LA TRÁGICA Y AZAROSA VIDA DE CASTA NICOLASA Y SU ESPOSO GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (Drama rural de tintes folletinescos)

En el caserío que ahora se conoce como Torrubia de Soria, muy cerca ya de la mojonera de Aragón nació, en el año en que las Cortes nombraron a Espartero regente, doña Casta Nicolasa Esteban y Navarro, hija que fue de don Francisco Esteban, natural de Pozalmuro y de doña Antonia Navarro, descendiente de una distinguida familia de Noviercas, todos ellos en el país que llaman Soria. Don Francisco, médico de profesión y especialista en enfermedades venéreas, ejerció en San Felices, Noviercas, Yanguas y Torrubia antes de desplazarse a Madrid para poner fin a su carrera. Tras su vida laboral vuelve a Noviercas donde fallece el día de san José, esposo de la Virgen, del año 1876. Pero no es de don Francisco, sino de su hija, la señorita Casta Nicolasa, de quien vamos a hablar. De la señorita Casta y de don Gustavo Adolfo Bécquer, su esposo a quien, al parecer, conoció como paciente de su padre. Al padre, como es natural y lógico, no le hacía ni puñetera gracia que su hija, de diecisiete años, se liara con un enfermo de sífilis. Pero mira… debió de pensar.

Casta y Gustavo Adolfo eran dos jóvenes adelantados a su tiempo. Al parecer cohabitaban antes de casarse –calle madrileña del Baño- en unos tiempos en que los bares se llamaban cafés y tenían nombres de países lejanos, de casinos gremiales y de exóticas joyas (el Mercantil, el Casino Militar, La Perla de Catanambú, el Platino…). Tiempos en que el Concordato prohibía ir del brazo de las mujeres, máxime si eran extranjeras. Gustavo Adolfo había roto con una misteriosa enamorada de Valladolid y Casta con su novio. Un clavo, otro clavo saca…

Gustavo Adolfo vivió siempre una vida bohemia y Casta una más regalada. La relación del matrimonio, por ello y otras razones, se va deteriorando. Gustavo Adolfo era un pelele de su hermano Valeriano. Casta termina hasta el castoreño de su cuñado y de cuidar niños mientras que Gustavo Adolfo se da a la vida literaria y el cachondeo por lo fino. Además de ello, y por si era poco, el poeta, que la ve como un freno a su vida romántica, la envía a Noviercas para protegerla de la revolución que terminaría por echar a la reina Isabelota, la del Canalillo, del trono. Gustavo Adolfo se queda en Madrid pues curra con González Bravo, en El Contemporáneo, periódico afín a Narvaez. Al caer Isabel el Gustavo Adolfo queda cesante y tiene que refugiarse en Noviercas donde al muy bobo no se le ocurre otra que ir con el pelma del Valeriano. Casta, que los encontró en el quicio de la puerta como dos vendedores de Avon, se le puso una leche que para qué y decidió darle celos para ver si espabilaba. ¡En qué hora se le ocurrió!

Casta era resultona, y tenía gracia y coquetería por un tubo y empezó a tontear con El Rubio, un macarra, pariente de los Borovia, una familia de toda la vida de Noviercas. Tenían la misma edad y Casta le hacía ojitos de niña, cuando venía de Madrid, en plan veraneante capitalina. Ocurre que El Rubio ya estaba casado y tenía un par de churumbeles lo que, en el pueblo y en aquella época, fue un escandalazo de aquí te espero y vio en este tonteo una forma de sacar la pasta a la Casta y al resto de la familia.

 

«Cuando me lo contaron sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas […]

Cayó sobre mi espíritu la noche»

El caso es que el Gustavo Adolfo que se entera sale a la plaza a buscar a El Rubio y se lió la cosa lo que no se puede usted imaginar. Que si chuloputas, que si poetucho, que si la tienes más abandonada que el hall de Atapuerca… en fin, ya se pueden imaginar. El Gustavo Adolfo, mosqueado, se larga con su hermano a Soria y, posteriormente a Toledo y Madrid.

