JONÁS, EL DE LA BALLENA

cabo

Jonás, el de la ballena, paso una nochevieja en Portugal escapando del mazapán, de los turrones y las uvas agrupadas por docenas. A Jonás, el de la ballena, no le gustaban las Navidades. Mejor aún, no lo gustaban quienes celebran las Navidades. Jonás el de la ballena, buscaba cada año un lugar, un pequeño pueblecito pesquero en el que vivir las Navidades. Un pueblo distinto, se decía, del que hay en todo el mundo, en el que solo vivan pescadores de barba blanca, viejos pescadores con su pipa y su impermeable amarillo y sus botas de goma y su jersey azul marino. Y Jonás, el de la ballena, se fue, aquellas Navidades a Portugal. Al Cabo de San Vicente que había leído a Soria, el del blog, que era un sitio precioso con un mar azul y verde que daba gusto de verlo. Jonás el de la ballena se bajó del autobús que le llevó hasta el pueblo y paseó, solo, por sus empedradas calles. Calles húmedas, adoquinadas y en cuyos bordes se agarraba el verdín de las algas y la fría y gris humedad de la mar. La marea traía trozos de conchas, pequeños crustáceos y algún trozo pulido de vidrio. En las tiendas del pueblo, como en todas las tiendas de los pueblos pesqueros los escaparates estaban llenos de aparejos destartalados; fanales, jarcias, catavientos, redes infinitas entrelazadas en pequeños cuadrados como un inmenso ajedrez. Los viejos pescadores hablaban con voces rudas, en forma altisonante, ronca por el ron y el aguardiente. Al final del empedrado de la calle que llevaba al puerto se veía una playa de arena blanca y fina. Una playa de brisa fresca, con las casetas de los bañistas de infinitos colores rayados: azul y blanco, verde y amarillo, roja y blanca… Una bandada de niños jugaban tras un pelotón azul de Nivea. En aquella playa revoloteaban las gaviotas y los cormoranes, los charranes y los chorlitejos. Las aves revoloteaban intentando esquivar las cometas que los niños, desde la playa, hacían volar a tontas y a locas. Cerca de la playa también había un pinar y una carretera que lo recorría de cabo a rabo. En aquel pueblo donde paró Jonás, el de la ballena, había de todo lo hay en los pueblos pesqueros del sur de Portugal. Lo único que no había, ¡vaya por Dios! era océano. No había océano porque los marineros portugueses, al haber vaciado el mar de bacalaos habían desecado el océano. Las pescadillas y los rapes; los besugos y las palometas; los cangrejos y los almejas y berberrechos estaban muy delgaditos porque, como no había sal en el mar, no tenían tampoco nada que llevarse a la boca. El agua, eso sí, al ser dulce se podía beber. Mira, se decía la gente, al menos, ya que no tenemos mar para atraer turistas podríamos poner un balneario y atraer a los viejos del IMSERSO español que tanto les gusta viajar. Pero no, los viejos del IMSERSO, como Jonás, el de la ballena, ya no viajan si no hay alguna playa donde tirar sus sarmentosos cuerpos al sol suave de la mañana y a la brisa salina del mediodía. Los portugueses, que son gentes muy cantarinas aunque algo tristones, le cantaban fados muy dolorosos y compungidos a la sequedad salina de su mar. El primer ministro portugués, aconsejado por la senhora Carmena, alcaldesa de Madrid, decidió que toda el agua que se utilizase para desalar el bacalao en el país había que reciclarla y echarla de nuevo al agua dulce del mar desalado. También, y esta medida fue muy aplaudida, puso en marcha, nuevamente, a sus antiguos marinos. Los portugueses tuvieron hasta un rey navegante, el rey Enrique. El rey Enrique decidió que cada marino portugués saldría a un punto distinto de la rosa de los vientos y, agachado en su playa, levantaría del borde mismo de la mar hacia la costa de Portugal para volcar el salitre en dirección a su playa. Pero el agua se les escapaba entre los dedos y no había manera. Como no era posible traer de nuevo la sal al mar de aquella playa Jonás, el de la ballena, que es muy mañoso y ocurrente y arregla enchufes y pone antenas de televisión y todo, pensó que lo mejor era hacer una tapia en el horizonte, como la de la Casa de Campo, de Madrid, y echar allí sal de Torrevieja, que es una sal muy salada y muy apta para este tipo de circunstancias. Una vez que hicieron la tapia los portugueses pudieron volver a pescar bacalao. Además, como la tapia no estaba lejos, podían ir y volver en el día, con lo que la faena no les era tan pesada. El rey Enrique, el Navegante, premió a Jonás, el de la ballena, con aquello que prefiriese. Jonás, el de la ballena, pasó seis noches pensando en qué pedir al rey como regalo por haber arreglado el problema del mar sin sal y no se le ocurría nada. Finalmente, y como no encontraba nada mejor y tenía que volver a España con el IMSERSO se le ocurrió lo que, en ese momento, verdaderamente le apetecía: un paseíto por la playa con una señora portuguesa de buen ver y mejor palpar. El rey, como no podía ser menos, le complació y le hizo acompañar de una elegante señora que le cantaba el fado Lisboa antigua poniendo el gesto y la voz de Ana Moura y en el alma mucho, pero que mucho énfasis. Jonás, el de la ballena, entregó su corazón a aquella mujer y se entregó, en el silencio de la noche, a sus más secretas pasiones. Lo que ocurrió después, aún está por escribirse.

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2 Respuestas a “JONÁS, EL DE LA BALLENA

  1. La Aguela

    Jonas, el de la ballena se va a la piscina, salada, por supuesto y se va tirar cual lagarto desinvernado hasta que su cuerpo serrano este Vasmojado de Cerveza. Happy Año Nou

  2. Vendrá hecho una bacala.