EL PREGÓN

11burgo2

Don Serapio Olmedilla Rastrojo, el afamado y conspicuo filósofo autor de un tratado sobre la centralidad de la letra redondilla en la obra de don Lope Félix de Vega y Carpio estaba terminando ya su discurso. A don Serapio Olmedilla Rastrojo como era un intelectual destacado le pidieron que diera el pregón del pueblo pero no le pusieron –craso error- ningún tipo de cortapisa en cuanto al tema a tratar y la duración del discurro. Cuando a un filósofo se le deja abierto el portillo de la palabra –máxime si esta se le paga con un vino español- no hay quien le calle o le silencie.

Don Serapio Olmedilla Rastrojo, después de saludar y echar cuatro vivas, uno tras otro, a san Obicio de Brescia, patrón de la villa; a la virgen del Salterio (aquí explicó el conferenciante que un salterio es un rosario de cuentas como aquel que, según cantaba María Dolores Pradera, había que devolver por ser de la madre de la ofendida); al señor alcalde, a quien dicen Peluso en el pueblo, y el cuarto viva se lo dedicó a a España o a lo que aún queda de ella.

Don Serapio Olmedilla Rastrojo tuvo un recuerdo emocionado con don Apolinar Siguero Lagunero, mancebo de botica en La Poveda de la Obispalía, pedanía de Altarejos, en Cuenca, Spain. Don Apolinar Siguero, antes de fallecer perdió a su esposa, no por las fiebres, que entonces era lo normal, sino por abandono. Se le marchó con el boticario titular a ver las luces de la Navidad en Madrid desde un taxi de gasógeno.

Eso le pasó, dijo don Serapio en su discurso, por casarse con una mujer que no era de su familia.

Y es cierto. El matrimonio, esa institución que al decir de don Matías está sobrevealorada, nunca acaba bien salvo que se lleve a cabo entre gentes de la misma sangre.

La cigüeña, dijo don Serapio, encuentra siempre su campanario. Lo encuentra sin equivocarse. Lo mismo le ocurre al vencejo con su pequeño nido colgado bajo el alero del tejado. O al perro que vuelve a casa desde distancias enormes, o a la abeja con su panal. Los animales, queridos amigos de Poveda de la Obispalía, nunca se equivocan. Y si tienen que elegir pareja lo hacen con hembras de su misma familia.

En aquel mismo instante, y desde el mismo cielo o desde una altura similar cayó una cagada de paloma. Una cagada generosa y cumplida como una bendición y fue a parar sobre la frente amplia del pregonero don Serapio.

Los mozos, que se toman todo a risa, se mofaron con grandes risotadas y dieron orden a la charanga para que tocasen algo. Las mozas comenzaron a bailar y el polvo de la plaza, aún sin regar, subió hasta el mismo balcón del ayuntamiento. Allí, don Serapio, que seguía impávido con la cagada de la paloma en la frente, notó como esta, por el polvo de la arena de la plaza, se le endurecía y se secaba formando una especie de grano sucio y repugnante.

El señor alcalde trató de quitárselo con la punta de la navaja y la reina de las fiestas, la señorita Obdulia Carajal, estudiante de peluquería, avisó al cabo de la guardia civil quien se presentó con dos números y un cabo vestidos los tres con sus trajes de gala y sus tricornios festonados de amarillo y llevaron a don Serapio hasta el pilón donde fue arrojado para ablandar la cagada que ya estaba dura como el cemento.

Una vez recompuesta la frente del conferenciante quiso este volver al ágora para terminar su pregón. Peluso, el alcalde, que sobre ser bastante burro conocía bien a las gentes, le convenció para que diera por terminado su cometido. Don Serapio insistió pero enseguida desistió cuando uno de los músicos se arrancó a cantar aquello de “si te cagao la paloma jodeté, jodeté…”

Si en este país, que aún se llama España, hubiese un mínimo de razón se cogería uno a uno a los músicos de la charanga (dijo) y, bajo las banderas del ayuntamiento y por un par de damas de honor cuidadosamente seleccionadas y primorosamente aleccionadas, se les caparía con dos piedras de pedernal, echando al viento las piltrafas de sus molidas turmas, para que sirvieran de alimento al murciélago, animal quiróptero medio ciego y zascandil, que vive apoyado en las cinco vocales del idioma castellano.

Jesús, don Serapio, qué manera de señalar

Y tanto, Peluso. Y tanto

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Una respuesta a “EL PREGÓN

  1. La Aguela

    Muy bien muy querido juglar, más le requiero explicación del primer párrafo dado que mi mente tosca “no lo pilla”, el segundo requerimiento es a cuenta de Don Matías, para puntualizarle a Ud. que él, Don Matías, no sobrevalora esa institución si no otra.
    Atentamente….