VUELVO A LANGA DE DUERO

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Al fin he podido venir a Langa después de estas dos semanas de hospital. He llegado a la casa y la encuentro llena de hierbas. Parece que la abundancia de aguas y el mucho sol que ha calentado este final de mayo han encontrado acomodo en el terreno que rodea la casa. Por el contrario las plantas están menos lustrosas debido a la falta de riego. Las alcachofas, que ya no están en época, no han crecido y parecen vulgares cardos. Los lilos ya no tienen flor y ahora parecen árboles que no hubieran dado el estirón y las malvas, esas preciosas plantas rastreras, ya no lucen sus moradas flores. Por el contrario las cunetas, y hasta la llegada del verano, están pletóricas de color. Los amarillos jaramagos, las rojas amapolas, los azulmorados acianos y los aromáticos cantuesos, que las gentes de ciudad llaman lavandas, estallan entre los baches y el negro asfalto de las carreteras.
En pie, en un claro de un sabinar, un pastor –quizás sea ya el último de Soria- mira para su rebaño apoyado en un grueso cayado. Sobre un hombro y cruzado al pecho, una pequeña manta de cuadros y una gorrilla verde de la Caja Rural sobre la cabeza. ¿Qué pensará el pastor? Los pastores son escritores en barbecho. Un pastor, como cualquier escritor, pasa a la imaginaria página de su magín cada cosa que ve, cada frase que se le ocurre, cada pensamiento que le asalta de golpe. Un escritor, al contrario que un conversador, es alguien que no precisa de gentes –eso que en política se llama opinión pública y en el fútbol la afición- que le ría las gracias. Un escritor es un creador de emociones, un capturador de paisajes, un inventor de situaciones. El escritor, al igual que el pastor, no precisa ser un hombre culto, sino saberse a la perfección a sus clásicos, es un hombre que habla, consigo mismo, con soltura, un hombre que no solo sabe lo que dice, sino cómo decirlo y cuándo hacerlo. Esto último, aunque ustedes no lo crean, es de lo más difícil que hay, sobre todo si lo tiene que poner sobre el blanco folio inmaculado.
Si; un pastor es un escritor en barbecho, un ecologista que vive, que piensa, que se mueve, alrededor de la naturaleza. El pastor que quiere escribir, como el escritor al que le gusta el campo, sabe distinguir una espiga de trigo de otra de centeno; un milano de un alcotán; la flor morada del azafrán de la otra que llaman quitameriendas. Un pastor sabe diferenciar una oveja churra de otra merina, como el escritor sabe diferenciar un sinónimo de un antónimo. Entre el pastor y el escritor –no crean ustedes- no hay tanta diferencia. Además, ya lo dijo don Antonio, que era poeta y buen conocedor del campo: quien habla solo espera hablar a Dios un día.
Esta tarde, por fin, he podido volver a Langa y me he encontrado, de golpe, con la primavera en todo su esplendor. Por el camino se me han cruzado lagartos verdes, varios de ellos. Alguno, más parecía iguana que lagarto. También un corcino, juguetón y curioso que, más que escapar del ruido del coche quería conocerlo de primera mano. Un zorro de un listo mirar y una pollada de patirrojas que, enhiestas, corrían de una cuneta a otra para escapar del coche. Las perdices, además de buenas cuando se guisan, son muy ilustres caminando. La cabeza siempre erguida y el pecho abundante y recio como una vicetiple. Las aguas de los embalses, de los pantanos, de los ríos y regatos abundan y las encinas, los robles y los quejigos están resecados y plenos de bellotas y los gorriones, los jilgueros y el resto de los pajarillos anidan en sus ramas resecas mientras pían y crían de la nidada.
Nada nuevo, como ustedes se pueden imaginar, pero para mí, para Mutriku, y para Miguel la vida es, de nuevo, una maravilla. Todas estas cosas, tan cotidianas, por lo demás, se han vuelto, de golpe, un descubrimiento, una novedad necesaria después de casi un mes de hospital.
La tormenta está cayendo sobre Langa como si nunca antes hubiera llovido y esto, que es natural en plena primavera, nos pilla de sorpresa. Al rebaño, no. El rebaño, al sentir su llegada, se agrupa en círculo, como romanos a la defensiva. No son tontas las ovejas; no… ni el pastor que, cuando hemos querido volver la vista atrás para ver cómo se cubría del agua, ya estaba, antes de que comenzase la lluvia, guarecido bajo la manta que había sujetado a un par de ramas de una carrasca. El escritor, como el pastor, no sabe qué es un literato, pero sí que sabe contar las pequeñas cosas que le acontecen alrededor suyo y por eso, y porque ustedes son muy amables y lo leen, lo deja aquí escrito, por si les parece bien, como siempre. Muchas gracias.

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2 Respuestas a “VUELVO A LANGA DE DUERO

  1. La Aguela

    Pasados ya estos días aciagos, tambien son para mi una maravilla.
    Las gracias para Ud. “pastor”, por contar esas pequeñas cosas que cantaba Serrat.

  2. Me alegro mucho, de qué ya estés en casa..saludos y un cordial abrazo