LA MUJER, OBJETO PERDIDO

corro de viejos

Mundo, demonio y carne; así, como a los enemigos del alma, llaman en la residencia La última espera a la mesa en la que se sientan, pacientes y discutidores, don Edmundo Cabezal Esquivel, alias Mundo, don Longinos Ahujetas Tinajer, demonio y don Juvenal Hormigo Mazarambroz, carne. Don Edmundo, como su tocayo Dantés, había sido, de joven, un hombre viajado. Más por el hambre –causa que antepone la emigración forzosa al turismo recreativo- que por nomadismo. Don Edmundo, decía, es educado, limpio y presumido como un quinto en jueves de feria. Don Juvenal, es todo lo contrario a su apodo demonio. No es que sea malo, no; tampoco es eso, es que don Juvenal se pasa el día y sus noches vigilando las vidas de los demás y haciéndose eco de las que cosas que ve y, lo que es aún peor, las que inventa. Don Longinos, la carne, debe el mote a la carnicería que se produjo en las encías cuando le sobrevino el parkinson. Dicen, que era aficionado a andarse en la dentadura con un palillo. Esto nunca se sabrá de cierto y que, con el temblequeo de las manos, se rajó toda la encía superior.
Don Longinos contó en una celebrada ocasión la anécdota de la mujer perdida. No perdida de perdición, sino de extravío. Al parecer, y según contó, la mujer, en general, siempre ha sido tildada de objeto y, en no pocas ocasiones, aunque siempre de forma malévola y ladina, de objeto de perdición. También, y lo que es peor, lo fue de objeto de placer, de consumo, etc. Don Longinos, como bien saben nuestras vecinas de La última espera, siempre ha sido educado y cortés con ellas pero otros –dijo mirando a sus vecinos- no son así. El caso es que la anécdota tuvo lugar en Pontevedra, país donde se dan los registradores de la propiedad más feos y vagos de Europa. El caso es que don Partenio Calzada Ayllón, natural de la villa de Ponferrada –Galicia es la huerta y Ponferrada la puerta, que dijo el comendador Hernán Nuñez- arciprestazgo de la diócesis de Astorga, hizo lo que nunca jamás había hecho nadie: considerar a su esposa, doña Gliceria Tarabilla de Calzada objeto perdido.
Al parecer, don Partenio tomó tal cantidad de chatos de vino del Ribeiro que perdió la consciencia y a su señora, a la vez. El don Partenio, al verse zozobrante sobre el duro y frío empedrado de la plaza da Leña y sus alrededores, echó en falta a su Gliceria, que en griego ortodoxo quiere decir La dulce, vamos, como el membrillo de Puentegenil.
¿Glicinia?, le decía el camarero. A ver si va a ser glicerina.
No, no… Gliceria, mi esposa.
Si usted aquí ha venido solo, bueno, acompañado de la papalina que ya traía usted de fábrica.
Como quiera que el don Partenio insistía en que había perdido a su Gliceria el camarero decidió lo más apropiado en estos casos: llamar a la autoridad que, en Pontevedra, y a falta de serenos, la ejerce la guardia local con mucho fuste y seriedad.
Los guardias pontevedreses tampoco pudieron colegir qué era eso de una Gliceria y decidieron, con muy buen criterio, llevar al borrachín al depósito de objetos perdidos donde, con toda seguridad, quien hubiera encontrado la Gliceria, fuese esto lo que fuese, con toda seguridad, decía, lo habrá devuelto.
¡Y allí estaba…! Sentadita en una silla de tijera, junto a un paraguero lleno de vetustos, olvidados y desechados paraguas, maletas desflecadas y rotas y una cantidad imperceptible de trastos llenos de polvo por el paso del tiempo.
¿Y qué pasó?, pregunta don Longinos
Pues qué ha de pasar… Esas cosas que pasan en las películas que los domingos pone Televisión Española para acompañar la siesta cálida y reparadora tras la dominical paella. El don Partenio y la Gliceria se abrazaron como si el marido volviese del frente ruso. Ella, todo hay que decirlo, soltó un par de lagrimitas tan solo –una por ojo- y él que sí que se asustó de verdad, prometió a san Judas, patrón de los imposibles, por enésima vez abandonar el vino y el resto de destilados alcohólicos.
Las vecinas de mundo, demonio y carne, como no podía ser menos, lloraron y agradecieron a don Edmundo Cabezal Esquivel el relato terne y emotivo de aquella historia tan dulce. Hasta don Juvenal, que tenía, nuevamente, un palillo en la mano, lloraba de emoción.
¡Coño!, deje usted el palillo, don Juvenal, le dijo don Longinos, que parece usted un espadachín de florete.
¿Florete, la de las lechugas?, preguntó doña Rita
No, las de las lechugas, no. La de las olimpiadas.
¡Ah!, usted perdone.
Está usted perdonada.

Anuncios

Una respuesta a “LA MUJER, OBJETO PERDIDO

  1. La Aguela

    Muy buen cambio de estilo, si Tip y Coll lo vieran.