MARIANNE Y SU SOMBRERO


Doña Vitesinda Pozas de Martínez cogió unas purgaciones de gonococo y estaba más contenta que unas pascuas.

¿Se ha fijado, don Witiza?, todo acabado en o, go-no-co-co. Casi suena como rococó, pero en enfermedad.

Es que usted, doña Vitesinda cuida mucho las formas y está a la última, no como esas pellejas que salen en el televisor enseñando las casas. Que mucho presumir pero son las filipinas, y las rumanas, las que les tienen la casa como los chorros del oro.

Y tanto, don Witiza. Y tanto.

Doña Vitesinda Pozas de Martínez se sintió agradecida a las palabras de don Witiza y le permitió, no solo que la tomara del talle y palpara con sus manos los bolsillos traseros del pantalón vaquero, sino que hasta se puso colorada cuando don Witiza le echó un piropo.

A usted, doña Vitesinda, la fecundaba servidor de usted, de mil amores.

Por Dios, don Witiza, que una ya no es un polla.

¿Eh?, dijo don Witiza, que estaba algo sordo y no pilló el conceto, que diría Pepiño Blanco. ¿Qué ordinariez es esa? Ahí se queda usted, tía deslenguada. ¡Será posible la ordinaria de ella…!

Oiga, doña Fridolina, ¿musitar en envidar entre dientes?

No. Musitar no alude al juego de naipes, dijo don Witiza poniendo pose de patricio. Musitar, lo que viene siendo musitar es hablar bajo y sin que apenas se aprecie.

Cuanto le agradezco a usted que me corrija al hablar, don Witiza. Es que una, ¿sabe usted?, es de natural burra.

Claro, claro, dijo don Witiza mientras se abrochaba los botones de la bragueta.

Mientras, en los balcones de la casa, las oscuras golondrinas volvieron y llenaron de mierda todo el antepecho del balcón. Las oscuras golondrinas, salvo para hacer ripios no sirven para otra cosa que no sea ensuciar paredes y muros.

Diga usted que sí, don Baldovino. Y deje usted ya de meter la mano al plato del pollo al ajillo que me va a dejar usted a dos velas.

Usted dispense, doña Ogarita. Es que uno, llegándose hasta Fuencarral, le entra un afán por el pollo y el conejo al ajillo que para qué. Ya lo decía el libro de los Salmos, que el abismo atrae al abismo.

Pues aparte usted del abismo que, además, siempre coge muslo. Ya podría, por variar, darle un tiento a la pechuga y dejar el muslo para la que paga.

Doña Ogarita, se conoce que en justa correspondencia al gorroneo de don Baldovino, soltó tan eructo que fundió los plomos del restorán.

¿Qué ha sido ese ruido?, preguntó el maitre asustado.

Yo creo que han caído las torres de la ciudad deportiva del Real Madrid, dijo la doña Ogarita, por disimular. Al don Baldovino, de resultas del eructo, tuvieron que echarle por la nuca más de seis litros de agua fría para volverlo en sí.

¡Qué tía!, dijo el don Baldovino cuando recobró el sentido.

Este don Baldovino, dijo el maitre, es un viejo verde de cuidado. Pues no que recobra el sentido y no tiene otra ocurrencia que echarle un piropo a la doña Ogarita…

¿Qué, doña Ogarita –preguntó el maitre- traemos un postre?

No señor. Muy agradecida. Servidora con una faria y un par de copas de Machaquito va bien servida.

Ya no hay mujeres como aquella ¿Se acuerda usted, don Witiza?

No me voy a acordar. Era como la Marianne franchuta, se sacaba una teta del vestido, se ponía un gorro frígido, cogía una bandera, la que fuese, y encabezaba cualquier manifestación.

Oiga, don Witiza, yo creo que no existe eso del gorro frígido. Yo creo que el gorro de la Marianne se llamaba gorro frigio.

Usted siempre puntualizando. El día menos pensado va usted a ir a por el pan y va a acabar denunciando al panadero porque vende pistolas. Será pijotero.

Perdón, perdón. No era mi intención molestarle. Siga usted con su relato

Pues eso, ¡no te digo…!

Las mujeres menos agraciadas en asuntos de la belleza –vulgo feas- se manifestaban tras la doña Ogarita, la del gorro frígido, cogidas del brazo. Algunas, las más atrevidas, estaban a favor del amor libre. ¡Pobrecillas…!

Oiga señorita, le dijo a una de ellas don Segis, el cerillero del snack Almóndiga’s, de Turégano, Segovia, no sean ustedes bobas. Si piden el amor libre, con ese aspecto y ese careto que tienen no van a conseguir nada. Pidan el amor obligatorio, y así, al menos, tocarán pelo.

¡Bueno, bueno la que se lió! Que si machista, que si mujerófobo, que si mamífero (las señoritas educadas nunca dicen mamón, sino mamífero). Si no le sacan de allí dos vigilantes jurados del edificio de la ONCE le habían hecho picadillo. ¡A quien se le ocurre!

En el sabinar de Calatañazor las sabinas crecen lentamente. La sabina albar -Juniperus thurifera- es árbol de porte arbóreo, como no podía ser de otra forma y gran altura y es una reliquia del Terciario. Mientras don Segis se ocultaba de las feministas cuervos, picarazas y zorzales esperaban a que cambiara la hora antes del día de Difuntos. La cigüeña crotorea, el gorrión gorjea, la golondrina trisa, el autillo aulula, la lechuza chuchea y la paloma zurea.

¿Y don Segis?

Don Segis bastante tenía con esconderse de las feas. Pobre, don Segis, cómo se ha de ver por una observación sin maldad.

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Una respuesta a “MARIANNE Y SU SOMBRERO

  1. La Aguela

    Este ¿nuevo? estilo, está siendo cada vez mejor, ¿a que si, D. Dímas?