DE CÓMO EL VIEJO JONH M. VILLAGE SE LIBRÓ DE TERMINAR EN LAS TRIPAS DEL MONSTRUO DEL LAGO NESS

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En el pub Ya está el mirlo de los cojones silbando bajo mi ventana, Joseph M. Village bebía cerveza negra y whisky mientras un ciego tocaba, en un pequeño bandoneón, la canción Sweet bubble cheiw de forma cadenciosa y doliente. Un bandoneón que había corrido tifones, soportado huracanes y remontado maremotos por todo la mar de la China. Un bandoneón que había cazado ballenas en las costas de Terranova y Labrador, en St. Pierre et Miquelon y en la isla de Langlade, al este del Atlántico Norte. Un bandoneón, en suma, que tenía lapas, mejillones y sal marina entre sus teclas.
A Joseph M. Village le pesaban como la carga de un buque metanero, los tres chelines que llevaba en la faltriquera. Joséph M. Village vivía, sí, junto a Inverness, la ciudad por la que discurre, limpio y plateado, el río Ness, en el extremo suroccidental del fiordo de Moray. Un país donde los hombres gastan las faldas más cortas que las de sus mujeres. Un país donde se bebe whisky y pintas de cerveza y se cuentan historias de lagos ocupados por monstruos con alas de dragón y cuerpo de culebra.
Joseph M. Village entró en el pub y le pidió a la camarera, Peggy McGregor, una pinta de negra cerveza. El ciego continuaba con su triste canción y parecía que del bandoneón salían vientos salinos que hacían crujir la osamenta de los escasos clientes.
¿Estás bien, Peggy?
Yes, sir
Sírveme otra pinta
Yes, sir
¿Vas bien del vientre?
Yes, sir
El ciego que tocaba el bandoneón se llamaba John de Canongate y presumía de haber tocado el bandoneón por toda la mar de Java, los hielos del Perito Moreno y los ídolos de la isla Jeju y de la de Juan Fernández. El ciego John de Canongate era una pirata ciego, como los de la Isla del tesoro pero con menos mala leche.
La aldea en la que vivía Joseph M. Village, junto a Iverness, se sobresaltó, una noche con un ruido que provenía del lago Ness. Un ruido de crujir de maderas que, desde el centro del lago, llegaba hasta la playa. Peggy, que tenía el oído de una tísica, escuchó, perfectamente, el crujir y un raro murmullo de voces que se alejaban, pero no le dio importancia.
¿Han oído?, dijo a su escasa clientela, compuesta por Joseph M. Village, el ciego Canongate y Long John García, un pirata del gaélico Cariño en el norte de España. También había dos polices, que secaban sus húmedos uniformes junto a la lumbre pero que, debido al ruido del bandoneón, no escucharon nada.
Joseph M. Village se tomó su whisky y sus pintas de cerveza y, aligerado el peso de sus tres chelines, salió del pub en dirección a su casa.
Bye, sir, le despidió Peggy quien, sobre joven y bella, era monotemática en la conversación.
John de Canongate, para despedir a Joseph M. Village tocó, nuevamente, la canción Sweet bubble cheiw. Joseph. M. Village se sentía feliz. Incluso inmensamente feliz y fue, todo el trayecto hasta su pequeña casa de tejado de brezo y pequeño huerto frente a la entrada, tarareando la canción. A Joseph M. Village siempre le gustaron las canciones que apagaban, con su estribillo, el resto de los ruidos.
Ya era muy tarde incluso para la aldea donde vivía sir Village, al suroeste de Iverness. Era, casi, la hora de la media noche. Esa hora en que los fantasmas de los castillos salen de paseo arrastrando cadenas y grillos. Joseph M. Village volvía tarareando Sweet bubble cheiw y soñando con los carnosos labios de la joven Peggy quien, joven y bella, le traía recuerdos de juventudes pasadas. La madre de Peggy, Miss Eldeberry McGregor fue, es cierto, incluso más bella que su hija Peggy. Al doblar la curva final se encontró, en la playa donde estaba su casa, a un grupo de vecinos que, sudorosos, se afanaban en recuperar trozos de madera que la mar arrastraba hasta la playa. El más viejo de la cuadrilla, un escocés de patillas blancas y falda de cuadros roja y verde gritaba a los demás.
