VA A NEVAR EN MADRID

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Madrid se despertó con una capa de nieve impresionante. La radio había dicho, bien de mañana, que esta nevada no se veía en la capital desde que se tenían datos históricos en meteorología. De los tejados colgaban carámbanos de hielo como en el bosque de Santa Claus. Daban ganas de quedarse en la cama y llamar a los clientes, al colegio…, alegando alguna gripe o algún esguince de tobillo. A fin de cuentas, pensó, con este hielo y esta nieve cualquiera podría haberse torcido el pie. Antes de salir a la calle volvió a asomarse a la ventana. Las cuatro personas que caminaban bajo la luz anaranjada de la farola expelían vaharadas de humo por la boca y la nariz. ¡Joder!, murmuró en voz baja, cualquiera sale con este frío.

Del armario del vestidor sacó un chaquetón plumífero de cuando iba al monte. Hacía años que no se lo ponía. Tantos como hacía que no nevaba en Madrid. Se cubrió el cuello con una bufanda y la cabeza con un gorro de lana. Salió a la escalera y esperó al ascensor. En el ascensor bajaba Marta, una vecina a la que conocía desde niña. Marta, cuando tenía dieciocho años aparentaba treinta y tantos. Ahora que tiene cincuenta aparenta dieciocho. Algunas mujeres,  se dijo, parece que van y vienen de un calendario a otro como en un bucle.

Al poner el pie en la calle se dio verdadera cuenta del frío que hacía. Estaba cayendo agua nieve y, el viento, rascaba en la escasa piel de la cara que estaba desguarnecida. En las aceras la nieve estaba dura y parecía ya más hielo que nieve. En la calzada, por el contrario, las rodadas de los coches habían convertido la nieve en un aguachirle sucia y muy peligrosa de pisar.

En la esquina de la calle, pese a lo temprano que era, ya había una castañera, badila en mano, atizando el fuego del bidón donde asaba las castañas. El puesto –una especie de trampantojo de maderas- cubría sus espaldas y la anciana castañera se cubría del frío con una mantilla negra de lana y un pañuelo negro como el de las plañideras. Llevaba las manos cubiertas de guantes con los dedos cortados y, después de avivar el fuego, se dedicó a fabricar cucuruchos de papel de periódico. Esta pobre mujer, pensó, ¿no tendría que estar en alguna residencia o al cuidado de algún hijo? Al llegar al cruce de las dos calles se detuvo frente al semáforo. No pudo, como hacía siempre, cruzar en rojo puesto que los coches iban despacio para evitar derrapes.

De una de las cornisas caían gotas de agua que se le introdujeron entre el cuello de la camisa y la nuca. Un repelús del frío del agua recorrió su cuerpo. ¡Dios!, pensó. Mira que tener que pasarme a mí, precisamente. Cuando el semáforo cambió a verde para los peatones inició la marcha pero, ¡vaya por Dios! un coche se saltó el semáforo y le puso perdido del agua sucia y de la nieve derretida. El coche siguió su marcha sin disculparse mientras que él, empapado y sucio, le amenazaba con un puño cerrado y le cubría de improperios. No, hoy no era un buen día. Tenía que haber seguido su instinto y quedarse en la cama.

Por fin llegó hasta la calle donde tenía aparcado el coche. El coche tenía, sobre el capó y el techo, una enorme cantidad de nieve que tuvo que quitar con la mano. Tenía la mano helada y no atinaba a meter la llave en la cerradura. Le dolía del frío y le impedía coger la rasqueta para quitar el hielo del parabrisas. Como pudo fue rascando el hielo del parabrisas y de la luneta térmica posterior. Se dio cuenta, tarde desde luego, que la nieve que estaba quitando con la rasqueta se le metió por dentro del zapato. La sensación de frío, ahora, era tremenda.

Cuando por fin había quitado el hielo al parabrisas metió la llave en el contacto pero el coche no respondió. Está helado, pensó, y volvió a intentarlo. Nada. El coche no arrancaba. Será la batería, o vaya usted a saber. ¿Ahora qué hago? No hay taxi, a esta mierda de urbanización no llega el metro y, el autobús, es una entelequia.

Don Dimas se despertó sobresaltado. Estaba sudando en su cama. El sol, un sol de justicia incluso para un mes de enero, había invadido la habitación de su hotel. ¿Dónde estoy?, pensó. ¿Y la nieve, y el hielo, y el coche que no arranca…?

¡Uffff!, respiró aliviado. Era un sueño. Se asomó a la ventana y vio la playa de Benidorm relucir bajo un sol de invierno que invitaba a su paseo. A lo lejos la isla de los Periodistas plateaba, junto a las aguas, por el efecto del sol. ¡Qué susto!, pensaba que todavía estaba trabajando y que ya no estaba jubilado. Madre mía, volvió a exclamar todavía sin apenas despertar. Por un momento creí que era Alex Fuentetaja o Isabel Sanz que tenía que ir este lunes, dieciséis de enero, a trabajar.

Don Dimas tuvo un cariñoso recuerdo para ambos. En la vida, se dijo, hay que se agradecido ¡Que Dios, Nuestro Señor, que siempre es justo y necesario les premie por sus aportaciones a final de mes a Hacienda para el mantenimiento de mi pensión. Amén.

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2 Respuestas a “VA A NEVAR EN MADRID

  1. La Aguela

    Subscribo el homenaje que aquí se dá a las personas que tan altruistamente colaboran para que los que vivimos tan de pu…. madre una vez cumplido sobradamente nuestro periodo laboral, lo sigamos haciendo.
    Lo dicho, GRACIAS A TODOS.