LA NEGRA TARDE DEL NEGRO ATENÓGENES WILLING

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El negro Atenógenes Willing tocaba el clarinete en la esquina de Florida Boulevard con Community College en Bâton-Rouge, la capital del estado de Louisiana, USA. Los negros son personas con mucho fuelle y pueden estar casi dos semanas sin comer, ni beber; tan solo chiflando sus instrumentos. El negro Atenógenes Willing, cuando acababa de tocar su clarinete mandaba a su esposa, la negra Evelyne Willing, pasar una boina francesa de ganchillo en color burdeos con su pompón y todo. Aquella tarde en que Florida Boulevard estaba cuajadita de público la negra Evelyne se dio el piro con la boina, el pompón y la recaudación y así fue como el negro Atenógenes Willing perdió la mujer, su menguada fortuna y hasta el orgullo. ¡Pobre negro Atenógenes Willing!

El agente Jimmy Wedell, de la oficina del sheriff detuvo una mala tarde al negro Atenógenes Willing por mendicidad. En los Estados Unidos de Norteamérica si tocas tu instrumento en una esquina pero no tienes la boina en los pies eres un músico. Si te ven la boina la has liado: entonces te conviertes en un mendigo y esto, en un país tan conspicuo y plagado de menonitas, luteranos y presbiterianos, supone un delito y no un deleite.

El sheriff Bruce Simmons metió al negro Atenógenes en la prisión estatal que está en Coursey Boulevard, no lejos de Florida Boulevard, pero no le retiró el instrumento lo que, como veremos más adelante, fue un error mayúsculo. El negro Atenógenes, tumbado en la yacija de su celda tocaba Sweet Caroline, de Neil Diamond, la canción favorita del añorado Vitín. La tocó una, dos y hasta tres mil veces seguidas; sin parar. Una de las policías de sheriff Simmons, la agente Davinia Morris se encaró con el negro Atenógenes Willing y le amenazó: como vuelvas a tocar esa canción te meto el clarinete por el ojete.

¡Oh!, dijo el negro Atenógenes, ¡qué ripio más bien medido!

Al día siguiente -se conoce que hubo redada- el calabozo se pobló de músicos. Todos negros, claro y algunos latinos que, para los norteamericanos viene a ser la misma raza. Buddy Williams y su armónica, Herbert Aligator y su tambor, Muphy el araña, también llamado Spider Murphy con su saxofón y Little John Gonsales, un mejicano de Sonora con su guitarra española pasaron a ocupar la celda del negro Atenógenes. Los negros y los latinos, cuando se juntan y con sus instrumentos a mano, forman orquesta enseguida. Se conoce que los policías del sheriff o no tienen formación musical o son, sobre sordos, medio gilis. ¡A quien se le ocurre juntarlos!

El negro Atenógenes dijo aquello de one, two; one-two-three y aquello fue un despifostie. Que si jazz, que si soul, que si blues, que si góspel, que si rhythm and blues, que si ragtime, que si sonido Alabama, que si el rock. ¡Huy el rock…! La que se lió con el rock.

El negro Atenógenes, que no era muy hábil, todo hay que decirlo, en esto de la composición, acertó a componer una estrofa: The warden threw a party in the county jail, que en el idioma de María Santísima quiere decir “un día hubo una fiesta aquí, en la prisión” y Buddy Willims continuó “la orquesta de los presos empezó a tocar…” y Murphy el araña, chasqueando los dedos corazón y pulgar, le puso el estribillo: Let’s rock, everyboy, let’s rock… Así fue como nació una melodía carcelaria, lo que en el flamenco de España se llama cantos de carceleras, o tonás carcelarias, se acabó llamando “el rock de la cárcel” o Jailhouse rock.

¡Callarse, coño!, grito el sheriff Simmons, que es grito muy marcial y policial. ¿Qué carajos está pasando aquí, pendejos?, preguntó en un perfecto español de la misma frontera de Juárez. A ver, esos instrumentos. ¡Requisados!

Un joven, de chupa de fieltro negra y calcetines blancos; un joven de camiseta de rayas negra y blanca; un joven de patillas en forma de hacha y tupé que estaba tumbado en un coy colgado de dos escarpias y apartado de los negros y latinos por ser blanco respiró aliviado con el cese de la música. El joven había sido detenido por llevar el coche, un Buick Roadmaster del 49, sin carné y magreando a una joven negra. El joven se había ligado a la negra que ahora se presenta en el calabozo para pagar su fianza. La negra, naturalmente, era la negra Evelyne, que pago la fianza con lo recaudado, la tarde anterior, con la música del negro Atenógenes.

¡Ah, mala pécora! Ojalá te vacíen los ojos los chacales del desierto de Sonora, la maldijo el negro Atenógenes, aunque no le sirvió de mucho.

¡Vayámonos, Elvis!, dijo la negra llevándose al joven de los calcetines blancos. Ahora, cuando salgamos, le dijo el joven a la negra, vamos a registrar la canción que cantaban estos primos. Lo vamos a registrar con el nombre de El rock de la cárcel. Verás cómo nos forramos.

Y así, aquel joven de apellido de chola filipina se dio a conocer con una canción que el negro Atenógenes y su banda de músicos patibularios habían ideado una noche en la cárcel de Bâton-Rouge. La cárcel en la que el sheriff Simmons y sus agentes, la guardia Davinia Morris, el agente Wedell y el resto de maderos de esta pequeña esquina del sur del estado que un día sería regado por Katrina, acabaron con todas las aspirinas de Louisiana.

Hay gentes a las que la suerte se la juega cada día, ¿verdad don Dimas?

Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo.

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