LA MUERTE DEL MUERTO

Sobre el campo vacío, inerte, silencioso, pasan las interminables horas de la noche con lentitud, con su paso de lobo. De vez en cuando, muy de vez en cuando, el canto nocturno del mirlo rasga la fina capa de silencio. A lo lejos el rumor de la chopera y el discurrir monótono del río rompen el hermetismo. Noche y silencio…El Críspulo camina cuidando donde pone el pie. Se diría que su paso es rápido y etéreo como el de la raposa pero no, no es rápido y liviano, sino lento y firme. Apenas se ve a un metro de distancia. Las márgenes del río, bajo el viejo puente de piedra, están cubiertas de un ramaje que se va depositando en ambas orillas. Las junqueras y las mimbreras, rilan con el paso de la corriente. Por encima del puente un serrijón de piedra caliza, seca, y áspera reluce cuando la luz de la luna aparece tras una nube. Una garza sentada, empollando, asusta al Críspulo que calla para evitar que eche a volar. El Críspulo teme a las aves tanto como al ruido. Las aves son aliadas de los guardias y estos, como cada noche, están despiertos junto al río, escondidos, parapetados tras los chopos a la espera de los furtivos.

Del otro lado del río un rumor, apenas imperceptible, para un oído no acostumbrado a la noche, le obliga a esconderse detrás de una zarza. Al otro lado del río un hombre arrastra un bulto pesado. El hombre jadea mientras sigue arrastrando su carga. Sí, se trata de un cazador furtivo que arrastra al cuerpo de un corzo adulto. El Críspulo está escondido y sigue atento los esfuerzos del cazador sin atreverse a mover un dedo. Estos cazadores furtivos no se andan con chiquitas y podrían disparar contra cualquiera si se ven descubiertos. De pronto el cazador se detiene y abandona su presa. Se agacha y permanece en cuclillas, como para abalanzarse de un salto contra algo o contra alguien. Un haz de luz brillante se apodera de la noche como si una puerta se abriera y un rayo de luz blanca, brillante y cegadora invadiera la noche. Dos personas salen del haz de luz. El furtivo alza su arma y apunta a las dos apariciones. Una potentísima luz amarilla sale de una de la palma de la mano de uno de los aparecidos y fulmina, en el acto, al cazador. El Críspulo deja escapar un pequeño gemido y los dos aparecidos iluminan, con sus manos, la margen contraria del río. El Críspulo, agazapado, no es descubierto y, una vez que desaparecen los dos fantasmas se marcha corriendo hacía el pueblo abandonando, en su huída, los reteles, el cebo y las capturas que ya llevaba en un pequeño saco.

El pueblo ha comenzado a despertar. Una bruma de color gris perla sube del río. Se escucha la algarabia del balido de cientos de ovejas, el correr de los cerrojos de las puertas de las cocheras, el trasiego de los tractores y otros aperos. El ruido de los esquilones de los carneros invade el espacio.

¡Críspulo! Le grita el Andresito. ¡Críspulo…!

¿Qué quieres? ¡Sube aquí y no grites!

El muerto, dice el Andresito. Los guardias han encontrado muerto al muerto. Estaba junto al río. Llevaba un corzo viejo, como él. Y le han encontrado muerto. Parece que la ha caído un rayo.

¿Un rayo?, dice el Críspulo. Ayer no hubo tormenta.

Eso dicen los guardias. Que es raro que le haya matado un rayo. También, dicen, han encontrado en la otra orilla un saco de cangrejos y unos reteles. Dicen que si eran tuyos. No sé, yo creo que, sin tardar mucho vendrán a buscarte. Si estás en el ajo huye. Sal del pueblo cuanto antes.

Pero el muerto… ¿Quién era?

Ahí está lo raro. El muerto llevaba muerto más de diez años. Según dicen en el pueblo a este muerto ya le enterraron hace diez años y ahora resulta que está recién muerto. La guardia civil lo está investigando. Por eso aún no han venido por ti. La gente, ya sabes, en cuanto han descubierto los reteles han dado tu nombre.

¡Mierda! Cuando aprenderán a callar…

El Críspulo comenzó a liar un hatillo de ropa. Un par de camisas, un pantalón y un gabán de cuero. Un mechero, un par de costillares secos de la matanza y un perolo de aluminio para guisar. Me voy, Andresito. Tú no se lo digas a nadie, pero ya sabes dónde estaré. Si puedes, en unos días me visitas y me traes el resto de cosas. Ten cuidado que no te sigan. ¿Me entiendes? La cosa es gorda. Los que han matado al muerto no son de aquí. Ni del pueblo, ni de la provincia, ni de este mundo. Lo que yo te diga…

Nunca más volvió a verse al Críspulo por el pueblo. Algunos, los más, creyeron verlo en la sierra, corriendo liebres y viviendo como una alimaña. Otros, el Andresín entre ellos, dicen que se lo llevaron unos marcianos. ¡Ya ven…! El señor cura, y el señor alcalde creen que el Andresín tiene licuado el cerebro y que, el pobre, que es un inocente, cree en los extraterrestres.

La noche de san Lorenzo, mientras las parejas pasean por la chopera para ver las lágrimas del santo y pedir un tierno, un secreto deseo, el Andresín saluda con la mano en dirección a una estrella.

¿Qué haces, Andresín?, suelen decirle los vecinos cuando le ven

El Críspulo, dice, que me cuca el ojo.

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Una respuesta a “LA MUERTE DEL MUERTO

  1. La Aguela

    Que bonito, sencillo, macabro y dulce a la vez.
    Mucha sensibilidad, grande Soria.