DIVANGANDO CON EL AVENANCIO

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Hoy se ha despertado la mañana de oro y purísima. El calor va a pegar fuerte y, para evitar sofocos, decido pasear muy de mañana. He tomado el camino de las viñas. Entre el verdor de los renuevos comen, distraídos, una familia de corzos. El otro día un corzo se me quedó mirando y, como el que no quiere la cosa, me habló de forma decidida y con voz de tenor alto. El corzo hablador era el fantasma de Avenancio Fresnedillas, capitán del tercio de Flandes que murió, una mala tarde, tras un duelo en un descampado junto a la Fuente del Berro. Eso, al menos, es lo que dijo él. Algunos pensarán –total, es gratis- que el escribidor se ha vuelto loco. Nada de eso. Me dijo que en el más allá las cosas son, sobre poco más o menos, como en el más acá, pero con frío y algo de niebla. Me dijo que san Pedro, a pesar de lo del llavero, tiene cedido a san Roque todo lo referente a la entrada y salida del Paraíso. Vamos, que San Roque, como tiene perro, se ha puesto de jefe de seguridad en la mojonera del cielo y emplea al chucho como cancerbero. Los bienaventurados salen poco, esa es la verdad. Sin embargo los que enredaron en su vida terrenal lo hacen cada noche. Algunos, se conoce que los que menos zascandilean, salen como el Avenancio a medio día. La fantasma del Avenancio por donde más a gusto vagabundea es por Langa de Duero. Se conoce que le tiene querencia por algún desvarío que no viene a cuento. Y dentro de Langa, por donde más le gusta pasear es por los pagos de los viñedos. No es que el Avenancio fuera natural de Langa de Duero, no. El Avenancio era natural de Baños de Río Tobia, en La Rioja, que celebra fiestas patronales en honor a san Mateo y san Pelayo y a la Virgen de los Parrales. Al Avenancio, caso de dejarse caer por La Rioja lo que más le gusta es caminar entre las viñas y ver a los corzos ramonear los tiernos brotes de la uva. También le gusta acercarse hasta Haro para tomarse un vino con los amigos. Ahora ya no. Ahora, desde que se ha muerto se le ve mucho más por Langa de Duero. Se conoce que, esa querencia a la hora de ver corzos le ha condenado a transfigurarse en uno de ellos. ¡Qué cosas tiene el más allá! Al Avenancio, ya se dijo, le gustan los corzos; sí, pero también le gustan las raposas cuando son listas –a las tontas las desprecia- y las rapaces que hacen vuelos rápidos y picados vertiginosos sobre las viñas. Por las noches le gusta ver las luciérnagas, de las que dice que pintan en la viña, luces de árbol de Navidad. No le gusta, porque siempre está mojado, la huerta y los espacios de regadío. Se conoce que, como vive en el más allá, y siempre está nublado no le hace bien la humedad. La reúma, seguro. Al Avenancio, de volver a nacer le gustaría ser galgo. Los galgos llevan una vida muy particular y, ahora, con esto de los ecologistas no temen tanto por su vida. Un buen galgo de pueblo, si no es muy cazador, se queda, en tiempo de siesta, tumbado bajo la sombra reponedora del alero del tejado o en una esquina del patinillo de casa y, hasta que el amo no sale a tomar la fresca, no se mueve del sitio. ¡Vida de perros, dicen…! Pues menuda vida la que se pegan los galgos. No como el perro de san Roque, que sí que tiene rabó, pese a lo que dice el trabalenguas. El perro de san Roque es de raza mil leches, medio garabito, y tiene una nube en el ojo izquierdo. Por eso, los que salen, como el Avenancio, aprovechan ese campo muerto del ojo del perro para escapar sin que los vean. No sabe nada el Avenancio. Ahora le ha dado –ya ve usted- por aparecérsele a las mozas que van por lo oscuro. Las mozas, como van en busca de los mozos, claro, no temen nada, y a la menor le arrean cada cantazo que para qué. De Baño de Río Tobía, el pueblo del Avenancio, eran naturales, el cardenal Martínez Somalo y Abel San Martín, “Barberito”, que fue un pelotari de mano individual al que no había quien ganara. También en Baño nacieron el arzobispo de Manila, Domingo Salazar y el obispo de Barcelona mosén Benet Ignasi de Salazar, que se llamó, en realidad Benito Ignacio de Salazar, aunque cambió el nombre para llegar al cardenalato y, posteriormente, ¡viva Dios!, presidir la Generalidad de Cataluña. ¡Quién dijo miedo! Se conoce que en Baño de Río Tobía se da mejor el curato que la pelota a mano. Al Avenancio, sin embargo, nunca le dio por la Iglesia. Él era más de correr la liebre y raposear el sotobosque. Al Avenancio, ya se lo advirtió un día el cabo de puesto de la guardia civil, se le iban a caer los palos del sombrajo como le pillaran con algún gazapo o con alguna patirroja fuera de veda. El Avenancio, ya lo dije antes, se ha vuelto ahora más escurridizo y solo se aparece en el cuerpo de un corzo medio altito, que tiene, a su servicio, más de media docena de corzas. ¡Los hay con suerte! Sí, sí… me dice él. Aquí te querría yo ver, durante la berrea. Y es que nadie está conforme con lo que le tocó vivir. Me despido del Avenancio porque dice Mutriku que hay que preparar la cena, sino aquí podríamos seguir divagando. En fin, que se ha levantado hoy el día del color dorado y azul como el manto de la Purísima. Amén.

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Una respuesta a “DIVANGANDO CON EL AVENANCIO

  1. La Aguela

    Hacía mucho que no escuchaba o leía la raza de perro “garabito”.
    Muy bien aprendiz de Delibes, muy bien.