¡OJO QUE PASA UN HOMBRE!

Cantina_baile

El Aniseto Baldovín Murga era un hombre sobrio, sí; pero no lo suficiente como para hacer encoger el ombligo a cualquiera. El Aniseto Baldovín Murga era más bien terne y algo cejijunto lo que le confería aspecto de lerdo, más que de temeroso y marítimo jaquetón. Sin embargo su esposa, la Luz Divina Olmedilla tenía pinta de pirata transexual y gastaba un parche en el ojo de la parte de estribor y el pelo bermejo y alborotado. La Luz Divina Olmedilla era hija de la Artemia Tarabillo, canzonetista a la que decían Pechuga Villaroy vaya usted a saber por qué. La Divina Olmedilla no heredó, la pobre, nada de la belleza de la Artemia. Se conoce que es verdad eso de que la raza degenera. ¡Qué se le va a hacer!
El Aniseto tenía más fachada que interior y, como en los seguros, confundía el contenido con el continente. Tenía, eso sí, una buena campaña de marketing puesta en marcha en el barrio y se aseguraba, a pies juntillas, que le arreaba candela a la Luz Divina una mañana sí, y la otra también. La Luz Divina, era natural de Otero de los Centenos, en la comarca de La Carballeda, al norte de Mombuey, Zamora, Spain. Las señoras que se crían junto al río Tera suelen salir de armas tomar y resultar garridas y galanas a la par de marchosas. La Luz Divina no era una excepción. Pero miren ustedes, una publicidad, si está bien hecha puede dar carta de naturaleza a cualquiera.
La Luz Divina, cuando aceptó salir con el Aniseto le exigió –dura prueba de compromiso- que se tatuara su rostro en un brazo. El Aniseto, el lugar de arrearle con la botella de Chartreusse y quitarla la tontería, aceptó y ahora, después de más de dos lustros, y tras engordar lo que es conveniente, el rostro de la Luz Divina parece, con su pelo rojo, una calabaza del halloween. La Luz Divina está empeñada en que el Aniseto adelgace para que el rostro vuelva a su horripilante belleza anterior pero el Aniseto, se conoce que a escondidas, se pone como un choto de chorizos, morcillas y pancetas y así no hay manera de adelgazar y volver al rostro de la Luz Divina a sus comienzos. La Luz Divina, cuando el Aniseto llega a casa, y a traición le arrea unos mamporros que para qué.
¿Pero Luzdi –esa era la forma en que el Aniseto llamaba a la Luz Divina cuando cobraba- qué he hecho yo ahora?
La Luz Divina que tenía una dialéctica confundidora y desconcertante le contestaba:
Engordar, mamón. Que tienes mi retrato como el Chuki, el muñeco diabólico.
Entonces el Aniseto se echaba a llorar y se rascaba donde le había arreado la Luz Divina. Esta, que no podía soportar la flojera y los desconsuelos, le echaba a la calle con cajas destempladas.
Eso de sobarte la mejilla y ponerte a llorar como el moro de Granada vas y lo dejas para fuera de la casa ¿te enteras?
Bueno, bueno… decía el Aniseto. Lo que tú digas Luzdi y se marchaba con el rabo entre piernas.
¿Qué Aniseto?, le decían los amigos al verlo entrar en el bar. ¿Ya le dio usted su ración de palos a la Luz Divina?
Natural. Las mujeres, estas mujeres zamoranas, son como mulas de arriero. Si no se las calienta el lomo no arrancan.
Usted sí que sabe don Aniseto, le dijo el Brígido, el mecánico. Estoy hasta por pedirle a usted un autógrafo. ¡Qué tío! Eso es tener a las mujeres al punto. Sí señor. Estos son hombres y no esos que están en la Unión Europea subiéndonos el vino. ¡Ojo, que pasa un hombre…!
El Aniseto, entonces, se ensanchaba de gusto y el retrato de la Luz Divina se ponía aún más gordo y colorado. A veces, incluso, parecía que le iba a estallar en el brazo. El Aniseto, para ir al bar, claro, nunca se ponía manga corta. Había que mantener la fama de duro e independiente y, verlo así, tatuado como un pablorromero, no hubiera sido lo más aconsejable.
Mientras el Aniseto disfrutaba de su momento de gloria se abrió la puerta y, tras la cortina de chapas abolladas, apareció la Luz Divina. Parecía, por los efectos del sol, que el pelo le ardía en la cabeza. Llevaba en la mano la falleba de la puerta y, tan solo, dijo una frase de forma cortante y decidida. Una sola frase pero que quedó en el ambiente como un epitafio frío y pesado:
Tú, para casa y ahora mismo.
Tras decir su frase, como los meritorios del teatro, abandonó el bar con la misma rapidez con que había entrado en el mismo.
Los clientes se quedaron de una pieza. Parecían los Guerreros de Siam, pero en plan parroquianos de tasca.
Joder, don Aniseto, le dijo el Brígido. ¿No está usted acojonado?
, dijo el Aniseto, de forma desdeñosa y desabrida. No hay problema. Ahora voy y la meto una mano de leches y se le bajan los humos…
Esa fue la última vez que los parroquianos del Bar La Amistad vieron al Aniseto.

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Una respuesta a “¡OJO QUE PASA UN HOMBRE!

  1. La Aguela

    ¡¡¡ VOLVIÓ EL ESCRITOR ¡¡¡ Hurra.