¡Adelante, hijos de McFarland, no desfallecer! Nuestro vecino Joseph M. Village bien se lo merece.
A Joseph M. Village, a medio camino de la playa se le encogió el corazón. Un niño que lo vio salió corriendo, en dirección hacia la playa.
¡Joseph M. Village! ¡Joseph M. Village! ¡Father, I have seen to Joseph M. Village! –padre, he visto a Joseph M. Village, para los que no saben el inglés- mientras corría en dirección a la playa.
Joseph M. Village pensó que quizá el whisky, mezclado con la malta de la cerveza, le había jugado una mala pasada y, borracho como un galón de ron, soñaba que volaba sobre una nube negra, como la conciencia de Grace O´ Malley, la reina del Mar de Connaugh.
Sí, yo soy Joseph M. Village, desde el mismo día en que nací. El hijo del viejo sir Village, que sirvió al rey Eduardo, ¿qué tiene de extraño que me vea un niño y grite que soy Joseph M. Village?
Los vecinos se aglomeraban junto a él y, aún dudando sobre la veracidad de la aparición, tocaban su pecho fuerte y sus anchas espaldas. Alguno, el más intrépido, le quitó la boina y tocaba su cabeza calva. Las mujeres, claro, no le tocaban -¡faltaría más!- pero le alumbraban con sus quinqués de aceite para comprobar que, efectivamente, era él y no una aparición.
El más viejo de los vecinos, aquel que alentaba a los hijos de McFarland, le contó qué hacía toda aquella gente ahí y cómo, del mismo centro del lago, un crujir de madera trajo hasta la orilla, viejos y destrozados pedazos del chinchorro que él, Joseph M. Village, utilizaba para pescar chipirones y calamares con potera las tardes en las que no gastaba sus tres chelines en el pub.
El monstruo, dijo el viejo McFarland. Creímos que el monstruo le había destrozado a usted, junto con su barca.
Joseph M. Village sintió que, aquella noche, había sonado su hora en el remoto campanil de la vieja ermita de St. Peter, junto al acantilado norte del lago pero que, milagrosamente y gracias a Peggy McGregor y al ciego John de Canongate y su vieja canción Sweet buble cheiw, se había librado de morir entre las fauces del viejo monstruo del lago Ness que es medio dragón y medio culebra. Sintió que el reloj que gobierna los mundos y las personas había tocado su hora y que él, de forma inhabitual, se había librado de doblar la servilleta y de perecer, como aquella Alfonsina que fue a morir entre las cinco sirenitas y los fosforescentes caballos marinos del fondo del lago.
Y dio gracias al Dios de Escocia y Peggy, y al ciego Canongate. y al whisky. y a la negra pinta de cerveza. y al estribillo de la canción, y al bandoneón que había sobrevivido a los siete mares, y a sus vecinos y, para celebrarlo, volvió a cantar el estribillo de Sweet bubble cheiw mientras, entre las espumas del lago, el monstruo rugía, herido, de dolor y de hambre.
Esta es la historia de Jonh M. Village un marino jubilado a quien, una canción y un vaso de whisky salvaron de servir de cena al monstruo del lago Ness. Bebed, cantad y admirar las bellas Peggys que por el mundo caminan y no esperéis, sentados frente a la chispeante hoguera del pub, vuestra hora. Esa hora que, cuando menos lo esperas, pasa sin previo aviso. Amén.

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Una respuesta a “DE CÓMO EL VIEJO JONH M. VILLAGE SE LIBRÓ DE TERMINAR EN LAS TRIPAS DEL MONSTRUO DEL LAGO NESS

  1. La Aguela

    Querido hermano, otra vez has conseguido dejarme sin palabras. Sin comentarios.