DON LUCIO Y SUS CUITAS

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El don Lucio Medialdea era muy partidario de andar por la casa en mangas de calzoncillos. Su esposa, la doña Trifona Espinel siempre se lo afeaba.
Mira que andar siempre como un espantajo… Como un día entre alguna vecina, menudo espectáculo se va a encontrar la pobre.
Pero el don Lucio no le hacía ni caso. Quiere decirse que en esto tampoco le hacía caso, lo cual, claro, no era una excepción. Una tarde, mientras estaba friendo un pollo para hacerlo al ajillo le piel, ya medio churrascada, dio tal explosión que saltando del perolo fue a pegarse, junto al michelín de estribor, la mitad de la molleja y la parte magra de la curcusilla. Aquello era gritar y saltar, y no lo que hicieron los Beatles en la plaza de las Ventas por aquellas calendas.
¿Qué te pasa ahora, salvaje? ¿A qué vienen esos gritos?
El don Lucio bailaba y braceaba de forma desaforada mientras intentaba quitarse del michelín la media molleja y el sieso del pollo que se le habían quedado adheridas en el solomo.
¿Qué te dije, eh? ¿Qué te vengo diciendo desde siempre? Esa manía tuya de estar por la casa como su fueses el del anuncio del Abanderado. Ahora vas y se lo cuentas al médico de la Casa de Socorro.
Las mujeres –algunas mujeres- suelen tener algo de bruja y adivinan el porvenir y saben, antes de que se produzcan, los acontecimientos dolorosos, inesperados y que a otros pillan a contramano. Además, como esto de la adivinación es ciencia infusa para el varón, éste suele ser muy burro y desconsiderado y no la toma, jamás, en consideración.
Don Lucio Medialdea no consideraba a los médicos porque, según él, la profesión se había convertido en una suerte de alquimistas en la que, todo lo que tocaban, querían convertirlo en oro. El Lucio Medialdea era partidario de ungüentos y hierbas naturales. Al don Lucio Medialdea no le había vuelto a ver un médico desde que, de niño, le quitaron las anginas.
Como a una merluza, doña Angustias, -explicaba a las vecinas- como a una merluza me quitaron las agallas con una tijera. ¿Usted cree que eso es medicina? ¿Usted cree que Hipócrates, Galeno o el propio Avicena hubieran dado carta de naturaleza a un bárbaro como el que me quitó las anginas como si de una merluza se tratase?
Pues qué quiere usted que le diga, don Lucio…
La verdad, mujer. ¡Qué voy a querer que usted me diga si no la verdad!
Sí, don Lucio, pero la verdad, como usted muy bien sabe es mudadiza y caprichosa. La verdad no es como el sol y la luna, que salen y se esconden a su hora según les dicta el hombre del tiempo. La verdad, y sobre todo en medicina, está sujeta al agente sanitario y al agente sanable.
La doña Angustias, como ustedes han podido comprobar, era muy académica y circunspecta. Era, asimismo, muy cabal en el uso de la lengua y el idioma. La doña Angustias, a su modo, era como un académico pero de corrala. Vamos, era como Luis Eduardo Aute, pero en limpio. Eso sí.
¡Luuuuuuucio!
Ahí la tiene usted, doña Angustias, gritando como si no hubiera mañana.
Eso es que le necesita a usted, don Lucio.
¡Quite, mujer…! Eso es que querrá mandarme a algún recado. Uno, cuando se jubila, deberían de colocarlo sobre un vasar, como si fuera una figurita del belén o un reglado del roscón de reyes. No tenerlo, como a un chiquilicuatre, dado paseos de un lado para otro, comprando bayetas y el pan.
Pero es que hay que compartir, don Lucio. Ya lo dicen en el televisor.
También dicen que no es bueno que el hombre esté solo, y yo le aseguro a usted, doña Angustias que no es que sea bueno, es que debe de ser un milagro. Por eso, aunque no lo crea usted, doña Angustias, le envidio yo a Soria, el del blog. Con eso de que se nos metió escritor en la jubilación puede crear su propio universo, hacerlo en solitario y, además, en silencio. ¡Qué tío, el Soria!, cómo se lo ha montado.
Pues no le digo yo a usted que no, don Lucio, pero una cosa ¿hoy no ha matado al protagonista del post, verdad?
Pues no, debe de ser para que no se enfade María Martínez.
Pues sí, será eso.

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Una respuesta a “DON LUCIO Y SUS CUITAS

  1. La Aguela

    Lo dicho ayer, VOLVIÓ EL ESCRITOR, bueno hermano, bueno.