, que era el mayor, sabía tocar la tuba y el cuerno alpino y era tranviario en Bratislava. Después, y por la proximidad a Alemania, salía a tomar cervezas y licor de guindas por las calles vestido de bávaro, con su pantalón corto de peto, medias de lana y un chapiri verde con una pluma de ánade. Cuando llegó al pueblo así vestido los niños le tiraban cantos y hasta cagarrutas de burro. El mediano, el Bohusalav soplaba el vidrio en las montañas de Lusatia, en Baviera. Como en el pueblo no hay vidrio se dedicó a poner lañas a los lebrillos y a reparar varillas de los paraguas. El Dalimin, por eso de ser el pequeño, no hacía nada. Era más vago que la chaqueta de un guardia. El Dalimin, como ni sabía ni quería hacer nada, se apuntó en el ayuntamiento y cobraba la renta básica y hasta le dieron un apartamento y un vale para comer todos los días en la casa de comidas de la Eufrasia.

Claro, como los eslovacos no son ni chinos ni aceitunados les dan la renta y las ayudas que quieran, ¿verdad?

Naturalmente.

También tenemos, en mi pueblo, un dinamarqués; bueno en realidad es estonio pero vino de Dinamarca y es luterano por la gracia de Dios. Los luteranos, a pesar de que son blancos, si han sido buenos en su vida y humildes y generosos tampoco van al cielo. Por ateos y por descreídos. ¡Que se jodan! Van al cielo, eso sí, pero al cielo de los luteranos que ni está en la Vía Láctea ni en los agujeros negros del espacio.

Entonces, don Dimas ¿dónde está el cielo de los luteranos estonios?

En Móstoles. Que ahí cabe de todo. Al lado del Ikea y del Decathlon; a la altura de Loranca.

A los dinamarqueses y a los finlandeses les gusta estar en público en pelota picada sudando como viudas gordas en Benidorm, dentro de la sauna. A los finlandeses y los dinamarqueses les gusta arrearse estopa con un ramo de hojas de abedul.

Una tarde en que el dinamarqués de mi pueblo estaba sudando en la sauna el Dalimin, el eslovaco, le cambió el ramo de abedul por un ramillete de ortigas. ¡Qué cabrón el Dalimin, cómo le dejó la espalda al eslovaco! Nos estuvimos riendo una semana seguida… ¡Y cómo brincaba!

El Alojz una tarde se suicidó tirándose de lo alto del campanario, como si fuera la cabra de Manganeses de la Polvorosa. Cuando cayó y se desparramó por la plaza avisaron a los hermanos que no podían creérselo.

¿Pero el Alojz? ¡Qué raro…! Si tenía vértigo, cómo se va a tirar desde ahí arriba.

Pues ya ve usted, le dijo el Argimiro, el camarero, que levantó el cadáver cuando vino el señor juez con la espátula de volver los sándwiches de la cafetería.

El Dalimin se metió novillero de reses bravas y se anunció, para tomar la alternativa, el día de santa Margarita María de Alacoque, virgen. El Dalimin pidió por adelantado la mitad de la soldada y un adelanto para alquilar el traje en la capital. El Dalimin, como era de prever, no apareció ni el día de santa Margarita María de Alacoque ni el día del Pilar, y eso que era fiesta nacional. Al Dalimin, según contó una vez un corredor de berenjenas de Almagro, murió al caer de un caballo de tiovivo escapando de la guardia civil que montaban un cerdito. Era de prever, siempre anduvo galopando sobre la línea roja del calabozo.

¡Oh!, qué poético…

El Bohusalav, el que ponía lañas a los lebrillos y varillas a los paraguas fue el único normal. Se casó con una gitana que venía con una familia medio titiritera y una cabra que subía la escalera. La niña pasaba la pandereta mientras el padre tocaba Paquito el chocolatero haciendo sonar el sobaco con el hueco de una mano. Hay gente que, si le diera usted un instrumento musical, podría llegar a Mozart o más allá. El gitano era uno de ellos. ¡Qué manera de afinar el tío!

Al Bohusalav le enseñó el gitano a mover a gran velocidad los cubiletes del trile y a poner regatones y estoques a los paraguas. El Bohusalav se casó por el rito gitano con la Meregilda, la gitana que, en realidad se llamaba Hermenegilda pero que, en caló, se decía Meregilda. Lo que más le costó fue arrancarse la camisa, como Camarón. Al Bohusalav le costaba entender que las costumbres, en cada país, son distintas. Él quería que la Meregilda se llamase Bohusalava. El abuelo del clan, como es fácil de entender, se negó en rotundo.

¿La niña llamarse mushas bragas? No se lo cree ni usted.

No, no… Bohusa-lava. No muchas bragas

Ah, no… La niña no se lava. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Pero qué se habrán creído el húngaro este. Perder la niña la oló a muhé

Déjelo, atinó a decir el eslovaco. No nos vamos a entender

Mejor asín, payo

Después de seis años de matrimonio la niña Meregilda se marchó del pueblo porque echaba en falta la vida en el camino. Ya lo dijo don Antonio, el poeta de Soria, que se hace camino al andar, pero como no se hace, desde luego, es sin salir del pueblo. Cuando la Meregilda se fue del pueblo al Bahusalav se le vino el mundo encima y se marchó a su tierra donde, mediante el programa Erasmus, sacó un máster de proxeneta que le servía para ejercer en toda la Unión Europea. Ha abierto un puticlub en Lovaina, Bélgica, que se llama Jelou Kitty y que ha llenado de chicas con burka. El nombre no parecía muy apropiado, según le dijo su head hunter, pero él sabía que, ese nombre y esos atavíos, se aseguraba una parroquia muy particular. Y así fue hasta que los okupas y los skaters asaltaron una noche el club y se lo apropiaron. Ahora está de nuevo en Lusatia soplando vasos de cristal y se le han puesto unos labios que parece a Cayetana echando besos a Curro Romero en la corrida del domingo en la Feria.

¿Y ahora, don Dimas, ya no les quedan más extranjeros en el pueblo?

Pues no, la verdad. Ahora sólo nos queda uno que es marino y de El Burgo de Osma. No es extranjero pero mire usted, con lo que ha zascandileado océano arriba y abajo, es como si fuera de Bosnia Hezergovina.

 

Anuncios

3 Respuestas a “EL SOPLADOR DE VIDRIO

  1. La Aguela

    Pues mire usted Don Matías, parece mismamente que su relato pasa en cierto pueblo soriano, cerca del Burgo de Osma, con estación y todo, y en lugar de eslovacos son rumanos, ay, ay, ay, que usted me quiere engañar.

  2. Me has recordado mi niñez, con los cíngaros que ponían lañas a los cantaros y arreglaban sartenes. yo tuve varios con lañas y una cantarera muy antigua pero lo que suele pasar engañaron a mi madre.

  3. ¿Unos gitanos engañar a alguien….? ¡Pero qué exageraos son los jaeneros!