VACACIONES INTRÉPIDAS

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Hay personas –no todas, claro- que cogen las vacaciones anuales y las convierten en una aventura apasionada. Un empleado administrativo, don Jovito Pedrezuela, se saca un billete de aviación a Laponia, se pone una chupa del Coronel Tapioca, se hace un selfie en Östersund y ya se cree Admunsen trasegando licor del polo con la novia abandonada de Indiana Jones.
¿Qué, Jovito, y ya conoces Cuenca?
No señor. Eso para los jubilados. Yo, como mínimo, viajo a las junglas, a los desiertos y a los lugares más alejados de la Taiga.
¡Ah!, como George de la Jungla
Pues sí señor, sobre poco más o menos
Yo siempre pensé que, para ir de vacaciones, lo mejor es conocer el país a visitar, el paisaje a descubrir y el paisanaje a abordar. Y no ir a tontas y locas por esos mundos de Dios. Por ejemplo, ¿don Jovito Pedrezuela es conocedor o no de si los lapones crían malvas cuando se mueren o, por el contrario crían líquenes y otras ericáceas? ¿Si se dice taiga o tundra? ¿Si en el igloo hay calefacción central o, por el contrario, tienes que picar la pared con el pincho de Saron Stone para sacar hielo para el ginonic? ¿Si se come reno o lo que se come es alce en el poronkäristys?
Oye, Jovito, ¿los lapones comen lepóridos o por el contrario hacen más a fócidos?
Pues no lo sé, don Dimas. ¿Qué quiere usted que yo le diga? Una tarde, mientras iba a visitar el corral de comedias de Almagro me ofrecieron atascaburras, y tampoco sabía en qué consistía.
Claro, claro. Diga usted que sí, hijo. Lo importante es alimentarse, sea lo que sea que uno ingiera, ¿verdad?
Claro, don Dimas. Claro…
¿Qué puede pasársele por las cabezas a cuatro amigos de San Pedro del Pinatar, provincia de Murcia, lugar que es famoso en el mundo entero por estar más de seis meses al año bloqueado por las nieves y los hielos, para liarse la manta a la cabeza –nunca mejor dicho- y recorrer en un trineo tirado por un reno o dieciocho chuchos de la marca Alaskan Malamute a descubrir los Inuit, los Algonquinos y otros pueblos esquimales de las zonas árticas? ¿Qué extraño viento le ha soplado a estos cuatro murcianos para abandonar el tranquilo y soleado Mar Menor y meterse, tras bañarse en un lago helado a menos treinta grados, en una sauna a ocho mil grados centígrados? ¿Es que ya no hace calor suficiente en Murcia? ¿Es que el arroz en caldero está mejor en Laponia?
Una tarde, en Langa de Duero, paseaba junto a Mutriku cuando un vecino me paró para echar una parrafada. Salió el tema de los viajes y le dije que había renunciado –por mi conocido miedo a los aeroplanos- a unos billetes gratis a un lugar del Mar Caribe. Creo que era Cancún, aunque no podría asegurarlo puesto que renuncié, incluso, a ir a recogerlos a la agencia. Me dijo que estaba tonto –la gente, ya se sabe, es muy amable y sagaz- y me dijo que cómo no se los había regalado a él. Yo le contesté que el regalo era unipersonal y no se podía ceder o vender a nadie. Me contó, eso sí, cómo él y su esposa –los hijos no, claro- habían estado vacando una semana en el Caribe. Me contó lo bien que estuvieron en la piscina todo el día, con una pulserita multicolor cada uno que les permitía beber todo aquello que les apeteciera de forma gratuita. Tras cantarme y contarme las excelencias del hotel se dirigió a la esposa, que le escuchaba, como debe de ser, arrobada y silenciosa, y le preguntó:
¿Oye, churri, cuando fuimos a aquel hotel del Caribe, dónde era, Méjico o Santo Domingo?
A ustedes, mis queridos amigos, les parecerá que este relato del langueño es producto de mi magín, pero no es absolutamente cierto. ¡Vaya que si era cierto! Luego, una vez que nos marchamos, me imagino la situación.
Estos de la estación están como dos chotas. Mira que pudiendo ir al Caribe a ponerse ciegos de aquello que nos daban de beber en la piscina. Por cierto, churri ¿cómo se llamaba aquello que bebíamos en la piscina?
Pues no sé, le contestaría su churri. A mí me sabía todo como aquel volcán humeante que servían en el Mauna Loa de Madrid cuando aún éramos jóvenes y paseábamos por la ciudad en lugar de saltar los fríos bloques de hielo en el Perito Moreno.

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Una respuesta a “VACACIONES INTRÉPIDAS

  1. La Aguela

    Retratado talmente hermano, te ha salido bordao