PASEANDO LA MADRUGADA

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El escribidor, que está morriñento y medio de aquella manera por la pata rota de su niño sale del hospital a eso de las cuatro de la mañana y, un pie tras otro, se marcha andando desde el hospital Ramón y Cajal hasta su casa, en los altos de Chamartín para rescatar su automóvil del garaje. Las calles, a esas horas, no son aquellas calles de aquel Madrid de entonces, donde los serenos, los barrenderos de la manga riega y los faroleros trajinaban de una acera a otra con alegría y empujando copas de Chinchón, o de Ojén, que tanto monta, hasta los clarores del alba. Aquel Madrid tanguero donde el músculo dormía y la ambición descansaba se murió como se murió mi abuela y, lo de ahora, es todo Disneylandia, con sus marquesas e infantas sacando el dinero en la faltriquera, como gitanas de sable al descuido.
El escribidor no va pensando en calles asfaltadas y en farolas de LED que duchan con su luz nívea la vieja y menguada sombra del escribidor; no. El escribidor va pensando, mientras los propicios y refrescantes vientos de esta primavera tardía empujan al escribidor por la carretera de Colmenar arriba, hasta el hospital de La Paz, en distintas orografías que ya ha recorrido de joven: las quebradas y las trochas de Gredos; los caminos de peregrinaje y de sirga de la tierra del pan y del vino; los canchales y las pedrizas del Guadarrama; las cañadas y las vías reales y de la plata que recorren las dos Extremaduras y en las verdes despeñaderos y acantilados del cabo Ortegal; de la sierra de la Capelada; allí donde las leyendas hablan de santos trabucaires, de viajes que se han de hacer de vivo para no hacerlos de muerto…
Sí; el escribidor se acuerda de aquellos amaneceres infantiles de Puentedeume, frente a la playa de Cabañas, atravesando a pie el puente de hierro del ferrocarril. En las frías y salobres aguas donde se cazaba –que no pescaba- la nécora, el berberecho, la almeja gorda y sabrosa, el mejillón y el bígaro negro y salino. El escribidor, mientras pasea, echa en falta el aroma fresco del eucalipto, el tacto áspero y venoso del helecho, la fresca yerba recién cortada. El escribidor echa en falta aquel juego infantil en el que el escribidor cerraba los ojos y respiraba profundamente, guardando la respiración y aspirando –de golpe- todos y cada uno de los aromas del bosque. Aquellos miles y miles de colores distintos del verde; la fresca y aromática umbría y, luego, abría los ojos de repente y encontraba, como en una caja de sorpresas, la sorpresa que llaman Galicia. Una Galicia que no sorprende ya y a la que ya nada sorprende porque casi todo lo ha visto y lo ha hecho familiarmente suyo.
Sí; el escribidor, cuando siente en sus huesos esa necesidad de humedad tira siempre para el noroeste. Esos mares destemplados, bruscos, varoniles, que se adornan de espuma al llegar a la playa. Mares capaces de traer a la playa el propio ataúd de nuestro Señor Santiago y vararlo allí, en el Campo de Estrellas, para hacer la más grandiosa iglesia de la cristiandad, la más bella plaza catedralicia de la Europa entera. Galicia es tierra amorosa, doliente, una tierra que sabe conservar el secreto de la eterna belleza. El escribidor siempre ha tenido muchos y buenos amigos en el norte de la península; en Galicia –Maru y el condottieri-; en Asturias, Alex y su cuadrilla de Salamir; en Cantabria, los Espinosa en Limpias y ¡qué decir del País Vasco…! Sí; el escribidor siempre ha sido muy del norte y nunca olvidará aquellos viajes juveniles con sus hermanos en un Seat 124, el fardalejo siempre escaso y la tienda de campaña y la manta presta a montarla en cualquier playa, en cualquier prado, el cualquier lugar alejado –fuera escarpado o llano; público o privado- ¿Quién podría olvidar a aquel guardiacivil que, una noche, (verdad, Laguela) dormidos dentro del coche, para descansar, en el zaguán del camposanto de Luarca, golpearon la ventanilla del conductor y, tras deslumbrar a los ocupantes con la linterna, los echó de allí porque “allí, en el lugar donde se descansa para siempre no se podía descansar una sola noche por orden de la Guardia Civil”. Madrugadas de camping gas y perolillo de Nescafé y una buena botella de coñac, o de cualquier otro licor que calentase las carnes y el alma,;los Módulos en el casette diciendo que todo tenía su fin sin que este, ¡vaya por Dios! alumbrara el amanecer del día siguiente.
No sé, ya digo… pero al escribidor cuando no le vence el sueño y pasea, siempre sueña con el norte. Por algo será…

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Una respuesta a “PASEANDO LA MADRUGADA

  1. La Aguela

    Verdad hermano, verdad
    Si que está morriñento el escribidor, si que lo está.
    ABRAZO FUERTE HERMANO.