AMOR A LA ESCRITURA

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Ella se llamaba Braulia; Braulia Parker y era una pluma estilográfica que había nacido en Arkansas, USA pero que, por motivos que no vienen a cuento, se había quedado, incluso con una resignación elegante a la par que discreta, en el mostrador de la papelería Cimbel, sita en la calle de los Latoneros, Madrid, Spain.
Mira -se decía Braulia- no hay mal que por bien no venga. Aquí, en esta papelería tan céntrica, igual entra algún paisano y se me lleva de nuevo para Little Rock, que como bien saben todos ustedes, es la capital del estado. Las hay que están peor, se decía también, y ahí están, si no lo creen ustedes, las plumas estilográficas del rastro, tiradas por el suelo o encima de un cobertor de basta lana. Las plumas estilográficas apellidadas Parker, como usted habrá comprobado, tienen ese punto ilustre que da la buena cuna y hablando, no es porque yo lo diga, pero son muy resueltas y puntillosas, muy académicas y redichas.
Braulia, con esto de estar todo el día tumbada en el estante del mostrador, le había echado el ojo a un tinterillo, algo más joven que ella, si bien es cierto, pero que, bien mirado, si no fuera por la falta de luz ni se notaría. El tintero también se había fijado en Braulia y, como era más joven, le daba algo de pudor ser el perejil de todas las salsas en la papelería. Los clips, con eso de que son labiados, pues no hacían más que murmurar, los muy cotillas y los sacapuntas, como es de ley, sacaban punta a todo.
Braulia, como sabía escribir en inglés, le ponía mensajes a Segismundo, que así se llamaba el tintero. Segismundo, por el contrario, como no sabía leer el inglés ponía carita de enterado y, claro, la Braulia se pensaba que estaba al tanto de sus requiebros.
Una tarde, sin saber cómo ni por qué Braulia le decía, ahora ya en español, que estaba deseando que la llenara el cuerpo de sus jugos. El tintero Segismundo, pese a estar lleno de tinta negra, se puso rojo y dijo, dice: ¡anda con la fresca esta, pues no está suelta ni nada!, y miró para otro lado. La Braulia, que no lo pillaba, va y le dice, dice:
Oye, tintero, que tengo un primo calamar en los seas –que es como llaman a los mares en Teneessee- más procelosos que te puede rellenar cuando me vacíes toditos tus jugos internos en mi cuerpo serrano.
El Segismundo, claro, seguía algo mosqueado porque le parecía ya hasta acoso sexual. Joer con la guiri, le decía a un difumino que se llamaba Gervasio Milán.
Sin que ninguno de ellos se diera cuenta entró en la tienda un mocito bastante cursi, vestido con una pajarita de color lila y unos tirantes de color fucsia y preguntó al dependiente si tenía plumas estilográficas. El dependiente echó mano de varias de ellas y, entre todas las que le enseñó, también iba la pluma Braulia.
Esta es una Parker. Una maravilla de máquina. La Braulia hasta se encampanó en cuanto el hortera la llamó máquina y guiñó el plumín al tintero Segismundo.
Pues sí, se dijo el de la pajarita. Me voy a llevar esta.
La pluma Braulia echó una lagrimita al ver que la separaban del tintero Segismundo pero, en cuanto la envolvieron en papel de regalo y se vio ella tan pintiparada sintió como si la presentaran en sociedad.
¿Y un tintero no va a necesitar?, preguntó el dependiente
¿Un tintero?, para qué, dijo el de la pajarita. Si ya no se recargan las plumas. Ahora se las mete un cartucho y funcionan perfectamente.
La pluma Braulia pensó, en un momento, en lo mal que podría pasarlo si la introdujeran por el mato grosso un cartucho rígido y seco sin ningún tipo de tinta de acompañamiento en plan vaselina.
¡Dios!, pensó, así… a lo bestia da hasta repelús pensarlo.
Pensándolo mejor, dijo el de la pajarita. Me voy a llevar también un tintero. Todo sea que se me seque y lo tenga que tirar, pero mire usted, me ha intrigado eso de cargar todas las tardes la pluma. Yo creo que funcionará mucho mejor si se le irriga la tinta que si se le introduce un cartucho, ¿verdad?
¡Donde va a parar!, le dijo el tendero. Mucho mejor.
De la bolsa donde ya estaba guardada con su papel de embalar la pluma Braulia salió, como quien no quiere la cosa un suspiro.
Pues nada. Sírvame usted el tintero y póngamelo en una bolsita. Que me los llevo juntos.
Dentro de la bolsa, al calor de la tarde y libre de las miradas ajenas la pluma Braulia disfrutó de una recarga hasta las mismas trancas que la transportó al séptimo cielo. El tintero Segismundo, por su parte, quedó a medio vaciar pero también muy conforme.

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Una respuesta a “AMOR A LA ESCRITURA

  1. La Aguela

    OLE, OLE Y OLE mi niño, como se nota cuando uno quiere……….escribir.