Pero miren ustedes por donde, un 15 de diciembre, festividad de san Baco el Joven, viene al mundo el tercer hijo, Emilio Eusebio –hay que ver esta familia Bécquer parecían venezolanos poniendo nombres- al que, la gran mayoría, adjudica a El Rubio. Como Valeriano, el cuñao, había muerto, el matrimonio se vuelve a reunir dando, así, tintes de oficialidad de que el mayor de los Bécquer era un palizas y culpable de las riñas familiares. Tres meses después, el día de la lotería, el poeta entrega la cuchara, al parecer, a resultas de un infarto en el hígado, a la edad de 34 años. Casta tenía, tan solo 29.

Casta volvió a casarse, esta vez en Noviercas, con Manuel Rodríguez Bernardo, asturiano y recaudador de impuestos de Hacienda. Dura poco porque, de nuevo El Rubio aparece en escena. Resulta que un martes de Carnaval la Casta y el asturiano van a casa de unos amigos y El Rubio se puso patoso. Al parecer se disfraza de Mihura corniveleto y aparece en la fiesta con un cartelón colgado con el nombre de Gustavo Adolfo. Le echaron de la fiesta y, en vista del mal ambiente, el recaudador le dice a Casta que vale, que se alegra, pero que para casa que se está haciendo tarde. No hacen más que salir y ¡catapún! Suena un tiro y Casta ve cómo el asturiano cae al suelo tieso como la mojama. El pueblo, ese ente tan caritativo y justiciero escribe hasta unas rimas tan crueles como redondas:

Yo con Casta me casé

porque la creía casta

yo por casta la adoré

y hoy reniego de su casta».

El pueblo, decía, da por seguro que el matachín ha sido El Rubio pero, como no consiguieron demostrarlo éste salió de rositas. ¡Qué cabrón!, se dirá usted. Vaya potra que tuvo. Pues no. Resulta que El Rubio era algo colega de El Chupina, un bandolero con leyenda escrita y leída en cordel de ciego que decía así:

 

Salve Reina de los cielos

amparo del afligido.

Dadme luz para explicar

el nuevo caso ocurrido

en este presente año

de mil ochocientos setenta y dos

en la provincia de Soria

y en el pueblo de Beratón

de ciento veinte vecinos

situado al pie del Moncayo

y en territorio muy frío

pero que habitan en él

algunos ricachoncillos

cuyos bienes codiciaron

los desalmados bandidos.

El caso es que El Chupina y El Rubio salen a ganarse la vida con sus asaltos y Dios, que cuando aprieta ahoga lo suyo, decide que ya está bien y que a El Rubio le había llegado su hora.

El caso es que la rueda del infortunio -pasó más hambre que Dios talento y tuvo hasta que mendigar por las calles de Madrid- siguió rodando la cuesta abajo del mal fario para Casta hasta que, en marzo de 1885, es ingresada en el Hospital Provincial madrileño, donde muere un 30 de marzo a consecuencia de una encefalitis. Gerardo Diego dijo que sí pero que murió al abrasarse intentando encender un quinqué. Esto, como un supuesto ejercicio de la prostitución, entra dentro de la imaginería y del Corazón, Corazón de aquella época.

El matrimonio es asunto de mucha complicación, de no menos trabajo de atención y vigilancia continua y, por qué no, de algo de suerte. He conocido hombres y mujeres que están perfectamente capacitados para relacionarse pero absolutamente incapacitados para una relación definitiva. No seré yo, que disfruto de él, quien reniegue del matrimonio, pero tampoco lo promoveré a tontas y locas. Quien quiera peces, ya sabe… A mi me vale con explicar este drama rural de Soria que, ciertamente, tienen tintes de folletinesco.

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Una respuesta a “LA TRÁGICA Y AZAROSA VIDA DE CASTA NICOLASA Y SU ESPOSO GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (Drama rural de tintes folletinescos)

  1. La Aguela

    Asombrado me deja Ud. con estos ripíos tan espontaneos y bien armados.
    La historia, muy ejemplarizante y a fé mía, verídica que diría aquel humorista andaluz.