LA RIFA EN EL TREN

juego de naipes cómicos (1)

El tren por aquellos tiempos era el único medio sensato para desplazarse a la sierra. El tren salía, por aquellos entonces, de la estación del Norte y no de Chamartín que aún estaba en proyecto. El tren para llegar hasta El Escorial pasaba por pueblos que hoy son urbanizaciones. El tren, por aquellas calendas, tenía su ripio y su humorada: Si vas a El Escorial no vayas en alpargatas, que primero Las Rozas y después Las Matas. En el tren tenías que subir rápido para coger asiento y por la ventanilla si es que querías ver el paisaje durante el viaje. En aquel tren, que tardaba un potosí, un personaje vendía papeletas para rifas. Eran rifas de caramelos de gajos de naranja y limón con su costra de azúcar, de almendras garrapiñadas de Alcalá de Henares y de alguna que otra golosina. El hombre que rifaba los dulces en el tren tenía cara de llamarse Advertao Munilla Cabezón. Los hombres que tienen cara de llamarse Advertao Munilla Cabezón suelen tener un cuñado revisor que les permite viajar de gorra en el tren y realizar así las rifas. El cuñado del Advertao Munilla Cabezón tiene cara de llamarse Aparicio. No de apellido, sino de nombre. Aparicio Pisabarros Liébana y es natural de Pobladura de Fontecha, León, Spain.
Cuando el tren pasa sobre el Puente de los Franceses, aquel que cantaban cuando el tomate del 36, el Advertao Munilla Cabezón repartía, por una cincuenta, sus tiras con las cartas. ¡Los cincos!, gritaba, ¿quién quiere los cincos? El padre del escribidor, de profesión sus maderas nacionales –hayas, robles y nogales- y coloniales –ébanos, caobas y palisandros- por entretenerse, compró la tira de los reyes. Antes de salir de El Pardo ya había ganado la primera rifa. ¡Qué tío!, el padre del escribidor. Los vecinos de asiento y los que estaban en el pasillo del compartimento le miraban con cierta envidia. El padre del escribidor, por aquello de no provocar envidias, ofreció un caramelo a cada uno de los niños que acompañaban a los serranos que volvían de comprar colchones, libros en la Felipa o felpas en el rastro para hacer camisetas interiores. El escribidor miró arrobado a su padre pensando –criaturita- que su padre era el mejor.
Llegando a Torrelodones el Advertao Munilla Cabezón volvió a gritar su segunda rifa. ¿Quién quiere los sietes? ¡Llevo los sietes, señores! A una cincuenta la tira… El padre del escribidor, por aquello de que aún conserva un cierto sentido de culpabilidad, compra una segunda tira. Deme los caballos, dice. El cuñado del Advertao Munilla Cabezón, el revisor Aparicio Pisabarros Liébana, ha pasado, maquinilla en mano, picando billetes con su gorra de plato con la parte superior de color rojo y su emblema de la RENFE en el frontal.
Ahí viene el bicho que picó al tren, dice una señora muy ocurrente, arrancando la carcajada de todo el compartimento.
El Advertao Munilla Cabezón, nada más salir el tren de la estación de Torrolodones –quizá era Los Peñascales, ¡quién sabe!, saca su carta y ¡sorpresa!
Los caballos, ¿quién tiene los caballos?
Al padre del escribidor se le hiela la sonrisa en los labios. El escribidor, inocentemente, grita de alegría.
Aquí, aquí… Otra vez le ha tocado a mi padre.
Los vecinos, esta vez sí, miran con adversión al carpintero. Este, por disimular, se disculpa y ofrece las almendras garrapiñadas a los vecinos quienes, con la mosca tras la oreja, rechazan altivos el ofrecimiento. El niño, nuevamente, piensa en su padre como un héroe.
El tren está llegando al valle donde han comenzado las obras del embalse de Valmayor. Aquí, dentro de poco, habrá un nuevo embalse que permitirá la práctica del deporte de vela, como si fuera Alicante. El paisaje de dehesas y toros pastando bajos las encinas y chaparras siempre le gustaron al escribidor. El Advertao Munilla Cabezón tiene un arranque de generosidad, esta vez va a sortear una bolsita de uvas pasas. Las uvas pasas, cuando son de Málaga, son una maravilla de sabor y aroma. El Advertao Munilla Cabezón va a realizar una rifa gratuita entre sus clientes del viaje. El Advertao Munilla Cabezón entrega al padre del escribidor una tira con los treses. El padre del escribidor teme que sea cierto aquello de que no hay dos sin tres y, por si acaso, abre la ventanilla. Ya estamos llegando a El Escorial, que se ve, al fondo, recortando su majestuosidad contra el cerro San Benito. El Advertao Munilla Cabezón saca su número y grita de entusiasmo:
Los treses, ¿quién lleva los treses?
Los vecinos del compartimento se vuelven hacia el padre del escribidor y con inquina se burlan de él.
Oiga usted, le dice el más atrevido, ¿se han pensado que somos tontos? Usted, con el niño como defensa, son el gancho de atrapar imbéciles ¿verdad?
Yo le aseguro, balbucea el padre del escribidor, que nunca he tenido suerte con las rifas y los sorteos. Esto de hoy no es más que una acumulación de circunstancias.
El resto de pasajeros, ya saben cómo funciona esto, al sentir que uno se pone gallito, enseguida se alinea con él, puestos, eso sí, detrás por si hay bofetadas y hacen pasillo al padre y al escribidor.
¡Fuera, golfos! Vamos, y no le da a usted vergüenza de utilizar a un niño.
El padre del escribidor, de la mano de su hijo, sale bufando del tren. Tras él el Advertao Munilla Cabezón que teme que luego la emprendan con él. Afortunadamente el revisor, o sea el Aparicio Pisabarros Liébana, ha avisado a la pareja que siempre viaja en el tren y los ha puesto en la defensa de los afortunados y de su cuñado. El padre del escribidor con su hijo de la mano ha tomado un taxi en la estación. Es un taxi de esos de gran turismo, que no tiene ninguna distinción municipal y se ha marchado, como un caco, sin que el hombre tenga delito alguno. El padre del escribidor no sabe, tiempo al tiempo, que no es él el hombre afortunado, sino su hijo. Un hijo que, el día de mañana, por aquello de que no hay mal que por bien no venga, asistiendo a un acto de la UPyD a Soria le tocó la lotería.
El padre del escribidor ya había muerto y no llegó a saberlo nunca pero, desde donde se encuentre, recordará, perfectamente y con una sonrisa en los labios esta anécdota verdadera. ¡Quien se lo iba a decir a él!, que nunca tuvo la suerte de cara más que cuando le acompañaba su hijo.

Anuncios

2 Respuestas a “LA RIFA EN EL TREN

  1. La Aguela

    El papá del escribidor era MUCHO PAPÁ, guárdanos un buen sitio Antonio, guárdoslo.
    Repito, ha vuelto mi hermano el ESCRITOR.

  2. Como siempre, una delicia.