SUICIDIO FRENTE AL MAR

Para ser un suicida, lo que se dice un suicida como Dios Nuestro Señor manda no se necesitan estudios. No se necesita, vamos, ni decisión. Tan solo se necesita, pongamos por caso, ir a casa de tu novia para darle una sorpresa y que te la encuentres jugando a Blancanieves X, con los siete enanitos en la cama. Para ser un suicida se necesita, eso sí, un sitio alto si es que quieres suicidarte haciendo el salto del ángel o un tren –el AVE no vale porque va vallado en todo su recorrido- y una vía donde tumbarse.
El Calasancio Turienzo, joven benidormense, estaba enamorado perdidamente de la Acacia Carrillo, peluquera de la coifure pour dames, del paseo marítimo, junto al hotel Cimbel en la avinguda de Alcoi. El Calasancio Turienzo había invitado a su novia al baile en honor de la Virgen del Sufragio, que no es Leire Pajín, como pudiera parecer, pidiendo el voto, sino la patrona de Benidorm. El Calasancio acudió, con un ramo de genista silvestre, que había recogido de una riera cuando bajaba al pueblo y que, al llegar a la cita, se había ajado hasta parecer una escarola pocha. La Acacia, al verle de aquella guisa le dijo que nones; que ella ya había quedado y que, lo que era ella, se marchaba a bailar con un turista de Madrid que se había cortado el pelo esa misma tarde y que le había llevado, después, a montar al güitoma del parque de atracciones. El Calasancio Turienzo, que nunca fue un dechado de luces, prometió, por estas que son cruces, que aquella misma tarde iba a acabar con su vida arrojándose desde el mirador del balcón del Mediterráneo.
Son las nueve de la noche y, en el balcón del Mediterráneo, el ayuntamiento ha concedido licencia para montar un chiringuito con unas mesas y unas sillas y una pequeña barra de bar. El lugar está muy animado y una pequeña orquestina toca el bolero Benidorm. Cuando la animadora ataca el estribillo

Benidorm, bonito;
Benidorm, bolero;
Benidorm, cariño;
Benidorm, te quiero…

el Calasancio, a voz en cuello, trata de hacerse oír por encima de las guitarras, la batería y los instrumentos de viento.
¡Alto, señores! ¡Alto. Me voy a suicidad aquí mismo y ahora!
La voz del Calasancio no era, en puridad, una voz autoritaria, ni una voz audible. La voz del Calasancio sonó tímida, tenoril y delicada. Una mierda de voz, vamos. La orquesta seguía a lo suyo y a la animadora, parecía que la iba a dar un perrengue con cada golpe de pelvis. El camarero servía cañas que era un no parar y los tres camareros que atendían las mesas no daban abasto llevando sardinas asadas y ensaladas de lechuga, tomate y cebolla.
¿Por qué no me hace caso nadie?, se preguntó el Calasancio. ¿Será posible? ¿Es que estos insensatos no ven que un hombre va a perder la vida?
¡Silencio, que me tiro!
Algunos clientes de las mesas -pocos esa es la verdad- se volvieron un instante y dejaron de mirar las grasientas sardinas lo que aprovechó un moscardón para arrearle un viaje a la amarga tripa de una de ellas.
¡Huy!, dijo una señora metida en años. ¡Qué suicida más gracioso!
El Calasancio estaba hecho un basilisco y estaba, a ratos, indignado y como azorado.
¡Silencio he dicho!, que me voy a tirar a las rocas de cabeza ¿Es que no ven que me vengo a suicidar?
En una mesa sonó una carcajada.
¡Qué tío más gracioso!, Oye, suicida, tómate un tinto con nosotros, anda. ¡A ver, maitre!, una copa para el suicida.
El Calasancio se cabreó, esta vez, de verdad.
¡Oiga usted!, dijo dirigiéndose al que le invitaba. Usted a mí no me toma a broma. ¡Abrase visto!
Las carcajadas del señor se escuchaban desde la playa del Poniente.
Vamos, hombre. ¡Cálmate, que la cosa no será para tanto!
¡Cómo que no es para ponerse así! Yo vengo aquí, con toda la pena del mundo, arrastrando una situación desesperada ¿me entienden?, a suicidarme, y ustedes, en vez de saltar para agarrarme y abortar mi salto, se parten la caja riéndose de mí y de mi desgracia. A usted, señor, dijo dirigiéndose a un hombre calvo que comía sepionet a la plancha con alioli, ¿a usted qué le parecería si y yo me riera de usted y no lo tomara en serio?
La orquesta, en estos momentos, se arrancó por Francisco Alegre mientras, de entre las mesas, grupos de mayores –seguramente de algún viaje del IMSERSO- salieron a bailar apretándose con furor a sus parejas.
¡Silencio, coño! ¡Silencio!, que me tiro
Algunos clientes, y la orquesta lo acompañó, comenzaron a cantar: a que no se tira, a que no se tira…
El Calasancio, abatido, preguntó.
Bueno, vamos a ver. ¿Me tiro o no me tiro?
La gente estaba muertecita de la risa. Las señoras más mayores decían que era un sol y que tenía un aire al conde Lecquio.
De cintura para arriba, claro. Puntualizó una señora.
El Calasancio notó un bache en su decisión. Un hondo bache en su presencia de ánimo y en la resolución de cara a suicidarse.
¡Bueno!, dijo resignadamente y con su voz más delicada. A ver, esa copita de vino. Pero, si es posible, que sea de la Rioja, que a mí el de la Ribera del Duero me parece vinagre. Al fin, en lugar de estar muerto por el salto. lo estoy de sed. ¡Qué cosas…!
La gente estaba encantada, la orquesta no chiflaba una nota de más y, por si esto era poco, una suave brisa venía desde la isla.
El dueño del chiringuito es un diablo, dijo uno de los clientes. ¡Hay que ver, qué cosas se le ocurren para dar ambiente a la noche!
El Calansancio, sentado en una silla, y viendo bailar a la Acacia con el madrileño, componía una naturaleza muerta. Pero, claro, en el sentido artístico de la imagen, no en el real. El Calasancio, terminó su copita de Beronia, que estaba perfecto de temperatura, se marchó caminando mientras, del cielo de Benidorm, una gaviota cagó una bola de guano que, mira por donde, fue a caerle al Calasancio justo en el remolino de la nuca.
Hay noches, se dijo, que uno no está ni para suicidarse.

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Una respuesta a “SUICIDIO FRENTE AL MAR

  1. La Aguela

    Hoy no ha tenído que quebrarse la cabeza, esto que ha contado Don Matías con toda seguridad, menudo pinta está hecho, así que no presuma.