Esas nubes blancas

maxresdefault

Esas nubes blancas, algodonosas, ribeteadas del color del oro por los rayos de sol, que pasan sobre las casas del pueblo simulando imágenes para entretener a las gentes. Unas veces parecen ángeles gordos y pasmados y otras –las menos- parecen perros, caballos o caballeros que vuelven de un torneo imaginario. Un torneo sin vencedor ni vencido, sin dama ofendida y sin rey a quien rendir pleitesía.
El pueblo no es grande ni pequeño aunque, según dicen los melancólicos, -¡qué tiempos aquellos!- que ni conocieron aquellos tiempos ni conocieron los anteriores, ni conocerán, Dios no lo quiera, muchos otros por venir pero que, a fuerza de repetirlo, van a acabar por creer aquello tan socorrido de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
En el casino se juntan, como cada atardecer, don Régulo, don Práxedes, don Casiano y don Jovito para echar su partida de subastado. Lo de su partida es un decir. La partida de los cuatro amigos es interminable, lenta y cotidiana. Sobre la mesa redonda, un tapete verde, del que se desprenden bolitas y que ya está, si se observa, rozadito por las esquinas y hasta pringosillo de café corriente. Las fichas son chapas bruñidas por el uso y la baraja, -¡ay, la baraja!-, está medio plastificada por el paso de los años y los dedos de los usuarios. Don Régulo y don Práxedes son pareja y siempre ganan. Don Casiano y don Jovito bastante tienen con sujetar las cartas y parecer que están en la pomada.
Cuando acaban por fin la partida don Casiano, que siempre tuvo pintas de viejo, sorbe su copita de aguardiente y se despide de sus tres amigos, tras calzarse el gabán, y taparse la cabeza con su gorrilla de ganadero recién estrenada. Cuando sale del casino don Casiano camina siempre con cuidado, arrimadito a la pared, tentando el encintado con el bastón y echando vaho por la nariz debido al frío; si, pero también a la fatiga.
Este don Casiano, dice don Régulo, no sé lo que nos va a durar. Siempre fue viejo. Yo lo conocí, cuando lo de la Vivalvarada, y ya para entonces parecía mayor. A don Casiano, dice don Práxedes, le ocurre lo que a don Julio Caro, el sobrino aquel de Baroja, el escritor, que nació viejo.
Ya, ya, apuntado queda, don Práxedes. Pero estos son los que más duran. Ya sabe lo que dice el refrán; hombre enfermo, hombre eterno.
Una tarde don Casiano no apareció por el casino. Los tres amigos estuvieron esperándole toda la tarde, sin atreverse a dejar su puesto a ningún otro tertuliano. Sobre la mesa las cuatro copitas sin tocar y, la baraja, sobada y mareada de puro nerviosismo. La tarde se fue marchando, lenta e inexorable como el paso de las nubes. Y don Casiano no apareció. Don Casiano se había ido a la capital a pasar unos días. Eso fue lo que les dijeron a los tres amigos un vecino de la pensión donde vivía que pasó por el casino para avisarles.
¡Ya ven, que desconsiderado!, dijo don Jovito. Al menos podía haberse despedido y no dejarnos así, sin avisar.
Dicen, dijo el vecino de la fonda, que se marchó para vigilar sus cosas. No sé qué cosas serían esas, don Régulo. ¿Usted sabe si don Casiano tenía algún negocio en la capital que nos ocultara?
No, amigos. Yo lo que sí sabía, porque una vez me lo relató él, es que en la capital vivía su sobrino quien, al parecer, regentaba una fonda en la Cava Baja y que, ahora se la quería vender a un camarero de Segovia que dice que había inventado no sé qué fórmula de menú a base de romper huevos fritos sobre las patatas. ¡Ya ven que ocurrencia! Pues bien, este sobrino, que debe de ser muy caritativo y solidario, como dicen ahora, se dedica a atender a los inmigrantes en una oenegé y hace caridad en los comedores sociales. Por ello, don Práxedes, no lo extrañe que se haya ido. Ahora estará mucho más cuidado que aquí, tan solo, en la pensión.
¡Qué cosas inventan estas gentes de la capital!, ¿verdad? Y es que tienen que inventar cualquier cosa para llegar a fin de mes. Ya saben… donde no hay mata, no hay patata. Y en la capital ni hay agricultura, ni ganadería, ni industria en sí. Tan solo ministerios y pasantes que están todo el día arriba y abajo buscando dónde dar el palo para llevarse el sueldo a casa. Dice que hasta hay un palacete, me lo contó una vez don Canuto, el boticario, que venden y compran dinero de mentiras. Dinero que ni existe. Le dicen la Bolsa. Ya ven ustedes cómo se las gastan en la capital. Pero mire, como dice aquí, el amigo, ahora seguro que está mucho más cuidado y, a lo mejor, dentro de unas semanas nos lo devuelve mucho más mejorado.
¡Pobre don Casiano! A poco más del año de haberse ido a la capital se murió, no se sabe si de hambre, de miedo, de tristeza o, lo que es peor, en la más absoluta soledad. La noticia llegó al pueblo de la forma ignota en que llegan estas noticias. Fue una mañana fría, las campanas sonaban a muerto y el pueblo hacía cábalas, repasando los enfermos conocidos, para ver a quien le había tocado la visita de la parca. Nadie se acordó de don Casiano, al que hacían en Madrid contando billetes a diestro y siniestro. Eso fue al principio, claro, luego fue llegando la noticia del fallecimiento del emigrante de forma confusa y contradictoria. Murió sentadito en una sillón de paja, asomado al balcón; solo, como un pajarito, recordando y añorando a sus tres amigos y viendo pasar las nubes.
¿Y el sobrino, don Práxedes, no era tan caritativo y tan entregado al cuidado de los demás?
Pues ya sabe usted, don Régulo, aquello de la caridad que empieza por uno mismo. Al parecer el sobrino se había ido a Lumumba a apadrinar a una tribu y hacerles un pozo para que pudieran regar los puerros…
Esas nubes blancas, algodonosas ribeteadas del color del oro de los rayos de sol, que pasan sobre las casas de Madrid simulando imágenes para entretener a las gentes… etc.

Anuncios

Una respuesta a “Esas nubes blancas

  1. La Aguela

    Triste, muy triste además de verdadera esta parábola del egoísmo, la amistad, la soledad y la realidad del tiempo que nos toca vivir.
    Hacía tiempo que no escuchaba o leía aquello del “café corriente”, faltó aunque lo llamas con su otro nombre “el ojén”.