FUERON LOS ROMANOS, NO EL DIABLO

acueducto-de-segovia

Yo, señores, soy una mujer débil, una mujer insignificante en esta urbe de locos que se llama Madrid. Yo soy una pobre y débil mujer de pueblo que sabe, aunque ustedes no lo crean, la diferencia entre la manzanilla y la margarita; la diferencia entre las flores quitameriendas y la rosa del azafrán; entre el verderol y el pardillo. Lo que yo no sé diferenciar es qué mano tiene preferencia en un cruce sin señalizar; o quién es impotente y quién es imponente. Yo, señores sé  bien que un romero es el peregrino que va a Roma y que el peregrino que va a Tierra Santa es un palmero, ya lo dijo el Dante, pero no sé muy bien qué tipo de peregrino es el que va a visitar al santo Jacobo, a nuestro Santiago, el gallego. Quizás se llamen jacobeos, o santiagueses, vaya usted a saber. La Iglesia aún no lo ha decidido. Las mujeres, sobre todo las que son como yo, débiles y de pueblo, sabemos muy pocas cosas de casi todo. A servidora de ustedes, señores lectores, de no haber sido débil, insignificante y de pueblo, le hubiera gustado pasearse, como Chateaubriand o como Lawrence de Arabia, montada en un camello y llegar al majestuoso Krak, el castillo de los Caballeros Cruzados, ver la ruta de los centinelas olvidados entre Esparta y Damasco, visitar las ruinas de Acre. Seguir las huellas de los milites Christi, de los caballeros de Cristo. Seguirlas en Edesa, en Alepo, en Antioquía, en Trípoli… Pero no; no está el caldo para muchas sopas en estos lugares y una, que además es mujer débil y de pueblo no tiene el valor suficiente para echarse al monte. Otra cosa es si a una le hubiera pedido relaciones el Crescencio, el mozo de la pollería de la casa en donde una sirve. El Crescencio sí que hubiera sido como Godofredo de Bouillon, como Pedro el Ermitaño o como el mismísimo Corazón de León. ¡Ay de Saladino si le hubiera pillado el Crescencio! El Crescencio hace ¡chas!, con la media luna y corta el pescuezo a los pollos, gallinas y pavos sin ningún tipo de duda ni de ascos. Como quien lava. Ese sí que era un hombre. Con su mata de pelo asomándole por encima del peto del delantal, con su ceja única, que le cubría, como la mano de los pastores o los apaches cuando miraban al horizonte, de ojo a ojo. Con esa boina echada siempre para atrás, con ese porte… Yo, señores, si en lugar de ser una mujer débil, una mujer insignificante, le hubiera dicho al Crescencio: oye Crescencio, vaya mollejas que gastan tus pollos. Y le hubiera acorralado, si fuera necesario en la trastienda, entre crestas y patas de gallina, entre higadillos y menudillos diversos. Pero una, ya lo dije más arriba, es débil y está educada en la ignorancia y el sometimiento al hombre. Sometida por nestorianistas y arriacenses. ¡Qué se le va a hacer…! paciencia y barajar. Sí, mis queridos amigos, yo soy una mujer débil, una mujer insignificante y no como mi prima Teodomira. Mi prima Teodomira es fuerte y extraordinaria. Mi prima Teodomira es artista de variedades en El Molino y es lista y rápida como la raposa. Ella se llama, en el mundillo del teatro, Domi. Domi Arnau. El apellido, claro, es por el teatro del mismo nombre. Ella sí que tiene mundo y no servidora que es, ya lo dije antes, débil e insignificante. Ella descubrió y lo puso al alcance de todo el mundo la gran mentira sobre la construcción del acueducto de Segovia. La gente en Segovia piensa –¡ya ve usted!- que el acueducto lo construyó el demonio en una sola noche apilando las piedras de sus cálculos renales. Cálculos renales, decía ella sonriendo. Si el demonio, con ser diablo no dejaba de ser un ángel. Caído, eso sí, pero ángel a fin de cuentas y, como todo el mundo sabe, los ángeles no tienen sexo. Y tampoco –no hay literatura que demuestre lo contrario- hacen sus necesidades fisiológicas. ¿Cómo iba a tener cálculos renales el diablo si no tiene riñones? Al principio a mi prima la Domi la tomaron por loca. Ya saben ustedes que los hombres, todos los hombres, odian que las mujeres les pongamos la verdad, negro sobre blanco, encima de la mesa, pero la Domi, con esta templanza, con esa mesura y esa prudencia que tienen las mujeres importantes a lo largo de la Historia, colocó ambas manos en su cintura, como diría Adamo y así, en jarras, se dirigió al sínodo de sabios de la iglesia menonista cantándoles las verdades del barquero. La Domi consiguió que el acueducto fuera un nimbo de leyendas y misterios desvelados ¡Cómo lo va a haber hecho el diablo si, como todo el mundo sabe, lo hicieron entre Trajano, Claudio, Nerva y Domiciano. Mi prima la Domi, claro, no volvió a enlazar un solo contrato artístico. Los hombres, ya se saben, hacen piña y se cubren unos a otros y se escudan en su supuesta superioridad para tenernos a las mujeres bajo su bota. Pero con la Domi no pudieron. La Domi volvió al pueblo, eso sí, pero allí, en la que fue previamente la cueva donde su padre, el tío Pellejos, hacía el queso, montó un local de variedades: Les Lèvres Inférieures, que debe significar, en español, algo de conejos, por aquello de las liebres inferiores y por la que pasaron desde el gobernador civil hasta el sacristán de la última iglesia de la provincia. Daba gusto de ver la fila que se organizaba los fines de semana. En el aparcamiento, que lo pusieron cerca de la porqueriza del tío Trajines, los haigas y los coches oficiales, con sus banderines recogidos, eso sí, hacían fila uno tras otro. La autoridad civil, la militar, la eclesiástica, hasta la judicial estaban retratados uno tras otro por la Domi que se tomó cumplida venganza. Cuando la Domi tiró de la manta se derrumbaron las más altas torres de la provincia. Por fin, y a resultas del escándalo, se reconoció, y de ahí el valor y el empeño de mi prima Domi, que el diablo, con ser más malo que la quina y capaz de cualquier putada, por gorda que fuera, no pudo ser el constructor del acueducto y, menos aún, con piedras extraídas o expulsadas en sus micciones. La historia fue considerada fábula y los retratados de Les Lèvres Inférieures hicieron, con sus fotografías que la Domi les regaló al reconocer la construcción como fábula, una pira donde, con las chicas del local entrelazadas las manos las unas con los otros, bailaron una danza ritual, iniciática y puteril hasta que se apagaron las brasas purificadoras. Yo, ya lo dije al principio, soy una mujer débil, una mujer insignificante, pero anda que mi prima la Domi…

 

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2 Respuestas a “FUERON LOS ROMANOS, NO EL DIABLO

  1. La Aguela

    “Me llena de orgullo y satisfacción” que la Domi haya puesto los puntos sobre las íes a esa pandilla de sabiondos masculinos y además sea una mujer de las armas tomar, no como Ud., una mujer débil, una mujer insignificante, así no se va a ningún sitio y menos a Segovia.
    Hoy nos hemos pasado, casi 2 folios. Jiji.

  2. Ya, pero es que Soria, el del blog, se ha liado a escribir a las 4,30 de la madrugada, ahíto ya de cama