LA BANDA SONORA DE NUESTRAS VIDAS

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La Persífona Uceda Trifón estaba enamoradísima de su Eudaldo. No había noche en que no se le declarara, entre la cochura del torrezno y la fritura del par de huevos, con perdón, siempre le decía lo mucho que le amaba. El Eudaldo, que siempre fue menos dado a dengues enamoradizos le decía aquello de: calla y fríe que me está entrando el sueño. Y es que al Eudaldo, en esto de los amores no había quien le pusiera la pierna encima. ¡Qué tío el Eudaldo!
Pero ocurre en los matrimonios lo mismo que con las tabernas de éxito; que si no se las atiende en condiciones viene una franquicia y se queda con ellas. Eso le pasó al Eudaldo con el Casianín, un veraneante del pueblo de al lado quien, en un arranque, y sin avisar, le dijo a la Persífona aquello de mira, chata, yo bailo siempre con la más guapa, lo de bailar con la más fea se queda para los maridos. Y es que el Casianín, aunque ustedes no lo crean, además de chulo y guapo era dado a las filosofías.

La Persífona se pasaba los días y sus noches con el arradio, que decía ella, puesto todo el día. Lo que más le gustaba era el programa de peticiones del oyente. No sabía, si le gustaban más las canciones, o el misterio que acompañaba a cada petición.

Soy Piscis. Les ruego dediquen el bolero titulado Tres cruces, para quien ella sabe…

La Persífona, a quien gustaba mucho la canción Un ramito de violetas, de la llorada Cecilia, soñaba que era su Eudaldo quien, sin que ella lo supiera, le pedía al programa que pusieran el bolero Tres cruces. Pero no; el Eudaldo, ya se dijo, no era especialmente romántico.

A continuación, dijo el locutor, de Casianín, para quien ella sabe…

A la Persífona se le fueron los pulsos y, de no ser por el burro de la plancha, se hubiera desmayado.

¡Ay, charrán, se dijo para sí. Tú sí que sabes lo que quiere una mujer y no el cafre este del Eudaldo.

A través del las ondas hertzianas la voz melosa, canora de Miguel Matamoros, el ritmo alto de Siro Rodríguez y la guitarra de Rafael Cueto, o sea, el Trío Matamoros iba desgranando, verso a verso, como decía Machado, su Lágrimas negras.

La Persífona dejó la plancha sobre la pechera blanca, nívea, prístina de la camisa del Eudaldo y tan solo el olor a quemado la despertó de la ensoñación. La marca de la plancha, sobre el lado izquierdo de la camisa, quedó como el escudo del Atlético de Madrid.

¡Qué se le va a hacer!, pensó la Persífona mientras tiraba la camisa y azuzaba el fogón para levantar el hervor a los michirones. Los michirones, aunque murcianos y cartageneros, tienen su aquel también en otros lugares del reino, no crean.

Desde la esquina de la casa llegaba hasta la taberna del Zángano el aroma dulce de las habas y el untuoso olor a los taquitos de jamón que las acompañaban.

Ya está preparada la comida, dijo el Eudaldo al resto de compañeros de la barra.

Aquí les dejo, señores. Voy a meterle mano a lo que me ha puesto en la mesa mi Persi.

Pues si se anima, amigo Eudualdo, y ya que está en el asunto de meter mano, mire a ver si cumple con la muchacha.

Quite, quite… esta mujer es muy de bailar y escuchar el arradio. Y a mí, estas cosas del romanticismo no me gustan nada.

Yo se lo digo por lo que se dice por ahí

¡Bah!, rumores sin fundamento. Cosas de pueblo. Con Dios, señores

Con Dios

El Eudaldo entró en casa y se dirigió sin preámbulos a la cocina donde, esperaba, estaría ya el plato con los michirones preparados.

¿Y la comida?, preguntó

Mira, Eudaldo. Lo nuestro va camino de letra de tango, ¿entiendes? Y antes de que termine con letra de tango prefiero que sea con letra de bolero ¿entiendes?

El Eudaldo miraba a la Persífona como las gallinas a los aviones.

Pero, pero…

Compréndelo, vida mía. Aunque tú me has dejado en el abandono, aunque tú has muerto todas mis ilusiones, yo, lejos de maldecirte con justo encono…

No llegó a terminar la frase cuando vio que el Eudaldo se abalanzaba hacia ella con cara de Glenn Ford abalanzándose hacia Gilda, echó mano al sifón y le arreó tal sifonazo en la frente al Eudaldo que tuvieron que darle treinta y seis puntos de sutura.

La Persífona ni se inmuto, ni volvió la vista atrás. Mientras los compañeros de tinto del Eudaldo se lo llevaban a la casa de socorro ella se cogió su maletita, como Peneeeeelope y se sientó en un banco en el andén. Y esperó que llegara el primer tren, meneando el abanico.

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Una respuesta a “LA BANDA SONORA DE NUESTRAS VIDAS

  1. La Aguela

    Con 2 ovarios La Persífona, hizo lo que debía, si señor.