EL ESCALAFÓN ONÍRICO

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La señorita Ascensión es muy católica y beata. Nunca dio que hablar en la casa donde vivía con sus padres. Cuando, alguna tarde, sus admiradores, que también los tenía, la enviaban flores ella se limitaba a darles las gracias y poner el ramo en un florero con agua al que, previamente, le había echado una aspirina para que durasen más.
¿Podría aspirar a que me acompañase usted, señorita Ascensión, al concierto que el conjunto músico vocal Los Dandys, famosos boleristas, dan hoy en Florida Park?
Vade retro, Satanas, le dijo la señorita Ascensión, mientras le daba con la puerta en las narices al intrépido.
¿A usted, don Dimas, le parece que la beatitud es una dejación del alma en el santo regazo de Dios Nuestro Señor?
Pues qué quiere usted que yo le diga, don Matías. Para mí que la beatitud es la marca blanca de la santidad. Ese estadio en el que tan solo se necesita un milagro, o una muerte violenta y, eso sí, algo de recomendación del director espiritual, para ascender al santoral, que si no se queda uno en beato raso por los siglos de los siglos.
La señorita Ascensión no tomó los hábitos, circunstancia que habría hecho muy feliz a su madre y a sus vecinas, que veían en ella posibilidades reales de santificación. La señorita Ascensión cambió el hábito de las ursulinas por el uniforme caqui y se metió militar de la OTAN.
¡Qué me dice!
Lo que usted oye
Una tarde, en que se cansó de echar aspirinas a los floreros se soltó el pelo y se alistó en el Regimiento de Infantería Wad Ras número 55, de Madrid. Se puso la boina azul y salió para Bosnia Herzergovina donde, con toda seguridad, lograría ascender al generalato en menos que se persigna un cura loco. No llegó a ello pero sí que se quedó en coronela y eso que en Indochina, que ahora se dice Vietnam, no nos avisaron, que si no…
La señorita Ascensión, que por entonces se llamaba Martínez según decía en un cartelito sobre la teta izquierda, echó en falta, para tener ya de todo en la vida, un novio que le sacara brillo al entorchado –obsérvese la manera tan fina de señalar- y le diera alegría a su casus beli. Y lo hizo a la española, esto es, a base de labia y cargar la suerte. El elegido, que nunca pasó de soldado raso, se acojonó un poquito –todo hay que decirlo- cuando se encontró a la coronela en canicas, con las botas de montar –infelices- y la boina azul con la cara pintada de camuflaje como Stallone en la selva pero, mire usted, como buen infantelero que fue, echó la pata pa’lante y no debió quedar tan mal cuando la coronela, en lugar de arrestarlo le encumbró al JEMAD de su casa.
Pasaron los años y, una tarde, de la misma forma que ascendió en el escalafón bajó hasta la cruda realidad. La mentira suele tener las patas cortas y, como dijo Kierkegaard en sus Discursos edificantes en varios espíritus, antes se coge a un mentiroso que a un cojo. La coronela Martínez, antaño señorita Ascensión quedó, un cuatro de agosto, festividad de los santos Peregrino y Perpétua, retratada y con su aguerrido culo al aire. No hay mal que por bien no venga.
¿Y del soldado raso, qué fue, don Dimas?
Pues el soldado raso abandonó el rijo y se hizo cartujo, que es una forma muy singular de abandonar la carrera y cortarse la coleta de una vez por todas.
Entonces, si es que no me equivoco, la señorita Ascensión sí que hizo, finalmente, un milagro, retirando del sexto mandamiento al soldadito ¿no le parece?
Pues no crea usted, don Matías. Para ser beato, y no digamos santo hay que morirse primero, ya que en vida no se mete a nadie en el santoral o en el beatoral (palabra que, desgraciadamente, no existe) según subraya el Word. Es cierto que a algunos vivos, tal como yo mismo, y perdóneseme la inmodestia, se nos nota ya en vida la la aureola de la santidad e incluso la argentata (palabra que tampoco existe y que designa el resplandor, disco o círculo luminoso sobre la cabeza del santo en sazón) de la beatitud.
¡Vaya!, que ha aprovechado usted que el Pisuerga pasa por Pucela para promocionarse ante la Santa Madre Iglesia.
No, no es eso. Es que tenía que escribir hoy sobre este tema que tanto asco me produce y no sabía cómo terminar mi crónica. Salvo mandando un abrazo fraternal para el soldado raso.

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Una respuesta a “EL ESCALAFÓN ONÍRICO

  1. La Aguela

    Que decir que no haya dicho usía ya. Como siempre, póngame a los pies de su Santa ya que usía tiene argentata.