LA TIZA DE STORTON

Jack Storton, el detective Storton, era un tipo peculiar. Le gustaban las noches claras, los días oscuros, el whisky caliente y las mujeres frías. Al detective Storton no le gustaban la policía, los soplones, ni esos periodistas aficionados a levantar los cadáveres antes de su fallecimiento. Jack Storton, el detective Storton podría pasear, entre el lumpen de los bajos fondos acojonando al personal con la sola presencia de una tiza en su mano. Jack Storton había hincado su rodilla en todas y cada una de las calles de la ciudad trazando, con su tiza blanca, perfiles de asesinados. A lo largo de una década no hubo muerto en la ciudad que no hubiese disfrutado, entre la visita del forense y la del capitán Steward, del perfil de cal dibujado por Storton. Ahora Storton había abandonado la policía y tan solo echaba en falta de su trabajo aquellas ruedas de reconocimiento en la parte de atrás de la comisaría, o los interrogatorios en los que el detenido no sólo cantaba, sino que bailaba y siempre lo hacía con la más fea.

La comisaría de Storton era una cloaca. La humedad había llenado de líquenes los desconchones de la pared y el musgo parecía pintar de verde un imaginario zócalo que llegaba hasta la altura del cinturón de la canana. El mostrador de la comisaría estaba atendido por el sargento O’Callahan un griego que cambió su apellido por uno irlandés para obtener el puesto apoyado por el sindicato. El sargento O’Callahan fue el primero que le avisó de la que se avecinaba.

Ten cuidado Storton, el capitán busca un chivo expiatorio en el asesinato de Betty la Corneja. Ya sabes que nunca fuiste santo de su devoción.

Al parecer Betty la Corneja, una starlet del club Amazon había sido asesinada y el perfil pintado por la tiza de Storton se asemejaba más a un mafioso siciliano que a una joven y aún bella vedette. El capitán Steward creyó que Storton, con el perfil trazado por su tiza, estaba dirigiendo hacia la mafia la investigación. Al capitán Steward, aunque nadie lo asegurase en voz alta, todo el mundo le relacionaba con la familia de don Salvatore.

Capitán, aquí tiene mi placa y mi revólver. No puedo pertenecer en esta policía que usted dirige. Con gente como usted el único delito que podría no cometer sería el de cruzar el semáforo en rojo.

El capitán Steward cogió la placa con dos dedos como quien coge el pene de un difunto en una autopsia y se la entregó al sargento O´Callahan. Sargento, dijo el capitán Steward, quiero que este imbécil de Storton pase tanto hambre en la vida que tenga que vender la dentadura por falta de uso.

Storton, pasadas unas semanas se pasó por el Amazon para preguntar por la Corneja a sus compañeras. Scarlet, la mujer del guardarropa, entregó al detective, por debajo de la cajita de madera donde descansaban los pitillos sueltos sobre un paño de terciopelo de color burdeos, una caja de fósforos con un número de teléfono. Storton metió cinco dólares convenientemente doblados en el valle de los dos montes que coronaban la cordillera de la cintura de Scarlet. Esta le sopló un beso que, antes de llegar a su destino perdió el rojo brillante del pintalabios en el camino..

Storton llamó al número y, al otro lado del auricular, se escuchó la voz gangosa, de profundo acento siciliano, de Fredo Mascarpone, el segundo de don Salvatore.

¿Presto?

Fredo, soy Storton, dile a don Salvatore que la tiza que va a pintar su contorno ya está afiliada y preparada.

Fredo colgó el teléfono y, nervioso, sopló el mensaje en la oreja de don Salvatore. Este palideció y se quedó mirando hacia el teniente Steward quien, frente a él, aspiraba un plato de linguine con salsa boloñesa. Don Salvatore sonrió de forma imperceptible y, de entre sus piernas salió un tiro que sonó como la tos de un bisonte. El capitán Steward cayó sobre sus linguine y la boloñesa se confundió con el reguero de sangre negra que caía de la comisura de sus labios.

Dile a Storton, Fredo, que tire la tiza. Ya no necesitamos de sus mañas.

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Una respuesta a “LA TIZA DE STORTON

  1. La Aguela

    Me ha gustado, ha sido diferente, corto, muy corto para mi gusto pero como anticipo, muy bien.