UNA SOBRE ALIMENTOS

barco

Los marineros de la isla Etukrunni, en el golfo de Botnia, Laponia, no comen nunca pescado. Los lapones -los lapones marineros, claro- creen que el alma de los marineros muertos en la mar se reencarna en los bacalaos, el fletán, las merluzas y el resto de pescados que pueblan los tres mares que la rodean. A saber: el Ártico, al norte; el mar de Noruega al oeste y el de Barents, al este. Los lapones en esto de las creencias y las tradiciones son como micos japoneses.

El Felisindo Viciana Sardón triunfó en la Scala de Milán. Para llegar a triunfar en la Scala de Milán el Felisindo Viciana Sardón tuvo que trabajar en casa de don Giulio Alcarovani como timbre. El Felisindo Viciana Sardón se sentaba en una silla de enea junto al portal y, cuando llegaba una visita él, con su voz de barítono cantaba: essi staanno bussando alla portaaaa, signorinaaaaaa… y la señora abría la puerta y atendía a la visita. Esto de tener un timbre canoro, daba mucho porte y fama a la casa de los Alcoravani. Había tardes en que los niños se tiraban cuatro horas haciendo sonar el tiempo y escapando después. Luego, cuando aprendió bien el italiano se colocó en la Scala como conserje y se cambió el nombre por el de Giussepe Di Stefano, porque era muy del Real Madrid. Se quiso poner Amancio, pero claro, quedaba más gallego y menos italianizante.

Los comanches y los apaches; los arapahoes y los navajos tampoco comen aves del cielo. Los indios, de cualquier de las tribus, no comen aves del cielo porque piensan, en su tontuna, que los espíritus de sus antepasados, antes de llegar a Manitou, ceden su cuerpo y su espíritu a las aves del cielo: zopilotes, abantos, águilas de todo pelaje, lechuzas y otros cárabos y pájaros diversos.

Hoy, Epifanía del Señor, se celebra también a san Dimas.

¡Anda. Y qué callado se lo tenía!

Pues sí señor, también celebran Melanio, Nilamón, Anatolio, Pompeyano, Erminoldo y la virgen Liceria. Si usted pone Liceria, virgen en Internet le salen direcciones de enaguas, combinaciones y sostenes. Lencería fina sexy de las que llevan las colombianas que trabajan en el Lidl. Es lo que tiene la globalización. Las cajeras del Lidl, don Dimas, cuando se agachan para coger las bolsas (¡Dios las bendiga!) no se ponen la mano sobre el escote para taparse las tetas.

¡Anda!

Al Felisindo Viciana Sardón, antes de emplearse en casa de don Giulio como timbre le salió un empleo en Lucania. Bueno, Lucania hora se llama Basilicata y, en sus tiempos, sus playas y calas estaban infestadas de piratas. Allí anduvo Aldea cuando pesaba aún menos que ahora pero tenía pelo. En uno de los bares del pueblo, la taberna del Loro Azul, le quisieron emplear de camarero, pero tenía que dejarse cortar una pierna para parecer un pirata. El Felisindo se negó, como debe de ser, pero perdió las ayudas que recibía de la RGI ¿Para qué quiero yo la ayuda para comprar zapatos, decía, si me dejo cortar el pie. Y tenía razón, naturalmente.

Los indios de la India no comen vacas porque piensan que las vacas son animales sagrados. Los indios y sus primos los pakistaníes no comen filetes de vaca, ni costillas en la barbequiu, ni zancarrón para el cocido porque estos nobles rumiantes llevan, dentro de las cuatro cavidades de su estómago -rumen, retículum, omasum, y abomasum- las almas y los cuerpos y cenizas de todos los indios que han sido churrascados y echados al Ganghes por la Pascua de Jaganatha que en sánscrito significa Krisna. Si, ese, el del hare hare.

El Felisindo Viciana Sardón, cuando salió de la Scala de Milán después de haber cantado La Traviata se fue dando un paseo, y disfrutando de los aplausos de los paseantes por la Piazza del Duomo. Allí, y entre un grupo de españoles, se encontró con la Baudilia Pellejero Argamasilla, natural de Aldea Romero del Burgo, provincia de Soria y, tras galantearla convenientemente, la invitó a cenar una pizza en la trattoria Palazzo Marino, del barrio de San Babila. La Baudilia, mientras cenaban, le hizo cuatro monerías con un ojo que tenía vago y al Felisindo se le vino el mundo encima. El Felisindo era más supersticioso que un gitano en el tanatorio y salió corriendo y no volvió, jamás, a visitar Milán ni toda Italia. Hoy, el Felisindo sigue empleado en casa de don Giulio Alcarovani pero, en lugar de estar empleado como timbre, canta por las tardes, las bolas del bingo en la merienda de las señoras del ropero.

¡Qué tío!, dice doña Lambrusca. ¡Y qué bolas!

¿Cómo?

No… que cómo canta las bolas, quería decir.

Los miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en los Estados Unidos de Norteamérica sólo comen vegetales. El doctor Harvey Kellogg, el de los copos en el desayuno opinaba sobre la alimentación que “si corre no lo comas”. Esto no lo entienden los pigmeos a los que les gustaría merendarse a medio maratón de New York. Los alimentos, a lo que se ve, dependen y mucho del ámbito en el que uno se mueve y de la tontuna religiosa de cada sitio. Lo que no hay derecho, sea en el lugar que sea, es que media humanidad tire comida y la otra mitad muera por no tener qué meter en el plato. Y menos aún que no se coman los alimentos porque, según el santón de turno, tienen dentro de sí el espíritu de vaya usted a saber qué santo varón.

Anuncios

2 Respuestas a “UNA SOBRE ALIMENTOS

  1. La Aguela

    Que quiere que le diga, yo después de “-rumen, retículum, omasum, y abomasum-“, me quedé sin palabras.