DE NÉCORAS Y CETARIAS

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En este mundo, don Dimas, existen personas que, aunque usted no lo crea, están hechas para el negocio. En los Estados Unidos de Norteamérica les dicen bussinesman y, en lo que queda de España, fenicios. Uno de esos hombres preclaros fue don Borgoño Murillo Cotillas, natural de Helechosa de los Montes, en la provincia de Badajoz, junto al pantano de Cíjara. El don Borgoño, cuando niño, negoció con el cura párroco, don Acisclo, una prima del diez por ciento de lo que iba a pagar su madre al cura por su propia comunión.
Mire usted, padre cura, iglesias hay montones de ellas en el contorno pero lo que es niños para hacer la comunión sólo yo. Usted verá…
El cura, que también fue, de suyo, algo fenicio cuando hacía prácticas de monago en su pueblo, se vio reflejado y cedió en la comisión. De ahí le vino al niño, una vez ya crecido, su afán por los negocios.
El don Borgoño, que tenía un hijo también llamado Borgoño y un sobrino recogido al que también llamaron Borgoño puso, con el paso del tiempo, una cetaria en Oviñana, provincia de Asturias, justo al lado de Salamir, donde Fuentetaja tiene su apartadero, para criar nécoras que, por aquel país, llaman andaricas. Las gentes del pueblo, a la cetaria de los Borgoño le decían la cetaria de los Urelios. ¿Por qué?, se preguntará usted, don Dimas. No puedo explicárselo. Es más fácil encontrar el santo grial en una prendería del rastro de Madrid que saber qué es lo que se cuece en la cabeza de algunas gentes del pueblo.
El Borgoño hijo, que para eso llevaba en la sangre el sentimiento comisionista de su padre, se encargó de vender las nécoras que el Borgoño padre y el Borgoño hermanastro alimentaban de algas y otros peces muertos. De siempre, se dijo, que las nécoras y otros decápodos son, eminentemente, carroñeros.
El cura don Acisclo, que sintió la llamada de la carne cuando aún era tiempo de cuaresma, se salió del curato y se casó, con la viuda del restorán La almeja en sazón, una marisquería asturiana que tenía una clientela fiel y abundante y, pensó, ¿dónde mejor surtirse de andaricas y otros crustáceos decápodos –cangrejos, nécoras, centollas, camarones y langostas- mejor que en la cetaria del Borgoño?. Y allí que se dirigió.
Mira, Borgoño, hijo. Mi esposa, la Covadonga, es muy suya con esto del pexin, los besugos, el virrey y la sopa de pescado, pero yo creo que, en cuestión de marisco, no hay diferencias entre la andarica de cetaria y la silvestre. Lo demás es tocar la flauta de oído. Si tú me puedes hacer un precio módico yo, como es natural, te compro a ti la mercancía y aquí ganamos todos. Los clientes, pobres de ellos, no tienen ni repajolera idea de estas artes gastronómicas –siempre fue don Acisco muy redicho- y con decirles que todo nuestro marisco es salvaje son capaces de comer corcho.
Muy bien, don Acisclo, contestó el Borgoño hijo, yo le sirvo a usted lo que guste y al precio que acordemos pero usted, en justa compensación, me tiene que dar a mí un diez por ciento del total de la compra. No sería muy edificante, ¿no le parece?, que sus clientes sepan que las andaricas, y las centollas y los abacandos que se están comiendo son de cetaria en lugar de ser silvestres y de costar lo que usted está cobrándoles. ¿No le parece justo?
El don Acisclo, que era natural de El Burgo de Osma, tierra de curas y mareantes, sonrió por lo bajinis y, acordándose del Borgoño senior, dijo aquello de que de padres gatos hijos michinos y se mostró encantado con encontrarse con otro continuador de la saga de comisionistas que él mismo encabezó en aquel vetusto seminario.
Aquí da lo mismo que entren los de Podemos que los de No podemos. Mientras en este país sigamos disfrutando de esta mezcla de sangres, fenicia, soriana, catalana y griega el país –lo que queda de él- tiene asegurado su futuro, ¿verdad usted que sí, don Dimas?
Pues qué quiere usted que yo le diga, don Matías. A mi estas historias de comerciantes siempre me parecieron poco edificantes para la infancia y la juventud. Esto no es Reno, en Nevada, ni la Bruselas, donde Cameron de la Isla, el premier inglés quiere abrir la puerta de salida de la Unión al Royamuní. Se empieza cobrándole un diez por ciento al cura por la comisión de la propia comunión y se acaba de tesorero en un partido político. Yo, dentro de mi modestia, estoy más por las comisiones obreras.
¿Las de los cursos de formación, se refiere usted, verdad?
Claro hombre… No van a ser las otras. Que esas, de mariscadas, también saben lo suyo
Claro, claro.

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Una respuesta a “DE NÉCORAS Y CETARIAS

  1. La Aguela

    Don Dímas, ha sido muy buena su historia para remedar la realidad actual, “Lo demás es tocar la flauta de oído”. JIJI