UN PASEO OTOÑAL POR LANGA DE DUERO


El ferroviario como no es soriano de nacimiento aunque sí lo sea de nombre, se maravilla con cada paisaje de este pueblo y de la provincia entera. Al ferroviario le gustan, especialmente los decorados que en el Salcedo, junto al río, nos regala Natura. El cambiante tornasol; el majestuoso maíz; siempre tan altivo, el chirlomirlo; que dicen en Salamanca, cuando vuela espantadizo al paso del caminante y la verde hoja de la remolacha. El paisaje en el Salcedo es austero, como corresponde a este viejo reino, pero está lleno de admiración y respeto para quienes lo vemos así. En Langa el río no corre lamiendo el caserío, como en el resto de los pueblos, sino que se aleja de él. El viejo Duero, padre de la provincia, ese Duero de arco de ballesta machadiano, pasa por Langa convertido en apenas una vena de agua estrecha y poco profunda. En él la pesquería es escasa pero otrora sabrosa: barbos, cangrejos y algunos otros peces que este escribidor no sabría nombrar. A cada lado del río una umbría chopera que, al mover el viento, suena rumorosa como agua de mar y que, al llegar su tiempo, tiñe de pelusa ambas dos márgenes del río. Tras pasar el viejo puente de piedra un tapiz de huertos separados por tapiales de piedra seca y musgosa. En ellos verdean golosos tomates, picudos pimientos y desenterradas cebollas dulces que toman el sol como jubilados gozosos antes de su recolección. Al final del puente la carretera se bifurca. Por un lado, a su derecha –dejando a la espalda el caserío del pueblo- el camino lleva hasta el monasterio de La Vid, en el pueblo homónimo. El camino es sombreado y se va acompañando al río hasta el mismo corazón del cenobio. Los monjes, antaño, plantaron una amplia suerte de árboles de distintas razas y convirtieron el camino en arboreto curioso que hace las delicias de los amantes de la botánica. A medio camino existe una elevadora de agua y una mancha magnífica de pino donde descansar y tomar un bocado reconfortante y salvador. Si el camino que hemos tomado es, por el contrario, el de la izquierda, lleva a Soto de San Esteban donde muere en la carretera de San Esteban de Gormaz. Al salir de Langa con dirección Soto se pasea entre huertos y nogales frondosos. Nogales que apedrean su fruto al llegar el otoño con sus frutos duros y semejante a pequeños cerebros. El nogal, como el olmo, posee flores masculinas y femeninas. Así, al igual que se habla de olmas podría hablarse de nogalas. A estas disquisiciones se llega cuando se camina solo, sin más compañía que la propia voz que, nuevamente citando a don Antonio, habla sola para hablarle a Dios un día. A la derecha del camino un ramal nos lleva hasta la ermita de Nuestra Señora de El Paul de la que los langueños son muy devotos para el rezo, aunque no así para la conservación de sus accesos. Hasta la ermita se atraviesa un campo sembrado de colza o de esparceta, según el año. El margen derecho está tachonado de manzanos perdidos. Viejos árboles que se han secado. Más allá una zona umbría y muy húmeda lleva hasta la ermita. En la entrada del oratorio una vieja bomba de agua que han tenido que blindar para que no se lleven. Después de la ermita el camino lleva a un molino –el del Conde- abandonado y ya en ruinas. A la izquierda del camino los espinos, los escaramujos –los populares tapaculos- y los endrinos que, con la llegada de noviembre maduran azules y ásperos a la espera del aguardiente que los convertirá en pacharán. A lo largo del recorrido picarazas, mirlos, jilgueros, gorriones y toda suerte de pequeños pájaros cantan nuestro pasear. Si continuamos un poco más allá llegaríamos hasta el despoblado de El Castril donde, según leyendas y escritos que aún se conservan, existió un pueblo llamado Castril –y otros llamados Cubillas y Oradero- que tuvo que ser abandonado tras sufrir una plaga de culebras. No sé si será cierto, pero sí que lo es que, de caminar en verano, los chínfanos y fínifes, al decir de los langueños, te pueden poner como un eccehomo. Es triste ver su iglesia románica derruida y abandonada, con sus paredes aún enhiestas pero ya sin tejado. Es triste el abandono de estas tierras, de estos campos, de estas gentes. ¿Oiga, Soria, y no hay nada más agradable que contar? ¡No lo ha de haber! Mire usted hoy han premiado a un hombre ejemplar de este pueblo, don Miguel Ángel Ortíz Latorre por la calidad de su trabajo, por un esfuerzo ímprobo para dotar al pueblo de trabajo, de vida. Y ese trabajo y ese esfuerzo, como ocurre siempre recibe hoy su premio. Por eso y porque es mi amigo he querido dedicarle este post que habla de su pueblo. Un pueblo que ya también es mío. Muchas felicidades, querido Miguel Ángel. A tí a Eva, a los niños y, ¡cómo no!, a tus padres.

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2 Respuestas a “UN PASEO OTOÑAL POR LANGA DE DUERO

  1. La Aguela

    Me uno a esa felicitación, FELICIDADES Miguel Angel.
    Y para Ud., Soria, felicitaciones por tan buena guia de viaje.

  2. Muy bonita redacción me he sentido como si estuviera allí mismo, felicidades a tu amigo.