DOÑA NEOMISIA FERNÁNDEZ DEL VALLE. DECENTE Y CABAL

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Doña Neomisia Fernández del Valle es tuerta. No un poco tuerta; no. Tuerta del todo. Tuerta del ojo de babor que, dentro de lo que cabe, es menos doloroso que si fuera el de estribor. Esto, claro, quienes tenemos los dos ojos, uno a babor y el otro a estribor, no lo tenemos en cuenta.

Claro… como ustedes no lo han perdido, dice doña Neomisia.

La doña Neomisia Fernández del Valle, sobre ser tuerta, es tan flaca que parece una dama espiritada. La doña Neomisia va, siempre, vestida de color negro, como de luto, y le parece, que diría Requena, a la criada de Rebeca, aquella película de don Alfredo, el gordo ese inglés, que comienza con “anoche soñé que había vuelto a Manderley”

¿A que acojonaba la señora Danvers, don Dimas, siempre de negro y siempre tras una puerta?

Ya lo creo, don Matías

Siga, siga, por favor.

Pues bien, como le iba diciendo la doña Neomisia era, además de tuerta y espiritada, algo suspiradora y sarmentosa y una se le iba y otra se le venía como distraída, con el mirar perdido y la cabeza en otro sitio.

Doña Neomisia Fernández del Valle se gastó el dinero que sus padres le dejaron para el arreo en misas. Según se cuenta en el pueblo y cuando perdió el ojo se retiró a su casa y no volvió a salir jamás de ella. Desde entonces, según se dice, no ha vuelto a llorar nunca más. Claro es que, con un ojo solo no se debe de llorar tanto como cuando se tienen dos. Vamos, digo yo.

La doña Neomisia Fernández del Valle había nacido el mismo día en que murió el pintor y escultor Degas, ya sabe, aquel francés que pintaba bailarinas de ballet, en Cuevas del Molino de las Dos Piedras, en la provincia de Albacete, Spain, pero ella, en buena lid, no tuvo nada que ver en el deceso del pintor. La doña Neomisia tiene un rosario con las cuentas negras, de pedrería, que le suena entre las manos mientras reza con el mirar perdido. El rosario negro de doña Neomisia está rematado con una cruz, también negra, que parece la cacha de una ficha de dominó. Parece el seis doble cruzado por el pito seis y la blanca seis.

¿A usted no le parece, don Dimas, que queda algo irreverente lo de las fichas del dominó para un rosario?

No sabría decirle, don Matías. Igual sí.

El caso es que la doña Neomisia, desgranando hierática y profunda las cuentas de su rosario, con el mirar perdido, parece la imagen misma de una virgen románica. Una de esas vírgenes negras impávidas, talladas en palosanto, o en piedra de basalto.

Esta última descripción sí que le ha quedado a usted, don Dimas, verdaderamente literaria.

¡Bah!, favor que usted me hace

Doña Neomisia jamás sale a la calle, porque la calle es el centro de todas las maldades. En la calle se habla de los demás, se critica, se apuñala y, sobre todo, se deja morir a las gentes sin que nadie haga nada por los demás. Como le pasó a ella cuando perdió el ojo. Y es que doña Neomisia Fernández del Valle, que vive en la casona solariega de la plaza del pueblo, bajo la piedra heráldica con el apellido de la familia, perdió su ojo en la calle y nadie, pero absolutamente nadie, tuvo el valor de enfrentarse a aquel cafre que tiró el ojo a un gato impidiendo, al paso, que el señor juez, que estaba tomando cazalla, el muy borrachuzo, en la rebotica de don Mauro, levantase el cadáver de su ojo para darle cristiana sepultura.

La doña Neomisia no gasta gafas porque le parece impropio de una mujer decente y, además, tampoco las necesita. La doña Neomisia se ha hecho un parche muy bien hecho de filtiré de Lagartera, también en negro, que le queda de lo más elegante. Y es que doña Neomisia tiene ese ascético sentido de su condición que le iguala a doña Isabel, la reina castellana y a tantas mujeres decentes que en mundo han sido.

Por las tardes convida a don Berengario, su director espiritual y párroco de santa Abundia, la parroquia del pueblo, a una jícara de chocolate y a un par de Miguelitos de La Roda, que son muy de su agrado. Don Berengario, en lugar de confesar a doña Neomisia, se confiesa él con ella y le cuenta todos los chismes de la sacristía. A fin de cuentas, se dice el pater mirando para la jícara, París bien vale una misa. Doña Neomisia, por su parte, no prueba el chocolate, si acaso, bebe un pequeño sorbo de una minúscula copita tallada de moscatel que cría sangre y produce un calorcito muy agradable que apacienta y serena sus escasas y menguadas carnes.

Por la barbechera del Vallejo un sol justiciero entrega su alma diaria al horizonte. Las paredes de la casa de doña Neomisia, se han enjalbegado para la patrona. Una chicharra canta a lo lejos y, por el cielo, cruza el arcángel san Uriel, encargado de las tierras y de los templos de Dios, disfrazado de cigüeña y con una rana en el pico. Tañen las campanas tocando a muerto y doña Neomisia se aparta de la ventana. Mañana será otro día.

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2 Respuestas a “DOÑA NEOMISIA FERNÁNDEZ DEL VALLE. DECENTE Y CABAL

  1. La Aguela

    “filtiré”, no sabía yo de esta palabra D. Dímas, por otro lado veo que ha cambiado la forma “estética” de escribir.
    También he comprobado que ha utilizado uno de los personajes del Nombre de la Rosa, Berengario.

  2. Sí señor, Laguela. Muy bien traído. Efestivigüonder, era Berengario de Arundel, ayudante del bibliotecario.