AQUELLOS MEDICAMENTOS

images

Hace años, cuando uno era aún mozo –o más mozo que ahora, mi querida lectora- la gente se curaba y se ponía lustroso comiendo cosas que se anunciaban en el Blanco y Negro y en el ABC: el chocolate de don Matías López daba lustre y quitaba las penas del insomnio; los lectores se curaban los granos –entonces la gente tenía granos- con el depurativo infalible Richelet, decía adiós a los catarros con los parches Sor Virginia y masajeaba su pelo con el selvático y misterioso Abrótano Macho. Otros males, más del bandujo que de los cueros, se curaban con yerbas que preparaba un clérigo francés llamado abate Hammon. Eso los señores y algunas señoras, claro. Ellas, por su parte, tomaban un compuesto que las dejaba el busto como una pasiega criadera a base de pilules Orientales. A los niños nos daban aceite de hígado de bacalao -además de coscorrones o patadas por ponernos brutos y hacer ascos- y Calcio 10 que sabía a natillas o ferro. Hoy ya no se toma nada de esto. Hoy, y desde que Romay el listo, o sea, Becaria, aquel ministro sonriente y calvo descubrió la administración ajena de la Sanidad, y le puso ojitos al copago se toman mierdas químicas que envenenan a los indios como en Bhopal y mucha aspirina que deja una panoja a un laboratorio alemán que ficha, para su equipo de Munich a los más conspicuos futboleros del orbe. Las medicinas químicas se han impuesto ante las otras mucho más domésticas que se anunciaban en la prensa de antaño.
Y es que todo ha cambiado a una velocidad de vértigo. Ahora la gente ya no quiere engordar, como era de ley no hace tanto. Lo importante era no parecer un tísico. Ahora hay que parecer un tísico para no parecer mayor. Esto, seguramente, es culpa del nivel de vida, de los bíceps de Ronaldo y de las tetas de las presentadoras de televisión. Ahora los hijos son más altos, pero siguen teniendo granos, y calvicie y resfriados y las señoras –algunas tan solo, gracias a Dios- parecen tablas de contrachapado y al cambiar la pilule por la píldora se dejan el bigote como don José María Iñigo, pero miren… están tan contentas y hasta las hay que reinan en España, o en lo que queda de ella. Y es que, lo crean o no, una de las peores enfermedades que existe hoy en día es la medicina en sí y la aprensión a la enfermedad.
La Seguridad Social, mal que nos pese, no ha mejorado con el uso de estos remedios químicos, ni tan siquiera debido a la gestión privada, como nos quiere hacer creer el Pasmo de Pontevedra. La Sanidad ha mejorado (créanmelo ustedes aunque les suene chusco) desde que han quitado los supositorios. Si, sí… No se ría doña Eudiviges. Desde que los han suplido por pastillas. Se conoce que había un exceso de placer no declarado en la posología y su administración. La Seguridad Social, aunque no lo confiese nadie, pelea desde hace años, por curar los dos males del ibero medio: la enfermedad y su síntoma, que en algunos casos es peor que la propia enfermedad.
Hubo un tenista -todos los que peinamos canas o lustramos nuestra cabeza con Sidol sabemos quién era- que tomaba hormonas para el crecimiento. Al final salió rana y le dijo a su papá, que era el responsable de la altura en precario del vástago, que nanai de las chimbambas y se retiró del tenis. Los bajitos, bien lo sabemos quienes fuimos gobernados por la Gracia de Dios durante cuarenta largos años, suelen ser propensos a la histeria y a la mala leche. Un alto artificial, un alto con mentalidad y hábitos de bajito, puede resultar más peligroso que un bajito pregonao. Se lo digo yo que conozco a algunos.
Confieso que nunca voy al médico. Es más, una vez que fui, porque tenía una uña que se me clavaba en el dedo me operaron y acabaron cortando el dedo y se lo echaron al gato. A ese gato negro que hay en cada quirófano esperando su dieta diaria. No me permitieron ni hacerle un buen funeral. Un funeral de dedo gordo como Dios manda, con sus caballos blancos y su auriga de chistera negra. No volví más al médico, claro ¡Cualquiera lo hacía!
Pero ahora sí, ahora estoy yendo al hospital, por la mancadura de mi hijo y veo una atención personalizada que para sí quisiera el mejor de los hoteles. Un esfuerzo de los profesionales sanitarios encomiable y una dedicación que debería ser objeto de estudio en el resto de las carreras profesionales. ¡Ya no hay, ni gatos en los quirófanos!
Es cierto que hay un recorte continuo en la atención sanitaria, pero también es cierto que hay una demanda excesiva de este servicio por parte de los afiliados. Las verrugas, que siempre se curaron en mi casa con el lechoso, acre y mordicante jugo de la lechetrezna o con el jugo de la hoja de higuera, se están dejando de atender en el Servicio Público de Salud y hacen bien. Hay enfermedades, y más aún, síntomas, que siempre se han curado en el herborista, con la experiencia del vecino que sufrió una enfermedad similar anteriormente o previendo su aparición con algo de cuidados y mucho de ejercicio. Estos remedios naturales o socialmente admitidos de la prensa nos curaban finalmente, porque, como ya se dijo antes, salvo lo que te hace cascar se cura solo y los enfermos, como habían tenido arte y parte en su propia curación, estaban tan contentos y se gastaba menos de lo público. Volvamos, como se ha hecho siempre, a la manzanilla para los ojos y dejemos las gotas –que algunos confunden con el pegamín y se lía la que se lía- para los que están realmente enfermos. Volvamos al Linimento Sloan y al colutorio bucal, al permanganato y al Vicks VapoRub y dejémonos de pastillas que, en el mejor de los casos, no van a hacer sino que nos salgan pechos donde antes no había sino pelo de osezno, todos lo agradeceremos y el Servicio Público de Salud, mucho más.

Anuncios

2 Respuestas a “AQUELLOS MEDICAMENTOS

  1. La Aguela

    SI SEÑOR, un buen varapalo a la tontería y al “exceso” de salud.
    Solo una puntualización, el calcio era 20.

  2. Eso del Calcio 20 serías tú que eras hijo de funcionario. En mi casa era 10 y a plazos.