RICARDO FUENTECASA, EL MISÓGINO

la-mansion-de-los-plaff

El bandolero Buenaventura Barbancho Crujera, alias Venturita de Ubrique no era un dechado de generosidad. El bandolero Barbancho robaba a los ricos para quedárselo él. El bandolero Venturita de Ubrique, jamás, repartía con los pobres. A los pobres que les den, decía. Que espabilen y que se jodan. Además, añadía, que roben, como hago yo. ¡Faltaría más!

Don Dimas tiene mucha paciencia y buena voluntad. Don Dimas, ahora que ha estado en Portugal, aprendió a cantar fados con mucho sentimiento y los canta poniendo los ojos en blanco, como si estuviera en trance. Don Dimas cantando fados se parece a El Puma pero en veterano, claro. Don Dimas, cuando terminan de bailar los viejos aquello de No sufras más mi pobre corazón, con los dedos pulgares en el bolsillo del pantalón vaquero, coge el micrófono y canta fados tristes, fados melancólicos y bellos a sus compañeras de excursión. Se um português marinheiro/dos sete mares andarilho/fosse quem sabe o primeiro... Don Dimas, incluso, cuando van en el autobús de excursión por el Cabo de San Vicente, canta bellos aires de la tierra para amenizar a los ancianos. Da gusto ir de excursión con don Dimas.

Genaro Vallina Noriega, un barrendero de Carrandi, parroquia del concejo de Colunga, en Asturias, está enseñando a bailar claqué a dos andaricas. Las nécoras, las nécoras asturianas, naturalmente, son más listas que el zorro. Usted –y haga la prueba- silba una canción a una nécora y verá cómo lleva al ritmo. Incluso, si a media canción, le cambia de ritmo se adecúa a él como Giogogio Aresu, aquél bailarín que fue cuñado de Ana García Obregón. ¿Le recuerda usted, don Dimas?

No habría de acordarme… Si era el mayordomo Ambrosio en La Mansión de los Plaff.

¡Joder, vaya memorión!

Don Ricardo Fuentecasa, legionario del Tercio Alejandro Farnesio, tenía dieciséis hijas, cuatro nietas y seis ex esposas. También tuvo seis suegras viudas y ocho hermanas. A don Ricardo Fuentecasa le acusó una legionaria de su compañía de misógino. A don Ricardo Fuentecasa lo que más le gusta en el mundo es llegar a casa y comer, o cenar, un buen solomillo de buey. Tampoco se quejaría si, en lugar de ser de buey fuera de ternera. Lo malo es que todas las mujeres en la vida de don Ricardo Fuentecasa son vegetarianas.

Don Ricardo Fuentecasa, cuando se enteró que había cambios en los ministerios y que iban a poner una ministra del Ejército mujer se dijo aquello de date por jodido. Don Ricardo Fuentecasa fue licenciado y fue enviado a la reserva. La reserva, en una casa dominada por las mujeres suena a territorio comanche. Nada más cierto.

Hay gente que no tiene mucha suerte, la verdad.

La última esposa de don Ricardo Fuentecasa, la Olegaria Turrón no dejaba a don Ricardo comer helados de mango. El helado de mango, decía, produce endorfinas endógenas que, una vez que se alojaban en la sangre de su esposo funcionaban como neurotransmisores excitando el hipotálamo y la glándula pituitaria.

¿Yo?, preguntaba don Ricardo. ¿Yo tengo de eso?

Sí, tú. El santito… Si ya me lo dijo mi madre antes de la boda. A mi estos tíos que no tienen más que hijas y no saben hacer chicos no me gustan un pelo. La señora Leona, la madre de la Olegaria Turrón lo tenía más claro que el caldo de un asilo.

Cuando se está en casa hay que estar bien vestido y arreglado por si acaso. Don FelisindoTrijueque vive solo en su casa. A don Felisindo Trijueque se le cae el pelo y, por evitarlo, se pone todas las noches un ungüento en la cabeza con rodajas de pepino y boñiga de ardilla bien disuelto. Don Felisindo, para que no se le caiga o le manche el ungüento lo cubre con un pañuelo de gasa de color fucsia. Una tarde sonó el timbre de la puerta y, sin darse cuenta de cómo estaba vestido, abrió y se encontró a su vecina, la Jesusa de la siguiente guisa: calzoncillo abanderado azul claro; camiseta de la misma marca de tirilla en color amarillo claro; zapatillas chanclas del oso Yogui que le trajeron unos amigos de un viaje de placer a Yellowstone; calcetines ejecutivo a media pierna y el mentado ungüento y el pañuelo de castañera folk. La Jesusa, al verle de esas pintas chilló y salió corriendo mientras el don Felisindo trataba de cogerla del brazo para que no gritase. Las puertas del resto del edificio de apartamento se abrió y las vecinas, espantadas, llamaron a la policía que se llevó al violador del pasillo hasta la comisaría.

Cuando al bandolero Buenaventura Barbancho Crujera, alias Venturita de Ubrique, le criticó en su programa El gran Wyoming por no repartir con los pobres sus golpes en la serranía de Cádiz contestó con mucho fundamento. ¡Nos ha jodío aquí el Wyoming. ¿No lo hace Montoro? A ver si ahora voy a ser yo el único primo que reparta la guita con los demás.

Yo creo, don Dimas, que el bandolero Venturita de Ubrique tiene razón. ¿No le parece?

Pues sí, don Matías. Ya lo creo.

 

Anuncios

Una respuesta a “RICARDO FUENTECASA, EL MISÓGINO

  1. La Aguela

    Personalmente creo que Venturita de Ubrique hacía muy bién ¡ que coño¡