DON FIÓDOR Y LA FIODOROVA

crimen-y-castigo

María Dmítriyevna Isáyeva llamó a su esposo Fiódor por el ventanuco de la cocina para avisarle que ya tenía servida su infusión en la mesa. Fiódor Dostoyevski, el de Los Hermanos Karamazov, dejó la pluma sobre el escritorio y, tras darle las gracias a su esposa, se acercó al samovar y se sirvió una taza de humeante infusión de poleo silvestre del Caucaso que sobre fresco es ligero y suave como el poleo de El Bierzo.

¿Y el roscón, María Fiodorova?

El haba del roscón del año pasado, te toco a ti, ¡oh! esposo mío, pero no te rascaste el bolsillo y yo, tonta de mí, pensé que lo comprarías tú. Ahí tienes, en justa correspondencia y dado que este año no te vas a comer un roscón, unos nevaditos de Reglero que están hechos en La Estepa, URSS.

Estepa, mi ignorante María Fiodorova, es un pueblo de Sevilla en el sur de Spain, de lo que va quedando de ella, vamos, y no pertenece a nuestra querida taiga siberiana. ¿Es que no recuerdas aquella famosa canción de los Coros del Ejército Estepa patria querida, Estepa de mis amoreeeeees?

Un diálogo igual o similar se produciría, seguramente, unos días antes de la muerte de Fiódor Dostoyevski un 28 de enero del mismo año en que murió, en la isla de Santa Elena, don Napoleón Bonaparte, hermano de Pepe Botella y tío abuelo de alcaldesa de Madrid Ana Botella Aznarova, zarina de Génova, por la Gracia de Dios.

Don Servando Calzada Recio, el sociólogo, era poco amigo de los forasteros. Cualquier día, decía, nos invaden los chinos. Las chinas son como lepóridos o múridos. Ahí las tiene usted, dejamos entrar a un par de la misma especie y ya han ocupado un barrio de Fuenlabrada, el Cobo Calleja. Ahora avanzan por Carabanchel Alto en dirección a Usera y, en dos días, los tenemos atravesando el Manzanares ascendiendo por la Cuesta de la Vega en dirección al Palacio Real. Don Servando Calzada Recio, el sociólogo, nunca llamaba conejas o ratas a las chinas. Las llamaba lepóridos y múridos porque él, era muy amigo de los documentales del National Geographic y los de La 2 y se conocía al dedillo el orden, las familias y los géneros de todas las especies animales.

¡Qué tío el don Servando!, decía su jefe, el habilitado de clases pasivas Escamilla.

El habilitado de clases pasivas don Servando Escamilla Tupido –Ser Es Tupido, según un acróstico que circulaba por la oficina- no era muy despierto, esa es la verdad, pero para esto de las bajas por enfermedad y la jubilación anticipada era un experto.

¡Tráigame el expediente de Aldea, señorita! Ese viejo pirata debería de llevar medio siglo jubilado el muy golfo y ahí le tiene usted, gobernando el timón por Carabanchel Alto y armando un buque para hacerse a la mar con sus amigos del face.

Los anteojos con los que vigilaba la emperatriz Josephine de Beauharnais, en la Comedie Française, a las damas de alto copete se llaman impertinentes. Yo creo que la impertinente era la emperatriz, ¿no le parece, don Jacobito?

Pues sí, porque no creo yo que tuviera ningún tipo de temor por perder a Napoleón. Al parecer a Bonaparte no le interesaban, lo más mínimo, las señoras.

Efectivamente. Don Napoleón, que siempre vivió con su madre y sus hermanas o en el cuerpo de guardia de cualquier cuartel era algo rarito. Cuando menos caso le hacía nadie se hizo colegui yogui de Agustín, no el hermano de Almodovar, sino el de Robespierre. Algunos, ya sabe usted, don Braulio, decían que si Agustín Robespierre le decía ¡Ay, Napo, chato… Sácate esa mano del chaleco que vas hecho un Adán! Y cosas por el estilo. Cuando el Terror Jacobino lo metieron preso en la cárcel de Antibes, donde la gente dejaba caer, a la menor, el jabón de Marsella. Cuando a Napoleón le dieron la boleta en el talego se encontró con una viuda de buena reputación, la Josephine, cinco años mayor que él, quien le curó el ardor guerrero y algún que otro ardor distinto del de estómago. Por si alguien no lo sabía –y no es coña- la viuda Josephine se apellidó, por aquello de tomar el nombre de su esposo, De la Pagerie, como las que ocupaban la última fila del cine Montija haciendo manualidades. Monsieur de la Pagerie recibió un guillotinazo en toda la nuez de parte de los jacobinos. Desde entonces Napoleón se depilaba, en lugar de afeitarse. Hizo bien, el que evita la ocasión evita el peligro.

¿Y unas marquesas, María Fiodorova. No habrá por ahí algunas marquesas o alguna figurita de mazapán?

María Fiodorova le dio un trozo de turrón del duro que había sobrado del año anterior. Tenía, es cierto, un toque a rancio pero, pensó el escritor, a buen hambre no hay pan duro. Fiódor Dostoyevski mojó el turrón en la infusión de menta y, como no se ablandaba, se lo guardó en un bolsillo para comerlo más tarde.

Después de la merienda al escritor Dostoyevski le dio un flus y palmó de un enfisema que se le juntó con un ataque epiléptico. Y es que al pobre autor de El Idiota no le faltaba de nada. A su entierro asistió lo más granado de la cultura soviética, incluyendo los nihilistas. Anna Grigórievna, alias La Goya, dejó escrito que, algunos de los discípulos del escritor insultaron a los nihilistas al grito de: los nihilistas no tienen pilila y estos, a su vez, tiraron bolas de nieve a los fiodoristas. La policía intervino y se organizó tal escabechina que el Doctor Zhivago, o sea Omar Shariff, tuvo que salir, en medio de una fiesta en casa de la hija de Charlot, a operar a los heridos en la carretera de Canillejas donde se estaba rodando la peli.

Y es que Madrid, don Dimas, aunque usted no lo crea, ha sido parte importante de la Historia del Mundo.

Ya veo, ya…

 

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2 Respuestas a “DON FIÓDOR Y LA FIODOROVA

  1. La Aguela

    Debo de insistir en que este año a traído mucha inspiración o ganas a este ESCRITOR, vaya usted a saber, ¿verdad Don Matías?, verdad Don Dímas, verdad.

  2. Mucho madrugamos hoy, no sé no sé…