CERTIFICADOS QUE CERTIFICAN


Los certificados de defunción certifican –que para eso están- la muerte administrativa o burocrática de los finados –o presuntos finados-pero no la muerte cierta. Es verdad que siempre suelen coincidir un tipo de muerte con la otra pero, mire usted por dónde, aunque poco habitual, no siempre lo hacen.

Don Tribuno Esperanza y Gallarta –se pone la conjunción copulativa para demostrar que Esperanza es apellido y no nombre- murió, administrativamente, treinta años después de partir (el báculo en una mano y el fardelillo breve en la otra) camino de la Argentina en busca de la fortuna que La Mancha, esa tierra de quijotes y molinos, le negaba. Su reciente esposa, la Esperancita Álvarez Gil, de profesión sus labores, tras no saber más del Tribuno se casó, en segundas nupcias y tras recibir el certificado de defunción del emigrante, treinta años después, en la localidad de Cortijo de Tortas, Albacete, su pueblo, un quince de febrero, festividad de santa Jovita, con el Cástor Esperanza y Torres, ex cura párroco y primo hermano del difunto.

El cura a la fuga, tras levantarse del tálamo, se dirigió a la puerta esperando que, el lechero le hubiera dejado su botella de semidescremada en el quicio de la misma. Quería hacerle a su Esperancita una quesadilla de almuerzo y quedar como un marido ejemplar. Pero no, lo que se encontró, tras su noche de bodas el antiguo perito en almas, fue al primo Tribuno en cumplidas carnes y cueros. Fue tal la impresión que se llevó que del aire que le dio tardó en curar más de dos décadas.

Como el matrimonio no se había consumido, aunque sí consumado, se dio por válido pese a la renuencia de la Esperancita que vio así cómo se esfumaba la posibilidad de heredar, en un futuro, los abundantes cuartos que el Tribuno había amasado en la Argentina y que, una vez juntados, traía a España para compartir con ella.

¿Y cómo es que no escribió en estos treinta años a su esposa?, le preguntó el juez con mucho fundamento

Pues ya ve usted, señor juez, servidor que no gastaba en latines e instrucción. Además, quien iba a esperar tan poca paciencia de una esposa.

Claro, claro…

¿Y ahora qué hacemos?, le preguntó el juez. Si usted quiere podríamos escribir a Madrid, para que nos confirmen si usted está difunto o, por el contrario, está vivo. Para que nos digan si la Esperancita es viuda, bígama o qué otra cosa es.

Deje, deje, le dijo el Tribuno, que yo me acomodo en la pensión hasta final de agosto y, antes de que llegue el invierno, me marcho a Marina D’Or, ciudad de vacaciones, donde tengo una amiga que tiene más paciencia que la Esperancita.

No todas las personas, claro, ni los casos, se resuelven con tanta facilidad. En algunos otros, como aquel de la bella localidad transilvana de Zamfira donde un supuesto guarda del depósito de cadáveres resucitó, por métodos distintos del socorrido boca a boca o del más habitual del masaje cardíaco a una joven transilvana. Al parecer, y según la prensa, estando el joven sobre la difunta, esta, quiero decir la falsa muerta, al notar determinada sensación grata tan distinta de las artes funerarias, sonrió, se incorporó y, muy educada, le agradeció sus cuidados que, según dijo, iban más allá de lo que el contrato laboral le exigía.

Se desconoce, porque la prensa, sobre inventarse las noticias no sabe rematarlas de forma literaria y novelesca, si los padres de la joven resucitada, en agradecimiento al celador, le premiaron con la mano de la difunta o, por el contrario, el necrófilo funerario fue encarcelado o si se recuperó de la impresión y se cortó la coleta –dicho sea sin ánimo de señalar- para siempre jamás.

Los certificados, ya se ponía más arriba, certifican, aunque no siempre con notable éxito aquello para lo que fueron concebidos. La administración, ese parásito que todos llevamos encima y al que recebamos con nuestros impuestos, es constante y machacón pero, ¡vaya por Dios!, algunas veces, por aquello de que no hay mejor cuña que la de la propia madera, se encuentra con la horma de su zapato y queda, retratado, con la camisa subida y el ojete al aire. ¡Que se jodan!

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Una respuesta a “CERTIFICADOS QUE CERTIFICAN

  1. La Aguela

    Muy bien Don Dímas, muy bien explicado, hasta servidora lo ha entendido y ¡ah¡ que se jodan, si señor.