ANDRÉS AVELINO. UN INCOMPRENDIDO

Calorias cerveza y vino

El Andrés Avelino tenía cuerpo de bailongo. El Andrés Avelino, con su uniforme marrón oscuro en invierno y gris perla en verano parece un gigoló de pueblo. El Andrés Avelino pisa, como en el pasodoble, con garbo como si le fueran a hacer un relicario con un trocito de capote. El Andrés Avelino usa bigote y sortija; una sortija de media joya, de cuarzo rojo sobre sello de oro. También gasta una uña larga y afilada, de guitarrista, en el dedo meñique. El Andrés Avelino es capaz de abrir una lata de navajas de la ría de Arousa con la uña. El Andrés Avelino calza zapatos de rejilla, en verano y de chúpame la punta en invierno. El Andrés Avelino era rijoso por defecto y era, también, portero-acomodador en el campo del Atlético de Madrid los días de espectáculo y ordenanza en una empresa eléctrica los de labor. El Andrés Avelino era natural de Valdenuño Fernández en la Campiña del Henares. En Valdenuño Fernández corren a la botarga el domingo siguiente a la festividad de la Epifanía de los Reyes Magos. En Valdenuño Fernández bailan el paloteo a la Vera Cruz y rezan a la Virgen de la Hoz y a san Bernabé. En Valdenuño Fernández, a lo que se ve, se reza más que se baila. Y así, no hay manera.
El Andrés Avelino fue pastor y también guarda en la finca del señor Oriol, el de las eléctricas. Al Andrés Avelino el señor Oriol le encargó también cobrar los recibos del ropero de la señora de Oriol. El Andrés Avelino, cuando fue a entregar el dinero a casa del señor Oriol le abrió la puerta una monja arrepentida que trabajaba en la casa cosiendo y planchando las ropas del ropero. A la monja a la fuga le corrió un calambre –ya se sabe, tratándose de los Oriol, los calambres estaban al orden del día- por la espalda y el Andrés Avelino se atusó el bigote y lo partió en dos con la uña del meñique. La ex monja al ver su apostura sintió un qué sé yo que la hizo entrar en trance.
El Andrés Avelino, que ya trabajaba, por entonces, en una empresa de viajes limpiando los autobuses, habló con el señor marqués de Casa Oriol quien, al enterarse del enamoramiento, mandó casar al Andrés Avelino con la ex monja y le colocó de bedel en su empresa eléctrica. Al Andrés Avelino, con eso del ascenso, se le subió el pavo.
El Andrés Avelino, como era de natural bueno, metió a trabajar en la empresa eléctrica al hijo de su antiguo compañero lavacoches. El hijo del amigo del Andrés Avelino, el Mariano el Chas, que lucía una cuchillada en el morro por vaya usted a saber qué asunto, resultó muy listo y apañado y, mientras sus compañeros le hacían el trabajo, estudiaba en la facultad de don Pedro, el director. Cuando acabó la carrera don Pedro le ascendió convenientemente y el Andrés Avelino perdió su amistad con el hijo del lavacoches. Así es la vida y así son los ascensos y los ascensores.
Oiga, Andrés Avelino
Mándeme, don Pedro
Esta tarde van a venir unos señores a reunirse conmigo. Dos de los señores van a tomar cerveza. Yo tomaré una cocacola y don Íñigo, un gintonic. ¿Lo ha entendido?, Andrés Avelino.
Alto y claro, don Pedro. Usted lo que quiere es que yo, cuando lleguen los señores les sirva las bebidas, tal como usted me ha dicho. ¿Es así?
Está usted hecho un portento, Andrés Avelino. Ya sabe, a los dos señores cervezas, a mí la cocacola y a don Íñigo, el gintonic. A don Íñigo, como toma alcohol le pone usted la botella al lado para que él, si quiere, se ponga un poco más. ¿Conforme?
Muy bien, don Pedro. Confíe en mí.
Cuando a la tarde aparecieron los dos altos directivos con el presidente, don Íñigo y el director de la empresa, don Pedro, el Andrés Avelino sacó brillo a la uña del deño meñique por si tenía que usarla, en modo, navaja suiza, y se dirigió al pequeño office.
Don Pedro, don Íñigo y los dos altos directivos estaban reunidos en torno a un sofá tresillo y dos butacones de orejera. En el centro de ambos una pequeña mesa baja donde poner la bandeja y, tras un leve toque en la puerta entró el Andrés Avelino con su bandeja. Don Pedro no podía dar crédito. Dos vasos altos y dos botellas de un tercio de cerveza, un vaso de tubo lleno de cubitos de hielo y una botella de cristal de cocacola pero… en el vaso de don Íñigo, efectivamente, tres peces de hielo, una botella de agua tónica y ¡ay!, el vaso lleno de vino tinto. A su lado una botella de Campo Viejo del año, recién abierta y que el Andrés Avelino dejó, tal como le dijo don Pedro, junto al vaso de don Íñigo.
Vamos a ver, Andrés Avelino, ¿yo qué le dije a usted que iba a beber don Íñigo?
¿Qué qué me dijo…? ¡Pues esto, un tintonic!
El Andrés Avelino no acaba de entender las raras costumbres de estos hombres tan cultos y finos de la ciudad. El Andrés Avelino, como es bien mandado, se calla y dice a todo que sí, que vale, que se alegra… Al Andrés Avelino, le gustaría, con frecuencia acertar, pero es que -se dice- con esta gente de la capital no hay quien lo haga. El Andrés Avelino, cuando sale de trabajar, va a bailar a La Carroza donde, si la suerte le acompaña, bailará el pasodoble con una viuda reciente quien le permitirá mandar en el baile y, si es posible, meter la pierna de forma decidida.
Y es que ¡vamos!, pudiendo beber el vino con gaseosa a quién se le ocurre hacerlo con agua tónica. Igual era para eructar, claro. Esta gente de Madrid se pasa de finolis…

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2 Respuestas a “ANDRÉS AVELINO. UN INCOMPRENDIDO

  1. La Aguela

    Este Andrés Avelino, tenía unas cosas que colgando, parecían bolsas, que dice la madre que me parió.

  2. Sí, la gente de Madrid, es muy madrleña..;-)